El Programa El racismo al revés






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X.- EL VIDENTE PRIMERO

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Admirador incondicional y más tarde acerbo adversario de Francisco Miranda, Simón Bolívar, habrá de tomar “literalmente”, el lugar del precursor, a quien, en el fragor de amargas discrepancias internas respecto a la conducción de la guerra de independencia, destituirá del mando venezolano y encarcelará, para caer, derrumbado el primer intento patriota, en manos españolas y terminar sus días en las ávidas mazmorras de España.

Puesto al centro mismo de las durísimas experiencias de una guerra de independencia que se “aprendía haciéndola”, Bolívar expresará como ningún otro, el parto del pensamiento propio latinoamericano. Así se lo reconocerán explícitamente, desde antecesores como Juan Bautista Tupac Amaru, único sobreviviente del clan inca que dirigió la epopeya de 1780, hasta herederos de la talla de José Martí, Augusto Sandino, Fidel Castro, Che Guevara, Manuel Marulanda, Hugo Chávez y prácticamente casi todos los grandes revolucionarios latinoamericanos.

En el centro de ese atrozmente sacrificado parto, simultáneamente reflexivo y de guerra, de teoría y organización, de destrucción y construcción, Bolívar era –parafraseando el afortunado aforismo del historicista español Ortega y Gasset- la perfecta conjunción del hombre y las circunstancias. Privilegiado conocedor de todo el mundo desarrollado de su época y sus ideas, pero empapado de su propia realidad latinoamericana, heredero directo de esa fuerza telúricamente creativa de Tupac Amaru II, Tupac Yupanqui y Francisco Miranda, atento y hundido en las exigencias colosales de su presente, violentamente convulsionado en medio de un mundo que se agitaba entero por aceleradas transformaciones de todo tipo, supo elaborar respuestas en todos los ámbitos: militar, político, social y cultural.

Sólo un ejemplo, de entre innumerables, de su genio creativo, en este caso en el terreno militar, es el de su “Caballería nadadora”. Carecía, entre largas otras pobrezas, el artesanal ejército libertador de fuerza naval de combate. “Yo soy el hombre de las dificultades y no más: no estoy bien sino en los peligros combinados con los embarazos” (1825). Contaba, sin embargo, con los jinetes llaneros de Páez, acostumbrados desde antiguo a seis meses de inundaciones todos los años. Bolívar creó entonces la “División de Caballería nadadora”, única en el mundo. “Si se opone la naturaleza a nuestros designios, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca” (1812). Los combatientes de ésta se arrojaban a ríos tan caudalosos como el Apure y –como señala el testigo Roberto Cunninghame- “con lanzas en los dientes desafiaban caimanes y abordaban buques y flecheras”, capturando naves enemigas. Así ocurrió en 1818 con dos goletas norteamericanas, la Tigre y la Libertad, que por el río Orinoco llevaban armas y alimentos al ejército colonialista español en la región de Angostura, burlando el bloqueo públicamente decretado por los patriotas. Requisadas las naves, por este procedimiento táctico de Bolívar, recibió las amenazas y chantajes del naciente imperio para la devolución de los pertrechos; ellas incluían la burla hacia su inusitada “unidad militar”. Bolívar contestó: “…es lo mismo para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende”.

Este ejemplo permite también entender el que, en muchos casos, sus respuestas creadoras han tomado décadas para ser comprendidas o tan siquiera conocidas; ya sea por el silencio caído sobre acciones y reflexiones que, por ser “indianas”, no podían ser “importantes”, menos aún “fundantes”, en la hegemónica matriz cultural euro norteamericana. Ya sea por incomprensión a lo avanzado de sus concepciones y lo audaz de su independencia creativa para “historizar”, de acuerdo a la realidad propia, las respuestas. O por el peso de las desvirtuaciones, al ser sacadas de contexto sus acciones e ideas, o al ser simplemente tergiversadas.

Esto ocurre, por ejemplo, en el caso de su “Decreto de guerra a muerte”, de 1813: “Españoles, esperad la muerte aunque seáis neutrales; americanos esperad el perdón aunque seáis enemigos”, que ha sido presentado como “prueba” de su supuesta “sed de sangre” y “falta de honor”. Sin embargo, era un instrumento reclamado con urgencia por las circunstancias para imponer, y hasta “crear”, el carácter “nacional” a una guerra que, de hecho, era “civil”, en una compleja trama de clases y castas que actuaba militarmente a favor del bando realista español; y fue derogado, precisamente, cuando dichas graves circunstancias adversas desaparecieron. Todo ello en el contexto de una guerra que para él no era sino una odiosa necesidad. “La guerra se alimenta del despotismo, y no se hace por el amor de Dios” (1824). “Aunque la guerra es el compendio de todos los males, la tiranía es el compendio de todas las guerras” (1814).
Unidad, antimperialismo, igualdad
Innumerable y profunda es la riqueza de su acción y pensamiento. Esencialmente, ambas eran el resultado de un proceso colectivo, masivo, de tres siglos de subordinación colonial y del crisol de la guerra de independencia, que Bolívar expresaba mejor que ningún otro. “…no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja” (1819). En ese proceso colectivo, se gestaron:

1. Los actores dispuestos a reclamar, luchar y administrar la independencia: criollos y otros sectores populares subordinados.

2. Un pensamiento propio de América Latina que sintetizaba, al mismo tiempo, su identidad originaria propia y la inserción del pensamiento progresista europeo.

3. El programa de construcción de una nueva sociedad latinoamericana, sobre tres principios que conformaban un todo coherente y mutuamente sustentado: independencia, unión e igualdad. La unión continental sustenta, con su fuerza, la independencia, frente a los poderes fácticos extranjeros. La igualdad sustenta la unión, terminando con la causa de conflictos sociales intestinos.

Así, América Latina ganaría su propia libertad y justicia, para llevarlas al mundo entero, “equilibrando el universo”. “Una debe ser la patria de todos los americanos…luego que seamos fuertes por estar unidos, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria y al progreso” (1818). “La unión…es la garantía de la libertad de América del Sur” (1819). “Esta confederación… debe ser mucho más estrecha que la que la que se ha formado últimamente en Europa contra la libertad de los pueblosCada estado tendrá su cuerpo legislativo y decidirá de sus negocios domésticos de un modo conveniente pero acordado con el resto de los estados” (1.826).

Bolívar no fue sino la más genuina y desarrollada expresión de esos procesos, esos actores, y ese pensamiento. Los cuales no estuvieron exentos, como todo lo vivo, de innumerables y a veces amargas contradicciones. Muchas de ellas, surgidas porque sus concepciones se fueron radicalizando conforme se desarrollaba la lucha a lo largo de dos décadas, alcanzando “extremos” amenazantes para los representantes de su propia clase “mantuana”, blanca, rica y europeizada. La oligarquía criolla, terrateniente, ganadera y comercial. Descendiente colonial, subordinada y excluida, de los españoles. Y sus nuevos allegados, varios de sus propios generales campesinos, convertidos en terratenientes en el curso de la guerra.

Todos acerbos enemigos del proyecto de unidad continental, pues aspiraban a “reinar” como “presidentes”, cada uno en “su” “patriecita”, como la llamó uno de estos caudillos, el general venezolano José Páez. Dirá Bolívar: “Nuestra Patria es América” (1814). “Yo soy del sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas” (1812). “La suerte de la Nueva Granada está íntimamente ligada con la de Venezuela: si ésta continúa en cadenas, la primera las llevará también, porque la esclavitud es una gangrena que empieza por una parte, y si no se corta, se comunica al todo y perece el cuerpo entero” (1813).“La opresión está reunida en masa, bajo un solo estandarte, y si la libertad se dispersa no puede haber combate. Por esta falta absurda, enorme, criminal, mil opresores de la Europa moderna, tienen subyugados hasta los extremos del mundo” (1825). “Unidad, unidad, unidad debe ser nuestra divisa” (1819). Ya derrotado y al borde de la muerte Bolívar, Manuela Sáenz, nombrada “caballeresa del sol” por sus servicios a la causa independentista en Ecuador y Perú, y coronela de húsares por su valentía en combate como lancera a caballo en la batalla de Ayacucho, es perseguida y calumniada también. Se le acusa en Colombia de “extranjera” por haber nacido en Ecuador y combatido en Perú. Ella en carta publicada en un periódico local en 1830, responde: "Lo que sé es que mi País es el continente de la América y he nacido bajo la línea del Ecuador''.

Al lado de eso, estos sectores, rechazaban también la “igualdad” que el Libertador buscaba para los estratos y castas más bajas de la escala social, subordinados, explotados y despreciados. Especialmente algunas de sus medidas consideradas inconcebiblemente “extremistas” para la época, como el escándalo suscitado al expropiar a la oligárquica iglesia católica de Bolivia para financiar las escuelas que Simón Rodríguez, su genial maestro, levantaba para los niños de la calle, indígenas y mestizos. La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso… moral y luces son nuestras primeras necesidades… un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción” (1819). Bolívar fue, precursoramente, la voz de los sin voz de su tiempo. “Considerando que la justicia, la política y la patria reclaman imperiosamente los derechos… he venido a decretar, como decreto, la libertad absoluta de los esclavos“. Esta temprana medida que Bolívar declara en 1816, puede parecer en nuestra actualidad de poca trascendencia, pero para ponerlo en perspectiva y aquilatar su radicalidad, es necesario recordar que habrían de pasar, sin embargo, 33 años más para cumplir su decreto en Venezuela, y hasta 73 años más todavía, para terminar finalmente con la esclavitud en Cuba. Y su lucha contra la esclavitud fue solo el principio. “Necesitamos la igualdad para refundir, digámoslo así, en un todo la especie de los hombres…” (1818). “…no nos quieren porque somos demasiado liberales, y ellos no quieren la igualdad” (1823). “Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión…los militares empleando su espada en defender las garantías sociales” (1830).

Los pobres indígenas se hallan en un estado de abatimiento lamentable. Yo pienso hacerles todo el bien posible: primero, por el bien de la humanidad, y segundo, porque tienen derecho a ello” (1824). “Se prohíbe a los prefectos, gobernadores y jueces, a los prelados, curas y tenientes, hacendados, dueños de minas y de obrajes que puedan emplear a los indígenas contra su voluntad en faenas, séptimas, mitas…sin que proceda un libre contrato del precio de su trabajo” (1824). “Reintegrar a los indios en el goce de todos los resguardos que les corresponden, cualquiera que sea el poseedor que los tenga… Se declara a los indígenas propietarios de los terrenos que poseen, es decir, donde trabajan y están asentados…de manera que ningún indígena quede sin su respectivo terreno…jamás podrán enajenarse a favor de manos muertas, o sea, los conventos y el clero…los indígenas quedan exentos del tributo real” (1825). Recién hoy, 200 años después, el pueblo boliviano con su lucha empieza a cumplir con el mensaje esencial de estos decretos.

Manuela Sáenz, la incansable conspiradora contra las injusticias coloniales, de género y sociales, escribía a Bolívar en 1829: Simón, Simón, ¿si nuestros indios siguen pidiendo limosna, si nuestros niños siguen en la calle muriéndose de mengua, de qué sirvió la independencia?”. Y sería perseguida, desterrada y condenada a la miseria, por las oligarquías que llevaron a la muerte a Bolívar. El Mariscal de América, el general más joven de la historia continental, y genial estratega de la batalla de Ayacucho que aseguró el fin de la dominación española, José Sucre, fiel lugarteniente del libertador y de su proyecto de radical igualdad, escribió: “Cuando la América ha derramado su sangre por afianzar la libertad, entendió también que lo hacía por la justicia, compañera inseparable la justicia de la libertad. Sin el goce absoluto de ambas: libertad y justicia, habría sido inútil la emancipación” (Bolivia. 1 de marzo. 1825). Cinco años más tarde de estas poéticas profecías de justicia, será asesinado en cobarde atentado por los enemigos del proyecto.

A estos procesos, se articuló estrechamente la temprana y fiera odiosidad de imperialistas ingleses y, sobre todo, norteamericanos; quienes apreciaron en toda su magnitud el enorme peligro que les representaba el programa de Bolívar. Quien, no sólo fue un declarado precursor antimperialista, sino que apuntó a la crítica de su misma matriz cultural profunda y su influencia cultural, más que política. “Discípulos de tan perniciosos maestros, las lecciones que hemos recibido y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores” (1819). “Observaréis muchos sistemas de manejar hombres, mas todos para oprimirlos; y si la costumbre de mirar al género humano conducido por pastores de pueblos, no disminuyese el horror de tan chocante espectáculo, nos pasmaríamos al ver nuestra dócil especie pacer sobre la superficie del globo como viles rebaños destinados a alimentar a sus crueles conductores” (1819). “…mil opresores de la Europa moderna, tienen subyugados hasta los extremos del mundo” (1825). “Cuando yo tiendo la vista sobre la América la encuentro rodeada de la fuerza marítima de la Europa…por consecuencia de enemigos” (1822). “…y los Estados Unidos, que parecen destinados a plagar la América de miserias a nombre de la libertad” (1829). “Jamás conducta ha sido más infame que la de los norteamericanos con nosotros” (1820). “La Alianza americana debe contar con su absoluta independencia de toda potencia extranjera… formado una vez el pacto con el fuerte ya es eterna la obligación del débil” (1826).

Son numerosos los partes de guerra e informes de espías a sueldo y mercenarios por parte de las dos potencias, Europa y EE.UU., a lo largo de la lucha de Bolívar, conservados hasta hoy y que testimonian una sistemática labor de sabotaje y desprestigio contra los planes de Bolívar, fracasada la táctica de ganarlo con sobornos y prepotencias. El 3 de febrero de 1827 el cónsul de EE.UU. en Lima, William Tudor, envió al Departamento de Estado una carta a raíz del “Congreso Anfictiónico de Panamá”, el gran proyecto de Bolívar para gestar la unión latinoamericana: “La esperanza de que los proyectos de Bolívar están ahora efectivamente destruidos es una de las más consoladoras. Esto no sólo es motivo de felicitación en lo relativo a la América del Sur, liberada de un despotismo militar y de proyectos de insaciable ambición que habrían consumido todos sus recursos, sino que también Estados Unidos se ve aliviado de un enemigo peligroso en el futuro... Si hubiera triunfado estoy persuadido de que hubiéramos sufrido su animosidad...”. Tomás S. Willimont, procónsul inglés en el Perú, escribía al Conde de Dudley, secretario del Estado Británico, en noviembre de 1826: “La maligna hostilidad de los yanquis hacia el Libertador es tal, que algunos de ellos llevan la animosidad hasta el extremo de lamentar abiertamente que allí donde ha surgido un segundo César no hubiera surgido un segundo Bruto”.
Las incomprensiones
Completan el cuadro de estas fuerzas adversas las incomprensiones. Producto de la hegemonía que en amplios sectores tenía la matriz cultural profunda euro norteamericana, haciendo dificultoso, cuando no bloqueando, el cumplimiento práctico de la divisa de Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar y verdadero primer ideólogo de la descolonización cultural: “O inventamos o erramos”. Sólo Bolívar y unos cuantos, pero no suficientes, hicieron suyo aquel auténtico “programa de la hora” de la naciente Latinoamérica. Es en ese contexto que las propuestas de Bolívar -como las de Miranda, San Martín y otros en todos los nacientes países-, fueron vistas, no como la necesaria “historicidad” de las respuestas políticas e institucionales a las propias y específicas realidades, sino como “desviación” “excéntrica” o “autoritaria” de los estándares “democráticos” de los países euro norteamericanos, ahistoricamente consensuados como único modelo deseable y posible. “…se equivocan los constructores de repúblicas aéreas” (1815). “No detengamos la marcha del género humano con instituciones que son exóticas…en la tierra virgen de América” (1822). “¿No dice el espíritu de las leyes que estas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿que es una gran casualidad que las de una Nación puedan convenir a otras? Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte… que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos… ¡He aquí el código que debemos consultar y no el de Washington!” (1819).

Su propuesta de un “Presidente Vitalicio” en la Constitución Boliviana de 1826 (conocido como “Código Boliviano”), es un ejemplo recurrente de estas incomprensiones, enarbolado como supuesta muestra “irrefutable” de su ansia autoritaria y aún “monárquica”. Sin considerar que Bolívar, en más de una ocasión, como muestran las fuentes históricas, rechazó la oferta, de parte de sus generales y las oligarquías, de ser “Rey” de la gran Colombia, a lo que contestó: “El titulo de Libertador de Venezuela es para mí más glorioso y satisfactorio que el cetro de todos los imperios de la tierra” (1813). Incluso se le ofreció ser Presidente de la naciente Bolivia, contestando que Sucre, el gran mariscal, era el más indicado para el alto cargo. El hecho mismo de que aquel país llevara su nombre, también se ha querido presentar como supuesta “prueba” de su egolatría, pero ese fue un homenaje del pueblo que él aceptó, precisando: “¿Qué quiere decir Bolivia? Un amor desenfrenado a la libertad” (1826).

La presidencia vitalicia y otras propuestas de índole similar, que parecían violentar la libertad ciudadana, respondían a la visión de Bolívar de que el atraso y la negación secular de las castas pobres, la mayoría de la población, les impediría ser ciudadanos válidos y terminarían, de hecho, subordinados y explotados a manos de las oligarquías “democráticas”. A menos, precisamente, que hubiera instituciones –como la dicha y otras similares- que, desde un Estado fuerte (“las minas de cualquier clase pertenecen a la república…” 1829), frenaran a esa oligarquía e hicieran valer los derechos y el desarrollo de esas mayorías negadas y excluidas. Mientras en Europa y EE.UU. la democracia liberal, con ausencia de Estado fuerte, era garantía para una masa de ciudadanos educados y en ascenso pujante, en América Latina el mismo modelo, sin modificaciones, era, de hecho, el juego formal donde los poderosos subordinarían y explotarían a su antojo a las mayorías pobres y excluidas, por tanto, atrasadas cultural y políticamente. ”…la libertad y las garantías son sólo para aquellos hombres y para los ricos, y nunca para los pueblos…aunque hablan de libertad y de garantías es para ellos sólo para lo que las quieren y no para el pueblo que, según ellos, debe continuar bajo su opresión… revocando desde la esclavitud para abajo todos los privilegios…he conservado intacta la ley de las leyes: la igualdad. Sin ella perecen todas las garantías, todos los derechos” (1824). Resonaban en sus incomprendidas propuestas las enseñanzas de su amauta Simón Rodríguez sobre el pensamiento de Jacobo Rousseau: "Entre el poderoso y el débil, la libertad oprime, sólo la Ley libera". Y las del mismo maestro Rodríguez, que en su “Sociedades Americanas en 1828”, parecía aclarar, precisamente, estas incomprensiones: “El autor es republicano, y tanto que no piensa en ninguna especie de rey ni de jefe que se le parezca…En la América del sur las repúblicas están establecidas, pero no fundadas. Es deber de todo ciudadano instruido contribuir con sus luces a fundar el Estado, como con su persona y bienes a sostenerlo”.

El parangón formal para comparar el grado de libertad de la institucionalidad de Bolívar era siempre el modelo euro norteamericano, especialmente la muy admirada en la época Constitución norteamericana. Tenida por prototipo indiscutido de “libertad y democracia” por toda la intelectualidad progresista europea, a pesar de que en el mismo momento mantenía la esclavitud legal de los negros afroamericanos y el etnocidio de sus pueblos indígenas. Por contraste, fueron los “demócratas” acusadores del “autoritario” Bolívar los que mantuvieron 33 años más la esclavitud; y quienes frustraron por otros 200 años el reconocimiento a la propiedad de sus “tierras de asiento y trabajo” a los pueblos indígenas, ambos decretados por el supuesto “enemigo de la libertad”. En 1851, consumada la traición oligárquica a la revolución bolivariana, Simón Rodríguez describe con amargura el legado de estos “defensores de las garantías”: “Estos pobres pueblos, con la Independencia han venido a ser menos libres que antes… Ahora se los come vivo el primero que llega, y están expuestos a que, en un apuro, algún defensor de las garantías… los regale o los venda, con tierras y todo, a quien dé un titulejo o lo descargue de sus deudas”.

En el siglo XX, el amauta peruano Raúl Haya de la Torre, en la búsqueda de un proyecto de soberanía nacional, inclusión y justicia social, necesariamente a través de un Estado fuerte, choca con los mismos discursos “liberales democráticos” “garantistas”: Otra objeción que se desprende de esta facultad extraordinaria y exclusiva del Estado para controlar las inversiones de capital extranjero y las concesiones que a éste se hagan, ha de venir de los partidos de la libertad individual, del ejercicio del derecho de propiedad, de los devotos teóricos y prácticos de las libertades y derechos heredados de Roma en beneficio de la clase dominante, y, en última instancia, del imperialismo… El derecho individual debe estar limitado por las necesidades de la colectividad. Un libre contrato de concesión o de venta entre un ciudadano indoamericano y un capitalista yanqui no es un negocio privado. Repitámoslo mil veces: en esa libertad de contratación, en esa alianza entre el capitalista o latifundista o propietario minero o agrario nacional –pequeños capitales con relación al capitalismo imperial– y el capitalismo extranjero, radica en gran parte el problema de la soberanía de nuestros países… ” (1936). Llegando necesariamente a las mismas conclusiones, creadoras, anticipadas por Bolívar: “Para combatir abiertamente y vencer a tiempo los prejuicios –no los principios– democráticos y liberalizantes que el imperialismo usa en su servicio. El Estado Antimperialista plantea, pues, los nuevos lineamientos de nuestro sistema jurídico de defensa” (Ibíd.).

La propia teoría contemporánea de la ciudadanía ha actualizado estas consideraciones de Rousseau, Rodríguez, Bolívar y Haya de la Torre, desarrollando el concepto de “Acción afirmativa”, es decir, intervención del estado para compensar la desventaja real de unos actores respecto de otros en el “libre juego democrático”, aceptado consensuadamente ante el hecho evidente de que el ciudadano común actual aparece enfrentado o en competencia con otros actores o agentes más habilitados, organizados y con más poder de diversa índole. Ello ha llevado a plantear que la ciudadanía, en tanto que individual, y con prescindencia del Estado, resulta incluso en instrumento de presión hacia la desigualdad de posibilidades y oportunidades. Pues la ficción de una igualdad jurídica individual “democrática”, favorece, de hecho, directamente a quienes, en la realidad, están más dotados de recursos y poder, al encubrir y aún legitimar esa ventaja. ¿Cuánto más extrema no era esa realidad y esa necesidad en época y situación de Bolívar? Ante ello, cabe, finalmente, preguntarse si acaso no es esta necesidad de un Estado fuerte, un Estado “afirmativo”, que frene a los poderes fácticos externos y las oligarquías, para incluir a las mayorías empobrecidas, construyendo ciudadanía y nación, ya anticipado por Bolívar hace casi 200 años, la que está atravesando actualmente la región.

Resulta importante contextualizar en este marco la visión extremadamente negativa de Carlos Marx sobre Bolívar, en particular, y despectiva de las luchas independentistas, en general. Ella fue una nueva forma de expresión de la tensión entre una mirada historizada, propia, y una foránea, de generalización ahistórica, respecto de las luchas de América Latina. Un desencuentro entre dos poderosos pensamientos libertarios, originado en la profunda matriz cultural hegemónica que nublaba la mirada de Carlos Marx hacia el continente, y alimentada por la campaña de demolición de Bolívar emprendida por sus enemigos, particularmente virulenta en Europa.
La primera batalla perdida
El libertador de un continente, que perdió todas sus riquezas materiales en la causa de la libertad, se había transformado, por el pecado de la igualdad, la justicia social y la independencia de los poderes fácticos exteriores, en el enemigo de viejos y nuevos poderes imperiales, que lo tildaban del “loco del sur”. En el odiado símbolo de lo que los oligarcas racistas llamaban con burla la “pardocracia” del “longaniza”, o el “zambo” Bolívar. Como “Zamba” llamaron también a Micaela Bastidas, como “indio” llamaron a San Martín.

Cafetaleros millonarios. Ganaderos insaciables. Hacendados nuevos, producto del saqueo de guerra, o rancios “mantuanos”. Poseedores de fortunas en esclavos o “encomenderos” de indios de Perú y Bolivia. Estancieros, gamonales y mayorales productores. La burguesía comercial y exportadora de los puertos. Marqueses y condes de nombre largo. Damas nobles escandalizadas. Obispos y arzobispos furibundos, que lo excomulgaron, mediante edicto de la gobernación del arzobispado de Bogotá del 3 de diciembre de 1814, por “saqueador de iglesias, perseguidor de sacerdotes y destructor de la religión”. La propia “Sagrada Congregación de Negocios Eclesiásticos Extraordinarios del Vaticano”, en sesión solemne del 4 de agosto de 1829, lo declaró “liberal y ateo”. Escribanos, tinterillos oportunistas y demagogos de última hora. Deslumbrados por Europa o Estados Unidos, o vendidos y serviles a sus favores. Todos se aprestaron a destruirle para destruir su proyecto. Toda la contra revolución realista y oligárquica del continente encontró amplia prensa en los Estados Unidos, etnocidas de decenas de pueblos originarios, persistentes esclavistas, y anexionistas de territorio mexicano. Y en Europa, donde los “liberales” harían una colosal campaña de satanización del “autócrata” y “monárquico” Bolívar. Franceses, y hasta ingleses, españoles y portugueses, ¡los que todavía no sabían terminar con sus propias monarquías, ni con el comercio de carne humana esclava, ni entregar libertad a sus propias colonias!

Los mejores hijos de la gran epopeya, los que amaron al pueblo, fueron todos perseguidos, destruidos, desterrados. Trataron de asesinar a Bolívar en dos ocasiones, la “libertadora del libertador”, Manuela Sáenz, lo salvara en las dos ocasiones, la última con la espada en la mano. Al final lo hicieron moralmente. “Bolívar murió en Santa Marta allá en las costas del Caribe colombiano el 17 de diciembre de 1830 y él, que había nacido rico de cuna, que había heredado una de las fortunas más grandes de la América española terminó muriendo sin ningún tipo de riqueza material, hubo necesidad de vestirlo con una camisa prestada porque la camisa que quedaba para vestir su cadáver estaba rota, le pusieron una camisa prestada, lo último que le quedaba en los baúles antes de morir por ahí está el testamento, todo lo regaló, lo que le quedaba, los cubiertos de plata que le había regalado no sé quién se los dejó no sé a qué familia; los libros de su biblioteca, uno de los cuales había pertenecido a Napoleón Bonaparte, los envió a la Universidad de Caracas que él había creado años antes, los pesos que queden por ahí dénselos a mi criado José Palacios -que lo acompañó toda la vida, un antiguo esclavo-, la espada que le regaló el pueblo del Perú, de oro y de diamantes, regálensela, vayan y se la llevan a la viuda del Mariscal Sucre, sólo ella la merece, con esto estaba diciendo quizá que ningún general merecía la espada que el pueblo del Perú libertado le había obsequiado, casi todos lo abandonaron” (Hugo Chávez. Italia. 16 de octubre. 2005).

Asesinaron a José Sucre, el muchacho serio, excesivamente moderado y sencillo, que “se encontraba de ordinario al lado de los más audaces, rompiendo las filas enemigas, destrozando ejércitos contrarios con tres o cuatro compañías de voluntarios que componían todas nuestras fuerzas” (Bolívar, 1825), el que fue ascendido a general a los 21 años de edad, el que hablaba de justicia para darle sentido a la libertad. Su muerte apresuró la de Bolívar. Y las mismas manos -y lenguas- homicidas, los mismos agrupamientos de casta ambiciosa, de poder fáctico extranjero, oscuros, biliosos y feroces, se ensañaron sistemáticamente contra todos los que amaron la independencia y la justicia social. Castigaron al olvido y a la pobreza a Manuela Sáenz y a Juana Azurduy, próceres del amor, la capacidad y la valentía femeninas de la región. Rompiendo a lanza y espada las tradiciones rancias, los matrimonios por conveniencia, los conventos sedantes, las supuestas supremacías extranjeras y de los hombres, los olvidos y negaciones sociales del indio, del mestizo, del negro, de la mujer.

Condenaron al ridículo y a la miseria a Simón Rodríguez, su indomable maestro, el cual, aún hallándose en extrema penuria económica, tomaría la lúcida defensa. “’El Libertador del Mediodía de América y sus Compañeros de Armas defendidos por un Amigo de la Causa Social’, libro publicado, él lo escribió un poco antes pero nadie se lo quería publicar, y al fin lo publicó en enero de 1830, es la célebre defensa de Bolívar asumida por Simón Rodríguez cuando todo el mundo le cayó, las élites de este continente, desde Washington hasta Buenos Aires, las élites europeas le cayeron encima a Bolívar cuando se dieron cuenta que planteaba pero con vigor infinito la libertad de los esclavos, la igualdad y la justicia.  Y lo echaron a Bolívar, y echaron a Sucre y echaron a San Martín y echaron a O’Higgins y echaron a Artigas y se adueñaron las élites de ésta República entonces naciente” (Hugo Chávez. Caracas, Venezuela. 28 de agosto. 2005). 

En el actual Uruguay, desterraron a José Artigas. El aristócrata criollo rebelde, que, expulsado de rancio colegio católico, prefirió vivir en el campo, entre los indígenas charrúas, que habían resistido fieramente al conquistador español, y entre los “gauchos”, agrestes y seminómadas arrieros de ganado. Hasta que lo llamó la revolución independentista. “Vencer o morir” es la divisa que acuña en su proclama del 10 de mayo de 1811. Y la cumplirá incansablemente en centenares de batallas, “siempre a la ofensiva”, donde su espada y su pluma combatieron primero a las incursiones piratas de los ingleses, y luego al poder colonial español. Más tarde, a los poderes oligárquicos y expansionistas, pro británicos, de Buenos Aires y del imperio Brasileño portugués, ambos feroces y colosales enemigos de su proyecto republicano y democrático: la “Liga Federal de Repúblicas Orientales”. Que incluía un precursor reglamento aduanero de “libre comercio” entre repúblicas americanas, pero proteccionista frente a las economías extranjeras (1813).
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