El Programa El racismo al revés






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Los errores
De los muchos análisis realizados sobre las razones de la derrota de Tupac Amaru, la más consensuada de ellas, aunque existen autores que discrepan de su importancia, es su demora en atacar y tomar el Cusco inmediatamente después de su triunfo en Sangarara, cuando el pánico desmoralizaba a los realistas en aquella ciudad. Se considera que ello habría significado un cambio cualitativo, psicológico y político a favor de la insurrección. Cuestión que era planteada en aquellos días con urgencia por Micaela Bastidas: “Bastante advertencias te di para que inmediatamente fueras al Cusco, pero hasta ahora has dado todas a la barata, dándoles tiempo para que se prevengan, como lo han hecho poniendo cañones en el cerro Picchio y otras tramoyas tan peligrosas que ya no eres sujeto de darles avance” (Carta de Micaela Bastidas a Tupac Amaru. 6 de diciembre de 1780). Otros autores, sin embargo, consideran “superficial” aquel análisis y aseguran que habría quedado “encerrado”, sin fuerzas suficientes, en aquella ciudad. En esa misma línea, se considera grave su subsiguiente indecisión, como “Tayta protector de todos los indios”, en masacrar a las tropas indígenas para tomar la ciudad; indecisión que también fue criticada por Micaela Bastidas. A ello se sumó la desventaja táctica de contar sólo con artilleros realistas, capturados y forzados a cumplir esa función, los cuales, se sabe, desviaban a propósito los proyectiles de los cañones a fin de no dar en el blanco. Por último, lo afectaron también las políticas realitas que, para restar apoyo a los insurrectos, combinaron amenazas y excomuniones, con la abolición de los “repartos” y otras medidas similares favorables a los indígenas.

También ha sido incluido como un error, por varios autores, la dispersión de sus fuerzas y cuadros en varios frentes, desde Cusco, en la sierra peruana hasta Tucumán, en la actual Argentina, que conformó el núcleo territorial más coordinado. Mientras él mismo enfrentaba a la fuerza central de las tropas virreynales entre Tinta y Cusco, Pedro Vilcapaza y el tuerto Obaya lo hacían en la zona de Puno. Diego Verdejo en Arequipa. Y Felipe Bermúdez con Tomás Parvina en Chumbivilcas y Kanas. Sin embargo, ello es, en cualquier caso, mitad error, mitad necesidad impuesta por las circunstancias. Pues la insurrección, a pesar de su larga meditación y preparación conspirativa, con testimonios que afirman que hubo al menos cuatro años de contactos previos entre el Condorcanqui y los núcleos dirigentes aymaras en la actual Bolivia, estalló, de hecho, espontánea y autónomamente en muchos lugares.

En muchos de esos focos, la declaración de adhesión al mando de Tupac Amaru era “inalámbrica”. Para usar el término acuñado por el comandante sandinista Jaime Wheelock, en los 1980’, para explicar el ascendiente del FSLN en las mayorías nicaragüenses a finales de los 1970’, a través, no de un trabajo de base político o social, gradual y extendido, sino de acciones armadas “espectaculares”. Es decir, que, dadas las explosivas condiciones sociales, la incorporación a la sublevación tupacamarista se producía por el puro e inmenso prestigio del liderazgo y el impacto motivador de la insurrección, y no tenía por base ningún trabajo previo, ni coordinación directa. En no pocas ocasiones, estos focos indígenas actuaban cegados por el odio acumulado, practicando en desquite un “racismo al revés”, desatando asesinatos y crueldades contra todo el que fuera blanco, aún criollo, o incluso mestizos y hasta negros. Lo que ponía en peligro de aislar políticamente a los indígenas insurrectos. De ahí, la necesidad ineluctable del inca en intentar, sobre la marcha, articular y disciplinar el multitudinario y violento estallido, sacrificando en la tarea a varios de sus mejores, más formados, y más leales cuadros político militares.

Finalmente, algunos autores concluyen que su apuesta en lograr un acuerdo favorable con las autoridades españolas, testimoniado en algunas de sus cartas del momento, le llevó a no profundizar su acción militar y fue su perdición. El propio Francisco Miranda, como oficial del ejército español en Europa, tiene acceso a informes de la insurrección que revelaban estas insuficiencias y errores. En 1792, escribe: “Compatriotas: llamado por vosotros en 1781 al socorro de la Patria, extremadamente agitada por las vejaciones y opresión excesiva que en aquellos tiempos ejercía sobre sus infelices habitantes… por medio de sus agentes y visitadores, cuyos excesos habían provocado justamente una insurrección general en el Reino de santa Fé de Bogota, en el Perú y aún en la provincia de Caracas, no pude en aquellas circunstancias acudir a su socorro, tanto por hallarme liado con un grado superior en el ejército… entonces en guerra con Inglaterra, como por concebir que en todos aquellos movimientos de insurrección no había combinación ni designio general, lo que me fue patente luego que recibí las Capitulaciones de Sipaquira (8 de junio de 1781), testimoniando de la sencillez e inexperiencia de los americanos, por una parte, de la astucia y perfidia de los agentes españoles por la otra; y así creí que el mejor partido era sufrir aún por algún tiempo y aguardar con paciencia… Con esta mira… hice dimisión formal de mi empleo en el ejército español…” (10 de octubre de 1792).
El Programa
Programáticamente, Tupac Amaru inició la insurrección a nombre del Rey de España, pero declarando abolidas todas las formas de esclavitud, servidumbre y discriminación racista legal en los amplios territorios liberados. Se anticipó así en dos décadas a los revolucionarios cimarrones haitianos que, en lucha contra el dominio francés, fueron los primeros en proclamar definitivamente su independencia y la abolición de la esclavitud, bajo el liderazgo de uno de ellos, Jean Dessalines, en 1804. Su sucesor, Alejandro Petión, para combatir la esclavitud que continuaba en el Caribe, convirtió a Haití en santuario de la humanidad, decretando en la Constitución de 1816 que: “…todo africano, indio, así como sus descendientes en las colonias que vengan a establecerse en la República serán reconocidos como haitianos”.

El mismo Petión en 1816 prestó en dos ocasiones decisivo apoyo en recursos a las tentativas revolucionarias de Simón Bolívar para liberar Venezuela. Y también refugio a innumerables patriotas latinoamericanos y sus familias a lo largo de la lucha. Sólo pidió a cambio la libertad de los esclavos en el continente. Bolívar mostró su agradecimiento al fallecer Petión calificándolo de “magnánimo” y de “primer bienhechor de la tierra a quien un día la América proclamará su Libertador” (1818). Y con el cumplimiento de su promesa de decretar la libertad de los esclavos en Venezuela, a pesar de que ello sería frustrado por tres décadas más por los representantes de su propia clase pudiente mantuana, enemiga de su proyecto igualitario. En el propio Perú, tras una larga extinción de hecho, la esclavitud sólo sería abolida legalmente en 1854. Mostrando el radical y avanzado contenido libertario de la insurrección tupacamarista.

En esa dinámica, Tupac Amaru llegó a declarar la total independencia. “Por eso y por los clamores que con generalidad han llegado al cielo, en el nombre de Dios Todopoderoso, ordeno y mando que ninguna de las pensiones se obedezca en cosa alguna, ni a los Ministros europeos intrusos…” (Bando de proclamación. 1781). Por lo que es considerado el “primer grito de independencia” y así se lo reconocieron los más notables líderes patriotas como Francisco Miranda, Simón Bolívar y José de San Martín. Conjuntamente, el alto contenido social de su programa y acción, lo ha convertido en inspiración de los revolucionarios socialistas y reformadores populares posteriores. La famosa sentencia de su proclama insurreccional: “Campesino ¡El patrón ya no comerá más de tu pobreza!”, ha sido recogido como consigna social, desde el general Juan Velasco Alvarado, quien rescató al Inca como icono nacional durante su gobierno nacionalista, entre los años 1968 y 1975, hasta los movimientos guerrilleros de mediados y finales del siglo XX, tanto en Perú como en el resto del continente.

La descentralización del Estado y reconocimiento de autonomías locales, la eliminación de los regimenes de esclavitud y servidumbre, la igualdad y mancomunidad de todas las etnias, la unidad continental y la independencia de España, constituyeron un programa revolucionario adelantado a la época, incluso para el mundo europeo, cuya fuerza teórica se extendería a lo largo de décadas, más allá incluso, en varios de sus puntos, de la misma independencia y el establecimiento de las repúblicas oligárquicas. Que sólo sería recogido y aún superado (en sus decretos de reforma agraria indígena y sus escuelas para indios, negros y mujeres) por Simón Bolívar. Derrotado éste, habrían de pasar décadas y hasta siglos para que Sudamérica retomara ese programa y lo empuje con la fuerza de las mayorías y de la historia en el presente.
El racismo al revés
La insurrección tupacamarista se presenta en el marco de un rígido y complejo entramado institucional colonial y racista que sustentaba la potencialmente explosiva segmentación de castas, en base al cruce e identificación del estrato socioeconómico y el origen étnico. En la cual los “blancos” habían por siglos cometido toda clase de crímenes y discriminaciones racistas contra los “pardos”: indígenas, negros y todas sus mezclas. Ello generaba una tendencia natural de muchos indígenas al odio racial inverso como respuesta, a pesar y en contra que, desde el principio, Tupac Amaru programó expresamente la unidad de todas las etnias y castas para la lucha independentista, con la sola exclusión del enemigo fundamental: el colonizador realista español. Tras la batalla de Sangarara, escribe, el 19 de noviembre de 1780, una proclama en la que señala: "Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles, criollos, mestizos, zambos e indios, por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen".

Ello obedecía a razones éticas, pues la sociedad que buscaba construir el inca, estaba basada simultáneamente en la memoria del incanato como federación de pueblos en sagrada armonía con la naturaleza, y entre si, a través de un eje colectivista con garantía de las necesidades sociales básicas para todos; y en lo más avanzado del pensamiento ilustrado europeo de la época, que propugnaba la igualdad de todos los ciudadanos como ideal de cualquier comunidad política. A ello se unían razones prácticas, táctico estratégicas, de la lucha misma. Aunque el eje director eran los indígenas y castas “pardas”, hasta entonces oprimidas y despreciadas, sólo una amplia alianza pluriétnica, con decidida y protagónica participación de los criollos, podría generar la fuerza material suficiente para quebrar la colosal agresión militar del poder realista español.

Cualquier “racismo al revés”, es decir, la práctica -muchas veces natural, después de siglos de abusos racistas- de los indígenas de “castigar a todos los blancos”, sería indefectiblemente, como se mostró amargamente después, causa de su debilidad y derrota. Algunos autores sostienen que esta fractura programática habría dividido, y aún enfrentado, a quechuas y aymaras, siendo supuestamente los primeros partidarios del programa de unidad tupacamarista y los segundos, con Jualián Apaza Tupac Katari a la cabeza, de un más radical “racismo al revés”. Sin embargo, esta teoría no es consistente con los hechos. Puesto que las “inteligencias” conspirativas entre uno y otro sector databan, según los informes de los interrogatorios a los presos de la insurrección, al menos de cuatro años antes del estallido. Por otro lado, la integración de quechuas y aymaras en todos los frentes de lucha, incluso tanto en el bando revolucionario como realista, es un hecho largamente comprobado. Por otro lado, los casos de “racismo al revés” documentados fehacientemente también muestran que fueron cometidos por quechuas y aymaras integradamente, siendo un problema que no tenía que ver ni podía ser distinguido por etnias.

Así lo muestra, por ejemplo, el ocurrido en Oruro, en la actual Bolivia, en febrero de 1781. Tomada durante la insurrección por las tropas insurgentes, asumió el mando de la plaza, como “justicia mayor”, el criollo insurrecto Jacinto Rodríguez, a nombre del “rey Tupamaru”. Prontamente, llegaron los enviados “tupamaristas”, con instrucciones del Estado Mayor del inca. Éstos llamaron a la moderación, señalando que los ataques debían limitarse únicamente a los “chapetones”, realistas españoles, pero no a los criollos. Sin embargo, los indígenas, ciegos de siglos de ira contenida por los crímenes racistas recibidos, desataron crueles ataques indiscriminados contra “todos los que tuvieran piel de color blanca”, incluyendo al mismo justicia mayor Jacinto Rodríguez. Acto que rompió la alianza y volvió a los criollos contra los indígenas, siendo derrotados y expulsados de Oruro.

También el de la toma de Sorata, en la actual Bolivia, tomada por los insurgentes el 28 de mayo de 1781. El joven Andrés Mendigure Tupac Amaru, de 17 años de edad, quechua, sobrino del Condorcanqui Tupac Amaru, y ascendido a general por su notable audacia y efectividad en la guerra, comandó la toma de la ciudad, a través de su inundación artificial represando el río Tipuani. Sin embargo, cegado por el odio racial que le provocaba la reciente muerte de su tío, Tupac Amaru II y su padre Pedro Mendigure, en el Cusco, y contrariando las expresas órdenes del nuevo Inca Diego Cristóbal, y los consejos de algunos de sus capitanes como Pedro Vilcapaza, masacró a miles de personas de la población de esa ciudad, incluyendo, no solo a los criollos, sino también a los mestizos, violando a las mujeres y cometiendo todo tipo de crueldades. Ello provocó un quiebre y el aislamiento de los sectores indígenas insurrectos. Diego Cristóbal repudió estos daños irreparables a la causa revolucionaria, ante las inútiles disculpas y excusas del “Inca mozo”. Y, existe consenso, que fue allí, con las atrocidades raciales de Sorata, que el nuevo Inca Diego Cristóbal comenzó con las dudas y vacilaciones que lo llevaron, algunos meses después, a su rendición, bajo falsas promesas de amnistía, para ser también ejecutado.

En base a este programa de amplia alianza, innumerables combatientes “blancos”, criollos, militaron en las filas de la insurrección. Solamente en la lista oficial de 37 detenidos junto al inca Tupac Amaru, 9 eran catalogados como “españoles”, es decir, criollos. 13 eran mestizos. 11 eran indígenas. 4 eran esclavos negros. Incluso, algunas fuentes, testigos de la época, hablan y describen a “asesores europeos”, probablemente ingleses, al lado del inca, durante la insurrección. Un testigo presencial describía en un diario de Arequipa, en enero de 1781: “…al lado izquierdo y derecho de Túpac Amaru iban dos hombres rubios y de buen aspecto, que parecían ingleses”. En sus cartas y proclamas durante la insurrección, explícitamente llama “hermanos” a los criollos, muchos de ellos colaboradores en sus años de reclamaciones pacíficas ante la corona, y les manifiesta su inclusión en el programa de la misma. “…sólo pretendo quitar tiranías del reino, y que se observe la santa y católica ley, viviendo en paz y quietud…V. S. Ilma. no se incomode con esta novedad ni perturbe su cristiano fervor. Ni la paz de los monasterios, cuyas sagradas vírgenes e inmunidades no se profanarán de ningún modo, ni sus sacerdotes serán invadidos con la menor ofensa de los que me siguieren…" (Carta de Tupac Amaru al obispo Moscoso. 1780). “…he determinado sacudir el yugo insoportable y contener el mal gobierno que experimentamos… a cuya defensa vinieron de la ciudad del Cuzco una porción de chapetones, arrastrando a mis amados criollos, quienes pagaron con sus vidas su audacia. Sólo siento lo de los paisanos criollos, a quienes ha sido mi ánimo no se les siga ningún perjuicio, sino que vivamos como hermanos y congregados en un cuerpo, destruyendo a los europeos" (Proclama de Tupac Amaru. 23 de diciembre de 1780). En el combate de Sangarara, Túpac Amaru, anticipando el “Decreto de guerra a muerte” de Bolívar, ofreció perdón para aquellos criollos que se pasaran a sus filas, pero no para los españoles.

La mayor tensión y complejidad a que se vio sometido el programa pluriétnico, sin embargo, fue la división entre los propios indígenas, cuando Tupac Amaru levanta el sitio del Cusco, entre otras razones, precisamente, por no decidirse, en su rol de “Tayta protector de todos los indios”, a luchar y masacrar a las tropas indígenas que lo defendían, bajo el mando del curaca realista Pumacahua. Aunque lo decisivo o no de esta vacilación es algo que se discute y que lo cierto es que influyeron también otros factores, es importante distinguir que, aunque su indecisión frente a los indígenas realistas pudo ser decisiva, su programa pluriétnico de unidad de todas las castas contra el enemigo común: el colonizador español, era correcto. Más aún, su error fue, justamente, hacer prevalecer la “etnia” y no el “programa”, como criterio de su acción y decisiones. El sólo hecho de ser “indios” los leales a España, lo llevó a dudar. Por el contrario, Micaela Bastidas, le señaló en una carta que, al traicionar el “programa” de liberación, que era lo decisivo, “habían dejado de ser indios”. Es decir, que la lucha de transformación social no pasa ni puede pasar por el “color de la piel”, sino por un claro programa de sociedad. Ese es el eje y criterio para distinguir a los aliados de los enemigos.
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