No sé que hada buena me dejó de regalo al nacer este interés, este apego por la lectura, que siento como parte de mí desde siempre y que me ha hecho tan feliz






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fecha de publicación22.06.2016
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No sé que hada buena me dejó de regalo al nacer este interés, este apego por la lectura, que siento como parte de mí desde siempre y que me ha hecho tan feliz. Buscando hacia adentro en la memoria, penetrando como Alicia por la madriguera, avanzo detrás del conejo blanco de los recuerdos y llego al país de las maravillas de mi infancia.
Me encantan las palabras. Supongo que este sentimiento nació durante las primeras etapas de mi vida, cuando mi mamá, mis abuelas y algunas de mis tías me cantaban nanas. Entonces debo haber comenzado a relacionar las palabras con sensaciones agradables de comodidad, seguridad y ternura. Aunque no recuerdo los momentos en que me las cantaban a mí, casi puedo verlas y escucharlas cantándoles nanas a mis hermanos. Todavía era una niña el día en que asistí a una Misa de Gallo por primera vez y sentí una fuerte emoción al escuchar un villancico: “Nana nanita nana, nanita nana, nanita ea. Mi Jesús tiene sueño, bendito sea, bendito sea.” Lo reconocí como la nana que nos cantaba una de mis tías. Los ojos se me humedecieron y las lágrimas me hicieron ver las velas que alumbraban el altar como cientos de diminutas lucecitas. Desde entonces soñé con una nana especial y con una emoción igual para mis hijos, confirmando lo que dijo Gregorio Martínez Sierra en su obra Canción de cuna:
Ya que toda mujer, porque Dios lo ha querido, dentro del corazón lleva un niño dormido.”
Según fui creciendo se fue ampliando el repertorio de canciones y rimas. Seguramente comencé a relacionarme con los demás jugando al Topi-topi, Aserrín-aserrán… descubrí mis manos como tantos otros niños, con La linda manita, Las tortitas, El pon-pon, La manita monga… Descubrí mis dedos con Los cinco pollitos, y aprendí a caminar escuchando la voz de mi papá o mi mamá que me decía: “Andando, andando, que la Virgen te va ayudando…”
Más tarde las palabras adquirieron un color especial cuando se convirtieron en cuentos. A todos pedía cuentos. Recuerdo que Ramonita, una empleada que trabajaba en mi casa, me hacía los cuentos de Juan Bobo. Los escuchaba boquiabierta y, cuando terminaba uno, le pedía otro.
Mi mamá, que siempre estaba tan ocupada porque éramos muchos y muy corridos, me hacía cuentos para que me dejara desenredar el pelo sin quejarme. Se especializaba en el de Rizos de Oro, el del Rey Midas, el del Gato con botas y el de La Caperucita Roja. Al pensar en esos personajes casi puedo verme como me veía entonces en aquel enorme espejo ovalado, sentada en la banqueta frente al tocador de caoba de mi mamá: mi cabello casi dorado y muy fino, y con una cara de tragedia de actriz de telenovela merecedora de un premio.
Recuerdo a mi abuelo Pepe vestido de chaqueta gris, camisa blanca y corbata negra. Se especializaba en adivinanzas y trabalenguas y su cuento era una ceremonia. Me sentaba con él en su sillón de madera y pajilla y siempre me narraba lo mismo: el relato bíblico del Arca de Noé. Comenzaba diciéndome que cuando él era pequeño su abuelo le contaba esa historia mientras enrollaba tabaco. Y así me la contaba, imitando los movimientos de las manos de su abuelo. Todavía hoy, cuando lo recuerdo, puedo ver los ojos profundos y azules de mi abuelo Pepe, su sonrisa dulce y traviesa y aquellas manos arrugadas y temblorosas que enrollaban el tabaco imaginario sin detenerse hasta que terminaba el cuento. Siempre he contado esa historia de la misma manera, como un homenaje a él, recordándolo como pienso que él recordaría a su abuelo cuando me la contaba a mí y tal vez como mis hijos o mis nietos me recordarán a mí cuando se la cuenten a sus hijos, y ellos a los suyos. Así se repite la historia como un sueño y el pasado y el futuro se abrazan. No puedo imaginarme una serie de voces, de palabras, de miradas, de gestos más hermosa.
Mis narraciones preferidas, sin embargo, eran las que hoy llamaríamos “de testimonio”, y las especialistas en esos temas eran mi abuela Gina y una de mis tías. Mi abuela, que me contó cuentos hasta los 102 años, se sentaba por horas revisando y doblando ropa, zurciendo, pegando botones y arreglando ruedos para toda la familia con sus manos finas de dedos largos; las mismas que interpretaban al piano hermosas danzas y que regalaban suaves caricias. A mí me encantaba sentarme a su lado y ayudarla a emparejar las medias mientras ella me recompensaba cantándome canciones que había aprendido de su abuela y contándome historias de cuando era pequeña, de su vida en Vieques donde nació y vivió por unos años, y anécdotas de la niñez de mi mamá. Mi abuela vivió ciento dos años. Hace muy pocas semanas se acostó a dormir y ya no despertó más. Unos días antes la visité sin saber que sería última vez. Ese día me contó un sueño, me habló de una amiga desaparecida hace mucho tiempo y me cantó una canción dedicada a su “patria chica” que aprendió en la escuela y que nunca antes había oído. Me hace falta mi abuela. Me extraña ver su butaca vacía. Pero cuando cierro mis ojos puedo verla sonriéndome, cuando hago las cosas que ella me enseñó puedo ver sus manos en las mías y oigo su voz en mi voz cada vez que hago un cuento.
También me encantaban lo que hoy llamo los cuentos ambulantes de Titía, quien me llevaba a caminar por el Viejo San Juan y me contaba las leyendas de La Rogativa, El Santo Cristo y La Garita del Diablo. O me llevaba a la Iglesia San José, donde se casaron mis abuelos o a la calle donde vivió mi abuela María y me contaba historias fascinantes de otros tiempos en que yo todavía no estaba. Aún hoy, al pisar los adoquines de mi vieja ciudad y mirar sus muros y balcones, siento que su voz me habla en el recuerdo.
Esos relatos me ayudaron a conocer mi historia y mi familia. Me ubicaron en el mundo, en el tiempo, en la vida, y me invitaron a descubrirme. Fueron como cuentas de colores que van pasando de mano en mano a través de un hilo invisible y que van transmitiendo un amor que existe muchos años antes de que yo naciera.

Los adultos que me ayudaron a crecer llenaron mi niñez de ilusiones y fantasías, consejos y verdades, ideas y palabras, de pasado y futuro. Por las noches, después que mi papá rezaba conmigo, se aseguraba de que el mosquitero estaba bien puesto y apagaba la luz, yo besaba mis muñecas, cerraba los ojos y abriendo mi imaginación me contaba un cuento.
Las palabras de los cuentos de mi infancia huelen a talco y colonia y saben a sopitas de ajo, pan tostado, caramelos de leche y gofio. Esas palabras le dieron forma a mi alma y significado a mi vida. Todavía hoy puedo sentirlas como un abrazo que me une a mi pasado, como un talismán que hace más ancha mi sonrisa y menos amargas mis lágrimas.
Recuerdo cuando las palabras escritas en los libros eran misteriosos garabatitos negros que les decían cosas a los adultos que me leían. Por ellos supe que los libros hablaban y para saber lo que decían quise aprender a leer.
Ya tenían las palabras mucha importancia en mi vida, pero entonces adquirieron una dimensión especial porque ampliaron mi mundo. Un día mi madrina me llevó a la Biblioteca Carnegie y me hizo socia. Ése fue el día en que supe que nunca volvería a aburrirme. De vez en cuando mi abuelo Pepe me llevaba a la Librería Campos en el Viejo San Juan y me compraba el libro que más me gustaba. Otras veces me sorprendía comprándome un libro. Por una de esas sorpresas adquirieron las palabras una magia especial. Abuelo me regaló un libro de nanas, rondas y versos para niños. Así quedé atrapada en el ritmo, la musicalidad y la belleza de la poesía.
Me encantaban los romances y relatos en forma de versos. Me embelezaba la sonoridad de la rima y la musicalidad de la métrica al mismo tiempo que me interesaba y entretenía su trama. Recuerdo de esa época El burro enfermo, El romance del señor don gato, Las canciones de Natacha de Juana de Ibarbourou, los poemas de José Martí a los niños, especialmente La niña de Guatemala y Los zapaticos de rosa, Los Peregrinitos de Federico García Lorca y más que ninguno otro Flor de luz de Rubén Darío, que fue mi preferido y que aprendí de memoria de tanto leerlo por el gusto de repetir algo tan bello.
Recuerdo que el primer libro que me agarró, que me apasionó, fue uno que le habían regalado a una de mis tías (la de los cuentos ambulantes) cuando cumplió quince años. Era un libro en dos tomos, de hojas de seda muy finas y encuadernado en cuero. Parecía una Biblia. Se titulaba El diario de Margarita. Era una traducción del francés. Ya era un libro muy viejo cuando lo leí. De solo pensar en él vuelvo a sentir el olor de los libros de la biblioteca de mi abuelo. Contaba la historia de una familia que viaja de Francia a América. Durante ese verano iba todos los días a casa de mi abuelo a leer el libro. Mi abuelo, preocupado de que pasara tantas horas con los ojos pegados a sus páginas decía: “Georgina María, por favor, quita los ojos del libro por un ratito, que se te va a dañar la vista”. Ese libro me ha hecho buscar otro y otro y otro que me haga sentir ese mismo interés, ese impulso de no dejarlo, esa avidez por volver a él. Me imprimió para siempre ese deseo de volver a encontrar un libro que me cautive y me provoque de esa misma manera. Lo he encontrado muchas veces y lo sigo buscando.

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