El único y su propiedad” de Max Stirner






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El único y su propiedad” de Max Stirner

EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD

Max Stirner

NOTA EDITORIAL


Max Stirner, cuyo nombre verdadero era Johann Gaspar Schmidt, nació en 1806 en la ciudad alemana de Bayreuth. Cursaría estudios universitarios en las universidades de Erlangen y Königsberg. Profesionalmente se dedicaría a la docencia impartiendo clases en una escuela para muchachas y, paralelamente, trabajaría también como traductor. Perfeccionaría sus estudios asistiendo a los cursos impartidos por los grandes maestros de ese entonces como Hegel y Michelet.
A Stirner bien se le puede ubicar dentro de la corriente filosófica conocida con el nombre de los jóvenes hegelianos, corriente que pretendía enderezar a la filosofía hegeliana combatiendo al Estado prusiano y su principal sostén: el cristianismo.
En Berlín, Max Stirner participó en una agrupación conocida con el nombre de los libres, en la que también se encontraba Federico Engels.
La obra máxima de Stirner, El único y su propiedad, escrita en 1844, se inscribe en el conjunto de obras filosóficas de los jóvenes hegelianos, como lo fueron, La vida de Jesús de Strauss, La esencia del cristianismo, de Ludwig Feuerbach; y las dos obras del cerebro del grupo de los libres, Bruno Bauer, Crítica de los evangelios y El cristianismo descubierto.
La crítica desarrollada por Stirner del mundo fantasmagórico en el cual, según su opinión, transcurren nuestras vidas, es verdaderamente corrosiva. Analiza, demoliéndolas, una a una de las instituciones existentes. Su crítica es tremenda, no se anda, como comúnmente se dice, por las ramas, sino que va directo al punto haciendo gala de un realismo escalofriante.
La dureza de sus conceptos y el cinismo de sus argumentos deja helado al lector.
Ciertamente, obras como la que aquí presentamos necesitan ser leídas con calma y sobre todo, razonadas y comentadas con amigos, familiares o compañeros para que de su lectura se pueda extraer provecho, y sobre todo para prevenir cualquier posibilidad de que al lector se le vuele el coco, ya que, lo repetimos, este libro es bastante espeso, por lo que es sumamente importante ser crítico y reflexivo al abordarlo.
En nuestra opinión Max Stirner se constituye en el antecedente directo del controvertido y afamado filósofo alemán Federico Nietszche, y si bien es por muchos considerado como el padre de la corriente del anarquismo individualista, no concordamos del todo con tal apreciación. Y no concordamos porque si bien Stirner aporta elementos que posteriormente serán acogidos y digeridos en el seno del movimiento anarquista, definitivamente no toda su filosofía puede ser inscrita en la corriente ácrata.
La actualidad de esta obra, de cara a las sociedades contemporáneas, es verdaderamente sorprendente.
Esperamos que quien lea esta edición virtual, logre extraer todo el provecho posible y sobre todo, alcance a comprenderla en su justa dimensión.
Para finalizar, señalaremos que en el diseño de esta edición hemos resaltado algunos párrafos que consideramos importantes o interesantes, utilizando para ello letra roja.
Chantal López y Omar Cortés


INTRODUCCIÓN
YO HE BASADO MI CAUSA EN NADA


¿Qué causa es la que voy a defender? Ante todo, mi causa es la buena causa, luego la causa de Dios, de la Verdad, de la Libertad, de la Humanidad, de la Justicia; después, la de mi Príncipe, la de mi Pueblo, la de mi Patria; finalmente, será la del Espíritu, y otras mil causas... ¡Pero la causa que yo defiendo no es mi causa! ¡Abomino del egoísta que no piensa más que en sí!
Pero esos cuyos intereses son sagrados, esos por quienes debemos decidirnos y entusiasmarnos, ¿cómo entienden su causa? Veámoslo.
Vosotros que sabéis de Dios tantas y tan profundas cosas, vosotros que durante siglos habéis explorado las profundidades de la divinidad y habéis penetrado con vuestras miradas hasta el fondo de su corazón, vosotros ¿podéis decirme cómo entiende Dios la causa divina que estamos destinados a servir? Tampoco nos ocultáis los designios del Señor. ¿Qué quiere? ¿Cuál es su causa? ¿Ha abrazado, como a Nosotros se nos ha insinuado, una causa ajena, la causa de la Verdad y del Amor? Este absurdo os subleva y enseñáis que siendo Dios mismo todo Amor y toda Verdad, la causa de la Verdad y del Amor se confunden con la suya y le son consustanciales. Os repugna admitir que Dios pueda parecerse a miserables gusanos como Nosotros y hacer suya la causa ajena. Pero, ¿abrazaría Dios la causa de la Verdad, si no fuese Él mismo la Verdad? Dios no se ocupa más que de su causa, sólo Él es Todo en Todo, de suerte que todo es su causa. Pero nosotros, nosotros no somos Todo en Todo, y nuestra causa es bien mezquina, bien despreciable; así, debemos servir a una causa superior. Está claro; Dios no se preocupa más que de lo suyo, no se ocupa más que de sí mismo, no piensa más que en sí y sólo en sí pone sus miras. ¡Ay de todo aquel que contraríe sus designios! No sirve a nada superior y nada más se satisface a sí mismo. Su causa es una causa puramente egoísta.
Y la Humanidad, cuyos intereses debéis defender como nuestros, ¿qué causa defiende? ¿Su causa es la de algún otro? ¿No sirve a una causa superior? No, la Humanidad no se reconoce más que a sí misma, la Humanidad no tiene otro objeto que la Humanidad, su causa es ella misma. Con tal que ella se desarrolle, poco le importa que los individuos y los pueblos sucumban; saca de ellos lo que puede sacar, y cuando han cumplido la tarea que de ellos requería, los echa, en gratitud, a los vertederos de la Historia. ¿La causa que defiende la Humanidad no es puramente egoísta?
Inútil es proseguir y demostrar cómo cada una de esas causas, que desearían endosarnos, persiguen tan sólo su bien y no el nuestro. Pasad revista a las demás, y decid si la Verdad, la Libertad, la Justicia, etc., se preocupan de vosotros más que para reclamar vuestro entusiasmo y vuestros servicios. Que seáis servidores celosos, que le rindáis homenaje, es todo lo que os piden.
Mirad a un pueblo redimido por nobles patriotas; los patriotas caen en la batalla o revientan de hambre y de miseria; ¿qué dice el pueblo? ¡Abonado con sus cadáveres se hace floreciente! Mueren los individuos por la gran causa del pueblo, y el pueblo se limita a dedicarles alguna que otra lamentable frase de reconocimiento, guardándose para sí todo el provecho. ¡Esto se llama un egoísmo lucrativo!
Pues contemplad ahora a ese sultán que cuida tan tiernamente a los Suyos. ¿No es la imagen de la más pura abnegación y no es su vida un perpetuo sacrificio? ¡Sí, por los Suyos! ¿Quieres hacer una prueba? Muestra que no eres el Suyo, sino el Tuyo; rehúsate a su egoísmo y serás perseguido, encarcelado, atormentado. El sultán no ha basado su causa sobre nada más que sobre sí mismo; es Todo en Todo, es el Único y a nadie permite que no sea uno de los Suyos.
¿No os sugieren nada estos ejemplos? ¿No os invitan a pensar que el egoísta tiene razón? Yo, al menos, aprendo de ellos, y en vez de continuar sirviendo con desinterés a esos grandes egoístas, seré Yo mismo el egoísta.
Dios y la Humanidad no han basado su causa en Nada, en nada que no sea ellos mismos. Yo basaré, pues, mi causa en Mí; soy como Dios, la negación de todo lo demás, soy para mi Todo, soy el Único.
Si Dios y la Humanidad son poderosos con lo que poseen, hasta el punto de que para ellos mismos Todo está en Todo, Yo advierto que a mí me falta mucho menos todavía y que no tengo que quejarme de mi vacío.
Yo no soy Nada, en el sentido de vacío; pero soy la Nada creadora, la Nada de la que mi Yo creador lo crea Todo.
¡Mal haya, pues, toda causa que no sea entera y exclusivamente la Mía! Mi causa, pensaréis, debería ser, al menos, la buena causa. ¿Qué es lo bueno, qué es lo malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; ésas no son, para Mí, más que palabras.
Lo divino es la causa de Dios; lo humano, la causa del hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo Verdadero, ni lo Bueno, ni lo Justo, ni lo Libre, es lo mío, no es general, sino única, como Yo soy Único.
No admito nada por encima de mí.

PRIMERA PARTE
EL HOMBRE


El hombre es para el hombre el Ser Supremo, dice Feuerbach.
El hombre acaba de descubrirse, dice Bruno Bauer.
Examinemos con precisión este Ser Supremo y este reciente descubrimiento.


LA VIDA DE UN HOMBRE
Desde el instante en que despierta a la vida, el hombre procura desembarazarse y conquistarse a sí mismo en medio del caos en que se revuelve confuso junto a todos los Demás.
Pero el niño forcejea contra Todo con lo que entra en contacto, contra sus asaltos y afirma su existencia.
Por consiguiente, ya que todos se mantienen sobre sí mismos y, a su vez, entran constantemente en colisión con los demás, la lucha por la supremacía de sí mismo es inevitable. (...)
Vencer o ser vencido, no hay otra alternativa. El vencedor será el amo y el vencido será el esclavo: aquél gozará de la soberanía y de los derechos del señor; éste cumplirá con veneración y respeto sus deberes de súbdito.
Pero ambos son enemigos y no deponen las armas; cada uno de ellos acecha las debilidades del otro, los hijos las de los padres, los padres las de los hijos (por ejemplo, su miedo). O el palo es superior al hombre o el hombre es superior al palo.
He aquí el camino que desde la infancia nos conduce a la liberación: tratamos de penetrar en el fundamento de las cosas, o detrás de las cosas; para eso acechamos las debilidades de todos y en ello los niños tienen un instinto que no les engaña. Por ello nos complace romper lo que encontramos a mano, gustamos de escudriñar los rincones prohibidos, explorar todo lo que se oculta a nuestras miradas, ensayamos nuestras fuerzas en todo. Y, descubierto al fin el secreto, nos sentimos seguros de Nosotros. Si, por ejemplo, hemos llegado a convencernos de que la palmeta no puede nada contra Nuestra obstinación, no la tememos ya; hemos pasado de la edad de la férula. ¡Tras los azotes se levantan, más poderosos que ellos, Nuestra audacia y Nuestra obstinada libertad! Nos deslizamos dulcemente a través de todo lo inquietante, a través de la fuerza temida del látigo, a través del rostro severo de nuestro padre y detrás de todo descubrimos Nuestra Ataraxia, es decir, Nuestra imperturbabilidad, Nuestro arrojo y Nuestra oposición, Nuestro poder superior y Nuestra incoerción. Lo que nos inspiraba miedo y respeto, lejos de intimidarnos, nos alienta. Tras del rudo mandato de los superiores y de los padres, se levanta más obstinada nuestra voluntad, más artificiosa nuestra astucia. Cuando más nos sentimos a Nosotros mismos, más irrisorio nos parece lo que habíamos creído insuperable. Pero, ¿qué son nuestra destreza, audacia y valor, sino el Espíritu?
Durante largo tiempo escapamos a una lucha, que luego nos será fatigosa y triste, la lucha contra la razón. Lo mejor de la infancia pasa sin que tengamos que luchar contra la razón. Siquiera nos cuidamos de ella, no tenemos nada que ver con ella, rechazamos la razón. El convencimiento es entonces un absurdo: sordos a las buenas razones y a los argumentos sólidos, reaccionamos, por el contrario, vivamente bajo las caricias y los castigos.
Más tarde comienza el rudo combate contra la razón y con él se abre una nueva fase de nuestra vida. En la niñez, correteábamos sin cavilar demasiado. Con el Espíritu se revela por primera vez en Nosotros nuestro ser íntimo, la primera divinización de lo divino, es decir, lo inquietante, el fantasma, el poder superior. Nada se impone desde entonces a nuestro respeto, al sentimiento juvenil de nuestra fuerza, y el mundo pierde su crédito ante nuestros ojos, pues nos sentimos superiores a él, nos sentimos Espíritu.
Por vez primera comprendemos que hasta ahora Nosotros no habíamos visto el mundo con los ojos del Espíritu, tan sólo lo contemplábamos embobados. Ensayamos sobre las potencias de la naturaleza nuestras primeras fuerzas. Nuestros padres se nos imponen como potencias naturales, más tarde pensamos que se debería abandonar al padre y a la madre, para aniquilar todo poder natural. Ellos son superados. Para el hombre racional, es decir, para el Hombre Espiritual, no existe la familia como poder natural: renuncia a los padres, a los hermanos, etc. Si esos padres renacen posteriormente como potencias espirituales y racionales, esas potencias nuevas no son, en modo alguno, lo que eran en su origen.
Y el joven no supera sólo el yugo de los padres, sino el de los Hombres en general. Ellos no constituyen ya un obstáculo ante el cual es preciso detenerse, porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El nuevo punto de vista es celestial, y desde su altura, todo lo terrenal retrocede a una lejanía desdeñable.
De ahí que la orientación del joven se haya invertido completamente y su nueva actitud sea espiritual, en tanto que el niño, que no se sentía aún Espíritu, quedaba confinado a la comprensión no-espiritual. El joven no se aferra ya a las cosas, sino que procura aprehender los pensamientos que esas cosas encubren; así, por ejemplo, deja de acumular confusamente en su mente los hechos y las fechas de la historia, para penetrar el pensamiento que ella encierra. El niño, por el contrario, aunque comprenda bien el encadenamiento de los hechos, es incapaz de sacar de ellos Ideas, el Espíritu amontona los conocimientos que adquiere sin seguir un plan a priori, sin sujetarse a un método teórico, en resumen, sin perseguir Ideas.
Si en la niñez tenía que superar la resistencia de las leyes del mundo, en el presente, propóngase lo que quiera, choca con una objeción del Espíritu, de la Razón, de la propia Conciencia. ¡Eso no es razonable, no es cristiano, no es patriótico!, nos grita la conciencia; y nos abstenemos. No tememos el poder vengador de las Euménides, ni la cólera de Poseidón, ni a Dios en tanto que también comprende lo oculto, ni tememos el castigo paterno, sino la conciencia.
Somos, desde entonces, los servidores de nuestros pensamientos; obedecemos sus órdenes, como en otro tiempo las de los padres o las de los hombres. Son ellas (ideas, representaciones, creencias) las que reemplazan a los mandatos paternos y las que gobiernan nuestra vida.
De niños, pensábamos ya, sin embargo nuestros pensamientos no eran entonces incorporales, abstractos, absolutos, es decir, nada más que pensamientos, un cielo para sí, un mundo puro de pensamientos, pensamientos lógicos.
Por el contrario, nuestros pensamientos, eran pensamientos de las cosas, juzgábamos que una cosa determinada era de tal o cual naturaleza. Pensábamos, sí, Dios es quien ha creado este mundo que vemos; pero nuestro pensamiento no iba más lejos, no escrutábamos las profundidades mismas de la divinidad. Decíamos esto es lo verdadero de la cosa, pero sin indagar lo verdadero en sí, la verdad en sí, sin preguntarnos si Dios es la verdad. Poco nos importaban las profundidades de la divinidad, ni cuál fuese la verdad. Pilato no se detiene en cuestiones de pura lógica (o en otros términos, de pura teología) como ¿qué es la verdad? Y, sin embargo, llegada la ocasión, no vacila en distinguir lo que hay de verdadero y lo que hay de falso en un asunto, es decir, si tal cosa determinada es verdadera.
Todo pensamiento vinculado a un objeto no es todavía nada más que un pensamiento, un pensamiento absoluto.
No hay para el joven placer más vivo que descubrir y hacer suyo el pensamiento puro; la Verdad, la Libertad, la Humanidad, el Hombre, etc., esos astros brillantes que alumbran el mundo de las ideas, iluminan y exaltan las almas juveniles.

Pero una vez reconocido el Espíritu como esencial, aparece una diferencia: el Espíritu puede ser rico o pobre y nos esforzamos, por consiguiente, en hacernos ricos de Espíritu; el Espíritu quiere expandirse, fundar su reino, un reino que no es de este mundo, sino de mucho más allá; así aspira a devenir todo en todo, es decir, si bien soy un Espíritu, no soy un Espíritu perfecto y debo empezar por buscar ese Espíritu perfecto.
Con ello, yo, que apenas me había descubierto, reconociéndome Espíritu, me pierdo de nuevo, en el instante en que, penetrado de mi inanidad, me inclino ante el Espíritu perfecto, reconociendo que no está en mí, sino más allá de mí. Todo depende del Espíritu, pero ¿todo Espíritu es justo? El Espíritu justo y verdadero es el espíritu ideal, el Espíritu Santo. No es ni el Mío ni el Tuyo, es un Espíritu ideal, trascendente: es Dios, Dios es el espíritu. Y ese Padre celestial que está en el más allá, dará Espíritu a quienes lo pidan (San Lucas, XI, 13). El hombre ya maduro difiere del joven en que considera el mundo tal como es, sin ver por todas partes mal que corregir, entuertos que enderezar, y sin pretender modelarlo sobre su Ideal. En él se consolida la opinión de que uno debe obrar para con el mundo según su interés y no según su Ideal.
Mientras no se vea en sí más que el Espíritu y ponga todo el mérito en ser Espíritu (al Joven le es fácil arriesgar su vida, lo corporal, por Nada, por la necedad del agravio); únicamente se tienen pensamientos, ideas que se espera ver realizadas un día, cuando haya encontrado su camino, hallado una salida a su actividad. No se tienen, pues, más que Ideas, Pensamientos o Ideas inconsumadas.
Pero cuando se ama vivamente (lo que sucede ordinariamente en la edad madura) y se experimenta un placer de ser tal como uno es, con vivir su vida, se cesa de perseguir el ideal para apegarse a un interés personal, egoísta, es decir, a un interés que ya no busca sólo la satisfacción del Espíritu, sino el disfrute total, el goce de todo el individuo, el propio interés.
Comparad, pues, al hombre maduro con el hombre joven. ¿No os parece más duro, más egoísta, menos generoso? ¡Sin duda! ¿Es por eso más malo? No -diréis-, es que se ha hecho más positivo, más práctico. Lo fundamental es que resueltamente hace de sí el centro de todo, más que el joven, distraído en cosas ajenas a él, como Dios, la patria y otras.
De este modo, el hombre se descubre por segunda vez. El joven había advertido su espiritualidad para extraviarse de nuevo en la investigación del Espíritu universal y perfecto, del Espíritu Santo, del Hombre, de la Humanidad, en una palabra, en todos los Ideales. El hombre se recobra y vuelve a hallar su espíritu encarnado en él, hecho carne.
Un niño no pone en sus deseos ni ideas ni pensamientos; un joven no persigue más que intereses espirituales, los intereses del hombre, en cambio, son materiales, personales y egoístas.
Cuando el niño no tiene ningún objeto en qué ocuparse, se aburre, porque no sabe todavía ocuparse de sí mismo. El joven, al contrario, se cansa pronto de los objetos, porque de esos objetos salen para él pensamientos, y él, ante todo, se interesa por sus pensamientos, sus sueños, en lo que espiritualmente le ocupa: su espíritu está ocupado.
En todo lo que no es espiritual, el joven no ve más que futilidades. Si se le ocurre tomar en serio las más insignificantes niñerías (por ejemplo, las ceremonias de la vida universitaria), es porque se apoderan de su espíritu, es decir porque ve en ellas símbolos.
Yo Me he colocado detrás de las cosas y he descubierto mi Espíritu; igualmente, más tarde Me encuentro detrás de mis pensamientos y me siento su creador y su poseedor. En la edad del Espíritu, mis pensamientos proyectaban sombra sobre Mi cerebro, como el árbol sobre el suelo que le nutre; giraban a Mi entorno como ensueños de calenturiento, y me turbaban con su espantoso poder. Los pensamientos mismos habían adquirido corporeidad y se llamaban Dios, el Emperador, el Papa, la Patria, etcétera. Hoy destruyo su cuerpo, entro en posesión de Mis pensamientos, los hago Míos y digo: sólo yo poseo un cuerpo. No veo ya en el mundo más que lo que él es para Mí, es Mío, es mi propiedad. Yo lo refiero todo a Mí. No hace mucho era Espíritu y el mundo era a mis ojos digno sólo de mi desprecio; hoy soy Yo su propietario y rechazo esos Espíritus o esas Ideas cuya vanidad he medido. Todo eso no tiene sobre mí más poder que el que las potencias de la Tierra tienen sobre el espíritu. El niño era realista, embarazado por las cosas de este mundo, hasta que llegó poco a poco a penetrarlas. El joven es idealista, ocupado en sus pensamientos, hasta el día en que llega a ser hombre egoísta que no persigue a través de las cosas y de los pensamientos más que el gozo de su corazón y pone por encima de todo su interés personal. En cuanto al anciano... cuando yo lo sea... tendré tiempo de hablar de él.

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