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Capítulo 4. El humor de Don Quijote

 

Para componer historias y libros de cualquier suerte que sean, es menester un gran juizio y un maduro entendimiento; dezir gracias y escrivir donaires es de grandes ingenios.

III, 69, 5-9


     El humor del Quijote es el aspecto menos estudiado de la obra. Aunque unos cervantistas han mantenido con firmeza que los primeros lectores la percibieron como una obra cómica, y que tal era el deseo de Cervantes,1 ha habido poca discusión sobre lo que es o pretendía ser gracioso.2 Este olvido se explica sólo parcialmente por el hecho de que Don Quijote se ennoblece a medida que el libro avanza. Sus causas son numerosas.
     Una es que aunque se examinan muchos temas en Don Quijote, el humor no figura entre ellos. Con frecuencia se nos dice que se hace o dice algo gracioso, y los personajes ríen, pero aparte de calificar el pasaje humorístico de locura, necedad, disparate, o algún término similar, apenas hay análisis o discusión del humor en la obra. Hay tres explicaciones posibles de esta omisión. En primer lugar, es difícil hablar sobre el humor en presencia de los personajes a cuyas expensas se produce, y uno de estos personajes casi siempre está presente. En segundo, la creación de humor no era un tema importante ni polémico. Era la capa de azúcar o (en otra metáfora de la Siglo de Oro) el cebo usado para pescar al lector. Lo que podía o debía causar risa no era tan importante para Cervantes como los valores morales o la instrucción literaria que quería ofrecer a sus lectores. Finalmente, los personajes serios que discuten cuestiones importantes—los que no forman parte del vulgo—raramente son los que se ríen de Don Quijote (ni de Sancho). Le tratan con respeto, consideran que sus disparates son concertados (II, 376, 12-13), producto de un “boníssimo entendimiento”,3 y distinguen entre sus prudentes palabras y sus disparatadas acciones.4
     La falta de consideraciones sobre el humor en el libro—el que nos anime a reír pero no a meditar sobre nuestra risa—es sin duda una razón por la que los especialistas han eludido el tema del humor deDon Quijote. Otra razón es el prejuicio entre los eruditos contra el humor, que ni es moderno ni está limitado a los estudios hispánicos. (Se remonta a las figuras del payaso y del bufón, de baja condición social, y quizás a la pérdida, antes de la Edad Media, de las observaciones de Aristóteles sobre la comedia.) El humor, como señalan los estudiosos, es un tema difícil, y se considera poco provechoso.5 Los eruditos inevitablemente prefieren tratar de cuestiones serias.
     Un factor todavía más significativo que influye en el estudio del humor de Don Quijote es el cambio cultural. Los libros de humor, incluso todo tipo de humor verbal publicado, son cosa del pasado. Hoy se compra un libro para informarse, conmoverse, animarse o entretenerse, pero no para reír. No hace falta. En la actualidad el humor abunda. El periódico nos lo trae a la puerta todos los días. La televisión y las películas están llenas de humor, y parece que lo tratan mejor que las cuestiones serias—quizás porque son medios visuales. Los libros humorísticos que se publican hoy son recopilaciones de material publicado en otros medios; el autor de novelas cómicas, el P. G. Wodehouse, Evelyn Waugh, Jerome K. Jerome o Álvaro de Laiglesia ha desaparecido.
     El cambio cultural, sin embargo, ha afectado incluso la percepción del humor de una obra. El humor es especialmente propenso a debilitarse con el paso del tiempo. Está unido, quizás inevitablemente, a las circunstancias en que se creó, y cuanto más sofisticado es, también es más efímero. El humor superficial de la farsa es más o menos universal, así pues la escena nocturna en la posada (capítulo 16 de la Primera Parte) todavía se la considera divertida. Pero para comprender el humor que surge de lo que es incongruente y ridículo hay que saber lo que sería congruente y sensato.6 Si hay que explicar estas cosas, “no se entiende” el chiste y se pierde gran parte del humor.
     El mejor humor es, por tanto, perecedero, y es tan difícil para el especialista estudiarlo a varios siglos de distancia como para el lector apreciarlo. Sin embargo, si Don Quijote fue considerado durante mucho tiempo un libro cómico, si frecuentemente nos dice que contiene burlas y que Don Quijote y Sancho hacen reír a la gente hasta que revientan,7 su humor es un tema de estudio necesario.
     En el capítulo anterior dije que el humor de Tirante lo blanc había sido en parte el modelo del de Don Quijote, y señalé que los pasajes comentados sugieren que Cervantes creía que el humor surge del contraste entre lo que ocurre y lo que el lector piensa que sería lo adecuado. Sin embargo, Cervantes no habría considerado a Tirant como modelo fiable porque su humor, en su opinión, no era intencionado. Además, Cervantes se preocupaba menos por lo que se había hecho que por lo que podía o debía hacerse; en otras palabras, le interesaba la teoría, el “arte cómico” (Persiles, II, 19, 10). No se había escrito mucho sobre el humor, pero un teórico abarcó lo suficiente para incluirlo. La Philosophía antigua poética de López Pinciano no sólo proporciona un tratamiento sistemático, sino que es el único estudio del tema que es probable que Cervantes conociera.8 Además, el tratamiento del médico vallisoletano refuerza lo que Cervantes pudo haber tomado de Tirant.
     La risa, explica López Pinciano, se encuentra en dos cosas: “obras y palabras” (III, 33 y 43), en las cuales se encuentra “alguna fealdad y torpeza” (III, 43); “lo ridículo está en lo feo” (III, 33). Cervantes encarna esta teoría creando dos personajes físicamente poco atractivos y sin gracia, y hace que uno de ellos, Don Quijote, sea el representante de las acciones cómicas, y el otro, Sancho, el representante de las palabras cómicas. Aquél, cifra de todos los caballeros andantes,9 hace cosas divertidas porque está loco, y éste, cifra de los escuderos,10 dice cosas graciosas porque es simple.11 La división no está bien definida, pues en ocasiones ambos dicen cosas graciosas y hacen cosas disparatadas, y Don Quijote se vuelve menos loco y Sancho más juicioso.12 Pero esta distinción entre los dos, el uno hombre de acción, y el otro hombre de palabras, es frecuente en el texto. Así es “la locura del amo y la simplicidad del criado” (II, 56, 11-12; también III, 53, 21-23), “las locuras de don Quixote...[y] las sandezes de Sancho” (IV, 65, 3-4), “las locuras del señor [y] las necedades del criado” (III, 53, 30-31), “embista don Quixote, y hable Sancho Pança” (III, 74, 32-75, 1), y en una descripción del libro en su conjunto, “las hazañas de don Quixote y donaires de Sancho”.13
     Según López Pinciano, es difícil definir el humor; “la risa es risa” (III, 32), y sus causas son numerosas (III, 32 y 33). La división entre “obras y palabras” es en realidad sólo la forma en que están divididas “las más cosas del mundo” (III, 33). Sin embargo, finalmente concluye que “lo principal de lo ridículo...consiste en palabras” (III, 45), y eso bien puede ser un motivo por el que el humor verbal, y el papel de Sancho, son cada vez más importantes en Don Quijote: “muchas gracias no se pueden dezir con pocas palabras” (III, 374, 21-22) es el comentario del duque sobre la locuacidad de Sancho. La evolución de Sancho también se explica por la importancia que López Pinciano concede a los simples, puesto que son “unos personajes que suelen más deleytar que quantos salen a las comedias” (III, 59). “Es la persona más apta para la comedia de todas las demás” (III, 60), pues con semejante personaje puede incluirse todo tipo de discurso ridículo.
     Podríamos continuar con este análisis de los comentarios de López Pinciano sobre el humor, señalando la presencia en Don Quijote de ejemplos de los tipos de humor que menciona, como las etimologías,14 preguntas y respuestas,15 y suspiros.16 Pero creo se puede llegar a una conclusión: Don Quijote refleja el pensamiento de López Pinciano sobre el humor. El origen de su humor es, por tanto, “lo feo”, y esto require el conocimiento de lo atractivo para su entendimiento.17
     Más que analizar el humor de Don Quijote en términos de recursos específicos como donaires y disparates, intentaré explicar los cambios culturales y literarios desde la época de Cervantes, y presentarDon Quijote como Cervantes quería que se viera: un libro de caballerías burlesco. Desde esta perspectiva podemos entender que los joviales dijeran “vengan más quixotadas” (III, 74, 32), que Felipe III comentara, al oír a alguien riendo ruidosamente, “aquel estudiante, o está fuera de sí, o lee la historia de Don Quijote”18 y que Tomás Tamayo de Vargas describiera a Cervantes como el autor más festivo de España.19 Me centraré en el protagonista Don Quijote porque es más problemático, dando menos importancia al humor de Sancho, que ha sido más estudiado.20
     El protagonista de un libro de caballerías era siempre joven, apuesto y fuerte. Don Quijote es viejo y feo (I, 50, 1-3; II, 150, 15-16); monta un caballo que no sólo es viejo sino que “parecía de leño” (II, 290, 6).21 Su casco, medio hecho de cartón (I, 53, 29-30), está sujeto por cintas, y tiene que beber con una paja cuando el nudo no puede deshacerse.22 Más que de ser hábil con la espada, se precia de saber hacer jaulas y palillos de dientes.23 En lugar de un rey o un emperador, un ventero le arma caballero, y una prostituta,24 no una virgen, le ciñe la espada.
     Alonso Quijano cree neciamente que basta escoger nombres nuevos para él y su caballo, su dama y sus amigos para convertirse en caballero25 o pastor.26 Sin embargo, el nombre que escoge, Don Quijote de la Mancha, es poco digno. El título de “don”, que no le corresponde, es pretencioso,27 y “Quijote” utiliza un sufijo despreciativo y cómico.28 La parte final de su nombre, sin embargo, es la más cómica.
     Los caballeros andantes literarios eran de reinos extranjeros, cercanos (Inglaterra, Gales), o exóticos (Tracia, Hircania). Viajaban por pintorescas partes del mundo, como China, África del norte y Asia. A menudo visitaban países como Inglaterra y Grecia que durante lar go tiempo se asociaron con la literatura caballeresca. Como se ha dicho en el capítulo 2, Cervantes consideraba que España era un escenario muy apropiado para un libro de caballerías, pero Don Quijote es de una de las regiones menos atractivas, y viaja por ella: la árida y poco poblada llanura de La Mancha, que da origen a su nombre. “La Mancha” es un chiste constante en Don Quijote; de ahí las referencias a sus “anales” (I, 60, 3), “archivos” (I, 32, 13; II, 402, 5) e “ingenios” (I, 126, 13), que se reúnen en la academia ridículamente denominada “de la Argamasilla”,29 “lugar de la Mancha” (II, 402, 15-16). Don Quijote es famoso “no sólo en España, pero en toda la Mancha” (II, 54, 22), y Dulcinea debe de ser “la más bella criatura del orbe, y aun de toda la Mancha” (III, 398, 7-9; véase también III, 159, 10-14). Una mancha era, naturalmente, algo que un caballero debía evitar a toda costa.
     Los caballeros andantes de los libros de caballerías iban acompañados de respetuosos jóvenes aspirantes o admiradores de la caballería. Don Quijote escoge, como “muy a propósito para el oficio escuderil de la cavallería” (I, 77, 15-16), un campesino de mediana edad, infeliz en su matrimonio,30 cómicamente montado en un asno,31 quien al principio no es más que un glotón gordo, locuaz, codicioso, estúpido e ignorante.
     El concepto que tenía Don Quijote de la caballería es una deformación de la ya distorsionada caballería andante de los libros de caballerías. Las hazañas son un paso hacia un fin amoroso; quiere ser útil, pero especialmente a las mujeres; la caballería, en resumen, significa para él servir a las damas.32 Este parecer, que es ahora el estereotipo de la caballería, ha llegado a la cultura moderna por medio de Don Quijote.33 Ningún tratado de caballería—no existen tratados de caballería andante—respalda esta interpretación,34 ni tampoco refleja adecuadamente los libros de caballerías españoles.35
     Las mujeres que más quiere servir, y por quienes quiere ser servido, son doncellas (vírgenes). Don Quijote está fascinado por la lascivia de algunos libros de caballerías que, especialmente los de su favorito Silva,36 están llenos de doncellas que desvisten al caballero (IV, 68, 16-31), lo bañan desnudo (II, 372, 25-26) y se entregan a él “rendida[s] a todo su talante y voluntad” (II, 316, 21-22; también II, 389, 25-26). (El canónigo criticó la ligereza de las mujeres como un ejemplo de la falta de verosimilitud de los libros de caballerías [II, 342, 4-7], y ya he citado—pág. 94—el pasaje en que los ataca por ser “en los amores, lascivo[s]”.) Don Quijote introduce en el romance de Lanzarote, que para él es una historia lasciva (I, 167, 28-168, 8) y una de sus favoritas, una referencia gratuita a las doncellas que sirven al caballero,37 y en su descripción de la Edad de Oro, el elemento más importante es que las doncellas “andavan...por donde quiera” (I, 149, 12-14). Cuando realmente cree, “de todo en todo”, que es un caballero andante (III, 377, 11-15) es cuando las doncellas le sirven en el palacio ducal.38 Es la realización de sus sueños, que sólo había podido satisfacer imaginando que unas rameras eran doncellas (I, 61, 25-30). En su fantasía sobre la vida de caballero que cuenta a Sancho, el centro de atención está en la hija del rey, una doncella (I, 291, 2); en la historia que cuenta al canónigo las únicas personas que encuentra el caballero son doncellas, que le reciben, le sirven y se sientan junto a él. Y todas son hermosas (II, 370, 22-373, 24). No es extraño que Don Quijote parezca irritarse por su compromiso con Dulcinea que él mismo se ha impuesto.39
     Podría decirse en defensa de Don Quijote que mientras su autor favorito es el lascivo Silva, su caballero favorito y guía de su conducta es el relativamente casto Amadís.40 Sin embargo, demuestra todavía más el mal uso que hace de los libros de caballerías al no tener en cuenta que, aunque tarde, Amadís se casa—Esplandián es su “hijo legítimo” (I, 96, 25)—y renegando del matrimonio como fin.41 Pronto olvida la profecía burlesca del barbero, que Don Quijote y Dulcinea se casarán y tendrán hijos (II, 327, 14-27).
     Don Quijote parodia aún más el amor de los libros de caballerías porque no utiliza ningún criterio en su servicio a las mujeres. No le importa a qué clase de mujer sirve; el caballero, según Don Quijote, debe servir a todas las mujeres, “qualesquiera que sean” (I, 349, 18).42 Ni tampoco es necesario que las mujeres le pidan ayuda, como hacen Micomicona y la condesa Trifaldi. Impondrá su ayuda a quienes no la necesitan, como la “princesa” del capítulo 8 de la Primera Parte; después de impedir que los cabreros sigan a Marcela, que no quiere saber nada de los hombres, la sigue él.43
     Don Quijote también desfigura los libros de caballerías cuando dice que era “forçoso” para un caballero tener a una dama;44 para que nos demos cuenta de su error, en el mismo libro se lo señala.45 Es verdad que todos los 
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