Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles






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títuloHistoria de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles
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hot dogs y dulce de higos; niños descalzos y harapientos juegan chapoteando en los pequeños charcos y perros esqueléticos husmean en los basureros. Aquí fue antaño –recuerda Montesdeoca- parque de prados verdes a donde concurrían las parejas de enamorados en los crepúsculos de agosto, llenos de arreboles e invitación a las caricias y los besos. Más arriba jugamos en la Laguna del Talar, evoca –así llamamos, sin saber por qué, a la cocha que se formaba con la lluvia y a donde lanzábamos barcos de papel-. Fueron también aquí los combates de las pequeñas pandillas, marcando territorio para excluir a los intrusos de otros barrios. Y aquí transcurrieron las primeras refriegas con los policías y con el grupo de los criollos camisas pardas del fascismo aún vigente, en el debut de las protestas y los primeros sueños de las utopías. Sonríe con un gesto dulzón, pero está a punto de llorar. Tanta es la nostalgia.
Llegados al decano cementerio de la vieja ciudad y de su historia, y de las pobrezas vigentes, cae un violento aguacero. Empieza a llenarse de agua lluvia el hueco cavado que ha de alojar al difunto. Hay que apurar la operación vaciando el lodo para que quepa el ataúd. Y Montesdeoca, empapado, reflexiona que la tierra, siempre, debe ser el lugar a donde vuelvan los despojos a nutrirla. Nada de cremaciones –se dice- esa novelería recién importada, a la que adhieren los pudientes, los nuevos ricos por supuesto y los aprendices de burgueses. No hay sepulturero oficial –“se lo anticipamos, padre”- y los pocos acompañantes del cortejo, con lluvia y todo, han de empuñar las palas para tapar el hueco a donde descendió la humilde caja de madera. Lo hacen a toda prisa, para escapar del aguacero, para terminar de una vez con la triste faena. La mujer, que ha parado de llorar, deposita sobre el precario ataúd la gorra del finado y, luego, la última flor –tomada de un nicho contiguo- sobre la tumba: ofrenda de su postrera ternura.
Se ha sellado el sepulcro con la plancha rústica de cemento. Abrazos a la viuda. Y ahora retoman los pasos por la empinada calle de piedras de río. La viuda, la vecina –única que acompañó al traslado- y los dos borrachines se despiden del padre Antonio y de Montesdeoca. Van a “El Descanso”, la cantina donde comerán caucara con tortillas y beberán aguardiente, más aguardiente, para ahogar las penas.
El padre Antonio y Montesdeoca –que rechazaron cortésmente la invitación de los deudos- se guarecen bajo un alero hasta que desde el interior de un automóvil les hacen señas para que se embarquen. Sin ver claramente de quién se trata, al subir se percatan de que es el doctor Ágreda, deportivo profesor de Biología del colegio, que cayó como enviado del Cielo. El vehículo se pone en marcha y salpica de agua lodo a los transeúntes de las aceras. Reclamos airados, insultantes de los agredidos, y el conductor, medio en broma medio en serio, exclama: ¡Para qué son pobres, pues! –justificando a su modo la legitimidad de su abuso y prepotencia. A Montesdeoca le vienen impulsos de bajarse. El padre Antonio, que advierte su malestar, le insinúa, con señas, quedarse. Ya comentarán la mierda, una mierda más de las de estos últimos días.


7
El padre Antonio recobra la alegría, menguada tras los sucesos. Es lunes y está fresco de cuerpo y mente en su sobria oficina del rectorado. Hay cascadas de luz atravesando las ventanas, que abonan a una alegría espontánea, rebosante. Va a llevarse a cabo el “minuto cívico”, consuetudinaria ceremonia previa al comienzo de las labores semanales, cuando en el patio del plantel los estudiantes canten el Himno Nacional mientras se ice la bandera. Y habrá el discurso del Edmundo, profesor de ciencias sociales, arengando por los valores olvidados, esos de amor a la Patria y de veneración a los próceres y a los constructores de la Nación en ciernes. Así ocurre. El padre Antonio ha bajado al patio de la ceremonia, a presidirla, y celebra que el maestro, más allá de los simples elogios a los “héroes de bronce”, convoque a la lucha en defensa de los desheredados. “La Historia no sirve –ha dicho- si no es para dar continuidad a la construcción de una sociedad más justa”. Pero hay más: Montesdeoca toma la palabra para contar a los alumnos que Nicaragua, tras la revolución triunfante contra la larga y sangrienta satrapía, está empeñada en alfabetizar a los miles de ciudadanos –hombres y mujeres- que se quedaron sin escuela. Para ello hay que aportar con un lápiz, un cuaderno y, si es posible, más. Es campaña solidaria, les dice, que recorre la América de los tercermundistas. Aplausos de los chiquillos. Y manos a la obra.

El padre Antonio, que ve con simpatía el gesto y el valor del maestro, no deja de pensar en las agruras que habrán de producirse en el cura Ribadeneira y sus aliados. Y en las acciones que de seguro tomarán. Porque si algo le caracteriza a Ribadeneira es su ejecutividad. Astuto, ladino, sobre todo ejecutivo.

Contento al pensar que los guambras, con las debidas excepciones, recogerán tantos lápices y cuadernos como puedan. “Y si Ribadeneira se indigna, si dice que estoy comprometiendo el prestigio del plantel, de la propia Orden, ante el gobierno militar, allá él. Estoy harto de su prepotencia, de su pusilanimidad y servilismo”.
El doctor Manolo Gangotena, profesor de Química de los cursos superiores, escucha los discursos de Edmundo, del profesor Montesdeoca y las palabras finales del propio padre Antonio, que llama a los chiquillos al “acolite”. Luego, los aplausos y vivas de los estudiantes. Y se dice que esto no va bien. El colegio, al que algunos de los sacerdotes quieren elevarle de categoría, que acoja a elementos de buenas familias, que no se admitan hijos bastardos, de parejas amancebadas, va de mal en peor. “Es cierto lo que dice el padre Anselmo, reflexiona el doctor Manolo, el cura Jaramillo es rojillo, es revoltoso, comunista, cuando nada masón; y no acata los mandatos de la jerarquía de la iglesia, los mandatos del Santo Padre desde el Vaticano. Es que no entiende los dogmas de la Santa Madre Iglesia, la infalibilidad del papa. Comunicaré al padre Ribadeneira las novedades”.
Caminando con un andar entre bizarro y coquetón, mirando a lado y lado, se va complacido de saber que tiene el día libre, pues la campaña de apoyo a la obra alfabetizadora de Nicaragua comienza hoy mismo, dichoso de tener tiempo para su tarea cotidiana, inconfesable y clandestina, que la ejecuta a la hora que sea, aun a la media noche. Se embarca en su automóvil y se dirige a su farmacia, pues Gangotena es boticario próspero, sabio para los negocios, diestro comprador de fármacos de contrabando, aun aquellos que él sabe falsificados, placebos peligrosos, si no tóxicos.

Cruza media ciudad hasta la zona de El Camal, estaciona al vehículo, sale de él tarareando un himno a la Virgen, se coloca en cuclillas para abrir los macizos candados que aseguran las pesadas cortinas metálicas del establecimiento, torna a cerrar la puerta desde dentro y se dirige a la trastienda. Allí prepara los efectos para su solitaria manía: contempla el altar en el que mora una Virgen del Rosario, están el cáliz y unas hostias compradas en el convento de las monjas conceptas. Todo sobre pulcro y almidonado mantel blanco. A los costados, ramos de azucenas en sendos floreros de bronce brillante. Ahora, Gangotena se acicala sus paramentos: el amito, velo blanco que pasa sobre la cabeza y con el que cubre los hombros. El alba, túnica blanca también, larga y que desciende hasta los pies. Se ajusta el cíngulo, cuerda con la que ciñe el alba en torno a la cintura. Toma el manipulo, paño que se coloca sobre el brazo izquierdo. Luego la estola en torno del cuello y la cruza sobre su pecho. Finalmente la casulla, manto que se pone por encima de todo lo demás. Sonríe, satisfecho del manejo riguroso de la parafernalia.
Se arrodilla, se persigna, hace una genuflexión ante el copón y comienza, en su soledad, la misa que nunca llegó a celebrar en la iglesia real. Gangotena fue seminarista. Loco por alcanzar el sacerdocio, le fue imposible lograr su anhelada meta. El Rector del Seminario, severo y terminante, le dijo: Manolo, no sirves para sacerdote, no entiendes la Filosofía, menos la Teología. Te lo he dicho más de una vez, dedícate más bien a la Química. Por ahí puede estar tu camino, si es ésa la voluntad de Dios. Al Señor es posible servirle desde cualquier lugar y con cualquier oficio. Por lo demás, Manolo, me contaron de tus desvíos sexuales. Feos y todo, no son raros entre nosotros. No te reprocho por ello. Mas, no has sabido guardarlos en reserva. Vuelve al estado laico y que Dios te bendiga.
En sus solitarias misas cuotidianas, el doctor Manolo Gangotena evoca, invariablemente, ese pasado más o menos reciente, cuyo recuerdo le repugna, le tortura, pero que le asalta sin remedio. Y no se resigna. Tiene metido entre ceja y ceja que será sacerdote, aunque no encuentra la fórmula para lograrlo: está casado, es padre de dos hijos y sabe perfectamente que no hay dispensas posibles para empatar sacerdocio católico –demandado de celibato- y matrimonio con mujer y vástagos. Vástagos que crecen, comen, se visten, van a la escuela, y se enferman. Vástagos y mujer que nunca podrán vivir en el convento –ningún caso en la historia de las comunidades de la iglesia lo contradice- Y el doctor Manolo ignora, más bien pretende ignorar, que eso ocurre desde cuando el papa Gregorio VII, allá por el 1123, impuso el celibato a quienes quisieran oficiar de sacerdotes. Ignora o pretende ignorar que esa extraña medida no tenía connotaciones teológicas, eran motivaciones puramente económicas. De ese modo, la iglesia contaba con que los bienes terrenales, en lugar de garantizar que los descendientes asegurasen su futuro, heredando, quedaban para la obra evangelizadora de la Santa Madre Iglesia. Ignora, o pretende ignorar, que el Vaticano acumuló, así, inconmensurables riquezas. A veces a sangre y fuego, a veces utilizando el fuego de la pasión de unas fieles generosas, no pocas invocando la fe de unas ancianas millonarias dispuestas a comprar cara la franquicia al Cielo- . Otra cosa es el cura de parroquia. Él vive, sin problema, incluso amancebado con quien llama sobrina o lo que sea. Pero no es esa la aspiración del doctor Manolo.

Terminado el extraño –por solitario y espurio- oficio religioso, que incluyó cánticos a todo pecho, la hostia elevada sobre su cabeza y engullida luego, el vino bendecido por él mismo y que lo bebe recordando la sangre que Jesús vertió por los pecadores, y con la mirada al infinito, llora en su soledad desconsoladamente. Al final, gimoteando aún, se suena los mocos, se recompone, se despoja de las vestiduras sacerdotales y retorna al oficio de boticario, en que atiende a los clientes con solicitud y esmero. Más tarde volverá al hogar, a soportar a la esposa sufridora y sumisa, a los rostros de expresión hierática, a que les acostumbró, o medio asustados, de los hijos.

8
Han pasado ocho días desde ese Viernes Santo en que la Encarna, tía de mierda, me sermoneó por ponerle en el sitio al cura ese que trató de humillarme con su silencio –se dice el coronel Sandoval. Y está encontrando la oportunidad para tomar desquite- “Porque yo no me ando con perdones cojudos. Eso está bien para las mujeres y los débiles de carácter”.
La Esther, su flacucha y medio jorobada consorte le habló del bautizo del nietito, que ya está en dos años y sin bautismo. “Qué fuera que el Señor se lo lleve, Dios no quiera, almita que iría a parar en el limbo”, dice lastimera. Sandoval le dice que va a pedirle al Padre Ribadeneira fijar la fecha para el mentado bautizo. “Nada con ese cura comunista. Y sabes bien a quien me refiero, de hoy en adelante”, le advierte a su mujer.

-No te vayas a meter a confesarte con él, porque ya sabes lo que pasa si me desobedeces.

-Qués fs, Rafael, replica ella, ¿cuándo te he desobedecido?
El coronel Rafael Sandoval se frota vigorosamente la toalla sobre el torso desnudo, pecho y espalda, se la ciñe de la cintura para abajo, va al espejo, se cepilla el cabello corto al estilo militar, rasura cuidadosamente la barba poblada, se coloca timolina en la herida que, de todos modos, le hizo lanzar un carajazo cuando se afeitaba y pone fin a la operación, echándose una crema de cara muy olorosa y harto refrescante. Se solaza en la contemplación de su abundante pelo en el pecho, y confirma, con ese signo adicional, su condición de macho, “bien macho” dice para sí, engordando su orgullo.

Se acicala con flamante terno gris a rayas, camisa blanca impecable y corbata color vino, bebe un vaso de jugo, tres sorbos de café, sin dar oídos a su mujer que le pide comer el pan con queso, los huevos con tocino, tan solícitamente preparados. Toma el arma inseparable y el sombrero y diciendo apenas chao, da media vuelta dejándola con el ceño fruncido más de pena que de enojo. Treinta años de la misma vida. Él siempre erguido y marcial, ella día a día encorvando la espalda y arrugando el rostro amargo.
Va al garaje, gran putea por la dificultad de arrancar el motor del vehículo, abre la puerta automática con su control remoto. Sale del garaje y tras cerrarlo, se detiene a contemplar el viejo chalet de corte mudéjar que aún sobrevive en el que fuera barrio residencial exclusivo hacia los años treinta –la Mariscal le nombran- orgulloso de su buen gusto. Y luego parte, raudo, a cumplir el itinerario trazado de antemano.
El coronel Sandoval fue de Inteligencia Militar antes de su retiro, algo prematuro, de las Fuerzas Armadas. Lo hizo porque, pese a sus méritos castrenses, no fue calificado para su ascenso a general. La causa: se le conoce más de una amante, lo cual es imperdonable. No por tenerlas, sino por la tontera de la indiscreción, lenguaraz como es durante las libaciones. Pero hoy que lo necesitan, ha vuelto a prestar sus servicios –ad honorem, les aclara a cuantos le preguntan- cuando se trata de descubrir a los conspiradores y poner fin al contubernio “castro – comunista”, como han dado en llamar a los proyectos políticos de una izquierda medio inteligente, medio boba, medio heroica. Por eso, se dirige a la oficina de investigaciones políticas, entidad ad hoc creada por el gobierno militar, en la que funge de asesor.

-Pase mi coronel. Aquí estamos investigando a un sospechoso, parece recién llegado de Cuba aunque en su pasaporte hay más bien visa de Suecia. Le encontramos literatura comunista, fotos del Che Guevara. -¿Y cómo saben que viene de la isla? Interroga Sandoval. -Es que tenemos informantes dentro del mismo Partido Comunista, mi coronel.

Sandoval se despoja de su chaqueta, la coloca en el respaldo de la silla, queda al descubierto su enorme pistola Smith & Wesson ceñida al cinto, y pide que le dejen solo con el acusado. Sale el previo investigador de la habitación contigua y entra Sandoval. Al cabo de un momento, se escuchan quejidos, preguntas a voz en cuello del coronel y, finalmente, gritos desgarradores. Sale, sudoroso e indignado, despojándose de los guantes que usó: -¡este hijo de perra no suelta palabra! Volveré mañana.
Su agenda, ahora, le conduce al convento. Se hace anunciar en la portería y le informan que el padre prior ordena hacerle pasar de inmediato.

-Qué gusto, mi coronel, ¿en qué puedo servirle?

-El gusto es mío, reverendo padre.

Ríen a carcajadas y Ribadeneira, tras palmotearle en la espalda, le invita a tomar asiento -Una copita de cinzano y “estoy a tus órdenes”.

-Tres cosas, mi querido Anselmo: uno, que quiero que bautices a mi nieto. La vieja de la Esther me fastidia todos los días con eso de que está ya pasándose. No quiero esperar un día más. Segundo, te cuento que tuve un altercado con el cura Jaramillo en casa de mi tía Encarna, el Viernes Santo. -Y le relata con pormenores los sucesos- ¿Cómo es que le aguantan en una comunidad tan antigua y tan seria? Tercero, por preguntarte qué mismo hay del proyecto de ese santo para llevarlo a Europa. Verás que viajo a España, con pasaporte diplomático –enfatiza-, el martes próximo.

-Respecto del bautizo, convendrás, pues es obvio –le responde Ribadeneira- que quedará para tu regreso de España. Sobre el cura Jaramillo tenemos que hablar largamente. Entenderás que no es tan fácil. El ostenta la condición de Provincial que, como te he explicado, significa que manda a los sacerdotes de la Orden en todo el país. Ya diseñaremos las acciones más adecuadas para neutralizarle. Finalmente, pero tómate otra copita –y le ceba la copa vacía- si te vas el martes hasta el mediodía, tienes que llevarte mañana mismo el bulto. Lo tengo debidamente embalado. Manda a un soldado a retirarlo, mañana por la noche. Que entre por el patio de atrás, por la otra calle. El portero ya estará prevenido.

-¿Y hablando en oro?- consulta Sandoval.

-El precio mínimo es veinte mil dólares- responde el cura- No es nada excesivo. Puedes hacerle tasar con cualquier experto. Ya sabes, el treinta por ciento es tuyo, y si lo vendes en más, también es tuya la diferencia. Eso ya depende de tu habilidad y tus contactos.

Sandoval le expresa su conformidad y le comunica que ha puesto un detective para seguir los pasos del padre Antonio y, de paso, también “del maistro comunista ese con el que anda de arriba para abajo”.

-Brindemos por el éxito del negocio –invita Ribadeneira al tiempo que hace chocar su copa con la del militar.

Nuevos palmoteos en la espalda, intercambio de risas cómplices. Y chao, nos vemos la próxima semana.

9
Ningún revuelo en el Convento. No es la primera vez que desaparecen piezas valiosas de la imaginería. Sólo el Padre Antonio lleva las cuentas de cuántas se han perdido. La mayoría de curas, ocupados en menesteres diversos, ni idea tienen de su valor artístico, simbólico, histórico y por supuesto económico. Cada vez que averigua por lo desaparecido, las indagaciones quedan en nada. Nadie da razón alguna. Menos aún el padre Anselmo Ribadeneira, cuyas múltiples ocupaciones en el priorato le impiden atender minucias. Y el museo, aquel proyecto del Padre Antonio por convertirle en un espacio ordenado con criterio estético y funcional, abierto al público para el disfrute, permanece en eso: en proyecto. Ni el prior ni el ecónomo se dan tiempo para llevarlo a efecto. No hay inventario de lo existente y las piezas siguen dispersas, incluso en la cocina abandonada, en el antiguo baño, llena la enorme tina de porcelana con iconos y libros.
Por eso, cansado de la rutina y con una suerte de despecho, el padre Antonio va a su celda, se desploma en la cama, lee un poco, se vuelve a incorporar, observa desde su ventana el trajinar intenso de la plaza y divisa a una pareja conversar animadamente: Pese a la oscuridad de la noche les identifica: son el padre Ribadeneira y el doctor Gangotena que, inadvertidamente, señala de modo insistente la habitación del padre Antonio. “Complotan –se dice, entonces, -no sé para qué más”. Durante la noche, en horas avanzadas y ganado del cansancio, ve, extrañamente, pasar tras los vitrales multicolores del Altar Mayor al San Ignacio de brazo mutilado, una lágrima rodando por la mejilla pálida; ve al Cristo de Caspicara despidiéndose con una expresión de triste abandono; a un profeta de Goríbar, majestuoso, solemne en su dignidad, dejarse llevar al destino incierto de sus secuestradores; a una virgen de Legarda, alejarse con expresión de desconsuelo. Y ve a los secuestradores, sonrisa medio diabólica, frotándose las manos, arrumar a empellones a los iconos, ahora animados, en el balde de enorme camión y desaparecer en medio de la bruma hacia un túnel oscuro. Los rostros de los secuestradores lucen difusos, sus cabezas van ora cubiertas con capucha sacerdotal ora descubiertas, y hacen muecas burlonas. Despierta sobresaltado y decide que ha de dirigir en persona el rescate de lo que queda. Al día siguiente, arma un equipo, con el Giovanni a la cabeza, y comienza el recorrido por todos los espacios de la iglesia, del convento, del colegio.

Trabajosa tarea en la que colaboran los chiquillos estudiantes, algunos maestros voluntarios y la mujer del Giovanni que en medio de su aparente ingenuidad e ignorancia, entiende claramente el sentido de la labor emprendida por el jefe.
El doctor Manolo Gangotena observa a prudente distancia, como siempre, lo que acontece. Y se pregunta si habrá también que comunicar la novedad al padre Anselmo. En todo caso, resuelve pasarle el cuento al nuevo lego, ese venido recientemente de una provincia oriental, y al que le encontró confiable a primera vista. Alberto es su nombre y él, de su lado, se identifica súbitamente con el doctor Manolo, por eso de que almas afines –que no gemelas- sintonizan sin esfuerzo.
Los dos, tal si hubiesen sido amigos de la infancia, van cogidos de la mano, inadvertidos en medio del ajetreo, se dirigen a la oficina del prior y le cuentan, a guisa de chisme, el aparato montado por el Provincial. Ribadeneira expresa su asombro porque no haya contado con él y con otros frailes para el efecto. Y repite que el padre Antonio está loco. “Anda con la novelería de organizar un museo para el público –les dice- como si la chusma va a interesarse por las cosas del arte religioso y su grandeza, por las cosas del espíritu. Yo mismo me encargaré, no se preocupen, cuando llegue la hora, de la obra. Pero ha de ser para la gente culta, para la gente bien”. En sus adentros, el padre Anselmo se siente un tanto estúpido por no haber tomado la iniciativa. Pero ahora ya es tarde para íntimas lamentaciones.

10
Montesdeoca percibe, en su trayecto del colegio a la universidad, de la universidad al café, del cafetín al local partidario, del viejo local partidario a su casa, una sombra tras suyo a la que no identifica. Presume que le persiguen y comienza a sentir la necesidad de adoptar medidas cautelares. Así se lo dice a Magdalena –la Maga, como apoda amorosamente a su mujer, evocando al personaje poético de la Rayuela de Cortázar- Ella, solidaria y tierna siempre, le invita a descansar, a comerse una sopa bien caliente, a meterse bajo las cobijas, a relajarse y a pensar con calma. “Me olvidaba –le dice ella- te llamó el licenciado Cárdenas, dijo que por favor le devuelvas la llamada”.

Cansado, el hombre se despoja de su chaqueta y va al comedor con el teléfono en mano. Devuelve la llamada y he aquí que Eliseo Cárdenas le cuenta que Lenin Dávila está interesado en conversar con él. “Nos invita mañana –le dice- al salón Roma. Es un bonito restaurante por la Avenida Amazonas. Que estemos a las cinco”. Montesdeoca, que duda al principio, cargado de curiosidad, responde que allí estará, aunque no entiende el propósito. “Con Dávila no nos une más que una remota relación en algunos actos políticos”, piensa. Aunque sabe de su militancia en el PC y de recientes problemas disciplinarios. Con Cárdenas, no más que las escasas veces en que nos topamos en veladas literarias. También era próximo al Partido. Y empieza a dudar si ir o no al extraño convite. “Mañana es miércoles. Tengo clase toda la mañana en el colegio y dos en la universidad hasta las cuatro. Iré de todos modos”. La curiosidad pudo más.
La tarde es clara, un tanto calurosa. “Iré caminando” resuelve Montesdeoca. Va a paso lento, cuidando de otear a los lados. Se detiene, mira hacia atrás y, casi seguro de que no siguen sus pasos, se encamina al bullicio, a la algarabía del boulevard. Toma una transversal y ya está ahí, al pie de un simpático chalet de los años treinta, convertido en el elegante salón Roma. A la puerta, Eliseo Cárdenas le da la bienvenida y le informa que Dávila no demora en llegar. Le hace pasar a un discreto reservado en cuya mesa vestida con pulcro mantel blanco, está la botella de whisky Ballantine´s, sendos vasos para los tres y recipiente con hielo. Bocaditos de queso y jamón para picar. Están por tomar asiento cuando llega Dávila pidiendo mil disculpas por el retraso y desplegando una ancha sonrisa que exhibe un escandaloso diente de oro, les explica: “mi nueva ocupación, ustedes comprenderán”. Ordena al mozo retirarse y les invita a ponerse cómodos. Pide a Eliseo servir el whisky. Lo hace con un tono de cortés mandato. “Brindemos por el encuentro”, les invita y, de modo insólito, comienza un singular monólogo:

-Como ustedes saben -explica con aplomo- me han expulsado del Partido por discrepar. No tenía cargo alguno en el gobierno después de mi exclusión del magisterio en la anterior dictadura, lo que dejaba a mi familia en el desamparo. No es secreto, tengo cinco hijos: tres del primer matrimonio, dos del segundo. Así que acudí a mi hermano, teniente coronel en servicio activo. El me dijo: “no te preocupes, ve a Cuenca, habla con el general Durán, jefe de la Tercera Zona, en mi nombre y explícale la situación”. No les alargo el cuento. El general me recibió muy solícito y me explicó las necesidades de la inteligencia militar desde el gobierno. Me preguntó que cuál era mi aspiración económica. “Mi general, le respondí, deme la oportunidad de demostrarle mi trabajo, y luego hablamos de la paga”. El general Durán se mostró encantado y me despidió diciéndome que me esperaba en tres días en su despacho.

Montesdeoca empieza a importunarse. Sospecha lo que parecería obvio: una confesión, inexplicable aún, de giro no sólo en el andarivel político sino en la conciencia, en la vida de este personaje a quien, sólo ahora empieza a conocer de veras. Y aunque preferiría cortar por lo sano cualquier absurda implicación, le atrae descubrir el propósito mismo de la invitación y su desenlace. Y continúa atento, en expresión gestual de interés por el relato.

Dávila continúa:

-Enterado de qué muchacho era el dirigente de los estudiantes secundarios en Cuenca, me dirigí a la salida del colegio. Me le acerqué apenas cruzó la puerta hacia la calle y le invité a comer y tomar una cerveza. Ustedes saben cómo son los guambras, más bien de bolsillos vacíos y con unas hambres desaforadas. El chico se entusiasmó. Una vez en el salón, pedí dos churrascos y dos cervezas. Me preguntó que quién era yo. Le dije que eso no era importante. Que yo sí sabía quién era él. Mientras comía, saqué mi pistola y la coloqué sobre la mesa. –Montesdeoca abre unos ojos de asombro, que los dos no perciben- Conozco, además, quienes son tus padres, le dije y le describí a sus familiares con lujo de detalles. Es mejor, añadí, que dejes las pendejadas de las protestas contra el gobierno. Mira, le dije, si yo quiero este mismo rato te disparo y a mí nada me ocurre. En cambio tú… pasas a mejor vida. –Ahora Montesdeoca siente una angustia localizada bajo el esternón- El estudio, guambrito, el estudio es lo único que puede salvar a este país de vagos e incompetentes. El guambra empezó a temblar, pero le tranquilicé diciéndole que, si es inteligente, sabrá dejar esas estupideces. Y que, por lo demás, el Ecuador no está maduro para ninguna revolución-. Montesdeoca dejó a medio alzar el vaso de whisky que se disponía a beber. No encontraba manera de reaccionar ante lo que escuchaba. -Así, -continúa impertérrito Dávila, como sin percibir el asombro que se adivina tras la cara de palo que se empeña en poner Montesdeoca- y con resultados tangibles de mi trabajo y mi eficiencia, di el informe al general Durán. Él me felicitó, aplaudió mi ejecutividad, me señaló unos jugosos honorarios, me entregó algún dinero y me preguntó cuál era el paso siguiente en mis exitosas gestiones. Le dije, “Guayaquil. Allí los sindicalistas andan conspirando, mi general”. Hace una pausa para beber un sorbo y Montesdeoca aprovecha para pedir disculpas y ausentarse al baño. Mientras camina se pregunta qué vendrá después: ¿Propuestas? ¿Sondeo a su criterio? Mientras camina siente que se le revuelven los jugos estomacales, que han brotado al socaire de la angustia, el asombro, el asco que experimentó. Llega al W. C. y allí vomita repetidas veces y, tras respirar hondo, cree que nunca más, reflejo condicionado de por medio, podrá beber un solo trago del whisky Ballantine´s sin vomitar. Respira nuevamente y mientras retoma sus pasos al reservado, piensa en lo que habrá de decir para dar fin a semejante pieza teatral, por lo demás sin la menor traza de farsa. Cuando llega y manteniéndose de pie:

-Disculpen ustedes, recordé de improviso que debo llevar al médico a mi hijito que está enfermo -les dice, sin darles ocasión a más preguntas, mientras le delata, ante los dos, la palidez del rostro. Se despide y en el camino se interroga: “¿por qué este hijueputa me escogió para semejante relato? Y se llama Lenin el miserable”. Dentro, Dávila le comenta a Cárdenas: “el huevón no sirve para el propósito. Nos equivocamos al escogerlo”.
Montesdeoca decide que no ha de contar lo sucedido a la Maga. Voy a angustiarla, va a pedirme, en el mejor de los casos, que deje las reuniones políticas por un tiempo. Pero siente la imperiosa necesidad de compartir su desazón, su asco. También su miedo. No puedo hacerlo en el Partido. Creo que eso está minado o al menos suficientemente infiltrado. Hablaré con Antonio.

11
El padre Jaramillo se halla en pleno despacho de papeles, oficios para el Ministerio, esquelas a los padres de familia, entrevistas para aceptar nuevos alumnos. Por eso le pide a Montesdeoca dejar la conversación para el fin de las clases, al mediodía. Te invito a almorzar. Ahora, anda que te esperan en el Sexto los muchachos.
Cruzadas emociones en el corazón del hombre: asombro, algo parecido al espanto, angustia, incertidumbre. Prevalece, no obstante, la decisión de hablar sobre el sentido del poder, la alianza del capital con la fuerza militar y policial, con la jerarquía eclesiástica también. De sus abusos, de la tiranía, de la democracia y las dictaduras, del inevitable advenimiento de una sociedad más justa, aunque no somos arúspices como para adivinar el momento de su llegada. De la ética, de la honestidad, de la traición, de la lealtad a los principios, del heroísmo. De la práctica consecuente con la teoría, de la actividad responsable. Les recuerda a los jóvenes el pensamiento del existencialismo sartreano: estamos condenados a ser libres. De todo ello habla Montesdeoca en su clase de Filosofía, precisamente hoy que el tema es las categorías éticas. Quizá el mensaje resulta desproporcionado para la madurez de los destinatarios. Es que se le atropellaron un tanto las ideas. Y las emociones. Los chiquillos descubren un tono dramático en su voz, un gesto dramático en su rostro. Y Montesdeoca se dice que lo dicho, dicho está, aunque incluso aquí se corren riesgos. Quién sabe si alguno de los muchachos, con toda su ingenuidad, cuente el tema de la clase, en casa, a su padre policía, o a burócrata que defiende a dentelladas su sitio en el presupuesto del Estado. Lo dicho, dicho está. Más vale el valor de decir lo que pienso. Vale más decir la verdad a las mentes frescas de los estudiantes.
Ha sonado la sirena y los chiquillos permanecen aún en sus asientos, como esperando más, lo que extraña al maestro. Siempre, por interesantes que sean las clases, el timbre provoca la algarabía y la salida en tropel hacia los espacios libres, de sol y aire incontaminado. Seguiría hablando del tema, pero les dice que la clase ha concluido. Continuaremos mañana. Por ahora vayan a casa que han de estar, como yo, muertos de hambre.
El Giovanni trae los almuerzos al rectorado. Y el padre Antonio extrae del cajón de su escritorio la botellita de Castel Chandón, el vino blanco con que suele acompañar la comida en ocasiones especiales. “Gracias, Gordo, y déjanos, que tenemos que conversar largo y tendido”.
El profesor Claudio Montesdeoca –que ha alivianado un poco la carga de rabia y miedo- se dispone al relato minucioso de los acontecimientos de los últimos días. Lo hace con lujo de detalles sobre el encuentro con Dávila y su historia de cinismo y traición. Y repite su pregunta: ¿Por qué a mí?

-Es lo que siempre nos preguntamos –le dice el padre Antonio- como si estuviéramos vacunados o como si no debiéramos ser vulnerables ante cualquier plaga o ante cualquier tragedia. ¿Por qué a mí? Se preguntan los enfermos de cáncer –le dice-, o aquellos a quienes se les muere en accidente un ser querido. Y hasta las víctimas de una infidelidad conyugal. Y concluye: la pregunta es tan vieja que está en alguna pieza de Sófocles. La respuesta: porque a quienquiera le puede llegar la tragedia, pues.

-Es que me asalta la duda de si este cabrón vio en mí a un débil por el dinero fácil, inconsistente en sus principios, -responde Montesdeoca.

-Mi opinión -dice el padre Antonio- es que eso no es lo esencial. Vos sabes lo que eres. Y obviamente, el tipo equivocó el blanco al que quería disparar. Podría ser, me asalta la sospecha este momento, que él piensa que tu pertenencia a una logia masónica te vuelve vulnerable. Es sabida la composición diversa de la institución. Quizá ahí también han penetrado. –Montesdeoca mueve la cabeza, expresando dudas- Lo que sí podrías preguntarte –añade el padre Antonio- es hasta qué punto aguantarías la tortura…. si te agarran. -También me lo he preguntado- responde Montesdeoca como mirándose hacia adentro. -No tuve respuesta. La que tengo ahora es que he de cuidar que no me pesquen. Me persiguen, Antonio. Hay una sombra, alguien a quien no veo pero me persiguen. Lo siento en el aire. Me asusta también, y más, por la Maga. Qué tal si van cuando yo no estoy, la acorralan, la ofenden, quizá la golpean. La violan. Miedo por el guagua. Es tan frágil. Y lo que le dije a Dávila en el Salón Roma sobre su salud no era pura invención. Me desconcierta lo que pueda estar ocurriendo dentro del Partido. No sé en quién confiar y en quién no.

-Creo –responde el padre Antonio- que debes ser prudente. No dejes de ir a tus reuniones, pero no hables mucho. No des ideas sobre proyectos subversivos. Por lo demás, creería que los más firmes ideológicamente, los más cultos probablemente sean los menos sospechosos.

-No estoy seguro de nada –responde Montesdeoca- La teoría, al menos, dice que la condición de clase es el punto de partida para la conducta humana. Sin embargo, tampoco elevar a categoría de dogma un enunciado así, porque puede haber obreros traidores y, del otro lado, burgueses o de origen burgués, consecuentes con proyectos revolucionarios. Y hasta heroicos. Nada es concluyente. Y por mucho que la condición de clase sí moldea la conciencia, no se pueden tener certezas frente al laberinto del alma humana.

El padre Antonio le sugiere serenarse, porque… “el poder y sus jenízaros tienen clara conciencia del caos emocional que están creando entre ustedes. Lo hacen a propósito, le dice y añade: por el momento cuenta conmigo. Más bien, en todo momento. Podrías, si la persecución arrecia, alojarte en el departamento de la Consuelo. Ella está encinta, pero, la conoces, es solidaria siempre. Aquí en el colegio o en el convento… imposible. Igual que vos, confío sólo en unos pocos. Los más son gente de Ribadeneira. Y él está aliado con el milico ese que me ofendió tan gravemente en casa de doña Encarna. ¿Sabes una cosa? Me vienen arrestos de dejar todo esto. Esto que está saturado de hipocresía y corrupción. Sin embargo, me pregunto que qué voy a hacer fuera de la Orden donde he vivido más de media vida. ¿Dar clases en algún colegio que me acoja? ¿En una universidad? ¿En cuál? Me pagarán a duras penas para la comida. Y voy a ser padre, ahora sí padre de verdad”. Montesdeoca, tranquilo ya, y reflexivo, le dice: “Te recuerdo un pensamiento de ese filósofo alemán del siglo dieciocho, Fichte, al que mucho citas, cuando afirma que perderse en lamentaciones sobre la corrupción de los hombres sin mover un dedo para combatirla es de afeminados”. Y ante la ceja levantada del padre Antonio, añade: “no te digo que lo seas, pero hay que combatir donde toque. Dales pelea desde dentro a los corruptos del convento. Y también del colegio. Porque que los hay, los hay”.

“Sin embargo –dice el padre Antonio- por acá la correlación de fuerzas, como dicen ustedes, me es favorable. Aunque los esbirros, pocos y todo, son un peligro. Como lo son los corruptos. A propósito, te cuento que he debido despacharle al abogado Armijos, profesor de Sociales. Imagínate que una madre de familia me cuenta que fue a pagarle para que promueva a su hijo a quien estaba dejando de año. Cuando contó ella el dinero para entregárselo, él le dijo: no, señora, son seiscientos. Pero doctor, el año pasado sólo le pagué trescientos. Señora, el costo de la vida. Ha aumentado el costo de la vida. Ese cinismo me abruma. No sé si hay algunos más que hagan algo semejante. Hasta ahora no concebía que hubiese profesores que pidan dinero, o especies, para promover a los estudiantes. Es desconsolador. A veces me siento al borde de la derrota”.
La tarde avanza en el silencio del edificio escolar, viejo, colonial, pesado, y el padre Antonio –que ya tiene sospechas de las asechanzas del doctor Manolo- hace una seña de callar a Montesdeoca. Presume que un ruido leve que se escuchó puede ser la presencia, afuera, del fisgón. Sale en puntillas y solo encuentra al Sultán, el gran perro de aguas que ronda por los enormes pasillos del colegio. Le acaricia la cabeza lanuda y una vez adentro, en la oficina, le premia con un trozo de pan.

-Acariciar la piel de los animales, criaturas del Señor, es relajante, Claudio -le dice, mientras sirve una copa más del vino blanco, tan grato al paladar. Montesdeoca sonríe y responde que, del Señor o no, claro que es relajante ese contacto. Lo es con todos los seres puros de la Naturaleza. El padre Antonio vuelve a sobar la piel del cuello del Sultán. Se detiene, descubre un collar medio oculto en la abundancia del pelaje. Baja hacia la garganta y palpa un objeto duro. Es un micrófono –dice- mientras lo zafa del cuello del animal. Pero, tranquilo, no escucharon nada más que nuestro filosofar sobre los canes y su valor relajante. De todos modos, ¡shshshsh!, por eso de que las paredes tienen oídos.

Y deciden, desde un convenio tácito, que han de hablar de literatura o de filosofía o de esos fenómenos llamados paranormales tan de moda. Justo cuando, sin mediar brisa alguna, se abre la puerta de vaivén que comunica con la secretaría, se torna a cerrar, luego la puerta de entrada al rectorado. Se ven las caras entre la interrogación y el asombro, una risita de por medio.

-No es la primera vez que esto ocurre, -dice el padre Antonio- trescientos años y más deben guardar energías insospechadas. -Reafirmando así su convicción de que tales fenómenos no son cosas del otro mundo. La tertulia continúa con una botellita más de castel chandon. “Sólo que ahora, nada de sobrepasarnos. Ahora menos que nunca”.
-Ha muerto la abuela del Giovanni –le informa el padre Antonio- así que te invito al velorio. Acompáñame. Estoy condenado a circular entre los muertos y sus familiares. Montesdeoca responde: “de velorio en velorio, ojalá no me toque, uno de estos días asistir al mío propio”. Ríen y se encaminan a la funeraria. La distancia es corta y aunque las sombras de la noche ya invitan a los lobos a salir de sus guaridas en pos de los pequeños atracos, van caminando. Llegan a la vieja sala de velaciones, en cuyos dos extremos se enfilan largas bancas de madera, donde posan, silenciosos y formales, familiares y amigos de la difunta. Junto al féretro, modestos ramos de claveles e ilusiones. Canelazos y galletas circulan, mientras los amigos de la difunta se aproximan al féretro, descubierto a la altura del rostro, a fin de darle la postrera despedida. Montesdeoca se acerca al Giovanni y le expresa su pesar. El Gordo responde: sí, pero ya descansa en paz. De todos modos, insiste Montesdeoca, deja un vacío en la familia. Y el Gordo: Sí, pero ya estábamos preparados. Pero tu mamá, replica Montesdeoca, debe haberle golpeado. El Gordo: no, ella está tranquila. Montesdeoca: Ella sí, porque esperaba la muerte, dado lo largo de la enfermedad. Pero los hermanos, tus tíos que vienen desde Píllaro…. Y el Gordo: no, licenciado, también están tranquilos. Todos estamos hasta medio contentos, porque ha parado de sufrir las maldades de este mundo. -Ha de ser, mi querido gordo, pero que queda un vacío, queda un vacío pues. El Gordo: no, licenciado, porque ahora vuela al Cielo y allá estará gozando de la felicidad eterna. Entonces, Montesdeoca, que se impacienta porque el pésame no encuentra asidero, termina diciéndole: Bueno, pues hijo, entonces, te felicito. El Padre Antonio, que ha escuchado tan singular diálogo, ríe sin remedio.
Montesdeoca está inquieto.

-No sé si es paranoia –le dice al padre Antonio- pero hay alguien aquí que me observa sospechosamente.

-No es paranoia, –el padre Antonio- los pesquisas andan por todo lado. Llamaré al Giovanni y saldrás conmigo. Y a propósito del Giovanni ¿percibes ahora la fuerza que tiene la fe? El cómico rechazo a tu pésame por parte del Gordo, se explica porque ellos están seguros de esa otra vida, la del Paraíso, aquélla de la Eternidad junto al Creador. Es por eso que no puedo transmitirles mis dudas y mis angustias existenciales. Montesdeoca mueve la cabeza en señal de asentimiento.

12


Magdalena, la Maga, telefonea al padre Antonio. La voz temblorosa, le dice que quiere hablar de urgencia. Ha pasado algo muy preocupante. Pero debe ser personal. Creo que los teléfonos están intervenidos. El padre Antonio sonríe pensando que, de ser así, ya estarán escuchando el diálogo. Vente cuando quieras, le tranquiliza. Mejor en la tarde después de las clases.
Llega, con el guagua en brazos, hacia las tres de la tarde. El padre Antonio ve en su rostro un temblor y un gesto a punto de llorar. La invita a tomar asiento y le ofrece una tacita de agua de menta. Es tranquilizante, le dice.

-Llegaron esta mañana -cuenta ella- a la casa tres pesquisas. Preguntaron por Claudio, revolvieron libros, papeles, revistas. Se dirigieron al patio de atrás, directo hacia un bulto al que abrieron. ¿Y esto?, preguntaron. Eran armas: una metralla, dos fusiles, unos proyectiles. Les dije que Claudio no estaba y les increpé por haber, ellos mismos, colocado el bulto –no sé cómo- con las armas para inventarse una conspiración. Se fueron amenazando, me empujaron al salir, llevándose el bulto infame. Por fortuna, al rato me telefoneó el Claudio. Le dije que no me diga dónde está, que no venga, que hemos recibido una visita indeseable. Temo que lo hayan apresado, pese a la advertencia.

El padre Antonio la tranquiliza, haciéndole notar que su marido no es ningún sonso como para no tomar precauciones. Debe haber ido a algún lugar seguro. La Maga, piensa el padre Antonio, no conoce la historia de Dávila y su traición. No sabe de las dudas de Claudio sobre la penetración policial en la organización. Decide, sin embargo, que hay que prepararla para lo que vendrá. Van a clausurar la Universidad, le dice. Quedará fuera del trabajo aunque no lo apresen. Las clases aquí, obviamente que están aseguradas. Pero ¡quién sabe los propósitos de los dictadores! Magdalena, tienes todo mi apoyo. Hablo de lo material también. Estamos a punto de terminar el año lectivo. Puedes cobrar el sueldo de vacaciones de Claudio, incluso anticipado. No excluye eso cualquiera otra ayuda. Ven cada vez que necesites. No telefonees, por si es verdad la intervención de los teléfonos.

Llama al Giovanni y dispone que lleve a la señora Magdalena a su casa o a donde ella ordene.
El profesor Claudio Montesdeoca anda “por los tejados”. Desde la organización le han informado que hay orden de captura para él y otros militantes. El Comité Central -“misterios gozosos”, comenta uno de la base- ha caído en pleno. Por primera vez, Montesdeoca verifica la realidad, cruda y amenazante, más allá de ese toque romántico que tenía la lucha desde que se inició en las jornadas estudiantiles. No es lo mismo la clandestinidad que se viene, que las canciones entonadas en las manifestaciones de antaño: La Internacional y el Bella Chau de los años juveniles, aquellos que enardecían los corazones, las más de las veces sin pensar en las reales vicisitudes de los combates que habrían de sobrevenir. No son lo mismo las discusiones en el café o en las propias salas del partido que la posibilidad de soportar las probables torturas ejecutadas por unos siniestros personajes adiestrados para matar sin que se les mueva un músculo de la cara. Ni siquiera los enfrentamientos con la policía, las prisiones de ocho días, los sablazos, los toletazos soportados en las frecuentes escaramuzas con el poder. Por vez primera se enfrenta con la verdad desnuda: se vienen privaciones insospechadas para el hogar no hace mucho fundado; peligros insospechados ¿cuáles serán los designios de los sátrapas? El riesgo de que vayan a joder a mis padres, a mi abuela.
El padre Antonio ha decidido probar con doña Estela Encarnación Durán Campoverde. Si ella acepta, qué mejor lugar para esconder a Montesdeoca que su casa, la mansión de una dama de alcurnia y sociedad, emparentada, por lo demás, con los propios militares. Le telefonea para anunciarle su visita. Bienvenido, padre. Ya sabe, ésta es su casa.

Y ya está, nuevamente, con el Giovanni pilotando el viejo buick, con destino a Cumbayá. Llegan, se desembarcan, hacen sonar el ding dong desde la enorme puerta colocada en el intervalo entre la fanesca del Viernes Santo y esta tarde, y responden a la pregunta formulada desde el parlante. Y la voz de dentro: dice la niña Encarna que pasen. Se abre el portón, entra el viejo automóvil y se encuentran nuevamente en los amplios jardines, rememorando los acontecimientos recientes en medio de encontradas sensaciones.

Doña Encarna luce elegante vestido de casa. Se acicaló para recibir tan respetable visita.

-Padre Antonio, qué placer tenerle de nuevo por acá. Ojalá se le haya pasado el explicable enojo por tan desagradable suceso en mi propia casa. ¿Se ha disculpado el Rafael con usted, padre? Mi marido se empeoró, el pobre, a raíz de semejante imprudencia de mi sobrino. Pero él no es malo, padre, fueron los tragos. Y usted sabe, militar al fin. Ellos tienen esas cosas. Hasta la servidumbre se escandalizó.

Cuando parecía que no iba a parar el torrente verbal, le invita a tomar asiento, mirando de reojo al Giovanni, como diciéndole “eres del servicio, estás de sobra”. Él sonríe y, comprensivo, devuelve los pasos hacia el jardín diciendo: voy a ver el carro, algo pasaba con el freno.

-¿Se sirve un trago, padre? -Invita doña Encarna y sin esperar respuesta, toma la botella de chivás regal, sirve dos vasos, ofrece agua mineral y hielo y brinda…. por el gusto de tenerle nuevamente en casa. El padre Antonio bebe un discreto sorbo, pone el vaso en la mesita contigua y yendo al grano, le suelta: doña Estelita, vengo en pos de su caridad cristiana. El licenciado Claudio Montesdeoca está en apuros. Él es político, izquierdista, tampoco es malo, doña Estelita. Tiene sus ideales, sus locuras. Y ahora parecería que, con la dictadura, corre peligro. Están persiguiendo todo lo que huele no sólo a izquierdismo sino a oposición. La Universidad, donde da clases, se cierra y sobre todo sabemos positivamente que hay orden de prisión para él. Apelo a su corazón cristiano para pedirle que le acoja por unos días en su casa. Dios, desde las Alturas, sabrá recompensarle por una obra de amor cristiano.

Doña Encarna, por mucho que quiera disimular, hace un gesto de fastidio y de sorpresa y con inmediata determinación, responde:

-Padre Antonio, hasta ahí nomás llega mi amor. Yo no puedo arriesgar el bienestar y la tranquilidad de mi hogar y mi familia por acoger a un revolucionario. Ellos, además, son enemigos de la Santa Madre Iglesia. Si se descubre su presencia en mi casa, voy a tener problemas, padre. Que le acojan sus compañeros de partido, pues. -Y se pone de pie, como diciendo, el diálogo ha concluido. El padre Antonio –que no ve prudente insistir ante la evidencia terminante de doña Encarna- se levanta, toma su abrigo, y mientras muestra un gesto compasivo, se despide diciéndole:

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