Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles






descargar 0.57 Mb.
títuloHistoria de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles
página2/12
fecha de publicación19.06.2016
tamaño0.57 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12
unamunianamente agónicas del padre Antonio. (Recordará, años más tarde, cuando ocurrió la muerte en extraño accidente del Presidente de la República, joven, valiente y vibrante orador que vivó a la Patria minutos antes de que el avión partiera para precipitarse, o estallar en el aire, según las versiones, por allá en las montañas de Loja, con todo y esposa, ministros y más acompañantes. Tragedia que enlutó a tiros y troyanos. En el traslado, sombrío desfile de quienes creyeron en la posibilidad de darle un giro soberano a la republiquita bananera, que eso era lo previsible por el discurso nacionalista y patriota del mandatario, el padre Antonio le confesó a su amigo, el licenciado Montesdeoca, al paso del cortejo fúnebre: “aquí es donde termina todo”, dijo en voz alta, entre sombrío y filosófico. Y Montesdeoca reflexionaría, “entonces ¿Qué carajo hace el padre cuando alienta en los feligreses, en sermones o el confesionario, la esperanza en la otra vida, la vida eterna?” Pero, como un relámpago, le viene a la memoria el libro que él mismo le obsequió en el cumpleaños al padre Antonio, ese San Manuel bueno mártir, novela de don Miguel de Unamuno, en que el personaje, cura de una aldea ibérica, dudando hasta la angustia y todo, no quiere privar a sus fieles de esa esperanza).
-Sírvase, padrecito –la mucama de impecable mantel blanco sobre las vistosas polleras de encendidos colores, que le hacen evocar, no exento de cierta nostalgia, los trajes de las cholas cuencanas, la infancia bucólica, las picardías inconfesables de sus dieciséis años, dichas y hechas entre el placer y la culpa, el debut erótico y esa sensación de inocencia perdida-. Toma el vaso del rubio licor con la esperanza de que no ha de picarse, porque “si tal sucede no respondo”, se justifica. Será el Giovanni, si no se emborracha – hipótesis más allá de improbable-, quien se encargue de dar por terminada, para el padre Antonio, la “fiesta”, si así puede llamarse al Viernes Santo del Calvario y la Crucifixión. Es, por cierto, evidente que dos platos suculentos, más el molo y el infaltable arroz de leche, habrán de neutralizar los efectos del licor que, tras el segundo turno, empiezan ya a hacerse notar: esa sensación de agradable calor por todo el cuerpo, esa gana incontenible de hablar, aun inconveniencias, peligrosas en tiempos de desatada campaña anticomunista en todo el continente. Porque los militares no hacen excepciones, ni siquiera los presentes por consideraciones a anfitriona tan distinguida o al sacerdote y su venerable condición, si se trata de frenar las impertinencias de unos izquierdistas que andan exaltando las excelencias de la Revolución Cubana y atentan contra la ‘civilización occidental y cristiana’.
(En este Viernes Santo de la Pasión, desfilan, en otro escenario, lejano, en el centro histórico de la vieja ciudad, en sus estrechas calles coloniales, escoltadas por casas añejas de paredes descascaradas, y desde cuyos balcones les contemplan, contritos, miles de fieles. Es la procesión del Señor del Gran Poder. Lucen los cucuruchos -extraños esperpentos- sus atuendos morados, altísimos conos que lo cubren todo y que inauguran nuevos miedos en los niños cuyos padres piadosos les llevaron a fin de que ingresen en el mundo de las religiosas supersticiones. Unos penitentes, que azotan sus espaldas hasta que la sangre brote, evidenciando a los espectadores, su afán de arrepentimiento por los pecados cometidos: unos, las borracheras devenidas en golpizas a sus mujeres; otros, sus infidelidades; unos más las raterías cometidas a fin de saciar sus hambres de comida o alcohol. Un cristo criollo carga su pesada cruz, como si no bastara con la que lleva a cuestas todos los días del año de privaciones y miserias. A todos ellos, el padre Ribadeneira alienta, mientras se pregunta el porqué de la ausencia del padre Antonio).
-Más de cuarenta están, niña Estelita, -le dice la mucama tan bien emperifollada, ágil y solícita-, lo que amerita que los platos se han de servir, si, Dios mediante, no llueve, en los jardines de la mansión. “Qué falsa modestia de la señora Encarna, calificarla de mediagüita”, se dice el padre Antonio, que conoce de sobra el afán más bien ostentoso de la anfitriona.

Ya estaban, por supuesto, las mesas con los parasoles de colores vistosos, listas con impecables manteles de lino blanco, cubiertos de plata y ceniceros de cristal de roca, hacia donde van desfilando las parejas de invitados.

Al padre Antonio, invitado especial, (porque más allá de lo interesante que resulta tener en casa a personajes tan importantes para enrolarle al Gonzalito, recién llegado como está, se trata de un ministro de Dios), hay que asignarle mesa especial para que departa con el coronel Sandoval –que es de la familia-, con el doctor Enderica, Ministro de la Corte Suprema de Justicia, con el abogado Zumárraga, penalista de primera y que ha sacado de apuros a personajes involucrados en sonados desfalcos y aun peculados y concusiones. Por ahí mismo anda el gordo aquél, cuyo juicio prescribió por las atinadas gestiones del doctor, impúdico el gordo y regodeándose de su impunidad.

La mesa, que da cabida holgadamente a seis, luce espléndida con botellas de vino tinto y blanco, Casillero del diablo de cosecha especial. Y en torno a ella se acomodan, primero el padre Antonio, a continuación el coronel Sandoval, luego el doctor Zumárraga y su esposa, le sigue el doctor Enderica y finalmente el licenciado Montesdeoca. El coronel solicita al padre Antonio una palabrita de oración previo a entrarle, sin más trámites, a la fanesca. Medio a regañadientes el padre accede, bendice ‘el alimento que el Señor nos brinda, como ofreció su carne y su sangre, dice, por los pecados de los hombres’.

Entre sorbo y sorbo del excelente vino y el paladeo de la rubia y contundente fanesca, el coronel Sandoval, cuya lengua le baila, rompe el silencio que prevalece, no se sabe si por el apetito agudizado tras los abrebocas o por el temor de decir cosas indebidas, para comentar: -Qué les parece la brutalidad de este gobierno -dice el pequeño oficial en retiro, haciendo gala del vozarrón con que irrumpe en medio goce gastronómico y sin prolegómenos que justifiquen lo que trae a cuento-: les acorralan a los trabajadores del ingenio Aztra, y les empujan hacia los canales de agua. Ahí mismo mueren todos ahogados.

El doctor Enderica se pregunta si el coronel está intentando descubrir conspiradores o al menos tirarles la lengua a fin de conocer sus tendencias políticas, y prefiere callar. No vaya a ser que arriesgue su reciente nombramiento en la Corte, dado el manejo del Ejecutivo –de la flamante dictadura castrense- a los miembros de la soberana. Al doctor Zumárraga no le faltan ganas de decirle: Y usted, mi coronel, no cree que hay que tener mano dura para mantener el orden y la disciplina? Porque, con la repugnancia y todo que le inspiran las atrocidades -recién inauguradas- de las fuerzas del orden, prefiere comunicarle su alineación con quienes ejercen el poder usurpado. Pero también calla. El licenciado Montesdeoca –mueca de por medio- se levanta prudentemente y pide disculpas para ir a menesteres muy personales. Ante el silencio de los presentes, el padre Antonio incluido, el coronel concluye: -Claro que hay que poner orden, acabar con huelgas y protestas, pero, si querían poner fin a la huelga, denles bala, pues, pero no les maten de esa forma. –Hay, entonces, cruces de miradas entre todos, incertidumbre sobre qué comentar ante el exabrupto y el padre Antonio recuerda, entonces, que vio al coronelazo -llamado así no por su estatura más bien reducida, sino por rudo-, para esos años en servicio activo, tan bruto como apuesto, recorriendo las principales calles de la vieja ciudad, encaramado en ese carro blindado que mete un ruido bronco, hace más de veinte años, ese aciago día cuando los militares –gorilas les decían o chatarreros, por un bullado negocio de armamento viejo para las fuerzas armadas- dieron su golpe dictatorial tras demandarle al mandatario, aquel personaje de inteligencia lúcida y vicios masculinos desatados, la ruptura inmediata de relaciones diplomáticas con Cuba. Y en su recorrido, acicalado con casco al estilo nazi, miraba furibundo y amenazante a los osados manifestantes que aún se atrevían a defender al presidente derrocado, gritando el inútil reclamo por la vigencia de la Constitución violada. Pobre el coronel, le compadece el sacerdote, no se percata del silencio elocuente de los compañeros de mesa que le escuchan, ni siquiera de las miradas que se cruzan entre sí en expresión mezcla de incredulidad y asombro. Es que el coronel ha pensado granjearse la simpatía de los contertulios, criticando al gobierno. “Pobre el coronel, se repite, hay que entender sus límites, formado en escuela prusiana y en Panamá, en la inefable Escuela de las Américas. Ni siquiera realiza la estupidez dicha respecto al estilo de matar a los trabajadores”. Y rechaza con cortés gesto de mano el ofrecimiento de un habano que le hace el militar, en un inútil esfuerzo adicional de simpatía.

El doctor Enderica cambia, prudentemente, de tema: -Dr. Zumárraga –le pregunta a su colega- ¿qué pasó con la hacienda a la que le echó el ojo. Terminó comprándola? Zumárraga responde que está por vender uno de sus departamentos en Miami. ‘Porque, como van las cosas, mi doctor, no alcanza la plata para nada. Hay que deshacerse de una propiedad si se quiere comprar otra’.

Claudio Montesdeoca sonríe. Curioso modo de dar un giro al monólogo del militar, piensa, y siente al mismo tiempo el fastidio, casi la repugnancia de eso que parece descaro: esa suerte de queja por las ‘pobrezas del abogado’. Fuera de onda, lejos de sus espacios naturales, estaría a punto de ahuecar.

El coronel Sandoval está inquieto. No entiende el silencio de sus contertulios y comienza a sospechar un afán de evitación a su discurso. Quién sabe si también a su presencia.
Tras la llovizna, que amenaza convertirse en aguacero, como es costumbre en viernes santo en esta ciudad del Quito “con un sol grande y sus noches estrelladas”, la anfitriona invita a los huéspedes a regresar a los amplios salones de la “mediagüita” hace pocos días bendecida.

El bajativo, de cajón, alivia la pesadez de un vientre abultado por el plato de fanesca repetido, con amenazas de meteorismos y flatulencias, e invita a otrito más, el último, se dice el padre, con evidente hipocresía, porque el engaño es tan obvio que sabe de antemano que vendrán muchos más. Y se acerca, en persona, la señora Encarna, “qué honor, padre Antonio, tenerle en mi humilde casa, usted tan viajado, tan conocedor de la vieja Europa, rozando con el Santo Padre, con lo mejorcito de la Santa Sede. Una copita de Cointreau, el mejor bajativo, padre”. El padre Antonio no se hace rogar, “viniendo de sus manos, señora Estelita”.

El grupo se ha desbandado. Quien más quien menos aprovechó la oportunidad para deshacerse del coronel y su discurso. Pero él, que ha apurado unas cuantas copas de coñac, se siente ligero y exultante al mismo tiempo. Qué no hace a fin de que se escuche su discurso anti gobierno. Cómo se esfuerza por darles a entender a cuantos quieran escucharle, cuán sinceras son sus protestas. Y puesto que se ha quedado solo (los demás invitados, empezando por el doctor Zumárraga, encontraron cualquier motivo para alejarse de las impertinencias del militar) no tiene más remedio que acercarse al padre Antonio con quien cree poder compartir sus inquietudes. Que más que tales parecen un deseo loco, angustioso de que le escuchen, le justifiquen, le digan que sí, que claro mi coronel, usted tan juicioso, tan acertado, tan ecuánime. Sobre todo, tan valiente para decirles las verdades a los ignorantes que ahora se encaramaron en Carondelet.

El padre Antonio, equilibrado en su sobriedad, va perdiendo medio insensiblemente esa compostura que le caracteriza, ante la idea de tener que soportar cualquier otro exabrupto del soldado. Lo escucha, sin embargo, diciéndose que no hay derecho de sumarse al aislamiento al que fue sometido, pobre hombre, sin sentirse intolerante. Porque al fin, y aunque bien merecido el mote de gorilas, es un ser humano, y además, quién puede tirar la primera piedra.

-Qué le parece, padre –el coronel Sandoval, cambiando el tema- ¿no es cierto que el país necesita mano dura? Un Pinochet por ejemplo, para acabar con tanta indisciplina, con tanta vagancia de maestros y estudiantes. Ya ve, allá en Chile, eliminados unos cuantos comunistas y obreros indeseables, el país marcha sobre ruedas. -Lo dice remarcando las palabras, convencido de su originalidad y bravura.

El padre Antonio se dice que las neuronas del coronel no le permiten guardar las apariencias que exhibió, momentos antes, cuando su crítica al gobierno. Le sale el fascista irremediablemente. Por lo que no hay forma de responder con lo que podría ser un comedido rechazo a las apreciaciones políticas del soldado, tan lejanas de su humanismo. Sospecha también muy vagamente que un comentario, cualquiera que éste fuese, podría resultar riesgoso aun para su condición de sacerdote.

Ante un nuevo silencio del sacerdote y con más tragos como está, el coronel empieza a importunarse. Balbucea, refunfuña y, al fin, totalmente desinhibido, le increpa: -¿Oiga padre, usted también me aplica el hielo como esos cojudos que se las dan de sabios? –lo dice señalando al doctor Zumárraga y otros invitados que conversan animadamente en el extremo opuesto del gran salón- Opine, pues, o es que usted también anda dándoles ala a los alborotadores de los sindicatos y a los guambras vagos de la universidad y los colegios. -Nuevo silencio del interpelado, con lo que esperaría darle a entender que no comparte sus ideas- y es cuando Sandoval, exacerbado por el alcohol, pierde los estribos: -¡Cura mojigato –le dice- de qué carajo se las da pues! -Enrojecido de ira, parecería dispuesto a sacudirle de las solapas, cuando el padre Antonio, sin perder la compostura, decide, sin embargo, que no va a mostrar la otra mejilla al energúmeno. Responde: -usted está ebrio, coronel. Piense en el respeto que se merece esta casa y modérese. Esto no es el cuartel ni nosotros los conscriptos a quienes ustedes mandan y maltratan. -Pero Sandoval no muestra trazas de cambiar su tono ni actitud. Parecería que la serenidad de la respuesta, lejos de calmarlo le exacerba.

Sus gritos llaman la atención de los invitados. Sobre todo las damas, impresionadas por tamaña algazara, optan por despedirse prudentemente de la anfitriona, otras recogen abrigos, pieles, sombrillas y hacen mutis por el foro. Los maridos se adelantan a los carros, encienden los motores y huyen entre sonrisas piadosas o exclamaciones airadas. El esposo de doña Encarna, envejecido y enfermo y que no ha probado ni un solo trago –hacerlo podría ser la puntilla tras el infarto recientemente sufrido- está perplejo. No atina a comprender lo que ocurre, pues, aunque pregunta nadie le responde, asustados como están, sobre todo porque el coronel –que es de la familia- está fuera de sí, tratando de zamarrear a un confundido y asustado también, Padre Antonio.

Fin de la “fiesta”. El licenciado Montesdeoca, que hace rato optó por buscar cotejas para la tertulia, se acerca a detener al impetuoso coronel que pretende zafarse de quienes lo retienen a fin de evitar una inminente agresión física al padre Antonio, y recibe iguales improperios:

-Qué te metes, maistro vago- le grita -aquí mando yo, coronel de la República.

Doña Encarna está a punto del soponcio y a ella acuden mucamas y cocineras a abanicarle, a ofrecerle un vaso de agua, pues damas y caballeros invitados han abandonado el barco.

Detenido, a duras penas, el coronel Sandoval demanda un trago para sosegarse. Y el padre Antonio, que se mantiene a prudente distancia, pide a Montesdeoca ir en busca del Giovanni que desafortunadamente duerme su borrachera en el buick destartalado, donde se acomodó luego de mandarse tres platos de fanesca y apurar media botella del whisky que generosamente le brindó, a hurtadillas y con gesto cómplice y coqueto, la mucama.

Fin de fiesta: el coraje que, de todos modos, experimentó el padre Antonio le devuelve en algo la sobriedad tras el infausto suceso y, sin poder despedirse, dar disculpas y explicaciones a doña Encarnación, dice a Montesdeoca que hay que salir a la carretera en pos de un taxi.

Fin de fiesta: “no sé cómo será a futuro –reflexiona- mi relación con doña Encarna, tan piadosa, tan amiga de nuestra congregación. Sobre todo dado su parentesco con el militar.

3
Qué despertar el de este Sábado Santo! Ayer por la tarde, hacia el crepúsculo, y de vuelta de la mansión de doña Encarna, decidió ir a completar la jornada con los colegas de docencia: aunque haya que hablar de las mismas recurrencias pedagógicas o los chismes sobre profesores, curas, padres de familia y alumnos, no voy a quedarme enjabonado, se dijo el licenciado Claudio Montesdeoca, tras dejar en el convento al padre Antonio y lidiar con el Giovanni, cuya pesada anatomía tornó tan difícil bajarle del taxi a la entrada de la portería, donde le espera la resignada esposa. Será mañana que deberá ir a rescatar el buick que quedó abandonado a la puerta de la mansión. Montesdeoca enfiló sus pasos a casa de Edmundo. Él estará, como siempre, dispuesto a conversarse un frasco de aguardiente. “Y sí señor, la charla con el profesor de literatura, un
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

similar:

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconPonerle música a unos poemas que ya disponen de una peculiar musicalidad...

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconHará próximamente unos tres meses me contó Lionel Wallace, durante...

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconHoy voy a hablaros de los Premios Nebula. No sé si algunos los conoceréis,...

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconLa vida es una máquina / para la que no hay respuestas / ni repuestos. Eso dicen unos versos de

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconEs: una forma de discurso en la que el autor nos presenta una serie...

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconProceso multifactorial consistente en la formación de unas lesiones...

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconCapitulo I
«beldad» de Nueva York, era todavía una mujer guapísima, de edad regular, con unos ojos hermosos y un perfil soberbio

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconEl primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros,...

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconSimon Kress vivía solo en una gran mansión situada entre montañas...

Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles iconEl primer anarquista argentino fue un gaucho oriundo de la frontera...






© 2015
contactos
l.exam-10.com