Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles






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títuloHistoria de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles
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un sacerdote,

un papa, no yerra, miente”.

Friedrich Nietzche
El sacerdote muerto ha sido vestido con los atuendos de su dignidad jerárquica. Lleva la estola puesta sobre su cuello, y el catafalco luce espléndido tras haber sido el cadáver velado toda la noche, luego de la clandestina incursión del matemático, del sordo Ulises y del Gordo Giovanni, incursión que no dejó huellas. En la velación y durante las primeras horas, los maitines, los curas leen pasajes de la Biblia: salmos, himnos, oraciones y antífonas. Vienen luego los laudes en que alaban a Dios. El féretro está destapado de cuerpo entero y le velan cuatro cirios. Quienes vieron el cadáver antes de la velación advertirían ahora, si se acercasen, cómo el maquillaje lo ha cambiado todo.

En la misa de réquiem, que precederá al entierro, están presentes junto a los sacerdotes de la Comunidad algunos de otras Órdenes y un alto jerarca de la prelatura del Opus Dei. Penetró solemne, imponente, reverenciado por los sacerdotes de la comunidad, por el padre Ribadeneira, solícito y zalamero. Inflado se lo vio al alto jerarca de la extraña prelatura, exhibiendo luego una sonrisa como si fuese ésta una ceremonia en su homenaje.

Se hallan ante el Altar Mayor y en la gran nave de la iglesia, madres y padres de familia, todos los alumnos de la institución educativa que el padre Antonio dirigió, fieles que lloran desconsolados su insólita partida. Y el padre Anselmo Ribadeneira dice su oración fúnebre:

El padre Antonio Jaramillo ha acudido al llamado de su Creador. Con todo y el vacío que él nos deja, tenemos que aceptar la voluntad de Dios. El padre Antonio fue un ejemplo de vida cristiana. Su desempeño lo mismo en los espacios civiles que religiosos debe constituir un ejemplo para Nos, a quienes el Señor aún nos dispensa permanecer entre los vivos predicando su Evangelio. Al padre Antonio le hemos de reconocer, entre sus múltiples virtudes, su celo, su preocupación constante por preservar los bienes materiales y espirituales de la Iglesia. A su dedicación, a su amor por el arte religioso se debe la buena conservación del patrimonio pictórico y escultórico de la Comunidad, tan copioso en obras lo mismo de la Escuela Quiteña que de clásicos europeos. Nos corresponde realizar su sueño, ése de organizar un museo, abierto al público, para disfrute de los fieles, nacionales o extranjeros. Que descanse en paz. Que goce de la gloria de Dios en el Paraíso.

El sordo Ulises –a quien el doctor Manolo y el lego Alberto no pudieron, o no supieron cómo hacerle permanecer alejado de la ceremonia lúgubre- siente deseos de interrumpir semejante homilía, para decirle al cura Anselmo lo que cree que se merece, pero sacando de debilidad fortaleza y armándose de una prudencia antes desconocida, recuerda la promesa de no manchar la despedida al maestro.

Claudio Montesdeoca –que en postrero gesto de gentileza y reconocimiento ha sido convocado al Altar Mayor- siente las mismas náuseas que experimentó aquella lejana tarde cuando escuchó la cínica confesión de traición de Lenin Dávila, y debe esforzarse para no vomitar.

Charlie Montoya dice para sí que el cura Ribadeneira no merece ni tan sólo el respeto que a todo sacerdote se le debe, menos una amistad que aparentemente empezaba a forjarse. Le asaltan, por añadidura, remordimientos que le duelen más, al sentirlos tardíos.

Doña Estela Encarnación Durán Monteverde, que ha creído prudente asistir al sepelio, comenta a una dama que reza junto a ella, la pena que le embarga por la partida del sacerdote “que siempre fue tan bueno, tan honrado, tan caritativo. Aún tenía toda una vida por delante –dice- pero que se haga la voluntad de Dios”.

En el ala derecha del gran templo, y medio inadvertido, el coronel Sandoval oye sin escuchar las palabras de su socio y amigo. No ha acudido en pos de reconciliarse con la piedad, arrepentirse de haber maltratado al sacerdote en ese viernes santo lejano, pedir perdón por las cosas hechas a la esposa humillada, menos por los maltratos y las torturas a los presos políticos a quienes, medio inexplicablemente, odió. No ha llegado para implorar perdón al hombre que viajará en la barca de Caronte. Está allí esperando enfrentarse al padre Anselmo, de quien sospecha un contubernio con su propio hijo, el diplomático en Roma, a fin de repartirse el botín por la venta de los óleos que para allá viajaron, prescindiendo de él.

Y medio oculto, muy por detrás de aquél, Lenin Dávila, el de la felonía y la traición, inadvertido, protegida su identidad con bufanda de seda, se muestra cabizbajo. Montesdeoca, sin explicarse cómo, siente su presencia y le atraviesa una ráfaga de aire frío de la nuca a los pies. Mira hacia el rincón en que Dávila se presume anónimo, desciende del estrado, se acerca lentamente y cuando a no más de veinte pasos se detiene a mirarlo, Dávila levanta el rostro, abre unos ojos de espanto, da media vuelta y atraviesa apresurado el gran portón de la iglesia hacia la calle. Montesdeoca no acierta a comprender por qué bajó. Mueve la cabeza en expresión mezcla de incertidumbre y compasión y retoma los pasos al estrado. Piensa, ahora, que este hombre está muerto, él sí, verdaderamente muerto.
Concluida la misa de réquiem, cargan el féretro cuatro sacerdotes y descienden a las catacumbas. Tras ellos, una suerte de comitiva oficial, otra espontánea. Una vez junto al nicho, el prior, cosas del ritual, pregunta en voz alta por el padre Antonio Jaramillo, y un cura responde de manera escueta: “Está muerto”, tras lo cual introducen el ataúd al túnel oscuro donde permanecerá “¿para siempre? –se pregunta Montesdeoca- O hasta que carne y huesos devorados por los gusanos voraces e insaciables, dejen de ser, vuelvan las moléculas al Gran Todo, al cumplimiento del implacable ciclo de la existencia”.
Ascienden la escalera de retorno, silenciosos, uno a uno, quienes por amor cristiano, por amor al ser humano simplemente, por solidaridad o por cumplido social asistieron al sepelio.

Se han retirado todos, y el doctor Manolo Gangotena, que permaneció medio oculto durante toda la ceremonia, aparece por ahí esperando acercarse al padre Ribadeneira cuando no haya interrupción de nadie. Va, ansioso, pensando que se ha cerrado un capítulo de la historia del colegio y el convento y que su maestro y guía, su protector, el cura al que le atribuye ciertos poderes propios de un demiurgo, le abrirá las puertas para el cumplimiento de su mayor anhelo. Se encuentran en un recodo y el fraile, como sin darle ocasión a formular cualquier interrogante, se adelanta a preguntarle: “¿Y ahora, Manolo, qué piensas hacer?”. El doctor Gangotena, sorprendido y sin pensar dos veces, quizá ni tan solo una, le responde: “He tenido un sueño esta madrugada, padre: mi mujer y mis hijos morían en un accidente de tránsito”.

Epílogo

Llegaron los sarracenos

y nos molieron a palos,

Que Dios ayuda a los malos

Cuando son más que los buenos”.

Copla Popular Española

Las agitadas aguas se han calmado. Quietas están ya en las almas de los sacerdotes, que han recobrado una expresión tranquila, como si sintieran que los efluvios sulfurosos subidos del averno se han disipado. O como si fuese la apoteósica secuela del fraile vencedor. La Comunidad está en paz. El padre Anselmo Ribadeneira está en paz. Queda, no obstante, una tarea urgente. Una sola. Lo ha dicho el propio Prior en reunión a sus cofrades convocados: “Hay que limpiar Convento y colegio de todo aquello que huela a Jaramillo, a izquierdismo, a masonería. Lo haremos todo dentro de la ley. Y con la bendición de Dios”.
Desfilan, pues, no ante el nuevo jerarca –que ha preferido evitar enfrentamientos- sino ante el nuevo rector, los que han sido condenados. Es un cura de pequeña estatura, perfil de ratón y mirada esquiva. Recién llegado a la ciudad y aleccionado sobre la necesidad de una inmediata limpieza del plantel escolar, permanece en silencio durante la ceremonia de exclusión. Sólo escucha, sentado junto a él, las palabras del asesor, el prestigioso jurisconsulto con que cuenta la Comunidad. Sus ojillos, de un brillo extraño, evitan mirar a los maestros a los que echará a la calle, sin contemplaciones, sin compasión, “pues ello demanda el bien de la Comunidad, el de la Iglesia de Dios”. El ilustre abogado, de apellido rimbombante -se presentó a sus víctimas resaltando su sonoridad- da explicaciones que los despedidos ignoran. Con la mirada vaga, sólo esperan una palabra: el monto de la indemnización. Desfilan, queda dicho, el profesor Claudio Montesdeoca, el Edmundo, el matemático Charlie Montoya, el sordo Ulises, el gordo Giovanni, y casi todos los demás. Desde ahora deberán buscar otros destinos. Tras una minuciosa explicación de las disposiciones legales que gentilmente les otorga el verdugo, reciben sus escuálidas indemnizaciones y van, unos más otros menos, con la expresión sombría de la incertidumbre. Quedan dentro, apenas unos pocos: aquéllos que han demostrado obsecuencia e incondicionalidad; fieles, sumisos y obedientes; aquéllos que no cuestionan los designios de Dios, aquéllos a los que les mueve la fe, nada más que la fe. Así ha venido aleccionándoles el padre Ribadeneira, como una muletilla que se imprima y quede indeleble en los cerebros, aquellos cerebros que desconocen las razones de una lógica cartesiana, menos una dialéctica histórica: “La fe, sólo la fe. Lo demás viene por añadidura”. Entre ellos, entre los leales, por supuesto que el propio doctor Manolo Gangotena quien, por lo demás y junto a su inocultable satisfacción por la derrota y la exclusión de los ‘paganos’, sigue soñando en su anhelo inmortal: el sacerdocio. Y que por ello dice para sus adentros -recordando una frase que escuchara en sus años escolares- convertido en su enfebrecida mente en soldado de un ejército de salvación: “Para el infante…no hay obstáculos”.


Fin


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