Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles






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EL SILENCIO

DEL VERBO
(Historia de una cofradía, unos frailes y unos iconos volátiles)
(Novela)

Por Jaime Muñoz Mantilla

A la memoria de mi amigo Luis, y del Moroco.

Los dos, viajeros del Otro Lado.


Esta historia, como toda obra de ficción,

Puede tener similitudes con personas

Vivas o muertas, con situaciones

Presentes o pasadas.

Ellas son, obviamente,

Coincidencia

AGRADECIMIENTO

El autor agradece, de modo efusivo:

Al Consejo Provincial de Pichincha, en especial a su Prefecto, el economista Gustavo Baroja, por la invalorable ayuda para la publicación de esta novela.

A Polo Barriga, entusiasta auspiciador, y al Consejo Editorial del gobierno Provincial, particularmente a René Espín,

A Rodolfo Muñoz Zapata, siempre presente para estimular la actividad cultural,

A mi hija Paulina, leal compañera en mi quehacer literario



EL SILENCIO DEL VERBO

PRÓLOGO

Retratar con finos detalles, los recovecos del Quito antiguo, donde se erigen los monumentos arquitectónicos coloniales, que dan cabida a un conglomerado eclesial, y dentro de éste a quienes medran de una riqueza patrimonial, es decir de todos, aun a costa de atentar contra la integridad o la vida de otros, y a los que buscan construir una sociedad con menos desigualdades, es uno de los mayores méritos de “El silencio del verbo”, que magistralmente crea la pluma docta y generosa de Jaime Muñoz Mantilla.

No puede esperarse menos de este escritor, quien tiene entre sus más destacadas obras recientes, un delicioso relato autobiográfico denominado “El quiteño que no pudo venderle su alma al diablo”, un compendio de  episodios rápidos y picantes, que hizo que muchos lectores quedásemos atrapados, y a gusto con su palabra literaria.  Hoy, con su primera novela, desde el primer párrafo nos sorprende e incita  a devorarla. Esa empatía que produce entre la palabra y el lector, no es el resultado de la casualidad, es el culmen de vivencias intensas y madurez literaria. Quienes conocen de cerca al autor,  bien podrían hallar en esta obra -que ya está en sus manos- rasgos identitarios propios de la trayectoria del autor, de su personalidad y pensamiento.

Jaime Muñoz, sicólogo y maestro, en el más amplio sentido del término, fue durante largos años profesor de educación media, profesión que le permitió conocer variopintos  centros educativos, entre ellos los eclesiales.  Esa experiencia, cual si fuese un cronista de su tiempo, le sirvió para conocer y describir historias personales, de curas, estudiantes, maestros, líderes sociales y personajes undeground del Quito de los sesenta.  A éstos últimos, como si fuese un homenaje, el autor les devuelve la voz y la importancia que una sociedad elitista y perversa les negó: “El Bruno, poeta callejero, es dramaturgo, pintor, actor, cantante y bailarín.  Terrible y tierno, desenfadado y compasivo.  Conocedor profundo de la calle y de la gente simple, la de la vida dura de la cotidianidad, también  la subterránea.  Amigo de artesanos y obreros, de albañiles, de dependientes de almacén monótonos y aburridos, de oficinistas amargados y tristes o rutinarios y avivatos, de canillitas y betuneros, de raterillos de poca monta, de cachineros, de rapazuelas y mendigos, de “lechuceros” –aquellos taxistas piratas que despojan a los chumaditos-;  de vendedores nocturnos de aguardiente, de putas altivas y que exhiben una suerte de dignidad, unas, macilentas y tristes, las más.”. Su palabra, social y reivindicadora, no es gratuita, corresponde a sus íntimas convicciones ideológicas, pero también a una sensibilidad propia del quiteño que vivió, amó y luchó en esa ciudad, de labios para afuera “franciscana”, pero en esencia pícara y agitada. 

Jaime Muñoz, quiteño nacido, amamantado y criado en los barrios tradicionales y populares, es uno de aquellos que conocen perfectamente cada metro cuadrado de la ciudad, cada olor, cada sabor, cada gente. Como estudiante de la Escuela Municipal Espejo,  después del Instituto Nacional Mejía y luego de la Universidad Central del Ecuador, correteó por todas las plazas de la urbe (cuando la vida pública se desarrollaba en espacios abiertos); abrazó tempranas causas libertarias, a las que no les traicionó; amó con intensidad y halló en la enseñanza su mayor placer y  obligación ética.

Con toda seguridad, este escritor, que a la vez ha sido un empedernido lector, tuvo entre sus obras favoritas a: “El señor Presidente del guatemalteco Miguel Angel Asturias; “El recurso del método”, novela del cubano Alejo Carpentier, en la que analiza el prototipo del dictador hispanoamericano;  “La región más transparente” de  Carlos Fuentes, obra en la que trata la identidad de la sociedad mexicana, haciendo gala de una aguda penetración sicológica y gran sentido crítico de la sociedad que le tocó vivir; “La ciudad y los perros” del peruano Mario Vargas Llosa (otrora autor predilecto de Jaime, creo) en la que aborda sugerentes historias de un colegio limeño; o “Héroes y tumbas” del argentino Ernesto Sábato, son todas estas obras escritas en los  años sesenta, y que fueron catalogadas por la crítica como “novela de ciudad”, en tanto son  narraciones ambientadas en los pequeños núcleos citadinos de cualquier  época. En ellas, se abordan temas relacionados con la política, las relaciones sociales o las complejas estructuras sicológicas de los personajes.

La obra “El silencio del verbo”,  bien puede ser catalogada como una novela de ciudad, en tanto retrata un par de décadas de la historia de los protagonistas y de la ciudad. Los recursos narrativos que pone en juego,  permiten advertir y complejizar el carácter autoritario de una sociedad que no ha superado los antagonismos de clase.

Esta obra es de fácil y amena lectura, a pesar de que plantea sucesos difíciles. Seducen sus magistrales descripciones de personalidades complejas, vistas también desde su óptica de sicólogo. Su narrativa es ágil y casi cinematográfica. Pasa de un capítulo a otro, rápida e intensamente, y evita que el lector encuentre espacio para aburrirse o para perder el tiempo. Su capítulo introductorio cumple el cometido de toda buena obra de comunicación: ser un gancho que atrape y conduzca al público hasta el final. Pone en escena a los personajes principales, complejiza su relación y usa como escenario de fondo rituales tan trascendentes para todo ser humano como la culinaria. En este caso, la afamada “fanesca”,  compartida en Semana Santa, por moros y cristianos.  

Describir esa usanza mestiza, no resulta arbitrario, ya que el escritor busca no solo que se entienda la dimensión cultural, sino –principalmente- la dimensión religiosa,  para luego poner en cuestión aquello que puede ser más complejo todavía, la contradicción entre el  rito, el verbo y la praxis, que es –finalmente- lo que verdaderamente define la condición del ser humano.

Las historias que describe son muy humanas y cargadas de sentidos, gracias a su sensibilidad narrativa y al uso que hace de la lengua castiza: el poderoso, abusivo e inescrupuloso; el que desprecia los valores que su verbo dicta; el que aun con sotana, tiene reparos con una institución eclesial que se resiste al cambio de época; el maestro (profesor y masón) que es perseguido por cometer el delito de luchar por un mundo más justo y humano; los personajes anónimos de la calle, como el ciego del acordeón, el vendedor de pócimas, el poeta, la puta de la esquina y el saltimbanqui, en esta novela son parte de ese complejo entramado, que molesta y huele mal a ese segmento social que sigue dominando, de mil maneras, a pesar de que soplan vientos de cambios.

El “Silencio del Verbo” es una obra fundamental, en la cual todos, de algún modo, estamos presentes. Disfrútela.  

Principio del formulario

Rodolfo Muñoz ZapataPrincipio del formulario

Final del formulario

El primer pecado de la humanidad fue la fe;

la primera virtud la duda.”

Carl Sagan

PRIMERA PARTE
1


La señora Estela Encarnación Durán Campoverde se siente comprometida con el padre Antonio y resuelve que su compromiso ha de pagarse. Piensa en los múltiples favores –que así los siente, por mucho que el sacerdote le explicó, más de una vez, que son deberes de cualquier ministro de Dios- (bautizo de los tres guaguas, primeras comuniones, santos óleos y extremaunción a mamita que se fue, por fin, la pobre, a los cien años cumplidos y cuando ya no soportaba los dolores de las carachas; y bendición de la mediagüita de Cumbayá, recién construida bajo la dirección del flamante arquitecto de la familia). Por ello, pues, le ha invitado a la fanesca, suculento plato de connotaciones bíblicas que, según las versiones, quiere recordar cuantos granos, pescado y más aditamentos metieron en el puchero los apóstoles en las vísperas de la Pasión. Y que ha de compensar lo feo de este abril húmedo y triste, bañada, la dicha fanesca por lo demás, con generosos vinos, “de esos que le gustan, padre Antonio –le ha dicho- exigente como es usted en la materia. Que me dé el honor, padre, de tenerle en mi casa aunque sea una vecita al año. Es en la mediagüita que usted bendijo, padre: fanesca y huasipichay al mismo tiempo”.
Al padre Antonio no le hace mucha gracia la invitación, no porque le desagrade la señora Encarnación, tampoco por los diminutivos exagerados con que se expresa y que pretenden aparentar una suerte de humildad, sino por lo variopinto de los invitados, heterogeneidad que para la ocasión no es la deseable, pues entre los convidados han de contarse algunos francamente detestables, por posistas, impostores, engreídos, prepotentes y, para ser sinceros, bien pendejos. Tantos parientes y amigos de la señora Encarna –recorre en la mente el padre Antonio- de alcurnia unos, guacharnacos otros, militares en servicio activo unos, pasivo otros; señoras encopetadas, solteronas y casamenteras, jóvenes con arrestos de yupies y orgullosos varios de ellos de haber sido reclutados por el Opus Dei; jueces de la Suprema y aun Ministros de Estado. Y el padre Antonio preferiría, más bien, una charla de niveles algo homogéneos, sobre todo con un mínimo de calidad, preferible sobre temas políticos de corte progresista, y que se pueda criticar sin temores las cosas del poder político; o bromas de subido tono –aquellas que ruborizan y hieren los oídos de las damas de alcurnia-; o comentarios de las últimas novedades literarias, cuando de reuniones sociales se trata. Pero, “ministro del Señor, al fin, no puedo negarme al convite de una feligresa ni darme el lujo de disponer o escoger o vetar yo nombres en la lista de los invitados”. Y la señora Estelita, o Encarna –que de los dos modos la nombran- es devota de veras, devota de Santo Domingo de Guzmán, de San Ignacio de Loyola, devota de la Virgen del Rosario, de San Vicente –el del agua milagrosa-, “devota de nosotros, de nuestra congregación”. Agradece la deferencia de la señora Encarnación, cuelga el auricular y decide, pues, que habrá de ir posponiendo otros compromisos, el sermón de las siete palabras incluido.

Este jueves santo, de los monumentos –los pasos de la Pasión montados cuidadosamente en las viejas iglesias de la ciudad colonial, en cuya elaboración para la suya contribuyó con precisas directivas y dirigió en persona la elaboración cuidadosa de uno de ellos- le dejó medio exhausto, tras visitarlos, además, con el padre Ribadeneira. Y hay, entonces, que descansar: la cama invita, la de la celda, pues la profana, la cálida, dulce y generosa de la Consuelo, deberá esperar.
Se acicala, impecable terno habano, corbata italiana que le regaló la Consuelito, zapatos ídem y ese perfume aftersheiv tan varonil, según dice la propia Consuelo. “Qué pena no poder llevarle a la fanesca –se lamenta- si la señora Encarnación sospecha y, a lo mejor, francota como es, me chanta la sospecha en pleno almuerzo”. Porque en asuntos amorosos, doña Encarna no se anda con rodeos: el cura a sus asuntos de Dios y nada de alzarse las sotanas para otros menesteres que no sea en el guaterclos. Y la Consuelito encinta como está, sería el acabóse.

Manda, pues, a llamar al Giovanni, cancerbero fiel, chofer del destartalado buick de la pelea pasada, que, remolón como es, se despereza en un chuchaqui de padre y señor nuestro, y manda a decir con su mujer –gorda contenta como él- que espere pues, que no le apure. Porque el Giovanni, cómplice de las andanzas de su jefe, no tiene reparos en darle a entender que, fidelidad y todo, ha de pagarle el prudente silencio si no quiere que los otros sotanudos se enteren de sus escapadas a quehaceres non santos, muy parecidas a las del Padre Almeida de los tiempos coloniales. Placeres que el propio Giovanni comparte, incluso, no pocas veces, en el Mirador, cabaret de la colina, con lindas damiselas criollas y también importadas. Porque el Giovanni es rijoso, lo mismo que glotón y bebedor incansable.

Así que el padre Antonio ha de esperar, paciente como es, hasta que al remolón del Giovanni, ventrudo y lento -vagotónico le dijo el psicólogo que es, aclarándole, al mismo tiempo, que el término era científico y nada tenía de insultante- le dé la gana de apurarse.

2
La “mediagüita” de Cumbayá se viste de gala. Fachada de columnas áticas, copiadas sin rubor de una mansión de Carolina del Sur, de ésas que rememoran los años de los algodonales y la esclavitud –en una de cuyas universidades estudió el Gonzalito, primogénito responsable y bien aprovechado- antecedida de amplio jardín, extenso césped inglés, césped azul le dicen los entendidos, cuidadosamente cortado; pila con angelito de bronce en el centro. Tras el amplio porche de mármol de Carrara, mármol blanco y reluciente; los interiores, para qué les cuento –comentaría luego el padre Antonio- gigantesco salón con mullidas butacas, lámparas de cristal de bohemia importadas de la mismísima Checoeslovaquia, alfombras persas, cortinas pesadas escoltadas por barras de metal…Y los infaltables, e inefables, retratos de la familia en marcos dorados: los abuelos de Guaranda, los abuelos de Quito, las tías con vestidos de vuelos y hasta los tobillos, en esas fotografías sepia, tan caras a las familias añejas de la provincia, en la que se enorgullece haber nacido. Los guaguas, qué encanto, gorditos y sonrosados, posando seriezotes en las faldas de doña Encarna, a la que llaman nona, desde que así les enseñara la tía Aurelia recién vuelta de Italia, uno en cada rodilla, el más chiquito con ese precioso vestido de marinero.

La señora Encarnación, menuda y rubia, rubia hasta la exageración, ojos azules penetrantes de mirada imponente, ordena con la agilidad que contrasta con su reducida estatura, las disposiciones de la mansión. Va a la cocina, examina las viandas, ordena a las cocineras, prueba de cada enorme cacerola, corrige los sabores y, a renglón seguido, va al gran salón y verifica que ni una mota de polvo empañe la nitidez de muebles, ventanas y cortinas.

Cuando el padre Antonio llega, al mediodía, sale doña Estelita, presurosa, para decirle lo preocupada que estaba por su demora, pues los otros invitados conversaban ya, animados por sendos vasos de whisky, encantados de verse a los tiempos, siempre por el milagro de la anfitriona de reunirles -aunque sea por la muerte de un judío, que dicho en viernes santo y pese a lo liberal del padre Antonio, no le hace mayor gracia-. Se lo dice al licenciado Claudio Montesdeoca, maestro del colegio que dirige y que, conocido también de doña Encarnación, vino al disfrute del plato y sus aderezos. “Que vos seas ateo o agnóstico, es cosa tuya –le dijo- pero respeta las creencias de los católicos”. El maestro calla y sonríe, consciente como está de las dudas
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