Cuento pequeño, de una parte de una vida complicada, y del por qué de la soledad tras la soledad misma






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NOLI ME TANGERE.

Cuento pequeño, de una parte de una vida complicada, y del por qué de la soledad tras la soledad misma.
Mi niña. Mi bolita rubia que asomaba su cabecita de mi bolsillo como un cangurito de la bolsa marsupial, cuando la llevé a casa.

Y al final, ya grande, ya viejecita y con aquel abultado tumor en su mama, recogida en mis brazos como cuando niña, porque nunca dejó de ser una niña, hasta el último momento en que antepuse su bienestar a mi egoísmo de retenerla dolorida.

Mi niña, mis lágrimas en su lugar, y mi deseo de que no deje de quererme nunca.

A ella dedico la refundición de esta historia, que como mis verdaderas historias, está hecha solo para mí, para quien más las necesita, pero que a ella, a mi niña, que es parte de mí ser, también pertenece.

Es mi más explícita dedicación de las pocas que he hecho

NOLI ME TANGERE.
Nací hace muchos años, hace más de setecientos o algo así.

Esto es fácilmente creíble por quien admite las reencarnaciones, y aun por otras religiones respetuosas con sus vecinas, y por los ateos poetas. También sería admitido si lo dijera un paranoico, un pobre loco como yo y tantos más. Lo que si sé es que nací cerca de hace novecientos años y ya está.

Y pronto, muy pronto, en los primeros años de mi vida, empecé a familiarizarme con mi soledad, a conocerla, a admitirla, y a convivirla.

Nací hace muchos años, en la época en que los monasterios eran más grandes que las ciudades, cuando ya no quedaban ciudades, cuando solamente había unas casuchas en las laderas de los castillos; y allí, a uno de los monasterios en la geografía de mi meseta, valles y barrancos, a la edad de nueve años, fui trasladado para recibir mi educación.

Quien hoy vea nuestras góticas catedrales, a poco que se aplique un pequeño estudio al contemplarlas, enseguida vendrá a conocer la generalidad de todas las demás que hay distribuidas por la cristiandad: su girola, su planta de crucero, sus naves laterales, sus capillas en los muros, sus torres campanario, sus vidrieras de colores, sus esculturas de santos con sus atributos, distribuidas en arte decorativo, sus contrafuertes exteriores, su posterior pináculo, el coro y el altar mayor como lo principal. Lo que no le será ya tan conocido, aparte de la iglesia y el claustro, son los monasterios, antiguamente por su hermetismo, y actualmente por su abandono y su derrumbe; pero yo conozco igualmente todos los monasterios, y todos me son familiares, porque todos ellos son iguales al monasterio donde me eduqué: su huerto, su cementerio, su sala capitular y sus confesiones públicas, su refectorio y su púlpito, sus celdas, que eran preferidas al dormitorio general, su biblioteca, sus escaleras. Todo me es tan conocido como los dedos de mis manos, como los brazos de mi cuerpo, y aun hoy, después de tantos años, siguen desde luego siendo igualmente parte mía, y mi casa su remedo.

A la edad de nueve años fui trasladado allí, pero al exterior del recinto, y recién cumplidos los doce, dejé los extramuros, la casita del huerto donde hasta entonces viví con el hortelano, que más que tal era pastor de los alrededores, y pasé a dentro, a una celda, a una celda como la de cualquier monje, como la de cualquier novicio. Y allí, sin espejo ninguno, empecé a saber mirarme y verme, mejor que nunca.

Y el monasterio me enseñó parte de sus misterios, como el de ser cual una nave en piedra, la más grande que nunca imaginación humana haya podido soñar, y cómo desde allí, pese a su solidez, podía surcar espacios y cielos con más atención que desde ningún otro navío: atravesar los verdores de la primavera, la luminosidad del verano, el melancólico otoño, y el infinito invierno, y sobre todo los cielos, los cielos inmensos y siempre distintos, y especialmente hermosos por la noche. En aquel monasterio todo tenía la mayor resonancia, y así, cuando andaba por el claustro, cuando subía o bajaba por las escaleras, mis pasos se oían y su sonido se redoblaba en las bóvedas, oyendo mi andar, oyendo las toscas sayas que me cubrían, rozándose al desplazarse, y si en el camino mi sombra se encontraba con la de algún fraile, que bajándose la capucha solo podía decirme la eterna sentencia de “Hermano morir tenemos”, no hacía falta que yo le respondiera el “Hermano ya lo sabemos”, no hacía falta porque yo ya estaba pisando las lápidas y las tumbas, como suelo, de los que me habían precedido allí. Todo en el monasterio era distinto, el día, y la noche; por las noches, cuando oía a los monjes bajar al coro, cuando después oía sus cantos romper el silencio más sepulcral, yo siempre retraído, comprobaba que la música, su canto, me recordaba que la música será siempre en esta vida, el mayor placer, la mayor sensibilización, o al menos la más constante en mí.

El monasterio es un mundo aparte, un mundo en el que lo humano y lo divino se entrecruzan cotidianamente, un mundo que murió pero que siempre perdurará en mis recuerdos, en mis recuerdos de siempre. Cuando unos doscientos años más tarde, en mi peregrinaje hacia el “Resplandor”, pasaba de pueblo en pueblo como un peregrino, al llegar a las plazas, los chicos, tras darme algunos las dádivas alimenticias que me ofrecían sus padres, me pedían, creyéndome más que un antiguo monje, un pobre necesitado soldado andariego y viejo, que les contara alguna historia de mis aventuras pasadas, y entonces yo, pobre soldado místico, les ofrecía las historias del Monasterio. Y a veces les gustaban, como aquellas en las que alguien, intentando profanar el monasterio, había sido castigado, cual la del asesino capitán de desertores:

“Aquel violento, había llegado a nuestro altiplano, como enemigo, y sin llamar, echo abajo las puertas del monasterio. Se envalentonó ante el viejo abad que le salió al encuentro, para pedirle respeto a sus monjes, y con su cobarde espada y sin mediar con él palabra alguna, aquel bandido atravesó sin más, el pecho del pobre viejo, que cayó al momento abatido, dejando en la fría losa del suelo, su sangre en un pequeño charco.

Los minutos se hicieron horas para los sentenciados y apretados monjes, eternas horas de ver buscas violentas por todas las estancias, pero no habían pasado aun tres horas, cuando atardeciendo, y allí mismo, en el claustro pequeño de entrada, a consecuencia de las desavenencias por el reparto del botín entre los bandidos, el lugarteniente del grupo, alzando enfurecido ágilmente su hacha, sintiéndose engañado por el avaro capitán, de un tajo le seccionó la cabeza del cuerpo.

Entonces todos los demás bandidos, que indiferentes presenciaron el descabezo de su capitán, vieron como aquella cabeza, al caer, cual una pelota, rebotó, rodó, y continuó, hasta llegar a donde todavía quedaba la mancha de sangre ya seca del abad, poco antes muerto, y al llegar al medio del pequeño charco de su sangre, los labios de la boca de aquella cabeza quedaron volcados hacia el suelo, como queriendo pedir un perdón que ya nada arreglaba.

El capitán había sido castigado, y de sus secuaces, prontamente preocupados sólo de escapar, se supo que aquella misma noche salieron huyendo en desbandada, en la mayor desconfianza los unos hacia los otros, y que más tarde, algunos de sus cuerpos aparecieron descuartizados por los lobos de alrededor, que sin embargo de antes no se recordaba que se atrevieran a merodear por las tierras circundantes a aquel pequeño y solitario monasterio”.
Somos muchos quienes nunca hemos querido que se acumularan riquezas ornamentales para el monasterio, ni siquiera argumentando que para los objetos sagrados, y pobre del monasterio que a ello se dedique (causa segura para su hundimiento posterior), pero aunque se enriquezcan con sus bibliotecas, sí deben respetarse sus vidas, la de los que a ellos se acogen, allí encuentran refugio, y la de sus muertos.
Un ladrón, uno de esos ladrones que tan fácilmente anteponen su vagancia y rapiña a cualquier daño ajeno, entró una noche a la sacristía de un pobre monasterio, lejanamente vecino de otro más fuerte. Al día siguiente, en su saco, se vieron los dos vasos sagrados de las grandes ceremonias, y la pequeña custodia. Con ellos había saqueado todas las sacras riquezas que allí se poseían. Pero su egoísmo había sido más ambicioso: De todos los lugareños de allí, era conocida la historia de su primer abad y fundador, de todos era conocido que al retirarse a aquel lugar, repartió todas sus muchas riquezas entre los pobres, y por todos fue venerado aquel padre nuestro, que llegó a ser nitrado, y muchos vinieron desde entonces, para poder besar su “báculo”, regalo del patriarca. Aquel ladrón, antes de marcharse con su botín, se había atrevido a levantar la lápida sepulcral que cubría los restos del antiguo abad, en busca de aquella honorable mitra y báculo con que fue enterrado. Y a la mañana siguiente fue encontrado muerto, con los ojos desorbitados, con las manos entrecruzadas protegiéndose el cuello de ser asfixiado por alguien terrible, de quien sin embargo no había el menor rastro.

Y entonces fue cuando el físico comunicó, que al parecer no solamente nadie le había ahogado, sino que él mismo había sido su propio ejecutor, dada la fuerza con que todavía sus dedos estaban prietos en su propia garganta, como contrariamente queriendo soslayar el pánico de que alguien le iba a ahogar.

Lo que aquella noche de profanación aquel desaforado viera, quedaba en nuestra imaginación como una mera sospecha, pero sus ojos, llenos de sangre y desorbitados, nos daban testimonio de que había sido algo espantoso.

Mientras el cuerpo del ladrón y su saco, habían quedado sobre el suelo, el esqueleto del antiguo abad seguía allí, en su pequeña tumba abierta y forzada, apenas cubierto por un sayo y ancha capucha, ya casi hecha polvo, mostrándonos a todos a quienes no le habíamos conocido en vida, que su báculo era un simple palo de pastor, sin más valor que el de decirse que estaba hecho de un olivo de Palestina”.
Estas historias de profanación, de profanación en general para todos, erizaban los cabellos de los chicos, pero al tiempo eran de las que al día siguiente, si seguía allí, me volvían a pedir, y sin embargo estas eran las historias más olvidadas en nuestros monasterios, porque las historias que allí se recordaban eran distintas, eran amorosas, como la que aprovechando aquellos momentos en que podíamos hablar, me repitieron varios viejos monjes de nuestro monasterio, que habían sido compañeros de fray Angélico:
“Fue tal fraile, que hacía poco había dejado de ser novicio, un jovencillo que después de dejar su trabajo de copista en el scriptorium, todas las tardes bajaba al huerto, justo al estanque que retenía las aguas para el riego, y allí, colocado sobre una piedra sillar que le servía de podium, contemplaba el atardecer. Todos, y varias veces, fueron entonces testigos de cómo fray Angélico se elevaba sobre el suelo una o dos varas, quedaba suspendido su pequeño cuerpo en el éter, y su plácido rostro se iluminaba cual si fuera el espejo donde se contemplara el crepúsculo; todos recordaban con nostalgia, la bondadosa y confortable sonrisa que emanaba entonces aquel pequeño fraile, que gozaba del don del éxtasis, por su bondad en todo y con todos”.
Estas eran las más recordadas historias en nuestro monasterio, estas y otras tantas llenas de beatitud.
Un mundo aparte, un reino aparte, donde nuestra parte divina y humana se entremezclaban cotidianamente, y en ese mundo yo, joven estudiante y eremita, aunque no monje, deambulé y viví mis primeros años: En el scriptorium mis ojos se abrieron a nuevos mapas, a lugares lejanos, y vi allí dibujos de animales insospechados, de razas con costumbres extrañas. En la iglesia oí bajar desde el coro a la nave, donde a veces acudía a algunos maitines, los cantos gregorianos más hermosos que creó la cristiandad. Paseé por el huerto, como fray Angélico, y contemplé el atardecer y la tranquilidad que precede al sueño. Me ensimismé sentado en el claustro, y reflexioné sin prisas y con esperanzas. En la cripta, de rodillas, pasé horas sintiéndome amado, fijos mis ojos ante el Sagrario. Y sobre todo, marcándome para el futuro, paseé muchas y muchas veces por los pinares y montes cercanos, grandes paseos, como cuando a veces me tocó guardar nuestro rebaño, y pasar también la noche en el campo, bajo las estrellas del estío, hasta que finalizada mi semana de servicio, era relevado por algún otro monje. Y también pequeños paseos, como el que todos los días, libre cual estudiante allí, de la total disciplina de los monjes del capítulo, yo siempre realizaba por nuestro alrededor, incluso también en los peores días del invierno; paseos en los que cotidianamente me ensimismaba y familiarizaba con mi soledad.
¡Oh días de esplendor en los que puede escuchar el palpitar de mi pecho!. Y otro día comenzó la segunda parte de esta leyenda de soledad: llegó al fin el año en que ya tuve edad para ser caballero, para ser guerrero, y hube de salir del monasterio y marchar a mis primitivos lares, de los cuales ya apenas nada recordaba.

Rechacé allí las armas, y entonces, insultado, mofado, fui desterrado, y hube de albergarme en los arrabales de la creciente y populosa ciudad, marchar a aquellas ciudades que se habían impuesto a todo en todo, que estaban llenas de gentes indiferentes, con mucha gente hermética y mucha también perversa, con demasiada gente, recelosa cada una de guardar sus distintos idiomas. Y allí, trabajando en medio del bullicio, pedí una vez más por mi intimidad, por la soledad, y la soledad me fue negada.

……………………………………….
Y aquellos tiempos no fueron ya los de la Edad Media, sino los posteriores del llamado y mejorado Renacimiento.

Bien es cierto que en el monasterio nunca había estado verdaderamente solo, solo conmigo mismo, pero ahora en la ciudad no pude estar solo ni siquiera en las pocas horas de sueño que esperaba tras el día agotador.

Sí, digo bien que en mi monasterio nunca estuve verdaderamente a solas, porque allí yo tuve a mi gran amigo, a Dios, que lo llenó todo, que me inflamó todo. Allí conocí sólo una pequeña soledad, que era la válida para un pequeño niño, y así, al cabo, en la mayoría de las ocasiones, estuve pues acompañado. Acompañado por el amor de Cristo, por la amistad de Cristo.

Ahora, aquí en las ciudades, veía a la gente buscar al amigo, a ese amigo que les ayudara e incluso a quien ayudar, frente a tantas penurias cotidianas, pero yo lo veía imposible para mí, aunque no buscara la amistad perfecta, y menos allí: Sabía que nunca más podría encontrar a aquel amigo cuya sangre bebí, cuyo cuerpo fue parte del mío en el sacro y supremo rito de la comunión diaria, a aquel que fue amigo y dios, y que un día murió, como murió el monasterio, como murieron aquellos tiempos, como murió mi ilusión... pero eso era ya otra historia, y la actual consistía en encontrar una compañía humana.

Lo que sangrantemente vi al cabo, es que desde que murió mi dios y amigo, aunque quise ciegamente resucitarle, no pude; y lo peor fue saber, no ya que no volvería a encontrar a nadie semejante, sino ni simplemente una satisfactoria amistad humana, y menos en las ciudades, en estas ciudades, donde sin embargo la gente parecía buscar anhelantemente amistad en las tabernas y mercados, aunque nadie acabara encontrando el verdadero amigo, porque esa es, o al menos fue entonces, una palabra que queda en todo caso para poder realizar en otros siglos venideros más allá del presente, en otros siglos todavía posteriores, mejores que éste y que los anteriores. Ahora como antaño, hoy todavía, llenos de prejuicios, prejuicios arrastrados desde el comienzo de los tiempos, prejuicios que hoy se renuevan y fortalecen, se impide la amistad verdadera.

En un escrito científico que leí recientemente, subrayé, sin saber por qué, unas pequeñas palabras: “No se puede entender la amistad entre dos hombres – o dos mujeres- , sin comprender y admitir una parte de componente homosexual que de forma natural hay entre ellos, como cosa natural, que realmente hay en cada persona y animal, y ambos inclusive”, y el autor daba esto dicho como si lo de Sodoma fuera ya algo superado, de una Biblia fuera de tiempo.

Pero sí buscaba yo, en aquella época del Renacimiento, bajo mis carnes ardientes, a la amada, a quien yo creía compatible con mi soledad, pero a quien en mi imaginación no acaba de saber concretar: Unas veces era alta, otras baja, unas rubia, otras de piel morena, otras conversadora, otras callada; simplemente anhelaba, como anhela el cuerpo en flor, su fruto, y la busqué. La busqué, desilusionado ya de dios, sin grandes esperanzas, pero como casi siempre he hecho en todas mis búsquedas, con persistencia, y acabé encontrándola, y hoy sé en aquel inciso que hice frente al anhelo de mi soledad, lo que es amar desdoblado en dos cuerpos abrazados.
Estaba en la playa, una playa desierta, sentado con el mar de frente y el acantilado atrás, ante un hermoso atardecer, con el murmullo fuerte de las olas como fondo, que se convierte en música cual en el monte el silbo del aire, contemplando la espuma del agua llegando a la arena, esa espuma de la cual vio el atildado pintor nacer a Venus, y allí apareció mi Ser Amado. Apareció, discretamente, sin que yo en sus pasos reconociera prontamente al ser tanto tiempo esperado, y sin embargo al poco tiempo ya estábamos besándonos fuertemente. Y hoy hablo de aquella pasión humana, con no menos recuerdo y fuerza con la que viví mi más larga pasión divina.

Y nos bañamos en aquella playa, y llegados a su casa, nos abrazamos ambos en el mismo baño, y desnudos nos tendimos en su cama. Y gocé y gocé besando y abrazando su cuerpo, y también besando y quedándome con su sonrisa, con su hospitalidad, con su delicadeza, y gocé tan intensamente como tantos días he llorado después al recordar su pérdida.

Amé a mí ser amado con la fuerza de todos mis músculos, con la agilidad de todas mis fuerzas, con la ilusión de todos mis sueños, y cuando aquel encuentro acabó, dejé escrito. “Si el amor no es eterno, yo no deseo la eternidad”, aunque no fue esta la única triste frase que escribí en la carta de despedida.
INCISO: CARTA DE DESPEDIDA A LA AMADA

Amada mía:

Mi primer amor tras largos años de haber desesperado, mi primer beso, un beso que al poco de haberle aprendido tan tardíamente, quise prolongar durante horas... “y hasta el sauce, inclinándose a su peso, al río que le besa vuelve el beso”. Qué distinta me parecen ahora las rimas que más tarde habrían de aparecer, y cómo prefiero recordar el beso más en su pasión y llama... “la llama, en derredor del tronco ardiente, por besar a otra llama, se desliza”.

Y me dijiste “adiós”. Tantas veces he dicho yo adiós a las demás –tantas dentro de los pocos contactos que se me presentaron -, que rápido cedí al tuyo, y empezando a sufrir, comenzaste a dolerme tanto como sólo puede doler la muerte del más esplendoroso amor.

Y te parecerá todo exagerado, un cuento, y podrá parecer todo inventado, pero yo sé que fue real, y que si después vengo sufriendo tanto por ello, fueron sin embargo aquellas, las horas que nunca cambiaré por nada.

Tengo, a veces, inclinación a escribir, a caligrafiar papelitos que luego se pierden en distintas y variadas carpetas o rincones. Estas “hojas”, sin embargo, son las hojas del árbol de mi vida, las hojas por las que respiro y doy sombra, las hojas que sin embargo luego siempre perderé con el aire, las larvas parásitas, o el otoño. Esta pudiera ser una hoja seca para colocar entre las páginas de un libro, una hoja que yo quisiera depositada entre las páginas de tu libro más leído.
Que sepas que tus amigos y amantes te darán tantas veces más cosas que yo, pero que como te dije del poeta venidero, cual yo te he amado, no te amará nadie: Cada vez, y últimamente cada año mucho más, me facilito el suicidio, me lo hago más y más comprensible, fácil, pero nunca me suicidaría hoy o mañana, si antes hubiera quedado contigo.
¡Ah!, no puedo dejar de recordarte sin imaginar a continuación abrazándonos desnudos, besándote largo, sintiendo que mi sexo tiene contigo potencia para continuar y continuar durante horas, días enteros, y en medio de esta pasión se me saltan las lágrimas, y no de sensiblería, sino de rabia por no tenerte. Nunca iremos a París juntos –los proyectos de consuelo se desvanecen cuando la pena parece pasada, pero si fuéramos a París, nunca lo verías porque aprovecharía para no dejarte salir de mi habitación, con vistas al Sena, aunque resultase tan cómico como una parecida comedia por hacer-.

Cuando estaba sobre ti, y besaba tu cara, tus párpados, tu barbilla, y te veía sonreírme, todo mi cuerpo se enervaba, y mi miembro se mantenía y seguía erecto sin ser ello lo único importante de las muchas sensaciones. Ayer, lejos de estar erecto, tal vez, eso sí, llamativo por el ajustado calzón para mi montura, me reí hasta comprensivamente, cuando un gay florentino me advirtió que me pondría en un compromiso al galopar, si se me levantaba un poco más. Tu sí serías un compromiso al verte allí, porque no dejaste de erectarme ni un minuto de los que pasé contigo, ni tras la primera, ni tras la segunda, ni tras la tercera vez en una misma noche, y eso que tardo días en reponerme, y aun me acordé de la sonrisa de extrañeza que me diste simpáticamente una vez, por mi “enfermedad”, como risueñamente la calificaste. Me dijo el gay florentino que le gustaría verte, pero ni siquiera le detallé que vivías 100 leguas lejos de allí, ni que prontamente me dijiste “adiós”, ni mucho menos tu nombre, tal vez porque ni yo mismo le repito, sino que te menciono como “ella”, la única, y no me digas que vuelvo a ser exagerado, como te extrañaste cuando te dije que tu eras las primera que me había enseñado a besar. Porque sabía besar la piel, como besé tu dorso, tu ingle, tu vientre, pero siempre puse reparos en besar la boca, cualquier boca, hasta que me perdí en la tuya, y lo que siempre había sido distanciamiento, fue desde entonces de inmediato, enorme pasión.

Si algún día te viese llegar a esta capital que te ofrecí sin ser mía, los muchos respetos que se me han ido levantando a mi alrededor, se derrumbarían en desplome, porque yo, firme al verte en la calle, aunque quedé deshecho al despedirte, me allegaría a ti, abrazaría tu dorso por debajo de estúpidas ropas, y después, estrechándote fuerte, me hundiría en ti con un largo beso, tras varios cortos por tu cuello y cara, sin permitir que te avergonzaras, sin permitir que nadie de nuestro alrededor nos molestara - y si alguien lo hiciera, conocería entonces fuertemente mi violencia... pero después, solamente después, para que tu en ese momento, no sufrieras nada - .

Te quise y te quiero tanto, que nadie, ni tal vez hasta tu misma, lo entenderá, ni sabrá jamás por qué. No importa, esto es lo que me diferencia de los demás, porque en las formas soy parecido a todos, aunque también en las formas resulte chocante y siempre apartado.

¡Mi gran amor!. ¡Mi adorado cuerpo!. “Porque amarte como yo te he amado, como se ama a un dios ante su altar, así nadie te amará”.
Quisiera encontrarme, tras tu despedida, un amor que tuviera suficientes puntos comunes conmigo, como para que no surgiera un rápido adiós como surgió el nuestro: una edad parecida, una parecida circunstancia, y el “existencialismo” que vendrá, como base y no separación. Pero no creo que lo encuentre, ni menos que me encuentre ahora a ella, tan parecidamente virgen a cual yo lo fui contigo; pero por mi parte y pese a mi resabio, sí le sería gratamente aportante... muy aportante y correspondiente.

Lo único que sí podría hacer ahora, sería levantarme un mundo de sueños, y en esas lejanas historias, me rectificaría todo, el dónde y cuando nací, el cómo me superé, quienes conocí, mis principales aventuras, y mis principales conquistas, y cuando me hubiera corregido todo, y situado en un país solitario y lejano, muy lejano, iría a los montes de por allí, que me recordasen mis mejores paisajes, y en sus sombras viviría lo que me quedara por imaginar, hasta que la muerte me llamase, o como espero que sea, hasta que la llame yo. Esto es lo que podría hacer, pero ya ni puedo evadirme en sueños.
Adiós, mi amada. Si desgraciadamente hubieras sufrido tanto como en mi juventud sufrí, quizás pudieras entenderme sin necesidad de que tuviera que expresarme mejor, aunque todos hemos tenido penas. ¡Que los dioses se olviden de ti, y te dejen feliz; que tus apreciados “niños” sean siempre “niños”, y no te desilusionen. Yo, ahora miro con envidia a los enamorados, y bendigo las horas que me distes, aunque llore y llore tanto.
P.D.: Estas letras no son una pieza literaria ni han pretendido serlo. Las escribí a retazos, y nublado por las lágrimas de tu recuerdo, en los días posteriores que pasé en la costa tras despedirnos, y hoy no me atrevo a corregirlas, si bien la carta que yo te quise enviar, pretendió ser mucho más hermosa y comprensible. Por supuesto que no hace falta que contestes, ni ya viene al caso para tu paz, pero si además te parezco ridículo, tan ridículo como al final resulta un caballero que llora, desecha este papel quemándole, que yo no insistiré en volverte a molestar jamás con otras letras.

………………………………………..
CONTINUACION DE MI LEYENDA

Y la continuación de esta historia, que yo llamo leyenda para los que no creen en los setecientos años que pueda vivir una persona, fuera de reencarnaciones y cosas parecidas, seguí en la ciudad.
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