Las palabras y los mitos






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LOS HIJOS DE ZEUS


En la mitología griega ya no hubo más destronamientos una vez que Zeus hubo ocupado el poder. Los diversos Olímpicos tuvieron hijos, pero ninguno de ellos consiguió rebelarse. Por el contrario, se les permitía entrar a formar parte pacíficamente de la familia de los Olímpicos y convertirse en dioses y diosas con los mismos derechos que los demás (aunque todos quedaban bajo el imperio de Zeus).

Probablemente, los diversos hijos de los Olímpicos eran, en un principio, dioses y diosas locales de diferentes tribus que se fueron aliando con los griegos invasores. Incluso puede ser que varios dioses y diosas quedaran reunidos bajo un solo nombre. Por esta razón, existen diferentes relatos sobre un dios o una diosa, que no concuerdan entre sí.

Por ejemplo, existen dos historias, completamente distintas, acerca del nacimiento de la diosa Afrodita. En una de las versiones, se la supone hija de Urano y Gea. Surgió de las olas marinas, en una concha. Por lo tanto, era hermana de los Titanes y mucho más antigua que los Olímpicos.

Probablemente, éste sea un mito creado por los pueblos anteriores a los griegos. Cuando estos llegaron, incorporaron a Afrodita a la familia de los Olímpicos haciéndola hija de Zeus y de la Titánide Dione.

Dejando de lado su origen, el hecho es que los griegos consideraron a Afrodita la más bella de las diosas. Era la diosa de la belleza y del amor. Los romanos la identificaron con su propia diosa de la belleza, Venus, nombre que nos resulta más familiar.

Bajo cualquiera de ambos nombres, esta diosa es el prototipo de la belleza, es decir, el modelo original sobre el que todo debe basarse. Por eso, cuando deseamos hacer un cumplido a los encantos de una muchacha, le decimos que es una Venus. Fueron tantos los honores con que los romanos colmaron a Venus, que la palabra «venerar» ha adquirido el sentido de honrar y respetar. Y como la edad es respetada, o al menos debería serlo, se dice que los ancianos son «venerables».

Venus (o Afrodita) llevaba un cinturón, llamado «cestus», que aumentaba sus atractivos y la hacía irresistible. A veces, a una mujer bella y encantadora se le dice que lleva el «cinturón de Afrodita». Los zoólogos destruyen esta poesía dando el nombre de «cinturón de Venus» o «cesto» a unas lombrices de mar que tienen unos treinta centímetros de longitud y su forma es parecida a un cinturón.

El nombre de la diosa Venus fue otorgado a un importante planeta. Es el planeta comúnmente denominado la «estrella de la noche» o del «alba», según a qué lado del sol se encuentra. Es el objeto más bello y rutilante de la zona próxima al Sol y a la Luna, y su brillo es muy superior a cualquier otra estrella.

Originariamente, los griegos creyeron que había dos planetas diferentes. A la estrella del alba, le pusieron el nombre de Fósforus (en griego, «el que trae la luz») porque, en cuanto aparecía por el horizonte del este, estaba próxima la llegada de la luz del alba. La estrella de la noche recibió el nombre de Hésperus («oeste» en griego), porque siempre brillaba al oeste del firmamento, una vez puesto el Sol.

Cuando los griegos comprobaron que Fósforo y Héspero eran en realidad un mismo planeta, lo llamaron Afrodita como correspondía a su belleza. Los romanos le pusieron el nombre de Venus, con el que seguimos denominándolo.

Otra hija de Zeus con una Titánide, es Atenea. El mito explica que Zeus se tragó a Metis, una Titánide que fue considerada su primera esposa. Sólo más tarde desposó a Hera.

Metis tuvo una hija en el interior de Zeus, y éste sólo reparó en ello cuando empezó a sufrir un tremendo dolor de cabeza. Era tanto el dolor, que tuvieron que abrirle la cabeza y de ella salió la diosa Atenea ya adulta y completamente armada.

Este mito parece algo tonto, pero «metis» es una palabra griega que significa «prudencia» y Atenea fue considerada la diosa de la ciencia y de las artes de la paz y de la guerra. El mito es, pues, una manera adecuada de explicar que Zeus, tras llegar al poder, absorbió la prudencia y de sus pensamientos surgió la ciencia de la que se desarrollarían dichas artes.

Atenea fue considerada la diosa que cuidaba de modo especial una ciudad griega llamada Athenai en honor suyo. En castellano, esta ciudad es Atenas. En la cumbre de la civilización griega, Atenas era la ciudad más poderosa, rica y civilizada. No ha habido ciudad más admirada por los pueblos que Atenas. Sigue siendo la capital de la moderna Grecia.

Dada la reputación de Atenas como centro principal de civilización, las ciudades que se consideran a sí mismas como centros de cultura, suelen llamarse como aquélla. Por ejemplo, Boston se considera la «Atenas de América».

Palas es otro nombre con que es conocida Atenea. Una de las historias sobre la forma como llegó a tener aquel nombre explica que, en cierta ocasión, Atenea mató a un gigante llamado Palas y adoptó su nombre. Probablemente, lo que en realidad sucedió fue que una tribu que adoraba a una diosa llamada Palas se unió a los griegos, y Palas fue identificada con Atenea. Sin embargo, en poesía, Atenea fue denominada frecuentemente «Palas Atenea».

El segundo de los planetoides fue descubierto en 1802 y recibió el nombre de Palas. Con un diámetro de 304 millas, es el segundo en tamaño de entre los asteroides. (El noveno asteroide, descubierto en 1848, recibió el nombre de Metis, nombre de la madre de Atenea.)

Muy poco tiempo después, Palas entró a formar parte de la tabla de elementos. En 1803, el químico inglés William Hyde Wollaston descubrió un nuevo elemento. Klaproth acababa de utilizar el nombre de cerio, basado en el primer planetoide, Ceres, y Wollaston hizo lo mismo con su nuevo elemento, poniéndole el nombre de «paladio», en recuerdo de la diosa Palas.

Paladio tiene un segundo significado. La ciudad de Troya (sobre la que hablaré un poco más adelante) contaba con una estatua de Palas Atenea que era llamada «palladium». Existía una tradición que decía que Troya no podía ser conquistada mientras el «palladium» permaneciese dentro de la ciudad. (Y cuando perdieron la estatua, Troya cayó.) En nuestros días, cualquier objeto o tradición que se supone preserva a la nación o alguna costumbre, es denominado un «paladio». La constitución americana, por ejemplo, puede ser considerada como el paladio de las libertades de aquel país.

Algunas personas de nuestro tiempo piensan, a causa del sonido de esta palabra, que un paladio era un antiguo circo o teatro, como el Coliseo. De ahí que algunas salas de cine lleven este nombre. En cambio el nombre de Atenea está asociado al de un edificio, tal vez el más bello de todos los tiempos. Como Atenea no se casó nunca ni tuvo aventuras amorosas, los griegos solían llamarla «Atenea Parthenos» («Atenea Virginal»). Cuando los atenienses le erigieron un magnífico templo, terminado el 437 a. C., lo llamaron el «Partenón». Sus ruinas todavía siguen enhiestas para recordarnos los más gloriosos días de Grecia.

Los romanos identificaron a su propia diosa de las artes prácticas, Minerva (de una palabra latina que significa «mente»), con Atenea. Sin embargo, y seguramente debido a la fama de la ciudad de Atenas, éste es uno de los casos en que el nombre griego sigue siéndonos más familiar en nuestros tiempos.

Uno de los hijos de Zeus era Hermes. Su madre se llamaba Maya, una de las hijas de Atlas. Más concretamente, era una de las siete hijas llamadas las Pléyades. En cierta ocasión, las Pléyades fueron perseguidas por un gigante cazador. Para rescatarlas los dioses las convirtieron en palomas y las colocaron en el cielo, donde pueden ser contempladas como un pequeño y bello grupo de estrellas en la constelación de Tauro. Una de esas estrellas sigue llevando el nombre de «Maya».

A pesar de que las Pléyades son siete, la mayoría de la gente sólo puede ver seis. La séptima, decían los griegos, empañó su brillo con la vergüenza y la pena de haberse enamorado de un hombre mortal, en lugar de un dios. Se la reconoce con el nombre de la «Pléyade perdida».

De hecho, las Pléyades son un grupo de mucho más de siete estrellas. A simple vista, sólo vemos las más brillantes. Con unos prismáticos se divisan docenas de ellas, y con un telescopio, centenares. A pesar de ello, cualquier grupo compuesto por siete personas famosas, es llamado también una «Pléyade».

También hay una diosa romana llamada Maya. No tenía nada que ver con su homónima griega, pero a menudo son confundidas. Lo más importante de la Maya romana es que el mes de mayo lleva su nombre.

En lo que se refiere a Hermes, el hijo de la Maya griega, diremos que era considerado el mensajero de los dioses y, por ello, era muy ágil. A menudo se le representa con alas en los pies y en el casco. También era el dios del comercio, el robo y la invención.

En sus últimos tiempos, los griegos adoptaron a un dios egipcio de la ciencia, y lo identificaron con Hermes. De esta combinación salió el nombre de «Hermes Trismegisto» («Hermes el tres veces grande»). Hermes Trismegisto fue considerado, en especial, el dios de la ciencia química, ya que los griegos tenían una gran reputación como químicos en tiempos pasados. (En realidad, la palabra «química» puede que proceda de un antiguo nombre de Egipto.) De ahí que el primitivo nombre de la química fuese el de «arte hermético».

Una palabra más familiar para nosotros, proviene del hecho de que los químicos solían cerrar el cuello de las botellas de vidrio para evitar que su contenido estuviese en contacto con el aire. Por ello todo cuanto se aísla del contacto del aire, se dice que está «herméticamente cerrado».

En tiempos antiguos, los mensajes de un rey a otro, o entre los ejércitos, eran llevados por los «heraldos». Estos debían ser tratados respetuosamente y no podían ser atacados. Llevaban un báculo especial como símbolo de su oficio, llamado «caduceo». Como Hermes tenía misión de heraldo cuando llevaba mensajes también disponía de este báculo que, de la misma manera que su casco y sus pies, tenía alas.

Posteriormente, cuando se convirtió en Hermes Trismegisto, se le añadió algo al báculo. La química está ligada a la medicina, y así ocurrió con Hermes. (Un polvo mítico al que se suponía capaz de curar las heridas cuando se aplicaba a éstas, recibió el nombre de «polvo hermético».) Además, en tiempos antiguos, los médicos eran asociados a las serpientes. Ello puede ser debido a que las serpientes tienen la habilidad de desprenderse de su piel, y en opinión de los griegos ello les renovaba su juventud. Esta renovación juvenil era lo que ellos esperaban de los médicos.

A causa de ello, el caduceo de Hermes (que tal vez estuviese hecho, en un principio, con ramas de olivo) incorporó a dos serpientes que se enroscaron en torno a él. Desde entonces este caduceo, completado con alas y serpientes, ha venido simbolizando a los médicos y la profesión de la medicina. Y continúa siendo la insignia del Cuerpo Médico del Ejército de los Estados Unidos.

Como es natural, el planeta que corre más rápido sobre el fondo de estrellas recibió el nombre del alado Hermes. Los romanos identificaron a su dios del comercio, Mercurius, con Hermes, y por ello conocemos al planeta con el nombre de Mercurio.

Zeus tuvo también dos hijos gemelos de otra Titánide, Leto. Los romanos la denominaron Latona, que es como la conocemos actualmente.

La celosa Hera se opuso a que Leto pudiese permanecer en tierra alguna para dar a luz a sus hijos. Sin embargo, Leto huyó a Delos, la isla más pequeña del Mar Egeo. Era una isla flotante, por lo que no podía ser considerada como tierra firme. Tras el alumbramiento de los gemelos, Apolo y Artemis, Delos se hundió en el fondo del mar y ya no salió de allí.

Como nacieron en el Monte Cinto de aquella isla, los gemelos a veces fueron llamados Cintio y Cintia.

A ambos se les representa como jóvenes arqueros. Apolo es el ideal de la belleza masculina, y por ello, un hombre elegante es llamado un «Apolo». También es el dios de la poesía y la música. Los romanos no tenían ningún dios equivalente a Apolo, y por lo tanto lo adoptaron con el mismo nombre.

Artemis es la diosa de la caza. Los romanos la identificaron con la diosa de los bosques, Diana, que es el nombre que nos resulta más conocido.

La madre de Leto era la Titánide Febe (honrada como octavo satélite de Saturno). Febe, que en griego significa «la que brilla», probablemente era diosa de la Luna o del Sol en tiempos anteriores a los griegos. Estos la incorporaron a su mitología, convirtiendo a Apolo y Artemis en los nietos de Febe y haciéndoles gobernar el Sol y la Luna.

Apolo era considerado el dios del Sol, e incluso se apropió de una versión masculina del nombre de Febe. Frecuentemente se le llamaba «Febo Apolo» o simplemente «Febo». Artemis (y, por consiguiente, también la Diana de Roma) era la diosa de la Luna. Este es otro ejemplo en el que los Olímpicos reemplazaron a los Titanes: Apolo sustituye a Helio, y Artemis a Selene. Sin embargo, hasta los últimos tiempos, los griegos hablaban indistintamente de Helio y Selene, y de Apolo y Artemis, por lo que la sustitución no era perfecta.

Las flechas de Apolo y Artemis producían inevitablemente la muerte, y los griegos explicaban las epidemias suponiendo que los hijos de Leto disparaban contra ellos por todas partes. Naturalmente, si se rogaba a Apolo, la epidemia podía ser detenida. De esta forma, Apolo quedó ligado a la curación de enfermedades.

Ello originó un mito, según el cual se creyó que Apolo había tenido un hijo, Asclepio, que nos resulta más conocido en la versión romana de Esculapio. Este era el dios de la medicina y la curación, aunque al principio fue considerado simplemente un médico humano. Sin embargo, era tan buen médico que nunca se le murió un paciente, e incluso podía devolver la vida a un muerto.

Hades se lamentaba de que las cosas le iban mal y Zeus, para mantener la paz familiar, mató a Asclepio con un rayo. Tras su muerte, fue convertido en dios. También se le situó en las constelaciones, donde se le representa como un hombre con una serpiente en las manos. Esta serpiente, tal como he dicho un poco antes, es un símbolo de la medicina y de los médicos. El nombre latino de la constelación es «Ofíoco», que significa «el que sostiene la serpiente». A veces, las estrellas dispuestas en forma de serpiente son consideradas como una constelación aparte, llamada «Serpens», y en algunas ocasiones la constelación completa es conocida bajo el nombre de «Serpentarius».

Tal vez te preguntes si alguno de los hijos de Zeus tuvo a Hera por madre. La respuesta es sí. Ares era el hijo de Zeus y Hera. Es el cruel y maldito dios de la guerra que se deleitaba en las batallas. Cuando iba a la guerra, sus hijos, Fobo y Deimo, le preparaban el carro. Como «fobos» es la palabra griega equivalente a miedo y «deimos» a terror, vemos que de esta forma la guerra se definía como miedo y terror.

Fobos deja su huella en la psicología moderna, con la palabra «fobia» como miedo anormal. «Claustrofobia» es el miedo anormal a los lugares cerrados, y «agorafobia» es el miedo anormal a los espacios abiertos. Existe una enfermedad que afecta al sistema nervioso, según la cual el enfermo cae en convulsiones si intenta beber. Por ello se la denomina «hidrofobia» («miedo al agua»), porque los griegos creían que las convulsiones eran debidas al miedo al agua en vez de a un virus, como sabemos ahora.

Parece natural que los griegos pusieran el nombre de Ares al cuarto planeta, ya que éste brilla con un color rojizo, parecido a la sangre. Ello concuerda con el dios de la guerra.

Los romanos identificaron a su dios de la guerra, Marte, con Ares, y por ello conocemos al planeta con el nombre de Marte. Originariamente, Marte era uno de los más importantes dioses romanos y se le había dedicado todo un mes del año. Todavía seguimos teniendo el mes de «marzo» en honor suyo.

Hasta el año 1877 no se supo que el planeta Marte tenía satélites. En dicho año, el astrónomo americano Asaph Hall descubrió a dos de ellos. Eran muy pequeños, con cinco o diez millas de diámetro, pero no dejaban de ser satélites. Hall les puso los nombres de «Fobo» y «Deimo» por lo que, tanto en la mitología como en la realidad, la guerra va acompañada por el miedo y el terror.

El nombre griego de Ares tiene otra huella en el firmamento. Existe una estrella roja, del mismo color que Marte y casi con el mismo brillo. Esta estrella se llama «Antares», que significa «Opuesta a Marte» o contrapesándola, como en una balanza.

En realidad, el contrapeso es muy poco exacto, porque Marte es un planeta más bien pequeño, con sólo un poco más de cuatro mil millas de diámetro y sólo una novena parte de la masa de la Tierra, en tanto que Antares es una de las mayores estrellas conocidas, una gigantesca estrella roja, mucho, muchísimo mayor que nuestro Sol.

El planeta Venus carece de satélites. Sin embargo, los personajes míticos asociados a Venus (o Afrodita) también tuvieron su oportunidad. Esta llegó primero en 1898, cuando el astrónomo alemán G. Witt descubrió un nuevo planetoide, el que llevaba el número 433.

Comprobó que, si bien todos los planetoides conocidos en aquella época describían órbitas entre Marte y Júpiter, éste era una excepción. Su órbita se encontraba entre Marte y la Tierra, y se nos acercaba mucho más que las órbitas de Marte o Venus, los cuales eran nuestros vecinos más cercanos. Por ello, Witt buscó un nombre que fuera bien con Marte (Ares) y Venus (Afrodita).

Resulta que Ares y Afrodita tuvieron un hijo llamado Eros. Es un dios infantil del amor, y se le representa como un niño con arco y flechas. Cuando una de sus flechas se clava en el corazón, esa persona se enamora. A veces, se le representa con los ojos vendados para señalar que los jóvenes se enamoran ciegamente. El hecho de que a Eros se le suponga hijo de Ares y Afrodita puede ser la manera como los griegos expresaban su creencia de que las mujeres bellas resultan especialmente atractivas para los soldados, y viceversa. Tal vez sea así. Tenemos un dicho: «Sólo los valientes merecen lo bello.»

De todas formas, todavía vemos a Eros en las postales del día de San Valentín, y corazones atravesados por flechas para significar el amor. El nombre de Eros nos resulta tan conocido como su equivalente romano Cupido. Ambos han dejado muchas huellas en nuestro lenguaje. Todo cuanto despierta sentimientos de amor romántico se dice que es «erótico». Sin embargo, también existen otros tipos de amor. El nombre romano del pequeño dios del amor podemos encontrarlo en la palabra «concupiscencia» que es un amor desordenado o excesivo por el dinero u otras cosas materiales.

Por lo tanto, Witt puso el nombre de «Eros» al nuevo asteroide de reducidas dimensiones (sólo tiene quince millas en su parte más larga). Con ello empezó la moda de poner nombres masculinos a los planetoides que seguían órbitas desacostumbradas, fuera del espacio entre Marte y Júpiter.

Durante este siglo XX se han descubierto otros pequeños asteroides cuyas órbitas son más cercanas a la Tierra que a Marte o Venus. Algunos de ellos han recibido nombres relacionados con Afrodita. Uno de ellos es «Anteros» («opuesto a Eros») y otro es llamado «Amor» que es otra palabra latina equivalente a Eros.

Existe otro llamado «Adonis», nombre de un joven del que se había enamorado Afrodita. Se le representaba tan bello, que un hombre de figura elegante recibe el nombre de «Adonis», equivalente al de Apolo.

Otros dos planetoides llevan los nombres de «Apolo» y «Hermes». Hermes es un pequeño planetoide muy notable, ya que a veces llega a acercarse a 200.000 millas de la Tierra. Resulta más cercano que cualquier otro objeto visible, incluso mucho más que nuestra Luna.

Otro hijo de Hera fue Hefesto. Resulta un dios excepcional por tener una deformidad física, ya que era cojo. Una historia explica este hecho diciendo que Hera lo arrojó del Olimpo avergonzada porque era muy endeble al nacer. Otra historia explica que Zeus le arrojó de los cielos porque se puso de parte de su madre en una de las discusiones que ésta sostuvo con él. En ambos casos, el dios cayó del cielo a la tierra, y ello le produjo la cojera.

Era el dios de los herreros, y siempre se le representa trabajando en la forja. Fue el único dios al que se le veía trabajando con las manos.

Los romanos también tenían su dios del fuego y de la forja, al que representaron trabajando en las profundidades del monte Etna, el gran volcán siciliano. Le llamaban Vulcano, y lo identificaron con Hefesto. Vulcano nos resulta un nombre mucho más familiar. Todas las montañas que, al igual que el monte Etna, arrojan fuego y llamas, son denominadas «volcanes».

Encontramos otra huella de este nombre en un tema relacionado con la goma. A principios del siglo XIX se hicieron los primeros ensayos de utilización de la goma como traje impermeable al agua. Desgraciadamente, la goma se volvía blanda y pegajosa en tiempo caluroso, y rígida y dura en tiempo frío. Los químicos buscaron la manera de evitarlo.

En 1839, un inventor americano llamado Charles Goodyear descubrió accidentalmente que si se calentaban juntos la goma y el azufre, aquélla se convertía en una materia seca y flexible, tanto si el tiempo era frío, como caluroso. De esta forma, la goma pudo tener muchas aplicaciones prácticas. El proceso que se seguía implicaba el uso del calor. Por ello, esta goma fue llamada «vulcanizada».

Sin embargo, el episodio más dramático en la historia del nombre del dios de los herreros, se produjo poco después del descubrimiento de la vulcanización. El planeta Mercurio presentaba una leve irregularidad en su órbita alrededor del Sol que los astrónomos no podían explicarse.

En 1845, Leverrier, que se encontraba en camino de determinar la posición del planeta Neptuno, muy a punto de ser descubierto, afrontó también este problema. Pensó que tenía que haber un planeta más cercano al Sol que el propio Mercurio. Su atracción gravitatoria debía de arrastrar a Mercurio, y ésta sería la explicación de la irregularidad del recorrido de éste.

Dicho planeta debía de encontrarse más cercano al fuego del Sol que cualquier otro. Sería como un herrero trabajando en la forja del sistema solar. Leverrier sugirió, por lo tanto, que el nuevo planeta fuese llamado «Vulcano».

Sin embargo, a pesar de que los astrónomos estuvieron buscando a Vulcano durante muchos años, no podían descubrirlo. Pero en 1915, Albert Einstein adelantó una nueva teoría que venía a explicar perfectamente la irregularidad del recorrido de Mercurio. No había necesidad de ningún nuevo planeta, por lo que el planeta Vulcano no llegó a existir.

He descrito, hasta ahora, el origen de los nombres de los principales planetas del sistema solar. Pero antes de abandonar los planetas, desearía explicar cómo continuaron dejando sus huellas en otras cosas.

Por ejemplo, mucho antes de la época de la moderna astronomía, se inventaron unos símbolos para representar a los distintos planetas. Estos símbolos guardaban alguna referencia con el dios, y dado que todavía se emplean hoy, persisten las huellas del mito.

Así, el símbolo del planeta Mercurio es , representación simple del caduceo, con las dos serpientes enroscándose y las alas en la cima. El símbolo de Venus es que representa un espejo, objeto muy adecuado para relacionarlo con la diosa de la belleza.

El símbolo de Marte es d , representando un escudo y una lanza imaginarios, muy adecuados para el dios de la guerra.

Ya resulta más difícil adivinar el significado de , símbolo de Júpiter. Algunos creen ver en él una representación de un águila con las alas desplegadas. El águila fue uno de los animales en que Zeus se transformó en el dilatado curso de sus aventuras.

El símbolo de Saturno es , la guadaña con que Crono derrotó a su padre, Urano.

De los planetas descubiertos en tiempos más próximos, Urano y Plutón tienen símbolos modernos, utilizando letras del alfabeto. En cambio, el símbolo de Neptuno es . Simboliza la lanza de tres puntas con la que Poseidón dominaba las olas. Recibe el nombre de «tridente», de las palabras latinas que significan «tres dientes».

Dos de estos símbolos son empleados en un campo distinto del de la astronomía. Cuando un científico traza el árbol genealógico de un hombre o un animal, para descubrir cómo se han heredado determinados rasgos de carácter, normalmente utiliza el símbolo de Venus () para indicar las hembras, y el de Marte () para los varones.

Los antiguos creían que los siete planetas (tomaban en consideración al Sol y a la Luna, junto con Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno) jugaban un papel importante en la vida de los hombres. El estudio de su posición con respecto a las estrellas en el momento del nacimiento de un hombre, proporcionaba, a su entender, información sobre el destino de éste. Este estudio se denomina «astrología» y son muchos los que todavía creen en ella, a pesar de que los científicos la consideran descabellada.

Se creía que el carácter de una persona venía determinado por el planeta «bajo el cual uno nacía» de acuerdo con los cálculos de los astrólogos, y nuestro lenguaje todavía conserva huellas de esta superstición.

Por ejemplo, el planeta Mercurio es el que cubre más rápidamente su recorrido. Una persona nacida «bajo el signo de Mercurio» tendría que ser aguda y voluble, vivaz y alegre. Es lo que entendemos por la palabra «mercurial». En cambio, los nacidos bajo el signo de Saturno, el planeta lento, son graves, tristes y sosos, y es lo que entendemos por la palabra «saturnal».

El nacido bajo Marte sería pugnaz o «marcial». Más sorprendente resulta el hecho de que los nacidos bajo el signo de Júpiter son considerados gente feliz. Por esta razón el adjetivo «jovial» significa alegre.

En lo que se refiere a la Luna, se creía que ésta tenía una acción trastornadora sobre la mente de las personas y que exponerse a la luz de la Luna llena provocaba la locura. Ello es pura superstición, pero el lenguaje todavía conserva expresiones como «estar en la luna», equivalente a «loco» o persona que no está en sus cabales.

Una palabra menos fuerte que «loco» es «lunático», que proviene de Luna, la diosa romana de este planeta.

También se suponía que cada uno de los siete planetas tenía a su cargo un día de la semana, como se indica a continuación: primer día (Sol); segundo día (Luna); tercer día (Marte); cuarto día (Mercurio); quinto día (Júpiter); sexto día (Venus), y séptimo día (Saturno).

En la lengua latina, los días de la semana recibían los nombres de los respectivos planetas. Estos nombres se han conservado en las lenguas derivadas del latín. Así, en castellano, el segundo, tercero y cuarto días, son «lunes», «martes» y «miércoles».

Los alquimistas de la Edad Media comprobaron que había siete planetas y siete metales. Establecieron equivalencias entre los objetos celestes y los metales, y de ello resultaron por añadidura nuevas huellas de personajes míticos en la química.

Los siete metales conocidos por los alquimistas eran: oro, plata, cobre, hierro, estaño, plomo y azogue.

Basándose en los colores, el oro fue equiparado con el Sol, y la plata, con la Luna. El tercer metal de más valor era el cobre, y por ello fue equiparado con Venus, el tercer objeto de mayor brillo en el cielo.

El hierro, con el que se fabricaban las armas, fue lógicamente equiparado a Marte, mientras que el plomo, este pesado metal sin brillo, fue equiparado con Saturno, el lento y soso planeta. Por otra parte, el azogue era líquido y se movía con facilidad, por lo que fue equiparado con el rápido Mercurio. Quedaba el estaño, que fue equiparado al planeta sobrante, Júpiter.

Naturalmente, la mayor parte de estas creencias se fueron desvaneciendo a medida que los químicos conocieron mejor su ciencia. Se descubrieron muchos más metales, y aunque algunos de ellos continuaron recibiendo nombres de planetas, en su mayor parte no fue así.

Sólo en un caso los alquimistas consiguieron cambiar el nombre de un elemento por el nombre de un planeta. El antiguo azogue recibió el nombre de «mercurio» con el que lo conocemos en nuestros días.

En otros casos, sólo se conservan rastros ocasionales. El ejemplo mejor conocido es el compuesto nitrato de plata, que todavía conserva el antiguo nombre de «cáustico lunar». «Cáustico», procede de la palabra griega que significa «mordiente», ( relacionado con el ácido nítrico, sustancia fuerte y muy corrosiva. Lo de «lunar» proviene de que el compuesto contiene plata.

Existe un compuesto de plomo y oxígeno, de color rojo claro, que lleva el nombre de «minio». Pero todavía se le conoce con el nombre de «rojo de Saturno» a causa del contenido de plomo que lleva, metal correspondiente al planeta Saturno. También existen una serie de compuestos de hierro de diferentes colores que conservan nombres antiguos en los que figura la palabra Marte, el planeta equiparado al hierro: amarillo de Marte, castaño de Marte, anaranjado de Marte, violeta de Marte, etc.

Y aquí termina la influencia de la alquimia medieval. El químico moderno se ha sacudido esta carga casi por completo.
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