Paula Teck, ss cc






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5. Una praxis de liberación y justicia.


Probablemente el fallo más serio de los escritos que tenemos en nuestra Congregación relacionados con la opción por el pobre es la ausencia de defensa de una praxis clara de liberación y justicia que pudiese implicar a más de una pequeña fracción de nuestros religiosos Sagrados Corazones. Esto estaría de acuerdo con la preocupación del P. Patrick Bradley, expresada en su carta circular Construir un mundo más justo en solidaridad con el Pobre,12 de que todos nuestros apostolados tengan una dimensión de justicia social.

Sin una praxis y objetivos concretos orientados hacia la justicia, según Jon Sobrino en su libro: La Espiritualidad de Liberación, cualquier espiritualidad, es «puramente genérica, evangélicamente imposible, e históricamente alienante». Quizá sería un ejercicio útil resaltar algunas de las características de una praxis o ministerio de liberación y justicia.

Tal praxis hace consciente a una comunidad en la dirección de la conciencia y la acción, utilizando lo que se denomina un ciclo hermeneútico de pasajes relevantes de la Palabra de Dios con un foco comunitario sobre problemas sociales de la vida real que constituyen una amenaza a la vida y dignidad humanas. Tal praxis ayuda a la construcción de comunidad en la Iglesia, pero de modo que incluye a los pobres y marginados. El objetivo es «una Iglesia de los pobres», definida no tanto por su porcentaje de pobres, sino por la oportunidad de los pobres de ser potenciados para que ellos, como nosotros, puedan ser evangelizadores primarios, de acuerdo con el texto del Evangelio de Lucas 10, 21.

Tal praxis resiste y confronta a los enemigos de los pobres, definiendo los pobres como gente o grupos de gente a los que sistemáticamente se hace víctimas o se margina. Estos enemigos pueden ser personas, costumbres, organizaciones sociales, sistemas económicos, ideologías o incluso teologías. El objetivo es separar a los crucificados, los pobres de la cruz. Creo que incluso en la cultura y clima religioso no favorables de mi propio país es posible tal praxis, dada la existencia y desarrollo de una fe que obra la justicia.

6. El P. Enrique Losada y la opción por el pobre.


En la Octava Carta Circular a los Hermanos de nuestro actual Superior General, Padre Enrique Losada, encontramos la descripción de una praxis para el discernimiento apostólico, llamada el Plan para la vida religiosa apostólica. Enfoca a una comunidad religiosa en misión en el contexto de nuestro Carisma, la Voluntad de Dios y la implicación recíproca de las comunidades internacionales y locales de la Congregación de los Sagrados Corazones. Por el mero hecho de que este «plan» es muy abierto y dialogal, centrado en la Voluntad de Dios así como en las necesidades concretas de la gente, la Iglesia y la cultura en que está inserta una determinada comunidad, parece bastante flexible para adaptarlo a casi cualquier comunidad Sagrados Corazones. Tiene también la virtud de subrayar nuestro Carisma Sagrados Corazones, el seguimiento de Jesús en el discipulado, y la inclusión de nuestro «espíritu de familia». Sin embargo, todos esos elementos no garantizan una praxis centrada en la justicia, ni una clara opción evangélica por el pobre. La probabilidad de un compromiso comunitario con la justicia y la solidaridad puede ser casi nula, a menos que la comunidad haya permitido que la perspectiva del pobre entre en su corazón, a menos que el proceso de discernimiento comunitario con el pobre esté integrado en su praxis.

En las cartas de nuestro Superior General actual, P. Enrique Losada, la opción por el pobre tiene un papel pequeño pero significativo en su reflexión, aunque su preocupación parece dirigida más bien a mantener y permanecer fiel al Carisma espiritual heredado de nuestros Fundadores.

Así, en su Sexta Carta Circular a los Hermanos, el P. Enrique cita selectivamente de Vita Consecrata, la exhortación apostólica del Papa Juan Pablo II sobre la vida religiosa, aquellos pasajes que representan una visión particular de la opción por el pobre. Recomienda a los hermanos los numeros 82, 83, 89 y 90. El nº 82 remonta el origen de la opción por el pobre a Jesús, predicando la Buena Noticia a los pobres, definiendo los pobres como «aquellas personas de mayor debilidad y, por tanto, en mayor necesidad». La mayor parte del nº 82 se refiere a la caridad dirigida al pobre. Al mencionar la denuncia de injusticias aconseja «independencia en relación a ideologías políticas». El nº 83 describe el positivo valor del cuidado de los enfermos según el Evangelio como una prioridad en el ministerio pastoral y la evangelización. El nº 89 describe la pobreza evangélica como una respuesta al materialismo por parte de los religiosos consagrados, estando expresada la virtud de la pobreza religiosa como «implicación activa en la promoción de la solidaridad y la caridad». Y el nº 90 habla de la pobreza evangélica en términos de «consumo decreciente» y «compartir las condiciones de vida de los más abandonados». Así, esos párrafos de Vita Consecrata afirman nuestra orientación como Congregación en la dedicación misionera a los pobres con comunidades insertas que comparten la vida de aquellos a quienes alcanza su ministerio.

Es de notar, sin embargo, que nuestro actual Superior General no selecciona ciertos pasajes de Vita Consecrata que se relacionan con la opción por el pobre que subraya la vocación profética del religioso consagrado, es decir, los números 84, 85 y 86. El nº 84 sostiene el carácter profético de la vida religiosa, definiendo los profetas como aquellos que desean la Santidad de Dios, practican el discernimiento espiritual, denuncian todo aquello que es contrario a la Voluntad Divina, y exploran nuevos caminos para aplicar el Evangelio a la historia. El nº 85 destaca la consecuencia entre fe y vida para el profeta, mientras el nº 86 menciona el don del martirio asociado con los profetas de este siglo. Leyendo esos pasajes, yo vi una conexión implícita con la espiritualidad profética de la teología de la liberación y la praxis.

Me gustaría interpretar esta crucial omisión por parte de nuestro Padre General como involuntaria y suponer que olvidó la afirmación del Capítulo General de 1994 de que «la Congregación quiere resaltar el significado de la vida religiosa en cuanto profecía de los valores del Reino».13 Pero el predominio casi total en sus cartas de una teología política constitutiva, más que profética, me impele a concluir que el P. Enrique Losada no ve, de hecho, la espiritualidad profética, un modo de santidad más confrontativo y creativo, como opción fundamental de nuestra Congregación en relación con la justicia. En sus escritos, en cambio, la caridad toma el lugar de la justicia. Consecuente con esta conclusión, nuestro Superior General señala repetidamente la comunión como la virtud primordial y gracia de nuestra vida comunitaria y misión Sagrados Corazones. Parece definir la comunión como un compartir profundo de los corazones entre hermanos y hermanas, con unidad y conflictos mínimos.

La confianza en la comunión como tema primario me recuerda un artículo de Jon Sobrino titulado Comunión, conflicto y solidaridad eclesial.14 En el artículo, el autor subraya que la unidad, la ausencia de conflicto importante, no es necesariamente un modo creativo de santidad ajustada a la opción por el pobre. Consistente con esta exclusión es una preocupación repetida por la caridad y la comunión que es su fuente y mucho menos por la justicia y la solidaridad que es el fundamento de la justicia. A este respecto, debo confesar mi ignorancia respecto a las intenciones del P. Enrique. Sus palabras pueden simplemente reflejar su deseo de ser fiel al Capítulo de 1994 que le eligió. Pero, a pesar de la intención, las palabras tienen sus consecuencias.

Por ejemplo, el apoyarse sobre la palabra «comunión», definida por nuestro actual Superior General como un compartir profundo de los corazones entre hermanos y hermanas, con unidad y conflictos mínimos, puede a veces ser nocivo al papel social y político de nuestra fe. El ideal de comunión ha sido utilizado a veces en tiempos recientes por parte de sectores reaccionarios y socialmente privilegiados de la Iglesia para excluir una teología políticamente radical, que apoyaría el cambio social y político. Con una simple manipulación del lenguaje, tanto los líderes conservadores como liberales de la Iglesia han impedido el desarrollo de una teología liberacionista genuina, ligada a una búsqueda radical de la justicia de Dios a expensas del confort burgués.

Como Jon Sobrino subraya en su artículo titulado: Comunión, conflicto y solidaridad eclesial, parte del compendio de Mysterium Liberationis, «el énfasis sobre la comunión, entendido en términos de ausencia de conflicto importante, no es nada bueno si refleja la falta de voluntad de un cuerpo eclesial para afrontar su indiferencia y falta de efectividad en relación con el pobre y el Reino, que es el «ahora» de la voluntad de Dios para nosotros. Tal «comunión» puede realmente ser injuriosa para los pobres y parte de la estructura del «anti-Reino», porque esconde y distorsiona sistemáticamente la peligrosa memoria del real Jesús histórico, el Salvador que llegó a la cruz como consecuencia de su solidaridad con el pobre y su comunión con su Padre».

En línea con el supuesto de teología política de que, después de Auschwitz, ninguna teología puede dejar de examinar sus consecuencias socio-políticas, no podemos volver conscientemente a la idealización de unidad y comunión, incluso si parece que son parte de nuestro espíritu fundacional.

Es necesario en su lugar una orientación «profética» que implique un examen comunitario de nuestra visión y misión para averiguar el nivel de correspondencia de nuestras acciones y estructuras con la comunión del Cristo Resucitado. Me refiero aquí a una comunión en continuidad con el Jesús Histórico, que vivió toda su vida en solidaridad profunda con el pobre, hasta el punto de confrontar y enfrentarse con la cultura política y religiosa de su tiempo. Sólo la comunión eclesial que cumple esos requerimientos de solidaridad es verdadera comunión. Según la encíclica Sollicitudo Rei Socialis, del Papa Juan Pablo II, la solidaridad es una forma activa de compasión que se expresa comunitariamente.

En el contexto de la teología de la liberación, esta solidaridad está orientada hacia el pobre, el crucificado pueblo del mundo, con la permanente decisión de desprender al pobre de la cruz, el crucificado pueblo del mundo, con una permanente decisión de retirarlo de la cruz. Para edificación de aquellos que quizá piensan que la vocación de profeta no va unida al Carisma que se nos ha transmitido desde nuestros Fundadores, citaré el texto siguiente del Buen Padre, Pierre Coudrin, parte de un sermón pronunciado un poco antes de 1800: «Queridos amigos, ¿Cómo testimoniamos nuestra fe? Por nuestro celo en defensa de sus intereses. ?Podría un cristiano reconciliado actuar sin celo? Pensamos que lo tenemos, pero ¿lo prueban nuestros actos? Nuestra fe tiene mandamientos, leyes, prácticas … ¡Hay celo! ¿Podemos enorgullecernos de estar animados por él? Nuestra fe tiene sus intereses. ¿Los tenemos en nuestro corazón? Nuestra fe tiene enemigos que temer, persecuciones que soportar, conflictos que enfrentar. Lo sabemos, pero ¿Cómo reaccionamos? ¿Están nuestros corazones consumidos por el celo de la Casa de Dios como estaba el del profeta»?15

Aunque nuestro sentido de los intereses de nuestra fe pueda no coincidir exactamente con el de nuestro Fundador, ciertamente podemos decir en comunión con él que el celo del profeta es vital a nuestro Carisma. Y así, nuestra respuesta a una espiritualidad profética y a la teología asociada con la opción por el pobre no debe ser ni el rechazo despreocupado ni la resignación pasiva. Debemos a nuestro carisma y a nuestro Dios una nueva y vital respuesta a su llamada a la conversión continua de personas, de comunidades, y de toda nuestra Congregación en respuesta a nuestra Misión, en respuesta a los pobres, y en respuesta al Reino de Dios, lo que es la voluntad de Dios para hoy día.


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