Paula Teck, ss cc






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3. Nuestras Constituciones y la opción por el pobre.


El imperativo de justicia y solidaridad en misión comenzó en los documentos del Capítulo General de 1982, continúa en nuestras Constituciones, especialmente en el artículo 6: «Nuestra misión nos urge a una actitud evangelizadora por la que entramos en el dinamismo interno del Amor de Cristo por su Padre y por el mundo, especialmente por los pobres, los afligidos, los marginados, y los que no conocen la Buena Noticia. Para que el Reinado de Dios se haga presente, buscamos la transformación del corazón humano…En solidaridad con los pobres trabajamos por una sociedad justa y reconciliada».

Según este texto, hay un movimiento hacia la verdadera fe en armonía con el Corazón de Cristo a través de la acción evangelizadora, con un foco en la fe y el desarrollo humano. Cuando existe una misión genuina de acción evangelizadora, hay dos frutos: la solidaridad, la comunión preferencial con los pobres y sufrientes, que es el resultado de la compasión; y la justicia, un modo de vida en que los pobres pueden crecer y ser valorados como hijos de Dios. El único fallo en todo ese texto, quizá, es el término de la segunda frase que sitúa la transformación del Reino de Dios solamente en el corazón humano.

Para que haya justicia y liberación verdaderas deben transformarse las estructuras opresivas y alienantes de nuestra cultura, no sólo los corazones, porque constituyen un pecado social que, unido al pecado personal del corazón, oprime al pobre injustamente. Esta injusticia va contra el corazón y la Voluntad de Dios así como contra su Reino. Implícitos en la transformación de las estructuras culturales están el discernimiento de y la resistencia a las ideologías opresivas y alienantes, sistemas económicos, e incluso las opiniones religiosas de las comunidades, que hablan y actúan de modo profético.

4. El Capítulo General de 1994 y la opción por el pobre.


El Capítulo General de 1994, que tuvo lugar después de la aprobación de nuestras Constituciones, se organizó con el propósito expreso de construir sobre el fundamento de los Capítulos Generales de 1982 y 1988 y facilitar de modo práctico la formación de comunidades misioneras para un mundo sin fronteras. Esta orientación de construir comunidades misioneras con fuerza sobre la internacionalidad, ¿está realmente enraizada en el sueño del Capítulo de 1982? Podríamos decir que sí lo está, ya que formar comunidades misioneras en el tercer mundo es un modo de encarnar nuestro carisma entre los pobres. También podemos decir que el sacrificio de la identidad nacional, que va unido a nuestras misiones internacionales, es un modo de expresar prácticamente la prioridad de la opción por el pobre sobre los intereses del sector privilegiado de países más desarrollados. Sin embargo, tales argumentos no están presentes en el resumen publicado del Capítulo.

En su lugar, parece, el Capítulo General de 1994 escoge definir el odio y la indiferencia étnicas como el pecado social central de nuestro mundo, que la Congregación promete resistir haciendo de la internacionalidad su principio central. La base histórica para esta elección es al parecer la memoria nostálgica de la visión fundacional del Buen Padre, Pierre Coudrin, que previó una «Congregación misionera destinada a llevar el Evangelio por todas partes».10 La realidad concreta de una reciente historia del mundo marcada por sufrimiento, maldad y conflictos inimaginables no es aparentemente la base de discernimiento de este Capítulo. Podemos atribuir la visión restringida del Capítulo de 1994 no a una falta de compasión, sino a la adhesión al primer tipo de teología política que afirma el «ya presente» Reino de Dios: «Queremos ser por lo que vivimos y por lo que hacemos un anuncio, una pequeña realización anticipada de la Buena Noticia de Jesús, de su Reino presente ya en medio de los hombres».11

Aunque este tipo de reflexión teológica enraizada en la conciencia de la presencia del Reino de Dios tiene la ventaja de ofrecer esperanza y consuelo a nuestros religiosos, también evita la crisis de fe asociada con la teología de la liberación, la crisis al caer en la cuenta de que estamos en el exilio, porque el Reino de Cristo no está aquí. Y esa crisis de fe es un paso necesario en el desarrollo de una praxis que pueda ofrecer esperanza a los pobres. La esperanza de los pobres, no nuestra esperanza es la semilla principal del Reino de Dios unido al Jesús histórico y al real Cristo resucitado, tal como la considera la teología de la liberación.

Sin embargo, la opción por el pobre no está totalmente ausente del documento final del Capítulo General de 1994. En la descripción de la naturaleza de las comunidades misioneras, habla de escuchar al mundo en una actitud de conversión, adoptando la misma mirada de Jesús, «orientada preferentemente a los pobres y los marginados».

Quizá podemos mirar este último Capítulo General como una reorientación para situar el segundo objetivo del Capítulo General de 1982 el de construir comunidades en misión, en primer lugar, como prioridad, y subordinar la opción de solidaridad con los pobres para hacer de ella un objetivo secundario. Si esta interpretación es correcta, podríamos preguntar: ¿Dónde están los signos de animación, orientación, y desafío, para hacer de este objetivo secundario un objetivo real?
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