Paula Teck, ss cc






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2. Una reflexion personal sobre la opción por el pobre.


Reflexionando cuidadosamente sobre esos supuestos a la luz de la experiencia de la praxis de liberación y de las reflexiones más equilibradas y sutiles de los escritos recientes sobre teología de la liberación, ofrezco las siguientes clarificaciones.

El descubrimiento de la opción preferencial de Dios por el pobre tiene el poder de transformar la fe cristiana y la vida de forma radical, enraizada en la experiencia más profunda del Dios de Jesucristo. Aunque la conciencia de esta opción es de desarrollo histórico, está realmente enraizada en los estratos más profundos de la fe cristiana.

En nuestra cultura racionalista podemos buscar justificaciones a la opción por el pobre en una ideología de igualdad universal o en sentimientos de compasión con la ilusión de que es nuestra opción o elección. Pero, realmente, es la opción de Dios. Para nosotros debe ser un imperativo de fe. Por eso, en un artículo titulado: La opción por el pobre,5 Gustavo Gutiérrez dice:

«La razón última de un compromiso por el pobre y oprimido no está en el análisis social que usemos, o en nuestra compasión humana, o en experiencia directa que podamos tener de la pobreza. Todas esas son razones válidas y juegan seguramente un papel importante en nuestro compromiso. Pero como cristianos, basamos ese compromiso fundamentalmente en el Dios de nuestra fe. La opción que hacemos es teocéntrica y profética, extiende sus raíces profundamente en la gratuidad del amor de Dios, y es exigida por ese amor».

Podría añadir que el propósito de la opción preferencial de Dios por el pobre no va dirigido necesariamente a apoyar la vida religiosa apostólica tal como la conocemos, con sus votos perpetuos de castidad, pobreza y obediencia, con su exclusivo enfoque comunitario y con su idea histórica de consagración. Hasta ahora, en la Iglesia de Latinoamérica y en otros países subdesarrollados, donde la población es naturalmente religiosa y acogedora, la vida religiosa se ha fortalecido al darse los religiosos a sí mismos en servicio generoso, pero ese podría no ser siempre el caso. Por tanto, incluso cuando nos adherimos a la opción por el pobre, podemos preguntarnos a nosotros mismos si lo hacemos por seguir a Jesús y por el amor de Dios hacia el pobre, o por afirmarnos a nosotros mismos por razones ajenas al discipulado.

Siguiendo la tradición más reciente de pensamiento político, el P. Patrick Bradley presenta la justicia en conexión con los derechos humanos, escribiendo que la justicia es la exigencia mínima del amor. Aunque los autores que trabajan por la justicia puedan a veces haberla retratado de esta manera, hay una definición más extensa de la justicia, que encontramos en la teología de la liberación, así como en la Sagrada Escritura.

La justicia se define como una regla de vida según el criterio de Dios, un Dios cuyo criterio sobrepasa y excede el nuestro. La justicia de Dios no es un mínimo de amor, sino el máximo de amor, expresado con compasión gratuita e incondicional, pero incluso esta definición es demasiado limitada, porque la justicia o el criterio de Dios invierte nuestra jerarquía de estatus, riqueza, inteligencia, e incluso piedad religiosa. La revelación del Reino de Dios, conectado con la justicia, no puede limitarse por tanto a aliviar el sufrimiento de los pobres. Debe extenderse también a la dignidad humana que nuestras estructuras sociales y religiosas descuidan a menudo. Creo que la riqueza de comunión eclesial que experimenté en Chile refleja este sentido más amplio de justicia, actualizado en la dignidad y sabiduría del pobre, que se refleja en esta exclamación de Jesús: «Te alabo, Padre, Dios del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños». 6

La opción por el pobre ha ayudado a nuestra Congregación a reorientar la comprensión del carácter reparador de nuestra misión. Sabemos ahora que la reparación apenas tiene que ver con reparar la dignidad de Dios, supuestamente herida por aquellos que le ignoran y no creen en El. Tiene más que ver con reparar la dignidad de su Reino salvando las vidas que Dios desea defender y alimentar. Así, la misión activa que nos coloca en mayor solidaridad con el pobre está más íntimamente unida a la reparación que las oraciones que expresan indignación y sentimientos piadosos.

Alguien podría pensar que con este énfasis mayor sobre la misión como el trabajo reparador prioritario se ha dejado de lado el énfasis tradicional sobre la adoración eucarística en la Congregación. Esto sencillamente no es cierto, porque el artículo 53 de nuestras Constituciones afirma: «La adoración eucarística es una parte esencial de la herencia de la Congregación y de su misión reparadora en la Iglesia». Y también dice que la adoración eucarística es «una actitud tanto como una práctica», características de la oración litúrgica y personal conectadas con la Eucaristía. Como la adoración es una actitud, incluye una misión, la misión de liberar a los pobres para que sean libres de alabar a Dios y darle gloria: «De la boca de los niños y lactantes has sacado alabanza». 7

Los profetas de la teología de la liberación nos han ayudado a centrarnos en la misión, señalándonos que nuestro principal pecado como país cristiano, no es la increencia, sino la idolatría. Idolatría de nación, de clase social, de raza, de riqueza, de sensualidad y de poder basado en la fuerza violenta que nos alejan del Dios a quien pretendemos alabar y también alejan a los pobres, que son vulnerables a la dominación cultural burguesa. Podemos tener la tentación de creer que la increencia y las desviaciones de la ortodoxia son los mayores pecados entre nosotros, ya que tales pecados afectan directamente nuestra profesión de maestros de religión, pero los mayores pecados son aquellos invisibles a nosotros mismos y que ni osamos cuestionar. De este modo, podría darse una corrupción: aquello que parece como lo mejor podría resultar «lo peor».

Nuestra conciencia de idolatría es un gran estímulo para la misión, una misión social y evangélicamente consciente. Aunque la idolatría no se conozca de antemano, se va descubriendo en el proceso de misión si nos hemos concienciado de su presencia. Y nada cura la idolatría y la destierra como la misión enraizada en el amor genuino, un amor efectivo y práctico que va unido a la solidaridad con el pobre.

Porque los pobres, a quien mi sociedad gusta de llamar la clase baja, son las víctimas de la idolatría. El pecado que proviene de la idolatría se denomina en el magisterio social católico pecado social o estructural, que el Evangelio de Juan llama el pecado del mundo. Nuestra misión en relación con este pecado se expresa elocuentemente en el artículo 4 de nuestras Constituciones:

«Conscientes del poder del mal que se opone al Amor del Padre y desfigura su designio sobre el mundo, queremos identificarnos con la actitud y con la obra reparadora de Jesús … Nuestra reparación nos hace participar de la misión de Cristo Resucitado, que nos envía a anunciar la Buena Noticia de la salvación».

Para que esta misión sea un acto de amor efectivo y no una expresión de identidad centrada en uno mismo, necesitamos una nueva definición de nuestro voto de pobreza, que esté más centrada en la misión. A esa luz, reconocemos que un estilo de vida más sencillo y austero puede facilitarnos la aproximación a los pobres en el contexto de amistad e igualdad, pero permanece el hecho de que ellos son pobres y nosotros, con todos nuestros recursos y seguridades, no lo somos. Por eso, nuestras pretensiones de ser los «anawim», los pobres de Dios, deben dejarse caer. Es suficiente decir, como el P. Pat Bradley y otros han dicho, que nuestro voto de pobreza es un valor añadido a nuestra vida religiosa cuando se expresa como la inserción de comunidades sencillas y acogedoras entre los pobres.

Nuestra denuncia profética del comercio injusto y de la política económica injusta impuesta por las naciones ricas sobre las más pobres puede mirarse como otro aspecto de un voto de pobreza centrado en la misión. Pero es probable que nuestras denuncias no tengan mucha credibilidad a menos que abandonemos nuestras ventajas de educación y cultura, al menos parcialmente, para compartir el entorno de pobreza con los pobres.

En los Estados Unidos, donde vivo, la mayoría de nuestros religiosos de los Sagrados Corazones no han hecho esto, no tanto por egoísmo o codicia, sino porque es más difícil llegar a la solidaridad con el pobre en esta cultura, que reemplaza la preocupación social con el narcisismo y un sentido de familia con el individualismo centrado en uno mismo. Si se añade a esto como obstáculo, la desintegración de la familia, la adicción a las drogas, y la explotación sexual, la realización de la solidaridad de los pobres entre ellos, que es un requisito previo a nuestra solidaridad con ellos se hace problemática, si no imposible. En tales circunstancias, la inserción de una comunidad religiosa sólo es capaz de promover efectivamente la solidaridad con una colaboración amplia con los laicos, capacitación para el trabajo social profesional, y una fe radicalmente unida a la actuación por la justicia. Para confirmar estas afirmaciones, leed: Canciones en una Tierra Extraña de Rosemary Haughton, escritora católica laica del modo profético, que trabaja con los sin hogar en EE.UU.

No hay que extrañarse, por tanto, de que podemos terminar desmoralizados, más que fortalecidos en nuestro espíritu religioso cuando en un discernimiento de la opción por el pobre nos conformamos con preguntar: «¿Quiénes son los más pobres a quienes podemos servir»? Una vivencia comunitaria efectiva de la opción por el pobre en nuestro país requiere más disciplina, más organización y más compromiso del que podemos imaginar.

Podemos estar seguros, a pesar de estas clarificaciones sutiles, de que muchos tradicionalistas que están a favor de una teología que pone el acento en la oración y los sacramentos como el fundamento de nuestra espiritualidad, sienten que se ha perdido algo esencial de nuestro carisma, que la opción por el pobre se ha convertido en una excusa para abandonar la oración y las tradiciones de nuestra Congregación. Es posible que haya habido un descenso en la oración y una cierta confusión en la identidad de algunos de nuestros religiosos ss.cc., como reacción a un tiempo difícil de transición entre la pérdida progresiva de algunos aspectos de nuestra espiritualidad tradicional ss.cc. y el resurgir de una nueva síntesis entre nuestra tradición y la opción por el pobre.

La solución, sin embargo, a este malestar no es volver con nostalgia a los antiguos y más cómodos modos de pensar, sino seguir adelante, no basados en el olvido del pasado, sino en la fidelidad que es creativa y nueva. Por ejemplo, podemos seguir siendo una comunidad eucarística, pero integrar esa orientación en una espiritualidad de liberación, porque la oración y la espiritualidad son, de hecho, una fuerte preocupación en la teología de la liberación.

Jon Sobrino escribe en Espiritualidad de Liberación.8 «La práctica de la Liberación sin espíritu es genéricamente buena, pero está en concreto amenazada con la degeneración, la disminución y el pecado». Por eso debe esperarse que a su tiempo, todos los religiosos de los ss.cc., incluso aquellos muy políticamente conscientes y con ministerio muy activo, tornen a la oración en conexión con la Eucaristía, por el Espíritu que necesitan para mantener su integridad espiritual. De modo análogo, nuestra consagración a los ss.cc. no ha de descartarse por una perspectiva de liberación. Sólo ha de reconfigurarse para incluir el espíritu profético de los Corazones de Jesús el Liberador y de María, madre de la Revolución de Dios que llamamos el Reino de Dios.9

Aunque puede haber habido fallos en nuestro modo de seguir la opción por el pobre y por la justicia desde el Capítulo General de 1982, el imperativo de esta opción permanece claro. A causa de la Palabra de Dios, el magisterio de la Iglesia reciente y el elocuente testimonio de personas y comunidades que dan sus vidas por la liberación del pobre, estamos llamados a entrar de nuevo en la opción de solidaridad con el pobre.
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