Paula Teck, ss cc






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2. Nuestra vida religiosa ss.cc. y su dimensión político-profética.


Como toda la Iglesia, y en especial la Vida Consagrada, nuestra Congregación experimenta en los años siguientes al Concilio Vaticano II, una importante renovación. Hay cambios de estilo, de formas, de lenguaje, todo lo cual encierra un cambio profundo en la comprensión de nuestra misión, de nuestra espiritualidad, y de la tarea que a través de ella el Espíritu nos ha confiado.

En el paso del tiempo, diversos encuentros, documentos congregacionistas, y reflexiones de distinta índole, van haciéndose cargo de esta autocomprensión, que acentúa especialmente la apertura al mundo que nos rodea, una presencia más cercana entre las personas con las cuales trabajamos, y un mayor compromiso con los procesos sociales que viven los grupos humanos en los que nos insertamos. Así surge con mucha fuerza la llamada a entrar en el mundo de los que sufren por las injustas condiciones de vida en las que se debaten día a día. «La asimilación y realización de esta misión Sagrados Corazones, implica un nuevo estilo de vida religiosa modelado por nuestros compromisos y gestos concretos a favor de la justicia, la solidaridad con los pobres, con los que sufren la opresión, la guerra, el hambre... etc., y con todo aquello que promueva la libertad y la dignidad de la persona».3

El llamado no es totalmente nuevo. «En el origen mismo de la Congregación, fueron ellos (los pobres) los primeros destinatarios de nuestra acción»4, pero sí se tiene dimensiones distintas. Se empieza a hablar de inserción en el mundo de los pobres, de inculturación en los grupos más marginados, del progreso de la sociedades desarrolladas, y se hace un llamado a «escoger preferentemente los ministerios que se dirigen a la transformación del corazón del hombre, y a promover el advenimiento de una sociedad justa y reconciliada».5

Tres aspectos, desafíos y llamados, son, a mi juicio, centrales en la evolución que ha tenido en estos años la Vida religiosa ss.cc.. Una valoración distinta del testimonio, con la convicción profunda de su fuerza transformadora y de su carácter profético. La opción por los pobres y el compromiso con ellos en la causa de su liberación. Y la Comunidad Apostólica, «comunidad e mujeres presente, inculturada, inserta en la sociedad, comprometida en el trabajo por la justicia abierta al mundo».6

Tres aspectos que se complementan entre sí, haciendo ese nuevo estilo que los tiempos nuevos necesitan. Los tres ensanchan nuestro compromiso con la historia. Crece con ellos la significación política y la dimensión profética de nuestra vida religiosa.

2.1. El testimonio.


La vida religiosa es fundamentalmente significativa. Su estilo radical de seguimiento del Señor, es más que nada, una sugerencia, un llamado de atención, una invitación interpeladora. «En un mundo herido por el pecado, queremos ser signo e instrumento de comunión, mediante la total disponibilidad para el servicio del Reino, el testimonio de caridad fraterna y el compromiso apostólico».7 Todo signo expresa una realidad más profunda. Manifiesta algo que está oculto, más allá de lo que vemos. El papel profético de la vida religiosa está justamente en esto.

En mostrar el futuro que viene, en anticipar el Reino que anunció Jesús. Reino presente y escogido, regalo y tarea, de Dios y de nosotros. «La misión nos urge a desempeñar nuestro papel profético, siendo los testigos verdaderos del Evangelio que el mundo necesita».8

Mucha gente de nuestro tiempo vive carreras desenfrenadas tras el poder, el éxito, el dinero. Nuestra Congregación Religiosa «nos lleva a poner el amor de Cristo por encima de todo. Da testimonio del Absoluto de Dios y hace que seamos en el mundo signos de su Reino ya presente».9

Cuando los poderes políticos acentúan los nacionalismos y vigilan fuertemente las fronteras, cuando las diferencias raciales, lejos de ser una riqueza de la humanidad, son fuente de división y enemistad, nuestra vida fraterna «anuncia la comunión universal querida por el Padre».10 Porque «los lazos que nos unen están por encima de nuestras diferencias de origen, de edad, de caracteres o de mentalidades, y revelan la presencia del Amor Salvador del Padre entre nosotras»..11

Allí donde la sexualidad humana ha dejado de ser vehículo de amor entre un hombre y una mujer, allí donde las relaciones de pareja han perdido su sentido íntimo de comunicación y entrega, y el sexo se vive con desenfreno y desorden, nuestra vida casta «anuncia un mundo nuevo en el que todos seremos hermanos y hermanas en el Amor del Padre y la alegría del Reino».12

Donde el poder es dominio, y la autoridad la ejerce el más fuerte y la convierte en sinónimo del abuso y la opresión, nuestra consagración nos permite «denunciar con nuestra vida de obediencia todo lo que esclaviza al hombre, y anunciar el gozo de la salvación en Jesucristo».13

Lo esencial de nuestra vida religiosa, aquello que define nuestra vocación, tiene la fuerza transformadora del testimonio, que interpela, llama, y cuando transforma convierte profundamente desde dentro del corazón humano. Así lo entendieron los profetas del Antiguo Testamento, así lo hizo vida el propio Jesús, que llegó hasta la muerte para hacernos comprender el inmenso amor del Padre.

2. 2. La opción por los pobres.


La opción por los pobres es quizás el testimonio profético de mayor fuerza en nuestro tiempo. Tal vez porque las injusticias sociales son mayores que en tiempos anteriores o, tal vez, porque en sociedades donde la fe cristiana es abrazada por muchos, incluidos gobernantes y legisladores, se desoye con frecuencia el clamor de los pobres, de los oprimidos, de los que sufren.

En cualquier caso, «la razón fundamental para acentuar esta opción está en el Evangelio: el seguimiento de Cristo nos exige un amor efectivo y preferencial por los pobres, que matice las facetas de nuestra vida apostólica».14 Porque reconocemos en ellos, «un lugar teológico en el que está Cristo doliente»15 y escuchamos allí la voz de Dios que nos llama a «comprometernos cada vez más profundamente en sus luchas y esperanzas»16, su causa la hacemos nuestra y luchamos con ellos, «buscando unidos la manera de transformar las estructuras injustas».17 Tenemos conciencia «de la llamada urgente de la Iglesia a ser agentes de transformación del mundo»,18 y asumimos nuestro aporte de «encarnar el Amor Redentor de Dios en el mundo de los pobres, ya sea a través de nuestra presencia entre ellos, o buscando los medios que estén a nuestro alcance para contribuir a hacerlos protagonistas de su propia liberación».19

Entre los pobres, descubrimos con especial sensibilidad, la opresión de la mujer. Vemos en ella a María de Nazareth, mujer sencilla de una pequeña aldea, quien «vivió a lo largo de toda su vida como pobre de Yahveh».20 Nos resuena aquel cántico suyo que «anuncia la experiencia personal de un Dios de bondad y misericordia que ama al pobre y quiere el respeto a la dignidad del hombre, tan maltratado y oprimido. Su vida proyecta luz sobre la mujer, la ennoblece y la dignifica en su ser femenino».21 Con Ella vamos avanzando, acompañando a tantas madres, mujeres solas, trabajadoras y pobladoras, que han comenzado a caminar.

Reconocemos también en muchos jóvenes a los más pobres del mundo. «Son los jóvenes los más vulnerables frente al mal que actúa en la sociedad: materialismo, consumo e injusticia».22 A ellos nos acercamos con especial disposición, poniéndonos al servicio «preferentemente de aquellos que más lo necesitan».23

La opción por los pobres, supone múltiples desafíos, cuestionamientos y tareas. «Un estilo de vida que vaya en contra de la sociedad de consumo»,24 que sea sencillo, sobrio: «el compromiso por la justicia y la paz, la inserción, que nos sitúa en el Pueblo de Dios, compartiendo lo que somos y tenemos»,25 la solidaridad. Se hace necesario, que «en nombre de la Congregación, se anime a las hermanas a que participen en movimientos en favor de la unidad, la justicia, la paz».26 Gestos concretos que van haciendo de nuestra opción un real aporte a la transformación social.

2. 3. La Comunidad Apostólica.


Hablar de comunidad apostólica en estos años, en la Congregación, es hablar acerca de lo central de nuestra vocación. Hoy comprendemos que el llamado de Dios, pasa por la comunidad. «Es en la comunidad en donde vivimos nuestra misión. Con la comunidad y desde ella cada una de nosotras es enviada para el anuncio de la Buena Noticia».27 «Nuestras Constituciones y la Declaración de Misión nos definen claramente como Comunidades Religiosas apostólicas en y para el mundo».28

Decimos comunidad apostólica y aludimos tanto a la fraternidad como a la misión. «Jesús realizó su misión en profunda comunión con el Padre y con los hombres».29 El nos enseña el nexo íntimo que hay entre el envío que Dios nos hace para algún apostolado particular, y la comunión que éste exige con El y con los hermanos. El insistente llamado a la unidad que El hizo en vísperas de su muerte, nos muestra la importancia que para El tiene la Comunión.

«La comunidad es signo de la presencia de Jesús y de su Reino, cuando denuncia las injusticias y trabaja por la justicia en solidaridad con los pobres; vive una vida de fe y esperanza que testimonia la presencia de Dios, su Misericordia y su Amor en un mundo de increencia y desesperación; vive la comunión evangélica ofreciéndole a un mundo roto una alternativa de vida basada en la unidad».30

«Nuestras comunidades apostólicas se sienten urgidas por la misión».31 Como Congregación internacional que somos, miramos la misión por sobre nuestras fronteras. Vemos necesidades, pobrezas, requerimientos, «la internacionalidad es un valor eclesial que tiene mucho que ver con la manera y la perspectiva con la que participamos en la misión de Jesús en el mundo de hoy. Sabemos que es compleja y exigente, pero también estamos convencidas de que es un medio de hacer presente el Reino».32 Nuestras comunidades apostólicas son comunidades misioneras.

Nos sentimos con la misión de «promover la unidad y la comunión entre las personas y los pueblos».33 ¡Cómo podríamos aceptar tan ambicioso desafío, si no tuviéramos la experiencia de que la comunión es posible, cuando el Señor se hace el centro de nuestra vida, y cuando acogemos la riqueza de nuestro pluralismo, y cultivamos «la preocupación común por buscar juntas la verdad y la paz».34 «La presencia de nuestras comunidades gozosas y de esperanza tiene que pacificar a este mundo y comunicarle la esperanza de la vida».35 «Es la experiencia de mujer religiosa ss.cc. la que nos da la convicción de estar llamadas a dar vida siempre y en todo lugar, por ello buscamos los medios y los cambios a realizar, con la intención de perfilar el nuevo estilo de Comunidad Apostólica».36

2. 4. Contemplar, vivir y anunciar el Amor de Dios.


«Somos mujeres consagradas al amor, corresponsables en la evangelización y con una específica misión ss.cc. a realizar en la sociedad de hoy. Queremos poner el mundo moderno en contacto con las energías vivificantes del Evangelio. Para avanzar en esta dirección, desarrollemos nuestra actitud contemplativa de la vida, continuemos profundizando nuestra espiritualidad, centrada en el amor, y mantenemos nuestra confianza y esperanza por una ardiente y constante oración».37

«El anuncio de lo contemplado sólo es posible si es vivido en hechos concretos de conversión y proyección personal y comunitaria. Nos sabemos responsables y enviadas para infundir en el corazón del hombre moderno nuevas energías vitales, reconstruir una sociedad sólida que sea fuente de una nueva esperanza y donde la vida humana sea vivida en plenitud, libre y solidaria».38

Contemplar, vivir y anunciar al mundo el Amor de Dios, único que repara, libera y reconcilia. Nada tiene mayor fuerza transformadora que el amor. El amor se hace gesto, palabra, encuentro.

Jesucristo es el Señor de la historia. Con Él podemos transformarla. Nuestros frágiles empeños, pueden dar origen a sistemas mejores, a estructuras más justas, a sociedades más fraternas. El mundo lo requiere.
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