Paula Teck, ss cc






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2. El Bautismo: fuente de la misión político-profética


En esta etapa, no puedo dejar de pensar en las palabras del Evangelio: «Nadie es profeta en su tierra». Es cierto que es difícil dar testimonio, ser un signo visible, y por tanto distinguirse en la sociedad a la cual pertenecemos. Es más difícil aún para un laico, cuyas preocupaciones profesionales, financieras, sociales y familiares son las mismas que las de la mayoría de la sociedad. Aceptar distinguirse, hacerse visible y por tanto vulnerable, es aceptar alinearse uno mismo en la sociedad en que se vive. Esto supone efectivamente comprender que «lo del César es del César y lo de Dios es de Dios», y que nosotros optamos por la Iglesia de Dios.

Yo nací en algún lugar, en algún país, yo tengo un idioma materno y crecí en una cultura o en varias, pero como bautizado yo no soy tanto un representante de ese país cuanto un enviado en ese país en que vivo. Pienso que buscar ser ante todo cristiano no me impide hablar el mismo idioma, vivir en los mismos lugares y en la misma cultura. Pero mientras más busco ser ante todo cristiano, más aspecto la sociedad donde yo vivo como una misión, estaré más liberado de «mi» mundo y más libre para dar testimonio.

Creo que esta libertad tiene una importancia política inmensa. Para mí es evidente, por ejemplo, que la Unión Europea de hoy, que es una gran construcción política por la cual 380 millones de mujeres y de hombres optan por la paz (y las subvenciones agrícolas), no existiría si no hubieran existido hombres que actuaran con esa libertad. Pero todo los que optan por esta libertad, aún aquellos que no son ministros de asuntos exteriores, son portadores de un gran testimonio: ellos no viven en su país ni en su cultura porque «son de allí», pero pueden recibir su propio país, su propia cultura, sus propias costumbres como un don, como una misión. Su vida en sociedad no está ligada a su historia personal, pero ellos escogen vivir entre los suyos a causa del amor de Dios por cada hombre, como signo de amor de Dios y Testigos de su Salvación. Yo creo que esto transforma la naturaleza de la sociedad, proponiendo otro fundamento a su existencia, el fundamento del amor al prójimo. ¿No es en verdad un trabajo de profeta y un gran mensaje político?

Todas estas frases pueden parecer muy teóricas y alejadas de la vida real, pero esto no es raro, ya que nuestro bautismo es verdaderamente un misterio. Además yo, que escribo, ¡recién empiezo a contemplar este misterio!

Yo creo que cada uno de nuestros gestos a través de los cuales comunicamos algo de Salvación tiene una resonancia en nuestro entorno, en nuestra sociedad y un significado profético y político; es tanto más cierto porque nuestro bautismo es un bautismo que reúne y funda una comunidad, una Iglesia. Cada mano extendida hacia un poco más de justicia, cada gesto de paz, cada rostro abierto a la diferencia y pronto a aceptar al otro, propone una conversión a la sociedad en que vivimos y nos empuja hacia una Iglesia cuya misión es proponer la Buena Nueva a toda la humanidad.

3. La misión político-profética del laico.


La razón por la cual escribo como laico es que en este contexto, aquellos que no son ni religiosos, ni sacerdotes, que en nada se distinguen del resto del mundo - tan sólo por su bautismo - tienen un rol clave que desarrollar. Este rol es ciertamente el del ejemplo: es preciso que mujeres y hombres que comparten completamente las preocupaciones de sus contemporáneos y luchan por la justicia y por la paz, de modo que su opción pueda conquistar la adhesión de otros que no pertenecen a la Iglesia. Bien pensado, lo contrario es igualmente cierto: es preciso que los laicos compartan la misión de la Iglesia para que a través de ellos, la Iglesia pueda enriquecerse con iniciativas de todos los hombres de buena voluntad, ya sean bautizados o no.

Pero, el rol de los laicos en esta misión político-profética que reciben el conjunto de los bautizados es, más allá del ejemplo, una misión de signo. Hay que aprender a mostrar que la Iglesia no es una minoría activa que tiene buenas ideas para ser realizadas por la mayoría. Yo creo que, por el contrario, hay que demostrar que la Iglesia es una mayoría compuesta de gentes corrientes, lo contrario de una élite.

Los cristianos se interesan en todo, su mensaje es un Buena Nueva para todo lo humano, economía, sociedad, cultura, familia, y esta Buena Nueva se transmite a través de personas que viven las mismas preocupaciones económicas, sociales, culturales, familiares que todos sus contemporáneos. La Iglesia es una propuesta para todos, y ahí está su fuerza profética. Esto es también un gran mensaje político.
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