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“Grandes Predicadores”

Ps Alex Donnelly

ROBERTO MURRAY McCHEYNE

Introducción
“Era invierno. Sentados cerca del fuego, dos hombres estaban cincelando piedra en una

cantera vecina. De pronto, un desconocido se les acercó; bajó del caballo e inmediatamente

pasó a conversar sobre el estado espiritual de sus almas. Sirviéndose de las flagrantes

llamas de la hoguera como ilustración, el joven desconocido predicó verdades alarmantes.

Con profunda sorpresa los canteros exclamaron: ‘Usted no es un hombre como los demás’"1.
Se trataba de Robert Murray McCheyne, una de las estrellas del púlpito escocés, del siglo 19. Indudablemente, no era un hombre como los demás. Sirvió a Dios apenas ocho años; sin embargo, en ese corto tiempo marcó un hito en la historia de la predicación. Se dice que tan solo su mirada, al subir al púlpito, era suficiente para conmover a lágrimas a los miembros de su congregación. Su semblante indicaba que venía de la misma presencia de Dios. ¿Quién era este hombre, que cuando murió a los 29 años de edad, toda una ciudad paralizó sus actividades para llorar la muerte de un gran siervo de Dios? Este es el tema de nuestro estudio.

INFANCIA, EDUCACIÓN Y LLAMADO
Robert McCheyne nació en Edimburgo (Escocia), en 1813; fue el menor de cinco hijos, de una familia de la clase media. Como niño, los padres notaron dos cosas en él: su aptitud para escribir poesía, y una voz melodiosa para narrarla. Su conversión espiritual se dio a los 18 años, en el contexto de la muerte de su hermano mayor. El dolor de perder a su hermano favorito lo llevó a buscar a Dios, y experimentó el nuevo nacimiento y el perdón de los pecados.
Habiendo cursado secundaria, McCheyne ingresó a la universidad para estudiar teología. Fue un buen estudiante, aunque no brillante. Sin embargo, ya a esta edad manifestó un deseo profundo por estudiar las Escrituras. Fundó una asociación de estudiantes, que se dedicó a la exégesis de la Biblia, reuniéndose cada sábado, a las 6 y 30 de la mañana. Al mismo tiempo se dedicó a la tarea de compartir el evangelio, en los distritos más pobres de la ciudad. Su anhelo era ser útil para el Señor.
En 1835 fue ordenado pastor, en la Iglesia Presbiteriana de Escocia. Unos meses después fue llamado a ser el pastor asistente, en una iglesia rural. Desde el comienzo de su ministerio, McCheyne se dedicó a dos cosas: predicar el evangelio, y visitar a las familias relacionadas con la iglesia. En un cuaderno, redactaba los detalles de sus visitas pastorales, anotando los temas que trataba, y haciendo una evaluación de la condición espiritual de los miembros de la familia. Evidentemente era un ‘pastor’, en busca de las ovejas perdidas. El énfasis en su visitación pastoral era evangelístico, procurando despertar espiritualmente a las personas a quienes visitaba. Se notaba su pasión por las almas.
McCheyne no gozaba de buena salud. Su cuerpo era débil, y propenso a enfermarse. A pesar de los consejos de su madre (y otros), a que debía cuidar mejor su salud, McCheyne se dedicaba a la obra con bastante fervor, y no perdonaba su cuerpo.




PASTOR DE SAN PEDRO
A fines de 1836, McCheyne recibió la invitación a pastorear la nueva iglesia de ‘San Pedro’, en la ciudad de Dundee (al este de Escocia). La ciudad tenía una población de 51,000, la mayor parte de la cual era entregada a los vicios y a la inmoralidad. Había pocas iglesias en Dundee, y en 1835 se decidió construir un nuevo templo, en un distrito poco evangelizado de la ciudad. McCheyne fue invitado a ser el primer pastor.

Su primer sermón fue basado en el texto de Lucas 4, “El Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ha ungido para predicar buenas nuevas”. Fue un mensaje profético, de lo que iba a ser su ministerio en esa ciudad.
Desde el comienzo de su trabajo pastoral, la iglesia estaba llena. Unas 1,100 personas asistían domingo tras domingo, para escuchar la Palabra de Dios. La gente se sentaba por todas partes – en las bancas, en los pasadizos, hasta en las gradas del púlpito. Había un tremendo sentir de la presencia de Dios, que atraía a las personas de todas partes de la ciudad. McCheyne predicaba mensajes sencillos, claros, y llenos de las doctrinas fundamentales del evangelio. La congregación podía ver que McCheyne era un verdadero embajador de Cristo; un hombre lleno de la presencia de Dios, a pesar de su juventud. Tenía a penas 23 años.
En sus primeros meses en la iglesia, predicó sobre pasajes de Crónicas (que trataban con la construcción del templo), varios Salmos y parábolas, 1 Pedro y las Cartas a las Siete Iglesias. También estableció un sistema de lecturas diarias, por medio de las cuales se podía leer toda la Biblia en un año. Deseaba que la congregación esté imbuida de la Palabra de Dios.
Los jueves, inició un culto de oración. Esto era algo insólito en la ciudad de Dundee; ninguna otra iglesia tenía un culto así. Sin embargo, la asistencia a veces alcanzaba 800 personas. McCheyne también comenzó una reunión para jóvenes, en la cual estudiaba la Biblia con ellos. Unos 240 asistían semanalmente. McCheyne usaba formas más informales para enseñarles la Palabra de Dios. Por ejemplo, por un tiempo se dedicó a usar lo que llamaba ‘el método geográfico’. Este consistía en mencionar algún lugar de la Biblia (por ejemplo, el Mar de Galilea), y luego hacer que los jóvenes leyeran los diferentes textos de la Biblia donde ese lugar era mencionado. Después, complementaba esto con citas de diferentes autores (como Josefo, etc.), quienes describían esos lugares.
También dedicó tiempo para preparar candidatos para tomar la santa cena2. Tomaba esta tarea muy en serio. Para algo que era parecido a la ‘primera comunión’, McCheyne, discípulo a 37 personas. Los trataba a cada uno personalmente, sabiendo que era muy importante estar seguro de su conversión, antes de permitirles tomar la santa cena. Consideraba que era el tiempo en el cual el pastor se cercioraba de los verdaderos frutos de su ministerio.
Además de todo el trabajo en la iglesia, McCheyne no descuidó la tarea de visitación. En una ciudad como Dundee había tantos hogares que visitar, que nunca se abastecía para ello. Su práctica era visitar a unas 16 a 18 familias, en un día, y luego hacer anotaciones acerca de estas visitas (incluyendo un plano, para ubicar cuidadosamente a cada hogar visitado). Esto era para estar seguro de conocer el hogar cuando volvía a hacer una segunda visita.
En su visitación pastoral daba prioridad a los enfermos; especialmente a los que estaban al borde de la muerte. Tomaba estos casos con sumo cuidado, sabiendo que era importante discernir bien la condición espiritual de las personas, antes que partieran a la eternidad. Tenemos un ejemplo, en su cuaderno de apuntes pastorales:
“Tomás Tyrie. Calle ‘Step Row’, parte baja. Enfermo por cinco años. Toma opio para contrarrestar el dolor.
Visita 12 de diciembre de 1836. Conversación acerca del infierno y de la aniquilación del alma. Compartí el tema: ‘la oveja perdida’. Escuchó con atención. Lee la Biblia, pero más para criticar, que otra cosa. Vecinos estuvieron presentes.
Visita 19 de diciembre. Ha preguntado mucho por mí. Hablé de ‘la moneda perdida’. Escuchó con bastante atención, y afirma la verdad del evangelio.
Visita 20 de diciembre. ‘Prov 1: Arrepiéntete a mi reproche’. Un poco somnoliento, pero indicaba que estaba de acuerdo con lo compartido.
Visita 22 de diciembre. ‘El Señor abrió el corazón de Lidia’. Prestó mucha atención. Habló de un gran cambio en su corazón, y de una tremenda paz en su alma. A pesar de los efectos del opio (sueño), era muy claro en su conversación.
Visita 28 de diciembre. ‘Cristo nuestro sustituto’. Expliqué todo el evangelio, y lo apliqué a su vida, en forma muy personal. Respondió muy bien a las preguntas, y con respuestas extrañamente profundas. Parece que ha habido una verdadera obra del Espíritu Santo en su vida. Afirma que su entendimiento de Cristo, y de su propia alma, han cambiado radicalmente.
Visita 31 de diciembre. Encontré su cuerpo frío, y preparado para la tumba. Su esposa, Margarita, llorando. Murió el día anterior, en la madrugada. Nadie lo vio morir. Hubo un verdadero cambio en su vida. Comenzó a leer la Biblia, que entes descuidaba. Hablaba con mucho interés acerca de su vida espiritual, y del Señor. Se alegraba de mis visitas, y siempre me daba un fuerte apretón de manos. Pero, si hubo una verdadera obra de gracia en su vida, solo la eternidad lo demostrará”.
Estas anotaciones en su cuaderno de visitas, indica la seriedad con la cual tomaba el trabajo pastoral, y el cuidado que tenía con las almas. Su propósito no era obtener resultados rápidos, sino seguros. El valor de un alma es inestimable; no se puede jugar con ello, sino tratarlo con suma delicadez.
Con todo este trabajo, que efectuaba incansablemente, el cuerpo de McCheyne comenzó a sufrir. Otras iglesias extendieron invitaciones, para que fuera a pastorearlas. Generalmente eran iglesias más pequeñas, en zonas rurales, donde se le ofrecía un mayor sueldo por menos trabajo. Muchos (incluyendo sus padres) le animaban a considerar estas invitaciones, pero McCheyne estaba convencido que debía quedar donde estaba, a pesar del sufrimiento de su cuerpo. Claramente, era un verdadero siervo de Dios.

AVIVAMIENTO ESPIRITUAL
Para fines de 1838, una enfermedad muy seria debilitó el cuerpo de McCheyne, y él tuvo que tomar un tiempo de descanso del ministerio. Aprovechó este tiempo de descanso forzado para realizar un viaje a Palestina con otros amigos pastores, para ver la situación en la cual estaban los judíos, y analizar los esfuerzos que se estaban haciendo para evangelizarlos.
Durante su ausencia de la iglesia, un amigo suyo, William Chalmers Burns, vino a pastorear la congregación. A Dios le complació bendecir tanto el ministerio de Burns (en respuesta a las oraciones de McCheyne), que la iglesia gozó un tiempo de avivamiento espiritual. Indudablemente, Burns estaba cosechando la buena semilla que McCheyne había sembrado. Los cultos se multiplicaron, hasta ocupar cada día de la semana, y se prolongaron hasta las altas horas de la noche. Se dieron muchas conversiones – veinte, treinta o cuarenta personas se acercaban a él luego de los mensajes, preguntando, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”. “Parecía como si toda la ciudad hubiera sido sacudida por el poder del Espíritu”3.
Cuando McCheyne volvió a la obra, los miembros de la iglesia se conmovieron al ver el rostro de su pastor, tan joven. Recién tenía 26 años. Escribiendo a su madre, McCheyne describió el culto, en el cual dio su primer mensaje en la iglesia, luego de su retorno de Palestina: “Prediqué esa misma noche. Nunca vi una congregación semejante…No hubo espacio vacío; cada rincón estaba ocupado. Me sentí abrumado al verlos; sin embargo, sentí una tremenda libertad al predicar de 1 Corintios 2:1-4. Nunca prediqué ante tal audiencia; tantos llorando, tantos anhelando palabras de Vida Eterna. Nunca escuché tal forma de cantar como esa noche; era conmovedor. Sentí que el pueblo de Dios estaba cantando a un Dios a quien podían sentir; a un Dios que estaba presente en Su templo”4.
El retorno de McCheyne a la iglesia pudo haber causado ciertos problemas. Muchos se habían convertido bajo el ministerio de Burns, y naturalmente lo amaban, y querían que se quedara. Sin embargo, Burns se retiró tranquilamente, y cedió el púlpito otra vez a McCheyne. Los dos permanecieron muy buenos amigos, y se escribían con frecuencia, animándose mutuamente en la obra. Por un tiempo, Burns volvió a su iglesia, en un pueblo llamado Kilsyth, y siguió experimentando la tremenda bendición de Dios sobre su ministerio. Después sintió el llamado de Dios para ir a la China, y viajó a ese país, a servir a Dios en un contexto mucho más ‘árido’, espiritualmente.
“El regreso de McCheyne a Dundee marcó un nuevo episodio en su ministerio y también en la iglesia escocesa”5. Dondequiera que predicaba, el Espíritu Santo se movía con poder, y pecadores eran convertidos. Describiendo las cosas que ocurrían antes, durante y después del mensaje, McCheyne dice lo siguiente:
“En esos momentos he observado un profundo y sorprendente silencio en la congregación. Cada

oyente inclinado hacia delante, prestando seria atención; hombres maduros, cubriendo sus rostros

en oración, clamando a Dios que las flechas del Rey de Sion puedan penetrar con poder al corazón

de los pecadores. A veces escuchaba un gemido interno, surgiendo del corazón de muchos, y

otros con rostros bañados en lágrimas. En algunas ocasiones he escuchado fuertes llantos en

varias partes de la iglesia, mientras una gran solemnidad dominaba el resto de la congregación.

Inclusive a veces se oía un fuerte grito, como si alguien hubiera sido traspasado por una espada”6.
Aunque McCheyne se dedicó a pastorear la iglesia de ‘San Pedro’, recibió múltiples invitaciones a predicar en otros lugares. Viajó por toda Escocia, procurando extender la obra del evangelio, y ver nuevas iglesias abiertas. También viajó a Irlanda, donde Dios siguió bendición su ministerio.

Pero siempre anhelaba volver a su propia iglesia, y a su propia congregación.

LA CLAVE DE SU MINISTERIO
¿Cómo explicar todo este trabajo y esfuerzo por la causa de Cristo? ¿Cuál era la clave de su éxito ministerial? Podemos mencionar varios factores.
El primer asunto que debemos mencionar es su comunión con Dios. McCheyne tomaba esto muy en serio. Su tiempo a solas con Dios era la parte más importante del día, para él. No permitía que nada interfiriera con esto. Diariamente leía unos tres capítulos de la Biblia, en sus devociones matutinas. Luego se dedicaba a orar y a interceder por los miembros de la iglesia. No importa cuan cansado estaba, o cuan débil se sentía, nunca descuidaba su tiempo a solas con Dios. Era el sostén de su vida y ministerio.
Un segundo factor fue su gran deseo por vivir una vida de santidad. Oraba al Señor cada día, ‘Hazme tan santo como lo pueda ser un pecador en este mundo’. Diariamente se examinaba a sí mismo, para ver rastros de pecado en su conducta o pensamiento. Trataba muy seriamente con cualquier pecado que hallaba Ens. interior. Uno de sus dichos populares es: “Lo que Dios bendice no son grandes talentos, sino gran semejanza a Cristo. Un predicador santo es una tremenda arma en las manos de Dios.
En tercer lugar, habría que mencionar su pasión por las almas. McCheyne sentía un vivo deseo por buscar a los perdidos, y por hacer todo lo que estaba a su alcance para ganarlos para Cristo. Sacrificaba su cuerpo para hacerlo, entregándose a la visitación pastoral evangelística, y a la predicación del evangelio.
Finalmente, hemos de añadir su amor por el Señor. Esto queda muy claro en sus sermones (unos de los cuales añadimos al fin de este estudio, en un apéndice). Amaba mucho a Cristo. Se deleitaba en Él. Aprendió esto de otro gran predicador de Escocia, Samuel Rutherford. Ese amor llevó a McCheyne a servir a Cristo con pasión y abnegación personal; y también a anhelar que el Señor enviara un gran avivamiento espiritual, para que Su nombre sea glorificado en Escocia.

UNA MUERTE REPENTINA
La fuerza espiritual de la vida de McCheyne contrastaba con la debilidad de su cuerpo. Sufría de constantes enfermedades, y mucho dolor físico. Soportó todo esto, con gran valentía. Sin embargo, en primavera de 1843, cuando tenía apenas 29 años de edad, contrajo la fiebre tifoidea, y Dios vio a bien llevar a Su ilustre siervo al cielo. Como afirman los editores de una colección de sus sermones, “Terminó su obra. Su Padre celestial no tenía ya para él otra planta para regar, ni otra vid para cuidar, y el Salvador, que tanto le amó en vida, ahora le esperaba con sus palabras de bienvenida: Bien, buen siervo y fiel, entra en el gozo de tu Señor”7.
Sin embargo, antes de morir un incidente muy interesante ocurrió, que revela mucho del carácter de McCheyne. Había asistido a una reunión en la iglesia, para unir a una pareja de su congregación en matrimonio. Luego del culto, una señora le envió un pequeño bouquet, por intermedio de una niña. “¿Podría colocarse esta flor?”, preguntó la niña. “Claro”, respondió McCheyne, “pero me tendrás que ayudar”. Luego que la niña lo hiciera, él se dirigió a ella, y le dijo, “Ahora que he hecho lo que TU querías, ¿harías lo que yo quiero?” “Sí”, respondió la niña. “Bueno”, añadió McCheyne, “quisiera que escucharas la historia del Buen Pastor, quien se entregó por las ovejas”. Mientras le hablaba a la niña, cinco o seis chicos se acercaron, para escuchar, mientras McCheyne hablaba con tanta ternura a la niña, tal como lo hacía del púlpito. Cuando terminó de hablarles, dijo a un amigo, “Debo irme ahora. Siento un fuerte dolor en la cabeza”. Ya tenía la fiebre tifoidea. Ese momento de hablar a la niña fue su último mensaje en este mundo. Su último sermón.
El sábado 25 de marzo, luego de unos días de dolor y sufrimiento, McCheyne pasó a la presencia de Dios. Era temprano en la mañana. El doctor estaba a su lado, cuando McCheyne alzó su mano, como para pronunciar una bendición. Pero lo dejó caer, y pasó a la eternidad.
La muerte de un pastor tan querido, tan usado por Dios, y tan joven (ni tenía treinta años) sacudió la ciudad de Dundee.
"En todas partes donde llegaba la noticia de su muerte -escribió Bonar- el semblante de los

creyentes se ensombrecía de tristeza. Quizá no haya habido otra muerte que impresionara tanto a

los santos de Dios en Escocia domo la de este gran siervo de Dios que consagró toda su vida a la

predicación del evangelio eterno. Con frecuencia solía decir: "Vivid de modo que un día se os

eche de menos", y ninguno que hubiera visto las lágrimas que se vertieron con ocasión de su

muerte habría dudado en afirmar que su vida había sido lo que él había recomendado a otros. No

tenía más que veintinueve años cuando el Señor se lo llevó.
En el día del entierro cesaron todas las actividades en Dundee. Desde el domicilio fúnebre hasta

el cementerio, todas las calles y ventanas estaban abarrotadas por un gran gentío. Muchas almas se

dieron cuenta aquel día de que un príncipe de Israel había caído, mientras que muchos corazones

indiferentes experimentaron una terrible angustia al contemplar el solemne espectáculo”8.

Comentando sobre la temprana muerte de su hijo, el padre de McCheyne dijo, “Fue para evitar que el pueblo lo hiciera un ídolo”.
"La tumba de Roberto McCheyne todavía puede verse en el rincón nordeste del cementerio que

rodea la iglesia de San Pedro. Él se fue a las montañas de mirra y a las colinas de incienso, hasta

que apunte el día y huyan las sombras ".9

Conclusión
Concluimos con la traducción de un himno que escribió.
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