Teresa de Jesús: santa y docta






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Teresa de Jesús: santa y docta

Jorge Capella Riera

Nada te turbe,

nada te espante;

todo se pasa,

Dios no se muda; l

la paciencia todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene nada le falta.

Sólo Dios basta.”

(Santa Teresa de Jesús)

Introducción

Inicio la introducción a este artículo el 15 de agosto de 2014, día en que comenzamos el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús; y lo dedico a mi madre Teresa, a mi hermana María Teresa, a mi hija María Teresa y a mi nieta Mayte.1

Los organizadores del Centenario señalan que éste ha de “lanzarnos a descubrir que entre las cenizas de este mundo aún caldean las brasas de otro mundo posible, mucho más justo y mucho más humano.”
“Recordar a Teresa de Jesús tendrá, sin duda, el poder de hacernos conscientes de cuánto podemos hacer para que cambien las cosas, si nos decidimos a cambiar nosotros mismos, a optar por una vida más simple y más comprometida, más de acuerdo con el Evangelio de Jesús, el Evangelio del amor.”

“De esa manera, conseguiremos que el Centenario no sea una simple “celebración arqueológica”, ni una huída romántica a un pasado glorioso que se añora con nostalgia, y conseguiremos convertirlo en un tiempo de renovación y reactivación espiritual, de rejuvenecimiento.”

“Celebrar así esta efeméride nos ayudará, de la mano de Santa Teresa, a afrontar el presente y el futuro con coraje, con creatividad y con decisión, apostando por un mundo más justo, más solidario, en el que cada persona pueda descubrir que es única e irrepetible, que es amada y que está llamada a ser feliz, pero que no lo será si se cierra en sí misma y no es capaz de abrirse a Dios y a los otros”.
Con este artículo pretendo contribuir a estos propósitos y quiero partir de que si la vida de cualquier persona está condicionada por sus circunstancias, como diría Ortega y Gasset (2004), resulta obligado que me refiera a ellas, aunque sea brevemente, para encuadrar la vida de Teresa.
Como nosotros ahora, ella supo que la historia la manejaban unos pocos, pero nunca creyó que no podría cambiar nada. Esa es, quizás, la principal diferencia entre nosotros y ella.

En efecto, vivió en un tiempo en el que reinaba el machismo. Los varones controlaban la historia, empujados por una insaciable sed de poder que les llevaba a enfrentarse en innumerables guerras, a explotar pueblos inocentes.
Vivió tras los muros de un convento de clausura, y, allí, le llegaron tristes noticias que hablaban de enfrentamientos incluso entre los que profesaban su misma religión, de personas que morían sin conocer al Dios que ella amaba.

Es por todo ello que el Papa Pablo VI, en la homilía pronunciada durante el acto de la proclamación de Santa Teresa como doctora de la Iglesia Universal (1970), afirmó: ”la vemos ante nosotros como una mujer excepcional, como a una religiosa que, envuelta toda ella de humildad, de penitencia y de sencillez, irradia en torno a sí la llama de la vitalidad humana y de su dinámica espiritualidad; la vemos, además, como reformadora y fundadora de una histórica e insigne Orden religiosa, como escritora genial y fecunda, como maestra de vida espiritual, como contemplativa incomparable e incansable alma activa. ¡Qué grande, única y humana, que atrayente es esta figura!”.
“Puesta frente a Dios, le conoció como Amigo y Maestro, como Libro Vivo en el que comprender su propia verdad y la verdad del mundo. En Cristo, su Amado, Dios se le revelaba preocupado por la historia, preocupado por los hombres y mujeres de todos los tiempos, preocupado por ella.”

“Teresa supo que, dando su vida por todos, Jesús le había marcado un rumbo y le pedía que siguiera sus huellas y que, andando junto a Él, también ella podría contribuir a cambiar la historia, a transformar la ciudad terrena en ciudad de Dios, a dibujar sobre este mundo el Reino. Y se puso en camino.”

“Fundó pequeñas comunidades de mujeres empeñadas en demostrar al mundo que el amor puede cambiar el rumbo de la historia. En ellas, sus hijas vivían (y viven aún ahora) amándose unas a las otras, capaces de renunciar a todo en favor de los otros, sin imponerse, sin vencer la tentación de la avaricia y la preocupación exagerada por nosotros mismos que acaba por hacernos desentendernos de los otros, sabiendo que cada hombre y cada mujer son un compañero de camino cuya vida es una palabra que he de respetar y escuchar.”

Es necesario que indique que el mérito de este trabajo es de aquellos autores a quienes cito en él. A mi me ha correspondido acopiar abundante información acerca de la Santa –í como lo he hecho también sobre San Juan de la Cruz, de quien me cuparé proximamente en un artículo- , estudiarla, sistematizarla y sintetizarla en torno a un hilo conductor que es la homilia de Pablo VI que acabo de mencionar.
Este artículo consta de tres apartados: la vida de Teresa, su pensamiento y el impacto que que provocó en su época y aún en la actualidad.


Al terminar esta breve introducción, quiero precisar que he respetado en todo momento el estilo gramatical y la ortografía de la época en que vivio la santa.
Vida



Pablo VI (1970) desanima a quien pretenda condensar, en breves palabras, la semblanza histórica y biográfica de Santa Teresa, que parece desbordar las líneas descriptivas en las que uno quisiera encerrarlas.

Pese a ello, me arriesgo a esta pretensión y trataré de ser lo más objetivo posible apelando al Libro de la Vida y a autores que lo han trabajado; el mérito es suyo el mío es solo el de la selección y sistematización.

Primer período

Teresa2 nace en Ávila el 28 de marzo de 15153
Se llamaba Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, aunque generalmente usó el nombre de Teresa de Ahumada hasta que comenzó la reforma, cambiando entonces su nombre por Teresa de Jesús.

El padre de Teresa era Alonso Sánchez de Cepeda, descendiente de familia judía conversa. Alonso tuvo dos mujeres. Con la primera, Catalina del Peso y Henao, tuvo dos hijos: María y Juan de Cepeda. Con su segunda esposa, Beatriz Dávila y Ahumada, tuvo otros diez: Hernando, Rodrigo, Teresa, Juan (de Ahumada), Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana.

La propia Teresa decía: “éramos tres hermanas y nueve hermanos”, resultando ser ella, según propia confesión, que así se sentía, la más querida de su padre y hermanos. 

Su madre encontró en la hija su mejor amiga y confidente, compartiendo con ella sus devociones y gustos.
A los siete años, Teresa tenía ya gran predilección por la lectura de las vidas de santos. Su hermano Rodrigo era casi de su misma edad de suerte que acostumbraban jugar juntos. Los dos niños, eran muy impresionados por el pensamiento de la eternidad, admiraban las victorias de los santos al conquistar la gloria eterna y repetían incansablemente: "Gozarán de Dios para siempre, para siempre, para siempre . . ."
Ambos resolvieron partir al país de los moros con la esperanza de morir por la fe. Así pues, partieron de su casa a escondidas, rogando a Dios que les permitiese dar la vida por Cristo; pero en Adaja se toparon con uno de sus tíos, quien los devolvió a los brazos de su afligida madre.
En vista del fracaso de su proyecto, Teresa y Rodrigo decidieron vivir como ermitaños en su propia casa y empezaron a construir una celda en el jardín, aunque nunca llegaron a terminarla.


Lamentablemente tuvieron que pasar la dura prueba de la orfandad, con la muerte prematura de Doña Beatriz, a sus 33 años, cuando Teresa apenas había cumplido los 13. Ello la afectó en extremo. La santa lo expresa así: "En cuanto empecé a caer en la cuenta de la pérdida que había sufrido, comencé a entristecerme sobremanera; entonces me dirigí a una imagen de Nuestra Señora y le rogué con muchas lágrimas que me tomase por hija suya". ("Autobiografía")
Sin embargo estaba ligada a los libros de caballerias : "Las novelas de caballerías me gustaban tanto, que no estaba yo contenta cuando no tenía una entre las manos. Poco a poco empecé a interesarme por la moda, a tomar gusto en vestirme bien, a preocuparme mucho del cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condición". (Autobiografía) El cambio que paulatinamente se operaba en Teresa, no dejó de preocupar a su padre, quien la envió -a los quince años de edad- a educarse en el convento de las agustinas de Avila, en el que solían estudiar las jóvenes de su clase.
Allí comenzó a sentir la llamada a la vida religiosa. Vocación que madura con sus lecturas y reflexiones. Luchando consigo misma, llegó a decir a su padre que deseaba ser monja, pues creía ella, dado su carácter, que el haberlo dicho bastaría para no volverse atrás. Su padre contestó que no lo consentiría mientras él viviera. Sin embargo, Teresa dejó la casa paterna, y entró el 2 de noviembre de 1533 en el convento de la Encarnación, en Ávila.
Afectada por una grave enfermedad, volvió a casa de su padre, y ya curada, la llevaron al lado de su hermana María de Cepeda, que con su marido, don Martín de Guzmán y Barrientos.

Determinada a tomar el hábito carmelita contra la voluntad de su padre, en 1535 huyó nuevamente de su casa para dirigirse al convento de la Encarnación.

Su padre, al verla tan resuelta, cesó de oponerse a su vocación. Vistió el hábito en 1537 e hizo su profesión. Poco después cayó gravemente enferma y su padre la llevó a baños minerales: sentía los primeros síntomas de sus neurosis. Ese mismo año, en casa de su padre, sufrió un ataque de parasismo, y durante dos años estuvo paralítica.

Curó, y durante bastantes años su fe anduvo bastante entibiada. Tan así que abandonó la oración (1541). Pero, según su testimonio, volvió al pasado ardor religioso porque, Cristo se le apareció con airado semblante. Entonces creyó que la causa de su frialdad provenía de su demasiado frecuente trato con seglares, y resolvió reformar la orden del Carmelo, a la cual pertenecía, y fundar religiones de monjas descalzas y enclaustradas.
El padre de Teresa falleció en 1541. El sacerdote que lo había asistido en sus últimos momentos, el dominico Vicente Barón, se encargó de dirigir la conciencia de Teresa rememorando las últimas palabras del padre de ésta.
La lectura de las Confesiones de san Agustín y el encuentro inesperado con una imagen de Cristo, en la Cuaresma de 1554, propiciarán lo que se conoce como su conversión y entrega, ya sin retrocesos, a una vida espiritual intensísima, incentivada por diferentes gracias místicas.

Aspecto físico
Su confesor, Francisco de Ribera (2004), trazó así el retrato de Teresa: “Era de muy buena estatura, y en su mocedad hermosa, y aun después de vieja parecía harto bien: el cuerpo abultado y muy blanco, el rostro redondo y lleno, de buen tamaño y proporción; la tez color blanca y encarnada, y cuando estaba en oración se le encendía y se ponía hermosísima, todo él limpio y apacible; el cabello, negro y crespo, y frente ancha, igual y hermosa; las cejas de un color rubio que tiraba algo a negro, grandes y algo gruesas, no muy en arco, sino algo llanas; los ojos negros y redondos y un poco carnosos; no grandes, pero muy bien puestos, vivos y graciosos, que en riéndose se reían todos y mostraban alegría, y por otra parte muy graves, cuando ella quería mostrar en el rostro gravedad; la nariz pequeña y no muy levantada de en medio, tenía la punta redonda y un poco inclinada para abajo; las ventanas de ella arqueadas y pequeñas; la boca ni grande ni pequeña; el labio de arriba delgado y derecho; y el de abajo grueso y un poco caído, de muy buena gracia y color; los dientes muy buenos; la barba bien hecha; las orejas ni chicas ni grandes; la garganta ancha y no alta, sino antes metida un poco; las manos pequeñas y muy lindas. En la cara tenía tres lunares pequeños al lado izquierdo, que le daban mucha gracia, uno más abajo de la mitad de la nariz, otro entre la nariz y la boca, y el tercero debajo de la boca. Toda junta parecía muy bien y de muy buen aire en el andar, y era tan amable y apacible, que a todas las personas que la miraban comúnmente aplacía mucho.”
El padre Diego de Yepes (1946) añade: “Después de amortajada y tendida en el suelo, daba muestras en la hermosura exterior de la gloria que gozaba su alma. Porque en acabando de expirar quedó su rostro hermoso en gran manera, blanco como el alabastro, sin arruga ninguna, aunque solía tener hartas por ser ya vieja, las manos y los pies con la misma blancura, todas transparentes, que se podían mirar en ellas como en un espejo, y tan tratables y tan suaves al tacto como si estuviera viva. Todos sus miembros quedaron hermoseados con manifiestas señales de la inocencia y santidad que en ellos había conservado”.


Personalidad

Su vida marcó una época, porque, en un mundo dominado por los hombres, defendió el derecho de la mujeres a desarrollar su propia personalidad; de ese empeño convenció a sus mejores contemporáneos: fray Luis de León, San  Juan de la Cruz, San Francisco de Borja, fray Juan de Ávila, el padre y profesor Domingo Báñez, el inquisidor Quiroga..., incluso a Felipe II. Y a pesar de los desprecios e insultos, viajó por toda España con idéntico espíritu que al principio y renovada ilusión.

Según relata la propia Teresa, en el libro Vida de Santa Teresa de Jesús, desde sus primeros años mostró Teresa una imaginación vehemente y apasionada. Su padre, aficionado a la lectura, tenía algunos romanceros; esta lectura y las prácticas piadosas comenzaron a despertar el corazón y la inteligencia de la pequeña Teresa con seis o siete años de edad.

“Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien, un mucho cuidado de manos y cabello y olores, y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa...”
“Tenía primos hermanos algunos... eran casi de mi edad, poco mayores que yo; andábamos siempre juntos, teníanme gran amor y en todas las cosas que les daba contento, los sustentaba plática y oía sucesos de sus aficiones y niñerías, no nada buenas... Tomé todo el daño de una parienta (se cree que una prima), que trataba mucho en casa... Con ella era mi conversación y pláticas, porque me ayudaba a todas las cosas de pasatiempo, que yo quería, y aun me ponía en ellas, y daba parte de sus conversaciones y vanidades. Hasta que traté con ella, que fue de edad de catorce años... no me parece había dejado a Dios por culpa mortal.”
Su habla era muy graciosa, y su conversación muy suave, alegre, llana, cuerda, y a cualquier cosa que se tratase salía muy bien, y entretenía maravillosamente a todas las personas que la oían. De aquí venía que adondequiera que iba era muy querida de todos, y juntamente muy estimada.

Santa Teresa era una mujer excepcionalmente dotada. Su bondad natural, su ternura de corazón y su imaginación chispeante de gracia, equilibradas por una extraordinaria madurez de juicio y una profunda intuición, le ganaban generalmente el cariño y el respeto de todos. Razón tuvo el poeta Crashaw en The flaming heart  (1917) al referirse a la santa bajo los símbolos aparentemente opuestos de "el águila" y "la paloma". Cuando le parecía necesario, sabía hacer frente a las más altas autoridades civiles o eclesiásticas, y los ataques del mundo no le hacían doblar la cabeza. Pero el águila no mata a la paloma, como puede verse por la carta que escribió a un sobrino suyo que llevaba una vida alegre y disipada: "Bendito sea Dios porque os ha guiado en la elección de una mujer tan buena y ha hecho que os caséis pronto, pues habíais empezado a disiparos desde tan joven, que temíamos mucho por vos. Esto os mostrará el amor que os profeso".
Como he dicho, poseía una gran intuición que ponía de manifiesto sobre todo en la elección de las novicias. Lo primero que exigía, aun antes que la piedad, era que fuesen inteligentes, es decir, equilibradas y maduras, porque sabía que es más fácil adquirir la piedad que la madurez de juicio. "Una persona inteligente es sencilla y sumisa, porque ve sus faltas y comprende que tiene necesidad de un guía. Una persona tonta y estrecha es incapaz de ver sus faltas, aunque se las pongan delante de los ojos; y como está satisfecha de sí misma, jamás se mejora". … "Aunque el Señor diese a esta joven los dones de la devoción y la contemplación, jamás llegará a ser inteligente, de suerte que será siempre una carga para la comunidad. ¡Que Dios nos guarde de las monjas tontas!"

El Padre Pedro de la Purificación escribió en 1602: “Tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca tan llena de alegría, que nunca cansaba y no había quien se pudiese despedir de ella.”


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