Las mujeres que miran la cruz de lejos Un acercamiento terapéutico






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fecha de publicación14.06.2016
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Sal Terrae 92 (2004) 207-218

Las mujeres que miran la cruz de lejos

Un acercamiento terapéutico


Mariola López Villanueva, rscj*

Cuando me invitaron a colaborar en este número de Pascua, lo primero que me evocó el tema propuesto fue el rostro de mi madre. La he visto en el último año mirar la cruz de la enfermedad de mi hermano e irradiar a los pies de su cama. Y aunque tenía motivos para decir que no podría escribirlo, se fue apoderando de mí un fuerte deseo, mayor que mis razonamientos, de seguir mirando a estas mujeres, a las del Evangelio y a las que hoy lo viven; como si hubiera algo que sólo podemos descubrir accediendo ahí. Y es por eso por lo que me vi abocada a aceptarlo.

Los tres sinópticos1 nos hablan de ellas. El relato de la crucifixión ha quedado ligado a sus historias como testigos y mediadoras. ¿Quiénes son? ¿Y de dónde han sacado la fuerza para permanecer allí cuando otros se han alejado? Están juntas. Expuestas a su vez a otras miradas. Algunas son llamadas con su nombre propio, o se las identifica vinculadas, por haber generado y acompañado otras vidas. Y aparecen como sujetos de cuatro verbos con denso contenido teológico, en los que se concentra y expresa el camino de Jesús: Seguir y servir, subir a Jerusalén y contemplar la cruz. Vamos a adentrarnos en ellos, al amparo de las experiencias de estas mujeres, y a pedir que nos revelen la sabiduría que contienen. Requieren silencio y rostros para poder abrirse.

1. Un modo expuesto de caminar
«Habían seguido a Jesús y le habían servido

cuando estaba en Galilea» (Mc 15,40-41).
Los evangelios nos muestran pocas historias explícitas de llamadas de mujeres; y, sin embargo, sabemos que ellas tuvieron también un antes y un después de aquel encuentro primero. Han acompañado su vida muy de cerca, a la sombra, y ahora la muerte de Jesús las saca a la luz; las hace visibles para que todos lo sepan. ¿Cómo le han seguido ellas? ¿Cuál ha sido ese modo de caminar que las ha hecho cercanas a las situaciones de dolor y de injusticia, que ha ido ejercitando sus miradas hasta conducirlas ante el Rostro del crucificado?

Solemos encontrarlas creando comunidad. Relacionándose en torno a Jesús, compartiendo sus bienes, sus saberes y su cariño (Lc 8,2-3). Algunas de estas mujeres le han confirmado en su capacidad sanadora, se han atrevido a tocarlo más allá de los tabúes y las prohibiciones y han experimentado la potencia de su amor en su propia piel, descubriendo su verdad. En adelante ya no sería más una mujer impura, sino una hija muy amada (Mc 5,34). Otra mujer sin nombre, extranjera y pagana ella, le confrontó en su modo de entender la misión. En sus palabras pudo Jesús reconocer sus propios prejuicios como judío y acoger el odre nuevo que aquella mujer le mostraba. El Banquete quedaba en adelante abierto a todos: «tu me has anunciado a mi una buena noticia», vino a decirle Jesús (Mc 7,29). Y aquella de la que tampoco sabemos el nombre (¡y podemos ponerle los nombres de tantas mujeres que conocemos!). Una mujer que le procuró cercanía y consuelo en un momento en que Jesús tenía necesidad de ser comprendido y animado. En silencio, sin mediar palabras, tocó su corazón, cuando –exponiéndose a las críticas y al rechazo– derramó sobre el cuerpo amado de su Señor lo más valioso que tenía (Mc 14,3) y prefiguró ante sus ojos el gesto que iba a hacer él poco después con su propia vida: dejarse quebrar por nosotros.

Todas ellas son mujeres que han corrido riesgos, que han experimentado el potencial humanizador de la mirada, y han salido de sí para extender sus manos y tocar el cuerpo de Jesús en tantos cuerpos heridos de la historia. ¡Cuánto necesitamos escuchar hoy las palabras que ellas recibieron: «Hija, tu confianza te ha salvado, vete en paz y queda curada» [...] «El demonio ha salido de la niña» [...] «Dejadla... ha hecho conmigo una obra buena»!

Durante el camino, Jesús mismo va educando nuestra mirada, cuando nos invita a fijarnos en aquellas mujeres pobres que comparten en un Centro de Acogida todo lo que tienen para vivir; en aquella niña de la que abusaron y que hoy es una mujer que trabaja por liberar a otras; en todas aquellas que con la levadura preciosa de sus vidas fermentan la esperanza y ennoblecen tantas situaciones de dolor... ¿Qué caminos tomó Jesús para hacerse el encontradizo de leprosos y prostitutas? Los caminos que recorremos habitualmente ¿hacia qué rostros nos llevan? ¿Dónde pongo los ojos mientras camino? Porque allí estará mi corazón2.

No se improvisa el poder permanecer, sin que nos domine el miedo y el espanto, junto a tantas mujeres que miran la cruz y que la padecen. Pero se puede celebrar que algunos hombres se han unido a ellas, se han acercado a mirar; de ellos vamos aprendiendo ese modo desarmado de caminar que nos permite prestar atención al otro y recibirlo en su originalidad y en su diferencia. Seguir la dirección de la vida y poder abrazarla sin reservas, en su dolor y en su alegría. Haciendo alianza y comulgando con ella en la salud y en la enfermedad. Y servir arriesgando, saliendo hacia el amor, el querer, y el interés del otro. Nadie se sintió nunca ilegal en Su presencia. Hacía emerger ese espacio único en el que cada persona se siente aceptada y amada por el hecho de existir.

En el epicentro de la herida Norte-Sur, en la Galilea de la que nada bueno parece que pueda salir, en este entorno virtual que nos envuelve y configura, ellas continúan convocándonos a seguir a Aquel que pertenece a los que no tienen a nadie, y a servirLe con toda nuestra corporalidad, nuestra energía y nuestra pobreza3.

2. Descubrir y manifestar sus nombres
Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre

de Santiago el menor y de José, y Salomé (Mc 15,40).

Rabía, inmigrante marroquí: Dolores, la madre de Tino;

Carmensa cuidando a su nuera enferma;

Angélique, refugiada en Kenia.
Son tantas las mujeres que permanecen con sus ojos fijos en los crucificados, compartiendo el dolor sin dejarse vencer por el desánimo... Por eso necesitamos, como en el Evangelio, conocer sus nombres y sus historias, anotarlas en el libro de esta vida nuestra, con toda su mezcla de dolor y de belleza, y pedir la gracia de tener amigas entre ellas.

Quiero sacar a la luz el testimonio de una de los miles de mujeres refugiadas, multiplicadoras de vida en contextos de muerte. Los continuos desplazamientos obligados son fuente de dolor y de miseria para muchísimas personas4. Un sufrimiento que se agrava por los intereses de los países ricos y la pasividad política. Estadísticas y datos tenemos; quizá lo que más necesitamos son rostros e historias que despierten nuestra implicación. Ella se llama Angélique Uwamahoro, una refugiada de Ruanda que primero huyó a Tanzania y más tarde a Kenia5:
«Creo que fue cuando mi esposo entró en el campo después de haber estado separados durante seis meses. Estábamos tan contentos de estar juntos otra vez... Recuerdo que las autoridades del campo visitaron mi tienda para controlar si estaba acogiendo a un rebelde. Fue difícil explicarles que aquel hombre sucio y desmelenado era la alegría de mi vida... ¡Qué difícil es dar prueba de un matrimonio cuando has perdido todos los certificados y papeles que firmaste, y hace tiempo que vendiste la alianza...! Me dejaron tranquila, no sin antes pegar y azotar al amor de mi vida. Lloré amargamente. ¿Saben lo que significa llorar tragándose las lágrimas...? Ahora comprendo cómo uno puede quedar herido tan profundamente y ser incapaz de expresar sus sentimientos...».
Angélique tuvo una hija a la que llamó Joy Makena:
«Joy, por el nuevo regalo de la vida; y Makena, porque quiere decir alegría. Desgraciadamente, Joy no parece seguir el destino de su nombre. Está continuamente enferma y necesitada de cuidados médicos, de paciencia y de cariño. Mi temor es: ¿qué será de ella cuando yo me haya ido? Makena, ¿vivirás para experimentar tu nombre en plenitud? Ojalá pudiera sobornar al destino para verte crecer...

Querido Señor, quisiera ofrecerte una oración por la seguridad de mi familia cuando yo me vaya, y otra por mi esposo para que vuelva pronto, porque mi espíritu está muy débil. Cuando yo me vaya, espero que mis hijos puedan experimentar la simpatía de la gente como el agente Kamau, que nos dio comida para nuestros niños. Que puedan encontrar la valentía de buscar hacer siempre lo mejor al margen de su situación, y que experimenten tu amor a través del calor de otros. Me voy a la cama a descansar, confiando en que mis hijos estén cerca de ti, con la certeza de que ellos también celebrarán la vida a pesar del desplazamiento, de la falta de trabajo y del azote del virus del sida».
Angélique murió de una enfermedad relacionada con el sida en junio de 2000. Y, entre otros regalos, nos dejó éste: «Estoy convencida de que todo me irá bien siempre. La vida, al igual que el amor, es una elección. Una elección basada en la fe, y por eso celebraré la vida y echaré fuera a todos los ladrones que intentan robarme la alegría».

3. Los horizontes del dolor y de las pérdidas
«Había además otras muchas

que habían subido con él a Jerusalén» (Mc 15,41).
Cuando Jesús va a emprender el camino hacia Jerusalén, sus palabras y sus gestos van subiendo de tono. Ya no se trata solamente de comprender el Reino, sino de atrevernos a entrar en él, a recibirlo. Y aparecen expresiones como entregar la vida, perderla, cargar con la cruz... Son palabras fuertes que nos dejan sin saber qué decir, con la sensación de que apenas hemos abierto el Evangelio. Jesús ya no nos habla en parábolas, sino abiertamente del camino que emprende hacia la cruz. De un horizonte de pérdidas y de dolor.

¿Dónde encontraron estas mujeres la fuerza para seguirle por ese camino? ¿Por qué no intentaron, como otros, apartarle y apartarse? (Mc 8,32). Se han dejado tocar la vista por el Amigo, como Bartimeo, y, sin poder llegar a comprenderlo del todo, han guardado en su corazón aquellas palabras desconcertantes: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y le darán muerte, pero a los tres días resucitará» (Mc 10,33). A partir de ese momento van a aprender a ir conviviendo con la muerte, con la de él, con la suya y con la de otros; van a ir aceptando su irrevocabilidad. Van a aprender, precisamente en medio de ella, a celebrar la vida. Aun cuando intuyan que también un golpe seco las habrá de atravesar (Lc 2,35).

Etty Hillesum escribe a los 27 años, meses antes de ser asesinada en Auschwitz, contemplando el sufrimiento de su pueblo (como ahora contemplaría el de los palestinos): «Mirar la muerte de frente y aceptarla como parte de la vida es tanto como ensanchar la vida... Puede parecer paradójico: excluyendo la muerte de nuestra vida no vivimos en plenitud, mientras que acogiendo la muerte en el corazón mismo de nuestra vida ensanchamos y enriquecemos ésta»6.

Sólo porque Jesús lo hizo podemos dejar la preocupación de la propia vida en Otras Manos y liberar el amor del tremendo miedo que nos da soltarla y perderla. Las mismas mujeres que le habían seguido y servido en Galilea lo harán también en Jerusalén. Suben con él al lugar del abandono y de la ingratitud, levantando un puente de cercanía y de solidaridad que cruza la totalidad de la vida de Jesús –«el de Nazaret, el crucificado, el que ha resucitado» (Mc 16,6)– y que nos permite ahora a nosotros recorrerlo también. Finalmente, observarán el sepulcro donde colocan su cuerpo (Mc 15,47). Ni un solo instante han apartado de él sus miradas. Y lo que para unos es escándalo y para otros locura, para estas mujeres es una fuerza de Dios impresionante.

Lo que han visto, oído y tocado se ha entrañado en su interioridad y genera en ellas una fuerza, una dynamis de compasión. Han prestado atención a los cuerpos amados y heridos de la historia y se vuelven pedagogas de un contacto que convoca humanidad. En adelante extenderán sus manos sobre los necesitados con el mismo deseo con que Jesús las extendió para tocar voluntariamente a aquel hombre enfermo de lepra y de rechazo (Mc 1,45). Sellando una alianza, un pacto de ternura, con todos los despreciados.

Estas mujeres nos enseñan que subir a Jerusalén es asumir el conflicto y el rechazo por defender a los pobres y pequeños; es saber que los granos han de caer en tierra; es cargar con nuestra ambigüedad, con nuestra mezcla de bien y de mal; es aceptar el dolor que conlleva el peso de estar vivo en un mundo desigual... Y es, también, subir animando a otros. Saber que vivimos el temor y la alegría, la angustia y la confianza; unas horas de felicidad y otras de pena..., pero que podemos cruzarlas y abrazarlas intensamente. Porque nadie nos quita la vida, la vamos –con él, gracias a él– poniendo en Otro Regazo.

Y por eso, «porque vamos a morir, tenemos que abrazarnos con ternura; porque vamos a morir, las personas que tienen hambre han de comer hoy; porque vamos a morir, tenemos que compartir nuestro pan. Porque este instante tiene una densidad única, una originalidad única y una monotonía única, hay que vivirlo con sus alegrías o sus tristezas (...) La salvación no está ahí fuera, sino aquí, mezclada con el sufrimiento»7.

4. Solamente estar ahí
«Estaban allí presenciando todo esto» (Lc 24,49).
¿Qué hacían aquellas mujeres allí? ¿Realizan alguna acción eficaz? ¿Van a poder impedir el daño de un inocente? Ellas tienen el coraje de aparecer, de dejarse ver. Mientras otros han desistido o se alejan asustados, ellas están de pie. Permaneciendo. Acogiendo el acontecimiento en toda su crudeza y su hondura.

Están allí, precediéndonos en el camino, y no dicen nada. Es su cuerpo, son sus gestos, sus manos, sus ojos, su silencio, lo que habla por ellas. El suyo es el lenguaje de la relación. Si pueden permanecer en esas circunstancias, es porque han amado mucho. Nos hablan de resistencia y de fidelidad. Y de una presencia conmovedora. Están juntas, como comunidad de discípulas en torno a su Maestro, que les enseña ahora sin palabras una sabiduría mucho mayor.

¡Qué difícil es no poder hacer nada, saber que solamente podemos estar ahí, cuando querríamos estar en otro lugar o poder hacer alguna cosa...! ¿Cómo pueden quedarse allí sin desesperar? En medio de la impotencia, no se apartan del dolor experimentado al ver sufrir a quien más se ama, sino que se exponen a la mirada de Aquel cuyo rostro hemos desfigurado. Y ese instante es un espacio inmenso de gracia. Necesitamos que lo femenino en nuestro mundo nos desvele que es en el corazón de la humanidad que continúa crucificada donde vamos a experimentar salvación; que es en esas realidades más necesitadas donde rompen las olas de la reconciliación y de la vida, donde se nos muestra Aquel de quien hemos oído hablar.

Ellas nos adentran en la dimensión del no saber y del no poder. De una vida encarnada. Vulnerable. Como la de Jesús. Porque no podemos realizarlo todo nosotros y no tenemos el control. Una dimensión que las vuelve más transparentes y receptivas. Más agradecidas también. Están allí, dilatando nuestra posibilidad de humanidad a extremos insospechados. Se tienen unas a otras y permanecen de pie ante el que entregó su vida para levantarnos. Ven la aflicción de Jesús y conocen sus padecimientos. Por eso serán enviadas a dar cuenta de su Resurrección, a entrar las primeras en esa Tierra de Bendición abierta desde el pesebre hasta la cruz. Y allí donde irrumpa el Evangelio serán recordadas (Mc 14,9).

Las experiencias de dolor las preparan para ser personas con autoridad. Aquella que experimentaban asombrados los sufrientes ante la cercanía de Jesús (Mc 1,22). Su Pascua las convierte en portadoras de esa autoridad, porque serán las mujeres las que den el testimonio sobre la Vida «a ellos y a Pedro» (Mc 16,7). «Una autoridad que consiste en dar testimonio en el propio cuerpo –con palabras y obras– de la Buena Noticia, de modo que la gente pueda ver y venir a buscar la vida abundante prometida... Este testimonio no procede de fuera de uno mismo, crece dentro; acunado en los dolores de cientos de noches»8.

Han elegido la mejor parte al adorar silenciosas a los despreciados, a los que retiramos de las ciudades para embellecerlas; al exponerse ante los que mueren indefensos, abandonados en una prisión, en un asilo o en un callejón donde los mata la droga o el desamparo; al poner sus ojos en aquellos que no tienen apariencia que podamos estimar, ni cuenta corriente, ni nada a su nombre (cf. Is 53)... y están ahí para todos y por todos. Aprendemos de sus gestos que para abrazar al Crucificado no tenemos otro acceso que tocar a los heridos, pedir la gracia de besar y ser besados por los que ahora están atravesados como él.

A la sombra de los crucificados, la realidad se torna distinta. Se agudizan los sentidos para percibir. El tiempo toma otro ritmo. Las cosas que no importaban ya no están, y lo que verdaderamente cuenta emerge con una luz nueva. Todo queda traspasado por esta luz. Y en medio del dolor –lo cuentan quienes lo cruzan– se ve.

5. Miradas que nos curan
«Contemplaban la escena» (Mc 15,40).
Apartar la mirada o sostenerla. En eso se nos juega el camino. Desviarnos, dar un rodeo, pasar de largo... o detenernos a mirar y dejar que el rostro que miramos se imprima en el nuestro.

Es en la escuela de los desfigurados donde las mujeres nos convocan a dejarnos educar la visión9. Es a sus pies y a su lado donde somos instruidos y donde maduramos silenciosamente. Algo se teje por dentro que nos prepara para la resurrección. No sabemos nombrarlo, pero algo nos dispone para recibirla y estrenarla. No podemos vivir al Resucitado si no nos atrevemos a mirar y a dejarnos mirar por los Crucificados. Si rehuimos sus rostros y sus angustias, si no llegamos a amarlos, no podrán mostrarnos sus tesoros. Ellos, que en su pobreza tienen el Reino escondido adentro.

Sus miradas limpian y curan las nuestras. Nos sanan de nuestra codicia, de nuestra suficiencia y de nuestros miedos; y nos desvelan nuestra indigencia y también nuestra belleza. Allí aprendemos a contemplar. A hacer sagrada la vida. Allí recibimos la Única Mirada ante la que podemos ser quienes somos y abandonar toda defensa.

¿Hay algo que nos provoque mayor dolor que lastimar a aquellos que más nos aman? El amor del Crucificado nos abraza en el mal que hacemos y tiende hacia nosotros las manos que hemos dañado. Por eso, cuando su mirada nos toca, no podemos más que llorar como Pedro y sentir estallar la piedra del corazón. Entonces conoceremos hasta dónde nos puede llevar la Crecida de este Amor; hasta dónde es capaz de llegar para recuperarnos. El caudal de gracia que brota de la Herida, de los Heridos, vendrá a horadar y a sellar hasta el último rincón de nuestro cuerpo. Nos sabremos inmerecidamente perdonados, y, en silencio, nos irá tomando la vida, frágil y hermosa, e irá abriendo su camino en nosotros. Como tomó con toda su potencia a esta mujer ruandesa, refugiada en Tanzania, a la que habían hecho sufrir tanto:
«A mi hija le pondré el nombre de Clementine Ngiririkigongwe. Clementine, porque recordará la misericordia de Dios; Ngiririkigongwe, que significa “perdóname” y “te perdono”, para que ella recuerde hacer esto mismo siempre, siempre»10.

6. La suave distancia del amor
«Presenciando todo desde lejos» (Lc 24,49).
Coinciden los relatos de Marcos, Mateo y Lucas en señalar que las mujeres contemplan la escena «desde lejos»11. ¿No las dejarían en aquel tiempo acercarse mucho más? Juan, que ve más adentro, las pone junto a la cruz (Jn 19,25). Creo que, aun cuando –como dice Juan– no pudieran estar tan cerca físicamente, ello refleja intencionadamente su lugar real. Como las madres que pueden pre-sentir, que saben intuir desde lejos lo que les ocurre a sus hijos. Mirando desde lejos, estaban junto a él. Porque es esa distancia la que les permite llegar hasta Jesús o, mejor, dejarse imantar por él. Están allí, viviendo las primeras un misterio que se ofrece a todos: ser atraídos hacia el océano de Misericordia y de Luz que se abre en la cruz. Y gustar su Dulzura y su Profundidad.

Las mujeres nos hablan de un sufrimiento al que no podemos acercarnos sino muy de lejos. De una distancia que es la que nos permite estar atentos al todo del otro, una distancia empática. Ellas están allí hasta donde pueden llegar, pues hay un umbral que no puede cruzarse. Si se funden en el dolor de la otra persona, no hay ayuda, y es estando allí como alivian el desamparo. Desde esa distancia, que no es distanciamiento, sino profundo amor, respeto y, a la vez, cercanía honda ante el misterio del otro.

Hay un momento en que se reconoce que ya no se puede acompañar más allá, que no se puede hacer nada, que hay que dejar partir. Entonces las mujeres son capaces de soltar, como luego tendrán que aprenderlo también en la resurrección. Son capaces de estar ahí y de no retener. Solamente permaneciendo ante el rostro del que se ama hasta el final. Allí adonde sólo llegan las personas que nos son más íntimas. Eso eran ellas también para Jesús: compañeras comprensivas en el sufrimiento. Como señala Dorothy Sölle, las personas que no reprimen ni olvidan el dolor, que aprenden del sufrimiento y en él, son capaces de transformación. Todo sufrimiento que no las destruye les enseña a amar más la vida, a trabajar para cambiarla. Las hace más sensibles al dolor del mundo. Puede enseñarnos a tener un amor mayor a todo cuanto existe12.

Recuerdo el rostro de mi madre cuando ya sabía que no había nada que hacer. Se estuvo resistiendo mucho tiempo; había cuidado de mi hermano Tino durante cuarenta y nueve años. Tenía un precioso corazón de niño. Uno de esos chicos que llamamos retrasados, pero que en realidad son adelantados, pues nos llevan ventaja en bondad y en inocencia. La vi resplandecer a los pies de su cama, y cómo su rostro ya anciano se llenaba de energía y vigor. Hasta que un día, cuando el linfoma iba haciendo cada vez más estragos y ya no pudo verlo sufrir más, tuvo el coraje de soltarlo para que se pudiera marchar dulcemente, y para que antes recibiéramos de él tanta ternura acumulada. Entonces nos apoyábamos en su pecho para que nos abrazara, y lo cubríamos de besos. Le contábamos lo hermoso que iba a ser cuando despertara al otro lado, y que él se iba primero para esperarnos allí.

No sé bien qué sentirían aquellas mujeres, pero seguro que era algo muy parecido a lo que pudo sentir mi madre, que también quería ungir su cuerpo cuando ya no respiraba. Por eso sé que ahora, aun cuando todavía no ha pasado el tiempo del duelo para ella, cuando vivimos en nuestro mundo una espiral de duelos constantes, ya aconteció imparable la mañana del Primer Día de la Semana que esperamos. Ya nos sorprendió la Vida vestida de presencia. Buena. Abundante. Cálida. Para todos. Con hambre de nuestros nombres, con amor por nuestra oscuridad para fecundarla. Luz suave que abre nuestros cuerpos y nos hermana; y nos hace, a la sombra de María13, madres e hijos unos para otros (Jn 19,25).

Beso de Resurrección. Las mujeres fueron las primeras en experimentarla y en mostrarla. La llevaban impresa en su piel. Repartidas, como canta Neruda14, «hasta que todo sea día, hasta que todo sea claridad y alegría en la tierra».

Sólo los que, como ellas, se dejen mirar por los crucificados sin apartar la vista y se movilicen para sacarlos de su aflicción, podrán en adelante reverenciar todo aquello que miran y tocan. Un pan ofrecido, unas heridas, unas brasas en la orilla... y el rostro único de cada pequeño sobre nuestros ojos. Curando nuestro corazón.

* Profesora de Sagrada Escritura. Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias.

1. Voy a seguir principalmente el relato de Marcos, el testimonio más antiguo que tenemos de la Pasión y el que más espacio las dedica (Mc 15,40-41). Posteriormente, su presencia se va esquematizando en Mateo (Mt 27,55-56) y en Lucas (Lc 24,49). Mientras que Juan pone a las mujeres junto a la cruz, al lado de la madre y del discípulo amado (Jn 19,25).

2. «¿Es posible que baste con que desviemos la vista, con que ignoremos a tantas personas y tantas realidades y que dejen de existir?»: I. Gómez-Acebo (Ed.), Cinco mujeres oran con los sentidos, Desclée de Brouwer, Bilbao 1997, p. 113.

3. «Percibimos agradecidamente la dimensión eucarística que late en el cuerpo de las mujeres. Reconocemos que es la madre quien nutre con su carne y con su sangre la vida nueva que comienza. Por su cuerpo, las mujeres conocen la sabiduría de la vida, el amor que la origina, la esperanza que persevera, los dolores de parto, el gozo y el sufrimiento de respetar la libertad del otro. Por su sangre que se derrama y se renueva, las mujeres conocen la sabiduría de la entrega, del amor que se arriesga, de la disposición a dar la vida para que otras y otros la tengan»: Georgina Zubiría, «La espiritualidad de las mujeres en el misterio pascual»: Alternativas 16/17 (Managua 2000), 237-253.

4. Hace unos años que vivo en Canarias, y la llegada de pateras se ha vuelto un hecho cotidiano y sangrante. Y a pesar de que las gentes de estas islas son muy acogedoras y solidarias, no dejan de darse situaciones dolorosas y degradantes, como la de un empresario que alquila viviendas indignas a las personas inmigrantes a precios abusivos y continuamente las chantajea.

5. Servicio Jesuita a Refugiados, Refugiadas: La guerra cambió nuestra vida, no nuestro espíritu, Libros Libres, Madrid 2002, pp. 57-59.

6. P. Lebau, Etty Hillesum. Un itinerario espiritual, Sal Terrae, Santander 2000, p. 150.

7. Ivone Gebara, El rostro oculto del mal. Una teología desde la experiencia de las mujeres, Trotta, Madrid 2002, p. 169.

8. Kristine M. Rankka, La mujer y el valor del sufrimiento. Un tremendo y asombroso remar hacia Dios, Desclée de Brouwer, Bilbao 2002, p. 152.

9. «Había que ver algo en la cruz de Jesús. La muerte de Jesús en la cruz es la hora de la revelación que supera todo lo precedente... Los jerarcas y quienes se mofan quieren ver un milagro; el centurión percibe atinadamente; las mujeres miran desde lejos y, mediante su seguimiento de la cruz, se convertirán en discípulas auténticas. Seguramente que es intencionada la confrontación de un ver equivocado y correcto»: J. Gnilka, El Evangelio de Marcos, Vol. II., Sígueme, Salamanca 1986, p. 368.

10. Servicio Jesuita a Refugiados, op. cit., p. 33.

11. Mc 15,40; Mt 27,55. Joachim Gnilka señala que, al parecer, Marcos y posteriormente Mateo y Lucas han interpretado «el mirar seguido de lejos» como seguimiento positivo de la cruz: op. cit., p. 368.

12. K.M. Rankka, op. cit., p. 170.

13. «Alabada sea la Reina María, pues ha enviado desde el cielo el dulce sueño que se deslizó en nuestras almas y nos despertará en la Pascua con ojos brillantes. Su hijo vive ahora en nosotros por siempre. Todo estará bien (de una oración medieval de Viernes Santo)»: Tomado de Megan McKenna, María, sombra de gracia, Sal Terrae, Santander 2000, p. 147.

14. Pablo Neruda, Odas elementales, Debolsillo, Barcelona 2003, p. 51.



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