Mujeres necesitamos hacer memoria de otras mujeres






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títuloMujeres necesitamos hacer memoria de otras mujeres
fecha de publicación14.06.2016
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Claves para vivir con gusto y con sentido

Hija, quiero buscarte un lugar donde vivas feliz” ( Rut 3, 2)
(¡Agradecer!)
Las mujeres necesitamos hacer memoria de otras mujeres, (de nuestras fundadoras), y de aquellas que nos acompañan en este camino de vida profunda: mujeres que siguieron a Jesús, con todas sus consecuencias, en el tiempo que les tocó vivir y que fueron introducidas en una “comunidad de destino con él, y en una comunidad de destino con otros”. Nada del mundo les fue ajeno en el tiempo que les toco vivir. El Espíritu, la Ruah, la sabiduría divina las llevó a transformar situaciones de muerte en situaciones de alumbramiento. Ellas son compañeras para mantenernos la esperanza.

Quiero empezar con una pequeña historia de una anciana sabia y su discípula:
La discípula fue a visitar a su maestra en el lecho de muerte.

- Déjame en herencia un poco de tu sabiduría - le pidió.

La anciana sabia abrió la boca y pidió a la joven que se la mirara por dentro: “¿Tengo lengua?”

- Seguro - respondió la discípula.

- ¿Y los dientes, tengo aún dientes?

- No - replicó la discípula -. No veo los dientes.

- ¿Y sabes por qué la lengua dura más que los dientes? Porque es flexible. Los dientes, en cambio, se caen antes porque son duros e inflexibles.

Así que acabas de aprender lo único que vale la pena aprender.
Esa flexibilidad, nos hace mucha falta… para buscar juntas inspiración. En la película Invictus, dice Mandela al capitán del equipo de rugby de Sudáfrica: “necesitamos inspiración”…para reconstruir juntos su país. Creo que nuestras vidas necesitan inspiración.
Tal vez, Dios nos esté susurrando al oído, aquello que Noemí le dijo a Rut, cuando ambas se encaminaban desarmadas hacia un futuro desconocido: “Hija, quiero buscarte un lugar donde vivas feliz” (Rut 3, 2).
¿Qué nos puede ayudar hoy a dirigirnos hacia ese lugar, a vivir con gusto y con sentido nuestras vidas?

Jesús necesitó tres décadas, en una época en que la esperanza de vida no superaba las cuatro, para poder acoger en su propio cuerpo esta bendición: “el Espíritu me ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres” (Lc 4). Tejiendo redes con hombres y mujeres de su tiempo, intentó ser a través de sus manos, de sus ojos, de sus gestos, de sus palabras… esa noticia buena. Y a ese proyecto de vida digna y abundante, a ese lugar donde vivir felices, sin amenazas, sin rivalidad, lo llamó Reino: tan pequeño y silencioso como un grano enterrado de mostaza, tan precioso como una perla de gran valor, tan frágil como una invitación que puede ser rechazada.
Cuando trabajaba el tema del Reino, caí en la cuenta que nosotras solemos decir: “trabajar por el Reino, construirlo, colaborar, hacer el Reino”…Son verbos activos, que requieren nuestra iniciativa, sin embargo, los verbos del Evangelio son otros. Jesús habla de entrar en el Reino, de recibirlo, de encontrarlo, de esperarlo, de heredarlo…algo que está ofrecido de parte de Dios, la iniciativa primera es suya, y nosotras nos disponemos para acogerlo. Nos hacemos receptivas y buscadoras.

Si nos fijamos los cuatro evangelios comienzan con el silencio: el de Lucas con el silencio atónito de Zacarías, el de Mateo con el silencio desconcertado de José, el de Marcos con el silencio del desierto; y el de Juan con el silencio pleno del que procede la Palabra. Nuestras palabras buenas y nuevas necesitan también comenzar en el silencio. Un silencio que hace espacio en nosotras a lo inédito de Dios.

Se trata de ayudarnos a buscar juntas cómo recibir el Evangelio como buena noticia para nosotras en mi cuerpo, en mi vida diaria, y cómo vivir el Evangelio en los escenarios de nuestro tiempo. Cómo descubrir esos lugares del Reino, donde vivir junto a otros, con gusto y con sentido.
Sabemos que el primer anuncio, el que más llega, son nuestras propias vidas. No es lo que hacemos sino lo que irradiamos, lo que transmitimos con nuestra presencia. Pobres pero amadas…La eficacia, el tener que sacar adelante lo que llevamos entre manos, el exceso de tareas y la diversificación, puede provocar en ocasiones que nuestras presencias pierdan calidez y hondura. Que nos hagamos funcionarias más que testigos. Que el Evangelio no cale en lo hondo de nuestras vidas, y no pueda sanarlas y alentarlas.
Decía Madeleine Delbrêl:
«¿No es de la disociación entre la palabra y la vida, entre la predicación y el ejemplo, de donde viene nuestra falta de contagio? (...) Si la actividad nos absorbe por completo ¿no será que hemos eludido el problema central de nuestra vida cristiana? Nuestro encuentro personal con el Dios vivo, un encuentro que puede ser lento y paciente»1.

Para ese encuentro personal, lento, paciente, en medio de nuestras sociedades impacientes y aceleradas, para poder vivir una vida por los demás, ella apela a dos condiciones que son antiguas y nuevas: la soledad y el silencio. Condiciones por las que Dios nos convierte en canales de gracia en medio de multitudes solitarias y ruidosas:

¿Por qué el canto de la alondra en el trigal, el rechinar de los insectos en la noche, el zumbido de las abejas en el tomillo alimentan nuestro silencio, y no así los pasos de la multitud en la calle, las voces de las mujeres en el mercado, los gritos de los hombres en el trabajo, la risa de los niños en el jardín, las canciones que salen de los bares? Todo es ruido de las criaturas que se dirigen a su destino, todo es eco de Dios en orden o en desorden, todo es señal de la vida al encuentro de nuestra vida. El silencio no es evasión sino un reencuentro de nosotros mismos en la hondura de Dios…»2.

Dicen que la vida espiritual de nuestro tiempo requiere: receptividad, profundidad y apertura. En oriente se toma más a Jesús como camino, en occidente como verdad y en América y en África como vida. Quizás sea tiempo para dejar crecer en nosotras las dimensiones de camino (de proceso), y de vida.
Vamos a completar un círculo, que tiene un centro, desde el que se ordena nuestra vida, como decía el Evangelio de Marcos: “Jesús de Nazaret, el crucificado, el que ha resucitado”. Desde ese eje primordial, vamos a ir recorriendo cuatro claves, que necesitan estar equilibradas, y que las he presentado en círculo porque la tarea está en vivirlas de un modo integrado.

1.- Una vida interior sana
Decía Jesús, que el Reino está dentro de nosotras, que ahí adentro tomamos luz para que nuestros ojos puedan descubrirlo en el día a día. Adentro, en ese espacio profundo e interior de nosotras mismas, están nuestros lugares de luz, también nuestros lugares de poda y de espera, los lugares de sanación y esos lugares necesarios donde la vida se nutre y crece…Necesitamos creer en la fuerza de la vida interior, en esa fuente de vida oculta en cada persona y que es la vida del Espíritu en nosotras (Jn 4,37-39). A esa vida necesitamos volver una y otra vez.
He vuelto a releer a Etty Hillesum en sus Escritos esenciales, una mujer judía de corazón magnánimo e invadida por Dios. Ella decía: “siempre he deseado que alguien viniera y me tomara de la mano”. Etty expresa esa necesidad que tenemos de ser guiadas, de dejarnos llevar. No sabemos hacia dónde vamos muchas veces pero sí sabemos que la mano que nos guía nos conduce a un buen lugar y que continúa llamando a la puerta de nuestro corazón para que no olvidemos el gran amor que puede llegar a albergar.

Qué difícil en la era de la distracción, atender a las demandas cotidianas, a los múltiples reclamos y tareas, aumentados por el mundo virtual, y restablecer en nosotras ese espacio silencioso desde el que recibirnos cada día y desde el que disponernos para los otros. Necesitamos recuperar ese centro interior desde el que todo se ordena, donde la realidad se pacifica y encuentra su sentido: «La fuerza viene de dentro- escribía Etty- de un pequeño y cerrado centro al que me retiro a veces, cuando el mundo exterior me resulta excesivamente ruidoso».
Etty encuentra en ella un espacio de silencio desde el que poder acoger con receptividad la vida y, a la vez, nos señala su dificultad: “No es tan sencilla esta media hora de silencio, necesita un aprendizaje: desalojar nuestros ruidos, incluso nuestras emociones y pensamientos edificantes y convertir lo más íntimo de nuestro ser en una vasta llanura vacía en la que ni el más leve rastro de maleza impida entrar en nosotras algo de Dios y algo también de amor”.
Este silenciamiento y este espacio para el amor ¡nos hacen mucha falta¡ Perdemos delicadeza. Hay un exceso de estímulos, informaciones, impulsos, que modifican nuestra capacidad de atención. La percepción queda fragmentada y dispersa, y necesitamos hacer silencio para recuperar esa atención profunda a la vida y a los otros.

Regresar a ese hogar interior del que nos alejamos, a ese lugar de calma y de quietud adentro que permanece intacto en medio del oleaje cotidiano. Nuestra fundadora, Magdalena Sofía, lo llamaba el lugar de la vida interior, y decía que era lo más importante para nosotras: descubrirla, cuidarla, sentir que crece, ofrecerla a otros. Esta vida profunda que es nuestro secreto, lo que da calidez y belleza, hondura y sabor “calor y color”, a nuestras vidas.

Sin este ahondamiento, sin bajar a ese lugar del corazón, no podremos mantener la esperanza en un mundo desgarrado y violento, ni podremos descubrir y celebrar cuanta belleza y bondad hay ocultas en él.
¿Y cómo sabemos si nuestra vida interior es sana? por el efecto que tiene sobre nuestras relaciones, por nuestra manera de estar ante los otros. Podemos preguntarnos:
¿Cómo se sienten los demás con nosotras? ¿Se sienten respetados? ¿Sin el temor de que queramos que sean diferentes de lo que son? ¿Se sienten bien en nuestra presencia?

2.- Asentir a la realidad
Este segundo aspecto toca nuestra manera de situarnos en la vida.

Dicen que el ritmo de la vida es así: Me abro para crecer / Me cierro para protegerme. Todas nuestras células, todos nuestros sistemas funcionan igual: Todo lo que se abre, va hacia la vida / Todo lo que se cierra, va hacia la supervivencia.
Hay una emoción muy potente en nosotras: El miedo, (es lo que más escuchamos en el Antiguo Testamento, y en Jesús: “no tengáis miedo...”.) El miedo es la primera de las emociones y es la que rodea a las que nos amenazan. Bloquea la vida y no permite la expansión. Nos encierra en nosotras mismas. En estos tiempos podemos tener motivos para temer y toda transformación está bloqueada por los miedos. Por eso, en el proceso de la vida, necesitamos mirar de frente nuestros miedos. Para sanar necesitamos ver y atrevernos a afrontar las cosas, los sentimientos. No huir de las emociones desagradables, detenernos a contemplarlas y vivenciarlas. Madurar es aceptar lo bueno y lo malo de la existencia con confianza.
Podemos reconocer que nuestras mayores energías se nos van en el campo relacional. Las relaciones son lo que más gozo nos da y, también, lo que más nos hace sufrir. (Un religioso tenía ganas de decirle a un compañero: “Me gustaría estar de visita en esta casa”.) Porque a veces en comunidad, en la familia, estamos hoscas y serias y cuando llega gente o cuando vamos fuera con otros estamos distintas. La mayoría de las veces, nos dañamos por pura torpeza, y necesitamos volver a reaprender esas dos palabras que son la puerta de las grandes transformaciones: “perdóname y te perdono”.

Necesitamos aceptar y reconocer lo que es, asentir a lo que es. Asentir, en primer lugar, a nosotras mismas, a nuestra situación y a la vida, tal como es. Y también a la vida de los otros. Poder tomar sin resistirnos cada momento del viaje: “Así es, y así puede ser”. Y Dios actúa en lo que es.
Los pasos de la aceptación no son muchas veces agradables, porque lo que se ve no es lo que se quisiera ver. Se necesita coraje para ver. Aceptar de buen corazón lo que hay requiere un gran entrenamiento. Normalmente buscamos otro lugar y otro tiempo: “no aquí, no ahora, no esto”, y la vida nos va enseñando que lo que realmente nos hace atinar con el viaje es: “Sí aquí, sí ahora, sí esto”.
El sí es sobre todo un sí al ahora, un sí a nosotras mismas, como somos y en el momento en que nos encontramos. Esta afirmación a la vida como es, nos libra de la tentación de pensar que todo iría mejor si estuviéramos en otra parte, en otro tiempo, con otras personas…Resistir a la tentación de pensar que buscar la seguridad es mejor que asumir riesgos. Dejar que Dios renueve la esperanza en nuestro corazón. Necesitamos una confianza valiente.
Las historias que repetimos se convierten en historias que se apoderan de nosotras, cuanto más si tienen su carga de negatividad. ¿Qué conversaciones mantenemos? ¿Qué tipo de historias queremos cultivar? ¿Historias que oscurecen y debilitan o historias que generan posibilidades y luminosidad?... (B. Hellinger)
Este asentimiento a la vida, este sí, este hágase, nos introduce en el hágase de Dios en la creación, en el hagáse de María en la gestación, en el hágase de Jesús en Getsemaní. Es un sí como entrega. Es un sí a todo lo que se muestra y cómo se muestra. Un sí al secreto, sin tantearlo. Un sí al amor.

El amor es espacioso, el amor dice: «es maravilloso que existas». La rivalidad dice: «No, competimos por un espacio, tu existencia amenaza la mía». Tal vez el mayor desafío sea aprender a decirnos: «Crezco a tu lado. Tú me das el espacio que necesito para ser yo misma».
El reconocimiento de nuestra vulnerabilidad nos lleva a compartir y a cooperar porque nos necesitamos. Creo que ese es un regalo de estos tiempos. La pobreza nos abre…nos vuelve más receptivas, ya no podemos solas. Necesitamos caminar y compartir con otros, intercambiar... Todo eso nos enriquece y es una oportunidad para buscar juntos nuevas maneras de vivir.

3.- Los vínculos que dan sentido
El tercer espacio del círculo tiene que ver con el entramado relacional que conforma nuestras vidas. Los seres humanos necesitamos vínculos para vivir tanto como los alimentos. Ante un mundo desgarrado por las desigualdades, la violencia, la voracidad…se hace necesario recrear las relaciones a todos los niveles. Como decía el escritor Amin Malouf: “la gran tarea de este siglo es aprender a convivir juntos”.
Los hombres y mujeres de nuestro tiempo, en estas sociedades líquidas, donde todo cambia y nada es estable, buscan y necesitamos encontrar lugares propios: identidad compartida, vínculos, calidez, grupo humano al que pertenecer y desde el que desplegar

nuestras vidas.
A Boris Cyrulnik, un neurólogo francés, en una entrevista le preguntaron: “¿Cómo explica que ahora haya más problemas emocionales que antes?”, él respondió: “Trabajo para la Organización Mundial de la Salud, y cuando comparamos la salud mental de diferentes tipos de sociedades, vemos que las más avanzadas tecnológicamente son las que tienen menor solidaridad grupal. Sin embargo, en las sociedades más pobres se ayudan más: sufren hambre, enfermedades, la higiene es muy mala, la realidad es dura, pero la solidaridad es como un pegamento que los une. Aquí, nuestra realidad es más benigna, pero nos sentimos solos, ansiosos y deprimidos. La sociedad actual quiere rendimiento y no vínculos”.
Cyrulnik resalta la importancia de los vínculos para restaurar la vida de las personas:

«La fortaleza emocional se forja sabiendo crear, y mantener, fuentes de cariño, de compresión y ayuda mutua; desarrollando redes de amor y protección… La capacidad de dar y recibir afecto es la verdadera fuente de la resiliencia, poder resultar fortalecidos después de atravesar situaciones difíciles. Tenemos que invitar a los demás a entrar en nuestras vidas, organizar encuentros para sentirnos unidos. En realidad, lo que allí se dice poco importa, lo que cuenta es que estamos ahí formando de alguna u otra manera un grupo en el que se establecen lazos invisibles de calidez, lazos de resiliencia».
En este tiempo de vínculos frágiles, necesitamos ser ricas en relaciones, en sentimientos, en afectos, en espíritu.

Necesitamos generar comunidades que pasan del imperativo de los logros a la aventura de los procesos. A la tarea de promover espacios posibilitadores donde se recreen las relaciones y las referencias afectivas y sociales.

Vivimos en una sociedad que busca el rendimiento y la eficacia, pero andaríamos mal si buscamos el éxito, la excelencia, lo nuestro es otra cosa…Jesús lo llama fecundidad y la fecundidad es distinta del éxito y no somos nosotras las que podemos medir sus resultados.

Hay una hormona del amor y de los vínculos es la oxitocina. Dicen que cuando tenemos niveles altos de oxitocina se producen sentimientos de confianza, calma, generosidad, conexión, que facilitan sentir afecto y compasión (V. Simón). Necesitamos liberar grandes cantidades de esta hormona en nosotras, y poder relacionarnos, cada vez más, desde el aprecio sincero y la ternura, y cada vez menos desde los prejuicios, la sumisión, la prepotencia o el miedo.

Que podamos vivirnos vinculadas y bendecidas, y ser portadoras de bendición, junto aquellos rostros que se aproximan a nosotras: los migrantes, los niños, las mujeres, las personas sin trabajo, los ancianos solos…Los nuevos rostros de la exclusión. Estamos llamadas a juntar nuestras vidas con aquellos que son privados de una vida digna, de un “buen vivir” como el que quiere Dios.
Preguntarnos: ¿A quiénes me siento vinculada en este tiempo? ¿Quiénes alientan en mi la esperanza y la alegría? ¿Quiénes me ayudan a dar sentido y gusto a la vida?

4.- Una sencilla gratitud
El último fragmento del círculo es aquello que irradiamos cuando vamos viviendo lo anterior, aquello que nos lleva a poder reconocer y celebrar el don: una gratitud sencilla.
Etty Hillesum escribía en su diario meses antes de ser llevada a Auschwitz:

Gratitud, siento de pronto una fuerte gratitud…Dios mío, cógeme de tu mano, te acompaño sin resistirme. No rehuiré nada de lo que me llegue en la vida, lo asimilaré con todas mis fuerzas, pero dame de vez en cuando un breve instante de tranquilidad…Me gusta estar protegida por el calor y la seguridad pero tampoco me rebelaré si entro en el frío, siempre y cuando sea de tu mano. Iré a todas partes de tu mano y quiero procurar no tener miedo. Intentaré irradiar algo del amor, del verdadero amor humano que hay en mí, en cualquier parte que esté… Prometo que viviré al máximo esta vida y que seguiré adelante. A veces pienso que mi vida empieza ahora mismo”.
Entre todas las actitudes necesarias para reavivar el don recibido la gratitud del corazón atrae como un imán a todas las demás. La tentación de nuestra cultura es acumular y rendir, sin tener tiempo ni para agradecer ni para disfrutar. El agradecimiento nos pone en nuestro verdadero lugar de criaturas. A través de la gratitud recreamos nuestro sentido de pertenecer a otros. Sin gratitud no podemos vivir con gusto y con sentido.
La gratitud es posible cuando somos capaces de aceptar conscientemente que necesitamos de otros seres, que la vida es dar y recibir, que es necesario soportar la frustración de los propios límites para poder gozar de un mundo inmenso de posibilidades que se abre más allá de mí.
Necesitamos gestar espacios donde la vida pueda pacificarse, curarse y recuperar su alegría. Porque “no sólo somos responsables del trabajo, somos también responsables de la alegría”. Etimológicamente la palabra alegría significa “estar aligerado”. ¿Podemos vivir nuestras pérdidas como una manera de ser aligeradas?
Los escenarios se van ampliando: la cuestión ecológica, de género, la cultura, la economía y la política, el diálogo con otras tradiciones espirituales, las ciencias y la tecnología… Y es en este mundo donde tenemos que seguir buscando con otros, nuestros lugares propios y arraigarnos en ellos. Siempre serán los lugares propios de Jesús en este momento de nuestra historia: Compartir y abrir la mesa, tocar con ternura, levantar a los postrados, pronunciar palabras de ánimo, aliviar sufrimiento, dar respiro, ayudar a vivir…no dejar a nadie fuera. Lugares donde crecemos en humanidad y en compasión, porque no podemos ser felices solos.
Dice una poeta brasileña:

No sé… si la vida es corta
o demasiado larga para nosotras.
Pero sé que nada de lo que vivimos tiene sentido
si no tocamos el corazón de las personas
”. (Cora Coralina)
Esa es nuestra tarea “tocar los corazones” y poder decir también a todos aquellos con los que caminamos, porque Alguien nos lo dice primero: “hijo, hija…quiero buscarte un lugar donde vivas feliz” (Rut 3, 2), porque ese lugar no es otro que una vida con Dios y para los demás, una vida abundante y muy humana.

1 M. DELBRÊL, La santidad de la gente sencilla, 122. 131

2 M. DELBRÊL, Nosotros, gente común, 84.


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