Elegia en carne viva a jose maria fernandez nieto






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Los Poemas del Nuevo Horizonte”

FRAGMENTOS DEL NUEVO HORIZONTE
Yo pensaba que el horizonte era aquella raya intocable

puesta en el confín laminar de la lisura de la tierra,

aquella ansiedad de perseguir lo que se trocaba imposible,

lo que la mano jamás tenía a su alcance

y se mostraba como reino que no se podía perseguir

(tampoco se han encontrado los vestigios de Camelot);

era el horizonte, entonces, un Dios entregado a la seducción,

un ser habitable en la complejidad de su abstracción lejana,

y no importaba que la raya del rimel de mi madre

fuera ayer un fragmento diminuto de aquel horizonte,

una presencia de su embajada manifiesta,

porque entonces yo no atendía a lo concreto,

no escudriñaba el rastro del fin puesto en su sendero,

siempre mis pupilas habitaban lo infinito

como si, en derredor, no hubiera partículas imposibles

o todo se antojara factible por el tacto de su cercanía,

-una rosa alcanza la lejanía si se desconoce el secreto de su construcción-,/

pero la madurez del niño que se hace hombre

ya sabe que el horizonte deja sus despojos en el camino

como el rimel rayaba la perfección puesto en el ojo de mi madre,/

que sus huellas se quedaron ancladas en la tierra,

indelebles, inmarcesibles, detenidas por un descuido

cuando aquel Dios geográfico huyó al refugio de la frontera

en la que, ahora, permanece distante y eterno,

mas sus pisadas, nunca borradas, dejaron la presencia de su aroma,/

lo dejaron, como un fragmento, como una pincelada leve,

cuando, por ejemplo, dos labios se encontraron en un beso;

cuando alguien dobló las esquinas de la ciudad;

cuando una mirada de un hombre presenció a la hija en nacimiento;/

quizás cuando la Historia escribió la página de alguna revolución/

que se antojaba el horizonte soñado por muchas generaciones

y la liberación, entonces, expelía ambrosías para la memoria;

quizás también cuando una boca calmó su hambre

destruyendo lo compacto de un bocado excelente,

o cuando un rostro distinto se acercó para ser contemplado;

a lo mejor también cuando nos vimos reflejados en el espejo,

o en cualquier circunstancia en que el paso del horizonte

fue dejando sus jirones en las ramas del tiempo.

¡Rompamos hermanos el horizonte, bebamos de sus fragmentos,

que de eso os hablo!
ELEGIA EN CARNE VIVA A JOSE MARIA FERNANDEZ NIETO

(Poeta al borde del horizonte eterno)
Eres un amigo para el más allá,

¡oh fruto maduro que sólo el tiempo conserva

en espera de la muerte visitante!,

-ay de esa remolona trabajadora que no te lleva

porque, quizás, se resiste en tus brazos la agonía-;

mas todo preludia que no sobrevivirás:

hasta esta pantalla blanca tan moderna,

en la que siempre dúctil te encuentro,

no deja de ser más que un hablar con tu espíritu,

pues no te toco ni te palpo; tan intangible te haces,

que ni en los encuentros concertados logramos vernos,

así es la niebla que se cierne sobre nosotros,

tal la desaparición en que te conviertes

sustituyendo la materia por el aire,

¡oh prestidigitador excelso

que has elegido este escenario informático

para que con lentitud atendamos a tu desaparecer!.
Sé que la expresión de tu rostro

es vaho que se deshace en el pasado,

lo cual no es triste, no la sonrisa del payaso

que, en su esbozo, oculta la tragedia,

sino expresión cristiana de gozo

a la que has vertido tu pasión alejandrina

regalándonos el poder de la fe.

Siempre he hecho amigos cercanos al último tránsito,

los cultivo como las flores próximas a su marchitar;

de las flores de mi tallo nadie conmigo habla,

no del existir inexorable de la muerte;

todos rehuyen el enfrentamiento, siquiera verbal,

en torno a la figura mayestática de tal Señora.

(rindámosla hoy sólo un besamanos prudente)
Pienso que no creer en EL, -sea quien sea EL,

el tuyo o el mío, tanto da el de aquel-,

deviene una suerte cobarde de huída al horizonte

donde probable parece la existencia del calor del infierno,

llamas que abrasan la irrazonable negación de la vida,

pues, afirmar la vida más allá de la vida,

es pensar que, el aroma último que las flores expelen,

transita hacia una dimensión distinta

que huye de los sentidos y se hace tan imperceptible

que llega a no creerse, pues, tontos, negamos lo que no se percibe/.

Encontrar a un poeta, amigo José María,

es saludar a un embajador de todos los dioses

que en el mundo han sido,

quizás tantos como hombres, quizás todos bellos,

quizás todos únicos en su excelencia trascendente,

y, tal vez, aquella realidad que ambos olvidamos

cuando empezamos con nuestros versos de juventud

ya se ha difuminado tanto que no nos reconocemos

en el pasado devorado de aquella tangible materia.

Creo que vamos preparando el viaje, tal es el destino,

tal la importante tarea del hombre sobre la tierra,

que lo preparamos desde el principio

hilvanando la postrer cara ante la muerte.-

Unos ponen cara de enamorados,

otros rehuyen su solaz abrazo compasivo.

¡Pobres de aquellos que se resisten a la fusión

de lo animado con lo inanimado!

pues rechazan la visión del ETERNO,

huyen del amor verdadero, del sempiterno

habitar más allá de las fauces voraces del universo.

Yo creo en una Causa, José María, no en los clavos de Cristo,

literatura hermosa donde las haya que, por imaginada,

quizás por excedida en su realidad, se hace divina,

pues todo lo que se imagina alcanza divinidad,

(¡Bendita sea la literatura que deifica la realidad insoportable/

que fuera digestión pesada de cántaros rotos!).

Esta es nuestra diferencia, amigo poeta:

creer en dos causas distintas que a lo mejor son una,

¿no se refunden acaso todos los dulces caminos

en aquel en el cual desembocan?.

¿ no difiere nuestra poesía en las maneras

al punto de que ninguno dejamos de ser poetas?

¿no me dices que mi divergencia no es esencial?.

¿ Nos hace menos creyentes creer en Dioses diferentes?
Encontrar a un hombre como tú, uva mayor

entregada a la fermentación de lo senecto,

pero volcado en la vida entera del presente,

a la habitable modernidad de los hombres,

encontrarte a ti es encontrar la esperanza en el horizonte,

saber que es posible Ser por encima del tener,

y que se puede volver la cara a la vida pasada

volando de regreso, planeando en silencio,

estableciendo una sombra sobre el paisaje vivido,

existiendo con la majestad del Rey que es uno mismo,

-única monarquía en la que creo, única densidad del espíritu,

única delimitación de la soledad elegida

que permite cultivar tranquilo el jardín bombardeado-.


Eres esperanza amigo, pero esperanza entregada a la muerte,

lo sé. Sé que tú mismo la abrazas y la comprendes,

-también la comprendía mi abuelo Guillermo

cuando con él danzaba aquella melodía final que lo llevó para siempre/ -,

y sucede que me haces falta en la eternidad;

siempre he tenido amigos mayores que luego se fueron,

te necesito en esa dimensión nueva donde los sentidos no saben del jazz/,

ni de los libros, o la pintura, ni quizás del pensar,

pues quizás todo se refunde en algo único e inatacable,

en la uniformidad etérea que no deja escapar la disensión,

ni por tanto el odio, ni la violencia, ni el dolor.

Albacea de tus letras, heredo el camino que emprendieras.

Somos pocos los poetas, pero somos ciertos como el mar,

creíbles porque ellos, los soberbios, nos han creado,

han erigido nuestra escultura para afirmarse,

para decir: ¡miradles qué absurdos horizontes tienen!.

Por eso nos dejan sobrevivir en el desierto de la marginalidad

que, ellos, ignoran ser oasis irrepetible.

Hay que ser tercos para seguir despreciando el cielo literario

al que tú ya has accedido, tu gloria trabajada, tu único soneto/,

pero son así los que a su vez a nosotros nos afirman,

manos que no abren libros, que no pasan hojas,

ojos que no leen lo que los siglos han escrito,

oídos que no oyen las palabras repetidas en la mente,

tacto que no toca el papel, que ignora lo delicuescente

que el aire al pasar mece y mece,

gusto que no admira lo que otros hicieron,

que no se queda en la estela del tiempo,

polvo que no será nunca, con Quevedo, enamorado,

sino polvo muerto, intrascendente, sepulto con dinero.

ENSAYO SOBRE EL BESO

Lo más corriente de un beso es que fusione dos fronteras,

que dos labios se impregnen de la posible piel contraria

que anule aquel vacío de aire tan abismal

que nos hacía sentir exclusivos o solos,

que nos introduzca en el olvido de nosotros mismos

con la simple suavidad del aleteo de una mariposa,

y que nos reconcilie con la humedad de otra boca

después de la travesía del árido desierto de la soberbia,

-aquel pecado nuestro que nos rodeaba cual marea

y nos hacía habitar nuestra propia isla-;

lo más probable de un beso es que nos haga cerrar los ojos,

entregados a la oscuridad, confiados en otro alma,

-oh dulzura del ocaso de la luz hecho hermosura-,

pues un beso es un salto valiente que al otro alcanza,

y un beso son dos continentes unidos por un estrecho,

la silueta de una sombra puesta en el suelo

que confunde en un área a dos marionetas en manos de un destino incierto,/

(nadie sabe del rumbo del amor cuando se surca),

mas un beso es un contacto eléctrico de dos otros

que eran dos yos ebrios de soledad dialéctica,

ese estado de las palabras metidas en los valles del silencio.

¡Ay de la orografía egoísta del que de sí mismo no sale

porque desconoce la belleza magnánima de la llanura

donde ninguna silueta se esconde,

donde cielo y tierra son dos amantes que se besan en el

horizonte/

y besar, por tanto, es un ensueño lejano que se atisba,

un leve roce que se muere con el llegar de la noche

y se oculta, saboreándose, falleciendo en su delicuescencia,

muriendo como se muere un poema cuando las palabras no salen.


RUPTURA DEL PRIMER HORIZONTE


Fuiste mi primer horizonte excelso,

ahormado vientre de entonces,

oscuro lecho donde estaba ciego,

ya sonaba el primer tic-tac de corazones

compartiendo la sangre bajo el mismo techo,

ya aquella primera complicidad se labrada

con el trasegar del umbilical alimento;

vientre, abdomen, piel curvada,

qué fácil construcción aquel tabique tierno,

qué primaria en su elegancia deformada,

qué suave protección para el viento;

mas una mañana de marzo de aquel año nuevo

me puse el traje de la prisión del tiempo,

ya no sonaba el dulce latir de tu corazón inmenso,

existía la musicalidad nueva del universo,

pero un latir luctuoso de descenso,

un agotarse, un morir de cada momento

anunciaba la carrera del vivir muriendo.

¡Bella aurora, madre mía, primera rosa...!,

todavía siento aquellos pétalos hermosos,

tus piernas recorridas por la sangre,

tus pechos henchidos de leche rebosante,

tu probable sonrisa tras los dolores parturientos,

tu desnudez primigenia, ya inencontrable,

de aquellos veinte años tuyos

que me vieron cogiendo los primeros segundos completos,

aquellos entre confusos y llenos de desacierto

que yo no atinaba a prender en mi cuerpo.
No sabía entonces que existiría el minuto,

vals de sesenta compases pequeños,

ni tampoco el horizonte de la primera hora,

larga danza de los compases intermedios,

ni el día entero, (veinticuatro horas bailando al completo);

sólo sabía del llanto,

lluvia primera que entrecortara el aliento,

y luego del sueño tras mis labios en tu pecho,

nacer, pero nacer muriendo,

ese era mi destino cierto tras tu romance postrero,

ese el momento que, por pasado, al poema elevo.
HORIZONTE DE LA NAVIDAD DOS MIL.002


Imaginad la Navidad como una muerte dulce,

un derretirse el tiempo en cada copo frío,

un acolcharse gélido de hojas de invierno

que caen borrando el horizonte del suelo

y disfrazan su antigua cara, llena de historia,

con la máscara blanca que invita a la paz;

cerrar los ojos entonces, sí, cerrarlos,

venceros al peso sólido de los párpados

como en el momento del último viaje,

y sentir vivos la plenitud del óbito vuestro,

pues veréis en este ensayo un nuevo nacimiento,

una proyección hacia el ego majestuoso

donde Dios mece sus lloros primeros,

-Oh invisible espectro de inimitable armonía-.
Da igual que Belén se antoje espejismo,

que no haya Reyes Magos turnando la guardia,

ni calor de bueyes soportando tumbados el peso de su sueño/

ni una virgen tras un parto bimilenario,

ni la santidad de nadie aceptando una paternidad que no le pertenece,/

ni una estrella que fuera guía celeste,

ni ningún actor de aquella historia hermosa

que algún día nos contaron los mayores,

pues basta que Dios haya nacido en nosotros

en la Nochebuena de este exclusivo tiempo

anunciándose así mismo como nuestro señor,

dómino absoluto de nuestro comportamiento decente,

regidor de la moralidad que de nosotros se espera,

basta eso, cualquiera que sea su forma,

incluso si sin forma le viéramos,

bastaría un soplo de sabernos deudores de una Causa

para que la vida plena adquiriera brillo renovado.

No es necesaria la crucifixión posterior de nadie,

no la muerte de un embajador genético,

no debe nacer Dios en diciembre para morir en Abril

si la luz de nuestros párpados escénicamente yertos

ya le han visto nacer al compás de las primeras nieves.

¿ Acaso necesitamos el sadismo de la negritud impura,

la muerte de esta Navidad excelente,

para realimentar la necesidad de otra nueva?

¿ No vale una sola, sencilla, una primigenia rosa

que viva instalada en el corazón de los hombres?.

El universo vive en nosotros hace mucho tiempo,

tan esencial se reproduce en cada ser,

y en cada uno adopta la conveniencia de una forma,

quizás un particular entendimiento.

Es sombra comprensiva en un asesino,

una blancura manifiesta en el hombre de paz,

literatura verbal en el hombre hecho a las oración,

lujuria generosa en la mujer entregada por merced,

inocencia en el pecador que no encuentra su amparo,

manto protector en el enfermo,

liberación en el hombre encarcelado,

plenitud en el alma de los niños,

y una luz en el largo etcétera de todas las almas;

sólo basta vernos para verle cómo es en nosotros,

cómo le hemos hecho nacer al mundo una Navidad cualquiera

que bien hubiera podido ocurrir en septiembre,

y basta conocernos todos, sin los prejuicios de siempre,

para ver la expresión de todas sus caras unidas,

¡Oh Sol magnánimo que dicen que nace en diciembre!.

¡Que nazca pues, vale, el próximo veinticuatro,

pero que nazca de nosotros, oh hermafroditas del amor

que ya lo llevamos gestando tantos años sin verlo,

ya rompen las aguas de nuestra Navidad,

ya eclosiona, se alumbra, se muestra,

ya la Causa de las otras causas

se hace eficiente quitando nuestra penumbra,

ya se deshilacha huidiza la oscuridad,

no hay tiniebla espesa en el alma

cuando los ojos yertos dejan posar los copos de nieve.

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