¿De qué nos hablan entonceslos evangelios?






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fecha de publicación14.06.2016
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¿DE QUÉ NOS HABLAN ENTONCESLOS EVANGELIOS?

Si todo lo que se formuló en los evangelios , es construcción humana, modelación humana, ¿de qué hablan entonces los evangelios? ¿De qué hablan todos los grandes textos religiosos de la humanidad? ¿De qué hablan las sociedades que ya no tienen esos sistemas mítico-simbólicos de modelación de la realidad?

Nos hablan de una dimensión sutil que sólo nos la proporcionará la lectura ingenua de su texto. Lectura ingenua es no erudita, sino abierta, entregada, como se leen los poemas.

La lectura ingenua de los textos sagrados es la clave de la espiritualidad.

La lectura erudita está al servicio de la lectura ingenua; para poderla profundizar, para comprenderla mejor, para limpiarla de las adhesiones que la navegación a través de la historia le ha causado, para liberarla de la epistemología mítica y ayudarla a entrar en la sutilidad en la que se encuentra el espíritu.

La lectura ingenua es más sofisticada que la lectura erudita.

No estamos apuntando a una lectura popular y sencillamente creyente. La lectura a la nos estamos refiriendo es ya sin creencias y sin religiones. Es volverse hacia el texto con toda la apertura de mente y corazón para entender y vivir el mensaje sin palabras que se dice con mitos, símbolos y palabras de tiempos de nuestros antepasados.

Los textos sagrados hablan con palabras y moldes del tiempo en que fueron concebidos, pero hablan de forma que puedan entenderlos los hombres de todos los tiempos.

Nuestro primer propósito es hacer caer en la cuenta de las estructuras míticas que modelan los evangelios para poder deslindar mejor el vino de la copa que lo contiene.

El vino es eterno y sin forma; la copa murió ya por completo en sus funciones de programación colectiva.

Las estructuras míticas con las que los evangelisas concibieron y expresaron a Jesús están irremediablemente muertas; nadie podrá volverlas a la vida. Pero la fuerza de esas expresiones para hablar del mensaje sutil, del espíritu, de la profunda cualidad humana, no está sometido al tiempo y a la muerte.

Toda la cuestión está en liberarse de la epistemología mítica con la que se leen los mitos, con los que los evangelisas y sus comunidades interpretaron y vivieron a Jesús, para poder llegar, en el texto mismo, al mensaje válido también para nosotros, hombres sin mitos, sin creencias y sin religiones.

Por consiguiente nuestro trabajo tendrá que ser a la vez erudito, pero lo justo y necesario para poder llegar a la lectura ingenua del texto.

Sólo la apertura total, humilde y sin doblez al texto, prepara para recibir su revelación: la sutiliza de su mensaje que no es ni formulaciones que deban creerse, ni métodos, ni proyectos de vida colectiva, ni sistemas éticos, ni marcos para vivir una vida con sentido, a menos que se entiende por sentido únicamente la orientación a la adquisición de la cualidad humana profunda.

Deshacerse de la epistemología mítica es comprender el programa, la mitología desde la que se leyó y vivió el seguimiento de Jesús; pero no significa, en absoluto, abandonar esas mitologías. Deshacerse de la epistemología mítica no es desmitologizar.

Como los poemas han de leerse y sentirse desde el lenguaje y mentalidad en que fueron escritos, así también los textos que son revelación, forma de lo sutil, de lo que ni tiene forma en sí ni la puede tener, tienen que leerse y vivirse en el lenguaje en que fueron escritos. Eso sutil y sin forma de que hablan los textos siempre se manifiesta en formas, y lo hace de tal manera que el fondo y la forma son una unidad inseparable.

Por consiguiente, y repitiéndonos, nuestro estudio de las estructuras míticas en que se expresaron los evangelistas, no pretende desmitificar su mensaje, desmitificar su evangelio, desmitificar a Jesús, sino liberarnos de la epistemología mítica para deshacernos de la sumisión a formas que supone; y eso para poder comprender y someterse mejor a lo sutil que se dice en esas formas, pero que no es esas formas.

Aquello de lo que nos hablan los evangelistas en sus evangelios, es lo Sutil, Innombrable, pero nos lo dicen con formas, que por lo que dicen, se hacen sagradas e intocables, como, en otro orden, las sinfonías de Mozart son intocables.

Si todo lo que se dice de Él son formas de nuestro pensar y sentir, según el software de una sociedad preindustrial determinada ¿qué se dice, propiamente de Él?

Todas las formas con las que hablamos de esta realidad, la cotidiana, y de la otra, la sagrada o divina, son hijas de nuestros sistemas de programación y son construcciones mentales y sensitivas nuestras. Ninguna de las formas que atribuimos a las realidades, sean las de nuestra vida cotidiana o sean las de lo divino, son en sí mismas; están en nuestra mente colectiva y en nuestra mente individual.

Dios, el Absoluto, Eso que es, el Vacío de todas nuestras construcciones, el Padre, o como quiera que llamemos a la dimensión absoluta de nuestra noticia mental y sensitiva de la realidad y a la dimensión absoluta de nuestro propio existir, es sólo nuestra modelación.

“Eso absoluto” que se nos revela es innombrable, inefable, no-imagen, vacío de todas las categorías que unos pobres vivientes como nosotros le podamos aplicar.

Los Grandes del Espíritu, los Grandes Maestros de la vida interior, los que se vuelven traslúcidos y muestran esa dimensión absoluta, sin sombra alguna de sí mismos, resultan también inefables, irrepresentables; el Absoluto se los traga sin que por ello dejen de ser hombres. Jesús es así.

Puesto que sabemos que todo lo que se enuncia en los evangelios es nuestra construcción, no lo que es Jesús, ¿qué debemos buscar en los Evangelios?

No buscaremos formulaciones, sino eso a lo que apuntan las formulaciones; no buscaremos descripciones, sino lo que no se puede decir con ellas, pero a lo que ellas se refieren. No buscaremos lo que objetivan los mitos y símbolos si no lo que se dice en ellos, que es inobjetivable. No buscaremos lo que se dice, sino la vía del silencio a la que se apunta con el decir.

Las narraciones de los evangelios son narraciones-símbolo, las expresiones son símbolos, todo ello son como lanzaderas que llevan a nuestra mente y nuestro sentir al ámbito del conocer silencioso, al ámbito de la certeza informulable, pero inconmovible.

Intentaremos ver con claridad las estructuras míticas para liberarnos de su poder de seducción que nos arrastraría a la epistemología mítica, a interpretarlas como descripciones de la naturaleza de Jesús y de todo lo que tiene que ver con Él.

Y lo haremos para poder recibir y vivir el enorme empuje simbólico de esas estructuras míticas para trascender toda formulación.

El legado de Jesús forma parte irremplazable del patrimonio espiritual de la humanidad, máxime en un mundo cada vez más global, como el que nos ha tocado en suerte vivir.

Jesús no es de nadie y es de todos, como el resto de grandes fundadores de religiones, maestros del espíritu y sabios de las distintas tradiciones de sabiduría universales.

Jesús, pues, no es patrimonio exclusivo de grupo alguno, ni de nunguna confesión, sino que nos pertenece a todos. Una vieja tradición sufí reza así: “El santo lo es para todo el mundo”.

Al leer la palabra “Padre” –por otro lado, bellísima– referida a Dios o “Hijo” para designar a Jesús, sé que son sólo símbolos y nada más que símbolos –¡lo cual no es poco!– y los símbolos están para ser comprendidos en sí mismos, no para ser creídos o para polemizar sobre ellos.

La verdad es bella en todas sus formas. Los símbolos, son una suerte de puente que nos permite traspasar nuestra mirada de la realidad, yendo de las apariencias a lo invisible visible. Esa es la función primordial del símbolo y su relación con lo oculto.

Hoy, no es suficiente con las fuentes de una sola religiòn, para entender la extrema complejidad del hombre y del mundo. No basta con una sola perspectiva –ya sea el islam, el cristianismo, el budismo, o lo que sea– para comprender la magnificencia de la existencia.

Hoy, además, que todo es de todos, encastillarse en lo propio ignorando el resto resulta una aberración; es ir contra el devenir de la historia. Pero, leer los grandes textos sagrados de la humanidad, y los evangelios lo son, ha de implicar siempre revivir sus palabras desde nuestro contexto histórico, esto es, desde nuestra forma de pensar y desde nuestro sentir. De otro modo, los traicionaríamos.

Los grandes textos espirituales y de sabiduría se están diciendo a cada instante. En ese sentido, poseen la autoridad de la aurora. Constituyen inagotables veneros de intuiciones espirituales atemporales dichas mediante símbolos; y éstos, a diferencia de los dogmas, invitan siempre a renovadas y múltiples reinterpretaciones.

Los textos sugieren al lector un segundo (¡y hasta tercero y cuarto…!) sentido de las cosas, por boca de sus personajes o a través de metáforas y símiles. Esa es la grandeza del lenguaje simbólico. Mientras que el lenguaje común es eso y nada más, el lenguaje simbólico es eso… ¡y muchas cosas más!

El lenguaje de la espiritualidad es el simbolismo. Por consiguiente, es preciso hablar dicho lenguaje simbólico a fin de comprender, en profundidad, de qué hablan las religiones y los grandes maestros de la espiritualidad universal, Jesús, el sabio y maestro de Nazaret, en este caso.

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