Curso de renovacióN 2010 a partir de la “experiencia tierra”






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CURSO DE RENOVACIÓN 2010 A PARTIR DE LA “EXPERIENCIA TIERRA”
¿Qué es la “experiencia?

IERRA

A modo de justificación:

El Itinerario llamado “Experiencia-tierra” desea ser un proyecto de renovación concepcionista, y pretende ayudar a las personas a entrar en su propia vida a fondo, descubrir situaciones de ambigüedad, desbloquear rutinas y ofrecer cauces para una renovación personal y comunitaria.

El objetivo es ayudar a la religiosa concepcionista a revivir las experiencias fundamentales de su vocación y misión, a lo largo de toda su vida. Es una oportunidad para tomar la propia vida (tierra) en sus manos e iluminarla desde distintos ángulos: humano-social, teológico-espiritual y carismático, siempre apoyadas en la Palabra de Dios.

Somos conscientes de la necesidad de una formación permanente integral y eminentemente espiritual, que nos permita como personas consagradas estar en posibilidad de renovarnos siempre, lo mejor posible, para transmitir el mensaje del Evangelio a través del apostolado que la obediencia nos ha asignado.

Se trata, pues, de un medio de Formación permanente, no sólo para la formación inicial, (en donde ha “enganchado” mucho más). Es verdad que esta capacidad de formarse constantemente es una cualidad que debe adquirirse en las primeras etapas de la formación para ser continuada a lo largo de toda la vida. Sin esta actitud constante de formación, la persona corre el riesgo de anquilosarse, de estancarse y de perder la esperanza en sí misma y en la vida consagrada.
Una posible definición:

El ITINERARIO ESPIRITUAL CONCEPCIONISTA ES UN CAMINO que propone, de manera secuencial los NÚCLEOS BASICOS de la EXPERIENCIA CARISMATICA de la Congregación.

Podemos detenernos un poco en las cuatro palabras que están en mayúsculas, las palabras fundamentales de esta definición:

Es un CAMINO donde, como en todo camino hay etapas-clave, otras de transición, hay altos y bajos, llanuras y barrancos, piedras y flores…e hitos que van jalonando el camino. Se trata, por tanto, de un PROCESO, es decir algo que nunca está terminado; así la formación permanente es “un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre” (VC 65).

Los NÚCLEOS BASICOS son como la condensación del carisma, los elementos del mismo en estado germinal, que como en una semilla, nos permiten desarrollar el árbol de la vocación porque tiene fuerza germinativa.

Quizá podemos tener bastante clarificada la identidad concepcionista, porque ésta nos ha sido dada. Sabemos las que somos y esto es muy importante. Tenemos unas Constituciones renovadas, un Directorio general que se va actualizando, Directorio de Formación, Proyectos Educativos-Pastorales, Documentos capitulares, etc. y todo esto está muy bien, pero a lo mejor se nos puede quedar en algo frío, en "papel mojado", aunque con ellos se haya querido hacer como una síntesis del carisma, en respuesta a los retos actuales. Pero es posible que aún no se haya hecho experiencia espiritual propia. Y por eso la 3ª palabra:

EXPERIENCIA: es decir, se trata de algo aprendido por contacto directo, de forma experiencial y que modifica la propia visión de la realidad. No son conceptos que nos pueden dejar más o menos frías, sino vivencias que nos transforman y afectan a la propia visión de la realidad. Porque formarse es transformarse.

Ya en el documento Perfectae caritatis se decía que “la adecuada adaptación y renovación de la vida religiosa comprende a la vez el continuo retorno a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración originaria de los Institutos, y la acomodación de los mismos a las cambiadas condiciones de los tiempos.”

Se trata, pues, de un camino de ida y un camino de vuelta. De ida, para recuperar, lo que dirá años más tarde Juan Pablo II, la santidad, la creatividad y la audacia de los Fundadores. De vuelta, porque con ese fervor y con ese ardor se quiere llegar a los hombres de hoy que se encuentran en situaciones nuevas, inéditas, y muchas de ellas amenazantes.

Por tanto, el objetivo de la renovación es el retorno a las fuentes originarias de nuestro Instituto, para vivir con mayor frescura el Evangelio y para así adaptarse mejor a las nuevas necesidades del hombre de hoy.

Es por lo que este camino experiencial ha de ser CARISMATICO, porque «el carisma mismo de los fundadores se revela como una experiencia del Espíritu transmitida a sus discípulos, para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne…”(MR 11).1

Hablamos por tanto de un camino y una formación que toca las entrañas de la persona concepcionista, que desea penetrar todas las potencias de la misma, su inteligencia, su voluntad y su afectividad, es decir, de una formación integral en forma tal que la persona responda con todo su ser a Cristo, según nuestro carisma.

Es por lo que un Itinerario espiritual no puede ser juzgado si no se recrea en una misma. Sin una sensibilidad espiritual esto no se entiende.
¿Por qué se llama así?

El nombre está tomado a partir de los escritos de M. Carmen, donde recoge expresiones ligadas a la tierra (huerto, jardín, flores...), identificando en ella su propia experiencia y la de la Congregación (Cf. Carta del 30/05/1909).

Como en todo símbolo, también en este caso de la tierra, cada una de las etapas y elementos simbólicos corresponde a realidades diferentes. Así esta experiencia puede contener diversos momentos, que van marcando el proceso de madurez y crecimiento humano y espiritual de cada persona.

Se trata, por tanto, de un proceso dinámico no en la meta que se desea alcanzar, la cual deberá permanecer siempre fija y que, repetimos, es la identificación con Cristo, sino en las adaptaciones constantes que la persona deberá llevar a cabo debido a los factores internos y externos. El modelo debe permanecer fijo. Son los medios los que constantemente deben adaptarse para lograr alcanzar el modelo que se ha fijado. Esto no es más que un medio.

Según la tradición bíblica la tierra contiene la experiencia de Dios en la persona. Muestra el itinerario que va desde la búsqueda a la posesión de la propia tierra, es decir, de la propia identidad. El agricultor es Dios-Trinidad y la propia persona colabora con Él. La cerca expresa el signo de pertenencia a Dios: la consagración bautismal, base de la consagración religiosa; el portillo (falsa puerta) es la zona de especial atención para la persona; la tierra elegida, cultivada, bendecida, pueden ser situaciones identificables por la persona.

Toda persona está llamada a conocer cómo es su propia tierra y descubrirla como don que sólo encuentra sentido en la ofrenda. Es importante tomar conciencia de que nuestra tierra somos cada una de nosotras mismas en todas nuestras dimensiones (física, psicológica, afectiva, espiritual...), así como también nuestro entorno (familia, amigos, sociedad, acontecimientos, etc.) y la propia historia personal que hemos vivido.

Se intenta revivir las etapas de la vida en clave de Historia de Salvación, tras haber experimentado la elección de Dios Padre de forma gratuita, de saber que es Él quien la va trabajando, con nuestra colaboración, hasta llegar a heredar la bendición. Por todo ello el trabajo en la propia tierra es don y tarea. “Dios Padre, en el don continuo de Cristo y del Espíritu, es el formador por excelencia de quien se consagra a El” (VC66).

Es labor de la persona identificarse con Cristo a lo largo de toda su vida, pues ésta fue también la dulce obsesión de nuestra Fundadora. Es necesario tener en cuenta el hecho de que el objeto de la formación, Cristo, se torna en sujeto, (pues es Él quien forma en nosotras) y que el seguimiento de Cristo, que es el fin del proceso, se lleva a cabo en todas las potencias del ser y no únicamente con la parte intelectual2.
El proceso de esta experiencia, tras constatar la propia “situación tierra”3, es el siguiente:

  1. Tierra ELEGIDA/ 2.Tierra CULTIVADA/ 3. Tierra BENDECIDA

Nota: Pasar de una etapa a otra supone haber vivido una honda experiencia de encuentro con nosotras mismas, con los demás y con Dios, sabiendo que esta experiencia tampoco es un momento puntual sino un proceso.

Cristo es contemplado, desde el carisma, como el Redentor, Esposo y Maestro, cuya relación personal nos lleva al Padre, en el Espíritu.

El carisma tiene una triple orientación (trinitaria):

  • Hacia el Padre Misericordioso y Providente a cuya voluntad nos abandonamos con la confianza de un niño en brazos de su madre.

  • Hacia el Hijo Redentor, Esposo y Maestro, nuestro Bien, que va centrando nuestros pensamientos, afectos, voluntad, todo nuestro ser, en la intimidad esponsal y que se hace nuestra compañía.

  • Hacia el Espíritu Santo santificador, guía e impulso de vida apostólica que nos ayuda a vivir interior y exteriormente como Jesucristo (cf. VC 36).



Dinámica de LA EXPERIENCIA “TIERRA”

El proceso de esta experiencia puede representarse así:4


1 Tierra ¿? (situación personal) 2 T. ELEGIDA 3. T. CULTIVADA


4. Tierra BENDECIDA

El paso del momento 1 al 2 se da a través de una experiencia fundante: experiencia de la VOCACIÓN (Experiencia “cerca”)

El Paso del 2 al 3 a través de la experiencia de COMUNIÓN

El paso del 3 al 4 a través de la experiencia de PASCUA-CRUZ.
Para cada etapa hay:

  • Una Palabra de Dios

  • Una experiencia humana

  • Unos recursos

Núcleos básicos (se repiten a lo largo del proceso)

  • Experiencia de Dios -Trinidad

  • Vivencia del Misterio de María Inmaculada

  • Descubrimiento de la propia vocación-misión


Ejes dinamizadores

  • La oración

  • La Palabra de Dios que acompaña la experiencia

  • La vida diaria: Descubrir la acción de Dios en ella: “Enseñar a leer y escribir mi historia como Historia de Salvación”.


“Mientras la formación inicial estaba ordenada a la adquisición por la persona de una suficiente autonomía para vivir en la fidelidad a sus compromisos religiosos, la formación continua ayuda a la religiosa a integrar la creatividad en la fidelidad, pues la vocación cristiana y religiosa reclama un crecimiento dinámico y una fidelidad en las circunstancias concretas de la existencia, lo cual exige una formación espiritual interiormente unificante, pero flexible y atenta a los acontecimientos cotidianos de la vida personal y de la vida del mundo.”5

Decimos que la formación es un proceso dinámico porque en realidad formarse es transformarse. Implica, pues, transformación de toda la personalidad: del modo de pensar, sentir, amar, reaccionar, actuar, relacionarse con los demás… Sólo puede realizarse esto si se trata de una experiencia espiritual y del Espíritu.

La formación, también desde el Itinerario espiritual concepcionista, es un proceso pedagógico que tiene como fundamento el amor y que necesariamente desemboca en el amor, porque lleva a decir como san Pablo lo que repetiría desde su experiencia M. Carmen, el “no soy yo quien vive en mí, es Cristo quien vive en mí”. Es como una “metamorfosis” según señala Benedicto XVI, de forma tal que la persona amada se transforma en el Amado.

Tras estas pinceladas, puede surgir algún cuestionamiento, por lo que adelanto algunas consideraciones:

1º. Esta transformación no es algo que ocurra en un tiempo corto. Sabemos de sobra que hacer cotidianamente la experiencia espiritual del encuentro con Cristo, fundamentalmente a través de la oración y los sacramentos, no produce automáticamente el tener sus mismos sentimientos. Si la persona está siempre por hacer, tendrá necesidad todos los días de experimentar a Cristo para hacerse cada día más persona consagrada, es decir, persona que cada día vive un poco mejor, y/o un poco más los mismos sentimientos de Cristo. Este itinerario espiritual, -que no es una sola experiencia espiritual sino la suma de todas las experiencias espirituales que se realizan a lo largo de la vida en el esfuerzo por buscar hacer la voluntad de Dios-, puede prestarse a subjetividades tales como pensar que es la persona el único artífice de esta experiencia. Si bien es cierto que la persona es responsable de dicha experiencia del espíritu, no debemos olvidar que el primer artífice de dicha experiencia es el Espíritu. La persona consagrada es quien permite hacer en su tierra...6

2º.Tampoco debemos olvidar que cada persona hace su propia experiencia de encuentro con Cristo. Cristo se revela a cada persona en forma única, personal, y así cada persona consagrada tomará la forma de Cristo en forma única y personal. Pero ello no quita que la experiencia pueda ser estudiada en sus generalidades, y más formando parte de una Institución carismática como es una Congregación, con un carisma común, aunque cada una lo viva de manera personal.

Creemos que el Itinerario espiritual concepcionista implica tener una determinada visión de Dios, del hombre y del mundo...que se hizo biografía en la Fundadora y en los miembros de la Congregación que han vivido el carisma a los largo de más de un siglo, y se ha hecho proyecto en las Constituciones. Por lo que esta “visión concepcionista” es la que tendríamos que ir vislumbrando a través del carisma.

El Itinerario espiritual concepcionista nos ha de ayudar a dar una visión integradora del desarrollo psicológico y espiritual de la persona, puesto que se influyen mutuamente; a trabajarnos “para lograr esa unidad interior de nuestro ser de mujeres consagradas…” (Cf. CC18). “Nuestro tiempo exige de los religiosos de manera especial una autenticidad carismática, viva e ingeniosa en sus invenciones que se destaca claramente en los fundadores... La formación permanente exige prestar una atención particular a los signos del Espíritu en nuestro tiempo y dejarse sensibilizar por ellos para poder darles una respuesta apropiada.” (OFIR 67).

Por todo esto, creemos que es muy importante extraer los núcleos básicos de la experiencia carismática de la Congregación, los núcleos que tienen gran poder germinativo y evitar caer en el conceptualismo. Por ello hemos querido buscar los símbolos con capacidad evocadora, acudiendo a las fuentes genuinas del carisma, las cartas de M. Carmen.



TIERRA LEGIDA:

Dejarse amar por Dios–ABBA: (La llamada vocacional o vivir desde el Ideal)
Cuenta la leyenda que el emperador Alejando Magno tenía un caballo, Bucéfalo, que sólo él podía montar. Nadie más era capaz de hacerlo. El animal se encabritaba y daba en el suelo con todos sus jinetes. Sólo Alejandro supo observarlo con atención y descubrir el secreto del caballo: al montarlo, lo puso de cara al sol y lo espoleó decididamente. Luego controló los movimientos del caballo sin dejarlo apartar ni un ápice de la dirección del sol hasta que el animal, cansado, se dejó dominar completamente. ¿Cuál era el secreto que sólo Alejandro había descubierto? Que el animal se asustaba de su propia sombra. Bastaba con no dejar que la viese, enfilando sus ojos hacia el sol, para que el caballo se librase de sus miedos.

Corremos el riesgo de ser como Bucéfalo. Quedarnos encerradas en nosotras mismas, sin ideales que valgan la pena, buscando más seguridades, encadenadas a nuestros propios miedos y complejos, casi incapaces de arriesgarnos. Para aceptar la vocación personal es necesario mirar hacia el Sol, hacia el Ideal, y, a pesar de los riesgos, ponerse en camino.
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