Pocos son los datos que sobre la vida de Tucídides se conocen y casi todos los conocidos son gracias a lo que sobre sí mismo escribe en su obra “Historia de la






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F. El héroe
No se habrá podido menos de advertir que el problema toral de la concepción tucidiana de la historia, es decir, de la concepción más autént­ica que se formó el mundo antiguo acerca del devenir histórico, estriba en la reducción de una inicial pluralidad de ciudades -surgidas mecá­nicamente del fondo de un caos original- a una final unidad encarnada en una ciudad única, omnipotente y ecuménica. Pero ese desa­rrollo -cuyo fenómeno esencial es la guerra- sólo enuncia el deber ser y no necesariamente el ser. En otras palabras, si es cierto que el proceso del acaecer histórico es fatal en su movimiento o marcha, como resulta obvio del hecho de la inevitabilidad de la guerra entre Esparta y Atenas, todavía cabe preguntar si es igualmente fatal el triunfo de la tendencia unificadora y ecuménica o en el caso concreto, la victoria de Atenas. En suma, ¿está o no está predeterminado el proceso histórico? Sabemos que Atenas sucumbió y ya lo sabía Tucídides cuando redactó la parte que podríamos llamar doctrinal de su obra, el libro I; pero la pregunta no por eso resulta ociosa; por lo contrario, su respuesta es esencial al sistema en cuanto involucra nada menos que la cuestión fundamental de la libertad del hombre dentro de la fatalidad natural del desarrollo histórico.

Y en efecto, en el pensamiento de Tucídides la guerra, como ya vimos, no podía suspenderse por la naturaleza misma del poder, pero su desenlace no era predecible, porque no dependía de la excelencia de Atenas como la ciudad vocada a realizar el cosmos histórico, sino de las decisiones y acciones de los hombres en cuyas manos estaba conducir

a la ciudad hacia ese destino y además, dependía también de lo contin­gente o si se prefiere, de la fortuna.

En múltiples ocasiones se habla, en los discursos que pronuncian diversos personajes de la fortuna, buena o mala, que interviene y deter­mina los acontecimientos, pero nunca aparece mitificada como la manifes­tación de una voluntad situada más allá de la historia. No se trata, pues, ni de una agencia trascendente ni de la diosa que los romanos llamaron Fortuna. Es, simplemente, la contingencia que puede ser favorable o desfavorable a las pretensiones, esperanzas o deseos de los hombres; escapa a todo intento de sujeción o relación, y es arbitraria, puesto que igualmente abate al inocente que al culpable. La buena fortuna es, por otra parte y paradójicamente, peligrosa, porque envanece a quien la experimenta y le hace concebir esperanzas y deseos que lo incitan a ejecutar acciones temerarias, confiando en que no lo aban­donará. El logro de la meta del discurso histórico está, por lo visto, sujeto de alguna manera y en algún grado al capricho, y el problema es, entonces, examinar cuál es el alcance de la acción del hombre en determinar y orientar la marcha de la historia hacia su finalidad suprema. En suma, para que Atenas logre la omnipotencia, que es su destino, los atenienses no sólo deberán vencer a fuerza de armas la oposición anti­histórica, llamémosla así, del poderío lacedemonio, sino que tendrán que sortear los peligros y contrariedades que les tenga reservado un hado más o menos caprichoso. Y aquí es donde se configura el hombre de excep­ción, el caudillo que orienta el proceso histórico hacia la plenitud de su floración, el héroe tucididiano.

Que nuestro autor concedió al hombre excepcional un papel absolu­tamente decisivo por encima de la masa, aun de la formada por ciuda­danos libres con voz y voto en las asambleas, es asunto del que no cabe dudar. Es esa una verdad que se documenta a lo largo de toda la obra, pero de modo particularmente claro en aquel pasaje del elogio a Pericles, ya muerto, donde se dice "que gobernaba a la multitud en mayor medida que era gobernado por ella" y que, "gracias a su sentido del honor, llegaba a oponérsele". Atenas, explica Tucídides, era entonces una democracia oficialmente, pero en realidad era "un gobierno del primer ciu­dadano". Y como si esto no fuera bastante para poner de relieve la indispensabilidad de un hombre superior en la marcha de los negocios públicos y en el destino de la ciudad, aclara Tucídides que, desaparecido el gran estadista, los políticos que lo sucedieron acabaron por "entre­gar el gobierno al pueblo, siguiendo sus caprichos", con lo que se incu­rrió en todos los errores caucionados por Pericles y que, a la larga, acarrearon el desastre de la derrota. Se trata, en suma -y no podía ser de otro modo dentro de la visión histórica de Tucídides- ­del estadista, de cuyas decisiones y actos depende el destino de la ciudad del político, pues, pero en el sentido más alto y noble de la palabra, quizá más claramente dicho, se trata, por lo pronto, del hombre que está en el gran juego de la lucha por el poder en busca de la omnipotencia pero al servicio de los intereses, digamos, de la historia y no del engrandecimiento personal.

Varios personajes del libro muestran, en diverso grado, los rasgos típicos del hombre preeminente, según lo concibió Tucídides, sin excluir a espartanos y a otros no-atenienses, porque será bueno comprender desde ahora que nos vamos refiriendo al que podemos calificar de "héroe histórico" que no debe confundirse con el héroe nacional, el ciudadano que, por ejemplo, da su vida en la defensa de su patria. Y es así, enton­ces, que quien llegue, incluso, hasta la traición no dejará de entrar en aquella categoría si reúne las peculiares cualidades definitorias y especí­ficas del hombre excepcional. En principio, pues, las virtudes morales como la buena fe, la veneración a los dioses y el respeto a la palabra empeñada, no son elementos configurativos del héroe tucididiano, aunque algunos de esos rasgos pueden concurrir en él.

Pero, ¿cuáles, entonces, son las cualidades específicas del héroe? Más arriba, al hablar de la fortuna, indicamos que las dos grandes tareas históricas de una ciudad -concretamente nos referimos a Atenas- eran vencer al enemigo, que siempre lo hay, pues la historia es oposición de contrarios, y conjurar en lo posible la adversa fortuna. He aquí indicadas, por lo tanto, las cualidades que requiere reunir en sí el hombre preeminente: el cálculo y la previsión. Considerémoslas por su orden.

En los pasajes que dedica Tucídides a pintar el carácter de Temístocles y de Pericles, los dos hombres que, sin duda, le merecieron el mejor aprecio como estadistas, la capacidad de ponderar el pro y el contra de una situación dada, es decir, de calcular las posibilidades reales de triunfo, tanto por el poder de que se disponía, como por el tipo de acción que es preciso ejecutar y por otras circunstancias ocupa prominentemente atención. En Temístocles alaba su superioridad "para juzgar las situaciones que se presentaban, con la menor deliberación", y todo el discurso de Pericles, pronunciado en víspera del rompimiento de las hostilidad con los lacedemonios, es un modelo de cálculo desapasionado acerca las probabilidades favorables a Atenas y acerca de la estrategia que debe seguirse en el conflicto, en vista de la fuerza, índole, temperamento, hábitos y antecedentes del enemigo y de las ventajas que se podían sacar de la situación geográfica en que estaban colocados ambos contendientes. Pero, bien vista, esa capacidad de ponderación y cálculo se reduce -y así lo hace Tucidides- a la posesión de un entendimiento excep­cional y sagaz o si se quiere, al goce de una inteligencia superior, de una viva imaginación y de un carácter decidido. En Temístocles lo que más admira el autor es la "fuerza de su entendimiento natural" más poderoso y "excepcional que el de cualquier otro", y a Pericles lo hace decir de sí mismo que "no es inferior a nadie en conocer lo que es necesario", y que si esa cualidad le fue reconocida en grado de excelencia cuando se emprendió la guerra, no era razonable que se le acusara después de mal proceder. El héroe tucididiano es, pues, en primer lugar, el estadista calculador e inteligente que se contrapone al político demagógico y apasionado; pero además de ser el hombre de la razón, debe tener la facultad de poder explicar con claridad lo que su inteligencia le ha re­velado, porque a la acción política, a diferencia de la especulación contemplativa, le es constitutiva saber comunicar lo pensado, ya que quien no expone claramente lo que es necesario en una situación dada, "es como si no le hubiere venido al pensamiento",y aquí aparece el motivo de la suprema importancia que tiene la oratoria para la eficacia de la acción del héroe tucididiano, el hombre del logos en los dos sen­tidos del término: la razón y la palabra.

Es de suyo obvio que el cálculo, facultad príncipe del estadista, incluye al futuro o, por mejor decirlo, el cálculo es, en grado de excelencia, previsión, puesto que en ello está su principal utilidad. Una vez más hemos de invocar la ejemplaridad de Temístocles, "el más acertado en conjeturar respecto a las situaciones futuras, en todo lo posible, lo que iba a suceder" y el que "preveía muy bien las cosas más o menos ven­tajosas que todavía estaban en lo incierto." "La inteligencia, pues, no es impotente respecto a lo por venir, con tal de que, advierte Pericles, "no confíe en la esperanza, cuya verdad es indemostrable y se atenga al razonamiento, que es la base de una previsión segura."

Basten esas indicaciones para tener una idea del hombre postulado por Tucídides como el único capaz de soportar la carga de la cosa pública y de conducir el proceso histórico a su meta. El estadista ejemplar era, en medida considerable, un estratega militar y en nada estaba reñido con él, antes era casi obligado, el mando efectivo y directo del ejército o de la armada; pero a pesar de este rasgo común con el héroe guerrero de las tradiciones épicas, la diferencia entre ambos es colosal, porque si a éste no dejó de atribuírsele sagacidad y previsión, su dependencia de los poderes infinitos siempre fue decisiva e impensable su abolición. Lo peculiar, lo novedoso, lo audaz en el héroe tucididiano es su auto­nomía, fundada en la fe en la potencia racional y ejercida -y disfrutada- con la misma soberbia de los filósofos herederos del cientificismo de la escuela jonia, y de los cuales Tucídides mismo y su héroe son próximos parientes. El "yo" y la visión personal se imponen e imperan sobre el mítico "ellos" de las epopeyas y se ponen por encima de la venerada autoridad de sus relatos. Pero, ¿acaso hay en ello sorpresa? Es indudable que quien haya seguido con un mínimo de atención el pensamiento de Tucídides no podía esperar otra cosa.
G. La contingencia
En atención a cuanto acabamos de explicar se advertirá sin dificultad que el verdadero, el temible enemigo de Atenas -o de cualquier ciudad vocada a actualizar el cosmos histórico- no eran las huestes lacedemo­nias, ni siquiera las calamidades inevitables -nótese que no digo impre­visibles- como la peste que asoló a Atenas, y que deben sufrirse con resignación. El verdadero, el temible enemigo es el error en el cálculo y en la previsión. Eso es lo que tuerce y desvía el proceso histórico de su meta; eso es lo que defrauda las más bellas y plausibles posibilidades; eso, lo que le impide a una ciudad cumplir con su claro y obvio destino. No casualmente, ni por adorno, Pericles insiste en esa idea cuando anima a los atenienses a decidirse por la guerra y los prepara para enfren­tarse a tan formidable aventura. Después de un cuidadoso balance de las fuerzas que entrarán en conflicto, y sin invocar la protección de los dioses ni nada que tienda a despertar esperanzas falsas, Pericles les dice a los ciudadanos reunidos en asamblea que "temo más a nues­tros errores que a la estrategia del enemigo" y a ese propósito indica los dos errores en que se verán tentados a incurrir. Pero ese tipo de errores, peligrosos como son, pueden evitarse y ser previstos y no están, por lo tanto, más allá de la voluntad. En ese sentido su amenaza es relativa y no ocurrirán mientras el gobierno de la ciudad se halle en manos capaces.

Otra cosa acontece respecto a los sucesos imprevisibles que, de haberse podido conjeturar, serían evitables. Por sagaz y luminosa que se suponga la inteligencia de un estadista, su previsión tiene un límite. Lo "repen­tino, lo inesperado y que sucede sin posibilidad de cálculo, esclaviza el entendimiento'' y es entonces cuando "se culpa a la fortuna", la cual, sin embargo, no es propiamente culpable, porque no se trata de nada mágico ni de una voluntad caprichosa, se trata, pura y simplemente, de toda esa zona del acontecer que elude la previsión; de todo lo posible, pero imprevisible. He aquí, pues, el elemento de contingencia que, por los límites mismos de la razón, condiciona la acción más ejemplar del estadista y amenaza con el desastre sus decisiones más sabias y prudentes. La marcha de la historia es, quizá racional, pero como la suma de sus posibilidades en el futuro son incalculables, siempre existe un margen de error irreductible, y la gran licitación para optar a la omnipotencia, meollo del proceso que conduce del caos al cosmos humano, queda entregado a la contingencia. Por más que el hombre, a través del héroe, ponga su confianza y finque sus esperanzas en el poder luminoso de la razón no logra aniquilar ese residuo de tinieblas que comúnmente se llama la fortuna. La inteligencia humana no es divina y tiene que humillarse ante la providencia capri­chosa. La historia resulta, siempre sí, ser la tragedia de un héroe que en vano lucha contra un hado inexorable, y no ya el desarrollo de un pro­grama racional que va cumpliendo sus etapas bajo la previsora mano de un príncipe de la inteligencia política.

4 - Epílogo (la salvación)
Para Tucídides, testigo ocular de la caída de Atenas, aquella conclu­sión debió serie repugnante en lo más entrañable de su ser y de su soberbia filosófica. Sabemos que la parte doctrinal -considerémosla así­- de su obra, el libro I, lo escribió después de aquel desastre, y no parece improbable que la secreta finalidad del resto de la Historia -el relato pormenorizado de la guerra- se le hubiere revelado en un momento dado como demostración irrefutable de que la derrota ateniense se debió, no a un decreto de la "fortuna", sino a errores que Pericles o cualquiera de su talla habrían evitado. Y hasta puede conjeturarse que, una vez relatada la expedición siciliana -el gran error contra el cual había caucio­nado Pericles- ya no había aliciente para proseguir la obra, explica­ción, quizá, de haber quedado truncada. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que hay base para mostrar que Tucídides no se resignó a aceptar la im­potencia de la razón frente a la incertidumbre de un futuro amenazante. Se trata, pues, de explicitar una última y la más decisiva articulación de

su sistema; la que revela el sentido más profundo de su obra, puesto que, como veremos, pretende ofrecer la solución histórica del hombre, de otro modo, juguete del destino.

La gran cuestión -la puntualizamos en el apartado anterior- es que el intento de aniquilar la fortuna por medio de la previsión racional, la suprema virtud de la inteligencia penetradora de lo incógnito, se ve frus­trada por las propias limitaciones, al parecer infranqueables, de esa vir­tud. Pero todo el secreto consiste en saber si en realidad se trata de falta de potencia en la razón o bien, quizá, de falta de una base segura de la previsión. ¿No será, en efecto, que el mal no radica en un supuesto alcance limitado de la inteligencia, sino en el método de su ejercicio?. Si se considera la manera que un gran estadista trata de prever el futuro, se advierte que, en última instancia, se atiene a su sagacidad, como lo hacía Temístocles. Pero resulta entonces, que una actividad tan absolu­tamente decisiva es, ella misma, más o menos contingente, más o menos milagrosa, aparte de que la presencia o ausencia de un hombre capaz en las coyunturas en que más falta hace -pensemos en el trágico hueco que dejó la muerte de Pericles- es también algo mágico. La contingencia imprevisible parece, pues, rodear a la historia por todas partes y penetrar hasta el motor mismo de sus procesos, y el advenimiento del Cosmos histórico con el triunfo de una ciudad ecuménica -el apocalipsis de mundo antiguo- siempre irá al garete de la incertidumbre. No era de esperar que Tucídides, el San Juan de aquella revelación, faltara a su promesa.

Si el movedizo curso del tiempo ocultara un inconmovible asidero a la razón desde donde, como un faro firmemente anclado, pudiera ilu­minar el océano del futuro, la previsión ya no requeriría el oportuno surgimiento -siempre dudoso- de un hombre excepcionalmente dota­do ni, de haberlo, la intuición feliz necesaria al acierto. En el descubrimiento de semejante panacea estaría, pues, la salvación del hombre, quien, así armado, superaría los antiguos y supersticiosos temores que le inspiraba la pleonexia, aquella supuesta norma de una justicia que ex­pone a los mortales al enojo y envidia de los dioses, y podría impune­mente olvidar aquel mandato consagrado en la doctrina de la sofrosine que aconsejaba el rechazo de las aspiraciones más audaces de una ambi­ción ilimitada. El célebre y celebrado "conócete a ti mismo" inscrito en el templo del oráculo de Apolo en Delfos había sido mal interpretado en el sentido admonitorio de una prudente auto limitación; su secreto era otro y es el que revelará Tucídides como clave suprema para que una generación venidera sepa conducir la nave de la historia a su glorioso y natural destino. =

Todo en el vivir humano es inestabilidad; todo cambia, todo se corrompe y sin embargo, si el hombre real y verdaderamente "se cono­ciera a sí mismo", conocería el más íntimo secreto de su ser, el arcano que sólo sabe descubrir la visión teorética, la verdad subyacente a las mentirosas apariencias, a saber: que aquello que hace que el hombre sea hombre y no otra cosa, su fisis, su naturaleza, es una esencia, algo, pues, siempre y para siempre idéntico a sí mismo, aquí y en cualquier lugar; algo, por consiguiente, invariable en las arenas movedizas del devenir humano. Pero si eso es así, la gran cuestión de la historia está resuelta, porque ese elemento invariable es el asidero requerido por la razón para predecir con regularidad las acciones humanas y, en efecto, examinando la conducta del hombre en el pasado y desentrañando los resortes inter­nos que la motivaron, se sabrá cómo se conducirá en el futuro, puesto que, provenientes de su naturaleza, esos resortes y motivaciones son siempre los mismos y se descubrirá, además -y esto es el meollo mismo del pensamiento de Tucídides- que de todos ellos, el resorte supremo y determinante es el anhelo de dominio, la codicia del poder. De súbito la historia se vuelve transparente: toda la marcha de su dis­curso, desde aquel remoto remolino que agitó el caos original, hasta las más refinadas astucias de la política, ostenta las huellas de la aspiración al dominio universal. Pero debemos cuidarnos de no ver en ello desor­denada codicia, ni censurable ambición, ni nada que atropelle la justi­cia o vulnere el sentimiento ético, como tampoco respecto a los medios que se utilicen, porque aquella común aspiración no es sino síntoma de la esencia del hombre que lo impulsa hacia su realización plenaria. La naturaleza humana hace que la historia sea como ha sido; en ella, pues, radica la razón de su ser, su motor y su necesidad. Con esta visión esencialista del devenir histórico -a la que tenía que llegar el pensa­miento griego- se archivan como mitos inoperantes los viejos conceptos de agravio y culpa a los que todavía recurrió Herodoto, y si, a través del genio de Tucídides, la historia se desacraliza y pierde su antiguo nimbo de misterio, la ciencia historiográfica, en cambio, reclama para sí el saber político supremo que conducirá al hombre a la ciudadanía uni­versal y a la beatitud de una vida regida por el orden, la justicia, la libertad y la belleza de que tan preñada estaba Atenas y que no pudo actualizar por desconocimiento de aquel saber.

Se comprenderá ahora el hondo sentido de aquella frase clave y un tanto oracular en la Historia de Tucídides, donde, con la elegancia de un gran señor que lo ha perdido todo menos el estilo de su clase, se declara satisfecho si su obra será acogida por quienes deseen prever cómo serán los acontecimientos futuros, por lo humano que hay en ellos, es decir, porque inevitablemente obedecerán a los requerimientos de la naturaleza del hombre. Mi obra, dice Tucídides, no es una composición destinada a un ocasional certamen cuya finalidad sea halagar los oídos; mi obra, añade, orgulloso, es una adquisición para siempre
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