Pocos son los datos que sobre la vida de Tucídides se conocen y casi todos los conocidos son gracias a lo que sobre sí mismo escribe en su obra “Historia de la






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D. La guerra, la reina de todo
Desde el momento en que, en el texto de Tucídides, aparecen Esparta y Atenas como los focos de poder que han atraído en torno suyo el resto de las ciudades griegas, el autor muestra especial empeño en hacerle ver al lector que el conflicto era inevitable, circunstancia que le presta al relato esa especial tensión que tanto lo emparenta con la tragedia. La imposibilidad de evitar la guerra se nota particularmente cuando la asamblea espartana se decide, por fin, a la guerra, después de escuchar los razonamientos de la delegación de Corinto y los de la embajada ateniense que se hallaba de paso en Esparta. El conflicto, en efecto, se presenta como inevitable a los lacedemonios por el temor que les inspi­raba el crecimiento del poder ateniense, es decir, porque Atenas se hallaba comprometida en una carrera que la impulsaba sin remedio a proseguir la expansión de su imperio hasta subyugar la totalidad de la Hélade. Los espartanos y sus aliados se esforzaron, ante esa amenaza, por mostrar que Atenas era la agresora y la culpable de la guerra que se avecinaba, acusándola de haber violado la tregua de los treinta años; pero para Tucídides -ya lo sabemos- eso de echar la culpa e invocar tratados era mero pretexto que ocultaba el temor ante el incesante aumen­to del poderío ateniense. La cuestión de la inevitabilidad de la guerra se reduce, pues, a saber por qué Atenas no podía frenar su ambición de predominio absoluto y se conformaba con el ya considerable de que disfrutaba. Esta cuestión involucra, obviamente, la idea que se formó Tucídides acerca de la naturaleza del poder político, idea que expuso, entre otros lugares, en el discurso que pronunció Alcibíades ante los atenienses para persuadirlos a emprender la expedición de Sicilia. =

Alcibíades se opone al pacifismo aconsejado por Nicias: no es posi­ble, dice, limitarle a Atenas el territorio sobre el cual ejercerá su imperio; en la situación en que se halla, es forzoso que hostilice a unas ciudades y no deje libres a otras, porque, aclara, "si no fuéramos señores de otros, correríamos el peligro de ser sus vasallos, y no debemos proponemos una política pacifista igual que los demás, a no ser que cambiéis vuestra manera de ser haciéndonos como ellos". A la ciudad, dice más adelante, hay que acrecentarla, prosiguiendo el ejemplo de nuestros padres que elevaron nuestro poderío hasta el punto en que se halla, porque, explica, "si permanece inactiva, se agotará por sí misma como todas las cosas". El texto que acabamos de citar es digno de reparo por más de un motivo y por lo pronto, por la tesis que contiene acerca de la índole insaciable del poder, ya que, si se le pone límite, se aniquila a sí mismo puesto que abdica, de ese modo, al predominio absoluto que es su razón de ser. Y es importante advertir que, a ese respecto, no cabe distinguir quién sea su poseedor, porque resulta indiferente, en principio, si se trata de Esparta o de Atenas o de cualquiera otra ciudad. Quien goce de poder, en el grado que sea, lo experimenta como lo que es, insaciable en su codicia de mando, e intentará acrecentarlo en la medida en que lo per­mitan las circunstancias y por los medios de que vaya disponiendo, cualesquiera que sean.

La inevitabilidad de la guerra entre Esparta y Atenas se confunde con la inevitabilidad de la historia misma, y todo intento de impedir a aquélla no sólo resulta vano, sino que va contra la índole del discurrir humano, o si se prefiere, contra el movimiento de la vida racional en persecución de su finalidad suprema. La guerra se revela así en toda la majestad de su terrible legalidad, como el fenómeno histórico más expresivo e inmediato de aquel impulso que sacó al hom­bre del caos original. "Todos hemos de saber", ya había sentenciado Heráclito, "que la guerra es común a todos, y que la lucha es justicia, y que todo nace y muere por obra de la lucha". La guerra, añade, es "la madre de todo, la reina de todo".
E. La escuela de la Hélade
Pero si, por lo que toca a la índole insaciable del poder, es indife­rente quién y en qué grado lo posee, no es lo mismo por lo que toca al destino histórico. Habrá advertido el lector que en los fragmentos del discurso de Alcibíades que citamos en el apartado precedente, el orador destaca el destino imperial de Atenas como algo único y privativo a esa ciudad, y condena la política pacifista por ajena a la "manera de ser" del ateniense, distinta de la de los otros. Para la finalidad de la marcha histórica no es, pues, lo mismo que sea Esparta o Atenas quien alcance la victoria y con ella, la suma del poder, o dicho de un modo que ya nos es plenamente inteligible, sólo una de esas dos ciudades encierra la posibilidad de llenar los requisitos de la polis omnipotente, la meta de la historia y condición para realizar el cosmos humano. En las palabras que Tucídides atribuye a Alcibíades es obvia la insinuación a favor de Atenas como candidato auténtico de aquel glorioso destino; pero, ¿es esa, realmente, la opinión del autor? En todo caso, lo que importa para com­pletar la exposición de su pensamiento es averiguar en qué cifra esa preferencia, si es que la tuvo.

Son numerosos los pasajes en los que Tucídides describe y caracte­riza a Esparta y a Atenas y las compara, ya en cuanto ciudades, ya por las costumbres y manera de ser de sus ciudadanos, ya por la índole de sus gobiernos, ya por sus trayectorias históricas, ya, en fin, por el tipo de poder que cada una representa. Esos diversos aspectos se suponen y complementan mutuamente y con frecuencia aparecen mezclados. Para nuestros fines bastará presentar un cuadro de rasgos generales para apoyo de la conclusión que apetecemos.

En su oportunidad vimos que Tucídides distingue cuidadosamente entre el tipo de poder de los lacedemonios y el de los atenienses y adverti­mos en aquella ocasión que esa discrepancia se traducía en el enfrenta­miento de dos conceptos distintos acerca del dominio político, y ahora nos compete explicarlos. Fuerte en tierra, por su ejército, apoyada en su arcaica e inconmovible constitución estatal, la austera Esparta pudo inter­venir en otras ciudades para imponerles regímenes favorables a ella y surgió, así, como el estado más poderoso a tiempo de la agresión asiática. Atenas, por su parte, se distingue por el poderío naval que, con el comer­cio, le trajo el lujo y la acumulación de riqueza, y le permitió fundar un dilatado imperio al convertir en tributarias las ciudades que fue sojuz­gando. Surgió, pues, como rival de Esparta pero sólo a partir del rechazo de los persas, y gracias a una tenaz política oportunista de grandes riesgos y de golpes osados. Es así que frente a la actitud confiada y negli­gente de los lacedemonios que permitieron a ciencia y paciencia la apa­rición y crecimiento de un peligroso competidor, la actividad ateniense se revela como un inusitado comportamiento político, libre de los impe­dimentos tradicionales. En el asombroso crecimiento del poderío ateniense no hay, por consiguiente, ningún misterio, ni mucho menos la interven­ción favorable de alguna deidad o agencia meta-histórica; hubo, eso sí, imaginación, osadía, originalidad, inventiva y sobre todo la aguda pers­picacia, primero, de discernir y después, de comprender, que la promesa de la historia estaba en el dominio del mar y que la posesión de capital era la forma más sutil e irresistible del poder. Y no es mera coinci­dencia, antes altamente significativo, que Esparta advino al poder antes de la guerra con los persas y Atenas, después de concluido ese conflicto, porque es entonces, se recordará, cuando maduró el sentimiento de comu­nidad de los griegos y se hizo visible en el concepto de la Hélade. Atenas es, pues, a partir de ese momento, "La ciudad de la Hélade" y no una ciudad más entre otras; es, según la calificaban sus enemigos, la "ciudad tirana", una ciudad de índole nueva en cuanto portadora del mensaje histórico; y el ateniense, el nuevo griego, es el encargado de realizar ese mensaje. Esparta, por lo contrario, representa, no la maldad, porque la historia no es un cuento de malos y buenos; pero sí encarna el viejo orden, y su misión suprema estriba en la oposición; en desem­peñar el papel del polo opuesto, porque nada se genera, nada alcanza en plenitud y realización sin la lucha de contrarios.

No hay duda de que, en el pensamiento de Tucídides, Atenas se perfila como la ciudad que encierra la posibilidad de llegar a ser aquella polis omnipotente que se ecuaciona con el cosmos histórico ya actuali­zado. Pero bien vista, esta primera determinación es insuficiente, por­que hace falta puntualizar en qué es distinta Atenas de las demás ciuda­des por otros motivos que no sean nada más los de su novedosa acción política que, en definitiva, podría ser, ya que no la de Esparta, la de alguna otra ciudad menos afortunada que Atenas. En una palabra, ¿cuáles las excelencias privativas, cuál la índole que la justifique como La ciu­dad de la Hélade? =

No escasean los textos para contestar tan importante pregunta. Desde el principio de su reconstrucción de la historia antigua de Grecia, Tucídides empieza a destacar rasgos diferenciales de Atenas: en la remota época en que describe el torbellino de tribus errantes que hemos identificado como el caos original de la historia, el Ática se distingue por ausencia de discordia y por la estabilidad de sus primitivos habitantes, circunstan­cias que la convirtieron en asilo de hombres poderosos expulsados de otras regiones y que "haciéndose ciudadanos, ya desde antiguo hicieron aumentar la población de la ciudad, hasta el punto de que los atenienses enviaron más tarde colonias a Jonia, pensando que el Atica no era suficiente para ellos. También fue singular cómo se formó la ciudad: desde antiguo, dice Tucídides, fue una característica de los atenienses vivir en el campo, más que de cualesquiera otros; las comunas rurales tenían edificios de gobierno y magistrados, pero cuando Teseo subió al trono, abolió esos gobiernos particulares, hizo de Atenas la capital y la entregó a sus sucesores "convertida en una gran ciudad”. Esos dos textos son dignos de atención: el primero presenta a Atenas como asilo de extranjeros a quienes se les concede la ciudadanía, y desde temprana hora aparece como potencia colonizadora; el segundo, como imbuida de un sentimiento unificador, características que indican que en el ser de Atenas germinaba, por decirlo así, la semilla del universalismo, el resorte secreto e íntimo de su posterior política imperial y el requisito que la hacía idónea para aspirar con justificación a la omnipotencia.

En comparación a esa que podemos calificar de apertura del ser ate­niense, Esparta ofrece el cuadro opuesto: la rigidez conservadora de su constitución política, obtenida desde antiguo y respetada con veneración durante siglos la hizo poderosa, pero en una Grecia aún arcaica, y pese a la influencia que ejercía nunca pasó de ser una aldea como fueron las ciudades primitivas. Es también elocuente su negligencia ante el cre­cimiento del poder de Atenas, porque pone de relieve el íntimo deseo de los lacedemonios de permanecer encerrados en sí mismos: sus aliados consideraban a Esparta campeón de la libertad de Grecia, pero le cen­suraban que nada hiciera para justificar tan glorioso honor, y si, por fin, se decidió a la guerra, no fue por conquistar la omnipotencia, sino meramente por temor de que Atenas la obtuviera. También es de notar que el argumento esgrimido por los aliados de Esparta para animarla a destruir a aquella ciudad consistía en que de ese modo se podría vivir "sin peligro en adelante", es decir, se mantendría para siempre el mismo estado de cosas.

Frente a una Atenas comprometida a la unificación, bajo su mando, de la Hélade, Esparta no tiene más programa que el de impedir el logro de esa meta suprema, de velar porque nada cambie en el futuro. Es, pues, el conflicto entre la prosecución de la marcha histórica y su detención; el de la vida empleada en realizarse y el anquilosamiento de la muerte. Pero, ¿cuál, entonces y concretamente, la promesa contenida en el pro­grama hegemónico de Atenas que justifique su aspiración universalista? Dicho de otra manera ¿cómo eran las instituciones y el modo de vida que pretendía extender a toda la Hélade? Estas preguntas son, precisamente, las que se formula y contesta Pericles en la hermosa oración fúnebre que según Tucídides, pronunció en honor de los caídos durante el primer año de guerra con los peloponenses. =

Lleno de fe y entusiasmo e inspirado en un profundo amor por su ciudad, Pericles elogia la forma de gobierno que rige en Atenas No rivaliza con las instituciones de otras ciudades; pero ni las envidias ni las copia, antes es ejemplo para ellas. El nombre del régimen es democracia, porque no depende de pocos, sino de un número mayor todos gozan de igualdad de derechos, pero la ciudad no es ciega a mérito, y honra con oficios públicos a quien se distingue para poseerlos ni la pobreza ni la falta de nombre son obstáculo para ello; existe un amplia tolerancia, tanto en los negocios públicos, como en la vida privada; cada quien puede obrar a su gusto, sin que incurra en reproche pero se observa un respeto hacia los magistrados y las leyes, sobre todo las legisladas en beneficio de los que padecen injusticia y las no escritas sancionadas por la vergüenza de quienes las infringen. Atenas, por otra parte, es una ciudad grata por los muchos recreos que proporciona a espíritu; por la hermosura de sus casas, y por estar abastecida de lo productos de toda la tierra.

A diferencia de nuestros enemigos, prosigue Pericles, Atenas está abierta a todos, y no expulsa al extranjero, porque confía más en el vigor de espíritu, en la acción de los ciudadanos que en la estratagema o en lo preparativos secretos. Al ateniense no se le somete a fatigoso entrenamiento militar, y aun cuando vive con placidez, sabe enfrentarse tranquilamente a los peligros por costumbre de valentía, sin que sea inferior su audacia a los que viven continuamente con dureza, y "por esos motivo, y otros más aún nuestra ciudad es digna de admiración".

El ateniense ama la belleza, sin ostentación dispendiosa, y cultiva la mente, sin afeminamiento; la riqueza la emplea para la acción; ser rico no es, para él, motivo de jactancia, de manera que no hay vergüenza el confesar la pobreza y sólo la hay en la pereza. Todos los ciudadanos se interesan en los asuntos públicos y no se tiene por pacífico, sino por inútil a quien no participa en ellos. Tiene el ateniense la particularidad única de reflexionar antes de obrar, pero sin menoscabo de audacia y de presteza, y en conducta tiene la nobleza de la generosidad, porque, aclara el orador, "somos los únicos que hacemos beneficios, no tanto por cálculo de la conveniencia, como por la confianza que da la libertad".

Respecto a la vocación imperial de Atenas, Pericles encomia al ateniense como el hombre que puede adaptarse a todas las circunstancias y que está dotado de encanto personal. Muestra de ello, dice, es que Atenas es la "única de las ciudades de hoy que va a la prueba con un poderío superior a la fama que tiene, y la única que ni despierta en el enemigo que la ataca una indignación producida por la manera de ser de la ciudad que le causa daños, ni provoca en los súbditos el reproche de que no son gobernados por hombres dignos de ello." Los atenienses serán, añade Pericles, admirados por los hombres de hoy y del tiempo venidero sin necesitar de un panegirista que, como Hornero, dé placer con mentirosas epopeyas, sino por haber obligado a todos los mares y a todas las tierras a abrirle un camino a su audacia, y por haber dejado en todas partes testimonios inmortales de su amistad y de su enemistad.

He aquí esbozado el carácter de Atenas y del modo de vida, liberal y civilizado, de sus ciudadanos. El contraste con las otras ciudades, pero particularmente con Esparta no puede ser más agudo. Como una torre luminosa entre el caserío de una aldea, Atenas se yergue como una ciudad diferente y única por su apertura hacia el mundo, por la libertad de sus instituciones y costumbres, y por las virtudes, gustos, carácter y tempe­ramento que singularizan al ateniense. En el estandarte de Atenas está, pues, inscrito un programa ecuménico, y en suma, es Atenas, según orgullo­samente lo proclama Pericles, la escuela de la Hélade, es decir, la maestra universal, la única idónea y digna de convertirse en la polis omnipotente y actualizar, de ese modo, el cosmos del vivir humano en la realidad concreta de lo histórico.
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