Pocos son los datos que sobre la vida de Tucídides se conocen y casi todos los conocidos son gracias a lo que sobre sí mismo escribe en su obra “Historia de la






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III – Edmundo O’Gorman, “La Historia de la Guerra del Peloponeso” de Tucídides”

Biografía: Edmundo O´Gorman y O´ Gorman nació en la ciudad de México en 1906 en el seno de una familia que unía dos ramas del mismo tronco irlandés. Avecindada primero en Guanajuato, ya que el padre era ingeniero de minas, la familia se asentó después en Coyoacán (en donde nacería Edmundo) y, posteriormente, en San Ángel. Ambos rumbos se volvieron entrañables para Edmundo y para su hermano mayor, el pintor y arquitecto, Juan. Maestro de incontables generaciones de historiadores, Edmundo O´Gorman se licenció en la Escuela Libre de Derecho en 1928 y ejerció la abogacía durante poco más de una década. Posteriormente, estudió historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde obtuvo la maestría en Historia con la tesis Crisis y porvenir de la ciencia histórica, y el doctorado con su disertación sobre La idea del descubrimiento de América. Por aquellos años estableció una cercana amistad con Justino Fernández, Manuel Toussaint y con los intelectuales del exilio español, Rafael Altamira y José Gaos. Conocido como el "historiador filósofo", O'Gorman se destacó por su larga y entregada trayectoria como maestro, por una abultada lista de trabajos doxográficos, por numerosas aportaciones al estudio y cuidado de las fuentes historiográficas y por la lucidez y trascendencia de sus análisis sobre nuestro pasado. Como bien ha señalado Antonio Saborit, O'Gorman es "uno de los pocos ingenios auténticamente grandes en nuestra historia moderna".

1 - El conocimiento histórico. Historia, 1, 9-10
Como un caminante que se detiene a contemplar desde la cima de una montaña el sendero que ha recorrido y que lo conducirá a su destino final, Tucídides hace un alto en la narración para reflexionar sobre la índole y validez de los resultados obtenidos por él hasta ese momento y acerca de cómo procederá en lo sucesivo; una reflexión, pues, sobre el conocimiento histórico y su metodología. Por motivos obvios, el autor distingue entre los problemas involucrados en la investigación de los sucesos pasados y en la de los acontecimientos contemporáneos.
A. Los hechos pasados
Advierte el autor que los resultados de sus investigaciones serán de difícil aceptación en vista de las pruebas en que se apoyan. El hombre, ciertamente, es crédulo, pero sólo respecto a las tradiciones, y es que no quiere tomarse la molestia de buscar la verdad. Asegura, en seguida, que pese a esas dificultades, no errará quien -tomando en cuenta los indicios utilizados- acepte que las cosas acontecieron poco más o menos como las ha contado, y que los sucesos han sido presentados del modo más satisfactorio posible, dadas las circunstancias. Finalmente, compe­netrado de la enorme novedad de su método y de su esfuerzo, Tucídides proclama, orgulloso, que su modo de escribir la historia es muy dife­rente al de los poetas -que siempre adornan y exageran- y al de los logógrafos, que escriben más para divertir y agradar que para decir la verdad.

Esta serie de consideraciones, sólo transparentes en el horizonte del estado del conocimiento histórico en la época en que se escribieron, merecen un comentario aclaratorio. La novedad y grandeza del esfuerzo de Tucídides por reconstruir la historia de un pasado para el cual ya no había testigos oculares, consiste en que, en el fondo, no sólo se trata de ofrecer una serie de sucesos cronológicos y causalmente encadenados, sino de presentar una imagen del devenir histórico como un proceso significativo. Para Tucídides, pues, lo importante no es recordar y regis­trar lo acontecido, sino captar su sentido mediante la interpretación de unos cuantos indicios que le parecen dignos de fe, una vez despojados por él de la hojarasca de las tradiciones míticas y de las ficciones poé­ticas de la epopeya. Se trata, por consiguiente, en primer lugar, de una hipótesis sobre el acontecer histórico, pero, en segundo lugar, de una hipótesis cuya finalidad es poner de manifiesto la verdad subyacente a ese acontecer. En suma, develación de la suprema verdad del devenir humano, alcanzada a través de una verdad relativa acerca del devenir histórico. Con Tucídides, pues, se inaugura la historiografía especulativa, la única verdadera para él, o si se prefiere, la que para él era la historiografía científica en el sentido más clásico del pen­samiento griego. Tal, por consiguiente, el motivo para considerar a Tucídides, si no "el padre de la historia" -epíteto que no se le debe escatimar a Herodoto- sí como el fundador de una ilustre estirpe de his­toriadores para quienes la verdad del pasado no se halla en el suceso mismo, menos aun en el documento, sino en la visión eidética de quien contempla, con los ojos del espíritu, el gran espectáculo del vivir humano para discernir, por debajo de su agobiante y caótica multiplicidad, un proceso unitario encaminado hacia la plenaria realización del hombre.
B. Los sucesos contemporáneos
La actitud de Tucídides respecto al conocimiento del pasado no cambia respecto al de los sucesos contemporáneos; la diferencia es sólo metodo­lógica en el terreno de la investigación. A este propósito, el autor dis­tingue dos tipos de sucesos que aparecen entretejidos en la narración. El primer tipo comprende los discursos que pronuncian los personajes; el segundo, los demás acontecimientos. Distingue, pues, la palabra expresiva de conceptos como un hecho de índole diferente a cualquier otro.
a. Los discursos
Tucídides explica que le resultó difícil reconstruir literalmente lo que dijeron los oradores, y añade que, en su libro, los discursos "están redac­tados del modo que cada orador me parecía que diría lo más apropiado sobre el tema respectivo, manteniéndome lo más cerca posible al espíritu de lo que verdaderamente se dijo". Esta famosa declaración le ha aca­rreado el desprestigio a Tucídides a los ojos de muchos comentaristas para quienes constituye un verdadero fraude el haber insertado, como hechos, unas piezas conscientemente inventadas. Pero resultará claro que semejante condenación acusa ceguera respecto a la posición de Tucídides frente al problema del conocimiento histórico, según la aca­bamos de presentar. En la composición de los discursos no hay el menor intento de reproducir el estilo y otras peculiaridades personales del ora­dor. Todos hablan de un modo semejante y exponen con igual lucidez sus puntos de vista, de manera que ver en esas piezas un fraude es como acusar de lo mismo a Fidias porque sus estatuas no son reproducciones fieles de hombres de carne y hueso. No, Tucídides no quiere dar gato por liebre: los discursos son sucesos, pero su texto es el arbitrio literario de que echa mano el autor para establecer las conexiones internas con­ceptuales del relato y poner así en relieve los hitos del proceso cuya mostración es la verdadera finalidad de la obra. En los discursos, pues, encontramos los conceptos fundamentales de la hermenéutica tucididiana y los presupuestos básicos que le sirven de apoyo conceptual. En los discursos el autor hace valer, pongamos por caso, su distingo entre "cau­sa" y "pretexto" cuando, por ejemplo, insiste en la inevitabilidad de la guerra a causa del temor que le inspira a Esparta el creciente poderío de Atenas, y no por los pretextos de la violación de algún tratado o jura­mento. En ellos -los discursos- el autor, por ejemplo, presenta su tesis del afán de dominio político, como el resorte que impulsa la marcha de los sucesos que relata; demuestra la preeminencia cultural de Atenas o bien, pone en relieve la inoperancia de los argumentos de justicia cuando son invocados por el débil en las relaciones interestatales. No puede, pues, ponderarse suficientemente la importancia de los discursos "inven­tados" por Tucídides si se aspira a comprender su obra, y ello, inde­pendientemente del goce estético que algunos de ellos proporcionan como modelos imperecederos en su género.
b. Los acontecimientos
Quienes han censurado a Tucídides la invención de los discursos no tienen, en cambio, palabras para aplaudirle su actitud como investigador de "los acontecimientos que tuvieron lugar en la guerra". A ese propó­sito declara el autor que no se atuvo a cualquier testimonio, ni a los consejos de su propia opinión, sino que se esforzó en sólo registrar aquello que le constaba por experiencia propia o por lo que pudo averiguar, des­pués del cuidadoso examen y ponderación de una investigación directa. La tarea, aclara, no fue fácil por las variantes en los testimonios acerca de un mismo hecho, ya que los testigos siempre hablan "de acuerdo con las simpatías o la memoria de cada uno." En otras palabras, Tucídides trató de superar el elemento de subjetivismo que percibía en las decla­raciones de los testigos que interrogó.
c. Índole y sentido de la verdad histórica
Ha quedado explicado el método que empleó Tucídides, tanto respecto a los sucesos pasados, como a los contemporáneos. Algo hemos antici­pado, además, acerca de su modo de concebir la verdad histórica; pero es el propio autor quien, para concluir esta sección de su obra, hace una consideración teórica que no debemos pasar por alto.

Comprende que su relato será disonante por lo no-mítico de su con­tenido, es decir, desagradable y extraño para quienes estaban acostum­brados a las narraciones que pasaban por ser historia. Ese efecto, no puede remediarlo y por eso añade que se conformará "con que cuantos quieran enterarse de la verdad de lo sucedido y de las cosas que alguna otra vez hayan de ser iguales o semejantes, según la ley de los sucesos humanos, la juzguen útil." La frase resulta un tanto críptica, pero su sentido general es claro: el autor se sentirá satisfecho si su obra merece el aprecio de quienes tengan interés, no sólo en saber la verdad de lo sucedido, sino la verdad de lo que, semejante a lo ya acontecido, habrá de suceder en el futuro. Pero, ¿por qué será semejante lo que sucederá a lo sucedido? Porque, afirma Tucídides, lo uno y lo otro obedecen a "una ley" que gobierna el suceder humano. Se preguntará, sin duda ¿cuál es esa ley? Es obvio que con esa pregunta penetramos al meollo del pensa­miento de Tucídides, y por eso mismo, su respuesta tendrá que diferirse cuando tengamos los elementos necesarios para proporcionarla. Baste, entonces, registrar por ahora el problema, tanto más insinuante por la frase con que el autor concluye: su obra, dice, no es una obra ocasional destinada a un certamen, es "una adquisición para siempre".

2 - La historia contemporánea: prolegómenos de la Guerra del Peloponeso. Hist., 1, 10-66
Tucídides ha reconstruido el pasado griego como un proceso enca­minado hacia una meta que ofrece dos aspectos, a saber: la conciencia de la unidad de la Hélade, frente y a diferencia de los "bárbaros", y la división interna de Grecia escindida en dos polos de fuerza, caracteriza­dos por modalidades distintas del poder que encarnan, respectivamente, en Esparta y sus aliados y en Atenas y sus tributarios. Esta situación explosiva -a la cual ha conspirado el desarrollo del devenir histórico--­tiene, obviamente, un único posible desenlace: el conflicto entre aquellas dos ciudades. La sección del libro I que ahora vamos a glosar está dedicada a presentar esa inevitable secuencia histórica.
A. Los orígenes de la guerra
Con maestría extraordinaria, Tucídides traza la trayectoria que fatal­mente conducirá a aquel trágico desenlace al narrar la complicada serie de incidentes, negociaciones, reclamaciones y titubeos que lo prece­dieron. Todo es inútil: nada puede evitar el choque, cada vez más inmi­nente. Los enemigos de Atenas se esfuerzan por exhibir la injusticia y arbitrariedad de la conducta de ésta y su mal disimulada ambición. Se la acusa, principalmente, de haber violado la tregua de los treinta años pactada después de la guerra de Eubea; pero Tucídides no se engaña ni permite que se engañe su lector: ése y otros cargos por el estilo no son sino meros "pretextos" en cuya apariencia de verdad sólo puede quedar atrapado quien ignora el oculto resorte del movimiento histórico. No, la verdadera "causa" de la hostilidad de Esparta hacia Atenas -y el autor no se cansa de repetirlo- es el temor que ésta le inspira.

Muy teatralmente o si se prefiere, muy griegamente, Tucídides presenta la situación en tres discursos que ilustran preciosamente el papel que, según ya explicamos, desempeñan en el relato esas piezas oratorias. Los espartanos han convocado a una asamblea a sus aliados. Uno a uno, se han quejado de los agravios de que dicen ser víctimas por parte de la inmoral conducta de los atenienses. Finalmente toma la palabra la delegación de Corinto para exponer, en un formidable alegato, las viola­ciones cometidas por Atenas y para denunciar la negligencia que a ese respecto han observado los lacedemonios. Se hallaba en Esparta una embajada ateniense a la que le concedió permiso para intervenir en el debate. Tucídides aprovecha la coyuntura -si es que no la fabricó-­ para presentar una descarnada y cínica apología de los méritos de la política imperialista de Atenas, pero no por patriotería y como abogado de la causa ateniense, sino fundado en que, como se dice en el discurso en cuestión, "siempre ha sido normal que el más débil sea reducido a la obediencia por el más poderoso." A esto sigue el discurso de Arquidamo, rey de Esparta. Es una pieza oratoria llena de nobleza y dignidad. Arquidamo aconseja prudencia en vista de la necesidad que tienen los peloponenses de ganar tiempo con el fin de prepararse para la guerra, que el rey lacedemonio considera inevitable. Como remate de toda la escena, Tucídides insiste para que no se pierda de vista, en su tesis acerca de la verdadera "causa" del conflicto. En efecto, la Asamblea de los lacede­monios decidió que Atenas había violado el tratado de la paz de treinta años pero, aclara Tucídides, esa decisión se tomó por los espartanos "no tanto persuadidos por las palabras de sus aliados, como por el temor de que los atenienses creciesen en poder, pues veían que tenían ya sometida la mayor parte de Grecia." Ese temor, pues, no la violación del tratado, fue el verdadero motivo que decidió, a los espartanos.
B. Digresión: cómo alcanzó Atenas su poder
Según ya explicamos, el autor suspendió la narración en el punto a que hemos llegado en nuestra glosa, para inser­tar en ese lugar una larga digresión -escrita después de redactado el libro I -cuyo tema es el enunciado en el título del presente apartado-. Evidentemente, la escueta explicación que había dado el autor sobre un asunto de tanta importancia para él, a saber: que los atenienses adqui­rieron su poder porque se hicieron marinos, le pareció insuficiente, como, en efecto, lo era. En la digresión, pues, el autor se propuso aclarar de qué manera había ocurrido esa trascendental metamorfosis, y con ese fin narra los complicados sucesos que llenan el periodo de los cincuenta años subsecuentes a la retirada de Jerjes, y durante el cual Atenas fundó y consolidó el imperio que le permitió ejercer lo que los historiadores llaman "la hegemonía ateniense del siglo de Pericles". No hace falta entrar en pormenores y bastará decir que el autor no contradice, antes por lo contrario, reafirma y amplía su tesis general acerca de la diferencia entre el carácter de los espartanos y de los atenienses y entre la distinta naturaleza del poderío alcanzado por los unos y los otros, de tal suerte que es en esta parte de la obra donde aparecen con mayor claridad, primero, el proceso de engrandecimiento de Atenas debido a la política sagaz y agresiva de sus caudillos, a la acumulación de recursos económicos resultante de la exacción de tributos y al predominio poco menos que absoluto en el mar; segundo, la tesis de que el afán de dominio es la fuerza impulsora de la historia, y, tercero, el concepto correlativo, según el cual la polis, no el hombre, es el verdadero protagonista de aquélla.
C. En víspera del rompimiento de hostilidades
Al concluir la digresión, Tucídides recoge el hilo del relato en el lugar donde lo había interrumpido, o sea, se recordará, cuando la asam­blea espartana decidió ir a la guerra con Atenas, so "pretexto" de que esta ciudad había violado el tratado de la paz de los treinta años. También en esta ocasión le dejaremos intacta al lector la narración de los acontecimientos ocurridos entre la fecha en que se tomó aquella decisión y la del rompimiento de las hostilidades, que es el período comprendido en los capítulos faltantes de nuestra glosa del libro I, Y conformémonos con advertir que, en resumen, ese relato no es sino el de las mutuas reclamaciones entre espartanos y atenienses, meros "pretextos" para ganar tiempo y para justificar moralmente el partido adoptado por unos y otros en un conflicto armado que ambos reconocían inevitable y cuya "causa" nada tenía que ver con aquellas reclamaciones e innecesaria y supuesta justificación.

Pero antes de poner término a este comentario, no se deben pasar por alto los discursos magníficos que el autor puso en boca, por una parte, de una delegación corintia, pronunciado en una nueva reunión convocada por Esparta, y por otra parte, de Pericles, dirigido a la asamblea de los atenienses. Ambas piezas forman una bella unidad en contrapunto, puesto que el tema de cada uno de los oradores fue el balance de probabilidad de victoria, ya de Esparta y sus aliados, ya de Atenas y los suyos. Tienen en común esos dos discursos el frío y seco cálculo que en ellos se hace de la fuerza y debilidad propias y de las del enemigo, retórico marco que utiliza el autor para exhibir de nuevo su idea acerca de la guerra, cuya historia se propone narrar en los siguientes libros, como un conflicto entre dos distintas modalidades del poder, representadas en dos ciudades antagónicas por su régimen político y por la forma de concebir la vida y destino humanos.
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