El espíritu de la frontera






descargar 0.79 Mb.
títuloEl espíritu de la frontera
página9/20
fecha de publicación11.06.2016
tamaño0.79 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   20

XI
Lentamente transcurrieron los días bochornosos de la ca­nícula sin acontecimiento alguno para interrumpir la soño­lienta quietud. Los nuevos habitantes de Villa de la Paz gozaron de una vida de contento y satisfacción como no habían soñado. El señor Wells empezó inmediatamente a trabajar con actividad, predicando todos los días a los in­dios, valiéndose de un intérprete. Nelly y Kate, aparte sus deberes caseros, se dedicaron a hermosear su nuevo hogar, y Jaime empezó con decisión la tarea de estudiar el ca­rácter, las costumbres y el idioma de los pieles rojas. La gente joven hubiérase sentido perfectamente feliz en aque­lla nueva vida si Joe hubiese vuelto. Su desaparición y su prolongada ausencia eran tema constante de sus conver­saciones. La fascinación de su potente personalidad había sido tan grande, que aún mucho tiempo después le recor­daron en todo momento. Ninguno de los indios amigos trajo noticia alguna de Joe, ninguno encontró sus huellas. Se había adentrado en el dédalo de las intrincadas selvas donde buscarlo hubiera sido lo mismo que empeñarse en descubrir las huellas del vuelo de la golondrina.

Jaime pasaba parte de las mañanas estudiando con los intérpretes y rápidamente iba aprendiendo el idioma de los delawares. Ambulaba libremente entre los indios tratan­do de ganarse su buena voluntad. Siempre había de cin­cuenta a cien pieles rojas de visita en la aldea; a veces, cuando los misioneros anunciaban una asamblea especial, reuníanse debajo de los alisos hasta quinientos indios. Jai­me, por lo tanto, tenía buena oportunidad para practicar sus estudios.

Afortunadamente para él, logró granjearse desde el pri­mer momento las simpatías de Glickhican, el jefe indio converso. El anciano delawar era una ayuda inapreciable para Jaime. Desde el primer día cobró un gran afecto al joven predicador y hablaba con él durante horas.

De Glickhican aprendió Jaime a conocer la verdadera naturaleza del piel roja. El amor del indio por la libertad y el honor, su odio a la subyugación y el engaño, tal como lo explicaba el anciano jefe, recordaron a Jaime lo que el coronel Zane le había dicho acerca del carácter de los sal­vajes. Los indios tenían, en efecto, sobrados motivos para odiar a los colonizadores.

Raras veces los blancos habían pensado en los derechos del piel roja. Los colonizadores avanzaban constantemen­te, arando los campos con el fusil en la mano, considerando al indio poco menos que como animal, al que era más fácil matar que civilizar. ¡Qué poco conocían los colonizadores la orgullosa indiferencia, la inmarcesible pureza de su ho­nor! Los pieles rojas veíanse echados, como raza perse­guida, hacia las regiones más selváticas. De ser dueños absolutos de los bosques y de las grandes e ilimitadas lla­nuras, pasaron a ser fugitivos en su propio país. No era, pues, de extrañar que se convirtiesen en enemigos crueles los que antes habían sido todo bondad y honradez. De la guerra abierta v franca, recurrieron a las estratagemas y a la astucia, a los asaltos nocturnos, a las emboscadas fa­tales. Su valor caballeresco, aquella sublime herencia de sus antepasados, que no habían conocido al enemigo de rostro pálido, degeneró en salvaje ferocidad.

Aunque Jaime consideró muy interesante la historia del indio, le gustaba más el verbo rico con que Glickhican pin­taba la vida doméstica del piel roja, la hermosa poesía de sus tradiciones y leyendas. Con delicia escuchaba el exquisito y policromo folklore de los indios. Por aquellas románticas leyendas, hermosos poemas y maravillosos mi­tos, esperaba obtener excelente idea de la religión de los indios. Encantadoras y sencillas como sueños infantiles eran aquellas leyendas extrañas, leyendas que hablaban de las hadas de los bosques que moraban en hondonadas al­fombradas de helechos, que a la aurora salían para abrir las flores con un beso; de los caminos del bosque que eran sendas de los espíritus; de las hojas que murmuraban poe­sías que transmitían los vientos; de que en las rocas vivían los dioses y maestros de los indios, que vigilaban sobre sus elegidos.

Glickhican terminó un día su largo discurso declarando que en el curso de toda su vida (tenía a la sazón sesenta años) jamás había mentido, ni robado, ni engañado, ni ase­sinado, ni siquiera matado más que en defensa propia. Jaime, viendo las nobles facciones de aquel anciano jefe indio, le creyó implícitamente.

Sin embargo, cuando el joven predicador trataba de estudiar a los pieles rojas hostiles que visitaban la villa, no podía llegar a ninguna conclusión definitiva acerca de su carácter, ni a ningún análisis satisfactorio de su estado mental con respecto a la religión de los rostros pálidos. Su reserva pasiva, silenciosa, era desconcertante. Glickhican le había enseñado cómo interrogar a los indios de sentimien­tos amistosos y con éstos siempre tenía éxito. Pero poco lograba saber de los otros. Cuando hacía regalos a estos indios, nunca podía estar seguro de cómo aceptarían sus obsequios. Las joyas y el oro que había traído consigo iban a manos de los traficantes franceses que, a cambio, le die­ron chucherías, adornos, brazaletes y armas; Jaime hizo centenares de regalos. Con osadía se acercaba a los jefes llenos de plumas y les ofrecía cuchillos, hachas o abalorios de plata. A veces, sus obsequios fueron rechazados con mi­radas altivas; otras veces los aceptaban con. frialdad; con recela, como si los presentes trajeran consigo ignoradas obligaciones.

Para un hombre blanco era una experiencia inolvidable ver a diez o doce de aquellos torvos reyes de los bosques de paso lento y majestuoso, ataviados con el rico esplendor de su indumentaria salvaje, pasearse entre las tiendas de Villa de la Paz. Aquellas procesiones siempre daban esca­lofríos a Jaime. Los jefes salvajes escuchaban imperturba­bles el canto; las, oraciones y los sermones de los cristia­nos. En sus rostros bronceados no se veía ninguna emo­ción; nada cambiaba sus facciones impasibles. Si no hu­biese sido porque caminaban, o miraban con ojos llamean­tes, se les hubiera tomado por estatuas. Cuando aquellos jefes salvajes contemplaban a los indios conversos, algunos de los cuales pertenecían a sus propias tribus, el desprecio de sus miradas revelaba que consideraban a aquellos indios cristianos como una raza enemiga.

Entre los jefes indios que de vez en cuando acudían a la aldea cristiana señaló Glickhican a Wingenund, el su­premo cacique de los delawares, a Half King, Shingiss y Kotoxan, todos de la tribu del Lobo de los delawares.

Glickhican explicó a Jaime que la nación de los dela­wares se había dividido en dos tribus, la del Lobo y la de la Tortuga, guerreros los primeros, y pacíficos los se­gundos. Pocos indios de la tribu del Lobo habían aceptado la nueva religión, y los que lo habían hecho se veían des­preciados. Wingenund, el gran cacique de los delawares, más aún, jefe indiscutible de todas las tribus del Oeste, mantenía una actitud neutral hacia. Villa de la Paz. Pero se sabía muy bien que sus lugartenientes, Pipa y Winsto­nah, eran enemigos de la religión cristiana.

Jaime resumió en sus estudios todo lo que había apren­dido y trató de utilizar parte de ello para concebir un sermón que fuese distinto de todos los que los indios ha­bían escuchado hasta entonces. Al predicar, no deseaba hablarles de cosas fuera de su alcance; quería, si era po­sible, hablar de acuerdo con los ideales de ellos, porque los creía más hermosos que los de él. Deseaba llevar su ense­ñanza sobre la base sencilla de sus creencias, para que después de estimular y desarrollar sus mentalidades, pudie­sen pasar, de lo que conocían, al cristianismo desconocido del hombre blanco.

La primera vez que se dirigió a los indios fue un día en que el señor Wells se hallaba indispuesto, por exceso do, trabajo, y estando ausentes los otros misioneros. Jaime no se consideraba aún preparado para predicar, por lo que dirigió sus esfuerzos a una charla sencilla y grave, reci­tando los pensamientos que había asimilado durante su breve estancia entre los indios.

Decir que se asombró cuando se enteró de haber hecho una gran impresión, no era describir exactamente el estado de su ánimo, porque no había previsto en modo alguno un éxito tan grande. Los conversos se hacían lenguas en loor de su sermón, los descreídos se quedaron silenciosos y pen­sativos. A pesar suyo y mucho antes de considerarse pre­parado para una misión, se vio lanzado a la enseñanza religiosa. Cada día se le obligó a predicar, cada día cuan­do menos un indio se convertía a la nueva fe, cada día aumentaba la atención y el interés de los infieles. Los viejos misioneros sentíanse embargados de alegría y le instaban constantemente a que predicase, hasta que, por fin, llevaba él solo el servicio religioso vespertino.

La noticia se esparció, la Villa de la Paz recibió la visita de más indios que nunca. Día tras día la fe iba afianzándose. Algunos de los conversos sufrían una especie de éxtasis religioso, lo que ejercía poderosa influencia so­bre los que dudaban. Muchos creían que había llegado el Gran Monitor.

Heckewelder, el director de todas las misiones moravas del Oeste, visitó la villa en aquella época, e, impresionado por el éxito del joven misionero, organizó un festival reli­gioso que había de durar tres días. Se enviaron invitaciones a todas las tribus, requiriendo especialmente la visita de los hurones del Oeste, de los shawnis del Sur y de los de­lawares del Norte. No se practicó ningún engaño para atraer a los lejanos salvajes a Villa de la Paz. Se les suplicó que acudiesen, que tomasen parte en la fiesta y que escuchasen las enseñanzas del hombre blanco.

XII
Desde el amanecer hasta el mediodía de aquel domingo era incesante la llegada de indios a Villa de la Paz. Cen­tenares de canoas bajaron por la rápida corriente y hundieron la proa en la arenosa playa. Muchos grupos de gue­rreros montados salían de los bosques y penetraban en el llano de la aldea; por los senderos venían las mujeres con las criaturas de pecho, las muchachas con cestas, y la chiquillería juguetona.

Durante la mañana se repartieron regalos y después se dio un banquete a los visitantes. Por la tarde, todo el mundo se reunió en el bosquecillo para oír el sermón.

El bosquecillo de alisos donde se había de celebrar el servicio parecía creado por la Naturaleza para aquel ob­jeto. Los árboles eran grandes, muy copudos y distanciados entre sí. Piedras musgosas y una densa alfombra verde ofrecían cómodo asiento a la congregación.

Heckewelder, hombre alto, delgado, de aspecto bonda­doso, dirigió la organización. Coloco a los indios conversos inmediatamente detrás de la pequeña elevación de tierra desde la cual había de hablar el predicador. En el semi­círculo, frente al otero, colocó a los jefes y personajes im­portantes de las varias tribus. Luego hizo un breve discurso en idioma nativo hablando de la labor de la misión, de las maravillas que habían conseguido y de la buena labor que aún esperaban hacer. Concluyo presentando al joven misionero.

Mientras Heckewelder hablaba, Jaime, que estaba de­trás de él, empleó el breve tiempo que le quedaba para estudiar a la multitud. Jamás olvidaría aquel espectáculo, que le asombró. Desde aquel anfiteatro le miraban cerca de un millar de rostros oscuros y quietos. A la suave brisa movíase el mar de plumas policromas con que se habían adornado los salvajes. Los tocados fantásticos de éstos pre­sentaban un fuerte contraste con las cabelleras lisas v sen­cillas de los conversos. Aquellas plumas retadoras signifi­caban la diferencia entre los salvajes y los cristianos.

Frente al otero se hallaban sentados cincuenta jefes, atentos y majestuosos. En aquel círculo había representan­tes de todas las tribus hasta el río Scioto. Había allí jefes indios que tenían fama de guerreros, de astucia, de valor v de sabiduría. Su pomposa presencia daba a la asamblea importancia centuplicada. Si fuese posible interesar y con­mover a tales personajes, cabía esperar que todo el Oeste quedaría civilizado en poco tiempo.

Hepote, cabecilla de los Maumi, del que se decía que jamás había escuchado la palabra de un rostro pálido, estaba en el centro de aquel círculo. A derecha e izquierda suya estaban Pipa y Shaushoto, implacables enemigos de todos los blancos. Entre todos estos jefes descollaba la figura de Wingenund, el cacique delaware.

Se hallaba en pie, en el extremo izquierdo del círculo, apoyado contra un árbol. Llevaba un manto largo negro, adornado con manchas blancas, que sostenía con el brazo bronceado, en el cual lucía un pesado brazalete de oro.

El penacho que llevaba, y que llegaba hasta el suelo, era de una belleza soberana. Las plumas de águila, todas de igual tamaño,. eran completamente blancas, excepto la pun­ta, que era negra.

A sus pies sentábase su hija Aola, rodeada por sus don­cellas. La hija del jefe dirigía sus dulces ojos negros al joven predicador, llenos de maravillosa luz de sorpresa y esperanza.

Más allá del círculo estaba la masa compacta de los demás indios, debajo de los árboles, sentados en el suelo herboso y, algunos, en las ramas bajas de los alisos.

Cuando Jaime contempló aquel mar de rostros, se sobresaltó de pronto al ver unos ojos de mirada fiera que se dirigían a él. Reconoció a Silvertip, el jefe shawni, que se hallaba, sentado, sin moverse, sobre un poderoso caballo negro. Este caballo produjo también sorpresa a Jaime, porque era Lance, el favorito de su hermano Joe. Pero no tuvo tiempo de reflexionar más acerca de los enemigos de Joe porque en aquel momento Heckewelder le cedió la palabra.

Jaime se sentó y con voz resonante y clara empezó su discurso

-¡Jefes, guerreros, muchachas y niños de la selva! Es­cuchad y vuestros oídos no percibirán ninguna mentira. Yo vengo de donde sale el sol para hablaros del Gran Espíritu de los hombres blancos.

Muchas, muchas lunas hace, tantas como hierbas crecen en aquella llanura, el Gran Espíritu del que voy a hablaros, creó el mundo. Él hizo los lagos rutilantes y los ríos rápidos, las llanuras ilimitadas y los bosques selváticos, sobre todo lo cual hizo brillar el sol y caer la lluvia. El dio vida al majestuoso alce, al gracioso ciervo, al potente bi­sonte, al oso, al zorro, a todas las bestias y pájaros y peces. Pero no estaba contento, porque nada era perfecto a su mirada. Entonces. creo, al hombre blanco, a su propia imagen, y de la costilla de aquel hombre creó su pareja... su mujer. Y los dejó ir libres en un hermoso bosque.

»La vida era bella en aquel bello bosque. El sol brilla­ba siempre, los pájaros cantaban, las aguas fluían melodio­samente, las flores llenaban con dulces fragancias el aire. En aquel bosque, en que las flores florecían siempre, había un árbol, el Árbol de la Vida, cuya manzana no habían de comer. En todo aquel hermoso bosque de la abundancia sólo les estaba prohibida aquella manzana.

Mas con la mujer nació el mal. Una serpiente la tentó para que comiese la manzana de la Vida, y ella tentó al hombre para que la comiese. Por su gran pecado, el Gran Espíritu mandó a la serpiente que se arrastrase para siem­pre sobre el vientre, y al hombre y a la mujer los echó del bello bosque. El castigo de su pecado lo habían de sufrir sus hijos y los hijos de sus hijos hasta el final; del tiempo. Los dos anduvieron lejos, adentrándose en las oscuras sel­vas para aprender a vivir lo mejor que pudieron. De estos dos seres descendieron todas las tribus. El mundo es an­cho. Un guerrero puede caminar todos los días de su vida y nunca llegará al sol poniente, donde viven las tribus de los pieles amarillas. Puede viajar la mitad de su vida para llegar a los vientos del Sur, donde abundan las tribus de los pieles negras. Pueblos de todos los colores habitaban el mundo. Vivían en odio mutuo. Vertieron la sangre de sus semejantes, se robaron mutuamente las tierras, el oro y las mujeres. Pecaron.

»Muchas, muchas lunas hace, el Gran Espíritu se entris­teció al ver que su tribu elegida, la de los rostros pálidos, viviese en la ignorancia y el pecado. Entonces les envió a su hijo único para redimirlos y les dijo que si escuchaban y creían y enseñaban a las demás tribus, él les perdonaría su pecado y los admitiría de nuevo en el bello bosque.

Esto sucedió hace muchas, muchas lunas, cuando el rostro blanco mataba a su hermano por el oro y por las tierras, y pegaba a sus esclavas para que le plantasen el trigo. El hijo del Gran Espíritu apartó la nube de los ojos de los rostros pálidos v así vieron y aprendieron. Tan complacido se mostró el Gran Espíritu, que hizo a los rostros pálidos los dueños del mundo y les ordenó que fuesen a tierras lejanas a enseñar a las tribus ignorantes.

.Para enseñaros ha venido el joven rostro pálido desde el sol naciente. No desea ni tierras ni poderes. Ha dado

todo lo que tenía. Camina entre vosotros sin rifle ni cuchillo. ­No puede ganar otra cosa que la felicidad de abrir los ojos de los hombres rojos.

»El Gran Espíritu del que yo os hablo, y el gran Manitú, vuestro ídolo, son uno y el mismo; los cazaderos felices del indio y el bosque bello del rostro pálido es una y la misma cosa; el rostro blanco y el hombre rojo son los. mismos, sólo hay un gran espíritu, que es Dios. Sólo hay un hogar eterno, que es el Cielo; sólo hay un ser humano, que es el hombre.

El indio conoce las costumbres del castor, sabe seguir los senderos de las selvas, sabe conducir sus canoas a través de los hirvientes rápidos; es honrado, es bravo, es grande, pero no es sabio. Su sabiduría está nublada por el pecado original. Vive en la holganza; pinta su rostro; hace trabajar a su esposa, en vez de trabajar él para ella; mata a sus hermanos. Adora los árboles y las rocas. Si fuese sabio, no convertiría en dioses a la veloz flecha, ni a la rápida canoa, porque estas cosas no tienen vida. En sus sueños ve volar su flecha hacia el ciervo que huye; en sus sueños ve a su canoa salvar la cresta de las olas brillantes y en su imaginación les da vida. Cuando abra los ojos verá que no tienen espíritu. El espíritu está en su propio corazón. Él es el que guía la flecha hacia el ciervo que­ huye, y la canoa sobre la veloz corriente. Es su espíritu el que le hace encontrar los senderos ignorados y realizar bravas hazañas y amar a sus hijos y su honor. Es su espíritu el que le hace encontrarse cara a cara con el enemigo y, si ha de morir, el que le da fuerza para morir... como un hombre. Su espíritu es el que le hace distinto de la flecha, de la canoa, de la montaña, de los pájaros y de todos los animales. Porque su espíritu nace del Gran Espíritu, el creador de todos. A Él habéis de rendir culto.

-Hombres rojos, este culto comprende vuestro espíritu y os enseña a obrar bien. Se llama cristianismo. Cristianismo significa amor. Si amáis al Gran Espíritu, amaréis a vues­tras mujeres, a vuestros hijos, a vuestros hermanos, a vues­tros amigos, a vuestros enemigos... amaréis a los rostros blancos. Ya no pasaréis más holgando el invierno y haciendo guerras en verano. Llevaréis vuestro cuchillo y vuestra hacha tan sólo cuando vayáis a cazar para obtener carne. ­Seréis bondadosos, cariñosos, virtuosos... seréis sabios. Cuándo haya llegado el fin de vuestros días, encontraréis

a todos vuestros hermanos en el bosque bello. Allí donde florecen siempre las flores, donde siempre maduran las frutas, donde siempre murmuran suaves las brisas del verano y se deslizan suaves todas las aguas; allí reinará para siempre la paz.

Camaradas, sed sabios, reflexionad. Olvidad al rostro pálido perverso, porque hay muchos rostros pálidos que son perversos. Os venden el agua de fuego de la serpiente, mienten y roban y asesinan. Los ojos de esos rostros páli­dos aún están nublados. Si no los abren, no verán nunca el bosque bello. Mucho tenéis que perdonar, pero los que perdonan son agradables al Gran Espíritu; habéis de amar, y los que aman, serán amados; habéis de traba­jar, porque los que trabajan serán felices.

¡Mirad la Villa de la Paz! Un día sólo había pocos, ahora son muchos. Donde antes las selvas oscuras som­brearon la tierra, veis cabañas, campos labrados, ganado. Campo tras campo de trigo dorado brilla ante vuestros ojos. La tierra florece en abundancia. La holganza y la lucha no hicieron estas ricas cosechas. La fe hizo el amor, el amor hizo sabios a los ojos, los ojos sabios vieron, y vedlo, llegó la abundancia.

»La prueba del amor es la felicidad. Estos indios cris­tianos son felices. Viven en paz con el hombre rojo y con el hombre blanco. Trabajan en los talleres. En días no lejanos, cabañas y campos de trigo serán suyos. Subirán sus hijos, no para ocultarse en las selvas para matar, sino para ir mano a mano con el rostro pálido como iguales suyos.

¡Oh, abrid vuestros oídos ! Dios os habla ; la paz os espera. Desechad la amargura de vuestros corazones ; es el veneno de la serpiente. Mientras odiáis, Dios cierra sus ojos. Sois grandes en las sendas, en los consejos, en la guerra; sed ahora grandes en el perdón. Perdonad al ros­tro pálido que os ha robado las tierras. Entonces vendrá la paz. Si no perdonáis, la guerra continuara; perderéis las tierras y los hogares, para encontrar ignoradas tumbas bajo la hojarasca de las selvas. La venganza es dulce, pero no es sabia. El precio de la venganza es la sangre v la vida. Arrancadla de vuestros corazones. Amad a estos indios cristianos, amad a los misioneros que os aman a vosotros ; amad a todas las criaturas vivientes. La vida es breve, por lo tanto no luchéis más. Digamos juntos: “Hermanos”, ésta es la palabra de Dios, ésta es su Ley, éste es el Amor, éste es el Cristianismo. Si podéis decir de cora­zón «hermane», entonces sois cristianos.

»Hermanos, el predicador de rostro pálido os suplica. No penséis en esta guerra larga y cruenta, en vuestros muertos deshonrados, en vuestras tiendas silenciosas, en vuestras tumbas ignoradas, en vuestros hogares sin hijos. Pensad en lo por venir. Una palabra de vosotros llevará la paz a toda esta ancha tierra. El rostro pálido tiene que honrar al cristiano. No puede robar la tierra al cristiano. Todos los rostros pálidos, que son tantos como las estrellas del .Gran Camino Blanco, no se atreverían a invadir la Villa de la Paz. Porque aquí nos sonríe Dios. Escuchad sus palabras : «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, que yo os haré descansar. »

Sobre la multitud cerníase un silencio solemne e im­presionante. Luego, levantóse un anciano jefe de los de­lawares, con rostro profundamente pensativo, y se paseó lentamente ante el círculo de jefes. A poco se detuvo, se dirigió a los indios y habló

-Netawatwis está casi persuadido a ser cristiano.

Y se volvió a sentar. Siguió otro intervalo de pe­netrante inquietud. Por fin so levantó un jefe de aspecto venerable.

-Ojos Blancos escucha el trueno tonante en sus oídos. El humo se aparta de su mirada. Ojos Blancos es el jefe más anciano de los Lenni-Lenape. Sus días sen muchos, sus días están plenos, se acercan al atardecer de su vida. So alegra de que la sabiduría le llegue antes de quo se ponga su sol.

"Ojos Blancos creo en el joven padre blanco. Los ca­minos del Gran Espíritu son tantos como las hojas que vuelan, son extraños y secretos como el vuelo del somor­mujo; Ojos Blancos cree que los cazaderos felices del hombre rojo no necesitan ser olvidados para amar al Dios de los rostros pálidos. Lo mismo que un joven bravo está confuso y jadeante cuando pisa por primera vez la senda, así el guerrero anciano siento su comprensión do aquel dios: a :ciegas va tentando su camino por los barrancos oscuros.

»Ojos Blancos habla pocas palabras hoy, porque está aprendiendo sabiduría; suplica a su pueblo que atienda la voz del padre blanco. La guerra es mala, la paz es mejor.

El amor es el amino de la paz. El rostro pálido avanza un paso más hacia su Dios. Trabaja por su hogar, mantiene la paz, pide poco, libra a sus mujeres. Esto está bien. Ojos Blancos ha dicho.

El anciano jefe avanzó lentamente hacia los indios cris­tianos. Dejó aparte navaja y hacha y se quitó las plumas de águila y el penacho de guerra. Con la cabeza desnuda so sentó entre los conversos. Estos empezaron a entonar un cántico en voz baja y melodiosa.

El silencio que siguió a esto acto era muy significativo. Wingenund avanzó hacia el otero con paso lento y ma­jestuoso. Sus ojos oscuros destellaban desprecio, revelando la pasión que le embargaba.

-El oído de Wingenund es fino, ha oído caer una pluma en medio de una tempestad, ahora oye a un tordo su voz suave. Wingenund grita a su pueblo, a sus amigos,

a los jefes de las demás tribus : « ¡ No enterréis el hacha! » La lengua del padre blanco se desliza suave como las aguas del río; canta como canta el tordo cuando llama a su pareja. Escuchadle, pero ¡esperad, esperad! Que el tiempo pruebe su hermoso discurso; que las lunas pasen sobre la Villa de la Paz.

»Wingenund no hace ostentación de sabiduría. Se ha hecho anciano entre sus guerreros, los ama, teme :por ellos. El sueño del bello bosque del rostro pálido luce como el arco iris sobre la riente cascada del río. El sueño del ros­tro pálido es demasiado hermoso para que llegue a ser verdad.

"En días pasados, cuando los padres y les padres de los padres de Wingenund no oían el hacha del rostro pálido, vivían en amor y felicidad, como el joven padre blanco sueña. 'No hicieron guerra. Una paloma blanca se hallaba en todos sus hogares. Las tierras eran suyas y ellos eran ricos. Llegó el rostro pálido con su muerte de plomo, su agua de fuego, su hacha ruidosa, y la gloria del hombre rojo se desvaneció para siempre.

»Wingenund no desea inflamar el corazón de sus bra­vos a la furia. Está cansado del vertimiento do sangre, no por miedo, porque Wingenund no puedo sentir el miedo.

'Pero suplica a su pueblo que espere, que recuerde que los obsequios del rostro blanco siempre contenían una flecha envenenada. El corazón do Wingenund siente ya las som­bras grises del crepúsculo.

El jefe indio se detuvo un largo momento como si qui­siera reunir aliento para el ataque final. Luego, con un ademán magnífico, tronó.

-¿Es que el delaware es tonto? Cuando Wingenund pueda cruzar sin armas el camino hasta el Agua Grande, entonces cambiará de opinión. Cuando Viento de Muerte cese de imprimir su sangrienta senda sobre las hojas caídas, entonces Wingenund creerá.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   20

similar:

El espíritu de la frontera iconLas manifestaciones del espiritu I. El Primer Centro Abstracto 6...

El espíritu de la frontera iconLas manifestaciones del espiritu I. El Primer Centro Abstracto 6...

El espíritu de la frontera iconSinopsis: Drama que tiene como telón de fondo el malestar político...
«¡La frontera!», había dicho aquel hombre. ¿Pero cuál era aquella frontera, de la que no fijaba el límite ni la cúspide de una montaña,...

El espíritu de la frontera iconN owtilus Frontera

El espíritu de la frontera iconN owtilus Frontera

El espíritu de la frontera iconN owtilus Frontera

El espíritu de la frontera iconEl Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá...
«Ojalá que el espíritu navideño durara todo el año». ¿Por qué parece ser que la bondad y la compasión estuvieran ligadas al calendario?...

El espíritu de la frontera iconImágenes del Espíritu en el cine
«un instrumento sensibilísimo capaz de leer en el tiempo los signos que a veces pueden escapar a un observador apresurado». Nos alienta...

El espíritu de la frontera iconMontesilvés, frontera de Granada con Almería

El espíritu de la frontera iconLos dones del espíritu santo: consejo, piedad, fortaleza / els dons...
...






© 2015
contactos
l.exam-10.com