El espíritu de la frontera






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títuloEl espíritu de la frontera
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A la caída de la tarde reanudaron los viajeros su camino hacia el Oeste bajo la bóveda azul oscura del cielo con sus miríadas de rutilantes estrellas. Aún no se había apagado en sus oídos el recuerdo de las despedidas de sus nuevos amigos. Los contornos oscuros del fuerte perdiéronse en la oscuridad, dejándoles una sensación como si se hubiese ido un protector suyo... tal vez para siempre. Guardando absoluto silencio por orden de sus severos guías, que parecían haberse embarcado en una misión peligrosísima, los viajeros se hallaban recostados en las canoas, escuchando y pensando. El agua arremolinábase con suave gorgoteo en el aguaje de las rápidas canoas, pero también era éste el único sonido que oían. Los remos parecían sombras, por­que no producían ruido alguno, y cortaban el agua silen­ciosa y rápidamente. Así avanzaron las frágiles embarcacio­nes por las tinieblas, bajo las ramas de los sauces. Lenta­mente transcurrieron las horas, mientras los guías remaban incansablemente, como si sus músculos fuesen de acero­

Con el gris del alba vino el desembarque furtivo, el des­ayuno frío bajo el refugio de la espesura de sauces y el comienzo de un largo día de espera, ocultos, lejos de las agudas miradas de los vigías indios, al acogedor abrigo de la noche.

También transcurrieron por fin aquellas largas horas, hasta que las canoas fueron lanzadas nuevamente al agua, pero esta vez no en el ancho Ohio, sino en un río que no reflejaba el brillo de las estrellas, porque la corriente se deslizaba, quieta y sombría, bajo una bóveda de denso follaje.

Los viajeros no se atrevían a moverse, tan amenazadora había llegado a ser la actitud alerta de Wetzel y Zane, que hacían avanzar lenta y sigilosamente las pequeñas naves. El ruido de alguna rama que se rompía en alguna parte de la inescrutable oscuridad les hizo detenerse du­rante largos momentos. En cualquier instante, el silencio de la noche podía romperse con el horrible alarido de gue­rra de los pieles rojas. Los segundos estaban plenos de te­mores. ¡Qué maravilloso era el silencioso y seguro avanzar de aquellos guías por las negruras de las selvas! El instinto o sus ojos de lince les guiaban. Otra noche oscura se convirtió por fin en tardío amanecer, y cada una de sus horas inquietas significaba muchas millas recorridas.

Salió el sol cuando Wetzel llevó su canoa hacia la orilla, después de doblar un pronunciado meandro.

-¿Desembarcaremos aquí? -preguntó Jaime, viendo que Jonathan seguía con su canoa a la de Wetzel.

-La villa está cerca, después de doblar la vuelta que da el río aquí-contestó el guía-. Wetzel no puede ir allí, de modo que yo les llevaré a todos en mi canoa.

-No hay sitio para todos. Yo esperaré aquí -contestó Joe con calma.

Jaime advirtió su mirada, una mirada extraña v fija, y luego vio que clavaba los ojos en Nelly, a la que Joe siguió mirando hasta que la canoa desapareció al doblar el recodo del río.

Los viajeros hallábanse a la vista de inequívocos indicios de un pueblo indio. En las limpias orillas del río veíanse docenas de canoas hechas de abedul; un puente de troncos cruzaba la corriente y, por encima de la alta ribera, se veían los palos de las tiendas indias.

Cuando la canoa fondeó sobre la playa arenosa, un mu­chacho indio, que estaba jugando en la orilla, alzó la ca­beza y sonrió.

-Mira aquel chiquillo indio - exclamó Kate.

-¡Qué simpático es! -repuso Nelly.

El muchacho se acercó corriendo al sitio donde desembar­caron, con alegría y confianza en sus ojos negros. Excepto por los pantalones de piel de ante, iba desnudo y su sedosa piel brillaba dorada a la luz del sol. Era un chiquillo muy hermoso.

-Yo ser Benny, -dijo en inglés, alargando la manita hacia Nelly.

La acción era tan cariñosa y confiada como la de cual­quier chiquillo blanco. Jonathan Zane se quedó mirando con una luz curiosa en los ojos oscuros; el señor Wells y Jaime miraban como si no quisieran creer a sus ojos. Allí tenían, en un muchacho indio, la prueba irrefutable de que era posible domar y civilizar a los salvajes.

Con una exclamación de cariño, Nelly se inclinó y dio un beso al niño.

Jonathan Zane volvió a subir a la canoa con el propósito de ir en busca de Joe. La pequeña embarcación desapareció pronto por el recodo del río, pero no tardó en aparecer de nuevo. Sólo venía una persona; el guía que la gobernaba.

-¿Dónde está mi hermano? -preguntó Jaime, asom­brado.

-Se ha ido -repuso Zane con calma.

-¿Que se ha ido? ¿Qué quiere usted decir? ¿No se habrá equivocado de sitio?

-Los dos se han ido.

Nelly y Jaime se miraron, quedándose los dos muy pá­lidos.

-Vengan, les llevaré al pueblo -dijo Zane saliendo de la canoa, y todos advirtieron que no dejó las armas atrás.

-¿No puede usted decirnos lo que significa esa des­aparición? -preguntó Jaime con ansiedad.

-Sólo puedo decirle que se han ido, llevándose la canoa. Sé que Wetzel tenía la intención de marcharse, pero no creí que el muchacho lo haría también. Puede que haya ido con Wetzel y puede que haya ido salo -contestó el guía, taciturno, y no fue posible hacer que dijera más.

Dada la gran expectación que embargaba a Jaime acerca del pueblo indio, olvidó de momento la desaparición de su hermano, y cuando llegaron a lo alto de la ribera con­templó el panorama con gran ansiedad. Lo que vio era más imponente de lo que se había figurado. Se hallaba frente a un llano; en el centro del cual había un edificio bajo y ancho rodeado de cabañas de troncos, y éstas, a su vez, rodeadas por las tiendas indias. Circundando el pue­bla había árboles altos, copudos, que daban densa sombra. La colina era un hervidero de indios. Los que primero vieron a los viajeros empezaron a dar gritos y en seguida se acercaron una multitud de jóvenes, muchachas y chi­quillos, llenos de curiosidad.

Jonathan Zane se dirigió a una cabaña cerca del edificio grande y llamó a la puerta. A poco apareció en el umbral un hombre bajo, de pela blanco y hombros inclinados, en cuyo rostro arrugado se veía el inequívoco aspecto de benevolencia peculiar a la mayoría de los predicadores del Evangelio.

-Señor Zeisberger, le traigo a unos viajeros del Fuerte Henry - dijo Zane, indicando a los que había acompa­ñado, y luego, sin una palabra más, sin volverse, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda, atravesó el pueblo hacia el río.

Jaime recordó, al ver desaparecer al guía, que el coronel le había dicho que tanto Jonathan como Wetzel odiaban a los indios y que no podían verles siquiera. Sin duda alguna los largos años de guerra y de vertimiento de san­gre habían endurecido los sentimientos de aquellos dos formidables cazadores. Para ellos no había distinción: un piel roja era un piel roja y nada más.

-Señor Wells le doy la bienvenida a Villa de la Paz -exclamó el señor Zeisberger, estrechando la mano del anciano misionero-. Muchos han sido los años que no nos hemos visto, pero le recuerdo perfectamente.

-Yo también me acuerdo de usted y me siento feliz de haber llegado al fin aquí tras el largo y peligroso via­je -contestó el señor Wells -. He traído a mis sobrinas, Nelly y Kate, que eran aún muy pequeñas cuando usted salió de Williamsburg, y a este joven, Jaime Downs; pre­dicador, que desea tomar parte en nuestra tarea.

-¡Gloriosa tarea la nuestra! Bien venidas, señoritas, a nuestra pacífica aldea. Y a usted, joven, le saludo muy agradecido. Necesitamos aquí gente joven... Entren todos y compartan conmigo mi cabaña. Mandaré buscar en se­guida su equipaje. Vivo solo en esta cabaña, pero con un poco de trabajo y con la mano mágica que tiene la mujer en el adorno del hogar, creo que estaremos muy bien aquí.

El señor Zeisberger cedió' su propia habitación a las muchachas, asegurándoles con una sonrisa que era de las de más lujo de la aldea. La estancia contenía una silla, una mesa, y una cama con mantas indias y pieles de búfa­lo. Aunque las comodidades eran escasas, fueron debi­damente apreciadas por las muchachas que, cansadas del largo viaje, se acostaron en seguida.

-Yo no estoy cansado -dijo el señor Wells a su viejo amigo-. Quiero conocer todo el alcance de su trabajo, saber lo que ha hecho y lo que espera realizar todavía.

-Hemos tenido un éxito maravilloso, que ha llegado mucho más allá de lo que nos atrevíamos a soñar. Real­mente la bendición de Dios está con nosotros.

El misionero empezó a contar detalladamente los esfuer­zos de la misión morava entre las tribus occidentales. Tra­bajaban principalmente entre los delawares, una nación de pieles rojas nobles, inteligentes y muy susceptibles de escuchar el Evangelio. Entre los delawares orientales que vivían al otro lado de la montaña de Allegheny, los misio­neros habían logrado convertir a muchos. Y principalmente debido a las exploraciones que Federico Post hizo en el Oeste, la Iglesia decidió hacer el ensayo de enseñar tam­bién a los indios del Oeste la vida cristiana. Los primeros ensayos de convertir a los indios occidentales se realizaron en el Allegheny superior, donde muchos pieles rojas, in­cluso Alemewi, un jefe delawar ciega, aceptaron la nueva fe. La misión decidió, sin embargo, que lo mejor sería trasladarse aún más al Oeste, hacia él sitio donde los dela­wares habían emigrado y eran más numerosos.

En el mes de abril de 1770, diez años antes, dieciséis canoas llenas de indios conversos y misioneros bajaron por el río Allegheny hacia el Fuerte Pitt, continuando luego el viaje por el Ohio hasta el río Amarillo, que remontaron, adentrándose en aquella región selvática.

A orillas de un tributario del Murkingong, llamado el Tuscarwawas, fundaron la nueva colonia, corriendo la no­ticia de su fundación por toda la comarca. Pieles rojas de todas las tribus la visitaron. Jefes y guerreros, esposas y muchachas sintiéronse atraídos por la nueva doctrina de los indios conversos. Les asombró la enseñanza de los mi­sioneros. Muchos dudaron, algunos se convirtieron, pero todos escucharon atentos a los predicadores. Grande fue la agitación cuando el viejo Glickhican, uno de los jefes más inteligentes de la tribu Tortuga de los delawares, se con­virtió a la religión de los rostros pálidos.

En pocos años surgió en aquel punto un pueblo próspero y hermoso que recibió por nombre el de Villa de la Paz. Fueron los indios de las tribus guerreras los que le dieron este nombre. Las vastas extensiones del bosque eran ricas en toda suerte de caza; los profundos y rápidos ríos, abun­dantes en pesca. Con poco trabajo se podía obtener carne v trigo en abundancia y pieles de ante para trajes. Al prin­cipio sólo había unas cuantas tiendas ; después se erigió un edificio de troncos, que se empleó como templo; a con­tinuación se creó una escuela, un molino y un taller. Los campos verdes fueron cultivados y rodeados de cercas. Los caballos y el ganado vacuno pacían con el tímido ciervo en las llanuras herbosas.

Villa de la Paz floreció como una rosa; la noticia de la felicidad y del amor mutuo que reinaban en la comunidad corrieron de boca en boca, de aldea en aldea, con el re­sultado de que los curiosos salvajes venían desde todas partes para ver aquel puerto de la dicha. Los indios pacíficos, lo mismo que los hostiles, asombráronse ante el cam­bio que se había operado entre sus hermanos. La cama­radería y la industria de los conversos ejerció amplia y maravillosa influencia. Mucho más también las demás co­sas: los grandes campos de trigo, las colinas cubiertas de ganado vacuno y caballar, todas las pruebas de abundan­cia, que dieron a los visitantes la impresión de bienestar entre los cristianos. Bandas de indios nómadas, tanto si eran amigos como si eran enemigos, fueron tratados con hospitalidad y nunca se marcharon con las manos vacías. Se les instó para que tomasen parte en la abundancia y para que volviesen.

Un hecho de bastante importancia en la popularidad del pueblo era la campana de la iglesia. Los indios aman la música, y aquella campana les encantaba. En las noches quietas, los salvajes de las aldeas distantes podían oír las notas profundas y melodiosas de la campana que llamaba a los fieles al servicio religioso. El tono del bronce sonoro, tan extraño, tan dulce, tan solemne, que rompía la quietud de las selvas, obsesionaba a los salvajes como si fuese la llamada de una divinidad de las selvas.

-Ha llegado usted muy oportunamente-continuó el señor Zeisberger-. Edwards y Young están trabajando para establecer misiones en otras partes. Heckewelder está aquí ahora para lo mismo.

-¿Cuánto tiempo me costará aprender el idioma dela­war? -preguntó Jaime.

-Poco tiempo. Sin embargo, no le hace falta hablar ese idioma, porque tenemos excelentes intérpretes.

-En el Fuerte Pitt, lo mismo que en el Fuerte Henry, hemos oído hablar mucho de los peligros y de la inutilidad de nuestra empresa -continuó Jaime-. Los veteranos allí declaran que en cada palmo del camino había un ene­migo y que, aun en el caso probable de llegar sanos y salvos aquí, nos hallaríamos ante el obstáculo de la enemis­tad de tribus vengativas.

-Desde luego, tenemos por vecinos a muchos salvajes hostiles, pero no les tememos. Los invitamos a que vengan a vernos. Nuestra tarea consiste en convertir a los malos, en enseñarles a vivir una vida buena y útil. Estoy seguro de que tendremos éxito.

Jaime no pudo menos de contagiarse del entusiasmo de aquel predicador, de su inmutable creencia de que la pa­labra de Dios se abriría paso entre los salvajes; sin em­bargo, aunque no sintió temor alguno y se prometió tra­bajar ahincadamente, recordó con inquietud las adverten­cias del coronel Zane. Pensó en las grandes precauciones y en la eterna vigilancia de Jonathan y Wetzel, los que entre todos los hombres entendían mejor la astucia del piel roja. Concibió que fuese posible que aquellos buenos misioneros, enfrascados en la tarea de salvar las almas de aquellos hijos de las selvas, no pensasen en otra cosa que, en la enseñanza y no conociesen la naturaleza de los indios más allá de lo que necesitaban para su tarea. Si lo que los veteranos de las fronteras afirmaron era cierto, el celo de los predicado­res había cegado a éstos.

Jaime creía ver cada vez más claro el mejor método para enseñar a los salvajes. Había decidido proceder con lenti­tud, estudiar el carácter de los indios, no predicar una palabra de su religión hasta dominar su idioma, y así poder impresionar su sencilla mentalidad con la verdad. Quería explicarles el cristianismo con la misma claridad que ellos leían las huellas del venado sobre el musgo y la hojarasca del bosque y entendían los signos y señales de la Natu­raleza.

-¡Ah! Ya están ustedes aquí. Espero que hayan des­cansado bien -dijo el señor Zeisberger cuando, al final de su largo relato, Nelly y Kate aparecieron.

-Muchas gracias. En efecto, nos encontramos mucho mejor -contestó Kate.

Las muchachas estaban totalmente cambiadas por el bre­ve descanso y el cambio de trajes, y el anciano predicador no pudo ocultar su admiración.

-¡Caramba, caramba! Ahora sí que Edwards y Young me pedirán que les retenga aquí - exclamó mirando a Nelly y a Kate -. Vengan conmigo. Voy a enseñarles Villa de la Paz.

-¿Son cristianos todos esos indios? - preguntó de pron­to Jaime.

-No, señor. Los indios que usted ve aquí, aunque pa­cíficos, no son cristianos. Nuestros conversos trabajan siem­pre, sea en el campo, sea en los talleres. Venga; asómese a este local. Aquí es donde predicamos por las tardes v du­rante el tiempo malo. Cuando hace buen tiempo, predi­camos debajo de aquel bosquecillo de alisos.

Jaime y los otros se asomaron a la puerta del templo. Vieron un salón muy grande,-lleno de bancos, y en un ex­tremo una plataforma. Unas pocas ventanas daban luz a aquella inmensa sala.

-He aquí uno de nuestros talleres -dijo el señor Zeis­berger llevándoles a una cabaña-. Aquí confeccionamos escobas, arneses para los caballos, herramientas de agri­cultura, todas las cosas útiles que podemos hacer. Hasta tenemos una forja. Allí tienen ustedes un herrero indio.

El interior de la cabaña era escenario de ruidosa activi­dad. Había unos veinte indios trabajando con rostros gra­ves. En un rincón, un salvaje sostenía con tenazas un pe­dazo de hierro candente sobre el yunque y otro piel roja manejaba el martillo, haciendo saltar las chispas. En otro rincón había un círculo de indios jóvenes alrededor de un montón de hierba seca, confeccionando cestas. En un ban­co trabajaban tres carpinteros indios, cepillando y ase­rrando.

-¿Por qué llevan todos esos indios el cabello largo y lustroso, sin adorno?-preguntó Jaime, que era muy ob­servador.

-Porque son cristianos. Han prescindido de los adornos y peinados guerreros de su raza-contestó el señor Zeis­berger con inconsciente orgullo.

-No esperaba yo ver aquí un yunque de herrero. ¿De dónde han sacado ustedes las herramientas?

-Hemos tardado años en reunirlas. Algunas han venido por la vía fluvial, por el Ohio; otras, por tierra, desde Detroit. Ese yunque tiene historia. Estuvo durante años perdido en el bosque hasta que los pieles rojas lo encon­traron. Le llaman la piedra retumbante, y los indios vienen desde muy lejos para verlo y oírlo.

El misionero señaló luego los anchos campos de trigo, y las laderas llenas de vacas y caballos, y los establos con los chillones marranos, todo lo cual daba fe de la creciente prosperidad de Villa de la Paz.

De regreso a la cabaña, mientras los otros escuchaban o interrogaban al señor Zeisberger, Jaime estaba pensativo, recordando a su hermano.

Más tarde, cuando se paseó con Nelly por la orilla del' río, habló de Joe.

-Joe deseaba mucho cazar con Wetzel. Seguramente volverá cuando haya satisfecho sus locas ansias de aven­tura. ¿No le parece?

Jaime hablaba con gran ansiedad, casi con súplica, por­que dudaba de que su hermano volviese algún día y nece­sitaba que le animasen para no perder la esperanza.

-¡Nunca! -contestó Nelly solemnemente.

-¡Oh! ¿Por qué dice usted eso' -Porque le vi cómo le miraba, con ojos extraños. También me miró a mí así y aún siento el efecto de su intensa mirada. No, nunca volverá.

-Nelly, no diga usted que se marchó deliberadamente, porque... ¡Oh!, no puedo decirlo.

-No hay más motivo que el hecho de que las selvas le atraen más que el amor por usted o... por mí.

-No, no-respondió Jaime, palideciendo-. Usted no comprende. Él la amaba, yo lo sé; también me quería a mí. Él se ha marchado porque... no, no puedo decirlo.

-Jaime, yo confío en que me quiera-dijo Nelly, echán­dose a llorar-. Su frialdad, su indiferencia durante esos días me ha hecho mucho daño. Si es verdad que me quiere, como usted dice, me consolaré.

-Los dos tenemos razón: usted al decir que Joe no volverá, y yo que nos quería a los dos-dijo con tristeza Jaime ante la amarga certidumbre.

Mientras Nelly sollozaba y Jaime la contemplaba con ojos graves, sonaron de pronto en el crepúsculo las profun­das y melodiosas notas de la campana del templo. Tanto les emocionó y sorprendió aquella maravillosa melodía que rompió la quietud crepuscular, que los dos se quedaron mirándose. Luego, recordaron. Aquélla era la campana de la misión, que llamaba a los indios cristianos al servicio vespertino.
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