El espíritu de la frontera






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VIII

De modo que usted desea saber algo más de Wetzel? - preguntó el coronel a Joe cuando, dejando a Jaime y al señor Wells, los dos regresaron, a la cabaña.

-Sí, es un hombre que me interesa mucho -repuso, Joe.

-No es extraño... Conozco a Wetzel tal vez mejor que nadie, pero nunca hablo de él porque sé que no le gusta. Nació en Virginia y me parece que tiene unos cuarenta años, porque yo tengo pocos más y le conozco desde niño. Siendo un muchacho, era como todos nosotros, excepto que tenía más fuerza y mayor agilidad que nadie. Cuando tenía casi dieciocho años, urca banda de indios, creo que fueron delawares, cruzó la frontera en una incursión, adentrándose bastante en Virginia. Quemaron el hogar de los Wetzel y asesinaron al padre, a la madre, a dos hermanas y a un hermano suyos. Aquel golpe terrible casi mató a Lew, pues estaba muy enfermo. Cuando se repuso, se fue en busca de sus hermanos Martín y Juan Wetzel, que esta­ban cazando, y los llevo al lugar donde estaban las ruinas de su casa. Sobre las cenizas de su hogar y las tumbas de sus deudos, los hermanos juraron eterna venganza. Mar­tín y Juan se han dedicado durante los últimos veinte años. allá matanza de indios, pero Lew ha sido y es el gran ene­migo del piel roja. Ya ha tenido usted un ejemplo de sus hazañas, y tendrá ocasión de conocer otras. Su nombre es respetado en todas las casas de los colonizadores. Sus conocimientos de las costumbres y los métodos de los pieles rojas sobrepasan en mucho a los que pueden tener Boone, el comandante Mac-Colloch y mi hermano Jonathan.

-Entonces, la caza del indio es su única ocupación, ¿verdad?

-Sólo vive para eso. Raras veces permanece en la co­lonia. Algunas veces se queda aquí un día o dos, sobre todo cuando se le necesita; pero, generalmente, vaga por los horques.

-¿Qué quiso decir Jeff Lynn cuando dijo que la gente creé que Wetzel está loco?

-Hay muchos que creen que está loco, pero a mí me consta que no lo está. Cuando le acomete la furia de la caza del indio, es terrible; pero siempre está perfecta­mente en su sano juicio. Cuando está aquí, habla raras veces, si no se le habla a él, y con los desconocidos se muestra taciturno. Con frecuencia viene a mi cabaña y se queda sentado junto al hogar durante horas. Creo que le gusta charlar y reír con los amigos. Quiere mucho a los niños y por mi hermana Betty sería capaz de hacer cual­quier cosa.

-Su vida debe de ser muy solitaria y triste -observó Joe.

-La vida de todos los cazadores lo es, pero la de Wetzel más que la de ninguno.

-¿Cómo le llaman los indios?

-Le llaman Atelang, o sea Viento de la Muerte.

-¡Caramba! Eso es lo que le llamó Silvertip en francés: Le Vent de la Mort.

-Tiene usted razón. Un peletero francés le dio hace años ese apodo, que le ha quedado. Dicen los indios que

cuando Wetzel los persigue, sopla el viento de la muerte en el bosque.

-Coronel, no vaya a figurarse que yo sea supersticio­so -dijo Joe en voz baja y acercándose al coronel -, pe­ro... yo he oído ese viento en el bosque.

-¡Cómo! -exclamó el coronel Zane; pero vio que el joven hablaba en serio, pues el recuerdo de aquel terrible gemido le había hecho temblar muchas veces.

Joe contó las circunstancias de aquella noche, y, al final, el coronel se quedó pensativo.

-Pero usted no supone que haya podido ser Wetzel el que causó aquel gemido, ¿verdad que no? -preguntó al cabo de un rato de silencio.

-No, no lo supongo; pero, coronel, yo oí aquel gemido lo mismo que le oigo a usted ahora. Lo oí varias veces. ¿Qué podrá ser?

-Jonathan me dijo lo mismo una vez. Había salido con Wetzel a cazar y se separaron. Durante la noche Jonathan oyó aquel viento y al día siguiente encontró un indio muerto. Él cree que es Wetzel quien produce el ruido y también lo creen los demás cazadores. En cambio, yo estoy convencido de que es realmente el viento, que produce esa especie de gemido terrorífico. Yo lo he oído alguna vez y, la verdad, me ha dado escalofríos.

-Yo quise convencerme de que era el viento que sopla­ba entre los pinos, pero no lo logré. Sea lo que sea, conocí a Wetzel en cuanto le vi, tal como me dijo Jeff Lynn. Mató a aquellos indios en un instante; debe de tener músculos de hierro.

-Wetzel sobrepasa en fuerza y en velocidad a todos los hombres de la frontera, blancos y rojos. Jonathan es rá­pido como un piel roja, y, sin embargo, corriendo los dos, Wetzel le gana fácilmente. Tiene una fuerza colosal. Re­cuerdo que un día el carro de Bennet se quedó atascado en el torrente en un sitio de mucho fango; Bennet y otros trataron en vano de desatascar la rueda. Entonces llegó Wetzel, apartó a todos y sacó el carro sin ayuda de nadie. Podría contarle durante horas cosas suyas y no acabaría. No es extraño que los indios le teman. Es rápido como el águila, fuerte como el roble, astuto coma el zorro y no conoce el cansancio.

-¿Cuánto tiempo hace que está usted aquí, coronel?

-Más de doce años, que han sido muy duros.

-Temo haber llegado tarde para la aventura - observó Joe riendo.

-No lo crea. Aún tendremos otros doce años de agita­ción. Cuando yo llegué aquí estaba poseído por el mismo espíritu aventurero que veo en usted. En el ínterin. me he calmado. He visto muchos jóvenes osados acometidos por la fiebre de la frontera y morir. Le aconsejo que no se deje llevar por su impetuosidad, sino que aprenda de los cazadores todo lo que se necesita para sobrevivir en esta selvática región. Tal vez el mismo Wetzel pueda enseñarle lo que hace falta conocer. No quiero ocultarle que Lew me habló de usted en términos que no le oí hablar de nadie hasta ahora.

-¡Ah! ¿Sí?-exclamó Joe poniéndose rojo-. ¿Cree usted que me permitiría que le acompañase? ¿Podría pe­dírselo?

-No sea usted impaciente. Tal vez me sea posible arre­glar el asunto. Véngase ahora conmigo a la cabaña de Metzar, a quien quiero que conozca. Los muchachos han estado cortando troncos y acaban de llegar para comer. No les pregunte demasiado y en seguida simpatizarán con usted.

El coronel Zane presentó a Joe a cinco jóvenes fuertes y lo dejó en su compañía. Joe se sentó sobre un tronco fuera de la cabaña y examinó con tranquilidad a los cinco. Todos tenían el mismo aspecto: fuertes, sin ser pesados, rubios y de rostros bronceados. Ellos también le contem­plaron. A los que venían del Este siempre se les miraba con cierto recelo. Pero si habían supuesto que Joe iba a charlar mucho, se equivocaron.

-Buen tiempo estamos teniendo-dijo Metzar.

-Buen tiempo-convino Joe lacónicamente.

-¿Le gusta la vida de la frontera?

-Desde luego.

Después de romper así el hielo, sobrevino un silencio. Los jóvenes estaban haciendo turno junto a un banco de madera sobre el cual había un cubo de agua y una jo­faina.

-Me han dicho que usted ha estado en poder de los shawnis -observó otro joven, mientras se arremangaba.

Todos miraban a Joe. Era seguro que la opinión que les merecería aquel joven dependería bastante de la contesta­ción que daría a la pregunta.

-Sí, he sido cautivo tres días.

-¿Pegó usted a algún piel roja? - esta pregunta era artera, para sonsacar a Joe, porque, sobre todas las cosas, la gente de la frontera detestaba la fanfarronería, pero en este caso el ardid falló por completo.

-¡Ca! Me pasé el tiempo sin abrir la boca de miedo que tenía-contestó Joe sonriendo.

-¡Caramba! No se lo puedo reprochar -exclamó Metzar-. Yo pasé una vez por la misma aventura y no tengo ganas de repetirla.

Los jóvenes se echaron a reír y miraron a Joe con más simpatía. A pesar de que había dicho que pasó miedo, su actitud serena e indiferente desmintió sus palabras. En la voz clara y quieta de Joe, en sus ojos grises había algo que ejercía poderosa atracción sobre todos los que le tra­taban.

Mientras sus nuevos amigos se pusieron a comer, Joe se dirigió a la cabaña del coronel Zane y encontró a éste sentado a la puerta.

-¿Qué tal le ha ido con los muchachos? -preguntó el coronel.

-Muy bien, son muy, simpáticos. Oiga usted, coronel; me gustaría hablar con su guía indio.

El coronel llamó al guía, quien dejó su puesto y se acercó. Él coronel tuvo una breve conversación con él en su idioma y por fin señaló a Joe.

-¿Cómo está? Chóquela -dijo Tome alargando mano.

Joe le estrechó sonriendo la mano.

-Shawnis... ¿cogerle? -le preguntó el indio, quien sabía hacerse entender regularmente en inglés.

Joe asintió con un movimiento de cabeza y el coronel Zane volvió a hablar en shawni, explicando la causa de la enemistad de Silvertip.

-Jefe... shawnis... mal... indio... -observó Tome con seriedad -. Silvertip... loco... mucho loco... Coger rostro pálido... quitar cabellera... seguro.

Después de dar este aviso, el indio se volvió a su puesto cerca de la esquina de la cabaña.

-Pues este guía habla el inglés bastante bien; mucho mejor que el indio que habló el otro día conmigo.

-Algunos de los indios hablan nuestro idioma perfec­tamente - observó el coronel -. Si hubiese oído usted ha­blar a Logan, no habría notado diferencia alguna. Corn­planter hablaba también inglés, lo mismo que la mujer de mi hermano, una india de la tribu wyandot.

-¿Su hermano de usted se ha casado con una india? -preguntó Joe, sorprendido.

-Ya lo creo, y con una mujer muy guapa. Algún día le contaré la historia de Isaac. Ha sido cautivo de los hurones durante diez años. La hija del jefe se enamoró de él y le salvó de la muerte.

-¡Caramba! Me choca, y realmente no sé por qué. ¿Dónde está su hermano ahora?

-Vive con la tribu. Él y Myeerah, su mujer, están tra­bajando en favor de la paz. Nos hallamos ahora en rela­ciones más amistosas que nunca con los wyandot, o sea los hurones, como nosotros los llamamos.

-¿Quién es ese hombre alto que viene del fuerte? -preguntó al ver de pronto acercarse un formidable cazador.

-El comandante Mac Colloch. Ya lo ha visto usted an­tes. Es el hombre que saltó con su caballo desde aquel risco.

-Jonathan y él tienen el mismo aspecto y el mismo modo de andar-observó Joe contemplando al coronel-. Todos esos cazadores llevan el mismo traje de piel de ante; sin embargo, no es eso lo que hace que se parezcan esos dos. Lo que me llama la atención es su modo de andar, sus movimientos, sus gestos y ademanes, su desen­voltura, como en el caso de Wetzel.

-Ya sé lo que usted quiere decir. Los ojos llameantes, el porte derecho y el paso elástico, todo esto viene de la vida en los bosques. Es una vida muy agradable.

-Coronel, mi caballo está cojo -dijo el comandante Mac Colloch, saludando a Joe con una inclinación y una sonrisa.

-¿De modo que te vas a Short Creek? Puedes tomar uno de mis caballos, pero antes entra para que hablemos de tu expedición.

La tarde pasó sin acontecimientos para Joe. Su hermano y el señor Wells se hallaban enfrascados haciendo planes para su futura labor, y Nelly y Kate estaban descansando, de modo que el joven se vio obligado a distraerse como pudo en el fuerte.

IX

Joe se acostó aquella noche prometiéndose levantarse temprano a la mañana siguiente, porque le habían invitado a tomar parte en el levantamiento de una nueva cabaña, tarea que siempre era un acontecimiento en la vida de los colonizadores.

A la mañana siguiente se levantó, en efecto, temprano y se puso el traje de piel de ante que se había agenciado a cambio de sus trajes de paño. Nunca en su vida traje alguno habíale dado una impresión como aquel de piel de ante. Sentía ganas de saltar y brincar; la suave piel abri­gaba mucho y era fina como terciopelo de seda; el peso era tan ligero, los mocasines se ajustaban tan bien, que se vio obligado a dominarse para no brincar como jaca jugue­tona. La posesión de aquel equipo de piel de ante, el rifle y las demás cosas que comprara, señalaban el último paso de la sumisión de Joe a la fiebre de la frontera. Las silen­ciosas y sombrías cabañas, el misterio de los bosques, el aliento de aquella vida libre y selvática le embargaron por entero desde aquel momento.

Sin embargo, cuando se halló frente a sus amigos, se mostró sereno, y no reveló nada de la emoción que sentía. Nelly le contempló con timidez; Kate expresó su admi­ración bromeando; Jaime se burló de él, revelando al mis­mo tiempo el gran cariño que le inspiraba su hermano; sólo el coronel, que también cedió un día a las locas ansias de libertad, comprendió los sentimientos del joven y se sintió atraído hacia él. No dijo nada, pero le contempló con ojos de mirada bondadosa. En su larga vida en la fron­tera había visto sucumbir a muchos jóvenes temerarios, pero siempre le causaba tristeza. ¡Cuántos jóvenes, su hermano entre ellos, descansaban bajo la alfombra fragante de los bosques en su último sueño terrenal!

El levantamiento de la nueva cabaña hizo salir a todos: las mujeres para mirar y charlar, mientras jugaban los niños; los hombres para doblar las espaldas, para mover los pesados troncos. Se celebraba el levantamiento de una ca­baña como un suceso notable, que ocupaba un lugar des­collante entre la breve lista de diversiones de los coloni­zadores.

Joe contempló aquel trabajo con el mismo placer y la misma sorpresa que sentía por todo lo relacionado con la vida en la frontera.

Para .él, la erección de aquellos troncos le parecía durí­sima labor. Sin embargo, se veía claramente que aquellos hombres curtidos, aquellas mujeres, que sólo hablaban en voz baja, daban al trabajo una significación distinta, más importante que el mero hecho de construir una cabaña. Al cabo de un rato, Joe iba comprendiendo la significación de la escena. Un espíritu de unión, el espíritu del colonizador, les convertía a todos en una gran familia. Aquélla era una nueva cabaña, un nuevo hogar, otro paso hacia la conquista de las selvas, en holocausto de la cual esos hombres y mu­jeres valientes sacrificaban sus vidas. En las miradas alegres de los niños, que batían palmas cada vez que se colocaba un tronco, Joe vio el progreso, la marcha de la civili­zación.

-Siento que nos deje usted esta noche -dijo el co­ronel Zane a Joe cuando el joven se dirigió al sitio desde el cual con su mujer y su hermana contemplaban el tra­bajo-. Jonathan me dice que está todo dispuesto para emprender el viaje a la puesta del sol.

-¿Es que viajamos de noche?

-Ya lo creo. Hay pieles rojas en todas partes del río, y de noche es más fácil burlar la vigilancia. Creo que con Jonathan y Lew irán ustedes seguros. El proyecto es remar a lo largo de la costa sur del río toda la noche, hasta un sitio llamado Punta de Girty, donde permanecerán ocultos durante el día. De allí subirán por el río Amarillo. Luego irán hasta la desembocadura del Tuscarwawas. Otra noche de viaje les llevará a Villa de la Paz.

Jaime y el señor Wells, con sus sobrinas, se unieron al grupo para ver la colocación de los últimos troncos.

-Coronel Zane, me encanta la escena -dijo el joven predicador con rostro grave-, está llena de vida. Nunca he visto tan buena voluntad entre los hombres. Fíjese en aquel gigante de los brazos musculosos sobre el tronco, allá arriba. ¡Cómo silba mientras maneja el hacha! Señor Wells, ¿no le gusta también?

-Los colonizadores han de ser hermanos a causa del aislamiento y de los peligros en que viven. Ser hermanos

significa amarse, y amarse, significa amar a Dios. Y lo que yo quisiera es ver esos mismos hermosos sentimientos entre los indios.

-Yo lo he visto - observó el coronel Zane -. Cuando llegué aquí hace doce años, los pieles rojas eran pacíficos. Si los colonizadores hubiesen pagado por la tierra, como yo pagué a Cornplanter, nunca habría habido guerra en la frontera. No lo hicieron así, sino que se apoderaron sin más ni más de todo el terreno que se les antojaba. La conse­cuencia fue que los indios se rebelaron; criminales como Girty atizaron el descontento y la frontera se convirtió en escenario de cruentas luchas.

-¿Han logrado algo las misiones de los jesuitas entre las tribus guerreras?-preguntó Jaime.

-No, porque se han limitado a otras regiones más al Norte y no han venido aquí. Los hurones, los delawares, los shawnis y otras tribus del Oeste han sido desmorali­zadas por el ron de los traficantes franceses, y Girty y sus renegados han concluído de fomentar el odio. La labor de ustedes en Gnudenhutten, en medio de las tribus hostiles, es una empresa muy aventurada.

-Mi vida está en la mano de Dios -murmuró el an­ciano sacerdote, cuya fe era imperturbable.

-Jaime, me parece que tú harías mejor impresión so­bre esas salvajes de los que' nos habla el coronel Zane si llevases un traje como el mío, acompañado de una navaja y un hacha -dijo Joe alegremente-. Entonces, si no les puedes convertir, les puedes arrancar las cabelleras.

-Bien, bien, tengamos confianza - dijo el coronel, cuando se calmó la hilaridad causada por las palabras de Joe-. Ahora nos iremos a comer. Vénganse todos. Jona­than, tráete a Wetzel. Betty, haz tú que venga si puedes.

Mientras el grupo avanzaba lentamente hacia la cabaña del coronel, Jaime y Nelly iban juntos. No habían hablado desde la tarde anterior cuando Jaime la besó. Sin atreverse a mirarse y sin saber qué decir, caminaban en silencio.

-¿Verdad que Joe está magnífico con su traje de ca­zador? -preguntó Jaime por fin.

-No me había dado cuenta. En efecto, le está muy bien-contestó Nelly con fingida indiferencia.

-¿Está usted enojada conmigo? -De ninguna manera.

Jaime, era siempre sincero y franco en sus relaciones

con las mujeres. No tenía nada de la facilidad de habla de su hermano, ni la confianza, ni la osadía, ni la comprensión de los caprichos y humores de las mujeres.

-Pero, dígame, ¿está usted enojada conmigo? -preguntó Jaime por segunda vez en voz baja.

Nelly se puso encarnada, pero no levantó los ojos.

-Cometí una cosa imperdonable -continuo Jaime, va­cilante-. No sé por qué me aproveché del error de usted. Si usted no hubiese levantado la cara... No, no, no quiero decir eso; desde luego usted no hizo eso. El caso es que no pude evitarlo. Me siento culpable. No he podido pen­sar en otra cosa. Siento en mí algo maravilloso desde...

-¿Qué ha dicho Joe de mí? -preguntó Nelly con ojos llameantes.

-¿De usted? Nada -repuso Jaime-. Yo le reproché acerca de... lo que considero una injusticia hacia usted. Joe nunca se ha preocupado mucho de los sentimientos de las señoritas, y yo creí... bien, el asunto no era de mi incumbencia. Me dijo que la quería a usted sinceramente, pero que usted le había enseñado lo indigno que es él para una mujer buena. En esto se equivoca. Joe es temerario y atrevido, pero tiene un :corazón de oro. Realmente, es un diamante en bruto. Ahora mismo se halla poseído por el ansia de cazar indios y vagar por los bosques, pero, con el tiempo, se calmará. Quisiera poderle decir a usted lo mucho que ha hecho por mí; cuánto le quiero, lo bien que le conozco. Sé que puede ser digno de cualquier mujer. No tardará en sosegarse, en perder ese espíritu fiera y alocado, v entonces... ¿querrá usted ayudarle?

-Lo haré si él me deja -contestó dulcemente Nelly, atraída de modo irresistible por aquella voz grave y apa­sionada en la que vibraba el amor.
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