El espíritu de la frontera






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VII
Joe advirtió que el pesado letargo se alejaba de él como si le quitasen una manta; se le despejó la mirada y vio los árboles y la oscuridad del bosque; lentamente se dio cuenta de su situación.

Era prisionero, yacía, sin poder moverse, entre sus cap­tores, que dormían. Silvertip y el centinela habían huído atemorizados por el gemido terrorífico que, según ellos, sonaba a la hora de la muerte. Y Joe creyó que, de haber estado libre también, hubiese huído. ¿Qué era lo que po­día haber causado aquel sonido? Al recordarlo, luchó con­tra los escalofríos que le acometían de nuevo. Estaba des­pierto, tenía la mente despejada y no quería volver a perder el conocimiento. Se dijo que no podía haber nada sobrenatural en aquel gemido que había surgido de las profundidades del bosque.

Sin embargo, a pesar de todo, no podía dominar el pá­nico. Aquel grito emocionante le obsesionaba. La huída de un centinela indio y de un jefe astuto, de gran expe­riencia, no podía tomarse a la ligera. Aquellos salvajes estaban familiarizados con las selvas desde la infancia; se hallaban acostumbrados a conocer los peligros y a luchar siempre; por lo tanto, no era posible que huyesen sin excelentes razones.

Joe se dio cuenta de que algo se movía debajo de aque­llos árboles oscuros. No tenía idea de lo que podía ser. Podía tratarse lo mismo del viento de la noche que de algún animal de rapiña o de un salvaje, enemigo de aquellos indios y acaso más salvaje que ellos. El gorjeo de un pájaro interrumpió la quietud. La noche cedía a la mañana. Alegrándose de la luz que iba a despejar las tinieblas, Joe alzó la cabeza con un gran suspiro de alivio. Al hacerlo vio que las ramas de un arbusto se movían y, luego, que una sombra se hundía en el suelo. Había visto un objeto más claro que los árboles, más oscuro que el fondo gris. De nuevo se sintió emocionado por la extraña sensación de la proximidad de algún ser sobrenatural.

Transcurrieron largos segundos, que se le antojaron ho­ras. vio que el alto helecho tembló ligeramente. Tal vez lo había movido una liebre o una culebra. Moviéronse otros helechos, tal vez al impulso de una suave brisa. No, aquella línea de helechos no se movía, se dirigía sobre él; no podía ser el viento; señalaban el curso de algo que avanzaba silenciosamente, acaso una pantera.

Joe abrió la boca para despertar a sus captores, pero no pudo articular palabra; le pareció como si el corazón se le hubiese paralizado. A veinte pies, abriéronse los helechos, revelando un rostro blanco, brillante, con ojos de fuego. Lentamente surgió la figura de un hombre muy alto y de poderoso porte. Con increíble ligereza y silencio avanzó y se inclinó sobre los indios durmientes. Una, dos, tres veces brilló el acero. Uno de los indios se estremeció, otro dio un pequeño sollozo y el tercero movió dos dedos... Así pasaron de la vida a la muerte.

-¡Wetzel! -exclamó Joe.

-En persona -repuso el libertador con voz serena y profunda, y al ver que Joe tenía sangre en la cabeza le preguntó-: ¿Podrá levantarse?

-No estoy herido-le contestó el joven poniéndose en pie cuando el cazador le hubo cortado las ligaduras. -Son hermanos, ¿verdad?-preguntó Wetzel al incli­narse sobre Jaime.

-Sí, somos hermanos. ¡Despiértate, Jaime! ¡Estamos salvados!

-¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué pasa? -exclamó Jaime incor­porándose y mirando a Wetzel.

-Jaime, este hombre nos ha salvado. Fíjate, Jaime, los indios están muertos. Nuestro salvador es Wetzel. Como recordarás, Jeff Lynn me dijo que yo lo conocería si le viese, y...

-¿Qué le ha pasado a Jeff ?-le interrumpió Wetzel.

-Lynn estaba en la primera balsa, y suponemos que debe de haber llegado sano y salvo al Fuerte Henry. A nosotros nos mataron el almadiero y nos cogieron prisio­neros.

-¿Es que el shawni tiene algo contra usted, muchacho?

-Me parece que sí. Le gasté una broma. Le cogí la camisa y se la puse a otro.

-Para el caso, lo mismo hubiera sido darle un punta­pié. Le ofendió usted gravemente. Y contra usted, ¿qué tiene?

-No sé - respondió Jaime -. Tal vez no le gustó mi manera de hablar. Soy predicador y he venido al Oeste para enseñar el Evangelio a los indios.

-Éstos de aquí ahora son buenos indios-dijo Wetzel, señalando a los tres muertos.

-¿Cómo nos ha descubierto usted? - preguntó Joe con avidez.

-Hace dos días crucé sus huellas.

-¿Y nos ha seguido?

El cazador asintió.

-¿Ha visto usted a otra banda de indios? Entre ellos había un jefe alto y Jim Girty.

-Me han estado persiguiendo durante algunos días. Yo les seguí a ustedes, cuando Silvertip habló con Girty y los delawares. El gran jefe era Wingenund. Yo le vi a usted cuando apretó la nariz a ese Girty. Cuando los delawares se marcharon, solté el perro y el caballo, y con­tinué siguiendo la pista.

- ¿Dónde estarán los delawares ahora?

-Supongo que siguiéndome la pista. Hemos de mar­charnos en seguida. Silvertip volverá pronto con refuerzos.

Joe quiso preguntar al cazador acerca del gemido que había asustado a los pieles rojas, pero, a pesar de su curio­sidad, se dominó.

-Girty por poco le mata - observó Wetzel examinando la herida de Joe -. Está de un humor de mil diablos. Hace pocos días le dieron un solemne puntapié y ahora usted le ha desollado la nariz. Alguien sufrirá las conse­cuencias... Bueno, muchachos, cojan sus rifles y vámonos al fuerte.

Joe se estremeció al inclinarse sobre uno de los indios para quitarle la bolsa de pólvora y las balas. Nunca había visto a un indio muerto v aquellas facciones inanimadas y los ojos en blanco le daban miedo. Volvió a estremecerse cuando observó que el cazador quitaba las cabelleras de sus víctimas. Y tembló por tercera vez cuando vio que Wetzel cogía la hermosa pluma blanca de águila de Sil­vertip, la mojó en un charco de sangre y la clavó en la corteza del árbol. Aquella pluma larga y sangrante era un mensaje de muerte. Había sido el orgullo de Silvertip; ahora era para él un reto y una amenaza.

-¡Síganme! -dijo Wetzel, y echó a andar, adentrán­dose en el bosque.
Un poco después de salir la aurora, a los dos días de ­la liberación de los hermanos Downs, el cazador traspuso una espesura de alisos y dijo:

-Allí está el Fuerte Henry.

Los dos jóvenes se hallaban en la cima de una montaña desde la cual el terreno bajaba lentamente, interrumpido por suaves colinas y valles, para terminar en una llanura verde y volver a elevarse abruptamente hacia una cima más alta que el pico en que ellos se hallaban. El ancho Ohio, rutilante a los primeros rayos de sol, se hallaba al pie de aquella montaña.

Sobre el disco que dominaba el río, debajo de la cresta del monte, estaba el fuerte de la frontera, que, a pesar de la distancia, se veía claramente. Tratábase de un edificio bajo rodeado por una empalizada alta, y sin embargo, su aspecto no era digno de su fama. Aquellas troneras for­midables, las paredes y troncos ennegrecidos, contaban la historia de diez años de luchas cruentas. El efecto que daba el fuerte era el de una amenaza, como si enviase un reto a las selvas y estuviese decidido a proteger las cabañas de troncos que se agrupaban en la ladera.

-¿Cómo vamos a arreglarnos para cruzar ese río tan ancho? -preguntó Jaime con sentido práctico.

-Vadeándolo a nado-contestó el cazador, y echó a andar cuesta abajo.

Al cabo de una hora llegaron los tres al río. Wetzel guardó su rifle en una espesura de sauces, indicó a los jóvenes que hiciesen lo mismo con los suyos y se metió en el agua. Jaime y Joe le siguieron; así vadearon una distancia de cien metros, con lo que llegaron cerca de la isla que les ocultaba la vista del fuerte. El cazador reco­rrió a nado el último trecho y, subiéndose a la orilla, se volvió a ver a sus jóvenes compañeros. Estos le seguían de cerca. Después cruzaron la isla, que tenía unos cuatro­cientos metros de ancho.

-Ahora nos toca nadar mayor distancia -dijo Wetzel señalando el brazo principal del río-. ¿Se atreverán?

-preguntó a Joe, puesto que Jaime no había sufrido he­rida alguna durante el breve cautiverio y, por lo tanto, tenía mayor resistencia.

-Con eso y con mucho más-respondió Joe con su característica serenidad, que el cazador había advertido pronto.

Wetzel contempló atentamente el rostro macilento del joven, la sien herida y el pelo lleno de sangre. Aquella mirada le dijo todo lo que deseaba saber. Si Joe hubiese podido conocer el resultado de aquel escrutinio, se hubie­se sentido satisfecho y confuso al mismo tiempo, porque el cazador se dijo: «Un muchacho valiente, a quien ha acometido la fiebre de la frontera."

-Síganme de cerca - dijo Wetzel, y se metió en el río.

La tarea fue realizada sin accidente alguno y juntos subieron a la orilla.

-¿Ven ustedes aquella gran cabaña en la ladera? El que está en la puerta es el coronel Zane.

Cuando se acercaron al edificio, varios hombres se jun­taron al coronel y se veía que hablaban de los dos jóve­nes. Poco después, el coronel Zane dejó el grupo y se fue al encuentro de los dos hermanos, quienes se hallaron ante un hombre apuesto, en la plenitud de su vigor.

-¡Bien venido, Lew! ¿Has tenido suerte? -dijo di­rigiéndose a Wetzel.

-No mucha. He despachado a cinco indios, y dos se me han, escapado -repuso el cazador encaminándose ha­cia el fuerte.

-Bien venidos al Fuerte Henry-dijo el coronel Zane sonriendo a los dos hermanos-. Los otros han llegado sanos y salvos, y de seguro que se alegrarán mucho de ver­les a ustedes.

-Coronel, tenía una carta de mi tío para usted -con-testó Jaime-, pero los indios me la han quitado con las demás cosas.

-No importa. Yo conocía a su tío y también a su padre. Véngase a mi casa para cambiarse la ropa mojada. Usted, muchacho, tiene una herida fea en la cabeza. ¿Quién se la ha hecho?

-Jim Girty.

-¿Cómo? -exclamó el coronel.

-Sí, Jim Girty me la hizo con el hacha. Estaba la compañía de unos delawares con los que nos encontra­mos. Iban persiguiendo a Wetzel.

-¿Conque Girty está con los delawares? Mala noticia es ésa. Algo prepara ese renegado. ¿Y ha dicho usted que iban persiguiendo a Wetzel? He de enterarme de lo que pasa. No me gusta eso. Pero, dígame, ¿por qué lo ha herido Girty?

-Porque le desollé la nariz.

-¡Caramba! ¡Muy bien! -exclamó el coronel Zane, muy satisfecho- ¡Vive Dios, buena hazaña! Dígame... pero, no, espere hasta que se haya cambiado de ropa. El resto de su equipaje ha venido con la balsa de Jeff y en­contrará usted sus cosas ahí dentro.

Mientras Joe iba tras el coronel, oyó decir a uno de los hombres

-Como dos gotas de agua.

Más abajo vio a un piel roja de pie, un poco alejado de los demás. Al percibir la leve exclamación de sorpresa del joven, el indio se volvió y Joe vio un rostro viril, apuesto, caracterizado por una serena dignidad. El piel roja adivinó el pensamiento del joven.

-¡Uf! Ser amigo-dijo en inglés.

-Ése es Tomepomehala, un shawni, mi guía. Es una excelente persona, a pesar de que Jonathan y Wetzel afir­man que los únicos indios buenos son los muertos. Entren, entren, allí está su equipaje y afuera encontrarán agua.

El coronel Zane llevó a los dos hermanos a una habita­ción pequeña, les entregó su equipaje y se marchó, para volver poco después con un par de buenas toallas.

-Ahora arréglense un poco y luego conocerán a mi familia. Deseamos que nos cuenten sus aventuras. Para entonces ya estará también la comida.

-¡Caramba! ¿No te recuerda esa toalla nuestra casa? -exclamó Joe, cuando el coronel se hubo marchado-. Por lo que se ve, el coronel no se priva de nada en esta región selvática. A mí me ha sido muy simpático.

Los jóvenes alegráronse de poder cambiarse de ropa, después de lavarse, afeitarse y vestirse, presentaban un aspecto totalmente distinto. De nuevo eran hermanos ge­melos de pies a cabeza. Peinándose el pelo de modo que cayera sobre la frente, Joe logró taparse la herida.

-Me parece que he visto aquí a una muchacha encan­tadora -observó Joe.

-Bueno, ¿y qué?-preguntó Jaime con severidad.

-Pues nada. Oye, tú, ¿no puedo admirar a una mu­chacha guapa si se me antoja?

-No, Joe, no puedes hacer eso. ¿Es que no te en­mendarás nunca? Me parece que pensando en la señorita Wells...

-Escúchame, Jaime; para Nelly no soy nada... yo, yo no soy digno de ella.

-¡Vuélvete y mírame! -ordenó Jaime severamente. Joe se volvió y miró a su hermano.

-¿Es que tú has estado jugando con ella, como con tantas otras? Dímelo; sé que tú no mientes.

-No.

-Entonces, ¿qué significa tu actitud?

-Nada, Jaime, excepto que no me considero digno de ella. Tú bien sabes que en mí no hay nada bueno. Nelly debería casarse con un hombre... como tú.

-¡Qué absurdo! Vergüenza debería darte...

-No te preocupes por mí. Dime, ¿no la admiras tú?

-Sí... claro -balbuceó Jaime poniéndose rojo ante aquella pregunta-. ¿Quién no la admira?

-Ya me lo figuraba. Sé que ella te admira por las cua­lidades que a mí me faltan. Nelly es como una enredadera tierna, que busca apoyo en algo fuerte. Me quiere, pero su cariño es como la tendencia de la enredadera. Puede que le haga un poco daño arrancarse este amor, pero no se morirá por eso, y, al final, será mejor para ella. Tú ne­cesitas una buena esposa. ¿Qué haría yo con una mujer? Ve y conquístala, Jaime.

-Joe, tú vuelves a sacrificarte por mí -exclamó Jaime completamente pálido-. Te haces daño a ti mismo y a ella. Te digo...

-Basta -le interrumpió Joe con energía-. General­mente ejerces influencia sobre mí, pero esta vez no logra­rías nada. Yo te digo que Nelly caerá en tus brazos sin poderlo remediar. No le hará ningún daño y será mejor para ella. Recuerda que puede ser tuya si quieres con­quistarla.

-Pero tú no dices si eso te hará daño a ti -murmuró Jaime.

-Vamos, que el coronel Zane nos espera-dijo Joe abriendo la puerta.

Salieron al pasillo, que daba sobre el patio, lo mismo que la habitación mayor por la que el coronel Zane les había conducido antes. Cuando Jaime, que iba delante, en­tró en aquella habitación, penetró en ella una muchacha desde el patio. Era Nelly y se dirigía sin vacilación hacia él. Tenía el rostro arrebolado y los ojos le brillaban ale­gres.

-¡Oh, Joe! -fue todo lo que dijo muy bajito, pero la felicidad que había en aquellas palabras no podía ha­berse expresado mejor con un largo discurso. Al mismo tiempo alzó el rostro hacia él.

Todo sucedió con la velocidad del pensamiento. Jaime vio aquel rostro radiante, las manos alargadas y oyó las dulces palabras. Sabía que ella acababa de equivocarse de nuevo tomándole por loe, pero aunque hubiese depen­dido de ello su vida, no hubiera podido echar atrás la cabeza. La besó y al estremecerse ante la dulce caricia, se puso encarnado de vergüenza por el engaño.

-Usted ha vuelto a equivocarse... Soy Jaime -dijo en voz baja.

Durante un momento los dos quedaron mirándose, dán­dose gradualmente cuenta de lo que había sucedido, sin­tiendo al mismo tiempo una dulce y tentadora emoción. De pronto, percibieron la alegre voz del coronel Zane.

-¡Ah, aquí está Nelly v el hermano de usted! Ahora, díganme ustedes dos quién es Jaime y quién es Joe.

-Ése es Jaime y yo soy Joe -contestó éste. Al parecer no reparó en su hermano y saludó a la muchacha de modo natural y con gran efusión.

Joe se vio pronto rodeado por mucha gente que le feli­citaba, entre ellos la señora Zane, Silas Zane y el coman­dante Mac Colloch. De pronto se vio frente a la muchacha más hermosa que había visto en su vida.

-Mi hermana, la señora Clarke, antes Betty Zane heroína del Fuerte Henry - dijo el coronel Zane con orgullo rodeando a la esbelta mujer con el brazo.

-De nuevo arrostraría el peligro de los pieles rojas y las selvas por este placer-contestó Joe galantemente, inclinándose sobre la manita que ella le brindó con cor­dialidad.

-Bess, ¿está lista la comida? - preguntó el coronel a su mujer, y al ver que ésta asentía con un movimiento de cabeza, llevó a los invitados a la habitación contigua -. Sé que ustedes dos deben tener mucho apetito.

Durante la comida, el coronel interrogó a sus invitados acerca del viaje y del trato que habían recibido de manos de los pieles rojas. Sonrió con benevolencia al ver la serie­dad con que habló el joven predicador acerca de la con­versión de los indios y se echó a reír cuando Joe le confesó que «había venido a la frontera porque en casa había demasiada tranquilidad".

-Estoy seguro de que pronto verá usted satisfecho su deseo de vivir una vida más animada-observó el coro­nel-. Pero en cuanto a la realización de las esperanzas de su hermano, no soy tan optimista. No cabe duda que los misioneros moravos han hecho maravillas con los indios. No hace mucho visité la Villa de la Paz, nombre indio de Gnadenhutten, y me llamó la atención la paz y tran­quilidad, a la vez que la actividad, que reinaban allí. Era en realidad una verdadera villa de paz. Sin embargo, creo que es demasiado temprano para que el éxito pueda ser permanente. La naturaleza y el carácter de los indios son difíciles de comprender. Por naturaleza son inquietos, de­bido tal vez a su costumbre de cambiar frecuentemente de lugar de vivienda en busca de buenos cazaderos. Yo creo, aunque confieso que no conozco a nadie de entre los colonizadores que comparta mi opinión, que el salvaje tiene algo muy hermoso en su carácter. Conozco de ellos muchas hazañas nobles, y creo que, si se les tratase con honradez, devolverían el bien por el bien. Desde luego, hay entre ellos gente mala, pero esos peleteros franceses y hombres como los Girty son responsables de muchos de sus actos criminales. Jonathan y Wetzel me dicen que los shawnis y los chippewas han tomado nuevamente el sendero de la guerra. Alarmante es que los Girty se hallen entre los de­lawares. Últimamente hemos tenido aquí una época de re­lativa tranquilidad. ¿Saben ustedes a qué tribu pertenecen sus captores? ¿Les dijo algo Wetzel?

-No dijo nada. Habló muy poco, pero en cambio estuvo muy activo-contestó Joe sonriendo.

-Haber visto a Wetzel luchar con los pieles rojas es algo que no se olvida fácilmente - observó el coronel Zane -. Pero, díganme, ¿cómo llevaban aquellos indios el pelo?

-Tenían la cabeza afeitada, excepto en la parte central, donde tenían el pelo arrollado en forma de moño, en el cual llevaban clavados un par de pasadores pintados. Cuan­do Wetzel les quitó las cabelleras, los pasadores cayeron al suelo. Recogí uno y vi que era de hueso.

-Según veo, usted se va a convertir en un excelente cazador -contestó el coronel- Esos indios eran shawnis en pie de guerra. Bueno, no vale la pena preocuparse demasiado pronto nos enteraremos de lo que pasa. El se­ñor Wells parece que desea reanudar inmediatamente el viaje río abajo, pero trataré de convencerle para que se quede algunos días más aquí. Yo quisiera que se quedasen ustedes todos aquí en el fuerte, sobre todo las muchachas. No me gusta asustarles, pero me parece que van a sufrir bastante.

-Espero que no, aunque venimos preparadas para to­do - dijo Kate sonriendo serena -. Hemos vivido siem­pre con el tío y cuando nos anunció su intención de venir aquí, comprendimos que nuestro deber era acompañarle.

-Han hecho ustedes muy bien y confío en que encon­trarán en la selva un hogar feliz. Si la vida entre los indios les resultase demasiado dura, aquí siempre serán bien re­cibidas. Betty, enséñales ahora a las muchachas tus favo­ritos y tus trabajos indios. Voy a llevar a los dos hermanos a la cabaña de Silas para que saluden al señor Wells y luego les enseñaré el fuerte.

Al salir de la cabaña, Joe vio al guía indio de pie en la misma posición de antes.

-¿Es que ese piel roja no puede moverse? -preguntó curioso.

-Recorre cien millas en un día cuando quiere -con­testó el coronel-. Ahora está descansando. Los indios con frecuencia suelen estar sin moverse, derechos o sentados, durante horas.

-Es un hombre simpático - observó Joe -; pero no me gusta. Desconfío de los indios.

-Usted querrá a Tome, como le llamamos, como todos nosotros.

-Coronel, quisiera lumbre. Desde el día en que nos capturaron no he fumado. Aquel maldito salvaje me quitó el tabaco. Suerte que me quedaba más en el otro paquete. Me gustaría volverlo a encontrar, lo mismo que a Silvertip y a ese animal de Girty.

-Muchacho, no lo desee. Suerte ha tenido usted de escaparse. Comprendo muy bien sus sentimientos. Nada me gustaría tanto como tener a Girty al alcance de mi rifle, pero nunca me meto en el peligro, porque buscar a Girty es jugar con la muerte.

-Pero Wetzel...

-¡Ah, muchacho! Yo sé que Wetzel va solo a los bos­ques, pero es un hombre completamente distinto a los de­más. Antes de que se vaya usted de aquí le hablaré de él.

El coronel Zane se dirigió a un rincón tras la cabaña y volvió con una ascua sobre un tronco de madera, que Joe colocó en la taza de la pipa, y a causa del viento se acercó a la pared de la cabaña. Siendo muy observador, vio mu­chos agujeros pequeños y redondos en los troncos. Tan cerca estaban el uno del otro, que la madera tenía un as­pecto extraño. Al principio pensó que aquellos agujeros serían debidos a algún gusano o a algún pájaro peculiar de la región, pero por fin se dijo que eran causados por impactos de balas. Metió la punta de su navaja en uno y sacó un trozo de plomo.

-Me hubiera gustado estar aquí cuando hicieron esos agujeros -exclamó.

-¡Ah!, ¿sí? Pues yo en aquel tiempo estaba deseando estar muy lejos de aquí.

Encontraron al viejo misionero sentado a la puerta de la cabaña contigua. Al parecer estaba descorazonado. Cuan­do el coronel le interrogó dijo que estaba impaciente por el retraso del viaje.

-Señor Wells, no es posible que menosprecie usted el peligro de la empresa.

-Yo sólo temo a Dios -contestó el anciano.

-¿Y no teme por los que van con usted? Con el alma y con el corazón apruebo su labor cristiana, pero quisiera que se hiciese usted cargo de que el tiempo no es propicio. El viaje es muy largo y en el camino hay pe­ligros de los que usted no tiene idea. ¿No será mejor que permanezca algunas semanas aquí, por lo menos hasta que mis guías vuelvan con informes?

-Muchas gracias, pero me iré en seguida.

-Pues entonces permítame que le ruegue se quede por lo menos unos días para que yo pueda hacerles acompañar por mi hermano Jonathan y por Wetzel. Son tal vez los únicos que pueden llevarles sanos y salvos a Villa de la Paz.

En aquel momento Joe vio acercarse desde el fuerte a dos hombres, en uno de los cuales reconoció a Wetzel. No dudaba que el otro fuese Jonathan Zane, el famoso caza­dor y guía de Lord Dunmore. Se parecía bastante al coro­nel; era tan alto como Wetzel, aunque no tan ancho de hombros.

-Nos embarcaremos en dos canoas pasado mañana -dijo Jonathan al acercarse-. ¿Tienes un rifle para Wet­zel? El suyo se lo han quedado los delawares. El que qui­tó a los shawnis no le va bien.

El coronel Zane se puso a pensar; rifles no faltaban en el fuerte, pero era difícil encontrar un arma apropiada para Wetzel.

-El cazador puede tomar mi rifle-dijo el anciano misionero-. No me sirven las armas que destruyen a las criaturas de Dios. Mi hermano fue cazador y me dejó su rifle. Recuerdo que me dijo un día que si un hombre co­nocía exactamente el peso del plomo y de la pólvora nece­sarios, el arma tendría excelente puntería.

Wells entró en la cabaña y salió poco después con un rifle largo envuelto cuidadosamente en tela. Desató las li­gaduras y sacó un rifle cuyas dimensiones hicieron brillar los ojos de Jonathan y arrancaron una exclamación al co­ronel Zane. Wetzel sopesó el rifle. Tenía sus buenos seis pies. El cañón era largo y de acero oscuro bien pulimen­tado. El cargador era de nogal negro, adornado con taracea de plata. Wetzel procedió a cargar el arma, utilizando el frasco de pólvora y el saquito de balas de Jonathan. Vertió cierta cantidad de pólvora en la palma de la mano, reali­zándolo hábilmente, pero procedía con tanta lentitud en medir la cantidad, que Joe se preguntó si contaba los granos. Después seleccionó una bala de entre la docena que Jonathan le ofrecía. La examinó con gran cuidado y la probó en la boca del cañón del rifle. Al parecer no le gustó, porque cogió otra con la que por fin cargó el arma. Luego buscó un blanco sobre el que tirar.

Joe observó que los cazadores y el coronel Zane contem­plaban aquella operación con tal gravedad como si de la exactitud del rifle dependiese un asunto importante.

-Ahí tienes un buen blanco, Lew. Está un poco lejos hasta para ti, puesto que no conoces el arma - dijo el coronel señalando el río.

Joe vio el extremo de un tronco que salía un poco del agua, a cosa de ciento cincuenta metros. Le pareció que dar en aquel blanco era tener excelente puntería, pero se asombró cuando oyó decir al coronel, dirigiéndose a varios hombres que se habían unido al grupo, que Wetzel in­tentaba herir a una tortuga que estaba sobre el tronco. Esforzando mucho la vista, Joe logró distinguir una peque­ña protuberancia que debía de ser la tortuga.

Wetzel dio un paso adelante y alzó el largo rifle con elegante ademán. En el instante mismo de apuntar, salió la llama y el tiro, que resonó singularmente claro:

-¿Qué? ¿Ha dado en el blanco?-preguntó el coro­nel, animoso como un muchacho.

-Yo digo que sí-contestó Jonathan.

-Yo iré a verlo -exclamó Joe, y se fue corriendo al río para subir sobre el tronco, donde vio una tortuga del tamaño de un plato pequeño. Recogiéndola, vio un agujero en la concha en el mismo centro. La bala había atrave­sado a la tortuga, que estaba muerta. Joe la llevó al grupo expectante.

-Ya lo he dicho antes. Buena puntería -declaró Jo­nathan.

Wetzel examinó la tortuga y volviéndose al anciano mi­sionero, le dijo:

-Su hermano de- usted dijo la verdad, y le agradezco el regalo del rifle.
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