El espíritu de la frontera






descargar 0.79 Mb.
títuloEl espíritu de la frontera
página5/20
fecha de publicación11.06.2016
tamaño0.79 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20

VI
Una tarde, algunos días antes de la captura de los dos hermanos, un cazador solitario se detuvo ante una ca­baña abandonada que se hallaba a orillas de un río, a cincuenta millas tierra adentro desde el Ohio. La noche se venía rápidamente encima, caía una lluvia fina y densa y el viento que se levantaba era presagio de una noche tem­pestuosa.

Aunque el cazador parecía familiarizado con aquella cabaña, se movía con gran cautela y vacilaba como si no estuviese seguro de si le convenía confiarse al abrigo de aquella choza solitaria o permanecer toda la noche a la intemperie, debajo de los árboles. Tocándose el cuerpo, vio que estaba ya calado y esto sin duda le decidió en favor de la cabaña, porque, inclinándose, penetró en ella. Dentro, la oscuridad era completa, pero conociendo la ha­bitación por otras visitas, la falta de luz no le molestó. Rápidamente encontró la escalera que llevaba al desván, subió por ella y se echó a dormir.

Durante la noche le despertó un ruido. Al principio no percibió más que el de la lluvia, pero después oyó el murmullo de varias voces, seguido de las suaves pisadas de pies calzados con mocasines. El cazador sabía que a cosa de diez millas había una aldea india y se figuraba que algunos guerreros retrasados habrían buscado refugio en la cabaña.

El cazador se quedó totalmente quieto, esperando los acontecimientos. Si los indios tenían pedernal y acero encenderían luz, y era inevitable que descubriesen su pre­sencia. Con gran atención escuchó lo que hablaban y comprendió por su idioma que eran delawares.

Poco después percibió en efecto el ruido del pedernal y a poco, por las rendijas del techo entró la luz que ha­bían encendido abajo. El cazador aplicó el ojo a una de las rendijas y contó once indios, todos jóvenes, excepto el jefe. Habían estado de caza y llevaban carne de ciervo y de bisonte, junto con varios paquetes de cueros. Algu­nos estaban ocupados en secar las armas; otros se habían sentado sin hacer nada, revelando claramente el cansancio. Dos estaban ocupados con la fogata. Las hojas y las ra­mas húmedas ardían con poca llama, pero había luz sufi­ciente para que el cazador temiese que le pudiesen des­cubrir. Creía que Poco tenía que temer de los jóvenes, pero le daba mucho que pensar el jefe.

Y no se equivocó. A poco, aquel jefe de ojos de halcón vio u oyó una gota de agua que cayó del desván. Era del traje calado del cazador. Casi todo el mundo, excepto un indio astuto, se imaginaría que aquella gota era cau­sada por la lluvia sobre el techo. La mirada del jefe indio recorrió con expresión de recelo el interior de la cabaña. Examinó el suelo húmedo, donde no podía descubrir na­da, porque las huellas del cazador habían sido pisadas por las suyas. Aquello parecía desvanecer las sospechas del indio.

Pero lo cierto era que aquel jefe, con la sagacidad ma­ravillosa de los indios, había observado cosas que total­mente habían escapado a los ojos de los jóvenes y, como zorro viejo, esperaba cuál de los cachorros se mostraría más inteligente.

Sin embargo, ninguno de ellos advirtió nada anormal. Se sentaron en derredor del fuego, comieron la carne y las tortas de trigo, y charlaron volublemente.

El jefe se levantó, se dirigió a la escalera y pasó la mano por uno de los travesaños.

-¡Uf! -exclamó.

Al instante se vio rodeado por diez anhelantes bravos. El jefe les mostró la mano, que se hallaba manchada de barro húmedo, como el del suelo. Al mismo tiempo de exclamar sorprendidos, los indios cogieron sus armas. Sa­bían que encima de ellos había un enemigo. Era forzoso que se tratase de un rostro pálido, porque si hubiese sido un indio, habría bajado en seguida.

El cazador, viéndose descubierto, obró con el juicio in­falible y la rapidez del que estaba familiarizado con si­tuaciones peligrosas. Sacó el hacha, se acercó sin ruido a la abertura del techo y saltó en medio de los asombra­dos indios. Levantándose del suelo como pelota de goma al rebotar, su largo brazo con la brillante hacha giró ver­tiginosamente en torno suyo y los jóvenes indios se apar­taron como corderos asustados.

Después el cazador se dirigió a la puerta, y afinque parezca increíble, sus movimientos eran tan rápidos, que hubiese logrado escapar sin un rasguño de no haber in­tervenido una circunstancia que no podía prever. El suelo de la choza era fangoso y resbaladizo y, apenas había em­pezado a correr, resbaló y cayó cuan largo era.

Con fuertes gritos de victoria, la banda se le echó en­cima. Hubo un formidable forcejeo, se oyó un terrible grito de angustia y luego roncas voces de mando. Tres de los indios se dirigieron al equipaje, del que sacaron correas. Tan fuerte y poderoso era el cazador, que fueron necesarios los esfuerzos unidos de seis pieles rojas para sostenerlo, mientras los otros le ataban pies y manos. Lue­go, lo dejaron en un rincón de la cabaña, con exclama­ciones de satisfacción.

Dos de los indios habían salido heridos de la lucha breve, uno de ellos tenía el hombro dislocado y el otro, un brazo roto; tal fue la fuerza que el cazador desplegó en aquel breve instante de lucha.

Los indios registraron el desván y no encontraron más enemigos. La agitación se calmó y los pieles rojas se dis­pusieron a pasar la noche en la choza. Los heridos sopor­taron el daño con su estoicismo característico; aunque no durmieron, los dos guardaron silencio y no se les escapó un solo suspiro.

El viento cambió durante la noche, el temporal amainó y cuando se hizo de día, el cielo estaba sin nubes. Los primeros rayos del sol penetraron por la puerta abierta iluminando el interior de la cabaña.

Un indio soñoliento que había hecho de centinela' bos­tezó y se desperezó. Al mirar hacia el prisionero, lo vio sentado en un rincón. Tenía el brazo libre y el otro a punto de librarse también. Un momento más y hubiera podido huir.

-¡Uf! -exclamó el joven indio, y, despertando al jefe, señaló al cazador.

El jefe miró al prisionero y al verlo casi libre se le­vantó de un salto con el hacha en la mano. Pronunció un grito breve y estridente v al oírlo, todos los indios se levantaron dispuestos a luchar con quienquiera que fuese, porque la llamada del jefe había sido el alarido guerrero de los delawares.

El jefe manifestó toda la intensa emoción que buena­mente podía revelar un jefe indio de gran experiencia. Señalando al cazador, dijo una sola palabra.

Al mediodía, los indios entraron en los campos de trigo que rodeaban los alrededores de la aldea delaware.

-Col... lu... col... lu... col... lu...

La larga señal que avisaba el regreso de la partida con importantes noticias resonó en el quieto valle v, apenas se había apagado el eco, cuando ya desde la aldea con­testaron con otros gritos.

Traspuestos los campos de trigo, el cazador vio por en­cima de los hombros de sus captores el hogar de los pieles rojas. La aldea india estaba situada en un llano de suave inclinación, entre el monte boscoso y un río serpenteante, y formaba un panorama pintoresco con sus hermosos cas­taños, las chozas y tiendas bien alineadas y las mantas de muchos colores que se veían por todas partes.

Al grito de los indios, la plácida escena de la aldea se trocó en una gran agitación, porque empezaron a acudir los niños, las muchachas y los guerreros, saliendo los pe­leteros franceses y los renegados.

El cazador, al bajar el sendero hacia la multitud, pre­sentábase sereno e impávido. Cuando los indios de la aldea le rodearon, resonó un alarido furioso y prolongado, seguido de extraordinarias demostraciones de alegría. Las exclamaciones de los jóvenes, los chillidos de las mucha­chas y de las mujeres y el grito gutural de los guerreros mezcláronse en terrible discordancia.

Muchas veces el cazador había oído el nombre que le daban los pieles rojas; ya en otra ocasión había estado en el mismo sitio en calidad de prisionero y había sufrido las terribles torturas frente a la tienda a la que sus rap­tores ahora le llevaban. Conocía a Wingenund, el cacique de los delawares. Desde hacía cinco años, cuando Win­genund le sometió a aquellas torturas, los dos eran terri­bles enemigos.

Aunque el cazador oía los roncos gritos y veía las fieras miradas de odio y los ataques de ira, tan extraños en la naturaleza de los indios, aunque comprendió su fiero éxta­sis y la inutilidad de esperar piedad, sin embargo, no-se inmutó lo más mínimo.

-¡Atelang! ¡Atelang! Atelang! -fue el nombre extraño que los indios pronunciaron sin cesar.

Los peleteros franceses corrían también en la procesión como verdaderos salvajes, con plumas en el cabello, el ros­tro y el cuerpo pintados, revelando la misma agitación que los pieles rojas al exclamar en su lengua nativa.

-¡Le Vent de la Mort! ¡Le Vent de la Mort! ¡Le Vent de la Mort!

El cazador vio la alta figura del cacique frente a los notables del pueblo. A todos los conocía muy bien. Allí estaba el astuto Pipa y su camarada salvaje Half King; allí estaba Shingiss, que llevaba en la frente una cicatriz, la señal de una bala del cazador; allí estaban Kotoxen, el Lince, y Miseppa, la Fuente, y Winstonah, Nube de Guerra, jefes todos de gran renombre. Completaban el círculo tres renegados, y estos tres traidores representa­ban una fuerza que en el espacio de diez años dejó huellas sangrientas de su maldad en la frontera. Eran, Simón Girty, el llamado indio blanco, con su rostro auto­ritario; Elliot, el realista traidor que desertó del Fuerte Pitt, un hombre pequeño, delgado, con apariencia de ara­ña, y, por fin, el demonio de la frontera, Jira Girty,

La procesión se detuvo frente a aquel grupo y dos pieles rojas obligaron al cazador a avanzar algunos pasos más. El rostro de Simón Girty revelaba satisfacción; Elliot mo­vía los ojos inquietos, expresando alegría, y la cara repul­siva de Jim Girty se contorcía en éxtasis de gozo. Aque­llos renegados habían temido al cazador más que a nin­guna otra persona del mundo.

Wingenund, con ademán majestuoso, impuso silencio a los alaridos de los salvajes y se colocó frente al cautivo. Los enemigos mortales hallábanse de nuevo cara a cara. La alta figura y la oscura cabeza del cacique desprovista de plumas sobresalía sobre los demás pieles rojas, pero no tenía necesidad de bajar la mirada para mirarle al ca­zador a los ojos.

Realmente el cazador merecía el respeto que revelaba la mirada del cacique. Como roble, fuerte y erguido, miró a su eterno antagonista. Sus anchos hombros, el cuello de toro, el pecho alto, los contornos nudosos de sus brazos, todo en él revelaba su maravillosa fuerza muscular.

Esta fuerza expresada en el cuerpo se intensificaba en sus facciones. Tenía el rostro blanco y la mandíbula sa­liente, que le daba expresión de indomable energía; los ojos de azabache brillaban con destellos casi sobrehuma­nos, y su cabello, más negro que ala de cuervo, le llegaba más abajo de los hombros.

Wingenund estuvo contemplando largo rato a su ene­migo y luego, elevándose por encima de la multitud v resonando en el valle, se oyó su voz sonora:

-"Viento de la Muerte" morirá al alba.

El cazador fue atado a un árbol v dejado allí para que todo el mundo pudiese contemplarlo. Los niños pasaban temerosos, los jóvenes indios miraban largamente al gran enemigo de su raza, los guerreros pasaban en silencio. Quedaron suprimidas todas las múltiples y variadas tortu­ras de los pieles rojas en espera de la llegada del nuevo día, la hora en que aquel odiado Cuchillo Largo había de morir.

Tan sólo una persona se atrevió a insultar al cautivo, un hombre de su propia raza. Jim Girty se plantó delante de él, en los ojos una mirada de víbora, en los labios un rictus de desprecio, exhalando la peste del aguardiente pésimo que vendían los peleteros.

-Pronto serás comida de los buitres - exclamó con voz ronca. Tantas veces había sembrado los llanos con carne humana para las aves de carroña, que la idea le fascinaba hondamente-. ¿Has oído, cazador de cabelleras? Serás devorado por los buitres. -Y le escupió al rostro -. ¿Has oído? - repitió.

El cazador no le contestó más que con el brillo de sus ojos, pero el renegado no podía comprenderlo, porque no se atrevió a sostener aquella mirada llameante. Por nada del mundo se hubiese enfrentado con aquel hombre, de hallarse en libertad. Aun así, atado y todo, Girty sintió un estremecimiento y durante un instante le embargó un miedo misterioso que le paralizaba, como si fuese un pre­sagio de lo que sería la venganza de aquel cazador. Sin embargo, pronto dominó el miedo cerval. El cazador nada podría hacer, porque pronto moriría. De nuevo le miró con insana alegría, escupiéndole por segunda vez el rostro.

Su impetuosidad le llevó demasiado lejos. El cazador estaba atado de manos y cuerpo al árbol, pero tenía libres los pies. De pronto alzó una de sus piernas poderosas y dio a Girty un tremendo puntapié en la boca del estóma­go. El renegado cayó como un árbol herido por el rayo. Varios indios jóvenes se lo llevaron, con los brazos col­gantes y el rostro contraído de dolor y de angustia.

Las muchachas de la tribu, en cambio, mostraron por el prisionero un interés que tenía algo de velada simpatía. Las muchachas indias siempre sentíanse fascinadas ante los hombres blancos. Las oscuras páginas de la historia del Oeste registran muchos hechos de bondad, de amor v de heroísmo por parte de las muchachas indias, en favor de los prisioneros blancos. Aquellas jóvenes pasaron junto al cazador, desviando la mirada cuando estaban cerca de él y las podía ver, pero mirándole de reojo, para contem­plar furtivamente aquel rostro impresionante. Una de ellas atrajo, sobre todo, la atención del cazador.

Ello era debido a que cuando la muchacha se acercó con sus compañeras, no desvió la mirada como las demás, sino que le miró con sus dulces ojos oscuros. Era una muchacha joven de delicada belleza. Su traje, exquisita­mente adornado, revelaba su alcurnia: era la hija de Win­genund. El cazador la había visto cuando era una niña y ahora la reconocía. Sabía que la belleza de Aola, «Mur­mullo de la Brisa entre las Hojas", era cantada desde el Ohio hasta los Grandes Lagos.

Aola pasó muchas veces por su lado aquella tarde. A la puesta del sol, cuando los indios lo desataron del árbol y se lo llevaron, volvió a ver la intensa mirada de sus adorables ojos.

Aquella noche, estando echado, fuertemente atado, en un rincón de una tienda y durante el lento transcurrir de las horas, el cazador forcejeó con las fuertes ligaduras e hizo varios proyectos por salvarse. No estaba en él deses­perarse jamás; mientras tuviese vida, lucharía. De cuando en cuando, puso en tensión los músculos, tratando de aflo­jar la presión de las húmedas correas.

Transcurrieron lentamente las horas de la noche, sin per­cibirse más ruido que el lejano ladrido de un perro y el paso monótono del centinela ante la cabaña. Por fin des­pejáronse un poco las tinieblas: el alba estaba próxima y con ella la hora fatal.

De pronto, su oído supersensible percibió un ruido leví­simo, que llegaba desde la parte posterior de la tienda. Era un ruido semejante al que produce el cuchillo cuando se hunde en un material suave.

Alguien estaba rasgando la pared de la tienda.

El cazador rodó silenciosamente hasta alcanzar las pieles que formaban la pared. A la vaga luz grisácea vio una ancha hoja moverse por la abertura practicada en la pa­red. Luego apareció el cuchillo entero: una mano pequeña y morena lo tenía agarrado por el puño. Al punto apareció otra mano, tentando la pared y el suelo.

El cazador volvió a rodar y se colocó con la espalda contra la pared y las muñecas frente a la abertura. En­tonces sintió la manecita sobre el brazo v luego sobre las muñecas. El contacto del frío acero le llenó de alegría. La presión de sus ligaduras se aflojó y, por fin, sus brazos quedaron libres. En seguida se volvió y halló el cuchillo de larga hoja en el suelo. Las manecitas habían desapa­recido.

En un abrir y cerrar de ojos el cazador se levantó, li­bre, armado, desesperado. Un segundo después, un gue­rrero indio se retorcía en el suelo en la agonía, mientras una figura desaparecía rápidamente en la niebla del ama­necer.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20

similar:

El espíritu de la frontera iconLas manifestaciones del espiritu I. El Primer Centro Abstracto 6...

El espíritu de la frontera iconLas manifestaciones del espiritu I. El Primer Centro Abstracto 6...

El espíritu de la frontera iconSinopsis: Drama que tiene como telón de fondo el malestar político...
«¡La frontera!», había dicho aquel hombre. ¿Pero cuál era aquella frontera, de la que no fijaba el límite ni la cúspide de una montaña,...

El espíritu de la frontera iconN owtilus Frontera

El espíritu de la frontera iconN owtilus Frontera

El espíritu de la frontera iconN owtilus Frontera

El espíritu de la frontera iconEl Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá...
«Ojalá que el espíritu navideño durara todo el año». ¿Por qué parece ser que la bondad y la compasión estuvieran ligadas al calendario?...

El espíritu de la frontera iconImágenes del Espíritu en el cine
«un instrumento sensibilísimo capaz de leer en el tiempo los signos que a veces pueden escapar a un observador apresurado». Nos alienta...

El espíritu de la frontera iconMontesilvés, frontera de Granada con Almería

El espíritu de la frontera iconLos dones del espíritu santo: consejo, piedad, fortaleza / els dons...
...






© 2015
contactos
l.exam-10.com