El espíritu de la frontera






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V

Silvertip se volvió a sus bravos y con una orden breve saltó a la playa. Los pieles rojas se precipitaron sobre los hermanos y los llevaron a la orilla, donde los esperaba el jefe indio. Otro piel roja se encargó del caballo.

Cuando éste pudo ser por fin llevado también a la playa, tarea que costó bastantes esfuerzos, el jefe cogió la raíz sinuosa que se veía claramente y la partió con un solo hachazo. La balsa, libre del obstáculo, se precipitó río abajo.

En el agua clara Joe vio muy bien la astuta trampa que había causado la muerte de Bill y la captura de él­ y de su hermano. Los salvajes habían anclado en el cen­tro del canal un tronco sujeto por la raíz, sumergiéndolo con un peso. Cuando la balsa llegó al tronco hundido, los: indios, ocultos entre los sauces, habían tirado de la im­provisada cuerda, deteniendo así la embarcación. El ase­sinato del almadiero demostró la previsión de aquellos enemigos feroces, porque aun en el caso de salvar la balsa el obstáculo del tronco, y continuar río abajo, los dos hermanos no hubieran podido manejarla. Joe pensó que, al fin y al cabo, no se había equivocado mucho al imaginarse que tras la roca Shawni hubiese un piel roja. Le maravillaba el astuto ardid con que tan rápidamente se habían apoderado de él y de Jaime.

Una vez en la linde del bosque, los indios maniataron a los dos prisioneros con correas. Mientras dos de los in­dios efectuaban este trabajo, Silvertip se apoyó en un árbol sin prestar atención a los dos hermanos. Luego, uno de los indio habló al jefe y éste echó a andar hacia el Oes­te a través del bosque. Los salvajes le siguieron en fila in­dia, con Joe y Jaime en el centro. El último piel roja trató de montar a Lance, pero el noble caballo no lo toleró y, al cabo de algunos esfuerzos, el indio desistió. Mose ca­minó con desgana detrás del caballo.

Aunque el jefe mantenía su expresión grave, los demás indios mostrábanse alegres por haber podido apoderarse, tan fácilmente de aquellos rostros pálidos, y charlaban in­cesantemente. Uno de los indios, un gigante que iba inme­diatamente detrás de Toe, le empujaba constantemente con el rifle v cuando Joe se volvía, el piel roja le decía sonriendo: «¡Uf! Joe observó que aquel salvaje de ancho, rostro tenía un tono menos bronceado que sus compañe­ros. Tal vez aquellos golpes se los daba en son de amistad, porque, si bien le divertían mucho, no permitía a sus compañeros que tocasen a Joe. Sin embargo, Joe se dijes que hubiera preferido que demostrase sus sentimientos amistosos de modo menos rudo. Aquel indio era también el que llevaba el equipaje de Joe y, al parecer, lo hacía muy a gusto, porque cuando sus compañeros se mostraban curiosos, les echaba atrás como si no quisiera que nadie tocase aquel bulto.

-Es un bruto muy alegre -observó Joe, dirigiéndose a su hermano.

-¡Uf! -gruñó el indio gigante, y le dio otro golpe con el rifle.

Joe hizo caso del aviso y no volvió a hablar. Dedicó toda la atención al camino por el cual le llevaban. Era la primera vez que tenía la oportunidad de aprender algo acerca de los indios y de su arte. Se le ocurrió pensar que sus captores no se hubiesen mostrado tan alegres y tan descuidados si no supiesen que no les amenazaba peligro alguno, y concluyó que les llevaban sin prisa a alguna de las aldeas indias.

Se fijó en la esbelta figura del indio que iba delante, en su rápido y ligero paso casi ingrávido y trató de pisar tan suave como él. Sin embargo, descubrió que donde el indio evitaba fácilmente las ramas y los arbustos él, en cambio, no podía avanzar sin romper las ramas con que tropezaba. De vez en cuando Joe se fijaba en la configura­ción del terreno y estudiaba con gran atención determina­das rocas y árboles para recordar su forma. Quería apren­derse de memoria aquel camino a través de los bosques para que si la fortuna le favorecía y lograba escaparse, pudiese encontrar nuevamente el camino del río.

También le encantaba enormemente el panorama selvá­tico. Aquel bosque hubiese parecido hermoso hasta al más indiferente y Joe estaba muy lejos de serlo. A cada mo­mento sintió más fuerte la sutil influencia que no podía definir. De modo inconsciente trató de analizarla, pero no encontraba la explicación de lo que le fascinaba, como tampoco podía comprender qué era lo que causaba la melancólica quietud del ambiente. Además, se había fi­gurado la selva muy distinta de lo que era aquel bosque, que no era muy denso y carecía de verdaderas espesuras. Mas pronto comprendió por qué sus captores recorrían un bosque tan claro.

El jefe, que al parecer no se desviaba un ápice del ca­mino emprendido, se mantenía, sin embargo, alejado del terreno abrupto, de las espesuras y partes densas. Joe vio a distancia oscuros barrancos, percibió el murmullo de cascadas de agua, vio riscos grises llenos de plantas tre­padoras, laderas pinas, cubiertas de matas espesas, pero siempre el jefe indio encontraba un sendero fácil v sin obstáculos.

El sol bajó tras el follaje en el Oeste y las sombras fueron alargándose hasta que todo quedó envuelto en la oscuridad y la noche puso un alto a la marcha.

Los indios escogieron un lugar abrigado junto a un árbol grande, al pie del cual corría un riachuelo; en aquel lugar casi oculto se veían los restos de una fogata. Al parecer, los indios habían descansado en aquel sitio aquel mismo día, porque aún se veían rescoldos del fuego. Mientras uno de los pieles rojas reanimaba el fuego, otro bajó de una rama alta un gran trozo de carne de venado. Pronto surgieron las llamas de entre las ascuas, se echó más leña y, a poco, una alegre fogata despejaba en am­plio círculo las tinieblas del bosque y revelaba las figuras de los guerreros indios.

Era aquél un cuadro que Joe había visto muchas ve­ces de niño en sus sueños, pero ahora que él mismo formaba parte de la escena, no le impresionaba lo des­esperado de la situación, ni la hostilidad del jefe en cuya enemistad había incurrido. Casi se alegraba de la ocasión de poder contemplar y escuchar a los pieles rojas. A él le habían alejado de su hermano y le parecía que sus cap­tores trataban a Jaime con un desprecio que no le mostra­ban a él. Sin duda alguna, Silvertip había informado a sus bravos de que Jaime estaba en aquellos parajes en su camino para enseñar a los indios la religión de los hombres blancos.

Jaime estaba sentado con la cabeza baja y expresión triste; sin duda le descorazonaba la situación, que se le antojaba trágica. Después de comer la lonja de venado que le dieron, se tumbó de espaldas al fuego.

Silvertip revelaba en aquel ambiente su verdadero ca­rácter. En la colonia de, los blancos había aparentado sen­timientos amistosos, pero en aquel campamento era el sal­vaje inexorable, hijo de las selvas y libre como el águila. Su dignidad de jefe le mantenía alejado de los suyos. No había tomado interés alguno en sus prisioneros desde la captura. Permanecía silencioso, mirando el fuego fija­mente con los ojos sombríos. Por fin miró primero al indio gigante y luego a los prisioneros. Después pronunció una sola palabra y se echó sobre las hojas.

Joe advirtió en los otros rostros oscuros la misma inmutable expresión que había visto en Silvertip y le llamó poderosamente la atención. Cuando hablaban con sus voces suaves y guturales o se echaban a reír levemente o miraban fijamente al fuego, sus rostros siempre seguían con la mis­ma expresión, inescrutable como las profundidades del bosque ahora oculto en la noche. Además, se dio perfecta cuenta de que aquellos salvajes eran fieros e indomables y lo lamentaba por su hermano, porque se figuraba que sería tan fácil enseñar docilidad a una pantera como la religión cristiana a aquellos salvajes pieles rojas.

Los indios manifestaban gran alegría al ver que su compañero se disponía a abrir el paquete de Joe, y el gigantón tuvo que echarles constantemente atrás, para que no le molestasen en la operación.

Por fin quedó abierto el paquete, que contenía alguna ropa, un par de botas, una pipa y un paquete de tabaco. El indio, que se había apoderado del paquete desde el primer momento, manifestó satisfacción al ver la pipa y el tabaco y tiró las demás cosas a sus compañeros. Éstos forcejearon entre sí y se apoderaron de lo que pudieron. Uno de ellos logró hacerse con las botas y se quitó inme­diatamente los mocasines para ponerse el calzado del blanco. Empezó a caminar, orgulloso, en derredor del campamento, pero pronto mostró su disgusto.

El cuero de las botas no es tan suave como la piel de gamo de los mocasines y aquel calzado extraño estaba haciendo daño al piel roja. Se sentó y se quitó una bota, no sin dificultad, porque el calzado estaba húmedo, pero no se pudo quitar la otra. Tras vacilar un momento y viendo la burla de sus compañeros, levanto el pie calzado y se lo aproximó al indio más cercano. Este era el gigantón, que, al parecer, era humorista. Cogió la bota con ambas manos y haciendo ver que quería sacarla arrastró a su compañero alrededor de la fogata. Sin embargo, la diversión no había de ser tan sólo unilateral, porque cuando más entusias­mado estaba, la boté cedió de pronto. No habiendo pre­visto aquel caso, el gigantón perdió el equilibrio y dio con su cuerpo en el suelo; un poco más y se hubiese caído en el arroyo. Sin embargo, no soltó la bota y cuando se puso en pie, la tiró al fuego.

Después los indios se calmaron v se tumbaron a dor­mir, dejando al gigantón haciendo la guardia. Al ver que Joe le miraba viéndole fumar en la pipa nueva, el indio, con gran sorpresa del joven, empezó a hablar en inglés, si bien lo hacía con dificultad.

-Rostro pálido... tabaco... mucho bueno.

Luego, viendo que Joe no hacía nada por imitar a su hermano, que estaba profundamente dormido, señaló a los indios tumbados. y volvió a hablar.

-¡Uf! Rostro blanco dormir... Tiendas indias cerca sol poniente.

A la mañana siguiente, Joe se despertó por el dolor que sentía en las piernas, que había tenido atadas toda la no­che. Se alegró cuando le cortaron las ligaduras y el jefe indio empezó de nuevo la marcha hacia el Oeste.

Los indios, aunque más quietos, mostraban la mis­ma indiferencia que el día anterior; no tenían prisa, ni adoptaban ninguna precaución especial; sólo escogían la parte menos densa del bosque. Hasta se detuvieron un momento cuando uno de ellos percibió una manada de ciarnos. Cerca del mediodía, el jefe se detuvo junto a un manantial para beber; los demás indios le imitaron y per­mitieron también que los prisioneros saciasen la sed.

Cuando iban a emprender de nuevo el camino, el grito suelto de un pájaro lejano sonó claro en el ambiente quieto. Joe no hubiera prestado atención a aquel sonido si no hubiese estado tan atento a los movimientos de Sil­vertip. Así vio que éste se puso de pronto rígido y es­cuchó con gran atención. Los demás indios también se pusieron alerta, atentos al menor ruido. De pronto, sobre el suave murmullo del agua se elevó de nuevo aquella nota musical. Joe se dijo que era el grito de algún pájaro, y sin embargo, a juzgar por la actitud de los indios, debía detener otro significado. El joven se volvió como si espe­rase ver en alguna parte el pájaro que tan repentino cam­bio había operado con su grito en sus cantores. Al hacerlo oyó muy cerca, pero más potente, la misma nota. Era la respuesta a la señal y la había dado Silvertip.

Joe pensó rápidamente que en el bosque debía de haber otros salvajes que habían descubierto las huellas de los shawnis y comunicaban con ellos por medio de aquellas señales. Así era, en efecto, porque pronto surgieron de la espesura figuras oscuras que iban acercándose y, por fin, penetraron en el calvero donde estaba Silvertip con sus guerreros.

Joe contó hasta doce y advirtió que eran distintos a los shawnis. Sólo tuvo tiempo de darse cuenta de que la dife­rencia consistía en el tocado del cabello y en el color y la cantidad de pintura sobre el cuerpo, cuando le llamó la atención el primero de los que acababan de llegar.

Tratábase de un indio muy alto, de porte majestuoso, a todas luces un jefe, hacia el cual Silvertip avanzaba con muestras de respeto. En la elevada estatura de aquel indio, en su rostro de color bronceado de líneas fuertes y her­mosas, se veían todas las características de un rey. En sus ojos profundos de mirada aguileña, en todos los rasgos de su rostro altivo percibíase la elevada inteligencia, el poder y la autoridad de un gran jefe.

La segunda figura era también notable, a causa del contraste que formaba con la del jefe. A pesar de los ador­nos alegres, a pesar de la pintura, del pantalón de piel de gamo y los demás detalles de la indumentaria india, en todas partes se le hubiese reconocido como hombre blanco. Su piel estaba tostada por el sol y tenía un color bronce oscuro, pero carecía del débil tinte rojo que carac­teriza al indio. Además, aquel blanco tenía una extraña fisonomía. La frente era estrecha y aplastada, reveladora de instintos animales, los ojos estaban muy juntos, eran de color amarillento pardo y vibraban inquietos como aguja de compás; la nariz era larga y ganchuda, y la boca, de labios delgados. Había en el aspecto del hombre una ex­traordinaria combinación de ignorancia, vanidad, astucia y ferocidad.

Mientras los jefes conversaban brevemente, aquel blanco vestido de piel roja se dirigió a Jaime y Joe.

-¿Quién sois y adónde vais? -preguntó con voz gru­ñona.

Y Jaime le contestó

-Me llamo Downs. Soy predicador y estaba en mi camino hacia la misión morava. Veo que no es usted un indio. ¿Nos ayudará usted?

Jaime esperaba que lo que acababa de decir sería agra­dable a aquel hombre, pero se equivocó por completo.

-Conque tú eres uno de ellos, ¿eh? Pues bien, haré algo por ti cuando regresemos al pueblo. Te sacaré el co­razón y se lo daré a trocitos a los buitres -dijo con fiereza, dándole al mismo tiempo un terrible puñetazo en la cabeza.

Joe se quedó mortalmente pálido al ver la cobarde acción y sus ojos, al cruzarse con los del rufián, se contra­jeron con su característico brillo acerado.

-¿Tú no eres predicador? -preguntó el hombre al ver en la mirada de Joe algo que no había visto en la de Jaime.

Joe no le contestó, pero tampoco desvió la mirada.

-¿Me has visto antes? ¿Has oído hablar de Jim Gir­ty? -preguntó el rufián, muy ufano.

-Antes de que hablases sabía que eras Girty -contes­tó Joe con calmosa voz.

-¿Cómo lo sabes? ¿No tienes miedo?

-¿Miedo? ¿De qué?

-De mí, de mí. De Jim Girty. Joe se echó a reír.

-Yo haré que te acuerdes de mí -gruñó Girty-. ¿Cómo me has conocido?

-Porque me figuraba que en estos bosques sólo podía haber un hombre blanco suficientemente cobarde para pe­gar a un hombre que tiene las manos atadas.

-Yo te enseñaré a morderte la lengua -exclamó Girty alzando la mano, pero sin poder hacer lo que se pro­ponía.

El indio que tenía la orden de vigilar a Joe, le había cortado un par de horas antes las ligaduras de la mano y lo sostenía sólo por el cabo atado a la muñeca izquierda. Así el joven podía mover el brazo derecho y aunque lo tenía hinchado, lo movió con la velocidad del rayo.

Cuando el renegado alargó la mano, Joe la apartó con un golpe v en vez de pegar, cogió entre los dedos la nariz ganchuda y la apretó con todas sus fuerzas. Girty empezó a renegar fuertemente forcejeando al mismo tiem­po, pero sin poder librarse de aquellas garras. Sacó el hacha del cinturón v dando un grito de dolor quiso abrir la cabeza a Joe. Sin embargo, erró el golpe, porque Sil­vertip intervino a tiempo, apartando el brazo; así Joe recibió una herida dolorosa, pero de escasa importancia.

La nariz del renegado estaba despellejada y sangraba profusamente. Girty estaba frenético de dolor y de furia, y trataba de echarse encima de Joe, pero Silvertip se in­terpuso entre su cautivo y Girty, hasta que algunos de los indios llevaron al rufián al bosque, donde el otro jefe había desaparecido.

Aquel incidente de la nariz aumentó la alegría de los shawnis, porque, al parecer, les complació el dolor del renegado. Charlaban muy animadamente entre sí y hacían señales de aprobación a Joe hasta que una exclamación breve de Silvertip produjo un cambio repentino.

Joe no pudo comprender bien las palabras, pero le so­naban a francés. La absurda idea de que un piel roja hablase aquel idioma le hizo sonreír. De todos modos, el significado de aquellas palabras debió de ser advertencia de alguna amenaza, porque los indios se quedaron de pronto muy graves, recogieron sus armas y miraron a to­das partes con gran atención. El indio gigante volvió a maniatar a Joe y luego todos se acercaron al jefe.

-¿Has oído lo que ha dicho Silvertip y el efecto que han causado sus palabras?-preguntó Jaime en voz baja, aprovechando el momento.

-Sonaba a francés, pero, naturalmente, no puede ser -contestó Joe.

-Pues francés era. Lo he oído muy bien. Ha dicho Le Vent de la Mort.

- ¡Caramba! ¿Y qué es? -preguntó Joe.

-Significa el viento de la muerte.

-Muy bien, eso lo entiendo; pero, ¿qué significación puede tener? ¿Lo entiendes tú?

-No; debe de ser algún presagio para esta gente.

Después de la rápida consulta entre los pieles rojas, Silvertip ató el caballo y el perro de Joe a los árboles y empezó de nuevo la marcha. Pero esta vez evitó los espa­cios claros del bosque, prefiriendo la espesura y los cami­nos impracticables. Durante largo tiempo avanzó por el cauce del arroyo y siempre allí donde era difícil dejar huellas. Nadie hablaba. Cada vez que uno de los her­manos promovía ruido al andar por el agua o tropezaba con alguna piedra, el indio que iba detrás le daba con el mango del hacha en la cabeza.

En ciertos sitios y a una indicación de Silvertip, el indio que iba delante de los cautivos se volvía v les se­ñalaba dónde habían de pisar, porque querían a todo trance ocultar la pista. Silvertip los llevó por sitios pedre­gosos, volvió a caminar por el agua y, cuando era preciso cruzar un terreno blando, avanzaba con gran cuidado. A veces se detenía y se quedaba inmóvil durante largos se­gundos.

Esta vigilancia continuó durante toda la tarde. Desapa­reció el sol, el crepúsculo primero y luego, la noche negra envolvió el bosque. Los indios se detuvieron, pero sin en­cender ninguna fogata. Se quedaron sentados muy juntos en un lugar pedregoso, silenciosos y alertas.

Joe no sabía qué pensar de aquel comportamiento. ¿Era que los indios temían ser perseguidos? ¿Qué había dicho aquel jefe indio a Silvertip? A Joe le pareció que sus captores obraban como si creyeran que sus enemigos estaban en todas partes. Aunque ocultaban sus huellas, no era al parecer sólo el temor a la persecución lo que les hacía proceder con tanta cautela.

Estando echado como estaba sobre el duro suelo, ago­tado por la larga y fatigosa marcha y sufriendo el dolor de la herida, perdió un poco el valor y se estremeció de miedo. La quietud de las tinieblas del bosque, aquellos salvajes amenazados por un enemigo invisible en su propia región selvática y aquella extraña frase francesa, que no podía apartar de la mente, tuvieron el efecto de conjurar sombras gigantescas en la fantasía del joven. En toda su vida, hasta aquel momento, jamás había temido a nada ni a nadie, y ahora tenía miedo de la oscuridad. Aquellos árboles de formas fantásticas y el susurro del suave viento le hacía ver por todas partes al misterioso enemigo, el Viento de la Muerte.

Mas por fin se quedó dormido. A los primeros albores de la mañana, los indios reanudaron la marcha hacia el Oeste, sin descansar durante todo el día. Por la noche se detuvieron para comer y dormir; esta vez montó la guar­dia el mismo Silvertip y otro indio.

Un poco antes del alba, Joe se despertó de pronto; la noche era oscura, pero se veía un poco más que cuando se quedó dormido. Una luna pálida iluminaba la escena débilmente por entre las nubes. No se advertía ningún mo­vimiento en el aire. Reinaba completo silencio.

Joe vio al indio de centinela apoyado en el árbol, dor­mido. Silvertip había desaparecido. El cautivo levantó la cabeza para buscar al jefe. Sólo quedaban cuatro indios. Tres que dormían v el centinela, también dormido.

Cerca de él vio algo que brillaba y al fijarse más vio que era la hermosa pluma blanca que Silvertip había llevado en el cabello. Joe hizo un movimiento ligerísimo que despertó al centinela. El piel roja no se movió en absoluto, pero sus ojos lo abarcaron todo. También él se dio cuenta de la ausencia del jefe.

En aquel momento, de las profundidades del bosque sumió un suspiro, como el gemido del viento de la noche. Iba aumentando gradualmente de fuerza y luego se apagó dejando, al parecer, un silencio más profundo.

Joe se estremeció; fascinado, contempló al centinela: El indio tenía la boca abierta y los ojos salidos, mirando como alocado. Lentamente se irguió y estuvo esperando, escuchando. La mano oscura que sostenía el hacha tem­blaba y en el acero se reflejó la luna.

De muy lejos del bosque surgió de nuevo el suave ge­mido que iba aumentando en potencia hasta terminar en quejido como el de un alma perdida.

El efecto que causó aquel profundo silencio fue terri­ble. A Joe le pareció que se le helaba la sangre en las venas. La frente se le inundó de sudor frío, y en el cora­zón sintió un dolor como la presión de una garra. Trató de convencerse de que el miedo que revelaba el salvaje sólo era debido a la superstición, y que el gemido era causado por el viento, pero no logró calmarse.

El centinela, tras aquel extraño grito, se quedó un mo­mento como paralizado y luego, como un relámpago, des­apareció en las tinieblas sin hacer ruido. Había huído sin despertar a sus compañeros.

De nuevo surgió el gemido y se elevó con nota triste en el silencio de la noche; pero esta vez estaba más cerca.

-El Viento de la Muerte -murmuró Joe.

El joven no pudo resistir la impresión. Las fuerzas le abandonaron y perdió el conocimiento.
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