El espíritu de la frontera






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IV

Al avanzar las almadías al impulso de la corriente, los viajeros vieron a los colonos del embarcadero cada vez más pequeños, hasta que sólo fueron puntos negros sobre el fondo verde. Por fin sólo vieron una mancha en la lejanía y luego la oscura línea del fuerte, que a poco desapareció también tras la colina verde que obligaba al río a dar una gran vuelta.

El Ohio, abriéndose paso entre las colinas boscosas, con­tinuó su camino a través de la selva. Aunque el panorama con sus constantes cambios era muy hermoso, con los ris­cos abruptos y grises en un lado y en el otro las colinas verdes, sobre el agua y la tierra había algo más llamativo que la belleza del escenario: la atmósfera de absoluta quie­tud y gran soledad.

Esta impresionante soledad echaba a perder un poco la alegría que de otro modo hubiera inspirado el escenario pintoresco, e hizo que los viajeros, para quienes aquel país era nuevo, tomasen menos interés en los pájaros de alegre plumaje y en los furtivos animales que se veían en las orillas y que contemplaban con atención a los extraños intrusos de su paz.

En general, los animales no se asustaron al ver las balsas flotantes. La grulla, paseándose por la orilla, alzaba el largo cuello al ver aquel objeto poco familiar y se quedaba quieta como una estatua hasta que las balsas desaparecían. Las garzas, que buscaban comida en la playa, al ver el inusitado espectáculo empezaban a chillar sorprendidas y alzaban el vuelo para alejarse a lo largo de la ribera. Los cuervos volaban por encima de los viajeros, mostrando con chillidos su agitación. Otros pájaros más pequeños se posaban en los palos, y algunos, entre ellos un petirrojo, se aventuraban tímidamente para recoger las migas que las muchachas les echaban. Los venados vadeaban hasta las orillas en el agua y, al aproximarse las embarcaciones, alzaban la cabeza y. se quedaban quietos y absortos. De vez en cuando aparecía en la orilla algún bisonte que mos­traba su resentimiento por la llegada de aquella cosa ex­traña a sus dominios con enérgicos movimientos de su enorme cabeza.

Durante todo el día, las dos balsas avanzaron rápida­mente río abajo, presentando a los viajeros cuadros siem­pre variantes de colinas con densas selvas, de riscos abrup­tos con escasa vegetación, de largas extensiones de playas arenosas que reflejaban con destellos áureos la luz del sol, del vuelo y la llamada de los patos silvestres, del canto de las aves en los bosques y, de vez en cuando, el mugido de las bestias ocultas en las frondas de las orillas.

El azul intenso del firmamento empezó a palidecer y a lo lejos en el Oeste, las leves nubes dorábanse por un momento, tornáronse rojas en otro v, por fin, se oscurecie­ron al desaparecer el sol tras las murallas. A poco, el cielo quedó cubierto con luz sonrosada y finalmente el cre­púsculo gris invadió aquel mundo y la luna creciente salió tras las copas de los árboles.

-Por hoy ya hemos viajado bastante- exclamó Jeff Lynn al dirigirse a una islita, donde ató la embarcación a un árbol en la orilla-. Aquí podemos bajar y cenar. Debajo de aquel abedul veo un excelente manantial. Ten­go aquí para nosotros una buena pierna de venado. ¿Hay hambre?

Lynn había trabajado duramente todo el día guiando las dos balsas; sin embargo, Nelly le había visto sonreírse muchas veces durante la jornada y, además, había tenido tiempo de arreglarle un asiento muy cómodo. Había en la voz del veterano una solicitud para con ella que la emo­cionó.

-Ya lo creo -exclamó Nelly sonriente-. Me parece que me comería un ciervo entero.

Todos desembarcaron y subieron la pina orilla para sen­tarse en la cima de la islita donde había un hermoso grupo de abedules. Bill, el segundo almadiero, un hombre fuerte y silencioso, manejó en seguida el hacha para cortar leña para la fogata. El señor Wells y Jaime empezaron a pasear; Kate y Nelly se sentaron en la hierba, contemplan­do con gran interés a Jeff Lynn que subía en aquel instante del río, donde se había lavado cara y manos. Pronto ardió una buena fogata y cuando todo estuvo dispuesto, Lynn se dirigió a Joe

-Para que se acostumbre a vivir en las selvas conviene que sepa que la carne de venado puede echarse a perder si se la corta y cocina mal. Usted corta trozos demasiado gruesos. ¡Ajajá, eso es! Ahora póngale buena cantidad de sal y procure no asarla sobre llama viva; lo mejor son las ascuas.

Con un palo puntiagudo, Lynn sostuvo breves momentos las delgadas lonjas sobre el fuego y las puso sobre limpios pedazos de roble, cortados por el hacha de Bill. Los via­jeros, que tenían buen apetito, comieron con gran satis­facción la sencilla comida de carne y pan, bebiendo bue­nos tragos de agua fresca del manantial. Después de ter­minar la colación, Lynn echó un tronco al fuego y ob­servó

-Puesto que aún tardaremos algún tiempo en entrar en el territorio de los pieles rojas, nos podemos permitir el lujo de tener una buena fogata. Estoy seguro de que todos ustedes dentro de poco notarán el frío de la niebla, de modo que con este fuego podrán calentarse.

-¿Cuánto camino hemos hecho hoy? -preguntó el se­ñor Wells, porque tenía gran interés en llegar lo antes posible al lugar donde realizar su misión.

-Unas treinta millas, me parece. No es mucho, pero mañana haremos más. Encontraremos una corriente más rápida y las dos balsas tendrán que ir separadas.

- ¡Qué calma! -exclamó Kate rompiendo de pronto el silencio que siguió a la respuesta de Lynn.

-Es hermoso -dijo Nelly con impetuosidad mirando a Joe. Éste la correspondió con rápida mirada; el joven no decía nada, apenas había hablado con ella durante el via­je; pero su mirada le mostró que le complacía que a Nelly le encantara aquella región selvática.

-Nunca he estado en un sitio como éste -exclamó con voz grave el joven predicador-. Me embargo una sensación casi arrolladora de soledad. Me siento como per­dido; sin embargo, también yo lo encuentro sublime.

-Ésta es la tierra de promisión. La Naturaleza tal co­mo ha sido creada por Dios -contestó el anciano señor Wells con honda emoción.

-¡Cuéntenos un cuento! -dijo Nelly al veterano al­madiero, cuando éste se sentó en el círculo alrededor de la animada fogata.

-¿Conque la pequeña quiere un cuento? -preguntó sonriente, encendiendo al mismo tiempo la pipa.

Se quitó la gorra de piel y se la guardó cuidadosamen­te. Su rostro curtido por la intemperie se contrajo en an­cha sonrisa, porque le complació la petición de la muchacha. Después de dar unas cuantas chupadas a la pipa y echar grandes bocanadas de humo, removió la fogata con un palo, como si al mismo tiempo quisiese remover las ascuas del recuerdo. Con otra chupada más a la pipa, se envolvió completamente en humo y de esta nube blanca salió su voz lenta y pausada.

-Todos ustedes han visto aquel abedul allí, aquel que está un poco inclinado como si sufriese alguna pena. Pues bien, antes estaba más recto v más erguido que un roble. Conozco a ese árbol desde hace muchos años, desde que navego por este río, y me parece muy natural que vaya inclinándose poco a poco, porque da sombra a la tumba de una muchacha joven y dulce como usted misma, señorita Nelly. La gente solía llamar a esta isla la Isla de Jorge, porque Washington acampó una vez en ella, pero en los últimos años los almadieros suelen de­cir: «Vamos a ver si antes de la puesta del sol llegamos al abedul de Milly», lo mismo que hemos hecho hoy Bill y yo. Hace años subía yo río arriba desde el Fuerte Henry y llevaba a bordo a una muchacha llamada Milly. Nunca supimos su apellido. En el fuerte se me acercó, y me dijo que su familia había muerto a manos de los indios y que deseaba regresar a Pitt, para encontrarse con su novio. A mí no me gustó la idea y al principio le dije que no, pero cuando vi las lágrimas en aquellos ojos azules, me ablandé y le dije a mi compañero Jim Blair «Nos la llevamos." Y, en efecto, tal como me lo temía, durante el camino nos atacaron los indios. No sé cómo pero el caso fue que Jim Girty se enteró de que teníamos a una muchacha a bordo y cerca de aquí, en un sitio que sé llama La Roca de Shawni, nos atacó el renegado con sus pieles rojas y tuvimos una lucha terrible. Antes de poder alejarnos, murió Jim Blair, y Milly sufrió una grave herida. Todavía siguió viviendo algunos días, mos­trándose paciente y valerosa, a pesar de que llevaba en el cuerpo la bala del renegado, pues fue éste el que dis­paró sobre ella al ver que no podía llevársela. Tanto nos emocionó, que todos hubiésemos sacrificado la vida para que se cumpliera el deseo de la joven, que quería volver a ver a su novio antes de morir.

Sobrevino un largo silencio durante el cual Lynn con­templó el fuego con mirada triste.

-No pudimos hacer nada por ella, y la enterramos bajo aquel abedul, donde murió con la sonrisa en los labios. Desde entonces el río se ha ido tragando poco a poco la isla. Ahora no queda de ella ni la mitad de lo que fue antes y, con otra avenida, desaparecerá todo esto junto con la tumba de Milly.

El relato del viejo almadiero afectó a todos. El anciano predicador inclinó la cabeza en silenciosa oración para que sus sobrinas no sufriesen tan terrible suerte. El joven misionero volvió a mirar a Nelly como había ya hecho mu­chas veces aquel día. Las dos muchachas contemplaron con ojos llenos de lágrimas el árbol a cuyo pie se hallaba una tumba. En los ojos de Joe brilló de nuevo la mirada acerada, mientras con rostro grave y rígido contemplaba la amplia extensión del río.

-Confieso que les hubiese podido contar una cosa más alegre y así lo haré la próxima vez, pero quería que todos ustedes, sobre todo las muchachas, conociesen algo del ca­rácter del país en que van a entrar. Esta región selvática necesita mujeres, pero todavía las trata con dureza. Y Jim Girty, como otros de su misma laya, aún vive.

-Entonces, ¿por qué no lo mata alguien? -preguntó Joe enérgicamente.

-Eso se dice más pronto de lo que se hace, muchacho. Jim Girty es un traidor y un renegado, pero es tan astuto como el peor piel roja, entre los que vive. Conoce los bosques mejor que nadie, y sólo se le ve cuando menos se le espera. Además, su hermano Simón y toda la tribu de salvajes le apoya. Los indios apoyan siempre a los blancos que se vuelven contra los suyos. De aquí que no se haya podido coger nunca a ese traidor. Sin embargo, en el último viaje me enteré de que se le ha visto en los al­rededores del Fuerte Henry, seguramente para hacer al­guna de las suyas, y que Wetzel está buscándolo. Y si Lew Wetzel se ha metido en la cabeza despachar a ese renegado, no doy, ni una brizna de pólvora por su vida.

Nadie le contestó. Jeff, luego de vaciar su pipa, se fue a la balsa, de donde regresó poco después con una manta que echó en el suelo. Acto seguido se tumbó sobre ella, se envolvió y, cubriéndose con su gorro de piel, ex­clamó

-Más vale que sigan mi ejemplo y se acuesten también. Todos siguieron el consejo de Lynn, excepto Joe y Nelly. La joven pareja estuvo durante largo tiempo sentada a la orilla del río, contemplando las aguas iluminadas por la luz de la luna.

La noche era apacible. Una suave brisa aventaba las ascuas de la fogata y movía lentamente las hojas de los ár­boles. Al principio de la noche, una rama solitaria había dado voz a su protesta contra la soledad, pero ya no se oía su triste croar. Una agachadiza tardía avanzaba por la playa en busca de alimento, y sus suaves gritos, que rompían de vez en cuando el silencio, aún parecían hacer más honda la soledad de la noche.

Joe había rodeado a Nelly con un brazo. Ésta se resistió al principio, pero al fin cedió y apoyó la cabeza en el hombro del joven. No había necesidad de hablar.

A Joe le encantaba la proximidad de la muchacha y la deliciosa fragancia de su cabello, que le acariciaba la me­jilla, pero no pensaba en el amor. Todo el día había labo­rado en silencio bajo la fuerza de una emoción que no comprendía. Cierta sensación, en la que no participaba Nelly, le atraía con irresistible poder. Le encantaba la dulzura de la pasión de la muchacha, pero a pesar de todo, le absorbía con mayor atracción el aspecto de las aguas brillantes, el oscuro reflejo de los árboles y las bri­llantes tinieblas del bosque.

Al cabo de algún tiempo, Nelly se quedó dormida en sus brazos Y Joe se echó a reír pensando en cómo se burlaría de ella al día siguiente por su indiferencia. Pero en seguida comprendió que la joven había de estar cansa­da a causa del largo viaje y se reprochó haberla alejado del descanso necesario. Inmediatamente decidió llevarla a la balsa. Sin embargo, tan grande era la novedad de la situación, que cedió a su encanto y no se marchó en seguida. La luz de la luna arrancaba argentinos destellos de la cabellera de Nelly, le acariciaba el rostro dormido y trataba de penetrar por los párpados cerrados.

Joe hizo un movimiento como para levantarse con ella, cuando la muchacha empezó a hablar en sueños. Entonces recordó que le había contado su costumbre de hablar algunas veces estando dormida y lo mucho que le disgus­taba esto. Por si podía descubrir algo más con que bur­larse de ella, Joe escuchó atentamente.

-Sí... tío... iré... Kate, hemos de ir...

Sobrevino un silencio y luego la muchacha volvió a hablar. Joe la oyó pronunciar su nombre y a poco la en­tendió perfectamente. Parecía como si la muchacha con­testara a un examen interior.

-Yo le quiero... sí... amo a Joe... me domina... sin embargo, quisiera... que fuese como Jaime... Jaime me miró... con sus ojos profundos... y yo...

Joe la levantó como si fuese una criatura y la llevó a la balsa, donde la dejó al lado de su hermana.

Aquellas inocentes palabras que él no debía haber es­cuchado, fueron para él como un mazazo. Lo que ella nunca hubiera confesado despierta, porque consciente no se podía dar cuenta, lo había expresado soñando. Joe recordó que la mirada de Jaime no se había apartado de Nelly casi en todo el día y comprendió perfectamente lo que significaba.

En un extremo de la isla encontró una piedra muy gran­de, llena de musgo, y se subió a ella, quedando sentado allí con el rostro inundado por la luz de la luna. Gra­dualmente desapareció de su rostro la expresión de amar­gura, que ya había desterrado de su corazón, y de nuevo se quedó absorto en la extensión plateada del agua, en el suave murmullo de las ondas sobre la playa y en el misterioso silencio de los bosques.
Cuando los primeros rayos débiles del sol naciente se asomaban por la cima de los montes del Este y la niebla se levantó de las aguas como una nube vaporosa, Jeff Lynn se levantó, se desperezó y ció un grito de saludo a la mañana. Su alegre llamada despertó a todos los viajeros, excepto a Joe, que se había pasado la noche en muda contemplación de la selva, y la madrugada, en pescar.

-¡Caramba, que me aspen! -exclamó Lynn al ver a Joe-. Ha sido usted más madrugador que yo, y, ade­más, ha cogido una sarta de pescado.

-¿Cómo se llaman? -preguntó Joe enseñándoselos. -Lobinas negras. Veo que tiene usted algunas piezas buenas, ¿cómo las ha cogido?

-Pues pescando.

-Bueno, así parece -gruñó Lynn cediendo nuevamen­te a la admiración que le inspiraba aquel muchacho-. ¿Cómo es que se ha despertado tan pronto?

-Porque no me acosté en toda la noche. He visto a tres ciervos que venían de la orilla, pero esa también ha sido lo único vivo que he visto en toda la noche.

-Lo que puede hacer ahora es limpiar el pescado para el desayuno -aconsejó Lynn a Joe, empezando también los preparativos para la colación, al mismo tiempo que murmuraba para sus adentros-: ¡Caramba, caramba! ¡Qué joven tan sorprendente! Va a hacer carrera en esta región.

Después de terminar el desayuno, Lynn trasladó los caballos a la balsa menor, cortó las amarras que la unían a la grande y después de dar instrucciones a Bill, el se­gundo almadiero, se marchó en la balsa grande con el se­ñor Wells y las dos muchachas.

Las dos balsas avanzaron durante algún tiempo juntas, pero al encontrar corrientes más rápidas y a causa de la mayor habilidad de Lynn, la almadía grande ganó te­rreno v poco a poco aumentó la distancia entre las dos.

Así navegaron todo el día. De tiempo en tiempo, Joe y Jaime saludaban a las muchachas agitando las manos, pero la mayor parte de las horas las empleaban en cal­mar a los caballos. Mose, el gran perro blanco de Joe, se retiró al cobertizo, desde donde contemplaba a su amo cuando no dormía, porque no le gustaba aquel medio de locomoción. Bill estuvo todo el día activamente ocupado en manejar el timón con sus potentes brazos.

Mediada la tarde observó Joe que las colinas eran más abruptas y el río avanzaba más rápido. El joven es­tuvo en constante alerta para descubrir la roca que seña­laba el punto de peligro. Cuando el sol hubo desaparecido tras las colinas, vio enfrente una roca gris que salía de entre el verde follaje. Tenía un aspecto amenazador y se' alzaba a bastante altura sobre el río. Aquélla era la roca llamada de Shawni. Joe la contempló durante largo rato v se preguntó si tras los pinos del borde del bosque habría algún vigía indio. Encima del mismo risco se alzaba un árbol muerto con sus ramas desnudas y retorcidas.

Bill vio también la roca, porque se detuvo en su mo­nótono paseo por la balsa y miró río abajo hacia la almadía grande. La alta figura de Lynn se veía claramente mane­jando el timón. La embarcación desapareció en un recodo del río y en aquel instante Joe vio la chalina que Nelly agitaba.

Bill llevó la balsa hacia la derecha, donde la corriente era más rápida, empujando el remo con todas sus fuerzas y recorriendo la balsa incesantemente. Joe oteaba el río.

No veía rápidos, sólo en algún que otro punto se formaban remolinos de agua donde la corriente tropezaba con al­guna roca. Se hallaban en el sitio del río donde el canal se estrechaba y se acercaba a la orilla derecha. Debajo del borde flanqueado por sauces había una barra de arena. A Joe no le parecía peligroso trasponer aquel paso.

-Mal sitio es ése -dijo Bill, al ver que Joe contem­plaba el río.

-Pues no lo parece.

-Una balsa no es una lancha; con una lancha y una buena pértiga es fácil pasar, mas para que floten los tron­cos de la balsa es preciso que haya bastante agua, y aquí el río trae poca. Tengo miedo por los caballos, porque, si chocamos con algo, puede que caigan al agua.

Cuando la balsa entró en el recodo chocó algunas veces con las rocas, pero por fin llegó al canal y todo parecía propicio para un rápido pasaje.

Mas, con gran sorpresa de Bill, la ancha embarcación chocó con algo en el centro mismo del canal y dio una vuelta de tal modo que el timón apuntaba a la orilla opuesta y el agua, al estancarse, flotó por encima de los troncos.

-¡Sostengan los caballos! -gritó Bill-. Algo ha su­cedido. Nunca he visto ningún obstáculo en el río.

La masa de troncos, no muy bien sujetos, se movió con rápidas vibraciones y por fin venció el obstáculo, pero la breve demora había sido fatal para el timón.

A Joe le hubiese encantado acuella situación de no ser por su caballo Lance, al que sólo pudo sostener con difi­cultad. Mientras Bill hacía esfuerzos para guiar la embar­cación con la pértiga, no vio un largo tronco de sinuosa raíz que flotaba como una serpiente en el agua. En la agi­tación del momento no prestaba atención a los ladridos de Mose, ni tampoco vieron que la raíz se ponía tensa en el momento que la embarcación chocó con ella, pero no­taron el choque y que la balsa no avanzaba. Las aguas volvieron a inundar los troncos, y la yegua de Jaime relin­chó de terror y con rápido movimiento rompió la brida y se precipitó al agua sin que el predicador la soltara, con riesgo de caer también al agua.

-¡Suéltala! ¡Te vas a caer! -gritó Joe cogiendo a su hermano con la mano libre y sosteniendo con la otra a su caballo, que daba también muestras de pánico.

¡Pam!

La detonación de un rifle sonó por encima del ruido de la rápida corriente.

Sin abrir la boca, Bill soltó el remo y se cayó de bruces sobre la balsa inundada por el agua. Ésta quedó coloreada de rojo donde yacía el almadiero, e inmediata­mente después la corriente se llevó el cuerpo del des­graciado.

-¡Dios mío! ¡Muerto! -exclamó Jaime, horrorizado.

vio el humo blanco de la pólvora entre los sauces y al punto se abrieron las ramas de éstos, revelando los cuer­pos oscuros de varios guerreros indios. Del rifle que sos­tenía el primero de ellos subía aún una ligera voluta de humo. Con el grito de una pantera, el piel roja saltó desde la orilla sobre la balsa.

-¡Quieto, Jaime! Nos han cogido, y nada podemos hacer -gritó Joe.

-¡Si es aquel indio del fuerte! -dijo Jaime con voz jadeante.

Aquel guerrero era en efecto Silvertip, mas, ¡qué cam­biado estaba! No llevaba la manta que tenía en el fuerte, sino que estaba desnudo de medio cuerpo para arriba, llevaba pantalón de piel de gamo, v en su rostro oscuro v endiablado se veía una expresión de salvaje feroz. Pero a pesa de todo, era de pies a cabeza un guerrero y un jefe.

Sacando el hacha miró a Joe con rostro sombrío y mi­rada fija, pero no vio en los ojos del joven el miedo que había supuesto. Joe le contemplaba con ojos fríos y serenos.

-Rostro pálido robar camisa -dijo con su voz pro­funda-. Rostro pálido hacer broma... Silvertip no olvidar.
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