El espíritu de la frontera






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II

Joe y Jaime eran singularmente parecidos. Tenían casi la misma estatura, eran muy altos, pero tan robustos, que su altura no parecía excesiva. Sus ojos grises y todos los rasgos de sus facciones eran tan iguales que se advertía inmediatamente que eran hermanos.

-¿Ya has vuelto a tus travesuras de siempre? -'pre­guntó Jaime con una mano sobre el hombro de Joe, viendo los dos huir a Nelly.

-No; la quiero de veras y no fue mi intención ofen­derla... pero, háblame de ti, Jaime. ¿Por qué has venido aquí?

-Para enseñar la verdadera fe a los indios. Sin duda, tu marcha ha ejercido en mí una gran influencia.

-Como siempre, vas a hacer algún sacrificio. Siempre serás el mismo; cuando no te dedicas a mí, te sacrificas por otro. Ahora, hasta llegas a exponer la vida. Tratar de convertir a los pieles rojas e influir en mí para que sea bueno son cosas imposibles. ¡Cuántas veces te he dicho ya que en mí no hay nada bueno! Lo que yo deseo es matar pieles rojas, y no dedicarles sermones, Jaime. Me alegro de volver a verte, pero ojalá no hubieses venido. Esta región selvática no es lugar para un predicador.

-Opino lo contrario -repuso Jaime, decidido.

-¿Qué hay de Rosa, la muchacha con la que ibas a casarte?

Joe, al preguntarlo, miró a su hermano y éste se puso pálido y apartó el rostro.

-Te hablaré de ella por última vez -repuso -. Con­fieso que conocías a Rosa mejor que yo. Una vez trataste de decirme que a ella le gustaba demasiado que la admi­rasen y yo te reproché tan desfavorable opinión, pero ahora comprendo que tienes más experiencia con las mu­jeres y sabes cosas que yo no podía comprender. Rosa fue desleal. Cuando tú te marchaste de Willamsburg porque, después de jugar con Jewett, le pegaste, tu actitud no me despistó. Aquel juego de cartas fue un pretexto. Una oportunidad para vengarte de la villanía que Jewett había cometido conmigo y con Rosa. Aho­ra ya todo ha pasado. Aunque tú le pegaste cruelmente, dejándole desfigurado para toda la vida, no ha muerto, y, gracias a Dios, no eres asesino. Cuando me enteré de tu huída no tuve más idea que seguirte. El Destino quiso que yo encontrara un predicador que me dijo que tenía que irse al Oeste con el señor Wells, de la misión morava. Me explicó los motivos que tenía para no realizar su intención. Inmediatamente me ofrecí a sustituirle y aquí me tienes. He tenido mucha suerte de encontrar al señor Wells y a ti al mismo tiempo.

-Siento no haber matado a Jewett, pero me consuela el haberle señalado. Es una víbora, un canalla que siempre andaba detrás de las mujeres. Le odiaba con todas mis fuerzas y cuando pude, me desahogué atizándole. Lástima que no le haya matado - Joe hablaba con calma y con cierta complacencia; como si el matar a un hombre fuese para él cosa de' poca monta -. Bien, Jaime, ya estás aquí y hay que conformarse. Continuaremos el viaje con ese predicador moravo y sus sobrinas. Si no lamentas demasiado lo pasado, todo irá bien tal vez. En cuanto a mí, la frontera es lugar que me conviene... Otra cosa, querido hermano te suplico que, por una vez en la vida, aceptes un consejo mío. Estamos en una región donde cada hombre tiene que cuidarse de sí mismo. El que tú seas predicador no te pro­tegerá aquí donde todo hombre lleva navaja y hacha y donde hay muchos desesperados. Déjate, pues, de hablar en tono melifluo y sé un poco más semejante a tu her­mano. Puedes ser todo lo bondadoso que quieras y pre­dicar todo lo que se te antoje, pero cuando alguno de esos hombres de la frontera trate de despreciarte y atropellarte, como no puede menos de suceder, oponte con energía co­mo no lo has hecho hasta ahora. Yo sufrí mi lección los primeros días en la caravana de carros. Tuve cuatro pe­leas, y ahora ya saben que no se puede gastar bromas conmigo.

-Querido Joe, ten por seguro que no me achicaré, si es a eso a lo que te refieres - contestó Jaime sonriendo -. Comprendo, en efecto, que aquí empieza una vida nueva y me satisface. Si puedo encontrar una tarea útil y estar al mismo tiempo a tu lado, me consideraré feliz.

-¡Ah!, viejo Mose, me alegra verte - exclamó Joe di­rigiéndose al perro, que no se apartaba de su lado. Luego preguntó a su hermano-: ¿Qué has hecho de los ca­ballos?

-Mira detrás del carro.

Con el perro saltando delante de él, Joe hizo lo que su hermano le dijo y encontró en el lugar indicado dos ca­ballos.

No era extraño que sus ojos brillasen con alegría al ver­los. Uno de los caballos era de color azabache, el otro gris pardo, y los dos revelaban a primera vista que se trataba de animales de pura sangre. El negro alzó la esbelta ca­beza y relinchó mostrando claramente que reconocía a su amo.

-¡Lance, viejo camarada! ¡Cómo he podido dejarte...! - murmuró Joe al echarle el brazo al cuello. El perro alzó la mirada y movió alegremente la cola, feliz al ver reunidos a los tres viejos amigos. En los ojos de Joe brillaba una lágrima, cuando por fin, con una última caricia, se apartó de su caballo favorito-. Vamos, Jaime, te llevaré a ver al señor Wells.

Los dos empezaron a cruzar la pequeña plaza mientras Mose, el perro, se escondió debajo del carro, mas a una llamada de Joe, corrió detrás de los dos, muy satisfecho de poder estar junto a su amo. A medio camino de las cabañas, un tronquista alto y de cara brutal, que cantaba con voz de borracho, se les acercó tambaleando. Al pare­cer se había alejado del grupo que estaba cerca de los pieles rojas.

-No esperaba yo ver aquí borrachos -observó Jaime en voz baja.

-Hay muchos. Ayer mismo vi a ese hombre tan ebrio, que no podía dar un paso. Wentz me dijo que era mala persona.

El tronquista, el rostro encarnado y lleno de sudor, los brazos arremangados, trató de dar un puntapié al perro al cruzarse con Jaime y Joe; Mose se apartó rápidamente, sin gruñir ni enseñar los dientes, pero agachando un poco la cabeza y el esbelto cuerpo, como si quisiera dar un salto

-¡No toque usted a ese perro, que le hará daño! - exclamó Joe con voz aguda.

-Vamos, amigo, le convido a una copa-contestó el tronquista con mueca amistosa.

-No bebo -repuso Joe secamente, continuando su ca­mino.

El tronquista dijo algunas palabras en tono gruñón, de las que sólo se distinguió la palabra "clerigalla". Joe se detuvo al instante y se volvió. Sus ojos grises parecían contraerse, sin despedir destellos, perdiendo sólo su color natural. Jaime vio el cambio y, sabiendo lo que significaba, cogió a su hermano del brazo y se lo llevó. La aguda voz del tronquista se oía hasta que los dos hermanos entraron en la cabaña del traficante en pieles.

Cerca de la puerta encontraron a un hombre con largo pelo blanco, cubierto en parte por ancho sombrero, que tenía sobre las rodillas a uno de los hijos de la señora Wentz. Tenía el rostro surcado por profundas arrugas, pero sus suaves ojos azules revelaban su gran bondad.

-Señor Wells, le presento a mi hermano Jaime. Es predicador y viene en sustitución del hombre que usted esperaba de Williamsburg.

El viejo se levantó y alargó la mano, mirando gravemen­te al hermano de Joe. Al parecer le satisfizo el rápido examen, porque con simpática sonrisa le dio la bienvenida.

-Señor Downs, tengo mucho gusto en conocerle, y me alegro que esté usted dispuesto a venir conmigo. Doy gracias a Dios por poder llevarme a las selvas a un hombre joven que pueda continuar mi labor cuando llegue mi hora.

-Será un grato deber para mí ayudarle en todo lo que pueda, señor-repuso Jaime con voz grave.

-Tenemos delante una gran tarea. He oído a muchos pesimistas que dicen que es más que locura tratar dé enseñar a esos fieros salvajes el cristianismo, pero yo sé que se puede hacer. Yo, por mí nada temo, mas no quisiera ocultarle que es grande el peligro de meterse en­tre los indios hostiles.

-Eso no me hará vacilar. Los indios tienen todas mis simpatías. He tenido ocasión de estudiar el carácter del piel roja y creo que la raza es naturalmente noble. Se le ha llevado a la fuerza a la guerra y quisiera ayudarle para que conozca los caminos de la paz.

Joe dejó a los dos hablando de sus asuntos y se volvió a la señora Wentz. La mujer del traficante estaba fuera de sí de alegría. Llevaba en la mano algunos juguetes y ex­plicaba a una muchacha que eran para sus hijos y que el predicador se los había traído de Williamsburg.

-Kate, ¿dónde está Nelly? - preguntó Joe a la mu­chacha.

-La señora Wentz la ha mandado a un recado.

Kate Wells era lo contrario de su hermana. Su porte era lento, de acuerdo con su corpulencia; sus ojos y cabellos pardos contrastaban con los de su hermana. La mayor diferencia entre las dos estaba en que el rostro de Nelly era alegre v risueño, mientras que el de Kate era cal­moso como la superficie quieta de un lago profundo.

-Kate, aquél es mi hermano Jaime. Iremos con ustedes.

-¡Ah! ¿Sí? Me alegro mucho-contestó la muchacha mirando el rostro hermoso y grave del joven predicador.

-Su hermano es exactamente igual que usted - dijo en voz baja la señora Wentz.

-Sí que se le parece - dijo Kate con lenta sonrisa.

-Lo cual quiere decir que usted piensa o espera que en lo físico se acabe el parecido -replicó Joe riendo­-. Bien, Kate, en efecto, gracias a Dios para Jaime, en lo externo acaba la semejanza.

Joe hablaba en tono triste y amargo, que hizo que las dos mujeres le mirasen sorprendidas. Joe había estado para ellas lleno de sorpresas, pero, hasta entonces, jamás ha­bían visto ningún dejo de tristeza en sus ojos. Sobrevino un breve silencio. La señora Wentz contemplaba con cari­ño maternal a sus hijos, que jugaban con los nuevos jugue­tes, mientras Kate pensaba en la observación de Joe y le miró de reojo. Le fue muy simpática la extraña expresión con que miraba a su hermano. La ternura y el cariño en aquellos ojos no se compaginaban bien con muchas cosas de aquel joven alegre y atrevido. Kate había visto en él hasta entonces sólo un hombre osado y frío, distinto a otros hombres, y, sin embargo, de pronto se vio sorprendida por el cariño que profesaba a su hermano.

El murmullo de la conversación de los dos predicadores fue de pronto interrumpido por un grito fuera de la ca­baña, seguido de una carcajada y luego una voz ronca: -¡Quieta, muchacha!

Joe se dirigió en dos zancadas a la puerta y vio a Nelly forcejeando con el tronquista embriagado.

-Un besito nada más, para que me des buena suerte -decía el tronquista con buen humor.

Al mismo tiempo Joe vio que tres vagos se echaron a reír y que otra persona, el cazador de pelo cano, avanzó con un grito.

-¡Suélteme! - exclamó Nelly.

En el mismo instante en que el borracho acercó el rostro abotargado a la muchacha, dos manos enérgicas le cogieron por el cuello como con garras de hierro. Pri­vado así de poder respirar, abrió la boca y sacó la lengua; al mismo tiempo sus ojos parecían salir de las cuencas y sus brazos se movían alocadamente. Luego se vio alzado y lanzado con fuerza contra la pared de la cabaña. Allí se quedó tumbado en la hierba, manando sangre de una herida en la frente.

-¿Qué sucede aquí? -preguntó un hombre con voz autoritaria. Había llegado rápidamente sin que nadie le viera.

-Pues una cosa bien hecha, Wentz -dijo el cazador de pelo cano-. Yo no hubiera podido hacerlo mejor. Leffler trataba de besar a la muchacha. Hace dos días que no sale de la borrachera. El novio de la niña sabe manejar las manos, se lo aseguro.

-Ya sé que Leffler es muy molesto cuando ha bebido -contestó el traficante en pieles, y, dirigiéndose a Joe, añadió-: Cuando vuelva en sí, es posible que trate de vengarse.

-Dígale que si estoy aquí cuando salga de la borra­chera, lo mataré - exclamó Joe con voz aguda, mirando de nuevo al borracho con una extraña contracción en los ojos. Era una mirada tajante y tenía el brillo del acero -. Nelly, siento no haber acudido antes -dijo, dirigiéndose a la muchacha, como si tuviese la culpa de aquel incidente.

Al entrar los dos en la cabaña, Nelly le miró de reojo. Era la tercera vez que había maltratado a un hombre por ella. En varias ocasiones había visto en aquellos ojos la mirada fría y acerada y siempre se había asustado, mas la expresión desapareció antes de que entrasen en la cabaña. Joe dijo algo que ella no comprendió bien, ,pero su voz sonora calmó la agitación de la muchacha. Nelly había estado furiosa con Joe, pero se dio cuenta de que su resentimiento se había desvanecido. ¿No había demos­trado que se consideraba protector y novio suyo? Le em­bargó una extraña emoción, dulce y sutil, como sabor de vino, y al orgullo ante la fuerza de aquel hombre se mezclaba cierto rencor. La joven se dijo que cualquier muchacha se alegraría de tener un campeón tan valiente, por lo que decidió mostrarse también satisfecha, porque Joe era realmente un novio del cual podía estar orgullosa.

-Escúcheme, Nelly, aún no me ha dirigido usted la palabra-exclamó Joe de pronto, viendo que ella al pare­cer no había prestado atención a lo que le decía-. ¿Aún está usted enfadada conmigo? -continuó-. Nelly, yo... la quiero.

Al parecer Joe creía que esto era razón suficiente para explicar todos sus actos. La ternura de su voz conquistó a la joven, que se volvió hacia él con mejillas encendidas ojos brillantes.

-Si no he estado enfadada... -murmuró Nelly y, es­quivando el brazo de Joe, entró corriendo en otra habi­tación.

III

Joe estaba sin hacer nada, apoyado en la jamba de la puerta de la cabaña, contemplando pensativamente a dos personas que descansaban a la sombra de un arce. En una reconoció al piel roja con el cual su hermano Jaime había estado hablando una hora aquella misma mañana. Aquel hijo de los bosques estaba durmiendo. Tenía debajo de la cabeza una camisa de confección casera y de muchos co­lores que el joven predicador le había regalado, pero, du­rante el sueño, la cabeza se había apartado de la almohada improvisada y la prenda policroma estaba allí, al parecer sin dueño. Lo cierto era que atrajo la atención de Joe y despertó una idea en su fértil cerebro.

El otro que dormía al lado del indio era un hombre de baja estatura al que Joe había visto algunas veces. Aquel individuo no estaba bien de la cabeza y era objeto de muchas bromas de la gente del lugar. Los niños le lla­maban Lurey y, como el indio, estaba durmiendo la mona pillada la noche anterior.

Durante unos momentos, Joe los estuvo contemplando con expresión que revelaba que estaba meditando una broma. Mirando rápidamente en torno suyo, se meno en la cabaña y cuando volvió a salir para contemplar la plaza con ojos rientes, llevaba en la mano una cestita de confec­ción india. Estaba hecha de hierbas y sólo contenía trozos de piedra calcárea, suave, que los indios solían emplear para pintarse. Joe había encontrado esta colección entre las mercancías del traficante en pieles.

Joe miró de nuevo en torno suyo y vio que todo el mun­do estaba muy ocupado. Se dirigió a los dos hombres, dio a Lurey un empujón con el pie y se echó a reír, cuando vio que no se despertaba. Entonces cogió la camisa poli­croma del indio y se la puso a Lurey, abotonándola sin que el tonto se diera cuenta. Luego pintó aquel rostro redon­do con greda blanca y roja y después, quitando hábilmente la pluma de águila del cabello del indio, se la clavó en el pelo espeso de Lurey. Joe llevó a cabo la transformación con rapidez y sin que nadie se diera cuenta; luego, volvió a poner la cestita en su sitio y se fue al río.

Varias veces había visitado aquella mañana el embarca­dero improvisado donde Jeff Lynn, el cazador de pelo canoso, se hallaba muy atareado en los preparativos del viaje que haría en una balsa río Ohio abajo.

Lynn había recibido el encargo de llevar misioneros y los suyos al Fuerte Henry, y como los dos hermanos le habían informado de su intención de acompañar a los viajeros, había construído otra balsa para ellos y sus ca­ballos.

Joe se echó a reír cuando vio la balsa, que consistía en doce enormes troncos sólidamente atados, sobre los cuales había un sencillo cobertizo. Aquella frágil protección con­tra el sol y la lluvia era lo único que tendrían los dos hermanos durante el largo viaje.

Sin embargo, se dio cuenta de que la otra almadía, mucho mayor que la de ellos, estaba preparada pensando en proveer a las muchachas de algunas comodidades. El suelo de la pequeña choza estaba más alto, de modo que las olas no podían llegar allí. Joe se subió a la balsa y examinó la choza; le complació que Nelly v Kate se halla­rían cómodamente instaladas v bien protegidas, aun en caso de un temporal. vio también que parte del equipaje de las muchachas ya se hallaba a bordo.

-¿Cuándo partimos? -preguntó.

-A la salida del sol - respondió Lynn.

-Me alegro, porque me gusta empezar los viajes muy de mañana -exclamó Joe alegremente.

-La mayoría de la gente del Este no suele tener prisa en embarcarse en este río - observó Lynn mirando a Joe con atención.

-Pues es un río muy hermoso y me gustaría viajar por él hasta donde termine y volver-dijo Joe con gran calor.

-¿Tiene prisa por marcharse? Espere hasta que vea los diablos rojos con plumas en el pelo deslizándose por entre las espesuras de la orilla y perciba el ruido de sus balas. Tal vez mañana por la tarde se arrepienta y tenga ganas de regresar lo más rápidamente posible.

-Puede que otros piensen así, pero yo no -exclamó Joe con risita fría y breve.

El viejo cazador terminó lentamente su labor de enrollar una cuerda de cuero húmeda y luego, sacando una pipa vieja, tomó un ascua del fuego y la colocó sobre la taza. Empezó a succionar lentamente y por fin sacó grandes nubes de humo. Sentándose sobre un tronco, examinó con mirada atenta los robustos hombros y largos brazos del joven, apreciando debidamente su simetría y fuerza. La agilidad, la resistencia y el valor significaban más en las selvas que cualquier otra cosa, y todos los que llegaban a la frontera eran apreciados por los veteranos respecto de aquellas cualidades y se les respetaba de acuerdo con la proporción en que las poseían.

El viejo Jeff Lynn, mientras fumaba su pipa, musitaba -Puede que haga mal en simpatizar tan de repente con ese joven. Puede que sea porque le tengo cariño a su novia, y también puede que sea porque me estoy vol­viendo viejo y la gente joven me resulta más simpática que antes. Sea como sea, me parece que si ese joven pier­de diez kilos de peso en el trabajo, será capaz de con­vertirse en un buen cazador.

Joe, mientras tanto, paseábase sobre la balsa fijándose en su construcción y también manejó un poco el burdo remo que servía de timón. Por fin se sentó junto a Lynn. Deseaba hacer preguntas, quería saber algo más acerca de las balsas del río, del bosque, de los indios, de todo lo que se relacionaba con la vida de aquella agreste región, pero ya había aprendido que preguntar a aquellos vete­ranos era el mejor medio de cerrarles los labios.

-¿Ha manejado usted alguna vez un rifle largo? -preguntó Lynn rompiendo el silencio.

-Sí -repuso Joe con sencillez.

-¿Para tirar al blanco? -dijo el veterano, después de algunas chupadas más a la pipa.

-Para matar ardillas.

-Excelente práctica, matar ardillas -observó Lynn tras otro silencio-. ¿Da usted en el blanco, digamos, a cien metros?

-Sí, pero no siempre en la cabeza-contestó Joe, co­mo excusándose de su escasa puntería.

Sobrevino otro silencio. Lynn estaba pensativo. Después de la última observación del joven, se metió la pipa en el bolsillo y sacó la tabaquera Se cortó un buen trozo de tabaco y se lo metió en la boca. Después brindó la taba­quera a Joe.

-Coja, si quiere.

Ofrecer tabaco a alguien era en un veterano de la fron­tera garantía de sentimientos amistosos. Jeff escupió media docena de veces, aproximándose cada vez más a la piedra que había tomado por meta de sus escupitajos. Tal vez era la manera del cazador para prepararse a la charla, porque en seguida empezó a hablar.

-Su hermano de usted va a predicar aquí, ¿verdad? Lo de predicar está muy bien y nada tengo que decir en contra, pero dudo un poco acerca de la utilidad de predi­car a los pieles rojas. Sin embargo, conozco indios que son buena gente y no se sabe lo que puede resultar. ¿Y usted qué va a hacer? ¿Va a dedicarse a labrar el campo?

-No, no tengo vocación de agricultor.

-Entonces, ha venido usted aquí porque siente la atrac­ción del Oeste.

-He venido aquí porque estaba cansado de la vida mansa y quieta. A mí me gustan las selvas, quisiera cazar y también me gustaría conocer a los indios.

-Ya me lo figuraba -observó Lynn moviendo la ca­beza como si comprendiese perfectamente el caso de Joe-. Bien, muchacho; al sitio que usted va, lo de ver o no ver a los indios no depende de uno. No sólo los verá, sino que tendrá que pelear con ellos. Malos años corren ahora en la frontera y me parece que las cosas aún serán peo­res. ¿Ha oído usted hablar de Girty?

-Sí, es un renegado.

-Es un traidor, y Jim y Jorge Girty, sus hermanos, son peores que los peores pieles rojas. Simón Girty ya es malo, pero lo que es Jim, ése es el peor de todos. Siempre está en acecho para raptar a alguna mujer blanca. y llevársela a su tienda india. Simón Girty y sus compinches MacKee y Elliott desertaron del fuerte que usted ve aquí y ahora viven entre los pieles rojas en la región del Fuerte Henry, donde hacen difícil la vida a los coloniza­dores.

-¿Es que el Fuerte Henry está cerca de las aldeas in­dias? -preguntó Joe.

-Más allá del Fuerte Henry, Ohio abajo, viven los de­lawares, shawnis y hurones.

-¿Dónde está la misión morava?

-Usted se refiere a la Villa de la Paz, ¿verdad? Pues se halla en medio de la región habitada por los indios. Creo que está a unas cien millas del Fuerte Henry.

-Supongo que el fuerte es un punto estratégico de mucha importancia.

-Me parece que sí. Es el último lugar sobre el río hacia el Oeste -respondió Lynn sonriendo-. Realmente sólo se trata de algunas cabañas rodeadas de una empali­zada y guardadas por una docena de hombres. Los indios 1o han atacado muchas veces, pero nunca han podido des­truirlo. Sólo hombres como el coronel Zane, su hermano Jack y ese Wetzel son capaces de hacer lo que han hecho manteniéndose fuertes en aquel sitio durante todos estos años. El coronel Zane no dispone de muchos hombres, pero sabe manejarlos, y con guías como Jack Zane y Wet­zel, siempre sabe lo que pasa entre los pieles rojas.

-He oído hablar del coronel Zane v sé que estuvo al servicio de Lord Dunmore. La gente habla con frecuencia de Jack Zane y de Wetzel. ¿Qué son?

-Jack Zane es cazador y guía. Le conocí hace años. Es un hombre amable y quieto, pero cuando se enfada, es como el rayo. Wetzel es cazador de indios. Hay quien dice que es cazador de cabelleras, pero me parece que no es verdad. Yo le he visto algunas veces. No suele pasar mucho tiempo entre los colonizadores, a no ser cuan­do los indios piensan hacer alguna de las suyas. Va y viene sin avisar, sin apenas hablar con nadie, pero toda la fron­tera conoce sus hazañas. Por ejemplo, me han contado que más de una vez los colonizadores se han encontrado una buena mañana un par de indios muertos y sin cuero ca­belludo frente a sus cabañas. Nadie sabe quién los mató, pero todos afirman que ha sido Wetzel. Esta es su ma­nera de decirles que es necesario buscar refugio en el fuerte, y siempre suele tener razón, porque cuando los co­lonos vuelven luego a sus cabañas, sólo encuentran las cenizas. No sería posible que se dedicara nadie en esta región a la agricultura si no fuese por Wetzel.

-¿Qué aspecto tiene? -preguntó Joe, muy interesado.

-Wetzel es recto como aquel roble que está allí, para poder entrar por aquella puerta tendría que entrar de lado, tan anchos son sus hombros; pero es veloz y ligero como un corzo. En cuanto a sus ojos... casi no es posible resistir su mirada. Si ve usted alguna vez a Wetzel, lo conocerá sin que se lo presenten.

-Tengo muchas ganas de conocerle -exclamó Joe, en­tusiasmado- Debe de ser un gran guerrero.

-Ya lo creo. Lew Wetzel es el más valiente de todos, y eso que hay excelentes luchadores aquí en el Oeste. Hace algunos años me uní a una partida en busca de indios cuyas fechorías nos habían denunciado. Wetzel es­taba con nosotros. No tardamos en encontrar las huellas de los indios, pero descubramos que abundaban más que las chinches. Todos estábamos por volvernos atrás, porque éra­mos pocos, y cuando empezamos a emprender el camino de regreso, Wetzel se quedó sentado en un tronco. Le preguntamos si no iba a venir con nosotros y nos contestó: “He venido aquí en busca de pieles rojas y, ahora que los he encontrado, no pienso volverme”. Y allí le dejamos. De modo que ya ve usted que Wetzel es un valiente.

-Confío en conocerle pronto - repitió Joe, sonriendo animado como un muchacho.

-Es fácil. También verá usted a los indios y segura­mente no serán mansos.

En aquel momento se percibieron voces agitadas cerca de las cabañas. Joe vio que varias personas corrían hacia la mayor y desaparecían detrás de ella. El joven se sonrió porque se figuraba que la conmoción se debería a la broma que él había gastado al indio.

Joe se despidió de Lynn y se dirigió a la cabaña para ver lo que pasaba. Un grupo de hombres y mujeres, todos riendo y hablando, rodeaban al indio y al tonto. Joe per­cibió un gemido y luego una voz gutural:

-Rostro blanco, ladrón. Indio, loco, mucho loco, matar rostro blanco.

Después de abrirse paso por entre los, del grupo, Joe vio que el indio tenía a Lurey asido con una mano y que le daba puñetazos en la espalda con la otra. El rostro del pobre hombre revelaba claramente el terror que sentía, a pesar del rostro pintado. Tan grande era su pánico que se limitaba a gimotear.

-Silvertip quitar cabellera a rostro blanco. ¡Uf! - ex­clamó el salvaje, dándole a Lurey otro golpe.

El pobre hombre se retorcía de dolor. Los espectadores se hallaban divididos; los hombres reían, mientras que las mujeres se compadecían de la víctima.

-Esto ya pasa de ser una broma -murmuró Joe, y se colocó en primera fila.

Luego alargó un brazo que por sus músculos parecía el de un herrero y asió la muñeca del indio con una fuerza tan grande que el piel roja soltó inmediatamente a Lurey.

-Yo robé la camisa, para gastarte una broma. Quítame a mí la cabellera si te atreves.

El indio contempló al gigantón que le había interrum­pido tan inopinadamente y con un rápido movimiento se desprendió de él.

-Rostro blanco grande mucha broma, jugar como una mujer-dijo con desprecio y en sus ojos sombríos bri­llaba una amenaza al alejarse rápidamente del grupo.

-Temo que se haya usted ganado un enemigo -dijo Jack Wentz a Joe -. Un indio nunca olvida un insulto, y esa broma, para él ha sido eso. Silvertip solía venir aquí en son de amistad, porque nos vendía pieles. Es un jefe de los shawnis. Allí va entre los sauces.

En el ínterin, Jaime, el señor Wells, la señora Wentz y las muchachas se habían unido al grupo. Todos vieron a Silvertip meterse en su canoa y alejarse río abajo.

-Mala señal-dijo Wentz, y al ver que Jeff Lynn aca­baba de venir, le explicó en pocas palabras lo sucedido.

-Nunca me ha gustado ese Silvertip. Es un indio muy astuto y no es de fiar - contestó Jeff.

-Ahora se ha vuelto y nos está mirando -intervino Nelly rápidamente.

-Es verdad-observó Wentz.

El indio se hallaba unos doscientos metros río abajo y había cesado de remar. El sol se reflejaba en sus plumas de águila. Aun a aquella distancia se veía claramente la expresión sombría de su rostro. El indio alzó la mano y la movió en señal de amenaza.

-Si no vuelve usted a saber de ese indio, yo no me llamo Jeff Lynn -observó con calma el veterano cazador.
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