El espíritu de la frontera






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XX

Al día siguiente muy temprano, Heckewelder apareció frente a la puerta de la cabaña de Edwards, montado a caballo. Cuando Dave abrió la puerta, Heckewelder pre­guntó

-¿Cómo está Jorge?

-Ha pasado mala noche, pero ahora duerme. Creo que no tardará en reponerse - contestó Dave.

-Muy bien. Sin embargo, conviene que no se aparte de su lado durante algunos días.

-Así lo haré.

-Dave, dejo los asuntos de aquí a su buen juicio. Yo tengo que marcharme a Coshhocking para reunirme con Zeisberger. Los asuntos en aquel campamento reclaman nuestra inmediata atención y nos hemos de dar prisa.

-¿Cuánto tiempo se propone usted estar fuera?

-Algunos días. tal vez una semana. En caso de que advirtiese usted alguna agitación entre los indios o viniese aquí Pipa con sus salvajes, envíeme a un corredor para advertírmelo. Mis temores se han desvanecido un poco en vista de la actitud de Wingenund. El haber devuelto la libertad a Jaime a pesar de la oposición de sus jefes de guerra es una señal de buenos sentimientos. Muchas ve­ces he sospechado que le interesa nuestra religión. Su hija Aola mostró el mismo fervor intenso que precede a todas las conversiones. Es posible que no nos hayamos di­rigido en vano a Wingenund y a su hija y que sólo su elevada posición entre la tribu de los delawares haga que no sea prudente para ellos mostrar abiertamente su interés. Si pudiésemos conquistar a los dos, tendríamos muchas probabilidades de convertir a toda la tribu. De todos mo­dos, hemos de agradecer la buena disposición de Win­genund. Así casi tenemos dos aliados poderosos. Cierto es que Tarhe, el cacique de los hurones, permanece neu­tral, pero eso casi vale tanto como su amistad.

-Yo también soy optimista en ese sentido -contestó Edwards.

-Confiaremos en la Providencia y haremos todo lo que dependa de nosotros -repuso Heckewelder disponién­dose a marchar-. ¡Adiós, Dave!

-¡Que Dios le acompañe! -exclamó Edwards al alejarse su superior.

Dave continuó los preparativos para el desayuno. Fue a la cabaña del señor Wells para preguntar por Nelly. Con gran alivio se enteró de que la joven estaba repuesta, hasta el extremo de poder levantarse.

Dave no dejó de atender a su amigo Young. Él también estaba sufriendo por la misma causa que había postrado a su amigo, pero tenía más fortaleza. Mucho se com­plació al ver que Jorge iba sobreponiéndose a su dolor y no corría ya peligro de caer seriamente enfermo.

Era posible que las encarecidas súplicas en favor de los indios conversos hubiesen hecho mella en el corazón de Jorge, dándole así fuerza para resistir. No hubiera podido encontrar Heckewelder razón más poderosa que la evoca­ción en favor de aquellos cristianos desamparados. Sólo un misionero podía comprender la dulzura, la sencillez, la fe, la gran esperanza en la vida buena y verdadera que rei­naba en el corazón de aquellos indios. Pensar en lo que él era para ellos como misionero y maestro le había ali­viado en gran parte, y para poder resistir pidió fuerzas a Dios. Para todas las penas hay un remedio soberano, para todos los sufrimientos hay un bálsamo que cura: la fe religiosa. La felicidad material había entrado de pronto en la vida de Young, con esplendor de meteoro, para apa­garse como la llama de la vida a fuerza del viento, pero le quedaban su deber y su trabajo. Así, en la prueba, aprendió la necesidad de resignarse. Ya no se rebelaba contra las fuerzas misteriosas de la Naturaleza, al parecer, brutales. Ya no se maravillaba de la aparente indiferencia de la Providencia. Tenía una esperanza: ser fiel a su fe y difun­dirla hasta el último instante.

Nelly se sobrepuso a su dolor con asombrosas reservas de fuerza; sin duda alguna era la maravillosa fuerza que hace que una persona sea capaz de llevar una cruz muy pesada y luchar hasta con la muerte misma por el amor a otros. Como Young tenía a los inteligentes indios que aprendían de él la religión y de cuyo porvenir era él res­ponsable, así Nelly tenía a su anciano tío a quien cuidar y querer.

Las atenciones de Jaime hacia ella, que habían sido grandes antes de la desgracia, eran ahora señaladísimas, inconfundibles. En cierto modo, Jaime parecía cambiado desde su regreso del campamento de los delawares. Aun­que se dedicaba a su trabajo con su antigua acometividad, no le acompañaba ya el éxito de antes. Fuera esto falta suya o no, tomaba muy a pecho su fracaso. Y fue Nelly quien le ayudó a sobrellevar la pena que le causaba la decepción. Nelly aceptaba ahora francamente la devoción de Jaime, a pesar de que antes siempre la rechazara. Ella, sin darse cuenta, había revelado sus verdaderos sentimien­tos en los primeros momentos cuando salió de su sopor y él lo recordó. No es que Jaime le hablara de amor, pero con mil actos de bondad y constantes atenciones iba con­quistándola poco a poco.

Los días que siguieron a la marcha de Heckewelder fue­ron notables en varios sentidos. Aunque el tiempo era seductor, el número de indios que visitaban la villa dis­minuía gradualmente, y por fin llegó el día en que a la hora del sermón no había ningún indio ajeno a la villa.

Jaime predicaba como de costumbre. Después de pasar varios días en que la congregación sólo se componía de indios conversos, el joven empezó a intranquilizarse.

Young y Edwards no sabían explicarse esta inusitada ausencia, pero no vieron en ella motivo alguno de intran­quilidad. Ya otras veces habían pasado varios días sin que apareciesen visitas.

Por fin Jaime fue a consultar el caso con Glickhican. Encontró al delaware trabajando en el sembrado de pata­tas. El viejo piel roja dejó la azada y se inclinó ante el misionero. La actitud de los indios conversos hacia el joven Padre Blanco siempre era de gran respeto y reve­rencia.

-Glickhican, ¿puedes decirme por qué no vienen ya los indios de afuera?

El indio movió la cabeza en sentido negativo.

-¿Crees que su ausencia significa algún mal para Villa de la Paz?

-Glickhican ha visto un pájaro negro volando en la sombra de la luna. El pájaro volaba sobre Villa de la Paz, pero no cantaba.

El viejo delaware se limitó a dar tan extraña respuesta. Jaime regresó a su cabaña muy preocupado. No le había gustado la contestación de Glickhican, que parecía implicar que una nube se cernía sobre el cielo azul de la aldea cristiana. Jaime confió sus temores a Young y Ed­wards. Después de discutir la situación, los tres decidieron enviar a buscar a Heckewelder. Éste era el jefe de la misión y conocía mejor que ellos el carácter de los indios. Si la calma en aquella vida hasta entonces tan activa era la que precedía a la tempestad, Heckewelder había de estar presente con su experiencia e influencia.

-Desde hace diez años, Heckewelder está temiendo que los indios hostiles puedan hacer alguna de las suyas -dijo Edwards -; pero, hasta ahora, siempre ha logrado con­jurar el peligro. Como sabéis, se ha limitado mayormente a aplacar a los indios y persuadirles para que nos escuchen con disposición amistosa. Puede que esta vez logre domi­nar también cualquier peligro. Vamos a mandar por él.

De acuerdo con esta decisión mandaron un corredor a Goshhocking, el cual volvió a su debido tiempo con la no­ticia sorprendente de que Heckewelder había salido días antes de aquella aldea, lo mismo que todos los demás salvajes, excepto los pocos conversos. Lo mismo sucedía en el caso de Sandusky, la aldea vecina a Goshhocking. Ade­más, había sido imposible obtener noticia alguna respecto a Zeisberger.

Los misioneros mostráronse seriamente alarmados y no sabían qué hacer. Ocultaron, sin embargo, las graves noti­cias a Nelly y a su tío, para no intranquilizarlos innecesa­riamente. Aquella noche, los tres predicadores se retiraron muy preocupados.

A la mañana siguiente, Jaime se despertó al oír que al­guien llamaba con insistencia en la ventana. Se levantó para ver quién era y se encontró con Edwards.

-¿Qué pasa?-preguntó Jaime, sorprendido.

-Muchas cosas. Vístete rápidamente y, después, llama al señor Wells y a Nelly, pero no los asustes.

-Pero, ¿qué pasa? -insistió Jaime empezando a ves­tirse.

-Pues que los indios están entrando en la villa en masa.

Y así era, en efecto. Apenas el sol naciente había despe­jado la niebla, se vieron largas filas de indios a pie, gue­rreros montados, centenares de caballos de carga, acercán­dose desde el bosque. La ordenada procesión era prueba de un plan por parte de los invasores.

Desde sus ventanas, los misioneros los observaron con gran ansiedad y temor. Cuando los salvajes llegaron al llano frente al pueblo, se detuvieron y empezaron a descargar sus petates. Largas filas de tiendas surgieron como por en­canto Los salvajes habían venido para quedarse. Hasta el mediodía, la llegada de nuevos grupos de indios fue cons­tante, y lo más notable era que no venían acompañados ni de sus mujeres ni de sus hijos.

Jaime calculó que en total eran unos setecientos, número de visitantes jamás conocido en un solo día en Villa de la Paz. La mayoría eran delawares, pero también había algu­nos shawnis y hurones. Pronto se evidenció el hecho de que, por el momento, los indios no tenían intención de dedicarse a demostraciones hostiles. Su conducta era pací­fica, no se metían con nadie, atendían a sus fogatas y sus tiendas, pero se advertía en ellos la falta de curiosidad que les había caracterizado en otras visitas a Villa de la Paz.

Tras breve consulta con sus amigos, que se oponían a que predicase aquella tarde, Jaime decidió no prescindir en modo alguno de la costumbre establecida. Celebró el servicio vespertino y habló a la congregación, que aquella vez era mayor en número que ninguna otra. Le sorprendió

observar que su sermón, que hasta entonces había tenido siempre gran influencia sobre los salvajes, no despertase el menor entusiasmo. Cuando calló, se hizo un silencio omi­noso.

Los que le habían escuchado con mayor atención eran cuatro blancos vestidos como indios. A tres de ellos los co­nocía, porque eran Simón Girty, Elliott y Deering, y Ed­wards le dijo que el otro era el conspicuo Mac Keed. Estos cuatro se paseaban por la aldea visitando tiendas y ca­bañas como hombres que llevan a cabo una inspección.

Tan grande era su curiosidad, que Jaime volvió aprisa y corriendo a la cabaña del señor Wells y se quedó allí. Naturalmente, Nelly y su tío ya conocían la presencia de los salvajes hostiles. Estaban los dos muy asustados, a pe­sar de que el joven les aseguraba que no tenían causa alguna para temer nada.

Jaime se hallaba sentado en el umbral de la puerta con el señor Wells y Edwards, cuando Girty y sus cama­radas se dirigieron hacia ellos. El jefe de los renegados era un hombre alto y atlético, de facciones fuertes y oscuras. No se veía en él nada de la brutalidad y ferocidad que ca­racterizaba a su hermano. Simón Girty mostrábase fuerte, inteligente y autoritario, cualidades que le valieron la in­fluencia poderosa que gozaba entre los indios. Sus compa­ñeros eran totalmente distintos. Elliott era un hombre pe­queño, delgado, de rostro astuto, malévolo; el aspecto de Mac Keed era el que se podía suponer por su reputación, y Deering era digno compañero de Jim Girty.

-¿Dónde está Heckewelder? - preguntó Simón Girty secamente, deteniéndose ante los misioneros.

-Se marchó a las aldeas indias a orillas del Muski­nong -contestó Edwards -. Pero no sabemos nada de el ni de Zeisberger.

-¿Cuándo lo esperan ustedes?

-No puedo decirlo. Tal vez mañana, tal vez dentro de una semana.

-Él es el que manda aquí, ¿verdad?

-Sí, pero me ha encargado todos los asuntos de la misión durante su ausencia. ¿Puedo servirle en algo?

-Creo que no-dijo el renegado volviéndose a sus compañeros, con los que habló brevemente en voz baja.

Poco después, Mac Keed, Elliot y Deering se dirigieron hacia el nuevo campamento indio.

-Girty, ¿nos tiene usted mala voluntad? - preguntó Edwards gravemente. Había visto al renegado muchas ve­ces y no vacilaba en interrogarle.

-No, no les tengo mala voluntad-contestó el rene­gado con acento sincero-. Pero siempre he sido opuesto a que se predique a los indios. Los pieles rojas están furio­sos y no diré que yo haya hecho nada para calmarlos. El trabajo de los misioneros ha de terminar de un modo o de otro. Les digo que yo no he olvidado aún del todo lo que he sido antes y creo que ustedes son sinceros y honrados. Estoy dispuesto a hacer algo que realmente no debía ha­cer: ayudarles a marcharse de aquí.

-¿Marcharnos? -preguntó Edwards.

-Eso mismo -contestó Simón Girty poniéndose el rifle al hombro.

-Pero, ¿por qué? No hacemos daño a nadie y procura­mos hacer el bien. ¿Por qué nos habíamos de marchar?

-Porque seguramente habrá jaleo -dijo el renegado. Edwards se volvió lentamente hacia el señor Wells y Jaime. El viejo misionero estaba temblando. Jaime se había puesto pálido, pero más de ira que de temor.

-Muchas gracias, Girty; pero nos quedaremos -exclamó Jaime con voz clara y potente.


XXI

Jaime, sal un momento - dijo Edwards llamando a la ventana de la cabaña del señor Wells…

El joven, que estaba desayunándose, se levantó y salió. Encontró a Edwards junto a la puerta con un indio de la tribu de los hurones, de cuerpo fuerte y esbelto, en el que fácilmente se reconocía al corredor. Cuando Jaime sa­lió, el joven indio le entregó un paquetito. Jaime desenvol­vió las hojas de piel aceitosa y encontró un trozo cuadrada de corteza de abedul en el que se leía lo siguiente

«Reverendo Jaime Downs:

»Saludos. Su hermano de usted vive v está bien.

Aola lo ha salvado, tomándolo por esposo. Salgan de la

Villa de la Paz. Pipa y Half King están bajo la in­fluencia de Girty. Zane.»

-¿Qué te parece esto? -exclamó Jaime entregando el mensaje a Edwards -. Gracias a Dios, Joe se ha salvado.

-¿Zane? Debe ser el Zane que se casó con la hija de Tache -contestó Edwards después de leer el mensaje-. Me alegro mucho de que tu hermano se haya salvado.

-¡Joe casado con aquella hermosa india! ¿Qué dirá Nelly? - musitó Jaime.

-Otro aviso más. ¿Has entendido bien el de la carta? -preguntó Edwards -. « Pipa y Half King están bajo la influencia (le Girty.» Al parecer, ese Zane cree que este aviso tan seco es suficiente.

-Edwards, nosotros somos predicadores y no podemos entender esas cosas. Yo estoy aprendiendo cada día cosas nuevas. El coronel Zane nos aconsejó que no viniésemos aquí. Wetzel nos dijo que nos volviésemos al Fuerte Hen­ry. Girty nos aconsejó lo mismo, y ahora viene esta orden perentoria de Isaac Zane.

-¿Y qué?

-Pues que esos veteranos de la frontera ven lo que nosotros no queremos ver. Nosotros tenemos tanta con­fianza en Dios, que no nos damos cuenta de los peligros de esta vida. Temo que nuestra labor aquí haya sido en vano.

-;Nunca! Yo he salvado muchas almas. No te des­animes.

Durante aquella conversación, el corredor había estado al lado de ellos, erguido como una flecha. Se le ocurrió a Edwards que el hurón tenía que decirles algo más y le preguntó en este sentido.

-Hurón... pasar... rostros pálidos.-Alzó ambas ma­nos abriéndolas y cerrándolas varias veces, seguramente para indicar cuántos blancos había visto -. Estar aquí... cuando... sol... alto.

Dicho lo cual se volvió y se alejó con paso ligero y elástico.

-¿Qué ha querido decir? -preguntó Jaime, casi se­guro de no haber oído bien al corredor.

-Ha querido decir que una partida de hombres blan­cos está viniendo hacia aquí y que llegará al mediodía. Los corredores indios son siempre exactos en sus afirma­ciones. Tenemos, pues, muy buenas noticias, tanto por lo que respecta a tu hermano, como a Villa de la Paz. Vamos a decírselo a los otros.

La información del corredor indio resultó ser cierta, por­que un poco antes del mediodía, los centinelas indios avi­saron la llegada de una banda de hombres blancos. Al parecer, las fuerzas de Simón Girty conocían la proximidad de la banda, porque la noticia no despertó ninguna agita­tación. Los indios sólo mostráronse vagamente curiosos. Poco después aparecieron algunos guías delawares escol­tando un gran número de veteranos de la frontera.

Tratábase de una expedición al frente de la cual iba el capitán Williamson, que había ido a castigar a una tribu de chippewas. Ésta había molestado recientemente a algu­nos colonizadores, cometiendo varios actos de violencia. Componíase la Compañía de hombres que habían servido en la guarnición del Fuerte Pitt y de cazadores y vetera­nos del torrente Amarillo y del Fuerte Henry. El capitán mismo era un típico veterano de la frontera, rudo y fran­cote, endurecido por largos años de vida en la frontera y, como muchos colonizadores, apreciaba a los indios como se aprecia a una serpiente. Capitaneando aquella partida de veteranos había sorprendido a los chippewas, dejando muy pocos con vida. Al regresar había pasado por Goshhoc­king, donde se enteró de la tempestad que se cernía sobre Villa de la Paz, y había acudido más por curiosidad que con esperanza e intención de evitar una desgracia.

La llegada de tantos hombres curtidos en la vida de la frontera parecía buena señal para los preocupados misio­neros. Les dieron cariñosamente la bienvenida y les ce­dieron varias cabañas nuevas, para que se instalasen con comodidad. Edwards condujo al capitán Williamson por el pueblo, enseñándole las tiendas, los talleres y las escue­las, y en el curtido rostro del veterano se manifestó cómica sorpresa.

-¡Caramba! ¡Que me aspen si jamás creí que un piel roja pudiese trabajar! -fue el único comentario que hizo.

-Estamos muy alarmados por la presencia de Simón Girty y su gente-observó Edwards -. Nos han aconse­jado que nos fuésemos de aquí, pero no nos han amena­zado todavía. A usted, ¿que le parece la presencia de los indios hostiles?

-No creó que les molesten a ustedes, los predicadores, pero se ve claramente que son enemigos de los indios conversos.

-¿Por que nos han dicho que nos fuésemos?

-Eso es natural, puesto que se oponen a que ustedes continúen predicando.

-¿Qué harán con los conversos?

-Nadie lo sabe. Puede que quieran llevárselos de nuevo a las tribus, pero me parece que los conversos no querrán ir. Por otra parte, ese Simón Girty teme que el cristianis­mo se difunda demasiado entre los pieles rojas.

-¿Entonces cree usted que cogerán prisioneros a nues­tros indios cristianos?

-Es lo más posible.

-Y también cree que haríamos bien en marcharnos de aquí.

-Ciertamente. Nosotros regresaremos pronto al Fuerte Henry, y lo mejor que pueden hacer es venirse con nos­otros.

-Capitán Williamson, nosotros nos quedaremos aquí a pesar de todos los Girty.

-No adelantarán ustedes nada. Pipa y Half King no toleran a los indios conversos y menos a los de aquí, con su ganado y campos de trigo.

-Wetzel dijo lo mismo.

-¿Ha visto usted a Wetzel?

-Sí, arrancó del poder de Jim Girty a una muchacha y nos la devolvió.

-¡Ah!, ¿sí? Yo me encontré con Wetzel y Jonathan Zane a algunas millas de aquí, en el bosque. Están ace­chando a alguien, porque les dije que se viniesen con nos­otros, pero se negaron, diciendo que tenían algo que hacer. Y su aspecto lo indicaba claramente. Nunca he oído decir que Wetzel haya dado un consejo a nadie, pero no tengo inconveniente en declarar que si a mí me aconsejara una cosa, me faltaría tiempo para hacerle casó.

-Como hombres podríamos hacer casó de esos consejos, pero siendo predicadores, hemos de quedamos aquí para hacer todo lo que podamos por los indios cristianos. Otra cosa: ¿querrá usted ayudarnos?

-Me quedare aquí para ver lo que pasa-contestó Williamson, y Edwards tomó buena nota de la contesta­ción evasiva del veterano.

Jaime, en el ínterin, había trabado conocimiento con un joven misionero que se llamaba John Christy, que perdió a su novia en una de las incursiones de los chippewas. Se

había unido a la expedición de Williamson con la espe­ranza de salvarla.

-¿Cuánto tiempo hace de eso?-preguntó Jaime.

-Salimos hace cosa de cuatro semanas. Ayer hizo cin­co que raptaron a mi novia. Tenía la esperanza de que, uniéndome al capitán Williamson, me sería posible encon­trarla, pero en vano. La expedición peleó con una banda de pieles rojas a la orilla del río Walhonding y los mató a casi todos. Un indio herido me contó que un renegado se había escapado una semana antes con una muchacha blanca. Tal vez era la pobre Lucy.

Jaime contó las circunstancias de su propia captura por , Jim Girty, el rescate de Nelly y la triste suerte de Kate. Al terminar preguntó

-¿No es posible que sea Jim el que haya raptado a su novia?

-No es probable. La descripción que me dieron del miserable no coincide con Girty. Dicen que era un hombre bajo y grueso, conocido por su gran fuerza. Hay diez o doce renegados en la frontera y, excepto Jim Girty, tan malo es uno como otro. El peor de todos es ese Jim Girty.

-Entonces, ¿es cosa corriente que rapten a las mucha­chas de las colonias?

-Sí, y lo extraño es que uno no se entera de estas cosas hasta que llega a la frontera.

-Ni de eso ni de otras cosas se entera uno. Sólo le hablan a uno de las maravillosas riquezas de las regiones del Oeste.

-Es verdad. La fama de que estas regiones son fértiles induce a la gente a emigrar hacia la frontera. Llegan con sus familias y de cada diez personas, dos por lo menos pierden las cabelleras, y en algunos sitios, el término medio es aún mayor. Además les roban las mujeres y las hijas. Estoy desde hace dos años en la frontera y sé que el rescate de cualquier cautiva, como el caso de que me habla usted, es una excepción notabilisima.

-Si tiene usted tan poca esperanza de volver a encon­trar a su novia, ¿para qué se ha unido a los cazadores?

-Para vengarme.

-¿Siendo misionero?-exclamó Jaime, asombrado.

-Lo he sido. Ahora no soy más que un hombre sediento de venganza-. contestó Christy, con rostro sombrío -. Es­pere a conocer la vida de la frontera. Hace poco tiempo que está usted aquí y aún está henchido por el éxito de sus sermones; usted ha vivido un tiempo relativamente corto en una aldea en la que, hasta ahora, todo ha sido paz y gloria. Usted no conoce nada de lo difícil que es vivir en estas regiones selváticas. Han bastado dos años para que me endurezca de tal modo, que esté sediento de la sangre de ese renegado que me ha quitado lo que más quería. Tenga en cuenta que el que vive en la frontera tiene que elegir entre sucumbir o abrirse paso matando. El vertimiento de sangre es inevitable; si no es la de usted es la del enemigo. El colonizador va del arado a la lucha, tiene que detenerse en medio de la cosecha para defen­derse, y en invierno se ve obligado a luchar contra el frío y otras inclemencias, que serían menos crueles si hubiese tiempo en verano para prepararse para el invierno, porque los salvajes apenas le dejan la oportunidad de plantar y recoger sus cosechas. Dígame si todos esos colonizadores no volverían de buena gana hoy mismo al Este si pudiesen. Lo que les trae es el deseo de crearse un hogar, en lo que se ven duramente defraudados. Sin embargo, se que­dan, porque no pueden volver y porque no pierden la esperanza de alcanzar su objeto. Mas yo le digo que esta generación, si sobrevive, jamás verá ni la prosperidad ni la dicha. Y el colonizador que resiste a todos los embates, ¿por qué logra sobrevivir? ¿Porque es cristiano? No, sino porque es luchador, porque se defiende como puede y se hace tan feroz como el piel roja que se desliza furtiva­mente por las inhospitalarias selvas.

Los días serenos y felices de Villa de la Paz habían pa­sado a la historia. Pronto hizo su aparición aquel depra­vado vagabundo, el ignominioso traficante francés, con sus baratijas y su despreciable whisky. Esto era todo lo que necesitaban los salvajes para que se encendiesen sus pa­siones. Si hasta entonces sólo se habían mostrado atrevi­dos, ahora se volvieron insultantes. Despreciaban a los indios cristianos por su neutralidad, se burlaban de ellos por adorar a un Dios desconocido y maldecían una religión que convertía a los hombres en mujeres.

Comenzó la matanza del ganado, el despojo de los cam­pos de maíz y el robo de los graneros, en medio de las borracheras.

Al mismo tiempo comenzaron las consultas entre Simón Girty y Elliott con Pipa y Half King. Este último era tal vez más fiero en su odio que Pipa. El porvenir de la colo­nia cristiana dependía de estos dos jefes indios. Simón Gir­ty y Elliott, al parecer, sólo eran los instigadores que tra­bajaban con diligencia para avivar la pasión de los dos jefes guerreros. Con gran alivio de los preocupados misio­neros, Heckewelder volvió por fin de su excursión. Apare­ció con el rostro desencajado y el traje deshecho. Informó a sus amagos que, en su camino hacia Goshhocking, le habían asaltado tres veces y que, por fin, le había detenido una banda de chippewas. Éstos le llevaron a su campamento y, poco después de su llegada, un renegado raptó una cautiva blanca, huyendo con ella. Luego los indios se desbandaron al asalto de los cazadores de Williamson. Zeisberger, en cambio, estaba bien en la ciudad morava de Salem, a al­gunas millas al oeste de Goshhocking.

Heckewelder, al regresar, esperaba encontrar el mismo estado de cosas en Villa de la Paz y sufrió una enorme sorpresa al ver a tantos indios hostiles. Los jefes que antes le estrecharon siempre amistosamente la mano, se echaron atrás diciéndole fríamente

-Washington ha muerto. El ejército americano ha sido derrotado. Los pocos miles que se han escapado en la gue­rra con los ingleses se hallan reunidos en el Fuerte Pitt para robar la tierra de los indios.

Heckewelder negó enérgicamente la veracidad de tales afirmaciones, sabiendo que las inventaron Girty y Elliott. Agotó en vano toda su habilidad y paciencia para demos­trar a Pipa que estaba equivocado. Half King se hallaba tan influído por los renegados que se negó a escucharle siquiera. Los demás jefes mantuviéronse fríos y reservados hasta la exasperación. Wingenund no formaba parte activa en los consejos, pero su presencia era, al parecer, prueba de que hacía causa común con todos los suyos. La perspec­tiva era totalmente descorazonadora.

-No puedo más - declaró Heckewelder aquella noche, al regresar a la cabaña de Edwards.

Se dejó caer en una silla como hombre que está com­pletamente agotado y cuyo espíritu indomable ha sido al fin quebrado.

-Acuéstese y descanse- aconsejó Edwards.

-¡Oh, no puedo! Veo el asunto muy mal.

-Está usted cansado. Mañana estará mejor; Tal vez? situación no sea tan desesperanzada como parece. La presencia del capitán Williamson con sus hombres es suma­mente halagüeña.

-¿Qué pueden hacer? -exclamó Heckewelder con amargura- Nunca en mi vida me he visto frente a pieles rojas tan pétreos y tétricos. Paréceme que no vacilan, sino que obran como gentes que han decidido lo que van a hacer. Parece que están esperando algo.

-¿Qué esperan? -preguntó Jaime, después de haber guardado silencio durante largo rato.

-Sólo Dios lo sabe. Tal vez esperan llegar a una decisión final y tal vez también algo cuyo mero pensamiento me da escalofríos.

-Díganos lo que es -exclamó Edwards.

-No se preocupen. Acaso no sea nada más que mi propia nerviosidad lo que me hace temer lo peor.

-Heckewelder, díganos la verdad-rogó Jaime con semblante grave.

-Amigos míos, Dios quiera que me equivoque y que mis temores no se confirmen... Creo que los indios esperan la llegada de Jim Girty.
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