El espíritu de la frontera






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EL ESPÍRITU DE LA FRONTERA

ZANE GREY


INTRODUCCIÓN
El autor no tiene la intención de excusar aquí lo que muchos lectores puedan llamar la «brutalidad" de la no­vela, pero desea explicar que su espíritu salvaje correspon­de a la vida de la frontera del Oeste tal como se conocía hace tan sólo poco más de un siglo.

El que esto escribe es feliz poseedor de materiales his­tóricos de evidente veracidad y valor. Se trata del cuader­no de notas, largo tiempo perdido, del coronel Ebenezer Zane, uno de los más preeminentes cazadores y explora­dores a los que se debe la colonización del Oeste sel­vático.

La historia de aquel período trágico merece lugar más sobresaliente en la literatura histórica del que hasta aho­ra ha ocupado, indudablemente debido a la falta de datos auténticos acerca de la conquista del terrible Oeste. Te­niendo en cuenta los muchos años durante los cuales lu­charon los colonizadores en los confines de este país, la historia de sus esfuerzos es pobre y oscura.

Si los años del fin del siglo dieciocho y del comienzo del diecinueve estaban llenos de aventuras emocionantes entre los colonizadores que todavía vivían en la costa del Atlántico, ¡cuánto mayores no habrán sido las hazañas de los casi olvidados exploradores que atrevidamente invadie­ron las inhospitalarias selvas! La historia de sus vidas aza­rosas, de su heroísmo y de sus grandes sacrificios en bene­ficio de futuras generaciones, es muy poco conocida.

Para que se comprendan mejor aquellos días, el autor ha utilizado las notas de sus antepasados con el fin de hacer un retrato nuevo y emocionante de aquella época; un cuadro que revela la fiebre de libertad del explora­dor, aquel poderoso impulso que llevó a tantos y tantos a tumbas ignoradas; un cuadro que demuestre su labor, sus amores, el efecto de las causas que hicieron su vida tan dura, y que no olvide tampoco, en modo alguno, a los pieles rojas, tan injustamente tratados.

La frontera producía en 1777 hombres blancos tan salvajes, que eran hombres sólo de nombre. Estos forajidos y renegados vivían entre los salvajes y durante treinta años hostigaron la frontera, perpetrando toda suerte de endiabladas crueldades entre los colonizadores. No menos crueles eran para con los pieles rojas a los que domina­ban; en el apogeo de su cruenta carrera deshicieron la larga y penosa labor de los misioneros y destruyeron la apacible aldea de los indios cristianos llamada Gnaden Hutten, o sea Villa de la Paz.

Y mientras la frontera producía tales forajidos, también produjo cazadores como Boone, los Zane, los Mac-Colloch y Wetzel, aquel hombre extraño, silencioso, de cuyas ha­zañas aún se habla en la región donde erraba para perse­guir insaciablemente a los salvajes y renegados, un hom­bre que era tan sólo producto de su época. La civiliza­ción no hubiera producido un hombre como Wetzel. Las grandes revoluciones, las grandes crisis, los grandes mo­mentos producen al hombre que necesitan.

La frontera necesitaba a Wetzel. Los colonizadores hu­biesen necesitado muchos más años para civilizar aquellas regiones de no haber sido por él. Wetzel nunca fue colo­nizador; sólo fue cazador de indios. Cuando no seguía las huellas de los salvajes pieles rojas, se quedaba en las colonias, su aguda mirada y su fino oído atentos a cual­quier señal de hostilidad. Para el supersticioso indio era¡ una sombra, el espíritu de la frontera que llevaba la muerte a las selvas oscuras. Para los colonizadores era el brazo derecho de la defensa, el cabecilla adecuado para los pocos audaces que hicieron posible la coloniza­ción del Oeste.

Y si esta historia de una de sus inexorables persecuciones revela al hombre tal como fue en realidad, amado por los colonizadores, respetado y temido por los indios y odiado por los renegados, si suaviza un poco la fama de hombre despiadado con que ha pasado a la historia, el autor se considerará muy bien recompensado.

Zane Grey

I

-Nelly, me estoy encariñando mucho con usted.

-Así debe ser, señor Joe, si al decirlo muchas veces lo convierte en verdad.

La muchacha hablaba con sencillez, desprovista del todo de su característica picardía. Las travesuras, las sonrisas burlonas y pizpiretas y un dejo de coquetería habían pa­recido cosa natural en Nelly, pero aquel tono grave y aquella mirada casi triste desconcertaban a Joe.

Durante el largo viaje cruzando las montañas, la joven había sido alegre y feliz, mientras de pronto, cuando iban a separarse, tal vez para no volver a verse, ella le revelaba una parte de su carácter más grave, mas profunda. Esto detuvo la osadía de Joe como no lo hubiera podido hacer otra cosa. De pronto vio la verdadera significación del amor de una mujer, cuando ésta lo otorga libremente, sin reser­vas. Enmudeciendo al pensar que no había logrado com­prenderla, que casi había estado jugando con ella, Joe se quedó mirando la agreste región.

La quietud del panorama impresionó a la joven pareja y les recordó con fuerza que se hallaban en el umbral del Oeste desconocido, que en alguna parte más allá de aque­lla colonia, entre aquellas selvas vírgenes, que, negras y si­lenciosas, se extendían ante sus ojos, estaba su futuro hogar.

Desde el punto elevado en que se hallaban los dos, el terreno bajaba y se estrechaba gradualmente hasta ter­minar en punta aguda que señalaba el último trozo de tierra entre los ríos Allegheny y Monongahela. En aquel punto uníanse los dos ríos de rápida corriente para formar el ancho Ohio. El nuevo río, ya orgulloso y potente en su comienzo como si adivinase su lejana grandeza, se desli­zaba majestuosamente en amplia curva, y, al parecer, se perdía en el follaje denso del bosque.

En la estrecha lengua de tierra, sobre la unión de los dos ríos, había un edificio bajo, ancho, cercado por una empalizada tupida en cuyas cuatro esquinas había sendas casitas que sobresalían de la estacada como si quisieran ver lo que pasaba debajo. Los troncos macizos y gruesos empleados en la construcción de aquel fuerte, la forma cuadrada. compacta, y los pequeños y oscuros agujeros cortados en las paredes, daban a la estructura un aspecto amenazador.

A los pies de Nelly y Joe, en la orilla, había muchas cabañas de troncos. El barro amarillo que llenaba las grie­tas entre los troncos les daba un aspecto singular, como si estuviesen pintadas a rayas. En la vecindad de las ca­bañas había animación, en agudo contraste con la gran­diosa calma de los bosques cercanos. Se veían algunos ca­rros con toldos de lona, en derredor de los cuales jugaba la chiquillería. Algunos caballos pacían en la hierba corta y seis bueyes pintos comían el forraje que les acababan de echar. El Humo de muchas fogatas daba mayor animación a la escena, y junto a las fogatas se hallaban mujeres de rostros encendidos que removían el contenido de calderas humeantes. Un hombre manejaba vigorosamente el hacha y los limpios golpes resonaban fuertes; otro clavaba estacas en tierra donde colgar marmitas y calderas. Ante una ca­baña grande, un comerciante de pieles enseñaba sus mer­cancías a tres indios. Otro indio llevaba un montón de pieles desde la canoa, a orillas del río, a la cabaña. Un pequeño grupo de blancos contemplaba con mirada curiosa a los salvajes. Dos nenes se asomaban tras el delantal de su madre, temerosos pero llenos de curiosidad.

Desde aquella escena, cuya significación acababa de com­prender, Joe volvió los ojos a su compañera. Era el de ésta un rostro dulce, de rasgos quietos, pero con promesa de muchas sonrisas. Los ojos azules no podían ocultar por largo tiempo los destellos de alegría y, de buen humor. La joven se volvió también y los dos quedaron mirándose. Los ojos de la joven se suavizaron al contemplar a aquel hombre joven, de anchos hombros y cuerpo ágil y fuerte.

-Escúcheme -dijo Nelly-. Sólo nos conocemos des­de hace tres semanas, desde el día en que usted se reunió a nuestra caravana. Por su amabilidad, por haberme ayu­dado a soportar las molestias e incomodidades del viaje, me ha sido usted simpático. No puedo decir más, aunque quisiera. Me ha dicho usted que se escapó de su casa en Virginia para buscar la aventura en la frontera y que no conocía a nadie en esta región selvática. Es más, me ha di­cho usted que no podría ni quisiera trabajar como coloni­zador. Tal vez tampoco mi hermana ni yo sirvamos para estos trabajos, pero nos vemos obligadas a seguir con nues­tro tío, porque es el único pariente que tenemos. Él ha venido aquí para unirse a los misioneros moravos y predi­car el Evangelio a los indios. Compartiremos, pues, su vida v le ayudaremos en todo lo que podamos. Usted me ha dicho que... que me quiere y ahora cuando nos vamos a separar, no sé qué decirle; sólo podría decir: abandone la idea de buscar la aventura y véngase con nosotros. Me parece que en esta región no es necesario buscar la aven­tura, pues vendrá por sí sola.

-Quisiera ser como Jaime -exclamó Joe de pronto.

-¿Quién es Jaime?

-Mi hermano.

-Hábleme de él.

-Poco hay que hablar de él. Somos los únicos que quedamos de nuestra familia, lo mismo que usted y Kate de la suya. Jaime el predicador; es un excelente mu­chacho... Yo le quiero mucho.

-Entonces, ¿por qué se alejó usted de él?

-Estaba cansado de Williamsburg, reñí con un hombre le herí. Además, quería ver el Oeste; me gustaría cazar ciervos y osos y pelear con los indios. En realidad sirvo para poco.

-¿Era Jaime el único a quien usted quería-- pregun­tó Nelly sonriendo, porque le sorprendió verle tan serio.

-Sí, excepto mi caballo y mi perro. Los tuve que de­jar -repuso Joe bajando la cabeza.

-¿Le gustaría ser como Jaime porque es predicador y así podría usted ayudar a mi tío a convertir indios?

-Sí, en parte; pero mayormente porque... porque algo que usted ha dicho me ha hecho quererla de distinto modo y quisiera ser digno de usted.

-No puedo creer que usted no sea bueno, aunque me lo diga -contestó la joven.

-Nelly -exclamó Joe de pronto, y la cogió de las manos. Pero Nelly se soltó y se apartó de un salto. En aquel momento sonreía francamente.

-Tenga la bondad de portarse como es debido, señor.

-Nelly, al decirlo, echó atrás la cabeza para quitarse el cabello del rostro, y le miró con ojos entornados -. ¿Ven­drá usted con Kate y conmigo?

Antes de que Joe pudiera contestar, un grito desde abajo les llamó la atención. Se volvieron y vieron que en la co­lonia entraba en aquel momento otra caravana de carros. Los niños gritaban y corrían junto a los bueyes cansinos, los hombres y las mujeres se acercaban, curiosos.

-Debe de ser la caravana que mi tío esperaba. Vamos abajo - dijo Nelly.

Joe no contestó, pero la siguió por el sendero. Cuando llegaron junto al grupo de sauces, cerca de las cabañas, se inclinó y cogió la mano de ella. Nelly vio la mirada de osadía en los ojos de Joe.

-No lo haga, que nos verían - murmuró la muchacha.

-¡Si no es más que eso, me parece que poco im­porta...

-¿Qué quiere usted decir? Yo no he dicho... no he querido... ¡oh! . . . ¡suélteme! -Nelly trató de soltarse, pero Joe la tenía tan fuertemente cogida de la mano, que no le fue posible desasirse. Al ver a la mujer del traficante en pieles mirar por la ventana, la joven frunció el ceño. Recordó haberle dicho a aquella mujer que no le gustaba Joe; tal vez por temor a aquellos ojos le contrarió la audacia de Joe. Abrió la boca para pro­testar, pero no pudo pronunciar palabra, porque Joe se había inclinado y le había cerrado la boca con la suya.

Durante el breve instante que duró el abrazo, Nelly se quedó dolorida y muda, mirando a Joe. Generalmente la muchacha era vivaracha y respondona, pero el aturdimien­to que le causó al verse besada, precisamente a la vista de la mujer del traficante, la dejó como paralizada. Luego oyó voces v cuando Joe se marchó sonriendo satisfecho, Nelly sintió que el corazón le latía con inusitada violencia.

La alta figura de Joe descollaba claramente sobre la ladera cuando se dirigió hacia la nueva caravana, sin vol­verse ni una vez. Mirándole con mirada que auguraba poco bueno para el porvenir, Nelly se metió en la cabaña.

Al penetrar por la puerta le pareció que el canoso ca­zador, que se hallaba sentado en el banco junto a la en­trada, sonreía con picardía y le guiñaba el ojo, como di­ciendo que sabía guardar un secreto. La señora Wentz, la mujer del traficante, estaba sentada cabe la ventana; tratá­base de una mujer gruesa, de fuertes facciones, con la cal­mosa placidez común a la gente que ha vivido mucho tiempo en distritos escasamente poblados. Nelly la miró de soslayo y creyó percibir una sombra de sonrisa en aquellos ojos tristes.

-Ya he visto a usted y a su novio haciéndose el amor tras aquellos sauces -observó la señora Wentz con gran naturalidad -. No sé por qué tienen que esconderse. A nosotros aquí nos gusta ver felices a los jóvenes, y su novio es un hombre muy simpático. Estaba segura de que eran novios, aunque usted decía que sólo le conocía de poco. Lize Davis también dijo que ese joven la quiere. A mí me gusta la cara de ese muchacho. Jake, mi marido, dice que será un buen esposo para usted y que se acostumbrará a la frontera como el pato al agua. Siento que ustedes no se queden aquí. No tenemos ocasión de ver muchas mu­chachas por aquí y menos tan guapas como usted. Cuanto más lejos al Oeste se vayan, más solitarios estarán. Jake conoce todo lo concerniente al Fuerte Henry v a Jeff Lynn, del puesto de cazadores; conoce también a Eb y a Jack Zane y a Wetzel; en fin, a todos los hombres del Fuerte Henry. Supongo que allí se casarán ustedes, ¿verdad?

-Usted... se equivoca - dijo Nelly, que se iba ponien­do cada vez más encarnada, al oír a aquella buena mu­jer-. Nosotros...

Luego vaciló y, por fin, se calló. Comprendió que era inútil negar o querer dar explicaciones. La mujer había visto la escena del beso y había llegado a pensar lo que era lógico. Durante los pocos días que Nelly había pasado en el Fuerte Pitt había visto que los moradores de la frontera tomaban todas las cosas con la mayor naturali­dad. Les había visto expresar cierta alegría, pero nunca sorpresa, ni preocupación, ni ninguno de los rápidos impul­sos tan comunes entre otras gentes. Era otra lección que aprendió Nelly muy pronto. Se daba cuenta de que entraba en una vida completamente distinta de su antigua v le daba miedo. No obstante, le fascinaba todo lo que había oído decir acerca de su futuro hogar, de los pieles rojas, de los renegados y de la vida en aquellas selváticas regio­nes. Aquellas gentes que se habían asentado en ellas eran personas sencillas, honradas y valerosas; aceptaban lo que sucedía como hechos que no se podían discutir y creían lo que les parecía verdad. Estaba visto que para la mujer del traficante y para su vecina, Joe y ella eran novios y no les parecía mal.

Esta seguridad aumentó el resentimiento de Nelly contra el joven. Había vuelto la espalda a la señora Wentz, frun­ciendo el ceño y dando en el suelo nerviosamente con su pie.

-¿Dónde está mi hermana?-preguntó a poco.

-Se ha ido a ver la nueva caravana. Todo el mundo está allí.

Nelly reflexionó un instante y luego salió de nuevo. vio cierto número de carros con toldos de lona delante de las cabañas; los vehículos estaban llenos de polvo y las ruedas cuajadas de fango amarillento. El cazador canoso que le sonriera estaba apoyado sobre su rifle y, hablaba con tres hombres, cuyos trajes manchados y raídos revelaban lo lar­go del viaje fatigoso. Advertíase en todas partes el barullo de la agitación propia de la llegada de gente desconocida, del rápido cambio de saludos, de la descarga de los carros. v (le] desenganchar de las bestias de tiro.

Nelly miró a todas partes buscando a su Hermana. Final­mente la vio junto a su tío, el cual hablaba con uno de los tronquistas. Nelly no se acercó, sino que miró en torno suyo en busca de otra persona. Por fin vio a Joe descar­gando mercancías de uno de los carros, vuelto de espaldas a ella, pero en seguida le reconoció por los anchos hom­bros. No vio a nadie más, ni prestó atención a nada, a causa de su gran indignación.

Al oír sus pasos, el joven se volvió y, viéndola, la con­templó con admiración, diciendo

-Buenas tardes, señorita.

Nelly no había esperado un saludo tan formal por parte de Joe. No había en su rostro el menor indicio de arre­pentimiento; plácidamente continuó su labor.

-¿No siente usted... haberme tratado así? -exclamó Nelly.

La calma de aquel hombre la exasperaba. En lugar de la contrición y de las excusas que esperaba y le eran de­bidas, al parecer se burlaba de ella, como otras veces.

El joven, al oírla, dejó caer una manta v la miró.

-No la comprendo -contestó con seriedad-. Es la primera vez que la veo.

Aquello era demasiado para la impetuosa Nelly. Había pensado vagamente perdonarle después de que hubiese presentado sus excusas, pero al ver que se burlaba de ella, olvidaba sus buenas intenciones; alzó rápidamente la mano y le dio una bofetada.

El joven se puso rojo y se tambaleó hacia atrás, lleván­dose la mano a la cara. En aquel momento Nelly percibió una exclamación a su espalda y los ladridos de un perro.

Cuando Nelly se volvió, se sorprendió al ver a Joe junto al vehículo, con un gran perro blanco que saltaba y brin­caba alegremente. De pronto se aturdió. Miró de Joe al hombre al que había dado la bofetada y no supo decir cuál de los dos le había dicho que la amaba.

-¡Jaime! ¡Conque me has seguido! -exclamó Joe echándose en brazos de su hermano.

-Ya lo ves; créeme, me alegra mucho haberte encontra­do -contestó el joven con expresión de alegría y satisfacción.

-¡Chico, qué alegría me has dado! ¡Y ahí está mi viejo perro Mose! Pero ¿cómo has sabido? ¿Cómo has podido encontrarme? ¿Qué vas a hacer aquí en la fronte­ra? ¡Habla, di! ¿Qué ha pasado después de irme...?

Entonces Joe vio a Nelly, pálida y temblorosa, y se dio cuenta de que algo ocurría. Miró a su hermano, que estaba grave.

-¿Qué diablos...? Nelly, le presento a mi hermano Jai­me, del que le he hablado. Jaime, ésta es mi amiga, la señorita Nelly Wells.

-Mucho gusto en conocer a la señorita Wells - contestó Jaime sonriendo-, a pesar de que me ha dado una bofe­tada sin motivo alguno.

-¿Que te ha dado una bofetada? ¿Por qué? -De pronto lo comprendió todo y se echó a reír hasta que le saltaron las lágrimas-. Te ha tomado por mí. ¡Ah, ah, ah! ¡Esto es colosal!

Nelly se había puesto encarnada y los ojos le brillaban, pero la muchacha trató de sobreponerse, a pesar de sen­tirse humillada.

-Lo siento mucho, señor Downs. Le tomé por él, es verdad. Él me ha insultado.

Después se volvió y se metió aprisa en la cabaña.
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