“Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14) Homilía en la toma de posesión del nuevo párroco






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Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”


(Gal 6,14)

Homilía en la toma de posesión del nuevo párroco


Pbro. Dr. Luis Albóniga

Mar del Plata, Parroquia San Pío de Pietrelcina, 4 de octubre de 2013

Querido Padre Luis:
En esta santa Misa, llena de gestos y símbolos relativos al inicio de tu ministerio como párroco, esta comunidad de San Pío de Pietrelcina te recibe con gran alegría. A partir de ahora te he constituido como pastor de esta parroquia, extensa en su geografía e intensa en sus deseos de crecer como “célula viva de la Iglesia y lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y la comunión eclesial” (DA 170).
I. “Yo llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús” (Gal 6,17)
Deseo referirme, en primer lugar, a los textos de la Palabra de Dios. Hoy celebramos la memoria litúrgica de San Francisco de Asís, el primer estigmatizado de la historia, y padre espiritual –a distancia de siglos– del también estigmatizado patrono de esta parroquia, San Pío de Pietrelcina. Por eso, la primera lectura tomada de la Carta a los Gálatas, está centrada en la reflexión del apóstol sobre la cruz de Cristo con quien desea configurar su vida: “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6,14). Y más adelante: “Yo llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús” (Gal 6,17).
El santo a quien identificamos por su amor a la pobreza, es ante todo el más enamorado del hombre Jesucristo. En él la pobreza, en su peculiar manera de vivirla, era la manifestación exterior de un despojo interior que Dios le pedía para enseñar a todos que la verdadera riqueza del hombre consiste en vaciarse de toda posesión, a fin de que Dios disponga de nosotros, y así encontrar el camino de la “perfecta alegría”.
Cuando nos adentramos en la enseñanza de San Francisco sobre la alegría y cuanto más conocemos su vida, nos damos cuenta de que este santo la conoció en la experiencia simultánea de la cruz de su Maestro y de las llagas de su pasión. No debemos confundirnos. La poesía de la fraternidad universal que encontramos en el Cántico del hermano sol, no se nutre del juego de las palabras ni de la belleza de los símbolos elegidos, sino ante todo en la profundidad de su identificación con Cristo crucificado.
Siete siglos más tarde, un simple fraile dentro de la familia espiritual de San Francisco, es llamado por un camino semejante. Escuchemos su propio relato: “Estaba en el coro dando gracias después de la Misa y me sentí dulcemente elevado a una suavidad cada vez más grande, que me llenaba de gozo rezando, y mientras más rezaba, más aumentaba ese gozo. De repente, una gran luz deslumbró mi mirada y en medio de esa gran luz se me apareció Cristo con sus llagas. No me dijo nada, desapareció… Cuando volví en mí, me encontré en el suelo cubierto de heridas. Las manos, los pies, el corazón sangraban y eran tan dolorosos que me privaban de todas mis fuerzas para levantarme”.
La respuesta de este fraile fue la única posible, la del amor. Supo que Dios lo llamaba a una misión y se entregó a ella sin reservas. Desde entonces ya no se pertenecía. A pesar de sí mismo, con sus estigmas y sus dones carismáticos atrajo multitudes que acudían desde antes de la salida del sol para participar de su Misa, recibir la absolución de sus pecados o pedir un consejo. Cuanto más huía de la notoriedad, ésta más aumentaba.
Basten estas rápidas pinceladas para entender que la renovación de la Iglesia en todos los tiempos, pasa por la santidad. Lo que en estos santos se ha dado en forma extraordinaria, es una pedagogía divina para que cada uno de nosotros le ponga nombre concreto al “camino estrecho” del Evangelio, a la “puerta angosta” que le toca atravesar, a la pobreza existencial que debe abrazar, a la fraternidad que debe promover, a la paz de Cristo que debe irradiar.
Además de los estigmas, uno y otro tienen en común el rasgo de la simplicidad, que los predisponía a la comprensión del Evangelio. Y por eso, hemos escuchado de labios de Jesús el himno de júbilo, que en ambos santos encuentra su perfecta realización: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11,25).
II. La Iglesia es una comunión
Padre Luis, bajo el patrocinio de uno y de otro comienza tu ministerio. Te rodea con afecto un número considerable de hermanos sacerdotes, que vienen a expresar la indivisible unidad del sacerdocio, del sacrificio eucarístico y del pueblo de Dios. Hay aquí muchos presbíteros unidos al obispo del lugar, pero todos actuamos en representación y como instrumentos del único y eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, Jesucristo. Tenemos en la diócesis unos 57 sacerdotes incardinados y alrededor de 21 sacerdotes religiosos. Pero todos nosotros, incluido el obispo, somos una unidad en Cristo.
Se multiplican en la historia las celebraciones de la Eucaristía, y en cada una de ellas se hace presente el mismo Cristo en su acto de amor redentor ofrecido en la cruz. Pero el número de Misas no multiplica ni repite el único sacrificio del calvario, del cual cada Misa es su sacramento.
Existen más de 50 parroquias en nuestra diócesis, y unas 130 iglesias y capillas. Cada parroquia tiene sus comunidades y toca al párroco asegurar la unidad del gobierno, la comunión en la fe común, el ejercicio de la caridad y el impulso misionero. A su vez, nuestra diócesis de Mar del Plata no es una isla. Vive en comunión con todas las diócesis unidas a la sede del sucesor de Pedro que está en Roma. Una sola es la Iglesia de Cristo, a la que llamamos nuestra madre. Desde Pentecostés vive engendrando nuevas comunidades, sin dividirse en sí misma.
La Iglesia, queridos hermanos, es una comunión. Y es bueno en esta oportunidad detenernos un poco a contemplar la belleza de su misterio. Si perdemos esta mirada, el misterio de su hermosura regalada por Cristo, se diluye y desfigura por una mirada mundana. Pronto aparecerían las divisiones y las luchas por imponer el propio criterio, y el carácter servicial de la autoridad se interpretaría como ambición de poder.
Tal como la quiso Cristo, esta comunión es jerárquica. Sus ministros, comenzando por el obispo, actúan en nombre de Cristo y con su autoridad. Éste es su servicio al pueblo de Dios: enseñar, santificar y gobernar en representación y con la autoridad del mismo Cristo. Los ministros de la Iglesia no son, por tanto, delegados de una comunidad para ejercer una función. Su mandato lo reciben del mismo Cristo.
Pero esto, lejos de constituirlos en amos y señores, los convierte, según el testimonio múltiple de San Pablo, en “esclavos de Cristo” (Rom 1,1); y se vuelven a imagen de Cristo quien libremente asumió por nosotros “la condición de esclavo” (Flp 2,7); y “como la palabra y la gracia de la cual son ministros no son de ellos, sino de Cristo que se las ha confiado para los otros, ellos se harán libremente esclavos de todos (cf. 1Cor 9, 19)” (CCE 876). Como enseña el Concilio Vaticano II: “la distinción que el Señor estableció entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la solidaridad, ya que los Pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad” (LG 32). El decreto conciliar sobre los laicos afirma: “Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión” (AA 2).
III .Confiado en Dios, con la alegría de la Pascua
Querido Padre Luis, por el decreto fechado el 23 de septiembre del año pasado, he procedido a elevar este lugar como sede de una nueva parroquia, a fin de proveer mejor a las necesidades pastorales de esta zona. Al quedar vacante esta sede parroquial, la confío ahora a tu celo pastoral y a tu prudencia. Conozco bien tus condiciones y tu caridad pastoral. Dios mediante procuraré a la brevedad concederte la ayuda de otro sacerdote.
Podrás contar siempre con mi apoyo paternal de obispo. Te respalda también el presbiterio, lo mismo que las comunidades de las diversas capillas que conforman el territorio parroquial. Por tanto, te digo: ¡Adelante, en el nombre del Señor!
Como en toda empresa humana y en toda obra de Iglesia, no faltarán oscuridades, problemas y horas de perplejidad. “El discípulo no es superior al Maestro” (Lc 6,40) ni “el servidor es más grande que su señor” (Jn 15,20). Quien nos enseñó estas cosas no te dejará solo.
Pero la comunidad tendrá derecho a ver tu alegría. Decía al respecto el segundo obispo de Mar del Plata, el Siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio: “La alegría de darse siempre, de sentir que las almas lo van devorando en la caridad, y que Dios mismo lo va consumiendo en el amor. Alegría de sentir que su vida va siendo fecunda, no en la medida en que aparece y brilla sino en la medida que se entierra y ofrece. Alegría de saber que somos útiles cuando el Señor nos inutiliza”.
Que la Santísima Virgen María, a quien San Pío de Pietrelcina invocaba como “dulcísima Madre de los sacerdotes”, te acompañe en tu ministerio ahora y siempre.
Con mi cordial bendición.
+ Antonio Marino

Obispo de Mar del Plata


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