La espiritualidad ignaciana, es laical Apuntes sobre “ignacianidad1”






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Los Ejercicios espirituales20, la cuna de la “ignacianidad


Lo básico de la espiritualidad ignaciana es experimentar, sentir, hacer, padecer, gozar... Es la experiencia que se vive principalmente en los Ejercicios Espirituales (EE), pero también -aunque dimana de los Ejercicios- se puede vivir por sintonía y porque se tiene el carisma.

En los Ejercicios, “experimentar” es fundamental, determinante. Tres verbos ejes son cruciales en el camino de experimentar en los Ejercicios: “sentir” -dejar que mi sensibilidad vibre de la misma manera que vibra la de Jesús-, “hacer” -hacer con y como Jesús, en el horizonte de que venga el Reino- y “padecer” -consecuencia lógica de pretender el Reino a la manera de Jesús, frente al poder de este mundo que lo ahoga-21... y sólo se entienden desde la construcción del Reino22, como veremos más adelante.

Para hacer posible este experimentar, Ignacio -gran conocedor de la persona- aprovecha mecanismos psicológicos que posibilitan la experiencia. Por ejemplo, capta el papel de la culpa sana como resorte para vivir la experiencia de la conversión, emplea el mecanismo de la emulación para disponer al compromiso con el Reino desde el seguimiento de Jesús, utiliza la sensibilidad, la inmersión total de la persona en la contemplación y la aplicación de sentidos -ver, oír, gustar...- para posibilitar el conocimiento de Jesús que lleva al seguimiento, “...conocimiento interno del Señor... para que más le ame y le siga” (EE 104), etc.

De todo lo anterior se concluye que esta triple experiencia -sentir, hacer y padecer-, pretendida en la metodología de los EE, constituirá la matriz para formar lo “Ignaciano” en alguien. Eso que estamos llamando “ignacianidad”.

Se inicia esta experiencia con el Principio y Fundamento. El objetivo de esta parte de los EE es, ciertamente, ganar la libertad, ganar la “indiferencia”: “...por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas...” (EE 23). Indiferencia entendida como libertad frente a todo, especialmente frente a las grandes sombras de la vida: la muerte, la enfermedad, el dinero, el poder… Esta libertad se convertirá en experiencia fundante y generadora de una serie de actitudes. Ignacio en unas reglas para los jesuitas –poco conocidas23- estipulaba lo siguiente en torno a la libertad.

Conserva la libertad en cualquier lugar, y ante cualquiera, sin tener en cuenta a nadie; sino siempre ten libertad de espíritu ante lo que tienes delante; y no la pierdas por impedimento alguno: nunca falles en esto”

Por tanto, el que ha captado el carisma ignaciano será la persona libre que no hipoteca su libertad a ningún precio. Gran signo de este nuevo Principio y fundamento es “sentir” la libertad! Obviamente que esta experiencia no va sola. Tiene otras realidades que la complejizan.

Luego, la experiencia de primera semana es la del(a) pecador(a) perdonado(a). Acá lo que se tiene que vivenciar es cómo ha estado entorpecido nuestro “hacer”; es captar que, por causa de nuestro pecado24, “se hace” llevar a la muerte a Jesús… Esta experiencia es la que posibilita el diálogo propuesto por Ignacio: “¿Qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo, qué debo hacer por Cristo?” (EE 53). Aquí nos encontramos con que el sentir se convierte en un hacer, en una tarea!. Es decir, la experiencia fundamental de la primera semana es la del(a) pecador(a) perdonado(a) a quien el perdón se le convierte en misión, pues no es a pesar de ser pecadores, sino precisamente por ello (1 Cor. 1, 25 ss) por lo que se nos invita a seguir a Jesús, para ser puestos(as) con Él25, en la tarea de construir el Reino.

La experiencia de ser pecador(a) perdonado(a), es la que matiza y empuja todos los rasgos de la espiritualidad Ignaciana, como lo veremos más adelante. A la manera como nos invita Ignacio a experimentarlo, ser pecador(a) “abierto(a) a Dios” no aleja, sino que acerca a Dios –contra toda la expectativa religiosa habitual-.

A continuación, se tiene la experiencia de la contemplación26 del Reino que nos introduce de lleno a una modalidad del hacer. Es hacerlo todo al modo de Jesús. Y es hacer también nosotros el Reino. Un hacer que es también “dejarse hacer”, dejarse afectar –ser puesto, ser elegido-, dejar actuar a la27 Espíritu (la gracia). Con esto se inicia la segunda semana.

Después, la contemplación de la Encarnación nos va a hacer “sentir” lo que experimenta la Trinidad, “viendo” con ella, para luego percatarnos de la extrema solidaridad suya al formular la frase de “hagamos redención del género humano” (EE 107). La contemplación nos invita a ello también. La contemplación de toda la vida oculta, es un camino para aprender a sentir y proceder al modo de Jesús. El método de la contemplación nos invita a tener sus mismos sentimientos y su mismo modo de proceder.

Nos encontramos luego con la llamada jornada ignaciana (Banderas, binarios, Tres Maneras de Humildad). Esta nos hace experimentar la comprensión más profunda de los deseos y su dinamismo. Primero, a desear por lo menos desear. Esto sería el nivel de Principio y Fundamento. Luego, de una forma más simple -quizás en el ofrecimiento del Reino- deseando de todo corazón, con “determinación deliberada”. Para, en seguida, aprender que la clave está en desear ser puestos(as) con el Hijo. Experimentar este deseo, nos dispone a la vivencia de la pasión -tercera semana-.

Experimentar la pasión, es la invitación por excelencia a la solidaridad como consecuencia del amor. Se nos invita a hacer y padecer: “qué debo yo hacer y padecer por él” (EE197).

Finalmente, la resurrección -cuarta semana- es experimentar la esperanza y la alegría de la nueva vida de Jesús: “...queriéndome afectar y alegrar de tanto gozo y alegría de Cristo nuestro Señor” (EE. 221) Es aprender a “hacer esperanza” en nosotros y en los demás, sabiendo también, que es gracia a pedir.

Culminan los Ejercicios con la contemplación para alcanzar amor, que es la gran síntesis de todo. Es experimentar que es el amor lo que debe regir, y también, que el amor se expresa concretándolo en acciones. Esta contemplación deja la clave de la relación con Dios: de amante a amado, de amado a amante (EE 231).

En síntesis, siguiendo la experiencia de los EE, podemos afirmar que el ignaciano, la ignaciana, es alguien que se ha formado en una escuela fundamental que le abre al sentir profundo, al hacer como tarea recibida, como don, y a ser capaz de padecer por ese Jesús encontrado en el sufrimiento de la humanidad (EE 195), para vivenciar también su gloria en el contexto del Reino. Es esta vivencia lo que animó a los primeros compañeros de Ignacio a buscar otros compañeros y hacer organizaciones (congregaciones) en donde lo del servicio a los necesitados se hacía crucial desde lo que se había vivido del encuentro en Ejercicios28.

Ahora bien, la experiencia de los Ejercicios debe estar acompañada de una experiencia retante en lo humano, en lo histórico. Muchas veces los Ejercicios pierden su mordiente, precisamente porque no son acompañados o precedidos de un haber compartido, por lo menos por espacios serios y significativos, con el dolor de la humanidad, con la injusticia y con el querer devolverle el rostro humano al mundo29. No obstante, esta experiencia de contacto serio con el dolor del mundo –sobre todo para los(as) laicos(as)- no está determinada únicamente por un tiempo largo de contacto con el sufrimiento de las mayorías, sino por un encuentro significativo -por los efectos internos que ella produce- con esa realidad; un encuentro que puede partir de un acontecimiento inesperado o traumático (como la bala de cañón para Ignacio), una experiencia casual pero marcante, un diálogo profundo con alguien que ha compartido de cerca esa realidad, los medios de comunicación, o algo similar.

En definitiva, una persona que ha hecho la experiencia de los Ejercicios y tiene experiencia de haber compartido de cerca con las mayorías necesitadas, podrá tener seguramente, en su modo de ser y actuar, los rasgos de la espiritualidad ignaciana.

Los rasgos característicos de la ignacianidad


La persona ignaciana, quien viva la ignacianidad, va a manifestar unos rasgos típicos que también se deben encontrar en los jesuitas, pero que no se agota, de ninguna manera en ellos. Estos rasgos son: ser compañero(a), sentirse apasionado(a) por la misión, buscar la mayor gloria de Dios, poder convivir con la paradoja, tener una experiencia de oración muy concreta, caminar superando etapas, y vivir en espíritu de discernimiento.
1. Ser compañero(a) de Jesús

De ordinario, se ha identificado la palabra “compañía” con algo guerrero o de armas (es una interpretación tardía en castellano y no pretendida en Ignacio), sin embargo, hay una acepción quizás calcada de las lenguas germánicas en la que compañero –y por ende compañía- tiene que ver con el hecho de compartir el mismo pan30. Compañero es “quien come el pan con otro”31. Por esa razón quizás, al buscar el nombre para los incipientes jesuitas, cayó como anillo al dedo lo de Compañía de Jesús, que por lo menos en las lenguas romances, podía mantener esa connotación tan rica.

Por eso también, Ignacio –laico- busca amigos y comparte con ellos los dineros y la comida, en las universidades en que estudió, dándoles los Ejercicios y convidando a la solidaridad con los más necesitados..., él hacía muchas diligencias, desde el mismo comienzo, para “remediar a los pobres” (Autobiografía n°. 57). De ahí también se entiende por qué Ignacio sale siempre en búsqueda de compañeros y compañeras con los(as) cuales podía compartir todas esas experiencias. En este sentido, es interesante considerar cómo la amistad -como expresión y extensión de la relación con Jesús- no llevó al laico Ignacio a tratar solamente con los hombres. Su relación con múltiples mujeres fue siempre muy manifiesta, muy rica y perdurable32. La personalidad de Ignacio, y su sensibilidad y capacidad para el acompañamiento espiritual, fueron influidas seguramente, por su relación amplia y cercana con las mujeres.33

Este contexto de compartir el pan está también escenificado en el Reino: “por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc. asimismo ha de trabajar conmigo”(EE. 93). Desde allí, se está modelando al ignaciano(a), como “compañero, compañera” de Jesús.

Para quien es ignaciano(a), Jesús es central porque así lo ha experimentado en Ejercicios. No sólo lo conoce sino que ha llegado –por gracia- a sentir como Jesús para actuar como El, ha sido llevado a encarnarse con su sensibilidad. Por esto, el centro de la vida es el Señor al que se le experimenta amigo y compañero, porque en el coloquio de la oración ha aprendido a hablar con el Señor: “como un amigo habla a otro amigo”. (EE. 54). Toda la experiencia de la segunda semana está transida de este enamorarse de Jesús hasta las últimas consecuencias (3ª Semana) y de ponerse en su compañía; es “el conmigo” que borda las escenas del Reino.

La experiencia de ser pecador(a) perdonado(a), le da un matiz específico a este rasgo: es pecador(a), y sin embargo, es llamado(a) a ser compañero(a)... Tal vez es lo más profundo de esto, que precisamente por eso de ser pecador(a) perdonado(a) es llamado(a) a “compartir el pan” justamente porque primero, con su pecado, de alguna manera, traicionó. Esta es también la nueva comprensión, de lo que es ser jesuita y por transposición, de lo que es ser persona Ignaciana: “pecador perdonado llamado a ser compañero de Jesús” (CG XXXII, 2)34.

En Ejercicios, la persona ignaciana, aprende a descubrir a Jesús en su Palabra, en la Eucaristía y también en los necesitados: “cómo padece Cristo en la humanidad” (EE 195). La contemplación de Emaús (Lc. 24, 13 ss) favorece esta múltiple presencia: Jesús como compañero de camino, solidario con el desánimo, desentraña su presencia en las Escrituras y comparte el pan con ellos, manifestándoseles en el símbolo eucarístico.

Esta experiencia hace que el(a) ignaciano(a), fomente la compañía de la persona de Jesús, pero también generando compañía entre los demás. La espiritualidad laical ignaciana es, posee, como algo esencial, el rasgo del compañerismo: del compartir el pan, de compartirse por los demás: de volverse nutrición para otros y otras. La persona ignaciana, de ninguna manera puede ser una personalidad aislada, de alguna forma tiene que tener experiencia de vida con otros por medio de las CVX (comunidades de vida cristiana), los voluntariados jesuitas, o algún otro tipo de pertenencia. En este aspecto, la Congregación General XXXIV propone como una de las líneas de búsqueda para los próximos años, el modo de operacionalizar y concretar esta vinculación de los(as) laicos(as) al cuerpo de la Compañía.35
2. El rasgo de la pasión por la misión

En la Compañía, en la Parte VII de nuestras Constituciones36, el criterio de que “el bien cuanto más universal es más divino” (Const. 622) se vuelve criterio de elección de las tareas apostólicas. Pero esto está inscrito ya en la invitación del Reino: “mi voluntad es conquistar toda la tierra de infieles” (EE. 93); “mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos” (EE. 95). Ante esta invitación hay varias posibles respuestas. El ignaciano, la ignaciana estarán entre “ los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio”, entre quienes “harán oblaciones de mayor estima y mayor momento” (EE. 97) -es decir, de más entrega y de mayor trascendencia-.

El laico(a) ignaciano(a), se ha dejado forjar en la invitación del Reino. Ahí las grandes hazañas propuestas por ese Compañero que es Jesús, seducen por sí mismas. La meditación del Reino prepara uno de los rasgos más distintivos de la persona ignaciana: “encargarse de los demás”, encargarse de las obras que solucionen los problemas de lo que ahora llamaríamos “mayorías”. Lo que ahora significamos como pasión por el Reino. Quien vive la ignacianidad, capta el bien de las mayorías como preocupación entrañable, a pesar de tener otras inquietudes y trabajos.

Un principio claro en las Constituciones es hacer obras que atiendan a las personas en su totalidad -bienes espirituales y corporales- (Const. 623). Pero todo nace de la pasión por llevar adelante la misión. Se tiene que ir a la parte del mundo “que tiene más necesidad” (Const. 622) y allí realizar obras “más durables y que siempre han de aprovechar” (Ibid). En las Constituciones, este rasgo se traduce en otro principio apostólico: la vicariedad, hacer lo que otros todavía no pueden (Const. 623) -o no quieren hacer…, se agrega aquí-. La fundación del Colegio Romano, fue para la Compañía una plasmación de esta inquietud: formación de los sacerdotes, que en ese momento carecían de Seminarios instituidos. Toda la actividad concretizada en “fundar colegios” llevó la misma idea: generar instituciones que fueran cambiando y formando personas que incidieran en cambiar el mundo.

La persona ignaciana se apasiona por llevar adelante el Reino y por ello, se dedica a realizar obras, no sólo porque sean buenas, sino porque tocan el corazón de la historia, haciendo allí actividades que la reestructuren y se institucionalizan porque cobran fuerza en sí mismas. Obras, por tanto, que modifiquen el modo como está constituido el mundo, para que acaezca el Reino.

La pasión por la misión, es también un rasgo marcado de manera especial por la experiencia de ser pecador(a) perdonado(a): el perdón hace que se experimente que se estaba sin vida y ahora, se tiene vida!... Esto despierta la pasión por la misión pues se constata que la gran tarea que se tiene afuera, en el mundo, en el Reino, no es imposible porque ya se está viviendo por dentro, en la propia vida, en la realidad personal.

A nivel personal, el laico Ignaciano, la laica Ignaciana -a ejemplo de Ignacio, laico- trata de llevar de una manera muy estructurada hasta la experiencia de los EE y a una profunda conversión, a cada una de las personas que se le presentan en su vida. Es lo que Ignacio llamó “la conversación espiritual”, y es lo que hoy denominamos “acompañamiento espiritual”.
3. Persona de la mayor gloria de Dios

Otro rasgo de la persona ignaciana, que emana del anterior es lo de la mayor gloria de Dios. Eso sí, entendida la gloria a Dios al modo de Ireneo: “Gloria Dei vivens Homo” -¡que la persona tenga vida!- Quien tiene ese carisma ignaciano no busca el modo bueno, sino el mejor, el que más toque, el que más cambie, el que haga que todas las personas tengan vida, y vida abundante.

Para ello quien vive la ignacianidad es alguien “excelente” en algún campo. No es que se quiera clasificar a la gente, pero, debe haber una excelencia en la persona -con el criterio más adecuado para cada quien-. En los ambientes de la Compañía y en los que la han rodeado, se hizo siempre mucho énfasis en la excelencia académica y en el comportamiento ético intachable; excelencia, que no se mide ni sigue parámetros humanos, sino que se adquiere al sentirse atraído por un Deus semper maior -Dios siempre mayor-. Es lo que se denominó “virtud y ciencia”. Pero obviamente la excelencia fundamental es el excedente de humanidad: lo que supera la norma, lo que va más allá de lo lícito, lo razonable... se muestra en una actitud hacia los demás que se acerca a la incondicionalidad en la acogida. Esto lo veía ya Ignacio, aun para el nombramiento del General de la Compañía, donde se decía que, si faltaban otras cualidades humanas no faltara “la bondad mucha(…) y buen juicio, acompañado de buenas letras” (Const. 735).

Es decir, que los(as) laicos(as) ignaciano(as), salidos de la contemplación del Reino, manifestarán una espiritualidad de tipo ético y no tanto cultual. Les interesa encargarse “de lo de Dios” a la manera de Mt. 25, en el Juicio de las Naciones: las obras de justicia solidaria son la evaluación fundamental de la acción humana. Esto conlleva la preocupación correlativa de que el nombre de Dios se reivindique, quede bien inscrito en la historia. Y ello como quehacer que atrae y seduce primordialmente. Esto envuelve la desfetichización de las falsas imágenes de Dios y la oferta vivencial -a todos y de la mejor manera- del Dios que Jesús nos manifiesta. Esto vuelve a implicar lo del Reino, sus personas y la misma naturaleza. Lo de Dios para el ignaciano, ignaciana, está transido de la contemplación para Alcanzar Amor en donde todo habla de ese Dios que se entrega en todas las cosas y al que no queda sino devolverle todo, comprometerse por Él, de la misma manera que hace “el amado con el amante” (EE. 231).

Por esto, el laico, la laica ignaciana, tiene que estar -física y/o moralmente, con algún vínculo orgánico- en una obra “de punta” que de alguna manera incida para hacer las cosas de otro modo, para servir mejor a más personas, estructuralmente. La persona ignaciana, no puede ser del común, aunque esté en el común, es decir, tiene que distinguirse porque realmente vive la búsqueda de la excelencia, del magis, de la mayor gloria de Dios, con todo lo paradójico que esto entraña.
4. Una espiritualidad de paradojas

La persona ignaciana tiene que vivir desde el comienzo de paradojas. Vivir la paradoja que implica siempre el seguimiento de Jesús (Dios–hombre), pero acá, tomado como carisma, como modo de ser habitual. A esto invita Ignacio desde la contemplación de la Encarnación donde, por una parte nos hace ver “cómo las tres personas divinas miraban toda la planicia o redondez de todo el mundo”; nos hace contemplar “la su eternidad” de esas tres personas (EE. 102), pero en un segundo momento, nos hace verificar “particularmente la casa y aposentos de nuestra Señora, en la ciudad de Nazaret, en la provincia de Galilea” (EE.103). Esta paradoja se resalta también, en la insistencia de Ignacio de que Dios se comunica directamente con quien hace los Ejercicios (EE 15) y sin embargo, se presupone que debe recibirlos de otra persona, y confrontar lo que acontece en su encuentro con Dios, con ella37. Es decir, la persona ignaciana tiene que ser capaz de ponerse desde Dios en toda su apertura infinita, y de poder estar al mismo tiempo frente a una persona concreta con sus necesidades más específicas y particulares.

Pero a esto se educa el(a) ignaciano, ignaciana, cuando aprende que tiene que poner todo de su parte para la oración, siendo muy fiel a las “adiciones”38 (EE 73), persuadiéndose después en la práctica “que sólo es de Dios nuestro Señor dar consolación a la ánima sin causa precedente; porque es propio del Criador entrar, salir, hacer moción en ella, trayéndola toda en amor de la su divina majestad” (EE. 330).

Quien va a vivir la ignacianidad, va a aprender en la escuela de la oración, la frase que define el modo de Ignacio de “non coerceri maximo, contineri tamen a minimo, divinum est”39 que puede traducirse como “no amedrentarse ante lo más grande y sin embargo encajar en lo más pequeño, eso suena a Dios”. También allí aprenderá a “hacer todas las cosas como si dependen de nosotros sabiendo que en definitiva dependen de Dios” ¡Dos movimientos paradójicos significativos! Uno dispone a la aparente contradicción de no conocer límites para enfrentar lo más grande, y sin embargo poder estar apaciblemente ajustado en lo más pequeño40. El otro, hace referencia a poner toda la confianza en el Señor -a tal punto que no haya la más mínima intimidación ante el emprendimiento de ninguna tarea- y a la vez poner todos los medios humanos para su consecución, consciente siempre de la propia limitación personal41.

Esta espiritualidad de paradoja se expresará en poder ser contemplativos en la acción, en realizar las cosas espirituales desde la “pasiva actividad”. Nunca pidiendo en directo estar en la bandera de Jesús, sino suplicando “ser puestos” con el Hijo. “Sólo si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y recibir” (EE147) Es vivir la tarea -en suma eficacia- pero siempre como un regalo no merecido. Es estar a solas la criatura con su Criador, pero en discernimiento con las reglas de sentir con la Iglesia (EE 352 ss), a solas pero siempre acompañado(a) por una persona testigo de la obra de Dios...

En este rasgo, nuevamente, la experiencia de ser pecador(a) perdonado(a) le da un matiz específico: es el gran resorte de la continua conversión. Captar esto, es requisito para hacer los Ejercicios y por tanto, para vivir la ignacianidad. Es captar la esencia misma del Evangelio en el que al(a) pecador(a) es a quien más se ama... Es la gran paradoja de sentirse hasta “basura” y a la vez necesitado(a) para la misión, para la tarea del Reino. (Cfr. 1 Cor.1,25 ss)

Este rasgo de la espiritualidad favorecerá que la persona Ignaciana realice tareas de frontera y de riesgos extremos, abrazando por ejemplo, cosas que pueden sonar contradictorias en sí mismas: la máxima inculturación, desde la máxima fidelidad al Evangelio -como escandalosamente realizaron los primeros jesuitas misioneros en China, Japón y la India-; que pueda ser revolucionario(a) y cristiano(a), que sea capaz de criticar a la Iglesia y a la vez, sentirse hijo(a) amante de ella...

La paradoja, para la persona ignaciana laica, puede experimentarse de manera especial en determinados ámbitos. Por ejemplo, el del prestigio profesional y el mejoramiento económico inherente a este, la necesidad de asegurarse un futuro económico, la búsqueda del magis que invita a querer mejorar, a buscar puntos claves de influencia, y a la vez, el ir siempre “hacia abajo”, hacía las mayorías desposeídas, hacia el encuentro con los más pobres. Es ayudar a que el pobre crea en el pobre, la máxima paradoja social y política!. Otra paradoja, otra aparente contradicción es la de la primacía del actuar, de la participación en la vida social del mundo, y a la vez, la búsqueda de espacios de silencio, desierto y oración, y la opción de la austeridad en el modo de vida, pero no escatimando la excelencia de los medios. Otra gran paradoja a la que se ven enfrentados los(as) laicos(as) está en la incomprensión afectiva de su pareja, cuando es sólo uno de ellos quien ha iniciado o vive el itinerario de la espiritualidad ignaciana, obligando a vivirlo al modo de Nicodemo, en una especie de vida oculta, con el consubstancial conflicto interior que esto conlleva; o la dificultad para conciliar el tiempo que exige la familia con el tiempo que exige -o se quiere dar- al trabajo apostólico.

Solamente quien ha asumido como carisma la paradoja que implica el seguimiento de Jesús, puede vivir en equilibrio y con suavidad -clave del Espíritu de Dios en Ignacio (EE 334, 3)-, la aparente contradicción.
5. Con un tipo de oración específica

El(a) Ignaciano(a) ha recibido un entrenamiento muy fuerte en Ejercicios con un tipo de oración que es de petición, eso sí, pero de petición de lo fundamental: en torno al Reino, en torno a la mayor gloria de Dios, por una parte, y por otra, una oración que está toda ella concatenada. Se pide por donde el Señor ya ha venido dando..., de allí que la última oración -y lo que entonces se desarrolló- es el punto de partida de lo que sigue. Es decir, que los puntos de oración los ofrece la oración anterior. Esto da una contundencia muy fuerte a la oración del ignaciano, la ignaciana.

La persona ignaciana ora a veces utilizando la meditación, es decir, el ejercicio de la racionalidad, de la voluntad, de la memoria -la parte más masculina nuestra- pero muchas más veces ora, utilizando la contemplación que es el ejercicio de la sensibilidad, de lo intuitivo, de lo sensible -la parte nuestra femenina-. Esta parte llega a su culminación en “la aplicación de sentidos”: es la puesta en práctica de toda la sensibilidad, es donde Ignacio le da a la sensibilidad, un papel que nunca se le había dado en la iglesia, y que no termina aún de explotarse.

La oración de la persona ignaciana, capta la totalidad humana y privilegia el cuerpo. Adapta el cuerpo a la manera de obtener la gracia: lo mueve, se pone en pié, de rodillas, se tira al suelo (EE.76), pero no necesariamente con posturas estáticas, sino escuchando el cuerpo, moviéndolo hasta que se encuentre lo que se busca. Aún no se han sacado todas las posibilidades de la introducción del cuerpo en la oración. Tal y como está considerado en los Ejercicios, los mismos ayunos y penitencias -que han tenido tantas exageraciones- son un camino de introducir el cuerpo en lo que está aconteciendo (EE. 89), pero no como camino de mortificación -ese no es el sentido que propone Ignacio-, sino como medio para que el cuerpo se incluya y haya en él un movimiento que permita captar el movimiento de Dios. La inclusión adecuada del cuerpo, es también el medio que hace más sensible al dolor de Cristo al padecer en sí mismo(a), de alguna manera, el dolor del pueblo.42

La persona ignaciana está habituada a una oración contextuada. El esquema de los Ejercicios es el riel por donde se desliza su experiencia. La ruta de los Ejercicios es la combinación de la Historia de la Salvación presentada al modo de Ignacio en articulación con la historia de la propia conversión: la biografía espiritual43. Esto se convierte en el camino básico de conducir la oración. Este fenómeno se experimenta más compactado en los Ejercicios de mes, pero también es importantísimo –aunque más diluido– en los Ejercicios en la Vida corriente. Más aún, estos ejercicios brindan un aspecto más historizante que los compactos, en cuanto se inserta la historia real en ellos44. Ciertamente los Ejercicios en la Vida Corriente (EVC) tienen un aspecto mucho más contextuado en cuanto allí la Historia tal como la vive el pueblo de Dios, constituye un ingrediente estratégico de la espiritualidad. Todo esto nos está indicando el talante de la oración de la persona ignaciana: es una oración que hace a la persona contemplativa en la acción, y en una acción que tendrá repercusión política porque quiere cambiarle el rostro al mundo.

La persona ignaciana está, además, acostumbrada a evaluar la oración. No se concibe, propiamente hablando, una oración que no traiga consigo su propio examen. Más aún, como veremos adelante, es una oración -que por el dinamismo del discernimiento- exige el cotejamiento con un acompañante espiritual, por una parte, pero también no tiene plena validez sin la confirmación subjetiva: cuánto ha crecido la persona con todo lo que está viviendo, y sobre todo, la confirmación histórica: cuánto ha producido Reino la oración que se viene llevando.

De allí que, para el(a) ignaciano, ignaciana, los Ejercicios, además de ser una escuela de oración, son sobre todo, escuela de vida. Escuela que puede ayudar a invertir el hecho de que como nos comportamos en la vida nos comportamos en la oración, para pasar, después de su entrenamiento, a la posibilidad de que como nos comportemos en la oración nos podemos comportar en la vida. Es decir, que si en la oración en los Ejercicios se aprende a tener un nuevo patrón de conducta, es posible -con la fuerza de la gracia- empezar a ser una persona nueva en la vida. Mas aún si tenemos en cuenta, que la experiencia profunda de encuentro con Dios vivida en los Ejercicios, modifica el inconsciente y por tanto hace posible que se sea realmente una persona nueva45.
6. Una espiritualidad procesual y de requisitos

Con todo lo exigente que presentamos lo que puede ser el carisma del ignaciano(a), parecería que todos(as) tuvieran que tenerlo ya en su máxima explicitación. Es inherente, sin embargo, a la misma “ignacianidad” el hecho de vivirse todo en procesos paulatinos, por una parte, y por otra, que llenen ciertos requisitos de posibilidades reales y deseos eficaces. Como también es inherente, el hecho de que ser pecador(a) no aleja sino que dispone, en consonancia con el requisito evangélico de ser pobre y/o pecador(a). Son los pobres y/o pecadores quienes captan el mensaje de Jesús (Mt. 11,25), porque ellos son sus destinatarios por excelencia.

El esquema de Ejercicios, nuevamente nos da la clave de lo procesual. En las Anotaciones -que son las directrices para darlos- encontramos la número 18, en la que se da razón de personas que no pueden entrar de lleno a los Ejercicios y se establece, entonces, criterios según “la edad, letras e ingenio”. Hay personas, por otra parte que carecen realmente de deseos; que “sólo quieren llegar hasta cierto grado de contentar a su ánima”. Para estas personas a quienes les faltaría lo que Ignacio llama “subyecto” 46 (o porque no pueden o porque no quieren ir a más), recomienda “darles algunos destos ejercicios leves” (EE 18).

Este criterio procesual se nota también, claramente, en la contemplación del Reino donde hay una clasificación de personas que se quieren comprometer más que otras (EE. 96 -97). La persona ignaciana estaría entre “aquellos que se quisieran más afectar” (EE 97), aunque sea deseando desear estar en esa tal situación: teniendo por lo menos “deseos algunos de hallarse en ellos” como se espera en la evaluación a los candidatos a la Compañía (Examen, Const.102).

Ya hicimos alusión anteriormente a la escalada pedagógica que Ignacio establece respecto a los deseos. Primeramente atreviéndose a por lo menos “desear desear”, en seguida, atreviéndose a desear claramente (en la meditación del Reino), hasta llegar -con Banderas y Binarios- a pedir “ser recibido debajo de su bandera” (EE 147). Y esto es haber captado la clave de la espiritualidad.

El criterio evaluativo también está muy marcado en los Ejercicios: se distingue a ”los que van de pecado mortal en pecado mortal” (EE. 314), de “los que van de bien en mejor subiendo” (EE.315). Las reglas de discernimiento de la segunda semana, por ejemplo, sólo deben darse una vez pasada la primera (EE. 9) y sólo cuando la persona muestre que está ya “de punto” para recibirlas. Más aún, “al que toma ejercicios en la primera semana, aprovecha que no sepa cosa alguna de lo que ha de hacer en la segunda semana” (EE.11). Se hace énfasis, además, en que no se puede pasar a otra semana hasta haber obtenido la gracia de la semana anterior. Es decir, todo está enmarcado en los procesos espirituales de cada ejercitante.

Es bien sabido cómo Ignacio retuvo al mismo Francisco Javier para tener su propia experiencia de Ejercicios por casi dos años. De alguna manera no terminaba de darse el tiempo maduro para esa experiencia fundamental.

Es decir, la ignacianidad, es un proceso que tiene requisitos para vivirse, un camino abierto que se va recorriendo por etapas, de la misma manera que lo fue haciendo Ignacio, el laico peregrino. Es una espiritualidad que implica la experiencia de los Ejercicios, el compromiso con la transformación del mundo desde su quehacer personal concreto y formación intelectual constante, para mejor servir. Experiencia, compromiso y formación, tres palabras que hacen que sea una espiritualidad completamente dinámica pero procesual.
7. Una espiritualidad de discernimiento

El gran descubrimiento del laico Ignacio es que dentro de sí mismo existían fuerzas o vectores que tiraban de su vida. Unas hacia lo de Dios, otras alejándolo: unas veces de manera clara, otras de manera más bien oscura. Ignacio laico es el gran maestro de psicología y de espiritualidad, que se gesta en la pura y profunda observación personal tenida en momentos críticos de la vida: él estaba al borde de la muerte, como consecuencia de la herida recibida por la bala de cañón. Esa crisis lo hace reaccionar de manera novedosa.

Aquí late un rasgo importante de la ignacianidad y en el que juega un papel importantísimo, eso que denominábamos subyecto -la decisión, el ánimo para cosas grandes, el carácter, la aptitud, la idoneidad-47. Ese subyecto se engendra a partir de unas cualidades, pero sobre todo de unas experiencias que hacen ahondar en lo humano y en lo divino que hay dentro de nosotros. El subyecto, por tanto, se va gestando consecuentemente.

La persona ignaciana es la persona que es apasionada, como el mismo Jesús, por la voluntad de Dios. La voluntad del Padre definitivamente tiene que ver con el Reino y lo que eso realmente significa: un proyecto del Dios Padre-Madre para con la humanidad, que implica justicia, dignidad, derechos, respeto a la tierra. Pero eso, implica un diálogo constante con Dios y con la humanidad; de ahí, la importancia también del discernimiento comunitario en la promoción del Reino.

El ignaciano, ignaciana, es quien ha podido tomar en serio su vida; es quien ha podido ir nombrando los acontecimientos internos e irlos comprendiendo para no dejarse subyugar por ellos. No hay posibilidad de una persona ignaciana verdadera que se desconozca en lo hondo suyo. Discernir va a ser algo connatural a quien viva la ignacianidad, pero para eso debe conocerse y aprenderse a manejar en su propia humanidad.

En este esfuerzo de introspección -hecho necesario y requisito sine qua non- va a poder detectarse eso que Ignacio acaricia tanto: los deseos, que son las fuerzas que emanan de lo mejor nuestro y donde encontrará la posibilidad de que encajen perfectamente los deseos de Dios, los umbrales del Reino. Para eso será necesario saber distinguir “los pensamientos pasados”, los deseos de superficie, de los “santos deseos” (Autob. 10), como también cómo unas cosas “le deleitaban mucho” pero luego “hallábase seco y descontento” (Autob. 8), pasado algún tiempo. Como lo aprendió Ignacio:

Hasta que una vez se le abrieron un poco los ojos y empezó a maravillarse desta diversidad, y a hacer reflexión sobre ella, cogiendo por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio y el otro de Dios” (Autob. 8).

Toda la Autobiografía de Ignacio muestra el camino por donde él adquirió la práctica del discernimiento que luego la plasmó en los Ejercicios.

La persona ignaciana conoce y sabe manejar las reglas del discernimiento porque las ha practicado en los Ejercicios, en su oración habitual y en su examen diario. Con esas reglas puede ir detectando en primer lugar, lo que de verdad experimenta pero sobre todo el “a dónde le llevan” esas vivencias que pueden darse dentro del corazón pero también en el mundo exterior, en la historia. Esta regla básica de discernimiento encuentra en lo que hemos denominado los cuatro pedestales de la mesa del banquete del Reino, los rectos criterios de discernimiento: si algo que experimentamos -dentro o fuera de nosotros mismos- nos lleva a las obras de justicia solidaria (Mt. 25, 31 ss), si nos conduce a la experiencia de un Dios pura misericordia y que nos invita a ser así misericordiosos (Lc. 6, 36); si por estas dos cosas el mundo no nos comprende o nos persigue -a veces hasta el riesgo de la vida- y sentimos, sin embargo, fuerza para enfrentarlo (Mc. 8,34 y paralelos); si -finalmente- esos movimientos (internos o externos) nos convidan a cuidar de nosotros con la dedicación que atendemos a las personas necesitadas (Mt. 19, 19), estos cuatro derroteros nos están indicando claramente que tiene a Dios como origen y providencia48.

La persona ignaciana habrá comprendido por propia experiencia, la necesidad de aprender a historizar las mociones49, y por otra parte de impedir que las tretas50 tomen cuerpo y realidad. El ignaciano, la ignaciana han entendido que discernir es optar; que todo lo que va manifestándose en su interior o en el exterior, si viene de Dios, son impulsos e invitaciones para que se vaya realizando el Reino. Ha comprendido y sabe emplear las “reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en la ánima se causan: las buenas para recibir y las malas para lanzar...” (EE 313). Ha hecho del discernimiento una actitud vital que le permite discernir “en caliente”, es decir, en el momento mismo que están sucediendo las cosas, o en el momento que las está examinando, justamente porque se ha hecho una persona contemplativa en la acción, y en la acción del Reino.

Por último, la persona ignaciana conoce la necesidad del cotejamiento respecto al discernimiento. Sabe que toda moción (interna o histórica) tiene como objetivo hacer posible el Reino. Por tanto, tiene que haber alguna persona con “densidad eclesial” que lo confronte sobre la idoneidad y adecuación de eso que piensa o experimenta, con los proyectos del Reino. Mientras más envergadura tenga una moción y mayor sea su trascendencia político-social más necesidad habrá de cotejarla. Por otra parte, el ignaciano, la ignaciana aprenderá, como el mismo Ignacio, que la recurrencia a pedir confirmación del mismo Señor está en la esencia del discernimiento. Todo el Diario Espiritual suyo está lleno de esta necesidad de “re-confirmación” de parte de Dios:

Después, al preparar del altar y al vestir, un venirme: Padre eterno, confírmame. Hijo eterno, confírmame, Espíritu Santo eterno, confírmame. Santa Trinidad confírmame; un solo Dios mío, confírmame; con tanto ímpetu y devoción lágrimas, y tantas veces esto diciendo y tanto internamente esto sintiendo;…” (Diario Espiritual, 48).

La gran confirmación, con todo, es en qué medida las cosas discernidas han jalonado el Reino, por una parte, y por otra, en qué medida todo este esfuerzo -divino y humano- ha generado en nosotros más humanidad nueva.
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