La espiritualidad ignaciana, es laical Apuntes sobre “ignacianidad1”






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La espiritualidad ignaciana, es laical Apuntes sobre “ignacianidad1


Carlos Rafael Cabarrús, S.J.

Cada vez más, gracias a Dios, nos encontramos explícito el fenómeno de personas -mujeres y hombres, casadas y solteras- que vibran con lo Ignaciano. Nos las podemos encontrar en instituciones de la Compañía de Jesús o fuera de ellas. Gente que se ha acercado de alguna manera a los jesuitas, a las religiosas que viven esta espiritualidad, o a quienes viven de algún modo lo Ignaciano, y experimentan una cierta sintonía con el modo de proceder de los jesuitas. A todas estas personas les dedico estas líneas que quieren favorecer el poner más en evidencia un carisma legítimo que está por tomar aún más cuerpo dentro del mundo laical2.

Es mi deseo que estas páginas3, puedan significar a la vivencia de la espiritualidad ignaciana por personas laicas, algo similar a lo que significó para los jesuitas, a principios de la década del 80, el documento del padre Arrupe “El modo nuestro de proceder”4. En aquel entonces (después de la crisis de los años 70) no estaba muy clara la identidad del jesuita en nuestros tiempos... El padre Arrupe revivió las fuentes, redescubrió el discernimiento, y en general, revitalizó nuestra identidad. Algo semejante está pasando ahora con la espiritualidad laical desde lo ignaciano, y es una urgencia, trabajar por hacerla más diáfana, y sobre todo, más cercana a un mayor número de mujeres y hombres que puedan encontrar en ella, un “modo de proceder” en el mundo.

Sé que estas páginas sólo podrán ser plenamente comprendidas por aquellas personas que han hecho el “itinerario de la ignacianidad”5: especialmente la experiencia de los Ejercicios Espirituales6, y la experiencia de estar comprometido(a) con la tarea del Reino. A los laicos(as)7 que han hecho este itinerario, les ayudarán a comprender mejor los rasgos de la espiritualidad que ya han experimentado. A los jesuitas y religiosas formadas en esta espiritualidad, les darán pistas para saber detectar y potenciar esas señales de ignacianidad en las personas que los rodean. Sin embargo, también quiero que sean una invitación a dejarse afectar, para aquellas personas que apenas empiezan a acercarse a esta espiritualidad..., quizá muchas ideas y conceptos no los alcancen a desentrañar todavía; tal vez les sea difícil comprender toda la significación de la experiencia de los Ejercicios; pero, sin duda alguna, será posible que se dejen impresionar e interpelar por los rasgos que caracterizan la ignacianidad, y que posiblemente han visto vivir a otros(as) y se han sentido atraídos(as) por ellos.

El laico Ignacio de Loyola


Lo primero que quiero resaltar, es el carácter de laico de Ignacio de Loyola cuando experimentó todas aquellas vivencias que luego plasmó en los Ejercicios Espirituales, y finalmente marcaron el modo en la Compañía de Jesús. Ignacio de Loyola era laico, cuando inició su proceso de conversión en Loyola y empieza a reconocer la existencia de diversos espíritus. Era laico, cuando vivió la intensa experiencia de Manresa8. Era laico, cuando experimentó y escribió los Ejercicios Espirituales. Era laico cuando empezó a tener junto a él compañeros a los que les fue dando los Ejercicios, y así, les fue comunicando un modo específico de ser.

La espiritualidad Ignaciana, la ignacianidad, nace pues como un carisma9 laical, descubierto por un laico y con una metodología -los Ejercicios- que fueron concebidos desde esta perspectiva. Sólo pasados muchos años y muchas experiencias, los compañeros deciden constituir la Compañía de Jesús, en donde se plasma la espiritualidad Ignaciana cuando ésta se hace congregación religiosa. Pero el origen del carisma Ignaciano, es laical: en Manresa, en 1522, vivió Ignacio la experiencia espiritual más fuerte (la misma que luego plasma como “método” en los Ejercicios espirituales), y sólo hasta 1534, en Montmartre (París) hace votos religiosos; es decir, durante más de diez años vivió su espiritualidad como laico. La compañía de Jesús da un modelo de cómo se hace cuerpo un carisma, pero no lo agota, por principio. El carisma Ignaciano puede ser vivido – y es vivido- en personas y en instituciones no jesuitas, con pleno derecho10.

Estas afirmaciones, toman fuerza, si miramos detenidamente la historia de Ignacio. La fuente de la espiritualidad Ignaciana se dio en la experiencia de Manresa, justo después de su conversión, y esta experiencia la vivió él como un laico. Como laico, Ignacio escribió los Ejercicios después de haber sido una experiencia vivida en él. El peregrino penitente -laico- que llega a Manresa, sale convertido en un peregrino apóstol -laico-. Esos once meses son de los más decisivos en la vida de Ignacio y en su obra: durante esa estadía es cuando tiene una de las experiencias místicas que más marcaran a Ignacio: la del Cardoner11. Allí, -como él mismo lo expresa-:

Se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande que le parecían todas las cosas nuevas (...) y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados setenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes (Autobiografía, Nº 30)12

Luego, una vez que se ha persuadido Ignacio de que no puede vivir y morir en Tierra Santa, como era su hondo deseo desde su convalecencia, comienza –porque experimenta que lo necesita para poder fundamentar y contagiar su experiencia- la formación intelectual. Allí su vocación laical, la típica suya, comienza a manifestar un elemento importante: búsqueda de compañeros a quienes les va dando los Ejercicios y les va comunicando un modo de ser. Pedro Fabro, uno de sus primeros compañeros, en 1540 es el fundador y animador de uno de estos grupos llamado “congregación del Nombre de Jesús”. El objetivo de esta agrupación era la renovación de la vida espiritual de los seglares, el apostolado de enseñar la doctrina cristiana, asistir a los pobres vagabundos y acompañar a los ajusticiados en la hora de la muerte13.

Sin embargo, la Compañía de Jesús, por muchas razones históricas, prácticamente se ha adueñado de toda la espiritualidad Ignaciana, de toda la ignacianidad. A pesar de que desde muy temprano había instituido las Congregaciones Marianas (agrupaciones estudiantiles que emanaban de la experiencia de los Ejercicios en donde se unían virtud, ciencia y servicio) seguía siendo el carisma algo de pertenencia exclusiva de los jesuitas. De algún modo lo compartían con los laicos en estas Congregaciones, pero que no eran considerados, finalmente, como auténticamente ignacianos. Por otra parte, también desde el mismo inicio de la Compañía, hubo una atracción de aplicar el carisma a institutos religiosos femeninos14, y aunque existieron algunos fundados según este carisma, fueron respaldados por algún jesuita en particular, pero no aprobados por la Compañía de Jesús como tal. Es decir, de cierto modo, “robaban” el carisma Ignaciano, pero no les era legítimamente compartido.

Una de las grandes aplicaciones de esta espiritualidad Ignaciana hecha por los jesuitas para la vivencia del carisma desde los laicos(as), a lo que llamamos ignacianidad, fue la ratio studiorum15. Como es bien conocido, con las primeras Reglas del Colegio Romano se fue elaborando el documento que culminó en esa estructura de los estudios promulgada en enero de 1599. La ratio, fue la guía del sistema educativo de la Compañía por doscientos años.16 Esto, en principio, debió ser siempre fuente de ignacianidad, en muchos de nuestros estudiantes. Es decir, siguiendo la estructura de estudios propuesta por la ratio, se haría de quienes estudiaban en nuestros colegios, personas Ignacianas, ya que con dicho plan de estudios, se les transmitiría el carisma ignaciano.

El desconocimiento de este documento de la ratio studiorum, el anquilosamiento del modelo, la imposibilidad de un sistema unificado de educación para todos los colegios de la Compañía en el mundo, el avance de la ciencia -que no quedaba asumido en él- y la inquietud de si la educación ofrecida en los colegios de la Compañía cumplía la finalidad apostólica de la misma, lleva primero, al olvido de este documento, y luego a una nueva formulación sobre lo que es la espiritualidad ignaciana y la educación de la Compañía17. Posteriormente, estas mismas inquietudes, y la necesidad de hacer más práctico el modo de aplicar la ignacianidad a la educación, hacen que se elabore el Paradigma Pedagógico Ignaciano (PPI): una experiencia educativa formulada desde el mismo esquema de los Ejercicios Espirituales18.

A pesar de esto, mirándolo sólo desde esta perspectiva, queda reducida la ignacianidad al ámbito educativo, y por tanto a las personas que se encuentran en este campo, o a una herramienta pedagógica19; más que a un modo de vida, a una manera de situarse en el mundo, que es lo que tendría que ser.
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