En la presencia de Dios. Elementos de teología de la vida espiritual






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Mortificación espiritual

Entran en al ámbito de la mortificación, más allá del cuerpo y de los senti­dos, las facultades del espíritu: memoria e imaginación, inteligencia y voluntad.

— La ascesis de la memoria y de la imaginación pide que se instaure una higie­ne rigurosa de la mente, alejando recuerdos e imágenes, que de alguna manera empujan al mal, en sus múltiples formas: lujuria, rencor, celos, envidia, orgullo, odio, etc.

Quien abre la puerta a cualquier tipo de recuerdos, deja libre el camino a la inquietud, que según estima san Francisco de Sales, constituye "el mayor mal que puede venir al alma, excepto el pecado; porque, como las sediciones y albo­rotos interiores de una república la arruinan totalmente, y la estorban que no pueda resistir al extraño, así nuestro corazón, estando alborotado e inquieto en sí mismo, pierde las fuerzas de mantener las virtudes que había adquirido, y asi­mismo el medio de resistir a las tentaciones del enemigo: el cual entonces procu­ra con todas sus fuerzas pescar, como dicen, en agua turbia".

Quien se dedica a fantasear, se pierde en lo irreal, alimenta grandemente el orgullo y se hace incapaz de aceptar la realidad objetiva y crucificadora de la existencia cotidiana concreta.

— La ascesis de la inteligencia consiste en resistir y superar las tendencias a que incitan la pereza, la vana curiosidad, la precipitación, la dispersión, el atri­buir un valor absoluto a la razón. Pide nos opongamos con vigor a los pensa­mientos que suscitan la ira, el pesimismo o el desánimo, cosas que hay que con­siderar como otras tantas formas de rebelarse contra Dios, instigadas por el Maligno. Insta a que se cultiven pensamientos idóneos para hacer surgir sereni­dad, alegría, cordialidad, tranquilidad rectamente interpretadas como formas de adherirse a Dios, alimentadas por el Espíritu Santo.

— La ascesis de la voluntad, por fin, se ejercita controlando las afecciones desordenadas y comprometiéndose a rectificar constante y perseverantemente la intención, contra la soberbia de la vida que trata de insinuarse incesantemente.
Purificación activa

San Juan de la Cruz fue indudablemente un gran maestro del áspero camino de la ascesis vivida, sobre todo, como purificación. Lo prueba su doctrina sobre las noches.

El santo llama noche a la ascesis porque en ella "el alma camina como de noche, a oscuras". Y distingue en ella dos frentes: el que concierne a la esfera sensitiva, abierta al mundo de lo sensible, que denomina noche de los sentidos, y el que se refiere a la esfera racional, abierta al mundo espiritual, que denomina noche del espíritu.

En consonancia con el doble ritmo, activo y pasivo, de la vida espiritual en el nivel místico y en el nivel ascético, distingue en ellos ulteriormente la noche acti­va y pasiva del sentido y la noche activa y pasiva del espíritu.

Dedica dos obras san Juan de la Cruz a la doctrina de las noches: la Subida del Monte Carmelo y la Noche oscura. El primer libro de la Subida, obra que no llegó a terminar, trata de la noche activa de los sentidos; el segundo, de la noche activa del espíritu en relación con el entendimiento; y el tercero, de la no­che activa del espíritu en relación con la memoria y la voluntad: se habla, por consiguiente, de la purificación activa de los sentidos, del entendimiento, de la memoria y de la voluntad. En la Noche, en cambio, pasa a las purificaciones pasivas: el primer libro considera la noche pasiva de los sentidos, mientras que el segundo describe la noche pasiva del espíritu.

Como las noches activas pertenecen a la vertiente de la mortificación, habla­mos de ellas en esta parte.

a) La noche activa de los sentidos consiste en la mortificación de las pasiones y de las tendencias del oído, de la vista, del olfato, del gusto y del tacto. Su finalidad es liberar de las imperfecciones habituales ligadas a la esfera de lo sen­sible, como "son costumbre de hablar mucho, un asimiento a alguna cosa que nunca se acaba de querer vencer, así como a persona, a vestido, a libro, celda, tal manera de comida y otras conversacioncillas y gustillos en querer gustar de las cosas, saber y oír, y otras semejantes ".

Esta primera fase de purificación reviste una gran importancia porque "en tanto que tuviere asimiento a alguna cosa, excusado es que pueda ir el alma ade­lante en perfección, aunque la imperfección sea mínima. Porque eso me da que una ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea del­gado, tan asida se estará a él como al grueso, en tanto que no lo quebrare para volar".

b) La noche activa del espíritu concierne, como ya sabemos, a las potencias espirituales: entendimiento, memoria y voluntad.

— El entendimiento está sometido a este tipo de purificación activa cuando el alma comienza a "arrimarse a la fe oscura, tomándola por guía y luz, y no arri­mándose a cosa de las que entiende, gusta e imagina. Porque todo aquello es tiniebla, que hará errar; y la fe es sobre todo aquel entender y gustar y sentir e imaginar".

— La ascesis de la memoria habitúa al sujeto a olvidarse de todo lo que no coincide con Dios, a hacer que se retire de la escena de la intención y del apre­cio, para ponerlo entre bastidores, como algo que es verdaderamente importan­te, pero de ningún modo irrenunciable.

— La purificación de la voluntad hace que el alma "no se goce sino de lo que es puramente honra y gloria de Dios, ni tenga esperanza en otra cosa, ni se duela sino de lo que a esto tocare, ni tema sino sólo a Dios". De tal modo com­pleta la obra porque "no hubiéramos hecho nada en purgar al entendimiento para fundarle en la virtud de la fe, y a la memoria en la esperanza, si no purgára­mos también la voluntad acerca de la tercera virtud que es la caridad, por la cual las obras buenas hechas en fe son vivas y tienen gran valor, y sin ella no valen nada".
8. SEGUNDO MOMENTO DE LA ASCESIS CRISTIANA: LA PACIENCIA

Ilustrando la doctrina de San Juan de la Cruz, Bouyer explica el paso de las noches activas a las pasivas, poniendo de relieve que "el alma no puede prepa­rarse a la perfección de la unión con Dios sólo con sus esfuerzos conscientes, aunque estén basados en la gracia. Se necesita una intervención de Dios total­mente superior a nuestras fuerzas, tal que constituye una purificación 'pasiva'. Esto no quiere decir que quedemos inactivos: al contrario, aquí, como en la con­templación, el alma es en su intimidad más activa que nunca. Pero su actividad, en vez de presentarse como autónoma, se sumerge tan bien en la actividad de la gracia que parece que ya no se distingue de ella".

El itinerario de la ascesis cristiana avanza, conjugando los dos elementos-clave de toda auténtica vida de fe: la iniciativa omnipotente de Dios y la respues­ta laboriosa del hombre. Siendo indispensable no sólo el primer elemento, sino también el segundo, una fase está subordinada a la otra, por lo cual el momento en que prevalece lo activo prepara y dispone para la llegada del momento en que predomina lo pasivo.

San Juan de la Cruz enseña que, de ordinario, la noche de los sentidos inau­gura la vía iluminativa, y la noche del espíritu abre paso a la vía unitiva. Aunque se comprueba que estas terminologías y estas clasificaciones asumen significados distintos en autores distintos, es cierto que todos admiten la presencia de un vín­culo de gradualidad dispositiva entre las dos formas de purificación.

Por tanto, se puede concluir que el domino de la práctica de la mortificación -que corresponde a las noches activas- prepara el terreno al dominio de una situación soteriológica más alta -que corresponde a las noches pasivas- donde la iniciativa de Dios es más amplia y profunda: de la situación que, precisamente porque predomina lo pasivo, se llama paciencia, del latín pati (= padecer), y que en griego se llama hipomoné, término sugestivo en extremo, porque significa estar debajo, o sea, estar sometido a la acción omnipotente de Dios, con plena con­fianza y completa disponibilidad a sus propósitos de rectificar, purificar y unifi­car.
Mortificación y paciencia

La tarea más inmediata de la mortificación consiste en preparar para la paciencia: el adquirir el domino de sí está en función de una acción divina más radical de saneamiento y desarrollo.

En esta perspectiva, se podría decir que la mortificación es a la paciencia, como el entrenamiento del púgil es al combate que él se dispone a sostener. Donde falta la mortificación, tiene poca entrada la paciencia, y la obra de Dios no produce los efectos queridos. "Quien no quiere privarse de nada y nunca se impone ningún sacrificio", dice Saudreau, "nunca sabrá soportar nada. He aquí por qué hay que estimular desde el principio al alma a mortificarse. Según nues­tro parecer, es el medio más seguro para formar a alguien en la paciencia".
Validez de la paciencia

Y estamos en los motivos por los que la paciencia es indispensable; o si se quiere, por los que la sola mortificación es insuficiente.

En primer lugar, es un hecho que la mortificación resulta a menudo más fácil que la paciencia, al menos porque "la actividad agrada más a la naturaleza, por lo cual es más llevadero lanzarse a la lucha, y hasta golpearse a sí mismo, que aguardar con resignación y recibir los golpes con calma". Esto basta para excluir que la ascesis se agote al hablar de mortificación.

Y luego, hay niveles de penitencia que son necesarios, pero que, si Dios no los impusiera, jamás se pondrían en práctica. En este sentido "los sacrificios que la Providencia nos impone, responden mucho mejor a nuestras necesidades que los que nosotros escogemos por nuestro gusto". Si Dios no decidiera imponernos una prueba que crucifica, continuaríamos arañando con un cortaplumas, considerándonos medio héroes, un terreno que tiene necesidad de ser roturado por una reja de arado. Sin la audacia del amor de Dios, que no teme exponerse a la violencia del hombre, con tal de que quiera eficazmente su bien, seguiríamos curando con inútiles emplastos un mal que sólo se puede extirpar usando el bis­turí.

Es perfectamente verdad la increíble exhortación, que afinada con el regis­tro de la locura de la cruz, formula el apóstol Santiago al principio de su carta: "Tened por sumo gozo veros rodeados de diversas tentaciones, entendiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Pero la paciencia ha de tener obras perfectas, para que seáis perfectos e íntegros, sin faltar en cosa alguna" (Sant 1, 2-4).

La plenitud de la alegría, suprema aspiración de todo corazón humano, nace del soportar la prueba, o sea, la acción bendita y felizmente compasiva de Dios que hace íntegra y perfecta a la criatura haciéndola idónea para la comu­nión con él, en la que ya no le faltará nada. Quien llega a esta sabiduría de lo alto, hace suya la invocación de san Agustín: Domine, da quod iubes, et iube quod vis (Señor, hazme hacer lo que mandas, y mándame-lo que quieras).
Purificaciones pasivas

El ejercicio saludable de la paciencia alcanza su vértice en las noches pasivas de los sentidos y del espíritu.

a) En la noche pasiva de los sentidos, "Dios hace que las meditaciones imagi­nativas, revestidas de una afectividad más o menos fácil, ya no digan nada. Y lleva a una visión de fe más profunda y más pura, gracias a la aridez que la pre­paran y la pueden acompañar incluso por mucho tiempo".

Esta situación trae consigo "oscuridad en la parte sensitivo-discursiva, cese del gusto y del placer por las cosas espirituales y al mismo tiempo, tormento en la parte afectiva, que encuentra insípidas y amargas las cosas que antes le agra­daban".

Dura de ordinario, como se ha dicho, mucho tiempo, pero el alma se hace capaz de preferir, finalmente, el Dios de los consuelos a los consuelos de Dios.

En la noche pasiva del espíritu, Dios lleva "a superar todo lo que hay toda­vía de demasiado humano en nuestros pensamientos sobre las cosas de Dios. Llegados a esta altura, vemos a santo Tomás de Aquino renunciar a llevar a tér­mino su Summa Theologiae y declarar que no ve en ella más que paja. Puede también suceder, como se ve en santa Teresa del Niño Jesús, que surjan terribles tentaciones contra la fe. En realidad, es Dios mismo quien nos lleva a despren­dernos de nuestra fe en cuanto nuestra, en cuanto revestida de opinión humana, hecha semejante a nuestros modos de pensar, para hacernos entrar en la miste­riosa oscuridad de la fe desnuda, que ya no se deleita en las orillas de las repre­sentaciones del propio objeto, sino que se va derecha a él, abandonando en este paso todo lo que no es sólo Dios".

La purificación se realiza por medio del don de la contemplación infusa, en la cual se revelan la miseria del hombre y la incompatibilidad de la santidad de Dios con las culpas de la criatura. A su luz, el alma ve "claramente aquí su impu­reza, conoce claro que no es digna de Dios ni de criatura alguna. Y lo que más le apena es que piensa que nunca lo será, y que ya se le acabaron sus bienes. Esto le causa la profunda inmersión que tiene de la mente en el conocimiento y senti­miento de sus males y miserias; porque aquí se las muestra todas al ojo esta divi­na y oscura luz, y que vea claro cómo de suyo no podrá tener ya otra cosa".

La prueba es tremenda y se prolonga durante años, con "interpolaciones de alivios, en que por disposición de Dios, dejando esta contemplación oscura de embestir al alma en forma y modo purgativo, embiste iluminativa y amorosa­mente" m. Se trata del proceso que más se acerca a las penas ultraterrenas del purgatorio.
9. RESULTADO FINAL DE LA ASCESIS CRISTIANA: LA HUMILDAD

El complejo y doloroso camino de rectificación, purificación y unificación realizado por la ascesis cristiana lleva a la criatura a comprenderse tal cual es realmente: una nada frente al Todo de Dios, una realidad que recibe continua­mente del corazón de Dios el propio ser, un pecador perdonado incesantemen­te. A través de la ascesis, la llama de amor viva, esto es, Dios, lleva a cabo el vaciamiento del hombre que permite que la verdad se derrame libremente en él. La lógica de la ascesis cristiana se condensa en el gran principio que el autor de la Imitación de Cristo pone de manera sugestiva en los labios del Señor: Fili, relinque te, et invenies me (hijo mío, déjate a ti y me hallarás a Mí ).

La tradición cristiana, para designar esta suprema adquisición de verdad y el desprendimiento de sí que consiente el regalo valioso de Dios, cuenta con un nombre particular. Los llama humildad, del latín humus, terreno fértil y rico de alimento que hace vigoroso al árbol; como si dijera, por una parte, que la vitalidad de la existencia creyente se sostiene sobre este fundamento y, por otra, que de este modo se mantienen los pies en la tierra, sin vanidosas evasiones a las quimeras del orgullo.

Es lícito, por tanto, decir que el resultado final de la práctica de la mortifica­ción y de la paciencia es la consolidación de la humildad.
Elogio de la humildad

El darse cuenta del 'código' de la humildad dentro de la ascesis cristiana explica la estima incondicional que le han guardado los grandes santos y maes­tros de espíritu. Valga por todos el robusto testimonio de santa Teresa de Jesús.

La gran carmelita no tiene miedo en declarar que "delante de la Sabiduría infinita, créanme que vale más un poco de estudio de humildad y un acto de ella que toda la ciencia del mundo" m. Esto es así porque la humildad es verdad, y el hombre está hecho por la Verdad para la verdad: "Una vez estaba yo conside­rando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena en nosotros, sino la miseria y la nada. A quien más lo entiende, agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella".

Apercibida por esta revelación, la santa confiesa que sonríe "habiendo lásti­ma de ver lo que estiman los hombres". Afirma que el alma humilde "fatígase del tiempo en que miró puntos de honra y en el engaño que traía de creer que era honra lo que el mundo llama honra; ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella, pues todo es nada y menos que nada lo que se acaba y no contenta a Dios". Llama a la vanagloria "una cadena que no hay lima que la quiebre, si no es Dios con oración y hacer mucho de nuestra parte"; una car­coma que despoja al árbol de todo vigor, impidiendo "medrar a los que andan cabe él; es como un canto de órgano, que un punto o compás que se yerre, disuena toda la música". Denuncia su carga destructiva, exclamando: "Dios nos libre de personas que le quieren servir, acordarse de honra. No hay tóxico en el mundo que así mate como estas cosas la perfección"; y precisa: "Diréis que son cosillas naturales, que no hay que hacer caso. No os burléis con eso, que crece como espuma".

Confirma la relación de la humildad con la ascesis enseñando que la virtud de la humildad "y estotra (la abnegación) paréceme andan siempre juntas; son dos hermanas que no hay para qué separar". Y resume su pensamiento en la enérgica declaración de que "mientras estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la humildad".

Como ella, y antes que ella, presentaba estas convicciones el autor de la Imitación de Cristo, que centra en la humildad la señal más evidente de la santi­dad, y escribe: "Los más grandes santos a los ojos de Dios son los más pequeños a sus propios ojos, y cuanto más aureolados de gloria, tanto más humildes se creen. Llenos de verdad y de gloria celestial, no ambicionan la gloria vana del mundo; y, como están sólidamente fundados y confirmados en Dios, de ningún modo pueden ya envenenarse. Atribuyen a Dios todo el bien que han recibido; por eso no buscan la gloria los unos de los otros, sino sólo la que de Dios proce­de. Su único afán es que Dios sea glorificado en sí mismo y en todos los santos.
Práctica de la humildad

Fruto de la mortificación y de la paciencia, la humildad se manifiesta en acti­tudes precisas que, a la vez que dan concreción, permiten que se consolide y crezca.

Mons. Saudreau subraya tres de ellas, que considera particularmente impor­tantes. Son:
1. Aceptar sinceramente la propia miseria.

"El primer modo de ejercitar la humildad", dice, "es aceptar la propia baje­za, o sea, como dice san Francisco de Sales, amar la propia abyección (cf. Introducción a la vida devota, lib. 3, cap. 6). ¡No somos nada! Confesémoslo de buen grado, y en lugar de entristecernos al vernos enfermizos, miserables, suje­tos a toda suerte de debilidades, de imperfecciones y de pecados, pensemos con toda sencillez que es una gracia muy grande de Dios si no somos pecadores. Deberíamos, al contrario, gozar de no tener nada de bueno más que lo que Dios ha puesto en nosotros. He aquí lo que hay que recordar a quienes se enfadan y se irritan contra sí mismos, a quienes se maravillan de las propias caídas, o bien, se abandonan a inquietudes vanas y al desánimo. Lo que falta a estos cristianos, tan inclinados a pensamientos de tristeza, es el amor a la propia abyección, En el deseo inquieto que experimentan de verse libres de sus miserias, entra, sin que lo adviertan, una gran dosis de amor propio y de orgullo".
2. Cultivar el no depender de los juicios ajenos.

Es necesario "reprimir con vigor y constantemente los deseos y las preocu­paciones de vanagloria que nacen tan espontáneamente en el corazón humano. Se deberá, por tanto, rechazar, apenas se advierta, cualquier deseo de ser admi­rado o estimado, de que se nos tenga por personas competentes, amables, inteli­gentes, piadosas, etc. No nos ilusionemos con sueños infantiles en los que se imaginan conversaciones y acontecimientos en los que se nos atribuye un papel importante. No se hará caso del deseo de que se nos busque, se nos consulte y se apruebe nuestra conducta". Queda clara la referencia a la mortificación espiri­tual.

Sobre todo, es preciso "luchar contra un sentimiento muy corriente en el alma vanidosa, sentimiento que, con demasiada frecuencia, influye en la conduc­ta: ¿qué se dirá?, ¿qué se pensará de mí? ¿No es quizá mejor decir con san Pablo: poco me importa el juicio de las criaturas, yo no quiero preocuparme sino de agradar a Dios (cf. 1 Cor 4,3)? El renunciar a la estima ajena se pondrá en práctica en las palabras, desterrando cualquier jactancia y cualquier palabra que tienda a hacerse valer; y en la acción, teniendo cuidado de no mostrarse con ostentación, también de ocultar lo que se podría tener de bueno, o lo que por naturaleza es apto para suscitar la admiración y el elogio del prójimo".

Es esto cuanto propone el autor de la Imitación de Cristo en su célebre afir­mación: ama nesciri, et pro nihilo reputari ( procura ser desconocido y reputado en nada).
3. Aceptar pacientemente las humillaciones.

"El tercer modo de practicar la humildad", prosigue Saudreau, pasando de la mortificación a la paciencia, "consiste en aceptar las humillaciones y los des­precios; en no excusarse más que con moderación y sin acritud, o bien no excu­sarse en modo alguno; en soportar con paciencia, pensando que nos lo merece­mos por nuestras propias infidelidades, todas las ocasiones humillantes, como los fracasos, las críticas, los reproches, las mofas, considerándolo todo como una gracia de Dios que quiere hacernos ganar méritos y semejantes a Jesús".

También santa Teresa de Jesús recurría, para animarse en las humillaciones, al pensamiento de todo lo que se merecía en cualquier caso, o a lo que había puesto en práctica nuestro Señor durante su vida. Respecto a lo primero, hace esta confidencia: "Nunca oí decir cosa mala de mí en que no viere que se queda­ban cortos; porque, aunque no era en las mismas cosas, tenía ofendido a Dios en otras muchas y parecíame habían hecho harto en dejar aquéllas". Refiriéndose a lo segundo, confiesa de manera significativa: "Otras veces me atormentaba mucho, y aún ahora me atormenta, ver que se hace mucho caso de mí, en espe­cial personas principales, y de que decían mucho bien. En esto he pasado y paso mucho. Miro luego a la vida de Cristo y de los santos, y paréceme que soy al revés, que ellos no iban sino con desprecio e injurias". Viceversa, "lo que no hago cuando tengo persecuciones: anda el alma tan señora, aunque el cuerpo lo siente, y por otra parte ando afligida, que yo no sé cómo esto puede ser; mas pasa así, que entonces parece está el alma en su reino y que lo trae todo debajo de los pies".

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