Un hombre puede vivir y estar sano sin matar animales,por ello si come carne toma parte en quitarle la vida a un animal,sólo para satisfacer su apetito. Actuar así es inmoral






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títuloUn hombre puede vivir y estar sano sin matar animales,por ello si come carne toma parte en quitarle la vida a un animal,sólo para satisfacer su apetito. Actuar así es inmoral
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Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado.
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
los doce tribus de narices era;

Érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.




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—¡Genial!—aplaudí entusiasmado y el hidalgo me dedicó una reverencia.Una sonrisa de satisfacción apareció en su poblado mostacho—Es...—iba a añadir que era lo más divertido que había oído en mi vida, pero la crispación de Góngora iba en aumento y decidí improvisar sobre la marcha—¡Es...ta noche es Nochebuena y mañana Navidad.Saca la bota María que me voy a emborrachar!—sonreí como un imbécil y me quedé tan pancho.

—La cabra loca de mi abuelo estaba más cuerda que vos—declaró con fastidio y se encaró con su rival—.Y ya que estamos de coplillas ahora seré yo quien tome cumplida revancha y de respuesta a este oportunista, aprovechón y gañan, pues me acusa a mí de engrandecer mi nombre a su costa cuando en realidad sucedió al revés.

Y ni corto ni perezoso se puso a recitar los versos que le dedicó al respecto:
Musa que sopla y no inspira
y sabe que es lo traidor
poner los dedos mejor
en mi bolsa que en su lira,
no es de Apolo, que es mentira
Ahora fue Quevedo el que acusó el golpe

—Pura morralla indescifrable,plagada de esas metáforas mitológicas que tanto abundan en vuestros escritos.

—No tan indescifrable, al menos para gente menos lerda que vos. En ella os acuso de malandrín y soplagaitas y de haber utilizado el nombre del poeta más genial de su tiempo para haceros un hueco en la escena cultural madrileña.

—¿Y quién era ese poeta tan genial?

Góngora hizo caso omiso de la duda existencial del madrileño y continuó exponiendo sus ideas al respecto:

—El populacho goza como puerco en charca infecta cuando hay un enfrentamiento entre dos celebridades, y se pone de parte del más vulgar de los contendientes. En ese aspecto he de reconocer
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que vuestra vulgaridad sólo es superada por la bazofia de versos

que escribís.

—¡Mamarracho!

—¡Berzotas!

—¡Meapilas!

—¡Julandrón!

Y así habrían seguido por toda la eterna eternidad si yo no hubiese intervenido.

—¡Señores!Haced el favor de comportaros o pediré que os sustituyan.

¿Se puede sustituir a dos capullos flotantes,enviados por dios sabe quién ,y que se pasan el tiempo insultándose? Cualquiera sabe; pero en cualquier caso la amenaza surtió efecto y dejaron de pelear.

—La culpa es de Quevedo. Siempre me ha tenido manía. Baste recordar el asunto de la casa.

—¿Qué pasa con la casa?

—¡No os hagáis el inocente! Sabéis muy bien a que me refiero. Os regodeasteis de mi caída en desgracia comprando la vivienda de Madrid donde habitaba antes de partir de regreso a mi tierra.

—¡Pero qué mal pensado sois! Fue simple coincidencia. Estaba en venta y yo la compré. Eso es todo—se defendió Quevedo, pero sus ojillos chispearon tras las lentes ,descubriendo cuáles eran sus verdaderos sentimientos al respecto.

—¡Sois un cojo mentiroso!—explotó Góngora cuando vio que el otro se reía sin reírse.

—¡Y vos un pedante deslenguado y narigón!

—¡Señores!—exclamé de nuevo cuando vi que se me estaba alborotando el gallinero por segunda vez—¿Habéis terminado de insultaros y reprocharos cosas?

—Aún no. Todavía quedan unas cuantas en el tintero.

—Pues dejadlas para otra ocasión. Lleváis aquí dos horas y no hemos sacado nada en claro—les recriminé—.Descartado el inglés como lengua a utilizar, ya que vosotros no quereos ni oír hablar del tema, y yo sólo sé decir yes,no queda más remedio que utilizar nuestra querida lengua castellana.

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Los dos escritores asintieron y fue Góngora el que tomó el relevo y planteó otra cuestión de difícil solución.

—Al menos ya hemos sacado algo en claro.Ahora hemos de abordar otro tema no menos delicado que el anterior—un rápido vistazo a su socio dio a entender de donde esperaba que llegasen las pegas—¿En qué hemos de escribir el libro?

—En una libreta, claro está. Los escritores de verdad usan una grabadora ,pero yo me tendré que conformar con el método tradicional.

—No seáis mentecato, Álvarez. Me refería a si hemos de utilizar la prosa o nos decantaremos por el poema; y si es así ,¿optaremos por tercetos, liras, silvas, sonetos o octavas reales?

A mí todo aquello me sonaba a chino, pero no me correspondía decidir y tuve la gran virtud de mantener la boca cerrada, algo que desde luego no hizo Quevedo.

—Cualquier libro que se precie de serlo ha de ser escrito en prosa—argumentó, y yo no necesité mirar a su amigo del alma para saber que estaba en total desacuerdo.

—¡Me niego en redondo! Donde esté una buena silva que se quite todo lo demás.

—Absurdo como todo lo que decís. No podemos pedirle a este joven iletrado y medio bobalicón, que llegue a ser un genio de la literatura, escribiendo algo tan complicado y desconocido.

—Por mí no lo hagáis .Me conformo con ser sólo un geniecillo—respondí,algo escocido con eso de bobalicón—.Los buenos escritores suelen morirse de hambre, y son los de calidad infame los que llegan a las masas.

—He de daros toda la razón—Góngora le dedicó una mirada harto elocuente a Quevedo,que en esos momentos se limpiaba las lentes con la cortina—Escritores tan "geniales" como el que nos acompaña, basan todo su éxito en obras de tan gran valor literario como su poema: El Pedo.

El aludido ni se inmutó, ocupado como estaba echándole vaho a sus anteojos.

—¿Le dedicaste un poema al noble arte de expulsar viento?

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—Ciertamente, aunque palurdos como este cordobés no fueron capaces de reconocer el mensaje oculto que contenía.

—Apasionante...

—Sin embargo en la corte si apreciaron la belleza de mis estrofas.

—¿Apreciaron?...¡Pero si falto poco para que os cortasen la cabeza!

—Eso fue por otro motivo que no viene al caso comentar.

—Yo quiero saberlo—solicité humildemente.

—No vale la pena...

—¡Y yo creo que sí!Cuando sepáis lo que hizo este desvergonzado sabréis porque digo que no es persona de fiar.—insistió Góngora.

—Al joven no le interesan los chascarrillos de viejo.

—¿Qué hizo?—pregunté mientras Quevedo ponía cara de no haber roto un plato en su vida.

—Dejó en ridículo a la reina y luego insultó gravemente al rey Felipe.

—Un simple malentendido...

—¡Sois un bellaco deslenguado y mordaz!

—¿Pero qué pasó exactamente?

—Se apostó con sus amigos a que ridiculizaría a la reina Isabel delante de todo el mundo y esta le sonreiría agradecida.

—¿Y logró salirse con la suya?—pregunté incrédulo.

—Eso me temo.

—Cuesta creerlo. Los reyes son tontos pero no tanto.

Góngora me miró con esa cara de sota de bastos que reservaba para las grandes ocasiones.

—¿Sois antimonárquico?

—De vez en cuando. En realidad soy comunista.

—Queréis decir comunero...Pensaba que los habían exterminado a todos tras el levantamiento contra la corona ,y ahora descubro que no es así.

—Ahora no exterminan a nadie por sus ideas políticas. Utilizan métodos más sutiles para joderte la vida, como echarte del tajo para que pierdas tu vivienda y se la queden los bancos.
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La revolucionaria proclama los dejó patitiesos.

—Pues si que debe de andar mal la cosa para que el personal se vea obligado a vivir en un rio...

—¡Y encima te echan! ¡Vaya mierda de tiempos modernos!—declaró jocosamente el Quevedo—.En mis tiempos podías dormir la mona debajo de un puente y nadie te echaba de los bancos.

Me planteé en qué momento había hablado de un rio, pero como no supe encontrar respuesta al interrogante,cambié de tema, o mejor dicho: regresé al que me interesaba.

—Cuéntame como se las apañó para ridiculizar a la reina sin que se diera cuenta.

—Compró una rosa y un clavel, y sujetándolas una en cada mano, se plantó ante Isabel y se las ofreció ,diciendo:

Entre el clavel y la rosa su majestad escoja.

—¿Y?—pregunté sin entender donde residía la gracia del asunto.

Góngora me miró exasperado—.Como no me des más datos...

—Por lo que veo la historia tampoco es vuestro fuerte.

—Para qué...Si tienes una duda, Internet te la resuelve.

—Pues que ese tal Internet os de la respuesta—respondió malhumorado.

—Dámela tú, que ahora no puedo conectarme.

Me dedicó otra mirada desagradable y añadió:

—¡La reina también era coja! Este degenerado se burló en su cara y se marchó tan fresco.

Tardé un rato en descubrir la añagaza(al fin y al cabo algo tenía que hacer para demostrar lo de bobalicón),y cuando lo hice comencé a reír sin poder contenerme.

—El tiempo transcurre inexorable,pero los descerebrados permanecen.—el cordobés parecía a punto de estrangularme. Y menos mal que no vio el guiño de complicidad que me dedicó su rival—.Y no contento con burlarse de la reina, despreció también a su esposo.

—Soltad sin demora todo lo que llevéis dentro, mi buen escritor cordobés—rogué impaciente—Ardo en deseos de conocer lo que sucedió.
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Me pegó otra mirada aclaratoria de lo que pensaba de mí y continuó:

—El rey se enteró de la apuesta y lo llamó para darle un tirón de orejas en público. No contaba con la desfachatez del mentado y no tardó en arrepentirse.

Ya que estáis aquí podríais improvisar una poesía que nos alegre el día.

Eso le dijo Felipe tratando de pillarlo en blanco.

Dadme pie, majestad.

Respondió el poetilla de opereta y su majestad le tendió la pierna obligando a que se arrodillase para cogerla. Pero he de reconocer que este malandrín es hombre de recursos y no se amedrenta con facilidad.Se arrodilló y cogiendo el regio miembro, contestó:

Parece ,gran señor, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vos la montura.

Solté otra carcajada y me dirigí al pícaro escritor:

—¿Y no te ahorcaron?

Se alzó de hombros.

—¿Entendéis ahora porque algunos lo odiamos a muerte? Y con las mujeres no le fue mucho mejor.Casó con Esperanza de Mendoza a la que pronto desesperanzó. Muy santa habría de ser la que soportara a semejante zoquete ,contrahecho y misógino.

—Despachaos a gusto, ya que nunca pudisteis vencer en buena lid. Usáis el poder del insulto como suelen hacer los que no saben usar el de las palabras.—le recriminó el aludido.

—¿Qué os parece si nos concentramos en el tema del libro?—propuse—Si he de ser sincero debo de confesar que la poesía no me gusta.

—Entonces está claro que el libro ha de ser escrito en prosa castellana.—declaró Góngora al que se veía muy satisfecho con la deducción.

—No es por ser aguafiestas pero a esa conclusión ya había llegado yo solo sin ayuda de nadie.—comenté algo irritado.

—¡Y porque no lo habéis dicho antes!


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—Porque no me habéis dejado meter baza. Lleváis todo el tiempo peleando como gallos de corral.

—El mozo tiene razón—reconoció Quevedo—.Os ofrezco un pacto de no agresión en aras de lograr nuestro objetivo.

—Acepto. Dejaremos nuestras diferencias para otro momento.

—Es una decisión muy sensata, sobre todo viniendo de quien viene.

—Quevedo...

—¡Lo siento! No volverá a suceder.

—Busquemos un argumento. ¿Qué me aconsejáis?

—Yo me inclino por la aventura. Ese tema siempre vende: un galante caballero al rescate,una dama indefensa de espíritu alegre ,y un malvado al que odiar, suelen dar buen resultado.

—Verás...Ahora las cosas no son exactamente así.Ni quedan caballeros galantes, ni las damas son pollitos indefensos. Ahora se defienden solas.

—¡Carajo!—renegó el cordobés—Al menos quedarán malos...

—¡A puñaos!

—Menos mal.Por un momento creí que estábamos en otro planeta.

—Yo puedo ayudar con el argumento.Tengo un par de anécdotas que tal vez sirvan—ofreció Quevedo.

—Adelante.

—¿Conocéis la historia de la pantera?

—No.

—Pues voy a instruiros de como pasé a convertirme en héroe popular sin comerlo ni beberlo. Regresaba a casa tras visitar a mis contertulios de la taberna del Turco cuando escuché gran alboroto y gritos procedentes de la calle Mayor.Siempre he sido dado a meterme donde no me llaman y a actuar de manera algo imprudente,es por eso que en lugar de alejarme del tumulto como hubiese hecho un hombre sensato, decidí acercarme para ver que se guisaba por allí. Los castellanos somos de naturaleza curiosa y yo lo era como el que más. Pero una cosa es ser curioso y otra muy diferente actuar como un imprudente...
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—¿Y un botarate imprudentemente curioso?—preguntó Góngora con una mala leche que no veas.

—Fui,pero fui preparado para cualquier contingencia que pudiera sucederme. Desenvainé la espada dispuesto a despachar al primer higo e puta que se cruzase en mi camino, y sujeté con firmeza el broquel—debió de verme la cara porque añadió rápidamente—:un pequeño escudo de acero que solíamos llevar en nuestra época.Casi no tuve tiempo de emparejarme como Dios manda cuando noté que algo se me venía encima.Paré la embestida con el broquel y luego comencé a dar estocadas a diestro y siniestro. No me detuve hasta que me aseguré de que el bicho no volvería a atacar a un buen cristiano. Al principio me pareció un gato...

—No hay gatos tan grandes—opiné.

—Lo sé,pero debéis de haceros cargo de las difíciles circunstancias en que me veía inmerso...

—Alcohol saliendo por vuestras orejas, y una creciente oscuridad que agravaba la ceguera en que os desenvolvéis habitualmente.

—¡Llamadle a él también la atención!—exigió Quevedo al comprobar que su rival aprovechaba la menor ocasión para infligirle castigo.

—No hago más que constatar la irrefutabilidad de los hechos que sucedieron en aquel callejón. La verdad no debe de dolernos—respondió el cordobés antes de darme tiempo a llamarle al orden.

—Mejor será que dejes a un lado tus opiniones. Lo que para unos es una gran verdad, para otros es un sinsentido—comenté.

—¡Bravo! Al final os convertiréis en un escritor de verdad.

—Déjate de coñas y termina de contar lo que sucedió con ese gato que acabó convirtiéndose en pantera.

—No queda mucho más que contar. Resultó ser que el fiero animal se escapó de la hacienda de un embajador, que lo había traído del África .Recorrió las calles de Madrid atacando a todo aquel que se cruzaba en su camino, hasta que dio conmigo y pegó el ultimo maullido.—en ese punto se interrumpió y acercándose mucho ,me dijo con voz queda—:No se lo digáis a ese taciturno
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hombrecillo, pero he de darle la razón mal que me pese; de no haber estado poseído por el espíritu de Baco ,y ser medio cegato, habría echado a correr sin dudarlo un solo instante.

—¿Os estáis confesando? ¿O tal vez os sentís tan avergonzado de otro de los episodios en que os visteis envuelto y preferís contárselo en voz baja?

—¿A qué episodio os referís?

—¡Al de la cruz, naturalmente! Vergüenza debería daros...—le reprochó Góngora.

—¿Por qué?—quise saber yo.

—Utilizó el símbolo sagrado del cristianismo para defenderse de los vecinos que le reprochaban que orinase en una esquina.

—Nada utilicé.Fueron ellos los que pusieron la cruz en la esquina. Yo me limité a intercambiar mensajes con esa gente.

Conociendo como se las gastaba el endemoniado madrileño podía imaginar que no sería un intercambio amistoso.

—Háblame de esos mensajes—pedí.

—El suyo rezaba: Donde hay cruces no se orina.

—Muy sensato—reconocí—¿Y tu respuesta?

Donde se orina no se ponen cruces.

No pude contener la risa. Que ocurrencias tenía el tío...

—¿Qué culpa tengo de que se les ocurra poner una esquina justo enfrente de la taberna que suelo frecuentar?

—Eso digo yo...

—¡Sólo falta que le riais la gracia a este degenerado!—exclamó Góngora.

—Creo que tengo el tema adecuado para vos—me informó Quevedo poco después—.Cuando estuve en Italia me contaron una historia ,del todo increíble, acerca de una mujer que sufrió lo indecible. Fue violada y luego le robaron a su hijo.Lo buscó por medio mundo y padeció toda clase de penalidades. Conoció mucha gente principal.Se llamaba Celeste .¿Queréis oírla? Tal vez os inspire y decidáis contar su historia.

—Adelante.

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Y sin más preámbulos se puso a narrar la increíble historia, repleta de dolor, traición, amargura ,fantasía ,y momentos jocosos. Era una mezcla tremendamente atractiva que me capturó al instante.

—¡Me encanta!—exclamé cuando concluyó el relato—Ya tengo el argumento para mi libro. Ahora sólo falta que sepa desarrollarlo como merece la historia.

Góngora se había retirado a un segundo plano y asistía en silencio a la conversación.

—Confiad en vuestras posibilidades y ya tendréis mucho ganado.

Asentí, y cogiendo una libreta y el bolígrafo ,me senté en el escritorio y comencé a escribir.

El grupo de soldados recorría lentamente el intrincado sendero de montaña que los llevaba de regreso a Milán...

—Ese ya parece un buen comienzo.

Alentado por las palabras de ánimo de Góngora continué escribiendo, mucho más convencido de mis posibilidades.

—¿Cómo sabré que voy por buen camino?—pregunté poco después.

—A su debido tiempo encontraréis la respuesta.

En aquel momento no entendí a que se refería.

No tardé en descubrir maravillado que las palabras fluían con facilidad.

Una hora después seguía escribiendo. Ya no podía parar. Era una sensación parecida a la fiebre que se apodera de los jugadores o los buscadores de oro.

El resto de la noche transcurrió tan rápido que ni me di cuenta de que había amanecido.Cuando los primeros rayos de sol se filtraron por la ventana comprobé sorprendido que había escrito cien páginas. La mano me dolía, pero estaba tan satisfecho que no podía expresar con palabras el gozo que sentía.

—¡Teníais razón!—exclamé alborozado—Una vez que comienzas ya no puedes parar. Sólo deseas...—me interrumpí al descubrir que los mordaces y dicharacheros escritores no respondían—¿Góngora? ¿Quevedo?
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Los llamé en vano.

Los dos genios se habían ido...si es que alguna vez estuvieron allí.

Me levanté de la silla y traté de desperezarme. Nunca me había sentido mejor. Fui hacia la puerta para dirigirme al baño y a punto estuve de pisar un objeto que brillaba. Me agaché y lo recogí.

—¡Las gafas de Quevedo!

Después de todo no estaba tan loco como suponía.

Aquel era un regalo de incalculable valor.

¿Cuánto pagaría un coleccionista por tener las lentes del genio?

Pero ese no era el regalo más valioso que me habían dejado los dos poetas.

Sonreí y salí de la habitación.

Desde entonces no he dejado de escribir.

Almansa

Enero-2013

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