Un hombre puede vivir y estar sano sin matar animales,por ello si come carne toma parte en quitarle la vida a un animal,sólo para satisfacer su apetito. Actuar así es inmoral






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MIS FANTASMAS

Un hombre puede vivir y estar sano sin matar animales,por ello si come carne toma parte en quitarle la vida a un animal ,sólo para satisfacer su apetito. Actuar así es inmoral.

León Tolstoi

Soy Ricardo Álvarez famoso escritor de gran prestigio a nivel mundial.Mis obras han sido traducidas a todos los idiomas posibles, y mi trabajo reconocido con los premios más valorados.

¿Soy un superdotado para la literatura?

¿Un genio del noble arte?

No, creo que no. La verdad es mucho más complicada de explicar.

Lean si no, y decidan ustedes mismos…
Me encontraba en la flor de la juventud, esa etapa de la vida en que aún eres un capullo sin explotar y no sabes hacia donde dirigirte.Si no te dan un empujón te quedas estancado para siempre. Y vaya si me lo dieron…¡A lo grande diría yo!

No tenía trabajo ni perspectiva de conseguirlo.

¿Me gustaba escribir?

A los Reyes Magos…

Mis padres estaban en esa otra etapa de la vida en que la flor comienza a marchitarse.Por mucho que la riegues pierde los pétalos y deja de ser bella y exuberante. No había día en que no tuvieran una bronca, ni noche en la que no se reconciliasen apasionadamente.Eso de perder bellezas y poderes hacen que apresures ciertas urgencias antes de que sea demasiado tarde.

Como habréis adivinado sin necesidad de que os lo diga, yo era el principal motivo de sus desvelos. Me pasaba el día tumbado sin pegar golpe. Ni estudiaba ni me molestaba en buscar trabajo. Ya digo que la cosa estaba chunga y no era cuestión de perder el tiempo.

—¿Por qué no haces algo para variar?—sugería mi madre.

—¿Cómo qué?

—Levantarte del sofá y dejar que el pobre recupere su postura original.

Como no me costaba hacerlo ,y no era cuestión de provocar a la que me daba de comer,movía el culo al otro hemisferio y continuaba meditando sobre el difícil trance en que me veía sumido por culpa de la maldita crisis.

Mi madre meneaba la cabeza y se marchaba.
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—¡Lo difícil sería que encontrases algo, ahí tumbado!—intervenía mi padre—¡Inútil ,que eres un inútil!

Al ver con que saña atacaban al fruto de sus entrañas, mi madre regresaba y rompía una lanza en favor de su retoño.

—No seas tan duro con el chico.Tiene voluntad y es muy inteligente. Ya verás cómo se espabila cuando la situación mejore.

—Pero es que no soporto verlo ahí tumbado. Yo a su edad…

Pasó a detallarme pormenorizadamente toda una serie de trabajos penosos,de esos que dan angustia nada más oírlos.

—No querrás que el chico sea un desgraciao como tú.

Mi madre era una buena mujer, y sus intenciones de lo más nobles,pero he de reconocer que a veces no media bien sus palabras. Esa fue una de ellas. Puedes tener toda la buena fe que quieras,pero llamar desgraciao a tu marido es como abrir las puertas del Averno y esperar que salgan querubines.

—¿Desgraciao, yo?…¡Pues bien que has vivido a mi costa todos estos años y no te he oído quejarte!

Yo sabía que mi madre no lo decía con la intención que él se lo había tomado, pero ya digo que a ciertas edades las cosas se ven de otra manera y no apreciamos las sutilizas del vocabulario.

—¿Y yo no he aportado nada?—se defendió ella—.He trabajado como una burra y nunca me lo has valorado.

En el rostro de mi padre vi que le daba la razón, pero su orgullo le impidió ponerle palabras a esa mirada. Ese mismo orgullo que nos hace cometer errores muy graves y pronunciar palabras que no sentimos,por el simple placer de hacer sufrir a nuestro rival. Pero digo yo:¿puedes hacerle daño a uno de los dedos de tu mano sin sentir dolor?

—Has cumplido con tu obligación,y punto—fue lo más agradable que acertó a decir.

Antes de marcharse lanzó el reto que habría de cambiar mi vida para siempre:

—Al menos podrías escribir un libro.Ahora todo el mundo lo hace. Si hasta los descerebrados son capaces de escribir sus memorias, seguro que un joven voluntarioso e inteligente—le pe-
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gó un vistazo al rostro de mi madre para que le quedase claro el mensaje ,y concluyó—,nos sorprenderá con un Best Seller de fama mundial.

Aquella indirecta tan directa sacó a relucir la gloriosa gallardía que los Álvarez habían puesto en juego en los campos de batalla de medio mundo. Mi tatarabuelo Segismundo combatió en Cuba contra los rebeldes que querían independizarse de la Madre Patria. Defendió su posición valientemente, a base de lanzarles cocos a los cubanos, cuando las balas se agotaron.

Eso contaba,pero la realidad fue mucho menos prosaica. Lo más cerca que estuvo de Cuba fue cuando transportaba los cubos llenos de boñigas en el cuartel de Móstoles donde hizo la mili. Y es que al personal le encanta contar batallitas a cada cual más disparatada.

A mi abuelo le dieron la Laureada de San Fernando por el gran merito de conducir el coche donde viajaba el general Sanjurjo, y no estrellarlo contra un árbol, como hicieron otros choferes que no aguantaban la bebida como mi abuelo.

Ya veis que de casta le viene al galgo y por tanto no es de extrañar que decidiera aceptar el reto y escribir ese libro en una semana.

Cogí papel y lápiz y comencé la que a priori iba a ser una tarea sencilla.

Erase una vez…

—No, eso ya está muy visto—me dije en voz alta.

En un lugar de…

—Eso también.

Y así, una detrás de otra, fui descartando frases hechas con las que lo autores más famosos solían iniciar sus libros. La mía tenía que ser original.

Tan original que una semana después aún no la había encontrado. Expiró el plazo fijado para acabar el libro y aún no había escrito una sola palabra.

Pues no era tan fácil como parecía…

Entonces aparecieron ellos.

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Me encontraba inmerso en uno de esos momentos de duermevela, ese espacio de tiempo en el que los perezosos (*) nos movemos como pez en el agua,cuando sentí que no estaba solo en la cama. Abrí los ojos lentamente y giré la cabeza hacia la izquierda. Allí encontré la primera aparición. Lancé un grito de horror y me volví hacia la derecha y entonces descubrí al segundo invitado sin invitación. Grité de nuevo y me incorporé justo en el instante en que la puerta de la habitación se abría para dar paso a mi padre. En su rostro adiviné que no le había hecho la menor gracia que lo despertase antes de tiempo. Hoy era domingo, el único día que podía dormir hasta bien entrada la mañana.

---¿Se puede saber qué te pasa?

La pregunta tenía su miga. A simple vista parecía la típica frase hecha, destinada a situaciones como aquella, pero no lo era en absoluto .Al menos para mí. Estaba claro que si mi padre hubiese visto a esos dos tipos en mi cama se habría expresado de manera muy diferente.

¿Por qué no cierras la boca cuando estás de orgia con tus amiguitos?

O algo parecido.

Por tanto el tema estaba claro: el único que los veía era yo. Desde luego esa opción abría un abanico de posibilidades a cada cual más preocupante.

La frase que me dedicó el situado a mi derecha confirmó la sospecha de que algo no funcionaba bien en mi cabeza:

---¡No digáis nada, insensato, o acabaréis en una casa de locos!

¿Digáis?

Miré más detenidamente al sujeto y vi que iba vestido a la usanza del siglo XVI. Por tanto estaba claro que aún seguía dormido y aquella era una de mis ensoñaciones rocambolescas.

Pues nada a seguir durmiendo .Me acosté nuevamente y cerré los ojos. Pero he aquí que a uno de los presentes no le pareció bien la idea.
(*)Si este hubiese sido un relato de Caragato aquí habría puesto: pezrezosos ,pero ahora toca ponerse serios.
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—¡Te he hecho una pregunta!

Mi padre se acercó a la cama y me dio un pescozón para que se me fuera la mosca.

—¡Quien bien te quiera te hará llorar!—proclamó el intruso de mi derecha y entonces comprendí que no estaba soñando. Salté de la cama y me enfrenté al rostro ceñudo de mi padre.

—Dadle una excusa razonablemente consistente y que se vaya—aconsejó el que parecía más sensato de los dos, un hombrecillo de nariz prominente y gesto adusto.

Decidí hacerle caso.

—Id tranquilo padre que no volverá a suceder. Perdonad si he perturbado vuestro plácido sueño.

El responsable de que yo anduviese por el mundo me miró alucinado.

—Cada día que pasa estás peor. La inactividad te crea parásitos mentales.

Cerró la puerta y se marchó,dejándome a solas con los dos ,¿fantasmas?

Esperé hasta que se alejó por el pasillo de regreso a su habitación y entonces salté de la cama.

—¡Fuera!–les grité a los dos intrusos que habían invadido mis dominios.

—¿Teméis por vuestra reputación?—preguntó en tono burlón el socio del de la napia. Este era también un tipo pintoresco con su perilla, sus lentes a lo John Lennon y su gran cruz en el pecho.—Si es así nada debéis de temer. Ambos somos hombres de Dios—añadió sin dejar de sonreír.

Su compañero intervino para rebatir sus últimas palabras y entonces dio comienzo la más encarnizada, disparatada y violenta de las disputas que hombre alguno haya presenciado jamás.

—¿Vos un hombre de Dios?—le dedicó un gesto de rechazo ,semejante al que suele emplearse para espantar a una mosca cojonera—Si vos sois hombre de Dios, yo soy la Reina de los Mares. He visto diablillos con más santidad.

—Sin duda os referís a vos mismo, un vividor empedernido, más
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dado a los placeres terrenales que a los menesteres celestiales.

—Pero yo al menos he mantenido una ideología propia ,del inicio al fin de mis días.

—¡La ideología del asno!

Asistí incrédulo a la discusión, hasta que decidí que ya era momento para las presentaciones.

—¡Basta!No sé quién sois ni que hacéis aquí¡Exijo una explicación inmediata!

Los dos gallitos se lanzaron una última mirada desafiante, citándose para más adelante ,y me prestaron atención.

—Sin duda estáis en vuestro derecho y sin más tardanza voy a dárosla ,pero es que no soporto la presencia de este poetilla del tres al cuarto.

—Lo mismo me ocurre a mí con este tuerce letras—se defendió el de la cruz.

—¡Muy bien!Ya me ha quedado claro que jamás habríais compartido lecho—ambos me miraron con cara de asco—,pero ahora, y si sois tan amables de no insultaros durante un minuto, me gustaría saber vuestros nombres.

—Yo soy el famoso Luis de Góngora y Argote,natural de Córdoba, adalid de las letras castellanas y figura trascendental de mi tiempo—se presentó el de la nariz prominente(una forma fina de llamarlo, porque la verdad es que el tío disfrutaba de un apéndice nasal de tres pares de cojones. Su afortunado propietario debía de probar antes la sopa por la nariz que por la boca, cuando no tenía cuchara y le tocaba empinar el tazón)

Como no me inmuté, a pesar de tan fastuosa presentación ,su rival aprovechó para reírse en su cara.

—¿Famoso decís?¡Por la expresión del joven, más bien parecéis un famoso ausente!—lanzó una sonora carcajada que me hizo temer una segunda visita de mi padre, pero no tardé en recordar que nadie más que yo podía oírla ,y me tranquilicé—Y sin embargo a mí sí me habéis de conocer por fuerza ,¿no es cierto?—preguntó convencido.

—Pues no...
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—¡Ja,ja,ja!

Las tornas se cambiaron y ahora fue Góngora el que rio con ganas.

—Soy Francisco de Quevedo y Villegas, natural de la noble villa de Madrid—explicó un tanto amoscado.

—Pues muy bien que lo veo...

Tanta indolencia por mi parte acabó por cabrearlo.

—¿Qué estudiáis los jóvenes hoy en día?

—Ciencias sociales, física y química, informática...

—¿Infor qué?—preguntó un confundido Góngora.

—¿Y lengua?

—También,pero a los momios los estudiamos de pasada y por eso no me he quedado con vuestras caras. Lo siento.—me disculpé abatido.

—¿Qué nos has llamado?—Quevedo me miró por encima de sus lentes, dilucidando si aquello era un insulto o un agasajo.

—Debe de ser algún tipo de metáfora relacionada con los antiguos egipcios.—explicó el cordobés.

—Vos y vuestras agudas metáforas...¡Malditos seáis todos los seguidores del culteranismo!

—Sin duda preferís ese absurdo conceptismo inventado por Gracián y del que os declaráis seguidor empedernido.

Me di cuenta de que lo decía por molestar a su rival, y este no tardó en entrar al trapo.

—¡Nada de seguidor! Yo soy el alma del movimiento—protestó Quevedo.

—Entonces ahora comprendo su decadencia. Yo no movería un dedo por seguiros.

—Pero a nosotros al menos se nos entiende. Lo complejo de vuestra sintaxis y la ornamentación del verso que tanto os agrada hacen que no seáis del agrado del pueblo.

—Y es justo ahí donde destacáis vos con vuestra prosa vulgar y poco refinada.

Aquel parecía el inicio de una nueva discusión entre los dos escritores, por lo que decidí intervenir.

—¿Alguien puede explicarme que es todo eso del conceptismo y el culteranismo?

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—Eso, mi querido muchacho, es la guerra total entre un grupo de mentecatos encabezados por este hombrecillo apocado y de fácil palabra, y un grupo de intelectuales entre los que humildemente me incluyo.--respondió Góngora.

—¡Hasta para explicar algo tan sencillo sois un retorcido! El muchacho busca una respuesta sencilla y le dais un melón.--y dirigiéndose a mí, añadió—:En el movimiento que yo represento prima más el fondo que la forma. Somos sutiles de pensamiento y agudos al decir. El ingenio que utilizamos en nuestros escritos no tiene parangón...

—Sois tan humilde como una bella moza a la hora de elegir entre varios pretendientes.

—Por el contrario,en el movimiento que encabeza el cordobés ,todo son expresiones refinadas y muy rebuscadas. Les encantan los cultismos y los latinismos ,como ha dado fe al tratar de endosarnos ese idioma caduco.Y por supuesto las metáforas empalagosas que nadie entiende.Ved si no, el lio que organizó para dar nombre a la ninfa Galatea:
Ninfa, de Doris hija, la más bella,

adora, que vio el reino de la espuma.

Galatea es su nombre, y dulce en ella

el terno Venus de sus Gracias suma.

Son una y otra luminosa estrella

lucientes ojos de su blanca pluma:

si roca de cristal no es de Neptuno,

pavón de Venus es, cisne de Juno.
¡Ostias Pedrín!

No dije nada, pero Quevedo me miró con aire triunfal cuando vio la expresión de mi cara.

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—Horrible, ¿no es cierto?

No quise tomar partido por ninguno de los dos.Aún no sabía que pintaban allí y hasta entonces sería mejor no provocar a nadie. Por tanto decidí emplear la típica solución que suelen usar los políticos cuando les hacen unan pregunta embarazosa y ellos se salen por la tangente:

—¿Venís del Cielo?

Era una pregunta un tanto absurda, pero cuál fue mi sorpresa cuando observé que conseguía el objetivo propuesto: dejaron de pelear y me prestaron atención.

—Siento ser yo el que os lo comunique pero el Cielo no existe. El único Paraíso está en la Tierra.

—Estaba...—corrigió Quevedo.

—He de daros la razón, aunque me pese ceder un ápice ante vos. Poco queda del Paraíso descrito en la Biblia. En tan solo unos años lo habéis destrozado por completo.

No me pareció justa la acusación y salí en defensa del hombre de mi tiempo.

—En vuestra época tampoco erais mancos...

—¡Sobre todo Cervantes!—en esta ocasión fui yo el que le dedicó una mirada severa al risueño Quevedo—Continuad, continuad, mi alegre jovenzuelo...

—Los ejércitos destruían todo lo que encontraban a su paso y acababan con miles de vidas.—concluí.

—Una minucia si lo comparamos con los daños causados en la Edad Moderna.En nuestro tiempo morían muchos,eso es cierto,pero el Planeta seguía inalterable y puro, tal y como la Diosa lo creó.

—Te refieres a Dios—corregí,creyendo que se trataba de un lapsus del poeta cordobés.

Góngora miró a su enemigo y dijo:

—Explicádselo vos, que tanto habéis alardeado de vuestra fe.

—Tiene razón. El Dios de mis oraciones resultó ser Diosa. Los hombres le hemos cambiado el sexo porque nos conviene. Eso de plegarse a los designios de una dama no está bien visto en una sociedad dominada por los hombres.

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—Si no venís del Cielo habéis de venir por fuerza del Infierno.

—Tampoco. Eso del Infierno es una invención de la Iglesia para justificar la maldad intrínseca del ser humano,y de paso obligarnos a que nos portemos bien y nos pleguemos a los designios de los poderosos. Cuando eres pequeño te asustan con el ogro del cuento, y luego con la condenación eterna. Así siempre nos tienen sujetos.

—¿Entonces de dónde venís?

—Digamos que andamos flotando por ahí—explicó Quevedo.

—Sobre todo vos...

—¿Y qué pretendéis con tan inesperada visita?

Habréis observado, que casi sin pretenderlo, comenzaba a hablar como esos dos elementos flotantes. Dicen que todo lo malo se pega y esta no iba a ser una excepción.

—¿No lo adivináis?

—Tengo poca imaginación.

—¡Mal asunto es ese! Si aspiráis a ser un buen escritor deberéis de echar mano de toda la que podáis reunir.

La confirmación del motivo real de su visita me cabreó sobremanera.

—¿Cómo sabéis que quiero escribir un libro?

—Ya os hemos informado de que andamos flotando por ahí.--respondió Góngora a la defensiva.

—¿Y eso os da derecho a escuchar las conversaciones privadas de los demás?...¡Cómo volváis a hacerlo os voy a meter un paquete que te cagas!

—Procuraremos flotar por otro sitio.

—Mejor será. Y por otra parte nunca he pretendido ser un buen escritor.

—Ni bueno ni malo. Os encabezonasteis en escribir un libro y no habéis pasado de la primera línea—me reprochó Quevedo.

—Me lo estoy tomando con calma.

—Podéis jurarlo...

—No os preocupéis. Estamos aquí para ayudaros. Vuestro libro será el mejor.—insistió Góngora.

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—Me conformo con que se pueda leer.

—¡Pues nosotros no aceptamos medias tintas! O sois el mejor o nos vamos—amenazó el madrileño.

—¡Esa parece una excelente idea! Así podré seguir durmiendo, y tal vez las próximas visitas sean las de Grace Kelly y Marilyn Monroe.

Y dicho esto me acosté de nuevo en el lecho, ahora que ellos lo habían abandonado y lo tenía todo para mí.

—Cerrad la puerta cuando os marchéis—rogué y me tapé por completo. Aquellos dos fantasmas ya se estaban poniendo un poco pesados. Tanta literatura me daba dolor de cabeza.

Pero si creía que iban a ceder tan pronto estaba listo.

—¡Levantad ahora mismo! Tenemos un libro que escribir—Góngora tiró de la manta obligando a que me levantara—Mi genial aportación, unida a la prosa de este vulgar poeta callejero, os ayudarán a lograr el objetivo propuesto.

—¿Por dónde empezamos?—pregunté con poca convicción y menos ganas.

—Coged papel y pluma.

—Ahora ya no se usan las plumas.

—¿Entonces como escribís?

—Con un bolígrafo.

Les mostré uno y quedaron encantados.

—¡No es necesario mojarlo en la tinta!—exclamó Quevedo y se puso a garabatear en el papel.

—Me parece que habéis estado flotando por lugares menos civilizados que este—comenté risueño, pero luego caí en algo evidente y la sonrisa se me borró de un plumazo.—¿Cómo vais a ayudarme a escribir un libro si no estáis al tanto de los usos y costumbres de mi tiempo?

—Eso poco importa. Si la historia tiene fundamento y el argumento es bueno, el libro ha de triunfar por fuerza.

Lo miré dubitativo y asentí.

Supongo que más de uno pensará que me tomé con mucha filosofía la irrupción en mi vida de los dos genios de la Edad de

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Oro, ¿pero qué otra cosa puedes hacer cuando despiertas y descubres que estás un poco más loco que antes de acostarte?

A fuer de ser sincero he de reconocer que en aquel momento no creía que fuese real lo que estaba sucediendo.

—Nuestro primer objetivo es haceros arrancar con fuerza. Después las ideas fluyen solas. ¿Sabéis a lo que me refiero?—preguntó Góngora.

—Ya lo creo...Llevo una semana intentándolo y ni siquiera he conseguido arrancar el motor.

—¿Qué es un motor?

—El instrumento que hace mover un vehiculo.Le echamos combustible y...—me miraron con cara de no enterarse de nada y yo decidí suspender la explicación—Mejor lo dejamos estar. No lo entenderíais y yo no sabría explicarme.

—¡Bien!Al menos estamos de acuerdo en los conceptos fundamentales.Ahora sólo falta elegir el idioma en que escribiremos el libro. Yo recomiendo el latín. Le da más empaque y enjundia al texto.

—¡De eso nada!—protestó Quevedo—.El latín es una lengua muerta que nadie quiere ,excepto los culteranistas.

Por lo visto el acuerdo no estaba tan cercano como Góngora creía.

—En este caso he de darte la razón. Ahora nadie usa el latín. La mayoría prefiere el inglés.

Si hubiese insultado a sus santas madres no los habría ofendido tan profundamente.

—¡Vade Retro Satanás! No mentéis esa lengua maldita en nuestra presencia.Esos herejes no merecen que perdamos el tiempo hablando de ellos—apostilló Góngora.

—Sólo la mala fortuna impidió que les diéramos una lección de humildad a esos protestantes y a su reina—aseguró Quevedo.

—Seguro que recibieron ayuda divina. Lo digo por lo de la Diosa...Al fin y al cabo son mujeres y tienden a apoyarse—les dediqué una sonrisa resplandeciente para demostrarles que yo también poseía cierto ingenio, pero la sugerencia no fue de su agrado.
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—¡No bromeéis en asuntos tan serios! De no haber sido por el temporal que echó a pique nuestros barcos, la pérfida Inglaterra habría vuelto al seno de la Santa Madre Iglesia, de la mano del muy querido rey Felipe.

Quevedo no era de los que transigía en este tipo de cosas...por eso insistí en llevarle la contraria. Al fin y al cabo aquella era mi casa y no iba a dejarme avasallar por un mequetrefe con perilla, por muy genio de la literatura que fuera.

—La debacle de la armada, que decía ser invencible, nada tuvo que ver con la mala suerte, o al menos no fue ese el principal motivo del desastre. Estudios recientes demuestran que la causa real fue una acumulación de despropósitos ,desorganización típica española y falta de previsión.

—¿Estudios recientes?—preguntó burlón. El cinismo del que solía hacer gala salió a relucir.—¿Acaso estaban allí esos estudiosos para saber lo que sucedió en realidad?

—No hace falta. Con los medios científicos que disponen en la actualidad los investigadores, pueden descubrir cualquier suceso acaecido en tiempos pasados.

—Si nos dais algún ejemplo tal vez podamos creeros.

—Han encontrado un galeón cargado de cajas de proyectiles para cañones ,que no pudo efectuar un solo disparo contra la armada inglesa porque no llevaba ninguno del calibre de sus cañones.

—Eso son falacias inventadas por los enemigos de España para desprestigiar su buen nombre.

—Pensad lo que queráis ,aunque ya digo que está comprobado. Un pequeño sumergible llegó hasta el galeón hundido y recuperó parte de su carga.

—¡Estáis loco! Nadie puede sumergirse hasta esa profundidad.

—A la primera cuestión he de responder afirmativamente pues no puede haber nadie más loco que yo.¿Cómo se puede explicar de otra manera que mantenga una conversación con dos bellacos que se odian a muerte y trate de convencerles de algo que es evidente?

—Pasaré por alto lo de bellaco—refunfuñó Góngora—Descarte-
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mos también el inglés, aunque he de reconocer que ese tal Shakespeare era un escritor decente.

—¡Pufff...!

No pude evitar lanzar un bufido cuando vi con que seriedad se expresaba.

—¿Y ahora qué pasa?—preguntó amoscado—¿Tal vez su excelencia desea puntualizar algo al respecto del escritor inglés?

—Eso creo yo...—intervino Quevedo.—Seguro que ahora nos dice que el autor de Hamlet era mujer y no sabía escribir.

—De nuevo aciertas a medias. Era hombre, y de los que gustaba relacionarse con mujeres públicas, pero de escribir...¡Nada de nada!

—¿Eso también os lo ha dicho ese sumergible mágico?—vaciló el Góngora.

—¿Entonces quien escribió las obras?—quiso saber Quevedo.

—Según una película de reciente producción...

—¿Película?

Resoplé con más fuerza.A ver quién era el guapo que les explicaba a aquellos dos los fundamentos del cine.

—Un libro con luces—respondí apresuradamente para no darles tiempo a más preguntas—Por lo visto el gran escritor inglés era un actor de poca monta, inculto y vulgar. El verdadero autor de las obras fue un noble; más concretamente el conde de Oxford.

—¿Y por qué no las presentó él mismo?—preguntó Góngora.

—¡No seáis más estúpido de lo que normalmente sois!—le increpó su rival—Sabéis que en la recatada sociedad inglesa no hubiese estado bien visto. Por tanto me parece lógica la teoría del sustituto. Por cierto...¿No será ese también vuestro caso? Lo digo porque vos tampoco parecéis capaz de hacer la o con un canuto—sonrió con malicia—Confesad sin demora:¿Sois el alma gemela del conde duque de Olivares? ¿O tal vez fue su excelencia el duque de Lerma el autor de vuestras insufribles Soledades?

La insinuación enfureció al cordobés hasta el punto de hacerle perder su tradicional compostura.

—¡Sois un cojo engreído!—espetó sin miramientos.
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—¡Sin faltar, zote! Yo aún no me he metido con vuestra napia ,y a fe mía que no es por falta de ganas. Habéis de reconocer que el poema que le dediqué os prestó un gran servicio, pues os hizo famoso. Hasta entonces no os conocían ni en vuestro pueblo.

—¿Compusiste un poema a una nariz?—pregunté divertido.

—A una nariz, no...¡A la madre de todas las narices!

—Tiene narices la cosa...¡Con perdón!—añadí precipitadamente al ver el rostro crispado del creador del gongorismo.

—¿Queréis oírla?—se ofreció Quevedo.

—¡No oséis repetirla en mi presencia!

Góngora echó mano de su espada y avanzó un paso.

—¡En verdad que sois patético ,Gongorilla! ¿Vais a matar con vuestra espada a alguien que ya está muerto?

—Sois un necio.

—Un necio que va a recitarla en honor de nuestro protegido, mal que os pese.

Puso su mejor pose y se lanzó al ataque:

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