Pessoa, Fernando






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títuloPessoa, Fernando
fecha de publicación18.04.2016
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Carta de Fernando Pessoa a Adolfo Casais Monteiro


por Pessoa, Fernando · Comentar 

“Paso ahora a responder su pregunta sobre la génesis de mis heterónimos. Vamos a ver si logro explicarme totalmente.
Comienzo por la parte psiquiátrica. El origen de mis heterónimos es el hondo síntoma de mi histeria. No sé si soy simplemente histérico o si, más exactamente, soy un histérico-neurasténico. Me inclino por esta segunda hipótesis, porque hay en mí fenómenos de abulia que la histeria, propiamente dicha, no encuadra en el registro de sus síntomas.
Sea como fuere, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación. Estos fenómenos –felizmente para mí y para los demás– se cristalizaron en mi mente, quiero decir que no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de relación con la gente; estallan hacia adentro y sólo yo los vivo. Si yo fuese una mujer –en la mujer los fenómenos histéricos irrumpen en forma de ataques o cosas parecidas– cada poema de Álvaro de Campos (el más histéricamente-histérico en mí) sería motivo de alarma para el vecindario. Pero soy hombre –y en los hombres la histeria asume, generalmente, aspectos mentales–; de modo que todo termina en silencio y poesía…
Esto explica, tan bien como mal, el origen orgánico de mi heteronimia. Voy a relatarle ahora la historia directa de mis heterónimos. Comienzo por aquellos que murieron, algunos de los cuales ya no recuerdo pues yacen perdidos en el pasado remoto de mi infancia casi olvidada.
Desde niño fui propenso a crear a mi alrededor un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron. (No sé, entendámonos, si no existieron o si soy yo quien no existe. En estas cosas, como en todas, no debemos ser dogmáticos). Desde que me sé un yo, recuerdo haber fijado mentalmente, con sus correspondientes figuras, movimientos, caracteres e historias, varios personajes irreales que eran para mí tan visibles y míos como las cosas que forman parte de lo que designamos, quizás abusivamente, vida real. Esta tendencia, que me domina desde que me recuerdo como un yo, me ha acompañado siempre, modificando en parte la melodía con que me encanta, pero manteniendo siempre intacta su fuerza de encantamiento.
Así es como recuerdo al que me parece que fue mi primer heterónimo, o mejor, un primer conocido inexistente, un cierto Chevalier de Pas de mis seis años, en cuyo nombre yo escribía cartas suyas dirigidas a mí mismo; su figura, no totalmente brumosa, conquista todavía aquella zona de mis afectos que linda con la nostalgia. Recuerdo, con menos nitidez, otra figura cuyo nombre he olvidado y que también era la de un extranjero y no sé en qué, rival de Chevalier de Pas…
¿Cosas que ocurren a todos los niños? Seguramente –o quizá–. Pero fue tal la intensidad con que viví esas figuras, que aún hoy las vivo; tanto las recuerdo que debo realizar un gran esfuerzo para darme cuenta de que no fueron realidades.
Esta tendencia a crear en mí otro mundo, igual a éste pero con otra gente, nunca abandonó mi imaginación; atravesó varias etapas, entre las cuales ésta, producida ya en la madurez. De repente se me ocurría algo, algo que, por un motivo u otro, resultaba absolutamente ajeno a quien soy o a quien supongo que soy. Inmediatamente, espontáneamente, exteriorizaba esa ocurrencia, atribuyéndosela a cierto amigo mío cuyo nombre inventaba, cuya historia añadía y cuya figura –cara, estatura, traje y gesto– en seguida veía yo ante mí. Así fue como encontré y divulgué varios amigos y conocidos que nunca existieron pero que, aún hoy, a casi treinta años de distancia, oigo, siento y veo. Repito: oigo, siento, veo… Y extraño.
Recién empiezo a hablar –y escribir a máquina es para mí hablar– y ya se me traba el teclado. ¡Perdóneme todo este parloteo, Casais Monteiro! Voy a entrar de una buena vez en la génesis de mis heterónimos literarios, que es lo que al fin de cuentas a usted le interesa. En todo caso, lo que arriba queda dicho le da a usted la historia de la madre que los dio a luz.
Allá por 1912, salvo error (que nunca puede ser grande), tuve la idea de escribir unos poemas de índole pagana. Esbocé algo en verso irregular (no en el estilo de Álvaro de Campos, sino en el estilo de regularidad intermedia), y abandoné el asunto. Con todo, y envuelto en penumbra, adivinaba en mí el semblante vago de la persona que estaba haciendo aquello (Había nacido, sin que yo lo supiera, Ricardo Reis).
Un año y medio o dos después pensé en hacerle una broma a Sá-Carneiro –inventar un poeta bucólico, de carácter complejo, y presentárselo, ya no recuerdo cómo, inscripto en alguna forma de realidad–. Durante varios días me empeñé en elaborar el poeta, pero nada conseguí. Un día en el que finalmente me había dado por vencido –fue el 8 de marzo de 1914– me acerqué a una cómoda alta y, tomando un manojo de papeles, comencé a escribir de pie, como escribo siempre que puedo. Escribí más de treinta poemas seguidos, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguiría definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro igual. Empecé con un título –El cuidador de rebaños– y lo que siguió fue la aparición de alguien en mí, a quien, desde un primer momento, di el nombre de Alberto Caeiro. Perdóneme el absurdo de la frase: había aparecido en mí mi maestro. Fue esa la sensación inmediata que tuve. Y tanto fue así que, una vez escritos esos treinta y tantos poemas, tomé inmediatamente otro papel y escribí, también uno tras otro, los seis poemas que constituyen la Lluvia oblicua, de Fernando Pessoa. Inmediata y completamente… Fue el regreso de Fernando Pessoa –Alberto Caeiro a Fernando Pessoa propiamente dicho–. O mejor, fue la reacción de Fernando Pessoa contra su inexistencia como Alberto Caeiro.
Aparecido Alberto Caeiro, traté enseguida de descubrirle –instintiva y subconscientemente– algunos discípulos. Arranqué de su falso paganismo el Ricardo Reis latente, le descubrí el nombre y lo ajusté a sí mismo, porque a esa altura ya lo veía. Y de repente, y en derivación opuesta a la de Ricardo Reis, me surgió impetuosamente un nuevo individuo. Arrolladoramente y escrita a máquina, sin enmiendas ni interrupciones, surgió la Oda triunfal de Álvaro de Campos –la oda con ese nombre y el hombre con el nombre que tiene–.
Creé, entonces, una coterie inexistente. Fijé todo aquello en moldes verosímiles. Gradué las influencias, conocí las amistades, oí, dentro de mí, las discusiones y divergencias de criterio, y en todo esto me parece que yo, que fui el creador de cuanto le digo, nada tuve que ver con ello. Como si todo hubiese ocurrido independientemente de mí; y aún hoy así lo siento. Si algún día llego a publicar la discusión estética entre Ricardo Reis y Álvaro de Campos, verá usted qué diferentes son y cómo me superan en esa materia (…)
Unas palabras más sobre esto… Yo veo, en el espacio incoloro pero real del sueño, los rostros, los gestos, de Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos. Fijé sus edades y construí sus vidas. Ricardo Reis nació en 1887 (no recuerdo el día ni el mes pero en algún lado los tengo anotados), es oriundo de Porto, médico, y actualmente está en Brasil. Alberto Caeiro nació en 1889 y murió en 1915; nació en Lisboa pero vivió toda su vida en el campo. No tuvo profesión y careció casi completamente de educación. Álvaro de Campos nació en Tavira, el día 15 de octubre de 1890 (a la 1,30 de la tarde, según dice Ferreira Gomes; y es verdad, ya que hecho el horóscopo correspondiente a esa hora, los datos coinciden con sus características). Como usted sabe, Campos es ingeniero naval (graduado en Glasgow), pero ahora está en Lisboa, inactivo. Caeiro era de estatura media y, aunque realmente frágil (murió tuberculoso) no parecía serlo tanto como en verdad lo era. Ricardo Reis es un poco, pero muy poco, más bajo, más fuerte, más seco. Álvaro de Campos es alto (1,75 de altura, dos centímetro más que yo), delgado y con una leve tendencia a curvarse. Todos ellos tienen cara afeitada; Caeiro rubio, sin color, ojos azules; Reis, moreno mate; Campos, entre blanco y moreno, con un tipo que sugiere vagamente al del judío portugués, si bien su cabello es lacio y habitualmente peinado con raya al costado, usa monóculo. Caeiro, como le dije, no recibió prácticamente ninguna educación, sólo instrucción primaria; perdió muy pronto a sus padres y vivió siempre de una renta muy modesta. Compartió su casa con una tía vieja, tía-abuela. Ricardo Reis, educado en un colegio de Jesuitas, es, como también le dije, médico; vive en Brasil desde 1919, pues se expatrió espontáneamente por ser monárquico; es un latinista de escuela y semihelenista por educación autodidacta. La educación secundaria de Álvaro de Campos fue vulgar; después lo enviaron a Escocia para que estudiara ingeniería, primero mecánica y después naval. Estando de vacaciones, realizó el viaje al Oriente del que resultó el poema Opiario. Aprendió latín con un tío de Beira que era cura.
¿Cómo escribo en nombre de los tres?… Caeiro, por pura e inesperada inspiración; sin saber ni calcular qué irá a decir. Ricardo Reis, después de una deliberación abstracta, que súbitamente se concreta en una oda. Campos, cuando siento un súbito deseo de escribir y no sé, sin embargo, qué. Mi semiheterónimo Bernardo Soares que, por lo demás, se parece en muchas cosas a Álvaro de Campos, aparece siempre que estoy cansado y somnoliento, cuando están en mí como suspendidas las cualidades del razonamiento y la inhibición; su prosa es un constante devaneo. Es un semiheterónimo porque, aunque su personalidad no es la mía, no difiere empero de ella; es, respecto de ésta, una simple mutilación. Soares soy yo menos el razonamiento y la afectividad. Su prosa, a no ser por lo que el razonamiento infunde de tenue a la mía, es igual a ésta; también el portugués es el mismo. En cambio Caeiro escribía mal en portugués. Campos, razonablemente pero con lapsus como decir (por ejemplo) ‘yo propio’ en vez de ‘yo mismo’, etcétera. Reis, mejor que yo, pero con un purismo que considero exagerado. Lo difícil para mí es escribir la prosa de Reis –todavía inédita– o la de Campos. La simulación en verso es más fácil, incluso porque es más espontánea”.

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