Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan






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Fermín no se dejó repetir la orden: bien es verdad que se le había dado de la manera más dulce y comprometedora.

—¿Ya vido? —me preguntó Salomé acortando el paso y mirando hacia las ramas con mal fingida distracción.

Se puso luego a mirarse los pies cual si contara sus lentos pasos; y yo interrumpí el silencio que guardábamos diciéndole:

—A ver, qué es lo que hay y con qué te tienen molida.

—Pues ahí verá que me da no sé qué contarle.

—¿Por qué?

—Si es que se me hace hoy como muy triste y... ahora tan serio.

—Es que te parece. Empieza, porque después no se ha de poder. Yo también tengo algo muy bueno que contarte.

—¿Sí?, usté primero, pues.

—Por nada —le respondí.

—¿Conque así es la cosa? Pues oiga; pero prométame no decir nadita de lo que...

—Por supuesto.

—Pues lo que sucede es que Tiburcio se ha vuelto un veleta y un ingrato y que anda buscando majaderías para darme sentimientos; ahora hace cosa de un mes que estamos de malas sin haberle dado yo motivo.

—¿Ninguno? ¿Estás bien segura?

—Mire... se lo juro.

—¿Y cuál te ha dicho él que tiene para estar así después de haberte querido tanto?

—¿Tiburcio? Lambido que es: él no me quiere a mí nada; al principio no sabía yo porqué se ponía malmodoso cada rato, y después caí en la cuenta de que todo era porque se figuraba que yo le hacía buena cara al primero que veía. Dígame usté, ¿eso se puede aguantar cuando una es honrada? Primero dio en creer una bobería y usté anduvo en la danza.

—¿Yo también?

—¡Cuándo se iba a librar!

—¿Y qué creía?

—Para qué es decirle si ya se lo figurará: todo porque lo vio venir unas veces a casa y porque yo le tengo cariño. ¿Cómo no se lo había de tener, no?

—¿Y se convenció al fin de que pensaba un disparate?

—Así me costó de lágrimas y buenas palabras para traerlo a razón.

—Créeme que siento haber sido causa de eso.

—No se le dé nada, porque si no hubiera sido con usté, no habría faltado otro de quien echar malos juicios. Oiga, que no le he dicho lo mejor. Mi taita le amansaba potros al niño Justinia-no, y él tuvo que venir a ver unos terneros que tenía en trato: en una de las ocasiones en que el blanco vino, lo encontró aquí Tiburcio.

—¿Aquí?

—No se haga el bobo; en casa. Para castigo de mis pecados lo volvió a encontrar otra vez.

—Creo que van dos, Salomé.

—Ojalá hubiera sido eso sólo: también lo encontró un domingo en la tarde que vino a pedir agua.

—Son tres.

—Nada más, porque aunque ha venido otras veces, Tiburcio no lo ha visto, pero a mí se me pone que se lo han contado.

—¿Y todo te parece nada en dos platos?

—¿Usté también da en lo mismo? ¡Y agora! ¿Yo tengo la culpa de que ese blanco dé en venir? ¿Por qué mi taita no le dice que no vuelva, si es que se puede?

—Es que hay cosas sencillas, difíciles de hacer.

—Ah, pues: eso mismo le digo yo a Tiburcio; pero todo tiene su remedio, y de eso no me atrevo a hablarle.

—Que se case pronto contigo, ¿no es esto?

—Si tanto me quiere... Pero él ya cuando... y es capaz de creer que yo soy alguna cualquiera.

Salomé tenía los ojos aguados, y después de dar unos pasos más, se detuvo a enjugarse las lágrimas.

—No llores —le dije: yo estoy cierto de que no cree tal: todo eso es obra de los celos y nada más; verás cómo se remedia.

—No lo piense; menos tibante había de ser. Porque le han dicho que es hijo de caballero, ya nadie le da al tobillo en lo fachen-doso, y se figura que no hay más que él... ¡Caramba!, como si yo fuera alguna negra bozal o alguna manumisa como él. Ahora está metido donde las provincianas, y todo por hacerme patear, porque mucho que lo conozco: bien que me alegraría de que ñor José lo echara a la porra.

—Es necesario que no seas injusta. ¿Qué tiene de particular que esté jornaleando en casa de José? Eso quiere decir que aprovecha el tiempo; peor sería que pasara los días tunando.

—Mire que yo sé quién es Tiburcio. Menos enamorado había de ser...

—Pero porque le parezcas bonita tú, en lo cual maldita la gracia que hace, ¿han de parecerle también bonitas cuantas ve?

—Por eso.

Yo me reí de la respuesta, y ella torciendo los ojos, dijo:

—¡Velay! ¿Y eso que cosquillas le hace?

—Pero ¿no ves que estás haciendo lo mismo con Tiburcio, exacta-mente lo mismo que lo que hace contigo?

—¡Válgame Dios! ¿Yo que hago?

—Pues estar celosa.

—¡Eso sí que no!

—¿No?

—¿Y si él lo ha querido? A mí nadie me quita de la cabeza que si ñor José lo consintiera, ese veleidoso se casaría con Lucía, y a no ser porque Tránsito es ajena ya, hasta con ambas, si lo deja-ran.

—Pues sábete que Lucía quiere desde que estaba chiquita a un hermano de Braulio que pronto vendrá; y no te quepa duda, porque Tránsito me lo ha contado.

Salomé se quedó pensativa. Llegábamos ya al fin del cacaotal, y sentándose en un tronco, me dijo meciendo con los pies colgantes una mata de buenastardes:

—Conque diga, ¿qué le parece bueno hacer?

—¿Me das permiso para referirle a Tiburcio lo que hemos conver-sado?

—No, no. Por lo que usté más quiera, no lo vaya a hacer.

—Si solamente te pregunto si lo consientes.

—¿Todito?

—Las quejas sin los agravios.

—Si es que cada vez que me acuerdo de lo que se figura él de mí, no sé ni lo que digo... Vea: se me pone que es mejor no contarle, porque si ya no me quiere, después andará diciendo que me cansé de llorar por él, y que lo quise contentar.

—Entonces, convéncete, Salomé, de que no hay modo de remediar tus penas.

—¡Ah trabajo! —exclamó poniéndose a llorar.

—Vamos, no seas cobarde —le dije apartándole las manos de la cara—: lágrimas de tus ojos valen mucho para que las derrames a chorros.

—Si Tiburcio creyera eso, no me pasaría yo las noches llorando hasta que me quedo dormida, de verlo tan ingrato y ver que por él mi taita me ha cogido tema.

—¿Qué quieres apostar conmigo a que mañana en la tarde viene Tiburcio a verte y a contentarte?

—¡Ay!, le confieso que no tendría con qué pagarle —me respondió estrechándome la mano en las suyas, y acercándola a su mejilla—. ¿Me lo promete?

—Muy desgraciado y tonto debo ser si no lo consigo.

—Vea que le cojo la palabra. Pero por vida suya no vaya a contarle a Tiburcio que hemos estado así tan solitos y... Porque vuelve a dar en lo del otro día, y eso sí era echarlo todo a perder. Ahora —añadió empezando a subir el cerco— voltéese para allá y no me vea saltar, o saltemos juntos.

—Escrupulosa andas; no lo eras tanto.

—Si es que todos los días le cojo más vergüenza. Súbase pues.

Mas como sucedió que Salomé, para caer al otro lado, encontró dificultades que no encontré yo, quedóse sentada encima de la cerca diciéndome:

—Miren al niño; diga algo. Pues ahora no he de bajar si no se voltea.

—Déjame que te ayude; ve que se hace tarde y mi comadre...

—¿Acaso ella es como aquél?... Y asina, ¿cómo quiere que me baje? ¿No ve que si me enredo?...

—Déjate de monadas y apóyate aquí —le dije presentándole mi hombro.

—Haga fuerza, pues, porque yo peso como... una pluma —concluyó saltando ágilmente—. Me voy a poner creidísima, porque conozco muchas blancas que ya quisieran saltar así talanqueras.

—Eres una boquirrubia.

—¿Eso es lo mismo que piquicaliente? Porque entonces voy a entromparme con usté.

—¿Vas a qué?

—¡Adiós!... ¿Y no entiende?, pues que voy a enojarme. ¿Qué hiciera yo para saber cómo es usté cuando se pone bien bravo? Es antojo que tengo.

—¿Y si después no podías contentarme?

—¡Ayayay! No habré visto yo que se le vuelve el corazón un yuyo si me ve llorando.

—Pero eso será porque conozco que no lo haces por coquetería.

—¿Que no lo hago qué? ¿Cómo es el cuento?

—Co-que-te-ría.

—Y eso ¿qué quiere decir? Dígame, que de veras no sé... sólo que sea cosa mala... Entonces me la tiene muy guardadita, ¿ya l’oye?

—¡Buen negocio!, mientras tú la desperdicias.

—A ver, a ver: di’aquí no paso si no dice.

—Me iré solo —le respondí dando unos pasos.

—¡Jesús!, era yo capaz hasta de revolverle l’agua. ¿Y con qué sábana se secaba?... Nada, dígame qué es lo que yo desperdicio. Ya se me va poniendo qué es.

—Di.

—Será... ¿será amor?

—Lo mismo.

—¿Y qué remedio? ¿Porque quiero a ese creído? Si fuera blanca, pero bien blanca; rica pero bien rica... sí que lo querría a usté; ¿no?

—¿Te parece así? ¿Y qué hacíamos con Tiburcio?

—¿Con Tiburcio? Por amigo de tenderle l’ala a todas, lo ponía-mos de mayordomo y lo teníamos aquí —dijo cerrando la mano.

—No me convendría el plan.

—¿Por qué? ¿No le gustaría que yo lo quisiera?

—No es eso, sino el destino que te agrada para Tiburcio.

Salomé rió con toda gana.

Habíamos llegado al riecito, y ella después de poner la sábana sobre el césped que debía servirme de asiento en la sombra, se arrodilló en una piedra y se puso a lavarse la cara. Luego que acabó, iba a desatarse de la cintura un pañuelo para secarse, y le presenté la sábana diciéndole:

—Eso te hará mal si no te bañas.

—Casi... casi que vuelvo a bañarme; y que está l’agua tan tibiecita; pero usté refrésquese un rato; y ora que venga Fermín, mientras usté acaba, doy una zambullida yo en el charco de abajo.

En pie ya, se quedó mirándome, y sonreía maliciosa mientras se pasaba las manos húmedas por los cabellos. Al fin me dijo:

—¿Me creerá que yo me he soñado que era cierto todo lo que le venía diciendo?

—¿Que Tiburcio no te quería ya?

—¡Malaya!, que yo era blanca... Cuando desperté, me entró una pesadumbre tan grande, al otro día era domingo y en la parroquia no pensé sino en el sueño mientras duró la misa: sentada lavando ahí donde usté está, cavilé toda la semana con eso mismo y...

Interrumpieron las inocentes confidencias de Salomé los gritos de “¡chino, chino!”, que hacia el lado del cacaotal daba mi compadre llamando a los cerdos. Salomé se asustó un poco, y mirando en torno, dijo:

—Y este Fermín que se ha vuelto humo... Báñese pronto, pues, que yo voy a buscarlo río arriba, no sea que se largue sin espe-rarnos.

—Espéralo aquí, que él vendrá a buscarte. Todo eso es porque has oído a mi compadre. ¿Te figuras que a él no le gusta que conversemos los dos?

—Que conversemos sí, pero... según.

Saltando con suma agilidad sobre las grandes piedras de la orilla, desapareció tras de los carboneros frondosos.

Los gritos del compadre seguían y me hicieron pensar que la confianza de él en mí tenía sus límites. Sin duda nos había seguido de lejos por entre el cacaotal, y solamente al perdernos de vista se había resuelto a llamar la piara. Custodio ignoraba que su recomendación estaba ya diplomáticamente cumplida, y que a los mil encantos de su hija, alma ninguna podía ser más ciega y sorda que la mía.

Regresé a la casa al paso de Salomé y de Fermín, que iban carga-dos con zumbos de calabaza: ella había hecho un rodete de su pañuelo y colocado en la cabeza sobre él el rústico cántaro, que sin ser sostenido por mano alguna, no impedía al donoso cuerpo de la conductora ostentar toda su soltura y gracia de movimientos.

Luego que saltó Salomé como la vez primera, me dio las gracias con un “Dios se lo pague” y su más chusca sonrisa, añadiendo:

—En pago de esto, estuve echando del lado de arriba mientras se bañaba, guabitas, flores de carbonero y venturosas; ¿no las vio?

—Sí, pero creí que alguna partida de monos estaría por ahí arriba.

—Lo desentendido que es usté; y que en ainas me doy una caída por subirme al guabo.

—¿Y eres tan boba que creas que no caí en la cuenta de que eras tú quien echaba río abajo las flores?

—Como Juan Angel me ha contado que en la hacienda le echan rosas a la pila cuando usté va a bañarse, yo eché al agua lo mejor que en el monte había.

Durante la comida tuve ocasión de admirar, entre otras cosas, la habilidad de Salomé y mi comadre para asar pintones y quesillos, freír buñuelos, hacer pandebono y dar temple a la jalea. En las idas y venidas de Salomé a la cocina, puse yo a mi compadre al corriente de lo que en realidad quería la muchacha y de lo que yo pensaba hacer para sacarlos a uno y otro de trabajos. No le cabía al pobre el gusto en el cuerpo; y hasta algunas chanzas sobre la buena voluntad con que me servía a la mesa, le dirigió a mi compañera de paseo, que era mucho lograr después de su enojo con ella.

Pasadas las horas de calor, a las cuatro de la tarde, era la casa una revuelta arca de Noé: los patos empezaron a atravesar por orden de familias la salita; las gallinas a amotinarse en el patio y al pie del ciruelo, donde en horquetas de guayabo descan-saba la canoíta en que estaba comiendo maíz mi caballo; los pavos criollos se pavoneaban inflados y devolviendo los gritos de dos loras maiceras que llamaban a una Benita, que debía ser la coci-nera y los cerdos chillaban tratando de introducir las cabezas por entre los travesaños de la puerta de golpe. A todo lo cual hay que añadir los gritos de mi compadre al dar órdenes y los de su mujer espantando los patos y llamando las gallinas. Fueron largas las despedidas y las promesas que me hizo mi comadre de encomendarme mucho al Milagroso de Buga para que me fuera bien en el viaje y volviera pronto. Al despedirme de Salomé, me apretó mucho la mano, y mirándome tal vez más afectuosamente, me dijo:

—Mire bien que con usté cuento. A mí no me diga adiós para su viaje de porra... porque aunque sea arrastrándome, al camino he de salir a verlo, si es que no llega de pasada. No me olvide... vea que si no, yo no sé qué haga con mi taita.

Hacia el otro lado de una de las quebradas que entre las quin-gueadas cintas de bosque bajan ruidosas el declivio, oí una voz sonora de hombre que cantaba:

Al tiempo le pido tiempo

y el tiempo tiempo me da,

y el mismo tiempo me dice

que él me desengañará.

Salió del arbolado el cantor, y era Tiburcio, que con la ruana colgada de un hombro y apoyado en el otro un bordón de cuya punta pendía un pequeño lío, entretenía su camino contando por instinto sus penas a la soledad. Calló y detúvose al divisarme, y después de un risueño y respetuoso saludo me dijo luego que me acerqué:

—¡Caramba! que sube tarde y a escape... Cuando el Retinto suda... ¿De dónde viene así sorbiéndose los vientos?

—De hacer unas visitas, y la última, para fortuna tuya, fue a casa de Salomé.

—Y hacía marras que no iba.

—Mucho lo he sentido. Y ¿cuánto hace que no vas tú?

El mozo, con la cabeza agachada, se puso a despedazar con el bordón una matita de lulo, y al cabo alzó a mirarme respondiendo:

—Ella tiene la culpa. ¿Qué le ha contado?

—Que eres un ingrato y un celoso, y que se muere por ti: nada más.

—¿Conque todo eso le dijo? Pero entonces le guardó lo mejor.

—¿Qué es lo que llamas mejor?

—Las fiestas que tiene con el niño Justiniano.

—Oyeme acá: ¿crees que yo pueda estar enamorado de Salomé?

—¿Cómo lo había de creer?

—Pues tan enamorada está Salomé de Justiniano como yo de ella. Es necesario que estimes a la muchacha en lo que vale, que para tu bien, es mucho. Tú la has ofendido con los celos, y con tal que vayas a contentarla, ella te lo perdonará todo y te querrá más que nunca.

Tiburcio se quedó meditabundo antes de responderme con cierto acento y aire de tristeza:
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