Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan






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—¿Y qué hay de Tiburcio?

—Allá voy. Pues señor, va para ocho meses que empecé a notar que al muchacho no le faltaban historias para venir a vernos; pero pronto le cogí la mácula, y conocí que lo que buscaba era ocasión de ver a Salomé. Un día se lo dije por lo claro a Candelaria, y ella me salió con la repos-tada de que tal vez me había caído nube en los ojos y que el cuento era rancio. Me puse en atisba un sábado en la tardecita, porque Tiburcio no faltaba los sábados a esa hora, y cate usté que vi a la muchacha salirle al encuentro apenas lo sintió, y no me quedó pizca de duda... Eso sí, nada vi que no fuera legítimo. Pasaron días, y Tiburcio no abría la boca para hablar de casa-miento; pero yo pensaba: cateando que estará a Salomé, y bien guanábano será si no se casa con ella, pues no es ninguna mecho-sa, y tan mujer de su casa no hay riesgo de que la halle. Cuando de golpe dejó de venir Tiburcio, sin que Candelaria pudiera sacarle a la muchacha el motivo; y como a mí me tiene Salomé el respeto que debe, menos pude averiguarle; y desde antes de noche-buena Tiburcio no se asoma allá. ¿Si será usté amigo del niño Justiniano, hermano de don Carlitos?

—No lo veo desde que éramos chicos.

—Pues quítele las patillas que ha echado don Carlos, y ahí lo tiene individual. Pero ojalá fuera como el hermano; es el mismo patas; pero bonito mozo, para qué es negarlo. Yo no sé ónde vio él a Salomé: tal vez sería agora que estuve empeñao sobre hacer el cambalache con su padre, porque el niño ese vino a herrar los terneros, y desde el mesmo día no me deja comer un plátano a gusto.

—Eso no está bueno.

—Yo, que se lo cuento con riesgo de que su comadre, si lo sabe, me diga un día, que esté lunática, que soy un garlero, sé lo que hago. Pero no hay mal que no tenga su cura: he estado dando y cavando hasta dar en el toque.

—A ver, compadre; pero dígame antes (y dispense si hay indis-creción en preguntárselo), ¿qué cara le hace Salomé a Justiniano?

—Déjeme, señor; si eso es lo que me tiene día y noche como si durmiera yo sobre pringamoza... Compadre, la muchacha está pica-da... Por no matarla... Y la pela que le doy si se me mete el mandinga... Lo quiere, niño; por eso le cuento a usté todo para que me saque con bien.

—¿Y en qué ha conocido usted que está enamorada Salomé?

—¡Válgame! No habré visto yo cómo le bailan los ojos cuando ve al blanquito y que toda ella se pone como azogada, si le pasa agua o candela, porque parece que él vive con sequía, y que fumar es lo único que tiene que hacer; pues por candela y agua arrima a casa arreo arreo; y no hace falta los domingos en la tarde en casa de la vieja Dominga ¿no la conoce?

—No.

—Pues estoy por decirle que es de las que usan polvos; y ya no hay quién le quite de la cabeza a Candelaria que esa murciélaga fue la que le ojeó el mico aquel tan sabido y que tanto lo diver-tía a usté; porque el animalito boqueó sobándose la barriga y dando quejidos como un cristiano.

—Algún alacrán que se habrá comido, compadre.

—¡Deónde! Si trabajo costaba para que probara comida fría: convénzase que la bruja le hizo maleficio; pero no era allá donde yo iba. Enanticos que fui a buscar la yegua me encontré a la vieja en el guayabal, que iba para casa, y como ando orejero, todo fue verla y me le aboqué por delante para decirle: “Vea, ña Dominga, de-vuélvase, porque allá tienen las gentes oficio en lugar de estar en conversas. Van dos viajes con éste que le he dicho que me choca verla en casa”. Toda ella se puso a temblar, y yo que la vi asustada, pensé al golpe: este retobo no anda en cosa buena. Salió con éstas y las otras; pero la dejé como en misa cuando le dije: “Mire que yo soy malicioso, y si la cojo a usté en la que anda, yo la desuello a rejo, y si no lo hago, que me quiten el nombre”.

La exaltación de mi compadre había llegado al colmo. Santiguán-dose continuó:

—¡Jesús, creo en Dios Padre! Esa cangalla es capaz de hacerme perder, un día que se me revista la ira mala. Es buen hacer, blanco: tener un hombre de bien su hija que tantas pesadumbres le ha costao, y que no ha de faltar quien quiera hacerlo abochornar a uno de lo más querido.

Mi irascible compadre estaba próximo a un acceso de enterneci-miento, y yo, a quien no habían parecido salvas y repiques sus últimas palabras, me apresuré a decirle:

—Veamos el remedio que usted ha encontrado para el mal, porque ya voy creyendo que es cosa grave.

—Pues ory verá: su mamá le propuso el otro día a mi mujer que le mandara a Salomé por una semanas para que la muchacha apren-diera a coser en fino, que es todo lo que Candelaria desea. Entonces no se pudo... Yo no lo conocía a usté como agora.

—¡Compadre!

—Por la verdá murió Cristo. Ya el caso es diferente: quiero que su mamá me tenga allá unos meses a la muchacha, que por ahí no ha de ir a buscarla ese enemigo malo: Salomé se ajuiciará y será lo mismo que decirle al que quiera alborotármela que se vaya a la punta de un cuerno. ¿Le parece?

—Por supuesto. Hoy mismo le hablaré a mi madre; y ella y las muchachas se pondrán muy contentas. Yo le prometo que todo se allanará.

—Dios se lo pague, compadre. Entonces yo me daré formas de que usté hable hoy un rato solo con Salomé, como quien no quiere la cosa: le propone que vaya a su casa y le dice que su mamá le está esperando. Usté me cuenta luego lo que le saque, y así nos saldrá todo derecho como surco. Pero si la muchacha se encapricha, sí le juro que un día de estos la encajo en uno de mis mochos, y al beaterio de Cali va a dar, que ahí no se me le ha de asentar una mosca, y si no sale casada, rezando y aprendiendo a leer en libro la tengo hasta que San Juan agache el dedo.

Pasábamos por el rastrojo recién comprado por Custodio y éste me dijo:

—¿No ve qué primor de tierra y cómo está el espino de mono, que es la mejor señal del buen terreno? Lo único que lo daña es la falta de agua.

—Compadre —le respondí—, si ya puede usted ponerle toda la que quiera.

—No embrome; entonces no lo vendo ni por el doble.

—Mi padre consiente en que usted tome tanta cuanta necesite de los potreros de abajo: yo le hice ver lo que usted me recomendó; y él extrañó que no le hubiese pedido antes el permiso.

—Pero qué memoria la suya, compadrito: mire que aguardar a las últimas para avisármelo... Dígamele al patrón que se lo agradezco en mi alma; que ya sabe que no soy ningún ingrato, y que aquí me tiene con cuanto tengo para que mande. Candelaria va a estar de pascuas: agua a mano para la huerta, para el sacatín, para la manguita... Supóngase que la que pasa por la casa es un hilito, y eso revuel-ta por los puercos de mi compañero Rudecindo, que lo que es hozar y dañarme las quinchas, no vagan; de forma que para cuanto limpio hay que hacer en casa, tienen que empuntar al mudo con la yegua cargada de calabazos al Amaimito porque para tomar el agua de la Honda, mejor es tragar lejía, de la pura caparrosa que tiene.

—Es cobre, compadre.

—Eso será.

La noticia del permiso que le concedía mi padre para tomar el agua refrescó al chagrero hasta el punto de hacer que el potrón en que iba luciera la trastraba en que decía el picador lo estaba metiendo.

—¿De quien es ese potro?, no tiene el fierro de usted.

—¿Le gusta? Es del abuelo Somera.

—¿Cuánto vale?

—Pues para no andar con vueltas ni regodeos, le confesaré que don Emigdio no quiso cuatro medallas; y éste es un ranga delante del rucio–negro mío, que ya lo tengo de freno, y manotea al paso llano, y saca la cola que es un gusto: ¡así me costó amansarlo, para una semana entera me baldó este brazo, porque no hay otro que le gane en lo canónigo; y un remache en el dos y dos... Engordando lo tengo, pues tras la última tambarria que le di quedó en la espina.

Llegamos a la casa de Custodio, y él taloneó el potro para darse trazas de abrir la puerta del patio. Apenas dio ésta tras de nosotros el último quejido y un golpe que hizo estremecer al caballete pajizo, me aconsejó mi compadre:

—Andele vivo y con tiento a Salomé a ver qué le saca.

—Pierda cuidado —le respondí haciendo llegar al corredor mi caballo, al cual espantaba la ropa blanca colgada por allí.

Cuando traté de apearme ya le había tapado mi compadre la cabeza al potro con el capisayo, y estaba teniéndome el estribo y la brida. Después de amarrar las cabalgaduras entró gritando:

—¡Candelaria! ¡Salomé!

Sólo los bimbos contestaban.

—Pero ni los perros —continuó mi compadre— como si a todos se los hubiera tragado la tierra.

—Allá voy —respondió desde la cocina mi comadre.

—¡Hu turutas!, si es que aquí está tu compadre Efraín.

—Aguárdeme una nada, compadrito, que es porque estamos bajando una raspadura y se nos quema.

—¿Y Fermín dónde se ha metido? —preguntó Custodio.

—Se fue con los perros a buscar el puerco cimarrón —respondió la voz melodiosa de Salomé.

Esta se asomó de pronto a la puerta de la cocina, mientras mi compadre se empeñaba en ayudarme a quitar los zamarros.

Era pajiza la casita de la chagra y de suelo apisonado, pero muy limpia y recién enjalbegada: así rodeada de cafetos, anones, papayuelos y otros árboles frutales, no faltaba a la vivienda sino lo que iba a tener en adelante, esperanza que tan favorable-mente había mejorado el humor de su dueño: agua corriente y cristalina. La salita tenía por adorno algunos tabure-tes forrados de cuero crudo, un escaño, una mesita cubierta por entonces con almidón sobre lienzos, y el aparador, donde lucían platos y escudillas de varios tamaños y colores.

Cubría una alta cortina de zaraza rosada la puerta que conducía a las alcobas, y sobre la cornisa de ésta descansaba una deterio-rada imagen de la Virgen del Rosario, completando el altarcito dos pequeñas estatuas de San José y San Antonio, colocadas a uno y otro lado de la lámina.

Salió a poco de la cocina mi rolliza y reidora comadre, sofocada con el calor del fogón y empuñando en la mano derecha una cagüinga31. Después de darme mil quejas por mi inconstancia, terminó por decirme:

—Salomé y yo lo estábamos esperando a comer.

—¿Y eso?

—Aquí llegó Juan Angel por unos reales de huevos, y la señora me mandó decir que usted venía hoy. Yo mandé llamar a Salomé al río, porque estaba lavando, y preguntóle lo que le dije, que no me dejará mentir: “Si mi compadre no viene hoy a comer aquí, lo voy a poner de vuelta y media”.

—Todo lo cual significa que me tienen preparada una boda.

—No lo habré visto yo comer con gana un sancocho hecho de mi mano; lo malo es que todavía se tarda.

—Mejor, porque así tendré tiempo de ir a bañarme. A ver, Salomé —dije parándome a la puerta de la cocina, a tiempo que mis compa-dres se entraban a la sala conversando bajo—: ¿qué me tienes tú?

—Jalea y esto que le estoy haciendo —me respondió sin dejar de moler—. Si supiera que lo he estado esperando como el pan bendito...

—Eso será porque me tienes muchas cosas buenas.

—¡Una porcia! Aguárdeme una nadita mientras me lavo, para darle la mano, aunque será ñanga, porque como ya no es mi amigo...

Esto decía, sin mirarme de lleno, y entre alegre y vergonzosa, pero dejándome ver, al sonreír su boca de medio lado, aquellos dientes de blancura inverosímil, compañeros inseparables de húmedos y amorosos labios: sus mejillas mostraban aquel sonrosado que en las mestizas de cierta tez escapa por su belleza a toda comparación. Al ir y venir de los desnudos y mórbidos brazos sobre la piedra en que apoyaba la cintura, mostraba ésta toda su flexibilidad, le temblaba la suelta cabellera sobre los hombros, y se estiraban los pliegues de su camisa blanca y bordada. Sacu-diendo la cabeza echada hacia atrás para volver a la espalda los cabellos, se puso a lavarse las manos, y acabándoselas de secar sobre los cuadriles, me dijo:

—Como que le gusta ver moler. Si supiera —continuó más paso— lo molida que me tienen. ¿No le digo que lo he estado esperando?

Colocada de manera que de afuera no podían verla, continuó dándome la mano:

—Si usté no se hubiera estado un mes sin venir, me habría hecho un bien. Vea a ver si mi taita está por ahí.

—Ninguno está. ¿No puedo hacerte el mismo bien ahora?

—¡Ya quién sabe!

—Pero di a ver. ¿No estás persuadida de que lo haré de mil amores?

—Si le dijera que no, sería una mentirosa, porque desde que tomó tanto empeño para que ese señor inglés viniera a verme cuando me dio el tabardillo y muchísimo interés porque yo me alentara, me convencí de que sí me tenía cariño.

—Me alegro de que lo conozcas.

—Pero es que lo que yo tengo que contarle es tantísimo, que así de pronto no se puede, y antes un milagro es que ya no esté mi mamá aquí... Escuche que ahí viene.

—No faltará ocasión.

—¡Ay señor!, y yo no me conformo con que se vaya hoy sin decír-selo todo.

—Conque, ¿va a bañarse, compadrito? —dijo entrando Candelaria—. Entonces voy a traerle una sábana bien olorosa y orita mismo se va con Salomé y su ahijado; antes ellos traen un viaje de agua, y ésta lava unos coladores, que con el viaje del mudo por los plátanos y lo que ha habido que hacer para usté y para mandar a la Parroquia, no ha quedado sino la de la tinaja.

Al oír la propuesta de la buena mujer, me persuadí de que ella había entrado de lleno en el plan de su marido, y Salomé me hizo al descuido una muequecita expresiva, de modo que con labios y ojos me significó a un mismo tiempo: “ahora sí”.

Salí de la cocina y paseándome en la sala mientras se preparaba lo necesario para el viaje al baño, pensaba que sobrada razón tenía mi compadre en celar a su hija, pues a cualquiera menos malicioso que él podía ocurrírsele que la cara de Salomé con sus lunares, y aquel talle y andar, y aquel seno, parecían cosa más que cierta, imaginada.

Interrumpió aquellas consideraciones Salomé, que parándose a la puerta, con un sombrerito raspón medio puesto, dijo:

—¿Nos vamos?

Y dándome a oler la sábana que llevaba colgada de un hombro, añadió:

—¿Qué olor tiene?

—El tuyo.

—A malvas, señor.

—Pues a malvas.

—Porque yo tengo siempre siempre muchas en mi baúl. Camine y no vaya a creer que es lejos: lo vamos a llevar por debajo del cacaotal; al salir del otro lado, no hay que andar sino un peda-cito, y ya estamos allá.

Fermín, cargado con los calabazos y coladeras, nos precedía. Este era mi ahijado; tenía yo trece años y él dos cuando le serví de padrino de confirmación, debido ello al afecto que sus padres me habían dispensado siempre.

XLIX

Salíamos del patio por detrás de la cocina cuando mi comadre nos gritaba:

—No se vayan a demorar, que la comida está en estico.

Salomé quiso cerrar la puertecita de trancas por donde habíamos entrado al cacaotal; pero yo me puse a hacerlo mientras ella me decía:

—¿Qué hacemos con Fermín, que es tan cuentero?

—Tú lo verás.

—Yo sé: deje que estemos más allá, y yo lo engaño.

Cubríanos la densa sombra del cacaotal, que parecía no tener límites. La belleza de los pies de Salomé, que la falda de pancho azul dejaba visibles hasta arriba de los tobillos, resaltaba sobre el sendero negro y la hojarasca seca. Mi ahijado iba tras de nosotros arrojando cáscaras de mazorca y pepas de aguacate a los cucaracheros cantores y a las nagüiblancas que gemían bajo los follajes. Al llegar al pie de un cachimbo, se detuvo Salomé y dijo a su hermano:

—¿Si irán las vacas a ensuciar el agua? Seguro, porque a esta hora están en el bebedero de arriba. No hay más remedio que ir en una carrera a espantarlas: corre, mi vida y ves que no se vayan a comer el socobe que se me quedó olvidado en la horqueta del chiminango. Pero cuidado con ir romper los trastos o a botar algo. Ya estás allá.
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