Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan






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—En las sombras de los grandes bosques.

—¿Y qué hacen allí?

—No sé qué hacen; lo que sí sé es que ya no las encuentro.

—¿Y cuánto hace que te sucede esa desgracia? ¿Por qué no te esperarán? Siendo tan bonitas, estarás apesadumbrado.

—Están... pero tú no sabes qué es estar así.

—Pues me lo explicarás tú. ¿Cómo están?... ¡No, señor! —agregó escondiendo en los pliegues de la irlanda que tenía sobre la falda, la mano derecha que yo había intentado tomarle.

—Está bien.

—Porque no puedo coser, y no dices cómo están las... ¿Cómo se llaman?

—Voy a confesártelo.

—A ver, pues.

—Están celosas de ti.

—¿Enojadas conmigo?

—Sí.

—¡Conmigo!

—Antes sólo pensaba yo en ellas, y después...

—¿Después?

—Las olvidé por ti.

—Entonces me voy a poner muy orgullosa.

Su mano derecha estaba ya jugando sobre un brazo de la butaca, y era así como solía indicarme que podía tomarla. Ella siguió diciendo:

—¿En Europa hay ondinas?... Oigame, mi amigo, ¿en Europa hay?

—Sí.

—Entonces... ¡Quién sabe!

—Es seguro que aquéllas se pintan las mejillas con zumos de flores rojas, y se ponen corsé y botines.

María trataba de coser, pero su mano derecha no estaba firme. Mientras desenredaba la hebra, me observó:

—Yo conozco uno que se desvive por ver pies lindamente calzados y... Las flores del baño se van a ir por el desagüe.

—¿Eso quiere decir que debo irme?

—Es que me da lástima de que se pierdan.

—Algo más es.

—De veras: que me da como pena... y otra cosa de que nos vean tantas veces solos... y Emma y mamá van a venir.

XLVII

Mi padre había resuelto ir a la ciudad antes de mi partida, tanto porque los negocios lo exigían urgentemente, como para tomarse tiempo allá para arreglar mi viaje.

El catorce de enero, víspera del día en que debía dejarnos, a las siete de la noche y después de haber trabajado juntos algunas horas, hice llevar a su cuarto una parte de mi equipaje que debía seguir con el suyo. Mi madre acomodaba los baúles arrodillada sobre una alfombra, y Emma y María le ayudaban. Ya no quedaban por acomodar sino vestidos míos: María tomó algunas piezas de éstos que estaban en los asientos inmediatos, y al reconocerlas preguntó:

—¿Esto también?

Mi madre se las recibió sin responder, y se llevó algunas veces el pañuelo a los ojos mientras las iba colocando.

Salí, y al regresar con algunos papeles que debían ponerse en los baúles, encontré a María recostada en la baranda del corre-dor.

—¿Qué es? —le dije—. ¿Por qué lloras?

—Si no lloro...

—Recuerda lo que me tienes prometido.

—Sí, ya sé: tener valor para todo esto. Si fuera posible que me dieras parte del tuyo... Pero yo no he prometido a mamá ni a ti no llorar. Si tu semblante no estuviese diciendo más de lo que estas lágrimas dicen, yo las ocultaría... pero después, ¿quién las sabrá...?

Enjugué con mi pañuelo las que le rodaban por las mejillas, diciéndole:

—Espérame, que vuelvo.

—¿Aquí?

—Sí.

Estaba en el mismo sitio. Me recliné a su lado en la baranda.

—Mira —me dijo mostrándome el valle tenebroso—: mira cómo se han entristecido las noches; cuando vuelvan las de agosto, ¿dónde estarás ya?

Después de unos momentos de silencio, agregó:

—Si no hubieras venido, si como papá pensó, no hubieses vuelto antes de seguir para Europa...

—¿Habría sido mejor?

—¿Mejor?... ¿Mejor?... ¿Lo has creído alguna vez?

—Bien sabes que no he podido creerlo.

—Yo sí, cuando papá dijo eso que le oí de la enfermedad que tuve; ¿y tú nunca?

—Nunca.

—¿Y en aquellos diez días?

—Te amaba como ahora: pero lo que el médico y mi padre...

—Sí; mamá me lo ha dicho. ¿Cómo podré pagarte?

—Ya has hecho lo que yo podía exigirte en recompensa.

—¿Algo que valga tanto así?

—Amarme como te amé entonces, como te amo hoy; amarme mucho.

—¡Ay!, sí. Pero aunque sea una ingratitud, eso no ha sido por pagarte lo que hiciste.

Y apoyó por unos instantes la frente sobre su mano enlazada con la mía.

—Antes —continuó, levantando lentamente la cabeza— me habría muerto de vergüenza al hablarte así... Tal vez no hago bien...

—¿Mal, María? ¿No eres, pues, casi mi esposa?

—Es que no puedo acostumbrarme a esa idea; tanto tiempo me pareció un imposible...

—¿Pero hoy? ¿Aún hoy?

—No puedo imaginarme cómo serás tú y cómo seré yo entonces...

—¿Qué buscas? —preguntóme sintiendo que mis manos registraban las suyas.

—Esto —le respondí, sacándole del dedo anular de la mano iz-quierda una sortija en la cual estaban grabadas las dos iniciales de los nombres de sus padres.

—¿Para usarla tú? Como no usas sortijas, no te la había ofreci-do.

—Te la devolveré el día de nuestras bodas: reemplázala mientras tanto con ésta; es la que mi madre me dio cuando me fui para el colegio: por dentro del aro están tu nombre y el mío. A mí no me viene; a ti sí, ¿no?

—Bueno, pero ésta no te la devolveré nunca. Recuerdo que en los días de irte se te cayó en el arroyo del huerto: yo me descalcé para buscártela y como me mojé mucho, mamá se enojó.

Algo oscuro como la cabellera de María y veloz como el pensamien-to cruzó por delante de nuestros ojos. María dio un grito ahoga-do, y cubriéndose el rostro con las manos, exclamó horrorizada:

—¡El ave negra!

Temblorosa se asió de uno de mis brazos. Un escalofrío de pavor me recorrió el cuerpo. El zumbido metálico de las alas del ave ominosa no se oía ya. María estaba inmóvil. Mi madre, que salía del escritorio con una luz, se acercó alarmada por el grito que acababa de oírle a María: ésta estaba lívida.

—¿Qué es? —preguntó mi madre.

—Esa ave que vimos en el cuarto de Efraín.

La luz tembló en la mano de mi madre, quien dijo:

—Pero niña, ¿cómo te asustas así?

—Usted no sabe... Pero yo no tengo ya nada. Vámonos de aquí —añadió llamándome con la mirada, ya más serena. La campanilla del comedor sonó y nos dirigíamos allá cuando María se acercó a mi madre para decirle:

—No le vaya a contar mi susto a papá, porque se reirá de mí.

XLVIII

A las siete de la mañana siguiente ya había salido de casa el equipaje de mi padre, y él y yo tomábamos el café en traje de camino. Debía acompañarlo hasta cerca de la hacienda de los señores de M..., de los cuales iba a despedirme, lo mismo que de otros vecinos. La familia estaba toda en el corredor cuando acercaron los caballos para que montáramos. Emma y María salieron de mi cuarto en aquel momento, lo cual me llamó la atención. Mi padre, después de besar en una de las mejillas a mi madre, les besó la frente a María, a Emma y a cada uno de los niños hasta llegar a Juan, quien le recordó el encargo que le había hecho de un gala-paguito con pistoleras, para ensillar un potro guaucho, que era su diversión en aquellos días.

Detúvose de nuevo mi padre delante de María, antes de bajar la escalera, y le dijo en voz baja, poniéndole una mano sobre la cabeza y tratando inútilmente de conseguir que lo mirara.

—Es convenido que estarás muy guapa y muy juiciosa; ¿no es verdad, mi señora?

María le significó una respuesta afirmativa, y de sus ojos que velaba el pudor, intentaron deslizarse lágrimas que ella enjugó precipitadamente.

Me despedí hasta la tarde, y estando cerca de María mientras montaba mi padre, ella me dijo de modo que ninguno otro la oyera:

—Ni un minuto después de las cinco.

De la familia de don Jerónimo, solamente Carlos estaba en la hacienda; me recibió lleno de placer, y tratando de obtener de mí, desde el punto en que me abrazó, que pasara todo el día con él.

Visitamos el ingenio, costosamente montado, aunque con poco gusto y arte; recorrimos el huerto, hermosa obra de los antepasa-dos de la familia, y fuimos por último al pesebre, adornado con media docena de valiosos caballos.

Fumábamos de sobremesa, después del almuerzo, cuando Carlos me dijo:

—Por lo visto, me será imposible verte antes de que nos digamos adiós, con tu cara alegre de estudiante, con aquella que ponías para atormentarme al contarte algún capricho desesperador de Matilde. Pero al cabo, si estás triste porque te vas, eso signi-fica que estarías contento si te quedaras... ¡Diablo de viaje!

—No seas malagradecido —le respondí—; desde que yo regrese tendrás médico de balde.

—Cierto, hombre. ¿Crees que no lo había previsto? Estudia mucho para volver pronto. Si mientras tanto no me mata un tabardillo atrapado en estos llanos, es posible que me encuentres hidrópico. Estoy aburriéndome atrozmente. Todo el mundo quiso aquí que fuera a pasar la nochebuena en Buga; y para quedarme tuve que fingir que me había dislocado un tobillo, a riesgo de que tal conducta me despopularice entre la numerosa turba de mis primas. Al fin tendré que pretextar algún negocio en Bogotá, aunque sea a traer soches y ruanas como Emigdio... a traer cualquier cosa.

—¿Como una mujer? —le interrumpí.

—¡Toma! ¿Te imaginas que no he pensado en eso? ¡Mil veces! Todas las noches hago cien proyectos. Figúrate: tirado boca arriba en un catre desde las seis de la tarde, aguardando a que vengan los negros a rezar, a que me llamen después a tomar choco-late, y oyendo luego conchabar desenraíces, despajes y siembras de caña... A la madrugada de todos los días, el primer olor de bagazal que me llega a las narices deshace todos mis castillos.

—Pero leerás.

—¿Qué leo? ¿Con quién hablo de lo que lea? ¿Con ese cotudo de mayordomo que bosteza desde las cinco?

—Saco en limpio que necesitas urgentemente casarte; que has vuelto a pensar en Matilde y que proyectas traerla aquí.

—Al pie de la letra; eso ha sucedido así. Después que me con-vencí de que había cometido un dislate intentando casarme con tu prima (Dios y ella me lo perdonen), vino la tentación que dices. Pero, ¿sabes lo que suele sucederme? Después de costarme tanto trabajo como resolver uno de aquellos problemas de Barcho, imagi-narme bien que Matilde es ya mi mujer y que está en casa, suelto la carcajada al suponerme qué sería de la infeliz.

—Pero, ¿por qué?

—Hombre, Matilde es de Bogotá como la pila de San Carlos, como la estatua de Bolívar, como el portero Escamilla: tendría que echárseme a perder en la trasplanta. ¿Y qué podría yo hacer para evitarlo?

—Pues hacerte amar de ella siempre; proporcionarle todos los refinamientos y recreaciones posibles... en fin, tú eres rico, y ella te sería un estímulo para el trabajo. Además, estas llanu-ras, estos bosques, estos ríos, ¿son por ventura cosas que ella ha visto? ¿Son para verse y no amarse?

—Ya me vienes con poesías. ¿Y mi padre y sus campesinadas? ¿Y mis tías con sus humos y gazmoñerías? ¿Y esta soledad? ¿Y el calor?... ¿Y el demonio?...

—Aguárdate —le interrumpí riéndome—; no lo tomes tan a pechos.

—No hablemos más de eso. Apúrate mucho para que vuelvas pronto a curarme. Cuando regreses, te casarás con la señorita María, ¿no es así?

—Dios mediante...

—¿Quieres que yo sea tu padrino?

—De mil amores.

—Mil gracias. Es, pues, cosa convenida.

—Haz que traigan mi caballo —le dije después de un rato de silencio.

—¿Te vas ya?

—Lo siento; pero en casa me esperan temprano: ya ves que está muy próximo el viaje... y tengo que despedirme hoy de Emigdio y de mi compadre Custodio, que no están muy cerca.

—¿Te vas el treinta precisamente?

—Sí.

—Te quedan sólo quince días; no debo detenerte. Al fin te has reído de algo, aunque haya sido de mi tedio.

Ni Carlos ni yo pudimos ocultar el pesar que nos causaba aquella despedida.

Vadeaba el Amaimito a tiempo que oí se me llamaba, y divisé a mi compadre Custodio saliendo de un bosque inmediato. Cabalgaba en un potrón melado, de rienda todavía, sobre una silla de gran cabeza: llevaba camisa de listado azul, los calzones arremangados hasta la rodilla y el capisayo atravesado a lo largo sobre los muslos. Seguíale, montado en una yegua bebeca agobiada por los años y por cuatro racimos de plátanos, un muchacho idiota, el mismo que desempeñaba en la chagra funciones combinadas de por-quero, pajarero y hortelano.

—Dios me lo guarde, compadrito —me dijo el viejo cuando estuvo cerca—. Si no me empecino a gritarlo, se me escabulle.

—A su casa iba, compadre.

—No me lo diga. Y yo que por poco no salgo de estos montarro-nes, dándome forma de topar esa maneta indina que ya se volvió a horrar: pero en el trapiche me las ha de pagar todas juntas. Si no acierto a pasar por el llanito de la puerta y a ver los gua-las, hasta ahora estaría haraganeando en su busca. Me fui de jilo, y dicho y hecho: medio comido ya el muleto, y tan bizarrote que parecía de dos meses. Ni el cuero se pudo sacar, que con otro me había servido para hacer unos zamarros, que los que tengo están de la vista de los perros.

—No se le dé nada, compadre, que muletos le han de sobrar y años para verlos de recua. Vámonos, pues.

—Nada, señor —dijo mi compadre empezando a andar y precediéndo-me—; si es cansera; el tiempo está de lo pésimo. Hágase cargo: la miel a real; la rapadura, no se diga; la azucarita que sale blanca, a peso; los quesos, de balde; y los puercos tragándose todo el maíz de la cosecha, y como si se botara al río. Los balances de su comadre, aunque la pobre es un ringlete, no dan ni para velas; no hay cochada de jabón que pague lo que se gasta; y esos garosos de guardas, tras del sacatín que se las pelan... Qué le cuento: le compré al amo don Jerónimo el rastrojo aquel del gaudualito; pero ¡qué hombre tan tirano! ¡Cuatrocientos patacones y diez ternerotes de aparta me sacó!

—¿Y de dónde salieron los cuatrocientos? ¿Del jabón?

—¡Ah! Usté para temático, compadre. Si rompimos hasta la alcan-cía de Salomé para poder pagarle.

—¿Y Salomé sigue tan trabajadora como antes?

—Y si no, ¿dónde le diera el agua? Labra tiras de lomillo que es lo que hay que ver, y ayuda en todo: al fin hija de su mamá. Pero si le digo que esa muchacha me tiene zurumbático, no le miento.

—¿Salomé? Ella tan formalita, tan recatada...

—Ella, compadre; así tan pacatica como la ve.

—¿Qué sucede?

—Usté es caballero de veras y mi amigo, y se lo voy a contar, en vez de írselo a decir al señor cura de la Parroquia, que yo creo que de puro santo no tiene ni malicia y se le pasea el alma por el cuerpo. Pero aguárdese y paso yo primero este zanjón, porque para no embarrarse en él, se necesita baquía.

Y volviéndose al bobo, que venía durmiéndose entre los plátanos:

—Ve el camino, tembo, porque si se atolla la yegua, con gusto pierdo los guangos por dejarte ahí.

El cotudo rió estúpidamente y dio por respuesta algunos rezongo-nes inarticulados. Mi compadre continuó:

—¿Usté si conoce a Tiburcio, el mulatico que crió el difunto Murcia?

—¿No es el que se quería casar con Salomé?

—Allá llegaremos.

—No sé quién lo crió. Pero vaya si lo conozco: lo he visto en casa de usted y en la de José, y aun hemos cazado algunas veces juntos: es un guapo mozo.

—Ahí donde lo ve, no le faltan ocho buenas vacas, su punta de puercos, su estancita y dos buenas yeguas de silla. Porque ñor Murcia, aunque vivía renegando que daba miedo, era un buen hom-bre, y le dejó todo eso al muchacho. El es hijo de una mulata que le costó al viejo una rebotación de tiricia que por poco se lo lleva, pues a los cuatro meses de haber comprao la zamba en Quilichao, se le murió; y yo supe el cuento, porque entonces me gustaba jornalear algunas veces en la chagra de ñor Murcia.
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