Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan






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—¿No ves que no puedo?

—Niña —le dijo mi padre entre sorprendido y risueño— ¿cómo has logrado subirte ahí?

Ella, avergonzada de la travesura, acababa de corresponder a nuestro saludo y contestó:

Como estábamos solas...

—Es decir —le interrumpió mi padre— que debemos irnos para que puedas bajar. ¿Y cómo bajó Emma?

—Qué gracia, si yo le ayudé.

—Era que yo no tenía susto.

—Vámonos, pues —concluyó mi padre dirigiéndose a mí— pero cuidado...

Bien sabía él que yo me quedaría. María acababa de decirme con los ojos: “No te vayas”. Mi padre volvió a montar y se dirigió a la casa: mi caballo siguió poco a poco el mismo camino.

—Por aquí fue por donde subimos —me dijo María mostrándome unas grietas y hoyuelos en la roca.

Al acabar yo mi maniobra de ascenso, me extendió la mano, demasiado trémula para ayudarme, pero muy deseada para que no me apresurase a estrecharla entre las mías. Sentéme a sus pies y ella me dijo:

—¿No ves qué trabajo? ¿Qué habrá dicho papá?. Creerá que estamos locas.

Yo la miraba sin contestarle: la luz de sus ojos, cobardes ante los míos, y la suave palidez de sus mejillas, me decían, como en otros momentos, que en aquél era ella tan feliz como yo.

—Me voy sola —repitió Emma, a quien habíamos oído mal su prime-ra amenaza; y se alejó algunos pasos para hacernos creer que iba a cumplirla.

—No, no; espéranos un instante no más —le suplicó María po-niéndose en pie.

Viendo que yo no me movía, me dijo:

—¿Qué es?

—Es que aquí estamos bien.

—Sí; pero Emma quiere irse y mamá estará esperándote: ayúdame a bajar, que ahora no tengo miedo. A ver tu pañuelo.

Lo retorció agregando:

—Lo tienes de esta punta, y cuando ya no me alcances a dar la mano, me cojo yo de él.

Persuadida de que podía arriesgarse a bajar sin ser vista, lo hizo como lo había proyectado, diciéndome ya al pie del peñasco:

—¿Y tú ahora?

Buscando la parte menos alta de la piedra salté al gramal, y le ofrecí el brazo para que nos dirigiésemos a la casa.

—Si no hubiera llegado, ¿qué habrías hecho para bajar?, loqui-lla.

—Pues habría bajado sola: iba a bajar cuando llegaste; pero temí caerme porque hacía mucho viento. Ayer también subimos ahí, y yo bajé bien.

—¿Por qué se han demorado tanto?

—Por dejar concluidos algunos negocios que no podían arreglarse desde aquí. ¿Qué has hecho en estos días?

—Desear que pasaran.

—¿Nada más?

—Coser y pensar mucho.

—¿En qué?

—En muchas cosas que se piensan y no se dicen.

—¿Ni a mí?

—A ti menos.

—Está bien.

—Porque tú las sabes.

—¿No has leído?

—No, porque me da tristeza leer sola, y ya no me gustan los cuentos de las Veladas de la Quinta, ni las Tardes de la Granja. Iba a volver a leer Atala, pero como has dicho que tiene un pasaje no sé cómo...

Y dirigiéndose a mi hermana que nos precedía algunos pasos:

—Oye, Emma... ¿Qué afán de ir tan aprisa?

Emma se detuvo, sonrió y siguió andando.

—¿Qué estabas haciendo antenoche a las diez?

—¿Antenoche? ¡Ah! —repuso deteniéndose— ¿por qué me lo pregun-tas?

—A esa hora estaba yo muy triste pensando en esas cosas que se piensan y no se dicen.

—No, no; tú sí.

—¿Sí qué?

—Sí puedes decirlas.

—Cuéntame lo que tú hacías, y te las diré.

—Me da miedo.

—¿Miedo?

—Tal vez es una bobería. Estaba sentada con mamá en el corredor de este lado, haciéndole compañía, porque me dijo que no tenía sueño: oímos como que sonaban las hojas de la ventana de tu cuarto, y temerosa yo de que la hubiesen dejado abierta, tomé una luz del salón para ir a ver qué había... ¡Qué tontería: vuelve a darme susto cuando me acuerdo de lo que sucedió!

—Acaba, pues.

—Abrimos la puerta, y vimos posada sobre una de las hojas de la ventana, que agitaba el viento, un ave negra y de tamaño como el de una paloma muy grande: dio un chillido que yo no había oído nunca; pareció encandilarse un momento con la luz que yo tenía en la mano, y la apagó pasando sobre nuestras cabezas a tiempo que íbamos a huir espantadas. Esa noche me soñé... Pero ¿por qué te has quedado así?

—¿Cómo? —le respondí, disimulando la impresión que aquel relato me causaba.

Lo que ella me contaba había pasado a la hora misma en que mi padre y yo leíamos aquella carta malhadada; y el ave negra era la misma que me había azotado las sienes durante la tempestad de la noche en que a María le repitió el acceso; la misma que, sobreco-gido, había oído zumbar ya algunas veces sobre mi cabeza al ocultarse el sol.

—¿Cómo? —me replicó María— veo que he hecho mal en referirte eso.

—¿Y te figuras tal?

—Si no es que me lo figuro.

—¿Qué te soñaste?

—No debo decírtelo.

—¿Ni más tarde?

—¡Ay!, tal vez nunca.

Emma abría ya la puerta del patio.

—Espéranos —le dijo María— oye, que ahora sí es de veras.

Nos reunimos a ella, y las dos anduvieron asidas de las manos lo que nos faltaba para llegar al corredor. Sentíame dominado por un pavor indefinible; tenía miedo de algo, aunque no me era posible adivinar de qué; pero cumpliendo la advertencia de mi padre, traté de dominarme, y estuve lo más tranquilo que me fue dable, hasta que me retiré a mi cuarto con el pretexto de cambiarme el traje de camino.

XXXV

El día siguiente, doce de diciembre, debía verificarse el matri-monio de Tránsito. Después de nuestra llegada se mandó decir a José que estaríamos entre siete y ocho en la parroquia. Habíase resuelto que mi madre, María, Felipe y yo seríamos los del paseo, porque mi hermana debía quedarse arreglando no sé qué regalos que debían enviarse muy de mañana a la montaña, para que los encon-trasen allí los novios a su regreso.

Aquella noche, pasada la cena, mi hermana tocaba guitarra senta-da en uno de los sofás del corredor de mi cuarto, y María y yo conversábamos reclinados en el barandaje.

—Tienes —me decía— algo que te molesta, y no puedo adivinar.

—Pero, ¿qué puede ser? ¿No me has visto contento? ¿No he estado como esperabas que estaría al volver a tu lado?

—No; has hecho esfuerzos para mostrarte así; y sin embargo yo he descubierto lo que nunca en ti: que fingías.

—¿Pero contigo?

—Sí.

—Tienes razón; me veo precisado a vivir fingiendo.

—No, señor, yo no digo que siempre, sino que esta noche.

—Siempre.

—No; ha sido hoy.

—Va para cuatro meses que vivo engañando...

—¿A mí también?... ¿A mí? ¡Engañarme tú a mí!

Y trataba de verme los ojos para confirmar por ellos lo que temía; mas como yo me riese de su afán, dijo como avergonzada de él:

—Explícame eso.

—Si no tiene explicación.

—Por Dios, por... por lo que más quieras, explícamelo.

—Todo es cierto.

—¡No es!

—Pero déjame concluir: para vengarme de lo que acabas de pen-sar, no te lo diré si no me lo ruegas por lo que sabes tú que yo más quiero.

—Yo no sé qué será.

—Pues entonces convéncete de que te he engañado.

—No, no; ya voy a decirte; pero ¿cómo te lo puedo decir?

—Piensa.

—Ya pensé —dijo María después de un momento de pausa.

—Di pues.

—Por lo que quieras más, después de Dios y de tu... que yo deseo que sea a mí.

—No; así no es.

—¿Y cómo entonces? ¡Ah! Es que lo que dices es cierto.

—Di de otro modo.

—Voy a ver; mas si no quieres esta vez...

—¿Qué?

—Nada; oye: no me mires.

—No te miro.

Entonces se resolvió a decir en voz muy baja.

—Por María que te...

—Ama tanto —concluí yo, tomando entre mis manos las suyas que con su ademán confirmaban su inocente súplica.

—Dime ya —insistió.

—He estado engañándote; porque no me he atrevido a confesarte cuánto te amo en realidad.

—¡Más todavía! ¿Y por qué no me lo has dicho? —Porque he tenido temor...

—¿Temor de qué?

—De que tú me ames menos, menos que yo.

—¿Por eso? Entonces el engañado eres tú.

—Si yo te lo hubiera dicho...

—¿Y los ojos no dicen esas cosas sin que uno quiera?

—¿Lo crees así?

—Porque los tuyos me lo han enseñado. Dime ahora la causa por que has estado así esta noche. ¿Has visto al doctor en estos días?

—Sí.

—¿Qué te ha dicho de mí?

—Lo mismo que antes: que no volverás a tener novedad; no hables de eso.

—Una palabra y no más: ¿qué otra cosa ha dicho? El cree que mi enfermedad es la misma de mi madre... y acaso tenga razón.

—¡Oh!, no: nunca lo ha dicho. ¿Y no estás, pues, buena ya?

—Sí; y a pesar de ello muchas veces... muchas veces he pensado con horror en ese mal. Pero tengo fe en que Dios me ha oído: le he pedido con tanto fervor que no me vuelva a dar...

—Quizá no con tanto como yo.

—Pídele siempre.

—Siempre, María. Mira: sí es cierto que hay una causa para que te haya parecido que me esforzaba esta noche por estar sereno; pero ya ves que me la has hecho olvidar hace largo rato.

Le referí la noticia que habíamos recibido hacía dos días.

—¡Y esa ave negra! —dijo luego que concluí; y volvía con terror la vista hacia mi cuarto.

—¿Cómo puedes preocuparte tanto con una casualidad?

—Lo que soñé esa noche es lo que me preocupa.

—¿Persistes en no contarme?

—Hoy no; algún día. Conversemos un rato con Emma antes de irte: es tan buena con nosotros...

A la media hora nos separamos prometiéndonos madrugar mucho para emprender nuestro viaje a la parroquia.

Antes de las cinco llamó Juan Angel a mi puerta. Felipe y él hicieron tal ruido en el corredor previniendo arreos de montar y asegurando caballos, que antes de lo que esperaban acudí en su ayuda.

Preparado todo, abrió María la puerta del salón: presentándome una taza de café, de dos que llevaba Estéfana, me dio los buenos días, y llamó en seguida a Felipe para que recibiese la otra.

—Hoy sí —dijo éste sonriendo maliciosamente—. Lo que es el miedo; y el Retinto está furioso.

Ella estaba tan hechicera como mis ojos debieron de decírselo: un gracioso sombrero de terciopelo negro, adornado con cintas escocesas y abrochado bajo la barba con otras iguales, que en el ala dejaba ver, medio oculta por el velillo azul, una rosa salpi-cada aún de rocío, descansaba sobre las gruesas y lucientes tren-zas cuyas extremidades ocultaba: arrezagaba con una de la manos la falda negra, que ceñía bajo un corpiño del mismo color, un cinturón azul con broche de brillantes, y una ancha capa se le desprendía de los hombros en numerosos pliegues.

—¿En cuál caballo quieres ir? —le pregunté.

—En el Retinto.

—¡Pero eso no puede ser! —respondí sorprendido.

—¿Por qué? ¿Temes que me bote?

—Por supuesto

—Si yo he montado otra vez en él. ¿Acaso soy yo como antes? Pregúntale a Emma si no es verdad que yo soy más guapa que ella. Verás qué mansito es el Retinto conmigo.

—Pero si no permite que se le toque; y haciendo tanto tiempo que no lo montas, puede espantarse con la falda.

—Prometo no mostrarle siquiera el fuete.

Felipe, caballero ya en el Chivo, que tal era el nombre de su caballito castaño, lo atosigaba con sus espolines nuevos, reco-rriendo el patio.

Mi madre estaba también apercibida para partir: la coloqué en su rosillo predilecto, único que, según ella, no era una fiera. No estaba yo muy tranquilo cuando hice montar en el Retinto a María: ella, antes de saltar de la gradilla al galápago, le acarició el cuello al caballo, inquieto hasta entonces: éste se quedó inmóvil esperando su carga, y mordía el freno, atento hasta al más leve ruido del ropaje.

—¿Ves? —me dijo María ya sobre el animal—; él me conoce: cuando papá lo compró para ti, tenía enferma esta mano, y yo hacía que Juan Angel lo curara bien todas las tardes.

El caballo estornudaba desasosegado otra vez, porque seguramente conocía aquella voz acariciadora.

Partimos, y Juan Angel nos siguió conduciendo sobre la cabeza de la silla el lío que contenía los vestidos que necesitaban en el pueblo las señoras.

La cabalgadura de María, ufana con su peso, parecía querer lucir el paso más blando y airoso: sus crines de azabache temblaban sobre el cuello arqueado, y cayendo por medio de las orejas breves e inquietas, le velaban importunas los brillantes ojos. María iba en él con el mismo aire de natural abandono que cuando descansaba sobre una mullida poltrona.

Después de haber andado algunas cuadras, pareció haberle perdido completamente el miedo al caballo; y notando que yo iba intran-quilo por el brío del animal, me decía de modo que mi madre no alcanzase a oírla:

—Voy a darle un fuetazo, uno solo.

—Cuidado con hacerlo.

—Es uno solamente, para que veas que nada hace. Tú eres ingrato con el Retinto, pues quieres más a ese rucio en que vas.

—¡Ahora que ése te conoce tanto, no será así!

—En éste ibas la noche que fuiste a llamar al doctor.

—¡Ah!, sí; es un excelente animal.

—Y después de todo, no lo estimas en lo que merece.

—Tú menos, pues quieres mortificarlo inútilmente.

—Vas a ver que no hace nada.

—¡Cuidado, cuidado, María! Hazme el favor de darme el fuete.

—Lo dejaremos para después, cuando lleguemos a los llanos.

Y se reía de la zozobra en que con tal amenaza me ponía.

—¿Qué es? —preguntó mi madre, que iba ya a nuestro lado, pues yo había acortado el paso con tal fin.

—Nada, señora —respondió María—: que Efraín va persuadido de que el caballo me va a botar.

—Pero si tú... empecé a contestarle, y ella, poniéndose disimu-ladamente el mango del fuetecito sobre los labios en ademán de que callase, me lo entregó en seguida.

—¡Y por qué vas tan valiente hoy! —le preguntó mi madre—. La otra vez que montaste en ese caballo le tuviste miedo.

—Y hubo que cambiártelo —agregó Felipe.

—Ustedes me están haciendo quedar malísimamente —contestó María mirándome sonrojada—: el señor estaba convencido ya de que yo era guapísima.

—¿Conque no tienes miedo hoy? —insistió mi madre.

—Sí tengo —respondióle—; pero no tanto, porque el caballo se ha amansado; y como hay quien lo regañe si se alborota...

Cuando llegamos a las pampas, el sol, rasgadas ya las nieblas que entoldaban las montañas a nuestra espalda, envolvía en res-plandores metálicos los bosques que en fajas tortuosas o en grupos aislados interrumpían a distancia la llanura: las linfas de los riachuelos que vadeábamos, abrillantadas por aquella luz corrían a perderse en las sombras, y las lejanas revueltas del Zabaletas parecían de plata líquida y orladas por florestas azules.

María dejó entonces caer el velillo sobre su rostro, y al través de la inquieta gasa de color de cielo, buscaba algunas veces mis ojos con los suyos, ante los cuales todo el esplendor de la naturaleza que nos rodeaba me era casi indiferente.

Al internarnos en los grandes bosques, atravesada la llanura, hacía largo rato que María y yo guardábamos silencio; solamente Felipe no había interrumpido su charla haciendo mil preguntas a mi madre sobre cuanto veía.

En un momento en que María estuvo cerca de mí, me dijo:

—¿En qué piensas tanto? Vuelves a estar como anoche, y hace un rato que no era así. ¿Es pues tan grande esa desgracia que ha sucedido?

—No pensaba en ella; tú me haces olvidarla.
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