Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan






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María, mi madre y mi hermana se miraron unas a otras con extrañe-za, sorprendidas de la frescura con que engañaba yo a Carlos; mas era porque no estaban al corriente del examen que él había hecho por la tarde de los libros de mi estante, examen en que tan mal parados dejó a mis autores predilectos; y acordándome con cierto rencor de lo que sobre el Quijote había dicho, añadí:

—Tú debes de haber visto esos versos en El Día, y es que no te acuerdas; creo que están firmados por un tal Almendárez.

—Como que no —dijo—; tengo para eso tan mala memoria... Si son los que le he oído recitar a mi prima... francamente, me parecen mejores cantados por estas señoritas. Tenga usted la bondad de decirlos —agregó dirigiéndose a María.

Esta, sonriendo, preguntó a Emma.

—¿Cómo empieza el primero?... Si a mí se me olvidan. Dilos tú, que los sabes bien.

—Pero usted acaba de cantarlos —le observó Carlos— y recitar-los es más fácil; por malos que fueran, dichos por usted serían buenos.

María los repitió; mas al llegar a la última estrofa su voz era casi trémula.

Carlos le dio las gracias, agregando:

—Ahora sí estoy casi seguro de haberlos oído antes.

¡Bah!, me decía yo: de lo que Carlos está cierto es de haber visto todos los días lo que mis malos versos pintan; pero sin darse cuenta de ello, como ve su reloj.

XXIV

Llegó la hora de retirarnos, y temiendo yo que me hubiesen prepa-rado cama en el mismo cuarto que a Carlos, me dirigí al mío: de él salían en ese momento mi madre y María.

—Yo podré dormir solo aquí, ¿no es verdad? —pregunté a la primera, quien comprendiendo el motivo de la pregunta, respondió:

—No; tu amigo.

—¡Ah! sí, las flores —dije viendo las de mi florero puestas en él por la mañana y que llevaba en un pañuelo María—. ¿Adónde las llevas?

—Al oratorio, porque como no ha habido tiempo hoy para poner otras allá...

Le agradecí sobremanera la fineza de no permitir que las flores destinadas por ella para mí, adornasen esa noche mi cuarto y estuviesen al alcance de otro.

Pero ella había dejado el ramo de azucenas que yo había traído aquella tarde de la montaña, aunque estaba muy visible sobre mi mesa, y se las presenté diciéndole:

—Lleva también estas azucenas para el altar: Tránsito me las dio para ti, al recomendarme te avisara que te había elegido para madrina de su matrimonio. Y como todos debemos rogar por su felicidad...

—Sí, sí —me respondió—; ¿conque quiere que yo sea su madrina? —añadió como consultando a mi madre.

—Eso es muy natural —le dijo ésta.

—¡Y yo que tengo un traje tan lindo para que le sirva ese día! Es necesario que le digas que yo me he puesto muy contenta al saber que nos... que me ha preferido para su madrina.

Mis hermanos, Felipe y el que le seguía, recibieron con sorpresa y placer la noticia de que yo pasaría la noche en el mismo cuarto que ellos. Habíanse acomodado los dos en una de las camas para que me sirviera la de Felipe: en las cortinas de ésta había prendido María el medallón de la Dolorosa, que estaba en las de mi cuarto.

Luego que los niños rezaron arrodilladitos en su cama, me dieron las buenas noches, y se durmieron después de haberse reído de los miedos que mutuamente se metían con la cabeza del tigre.

Esa noche no solamente estaba conmigo la imagen de María: los ángeles de la casa dormían cerca de mí: al despuntar el Sol vendría ella a buscarlos para besar sus mejillas y llevarlos a la fuente, donde les bañaba los rostros con sus manos blancas y perfumadas como las rosas de Castilla que ellos recogían para el altar y para ella.

XXV

Despertóme al amanecer el cuchicheo de los niños, que en vano se estimulaban a respetar mi sueño. ¡Las palomas cogidas en esos días, y que alicortadas obligaban ellos a permanecer en baúles vacíos, gemían espiando los primeros rayos de luz que penetraban en el aposento por las rendijas.

—No abras —decía Felipe— no abras, que mi hermano está dormi-do, y se salen las cuncunas.

—Pero si María nos llamó ya —replicó el chiquito.

—No hay tal: yo estoy despierto hace rato, y no ha llamado.

—Sí, ya sé lo que quieres: irte corriendo primero que yo a la quebrada para decir luego que sólo en tus anzuelos han caído negros.

—Como a mí me cuesta mi trabajo ponerlos bien... —le interrum-pió Felipe.

—¡Vea que gracia! Si es Juan Angel el que te los pone en los charcos buenos.

E insistía en abrir.

—¡No abras! —replicó Felipe enfadado ya—: aguárdate veo si Efraín está dormido.

Y diciendo esto, se acercó de puntillas a mi cama.

Tomélo entonces por el brazo, diciéndole:

—¡Ah bribón!, conque le quitas los pescados al chiquito.

Riéronse ambos y se acercaron a poner la demanda respetuosamente. Quedó todo arreglado con la promesa que les hice de que por la tarde iría yo a presenciar la postura de los anzuelos. Levantéme y dejándolos atareados en encarcelar las palomas que aleteaban buscando salida al pie de la puerta, atravesé el jardín.

Los azahares, albahacas y rosas daban al viento sus delicados aromas, al recibir las caricias de los primeros rayos de sol, que se asomaban ya sobre la cumbre de Morrillos, esparciendo hasta el cenit azul pequeñas nubes de rosa y oro.

Al pasar por frente a la ventana de Emma, oí que hablaban ella y María, interrumpiéndose para reír. Producían sus voces, con especialidad la de María, por el incomparable susurro de sus eses, algo parecido al ruido que formaban las palomas y azulejos al despertarse en los follajes de los naranjos y madroños del huerto.

Conversaban bajo don Jerónimo y Carlos, paseándose por el corre-dor de sus cuartos, cuando salté el vallado del huerto para caer al patio exterior.

—¡Opa! —dijo el señor de M...— madruga usted como un buen hacendado. Yo creía que era tan dormiloncito como su amigo cuando vino de Bogotá; pero los que viven conmigo tienen que acostum-brarse a mañanear.

Siguió haciendo una larga enumeración de las ventajas que propor-ciona el dormir poco; a todo lo cual podría habérsele contestado que lo que él llamaba dormir poco no era otra cosa que dormir mucho empezando temprano; pues confesaba que tenía por hábito acostarse a las siete u ocho de la noche, para evitar la jaqueca.

La llegada de Braulio, a quien Juan Angel había ido a llamar a la madrugada, cumpliendo la orden que le di por la noche, nos impidió disfrutar el final del discurso del señor de M...

Traía Braulio un par de perros, en los cuales no habría sido fácil a otro menos conocedor de ellos que yo, reconocer los héroes de nuestra cacería del día anterior. Mayo gruñó al verlos y vino a esconderse tras de mí con muestras de antipatía invenci-ble: él, con su blanca piel, todavía hermosa, las orejas caídas y el ceño y mirar severos, dábase ante los lajeros del montañés un aire de imponderable aristocracia.

Braulio saludó humildemente y se acercó a preguntarme por la familia a tiempo que yo le tendía la mano con afecto. Sus perros me hicieron agasajos en prueba de que les era más simpático que Mayo.

—Tendremos ocasión de ensayar tu escopeta —dije a Carlos—. He mandado pedir dos perros muy buenos a Santa Elena, y aquí tiene un compañero con el cual no gastan burlas los venados, y dos cachorros muy diestros.

—¿Esos? —preguntó desdeñosamente Carlos.

—¿Con tales chandosos? —agregó don Jerónimo.

—Sí, señor, con los mismos.

—Lo veré y no lo creeré —contestó el señor de M... emprendiendo de nuevo sus paseos por el corredor.

Acababan de traernos el café, y obligué a Braulio a que aceptase la taza destinada para mí. Carlos y su padre no disimularon bien la extrañeza que les causó mi cortesía para con el montañés.

Poco después, el señor de M... y mi padre montaron para ir a visitar los trabajos de la hacienda. Braulio, Carlos y yo, nos dedicamos a preparar las escopetas y a graduar carga a la que mi amigo quería ensayar.

Estábamos en ello cuando mi madre me hizo saber disimuladamente que quería hablarme. Me esperaba en su costurero. María y mi hermana estaban en el baño. Haciéndome sentar cerca de ella, me dijo:

—Tu padre insiste en que se dé cuenta a María de la pretensión de Carlos. ¿Crees tú también que debe hacerse así?

—Creo debe hacerse lo que mi padre disponga.

—Se me figura que opinas de esa manera por obedecerle, no porque deje de impresionarte el que se tome tal resolución.

—He ofrecido observar esa conducta. Por otra parte, María no es aún mi prometida y se halla en libertad para decidir lo que le parezca. Ofrecí no decirle nada de lo acordado con ustedes; y he cumplido.

—Yo temo que la emoción que va a causarle a María el imaginarse que tu padre y yo estamos lejos de aprobar lo que pasa entre vosotros, le haga mucho mal. No ha querido tu padre hablar al señor de M... de la enfermedad de María, temerosos de que se estime eso como un pretexto de repulsa; y como él y su hijo saben que ella posee una dote... lo demás no quiero decirlo, pero tú lo comprendes. ¿Qué debemos hacer, pues, dilo tú, para que María no piense ni remotamente que nosotros nos oponemos a que sea tu esposa; sin dejar yo de cumplir al mismo tiempo con lo prevenido últimamente por tu padre?

—Tan sólo hay un medio.

—¿Cuál?

—Voy a decírselo a usted; y me prometo que lo aprobará; le suplico desde ahora que lo apruebe. Revelémosle a María el secre-to que mi padre ha impuesto sobre el consentimiento que me tiene dado de ver en ella a la que debe ser mi esposa. Yo le ofrezco a usted que seré prudente y que nada dejaremos notar a mi padre que pueda hacerle comprender esta infidencia necesaria. ¿Podré yo seguir guardando esa conducta que él exige, sin ocasionar a María penas que le harán mayor daño que confesárselo todo? Confíe usted en mí: ¿No es verdad que hay imposibilidad para hacer lo que mi padre desea? Usted lo ve: ¿No lo cree así?

Mi madre guardó silencio unos instantes, y luego, sonriendo de la manera más cariñosa, dijo:

—Bueno; pero con tal que no olvides que no debes prometerle sino aquello que puedas cumplir. ¿Y cómo le hablaré de la propuesta de Carlos?

—Como hablaría a Emma en idéntico caso; y diciéndole después lo que me ha prometido manifestarle. Si no estoy engañado, las primeras palabras de usted le harán experimentar una impresión dolorosa, pues que ellas le darán motivo para temer que usted y mi padre se opongan decididamente a nuestro enlace. Ella oyó lo que hablaron en cierta ocasión sobre su enfermedad, y sólo el trato afable que usted ha seguido dándole y la conversación habida ayer entre ella y yo, la han tranquilizado. Olvídese de mí al hacerle las reflexiones indispensables sobre la propuesta de Carlos. Yo estaré escuchando lo que hablen, tras de los bastido-res de esa puerta.

Era ésta la del oratorio de mi madre.

—¿Tú? —me preguntó admirada.

—Sí, señora, yo.

—¿Y para qué valerte de ese engaño?

—María se complacerá en que así lo hayamos hecho, en vista de los resultados.

—¿Cuál resultado te prometes, pues?

—Saber todo lo que ella es capaz de hacer por mí.

—Pero ¿no será mejor, si es que quieres oír lo que va a decirme, que ignore siempre ella que tú lo oíste y yo lo consentí?

—Así será, si usted lo desea.

—Mala cara tienes tú de cumplir eso.

—Yo le ruego a usted no se oponga.

—Pero ¿no estás viendo que hacer lo que pretendes, si ella llega a saberlo, es como prometerle yo una cosa que por desgracia no sé si pueda cumplirle, puesto que en caso de aparecer nuevamente la enfermedad, tu padre se opondrá a vuestro matrimonio, y tendría yo que hacer lo mismo?

—Ella lo sabe; ella no consentirá nunca en ser mi esposa, si ese mal reaparece. Mas ¿ha olvidado usted lo que dijo el médico?

—Haz, pues, lo que quieras.

—Oiga usted su voz; ya están aquí. Cuide de que a Emma no vaya ocurrírsele entrar al oratorio.

María entró sonrosada y riendo aún de lo que había venido conver-sando con Emma. Atravesó con paso leve y casi infantil el aposen-to de mi madre, a quien no descubrió sino cuando iba a entrar al suyo.

—¡Ah! —exclamó—; ¿Aquí estaba usted? —Y acercándose a ella—: ¡Pero qué pálida está! Se siente mal de la cabeza, ¿no?. Si usted hubiera tomado un baño... la mejora eso tanto...

—No, no; estoy buena. Te esperaba para hablarte a solas; y como se trata de una cosa muy grave, temo que todo ello pueda produ-cirte una mala impresión.

—¿Qué será? ¿Qué es?...

—Siéntate aquí —le dijo mi madre señalándole un taburetico que tenía a los pies.

Sentóse, y,esforzándose inútilmente por sonreír, su rostro tomó una expresión de gravedad encantadora.

—Diga usted ya —dijo como tratando de dominar la emoción, pasándose entrambas manos por la frente, y asegurando en seguida con ellas el peine de carey dorado que sostenía sus cabellos en forma de un grueso y luciente cordón que le ceñía las sienes.

—Voy a hablarte de la manera misma que hablaría a Emma en igual circunstancia.

—Sí, señora: ya oigo.

—Tu papá me ha encargado te diga... que el señor de M... ha pedido tu mano para su hijo Carlos...

—¡Yo! —exclamó asombrada y haciendo un movimiento involuntario para ponerse en pie; pero volviendo a caer en su asiento, se cubrió el rostro con las manos, y oí que sollozaba.

—¿Qué debo decirle, María?

—¿El le ha mandado a usted que me lo diga? —le preguntó con voz ahogada.

—Sí, hija; y ha cumplido con su deber haciéndotelo saber.

—Pero ¿usted por qué me lo dice?—¿Y qué querías que yo hiciera?

—¡Ah! Decirle que yo no... que yo no puedo... que no.

Después de un instante, alzando a mirar a mi madre, que sin poderlo evitar lloraba con ella, le dijo:

—Todos lo saben, ¿no es verdad?, todos han querido que usted me lo diga.

—Sí; todos lo saben, menos Emma.

—Solamente ella... ¡Dios mío! ¡Dios mío! —añadió ocultando la cabeza en los brazos que apoyaba sobre las rodillas de mi madre; y permaneció así unos momentos.

Levantando luego pálido el rostro y rociado por una lluvia de lágrimas:

—Bueno —dijo—: ya usted cumplió; todo lo sé ya.

—Pero María —le interrumpió dulcemente mi madre— ¿es, pues, tanta desgracia que Carlos quiera ser tu esposo? ¿No es...?

—Yo le ruego... yo no quiero; yo no necesito saber más. ¿Conque han dejado que usted me lo proponga?... ¡Todos, todos lo han consentido! Pues yo digo —agregó con voz enérgica a pesar de sus sollozos— digo que antes que consentir en eso me moriré. ¡Ah! ¿ese señor no sabe que yo tengo la misma enfermedad que mató a mi madre, siendo todavía ella muy joven?... ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora sin ella?

—¿Y no estoy yo aquí? ¿No te quiero con toda mi alma?...

Mi madre era menos fuerte que lo que ella pensaba.

Por mis mejillas rodaron lágrimas que sentía gotear ardientes sobre mis manos, apoyadas en uno de los botones de la puerta que me ocultaba.

María respondió a mi madre:

—Pero entonces ¿por qué me propone usted esto?

—Porque era necesario que ese “no” saliera de tus labios, aunque me supusiera yo que lo darías.

—Y solamente usted se supuso que lo daría yo, ¿no es así?

—Tal vez algún otro lo supuso también. ¡Si supieras cuánto dolor, cuántos desvelos le ha causado este asunto al que tú juzgas más culpable!...

—¿A papá? —dijo menos pálida ya.

—No; a Efraín.

María exhaló un débil grito, y dejando caer la cabeza sobre el regazo de mi madre, se quedó inmóvil.

Esta abría los labios para llamarme, cuando María volvió a ende-rezarse lentamente; púsose en pie y dijo casi sonriente, volvien-do a asegurarse los cabellos con las manos temblorosas.
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