Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan






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La fiera dio sobre sí misma la vuelta en su busca; y él gritó:

“¡Fuego! ¡fuego!”, volviendo a quedar de un brinco en el mismo punto donde había asestado la lanzada.

El tigre lo buscaba. Lucas había desaparecido. Tiburcio estaba de color de aceituna. Apuntó y sólo se quemó la ceba.

José disparó: el tigre rugió de nuevo tratando como de morderse el lomo, y de un salto volvió instantáneamente sobre Braulio. Este, dando una nueva vuelta tras de los robles, lanzóse hacia nosotros a recoger la lanza que le arrojaba José.

Entonces la fiera nos dio frente. Sólo mi escopeta estaba dispo-nible: disparé; el tigre se sentó sobre la cola, tambaleó y cayó.

Braulio miró atrás instintivamente para saber el efecto del último tiro. José, Tiburcio y yo nos hallábamos ya cerca de él, y todos dimos a un tiempo un grito de triunfo.

La fiera arrojaba sanguaza espumosa por la boca: tenía los ojos empañados e inmóviles, y en el último paroxismo de muerte estira-ba las piernas temblorosas y removía la hojarasca al enrollar y desenrollar la hermosa cola.

—¡Valiente tiro!... ¡Qué tiro! —exclamó Braulio poniéndole un pie al animal sobre el cogote—: ¡En la frente! ¡Ese sí es un pulso firme!

José, con voz no muy segura todavía (el pobre amaba tanto a su hija), dijo limpiándose con la manga de la camisa el sudor de la frente:

—No, no... ¡Si es mecha! ¡Santísimo Patriarca! ¡Qué animal tan bien criado! ¡Hij’, un demonio! ¡Si te toca ni se sabe!...

Miró tristemente los cadáveres de los tres perros diciendo:

—¡Pobre Campanilla!, es la que más siento... ¡Tan guapa mi perra!

Acarició luego a los otros tres, que con tamaña lengua afuera jadeaban acostados y desentendidos, como si solamente se hubiera tratado de acorralar un becerro arisco.

José, tendiéndome su ruana en lo limpio, me dijo:

—Siéntese, niño; vamos a sacar bien el cuero, porque es de usted: —y en seguida gritó—: ¡Lucas!

Braulio soltó una carcajada, concluyéndola por decir:

—Ya ése estará metido en el gallinero de casa.

—¡Lucas!— volvió a gritar José, sin atender a lo que su sobrino decía; mas viéndonos a todos reír, preguntó:

—¡Eh! ¡Eh! ¿Pues qué es?

—Tío, si el valluno zafó desde que erré la lanzada.

José nos miraba como si fuese imposible entendernos.

—¡Timanejo pícaro!

Y acercándose al río, gritó de forma que las montañas repitieron su voz.

—¡Lucas del demonio!

—Aquí tengo yo un buen cuchillo para desollar, le advirtió Tiburcio.

No, hombre, si es que ese caratoso traía el jotico15 del fiam-bre, y este blanco querrá comer algo y... yo también, porque aquí no hay esperanzas de mazamorra.

Pero la mochila deseada estaba señalando precisamente el punto abandonado por el neivano. José, lleno de regocijo, la trajo al sitio donde nos hallábamos y procedió a abrirla, después de mandar a Tiburcio a llenar nuestros cocos de agua del río.

Las provisiones eran blandas y moradas masas de choclo16, queso fresco y carne asada con primor: todo ello fue puesto sobre hojas de platanillo. Sacó en seguida de entre una servilleta una bote-lla de vino tinto, pan, ciruelas e higos pasos, diciendo:

—Esta es cuenta aparte.

Las navajas machetonas salieron de los bolsillos. José nos dividió la carne, que acompañada con las masas de choclo, era un bocado regio. Agotamos el tinto, despreciamos el pan, y los higos y ciruelas les gustaron más a mis compañeros que a mí. No faltó la panela, dulce compañera del viajero, del cazador y del pobre. El agua estaba helada. Mis cigarros de olor17 humearon después de aquel rústico banquete.

José estaba de excelente humor, y Braulio se había atrevido a llamarme padrino.

Con imponderable destreza, Tiburcio desolló el tigre, sacándole el sebo, que dizque servía para qué sé yo qué.

Acomodadas en las mochilas la piel, cabeza y patas del tigre, nos pusimos en camino para la posesión de José, el cual, tomando mi escopeta, la colocó en un mismo hombro con la suya, precedién-donos en la marcha y llamando a los perros. Deteníase de vez en cuando para recalcar sobre alguno de los lances de la partida o para echarle alguna nueva maldición a Lucas.

Conocíase que las mujeres nos contaban y recontaban desde que nos alcanzaron a ver; y cuando nos acercamos a la casa estaban aún indecisas entre el susto y la alegría pues por nuestra demora y los disparos que habían oído suponían que habíamos corrido peligros.

Fue Tránsito quien se adelantó a recibirnos, notablemente páli-da.

—¿Lo mataron?— nos gritó.

—Sí, hija— le respondió su padre.

Todas nos rodearon, entrando en la cuenta hasta la vieja Marta, que llevaba en las manos un capón a medio pelar. Lucía se acercó a preguntarme por mi escopeta, y como yo se la mostrase, añadió en voz baja:

—Nada le ha sucedido, ¿no?

—Nada— le respondí cariñosamente, pasándole por los labios una ramita.

—Ya yo pensaba...

—¿No ha bajado ese fantasioso de Lucas por aquí? —preguntó José.

—El no— respondió Marta.

José masculló una maldición.

—¿Pero dónde está lo que mataron?— dijo al fin, haciéndose oír, la señora Luisa.

—Aquí, tía —contestó Braulio—; y ayudado por su novia, se puso a desfruncir la mochila, diciéndole a la muchacha algo que no alcancé a oír. Ella me miró de una manera particular, y sacó de la sala un banquito para que me sentase en el empedrado, desde el cual dominaba yo la escena.

Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las muje-res intentaron exhalar un grito; mas al rodar la cabeza sobre la grama, no pudieron contenerse.

—¿Pero cómo lo mataron? ¡Cuenten! —decía la señora Luisa—: todos están como tristes.

—Cuéntennos— añadió Lucía.

Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos, dijo:

—El tigre iba a matar a Braulio cuando el señor (señalándome) le dio este balazo.

Mostró el foramen que en la frente tenía la cabeza. Todos se volvieron a mirarme, y en cada una de esas miradas había recom-pensa de sobra para una acción que la mereciera.

José siguió refiriendo con pormenores la historia de la expedi-ción, mientras hacía remedios a los perros heridos, lamentando la pérdida de los otros tres.

Braulio estacaba la piel ayudado por Tiburcio.

Las mujeres habían vuelto a sus faenas, y yo dormitaba sobre uno de los poyos de la salita en que Tránsito y Lucía me habían improvisado un colchón de ruanas. Servíame de arrullo el rumor del río, los graznidos de los gansos, el balido del rebaño que pacía en las colinas cercanas y los cantos de las muchachas que lavaban ropa en el arroyo. La naturaleza es la más amorosa de las madres cuando el dolor se ha adueñado de nuestra alma; y si la felicidad nos acaricia, ella nos sonríe.

XXII

Las instancias de los montañeses me hicieron permanecer con ellos hasta las cuatro de la tarde, hora en que, después de larguísimas despedidas, me puse en camino con Braulio, que se empeñó en acompañarme. Habíame aliviado del peso de la escopeta y colgado de uno de sus hombros una guambía.

Durante la marcha le hablé de su próximo matrimonio y de la felicidad que le esperaba, amándolo Tránsito como lo dejaba ver. Me escuchaba en silencio, pero sonriendo de manera que estaba por demás hacerlo hablar.

Habíamos pasado el río y salido de la última ceja de monte para empezar a descender por las quiebras de la falda limpia, cuando Juan Angel, apareciéndose por entre unas moreras, se nos interpu-so en el sendero, diciéndome con las manos unidas en ademán de súplica:

—Yo vine, mi amo... yo iba... pero no me haga nada sumercé... yo no vuelvo a tener miedo.

—¿Qué has hecho? ¿qué es? —le interrumpí—. ¿Te han enviado de casa?

—Sí, mi amo, sí, la niña; y como me dijo sumercé que volviera...

No me acordaba de la orden que le había dado.

—¿Conque no volviste de miedo? —le preguntó Braulio riendo-—.

—Eso fue, sí, eso fue... Pero como Mayo pasó por aquí asustao, y luego ñor Lucas me encontró pasando el río y me dijo que el tigre había matao a ñor Braulio...

Este dio rienda suelta a una estrepitosa risotada, diciéndole al fin al negrito aterrado:

—¡Y te estuviste todo el día metido entre estos matorrales como un conejo!

—Como ñor José me gritó que volviera pronto, porque no debía andar solo por allá arriba... —respondió Juan Angel viéndose las uñas de las manos.

—¡Vaya! yo te mezquino18 —repuso Braulio; pero es con la condi-ción de que en otra cacería has de ir pie con pie conmigo.

El negrito lo miró con ojos desconfiados, antes de resolverse a aceptar así el perdón.

—¿Convienes? —le pregunté distraído.

—Sí, mi amo.

—Pues vamos andando. Tú, Braulio, no te incomodes en acompañar-me más, vuélvete.

—Si es que yo quería...

—No; ya ves que Tránsito está toda asustada hoy. Di allá mil cosas en mi nombre.

—Y esta guambía que llevaba... Ah —continuó— tómala tú, Juan Angel. ¿No irás a romper la escopeta del patrón por ahí? Mira que le debo la vida a ése —dijo—. Será lo mejor—observó al reci-bírsela yo.

Di un apretón de manos al valiente cazador, y nos separamos. Distante ya de nosotros, gritó:

—Lo que va en la guambía es la muestra de mineral que le encar-gó su papá a mi tío.

Y convencido de que se le había oído se internó en el bosque.

Detúveme a dos tiros de fusil de la casa a orillas del torrente que descendía ruidoso hasta esconderse en el huerto.

Al continuar bajando busqué a Juan Angel: había desaparecido, y supuse que, temeroso de mi enojo por su cobardía, habría resuelto solicitar amparo mejor que el ofrecido por Braulio con tan ina-ceptables condiciones.

Tenía yo un cariño especial al negrito: él contaba a la sazón doce años; era simpático y casi pudiera decirse que bello. Aunque inteligente, su índole tenía algo de huraño. La vida que hasta entonces había llevado no era la adecuada para dar suelta a su carácter, pues mediaban motivos para mimarlo. Feliciana, su madre, criada que había desempeñado en la familia funciones de aya y disfrutado de todas las consideraciones de tal, procuró siempre hacer de su hijo un buen paje para mí. Mas fuera del servicio de mesa y de cámara y de su habilidad para preparar café, en lo demás era desmañado y bisoño.

Muy cerca ya de la casa, noté que la familia estaba aún en el comedor, e inferí que Carlos y su padre habían venido. Desviéme a la derecha, salté el vallado del huerto, y atravesé éste para llegar a mi cuarto sin ser visto.

Colgaba el saco de caza y la escopeta cuando percibí un ruido de voces desacostumbrado. Mi madre entró a mi cuarto en ese momento, y le pregunté la causa de lo que oía.

—Es —me dijo mi madre— que los señores de M... están aquí, y ya sabes que don Jerónimo habla siempre como si estuviese a la orilla de un río.

¡Carlos en casa! pensé: éste es el momento de prueba de que habló mi padre. Carlos habrá pasado un día de enamorado, en ocasión propicia para admirar a su pretendida. ¡Que no pueda yo hacerle ver a él cuánto la amo! ¡No poder decirle a ella que seré su esposo!... Este es un tormento peor de lo que yo me había imaginado.

Mi madre, notándome tal vez preocupado, me dijo:

—Como que has vuelto triste.

—No, no, señora; cansado.

—¿La cacería ha sido buena?

—Muy feliz.

—¿Podré decir a tu padre que le tienes ya la piel de oso que te encargó?

—No ésa, sino una hermosísima de tigre.

—¿De tigre?

—Sí, señora, del que hacía daños por aquí.

—Pero eso habrá sido horrible.

—Los compañeros eran muy valientes y diestros.

Ella había puesto ya a mi alcance todo lo que yo podía necesitar para el baño y cambio de vestidos; y a tiempo que entornaba la puerta después de haber salido, le advertí que no dijera todavía que yo había regresado.

Volvió a entrar, y usando de aquella voz dulce cuanto afectuosa que la hacía irresistible siempre que me aconsejaba, me dijo:

—¿Tienes presente lo que hablamos el otro día sobre la visita de esos señores, no?

Satisfecha de la respuesta, añadió:

—Bueno. Yo confío en que saldrás muy bien.

Y cerciorada de nuevo de que nada podía faltarme, salió.

Lo que Braulio había dicho que era mineral, no era otra cosa que la cabeza del tigre; y con tal astucia había conseguido hacer llegar a casa ese trofeo de nuestra hazaña.

Por los comentarios de la escena hechos en casa después, supe que en el comedor había sucedido esto:

Iba a servirse el café en el momento en que llegó Juan Angel diciendo que yo venía ya e impuso a mi padre del contenido de la mochila. Este, deseoso de que don Jerónimo le diese su opinión sobre los cuarzos, mandó al negrito que los sacase; y trataba de hacerlo así cuando dio un grito de terror y un salto de venado sorprendido.

Cada uno de los circunstantes quiso averiguar lo que había pasado. Juan Angel, de espaldas contra la pared, los ojos tamaños y señalando con los brazos extendidos hacia el saco, exclamó:

—¡El tigre!

—¿En dónde? —preguntó don Jerónimo derramando parte del café que tomaba, y poniéndose en pie con más presteza que era de esperarse le permitiera su esférico abdomen.

Carlos y mi padre dejaron también sus asientos.

Emma y María se acercaron una a otra.

—¡En la guambía! —repuso el interpelado.

A todos les volvió el alma al cuerpo.

Mi padre sacudió con precaución el saco, y viendo rodar la cabeza sobre las baldosas, dio un paso atrás; don Jerónimo, otro; y apoyando las manos en las rodillas, prorrumpió:

—¡Monstruoso!

Carlos, adelantándose a examinar de cerca la cabeza:

—¡Horrible!

Felipe, que llegaba llamado por el ruido, se puso en pie sobre un taburete. Eloísa se asió de un brazo de mi padre. Juan, medio llorando, trató de subírsele sobre las rodillas a María; y ésta, tan pálida como Emma, miró con angustia hacia las colinas, espe-rando verme bajar.

—¿Quién lo mató? —preguntó Carlos a Juan Angel, el cual se había serenado ya.

—La escopeta del amito.

—¿Conque la escopeta del amito sola? —recalcó don Jerónimo riendo y ocupando de nuevo su asiento.

—No, mi amo, sino que ñor Braulio dijo ahora en la loma que le debía la vida a ella...

—¿Dónde está pues Efraín? —preguntó intranquilo mi padre, mirando a María.

—Se quedó en la quebrada.

En ese momento regresaba mi madre al comedor. Olvidando que acababa de verme, exclamó:

—¡Ay mi hijo!

—Viene ya —le observó mi padre.

—Sí, sí; ya sé —respondió ella—; pero, ¿cómo habrán muerto este animal?

—Aquí fue el balazo —dijo Carlos inclinándose a señalar el foramen de la frente.

—Pero, ¿es posible? —preguntó don Jerónimo a mi padre, acercan-do el bracerillo para encender un cigarro—; ¿es de creerse que usted permita esto a Efraín?

Sonrió mi padre al contestarle con algo de propia satisfacción:

—Le encargué ahora días una piel de oso para los pies de mi catre, y seguramente habrá preferido traerme una de tigre.

María había visto ya en los ojos de mi madre lo que podía tran-quilizarla. Se dirigió al salón llevando a Juan de la mano: éste, asido de la falda de ella y asustado aún, le impedía andar. Hubo de alzarlo, y le decía al salir:

—¿Llorando? ¡ah feo! ¿un hombre con miedo?

Don Jerónimo, que alcanzó a oírla, observó, meciéndose en su silla y arrojando una bocanada de humo:

—Ese otro también matará tigres.

—Vea usted a Efraín hecho un cazador de fieras —dijo Carlos a Emma, sentándose a su lado—; y en el colegio no se dignaba disparar un bodoquerazo a un paparote19. Y no señor... recuerdo ahora que en unos asuetos le vi hacer buenos tiros en la laguna de Fontibón. ¿Y estas cacerías son frecuentes?
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