La filosofía es el ejercicio del pensamiento humano en función de una realidad absoluta






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PALABRAS PRELIMINARES

La filosofía es el ejercicio del pensamiento humano en función de una realidad absoluta.

Por ello es inseparable del acto creador del "filosofar" y sólo a través de él cobra autenticidad. De otro modo, esa tensa y febril actividad del espíritu se transforma en mero producto elaborado, letra muerta, fórmula dogmática vacía de sentido vital y consecuentemente inauténtica.

La filosofía, como actividad de -gran importancia en la formación universitaria, se debe, en gran parte, a la tradición que tiene su origen en la época clásica de la cultura alemana, tradición que a través de algunas figuras importantes se prolonga hasta nuestros días.

Decía Jaspers que las cosas se están poniendo tan oscuras en el mundo actual, que la razón

tiene que luchar constantemente contra diversos usurpadores que detentan su prestigio y su

poder y realmente sólo se podrá, seguir filosofando si se cuenta con el efectivo amparo de la

universidad.

Sin embargo, la universidad incorpora profesores de filosofía y aún implícitamente los obliga a

respetar las estructuras por las que se arrastra y desenvuelve su quehacer. En consecuencia,

puesto que la filosofía no puede en sí misma reglamentarse, de algún modo se reglamenta la

enseñanza de la filosofía, transformando al profesor en un expositor de temas del programa para exámenes académicos.

Triunfante esa tendencia, se logra una mecanización de la enseñanza según la cual los alumnos se limitan a creer que la Filosofía es una disciplina integrada por distintos temas, sobre los cuales algún día serán interrogados por uno o varios profesores.

De esta forma, en vez de profundizar las preguntas, el alumno se alecciona en las respuestas,

supuestamente correctas, trivializando el problema, que se convierte en una verdadera

competición en torno a un acertijo.

La filosofía no es sino una inacabable pregunta acerca de sí misma. Es algo que los hombres no han podido dejar de lado desde que llegaron a la edad de la razón, ni parece que puedan dejar de hacerlo en un futuro inmediato, y cuando, de una u otra manera lo han intentado, respecto de algún tema en especial, los resultados siempre han sido desfavorables para el tema abandonado.

Estas pocas ideas justifican la tarea emprendida de escribir este libro integrado por una parte

histórica y una parte sistemática. La primera pretende mostrar el desenvolvimiento del

pensamiento humano, en la indagación de la problemática filosófico-jurídica. La parte sistemática,

integrada por muy pocos temas, persigue el retorno -pero ahora con un plan de conjunto- al

anticipo genético explicitado en la primera parte, profundizando en lo posible el sentido del

interrogante.

Esta obra, pues, está determinada fundamentalmente por la sentida ausencia de un manual

expositivo que responda a las exigencias actuales del desenvolvimiento de las direcciones

jusfilosóficas, con sentido histórico. Sabido es que cada época se mueve con una determinada

concepción del mundo, a cuya imagen toman cuerpo los objetos de la realidad. El derecho y su concepto no escapan a esta norma y por eso, a través de los siglos, el mundo circundante le ha otorgado modulaciones variables que responden a las características ideológicas del momento.

Persigo la finalidad de llenar un vacío, tantas veces denunciado por los alumnos de la materia,

tratando de poner el acento de la sistemática expositiva en la histórica vinculación de los

problemas tratados.

Es decir que no quiere contener este libro, en su primera parte, una ordenada exposición de las doctrinas de relieve en el mundo jurídico occidental. Solamente recogeremos las direcciones de más significativo realce, pero apuntando siempre a la localización histórica de -los problemas, de tal forma que el estudio de las concepciones doctrinarias aparezca incardinado en la historia y no sólo se exhiba como una muestra caprichosa o arbitraria del talento. Las grandes obras no son nunca fruto exclusivo de la genialidad de sus autores, sino la armónica combinación de este factor esencial con las circunstancias históricas que condicionaron o por lo menos permitieron la elaboración de la doctrina.

Esta consideración de la historia a través de los problemas, y su recíproca, de los problemas a

través de la historia, marginará la biografía de los grandes maestros, sólo referida en aspectos

parciales, cuando esté tan directamente vinculada a la exposición de su doctrina, que su

referencia se convierta en obligatoria.

Este es sin duda un aspecto que lamentamos, no sólo por estimar que es una consideración de singular importancia, sino fundamentalmente porque estamos convencidos de que la referencia biográfica es un valioso auxiliar en la fijación de los aspectos teóricos de las doctrinas.

Se equivocará quien pretenda encontrar alguna originalidad en esta obra. Hay sólo la pretensión de lograr un propósito de sistematizada organización de problemas, válido solamente para satisfacer las necesidades de aquellos a quienes va dirigida la obra.

Hay dos maneras de encarar este estudio. Mejor dicho dos enfoques, casi metodológicos, que

atañen a la forma de la exposición. Los que hacen de la filosofía y su historia un saber abstruso y esotérico, reservado solamente para iniciados, manejando el desenvolvimiento de las doctrinas y de sus problemas con una terminología técnica especial -cuando no exclusiva-, y aquellos otros que consideran que la porfía filosófica puede presentarse casi en el lenguaje cotidiano,

simplificando al máximo la utilización de giros científicos.

Entre los primeros podemos recordar a Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Kant, Hegel, Fichte,

Schelling. Entre los segundos, a Sócrates, Platón, San Agustín, Descartes, Bergson, Ortega. Este último decía finamente, que la claridad era la cortesía del filósofo.

Sin embargo, he enumerado deliberadamente en esas listas a muy grandes pensadores, cuyos escollos lingüísticos son a veces tan absolutamente necesarios para expresar la profundidad de su pensamiento, que rompen las tradicionales reglas del lenguaje expresado, simplemente porque tienen cosas tan importantes que decir, que las reglas gramaticales anteriores a ellos no les brindaban los canales adecuados de expresión.

Hay en estos casos que hacer un verdadero esfuerzo interpretativo para penetrar en profundidad la esencia de esos pensamientos, recordando sencillamente que no todas las piedras preciosas son transparentes.

Por lo demás, es importante señalar que una cosa es lo opaco, expresado en su auténtica

opacidad, y otra muy distinta lo claro expuesto en términos sombríos.

Lo primero es la adecuada precisión de aquello que se expresa.

Lo segundo es ampulosidad, brillo superficial, cuando no auténtica oscuridad de pensamiento o diletantismo.

No tengo autoridad para señalar cuál de ambos sea el mejor camino, pero sí el derecho de optar en mi enseñanza por uno de esos sistemas. Me inclino por aquel que hace del saber filosófico algo, si no simple, por lo menos con la pretensión de simplificar al máximo su manejo expositivo.

Estimo que los problemas de la filosofía del derecho son por sí demasiado complejos, para que los hagamos más difíciles todavía con una exposición barroca y una terminología rebuscada.

Deseo poder prescindir un tanto de expresiones lingüísticas técnicas, de argumentaciones y

disputas, para que los destellos de luz que despide la filosofía ilumine nuestro universo jurídico, e inclusive que los espacios de sombra que nos deje sugieran un misterio que suscite el interés de revelarlo. Puede haber por ello, en las páginas que siguen, falta de rigor en la utilización de expresiones no técnicas. Ello está determinado por el propósito de allanar el camino de esta dura disciplina.

Mi propósito, repito, es hacer de la filosofía una materia accesible. Se advierte que ella es

generalmente ininteligible para un joven estudiante, pero no porque los raciocinios filosóficos sean más complicados que muchos otros que el alumno estudia durante su formación secundaria. En realidad, si se advierte detenidamente, no es el razonamiento filosófico el que se escapa al estudiante. No es que no entienda la solución. Lo que no comprende es el problema mismo, lo que no llega a entender es el planteo de la filosofía como conocimiento universal.

Deseo en definitiva que en la opción se sacrifique el rigor de la ajustada expresión formal de los problemas, dando preeminencia al contenido material de ellos. Pero, cuidado; habrá momentos en que será necesario preferir la verdad en su espinosa complejidad a una simplificación que nos conduciría a un artificio, cuando no a una mutilación.

En la primera parte, una historia de la filosofía del derecho o más limitadamente una historia de los problemas jusfilosóficos, nos pone frente a una ardua tarea. No vamos por cierto a intentarlo. Nos bastará una modesta propedéutica, una visión primaria, en suma, de la historia de la filosofía. A propósito de la Historia de la Filosofía publicada por Julián Marías, escribía Ortega y Gassét: "En el postrer capítulo del texto de Marías, termina el pasado, y nosotros tenemos que seguir... No nos quedamos en ese continente en cuya costa aún estamos. Quedarse en el pasado es haberse ya muerto".

Esta frase feliz del maestro español nos pone frente a la evidencia de que la historia de la filosofía debe considerarse, no en su aspecto estático, sino en su consideración dinámica, para que se convierta en una verdadera catapulta que nos proyecte a los espacios aún vacíos del futuro.

Hacia una filosofía por venir. Nos atendremos al pasado, pero en la superación del tiempo

intentaremos establecer un vínculo entre lo vivo de ayer y lo vivo de hoy.

Esta es sin duda la ventaja de la exposición histórica desde un punto de vista genético, ya que no seremos nosotros quienes debamos elaborar la crítica de los sistemas expuestos, sino que el devenir filosófico mismo se ocupará de construir las doctrinas que comienzan por denunciar el error de las precedentes.

La historia de la filosofía es, pues, y tal vez sin proponérselo, una exposición de los sistemas y

una crítica de las doctrinas.

Erige una tras otra las teorías y las concepciones, y a medida que avanza las va destruyendo por obra de las siguientes.

Ello, en gran medida porque, refrescando un pensamiento de Bergson, el filósofo va

entremezclando en la elaboración de su propio pensamiento ingredientes de su rechazo de una concepción precedente o dominante en su propio tiempo.

Y así, concluyendo con este pensamiento orteguiano, diremos que una historia de la filosofía nos muestra un pasado, como el mundo muerto de los errores, como el arsenal y el tesoro de los errores.

La historia de la filosofía requiere un singular tratamiento, ya que es sin duda diferente del estudio de cualquier disciplina particular, en la que encontramos un territorio claramente definido, a pesar de que en el transcurso del tiempo pueda sufrir algunas transformaciones.

La filosofía, pero más específicamente aún la filosofía del derecho, carece de un objeto común de investigación en todos los tiempos y es por ello entonces que no podemos encontrar la

continuidad histórica en el común objeto de estudio.

Esta enorme expresión: "derecho en su realidad universal no se sabe bien lo que es y su concepto ha variado sensiblemente en el curso de la historia. De manera que si el físico, por ejemplo, no tiene problema alguno en la delimitación de los perfiles del objeto de su disciplina, para penetrar luego su realidad esencial, el jusfilósofo encuentra su primera dificultad en la delimitación del objeto propio de su disciplina y su investigación dedo el principio mismo.

Si sostenemos con Dilthey que la filosofía está anclada en el concreto vivir del hombre, se nos

pondrá en evidencia que solamente vamos a entender los problemas de la filosofía del derecho a través de su historia.

Toda concepción filosófica generalmente comienza y muere con el pensador que la ha creado.

Podrán continuar en boca de algunos de sus discípulos algunas estribaciones de su pensamiento hasta su total exterminio por el olvido. Por eso creemos que es menester estudiar filosofía con sentido de continuidad, a través de la historia.

La historia de los problemas jusfilosóficos debe en consecuencia cumplir las siguientes tareas

fundamentales:

1. Establecer los orígenes y evolución de las doctrinas de los filósofos, fijando a la luz de sus

fuentes los lineamientos esenciales de las teorías.

2. Reconstruir el proceso genético de las doctrinas, estableciendo una necesaria coordinación de

semejanzas y desemejanzas con las doctrinas que le sucedan.

3. Justipreciar el valor de las teorías de ese modo fijadas.

Esto nos dejará, aunque fracasemos en nuestro propósito expositivo, por lo menos una

enseñanza que estimamos valiosa. La historia de la filosofía del derecho, la historia del derecho

natural, de ese derecho que es dado al hombre sin los ingredientes de su humana elaboración,

nos ofrece una muestra más de la unidad del espíritu humano cuando se encuentra orientado

hacia un objetivo concreto. Hay en este diálogo de la humanidad consigo misma que lleva ya

veinticinco siglos, una significativa unidad histórica, una sorprendente continuidad de

pensamiento, y cada generación cumple su misión, desenvolviendo el material recibido de su

predecesora.

Este derecho natural, que es contemporáneo del desarrollo del espíritu humano, encuentra su

explicación en la necesidad que tiene el hombre de someter a examen crítico todo lo que existe,

tratando de determinar en definitiva cómo deberían establecerse las relaciones entre los hombres,

para que sean cada vez más acordes a la verdad, al bien y a la justicia.

Ariel Álvarez Gardiol
PRÓLOGO

Este libro es la segunda versión del Manual de Filosofía del Derecho editado por Astrea en

Buenos Aires en el año 1979 -que gentilmente cediera sus derechos de edición-, y cuyo tiraje

original se agotó hace ya algún tiempo.

Está destinado, como el anterior, a servir de texto para la disciplina que dicto desde hace muchos

años, tanto en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral,

como en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario.

Mi primera intención fue agregar muy pocos temas, no porque no creyera que fuesen perfectibles,

sino básicamente para no alterar demasiado la estructura del desarrollo de los cursos académicos

anteriores, que se desenvolvieron, naturalmente, siguiendo los tópicos expuestos en el manual, lo

que ha servido para fijar algunos límites didácticos en los contenidos de una disciplina

específicamente inagotable.

Sin embargo a poco que avanzaba en el intento revisor, surgieron algunas cuestiones que

estaban ausentes en aquél manual y que son de consideración absolutamente obligada en

nuestro tiempo.

Asistimos por estos días a una verdadera expansión del pensamiento estructuralista -la cual, en

alguna medida, nos recuerda el dominio hegemónico del positivismo en el siglo XIX- y también al

estallido existencialista reciente, del que tampoco puede, por cierto, detraerse el derecho; y como

estoy absolutamente persuadido de que en el mundo de las inquietudes Intelectuales, es

menester estar siempre prontos para transitar cuantos caminos sean posibles, aún cuando al final

del recorrido sea Indispensable cambiar de derrotero, considero necesario Incorporar una

referencia a ello.
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